La salud bajo el capitalismo

Joan Benach, Juan Manuel Pericàs y Eliana Martínez

 

 

La salud bajo el capitalismo: contradicciones sistémicas que permean la ecohumanidad y dañan nuestra mentecuerpo.

Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 137, primavera 2017, pp. 29-56.


Para Clara Valverde, escritora empática de la biopolítica,
activista indomable de los espacios intersticiales.


El capitalismo es un régimen civilizatorio, universal y complejo, cuyas contradicciones sistémicas han permeado al planeta y la humanidad alterando profundamente la economía, la política, el trabajo, el medio ambiente, la cultura y la vida cotidiana hasta entrar en nuestros cuerpos y nuestras mentes y cambiar la salud humana. Baste con pensar en las atrocidades y genocidios de tantas guerras imperialistas, en la explotación y precarización laboral y la dominación y opresión de clase, género o etnia, o bien en la pobreza, desigualdad, falta de atención sanitaria básica, o las múltiples formas de alienación y estrés que sufre gran parte de la humanidad, o bien en las consecuencias del cambio climático y el cada vez más cercano colapso ecológico. Entender el conjunto de causas y efectos generados por el capitalismo es sin embargo un desafío de enormes dimensiones, tanto por la complejidad de los procesos y contradicciones capitalistas como por la insuficiente investigación de tipo crítico y sistémico. Este artículo examina las principales características del capitalismo y algunos de sus impactos sobre la salud y la desigualdad. Para ello, valora la evolución del progreso en la salud de los últimos siglos postulando que sin entender qué es el capitalismo no puede entenderse la salud. Ilustra algunos de sus impactos sistémicos usando los ejemplos de la pobreza y la desigualdad y la industria agroalimentaria, y explica el daño que causa el capitalismo en nuestras mentes y cuerpos. Finalmente, plantea posibles escenarios futuros y alternativas sociales de cambio global.

¿Progreso? ¿Qué progreso?

«Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación»
Charles Dickens

 

Una de las ideas más poderosas de la historia humana y sobre todo de los últimos tres siglos es la noción de progreso, una visión lineal y universal del tiempo según la cual el destino final de la humanidad es su avance paulatino en conocimiento, riqueza, bienestar, cultura, e incluso en la virtud moral.1 En la Europa del siglo XX, a pesar de la desolación, miedo o pesimismo experimentado tras guerras, revoluciones, y la “Gran Depresión” del 29, o bien la crítica del progreso por parte de autores tan perspicaces como Walter Benjamin, el rápido desarrollo económico acaecido tras la Segunda Guerra Mundial acrecentó la creencia en el progreso en gran parte de la población occidental en los planos económico, científico-tecnológico y social.2 El optimismo pareció eclipsarse por un breve periodo después de las crisis de los años setenta y, sobre todo, tras la conmoción producida por la “Gran Recesión” de 2008, para reaparecer poco tiempo después. En la actualidad, la noción de progreso permanece intacta en la visión hegemónica que difunden los medios,3 las élites y las clases dirigentes, ya sea en la justificación de intervenciones imperialistas como la guerra de Irak,4 en la reivindicación de un progreso científico-técnico ilimitado, posthumano, como el propuesto por Raymond Kurzweil, José Luis Cordeiro u otros eufóricos vendedores mesiánicos de tecnodistopías,5 o en la perspectiva de escritores como Johan Norberg, quien señala que «creer en el capitalismo es creer en el ser humano»6 y que vivimos una edad de oro en todas las esferas de la vida.

   No hay duda que la puesta en práctica de determinadas políticas socioeconómicas y de salud pública junto al desarrollo científico-técnico ha ayudado a solucionar o aliviar problemas de salud que a lo largo de la historia causaron muchas enfermedades y un enorme sufrimiento de la humanidad.7 La esperanza de vida al nacer (EVN) aumentó rápidamente desde la Ilustración, cuando era de aproximadamente 30 años en todos los países. En 1845 un infante de 5 años podía esperar vivir 55 años aproximadamente. Hoy la cifra alcanza los 82 años. La EVN global se dobló en el siglo XX hasta alcanzar los 71,4 años en el 2015, si bien en muchos de los países subsaharianos más pobres esta apenas sobrepasa los 50 años.8 En los países pobres, las vacunas, la terapia de rehidratación oral, la yodación de la sal o los suplementos de vitamina A, salvaron en la segunda mitad del siglo XX alrededor de cinco millones de vidas anuales, consiguiendo que 750.000 niñas y niños no quedaran física o mentalmente discapacitadas para siempre.9 Un ejemplo de progreso especialmente significativo ocurrió en 1977 con la erradicación de la viruela, una enfermedad devastadora en la historia de la humanidad. Pensemos que en el siglo XVIII, solo en Europa, murieron 60 millones de personas, la mayor parte infantes, mientras que en 1967, con 13 millones de casos, murieron 2 millones de personas.10 Tras una década de ingentes esfuerzos liderados por la OMS, con un costo de más de 300 millones de dólares en vacunas, programas de cuarentena y tratamiento, la 33a Asamblea Mundial de la OMS declaró en 1980 «al mundo y a la gente» libre de la viruela, hasta el momento la única enfermedad erradicada en el planeta. Los tecno-optimistas ven aún mucho mejor el futuro. Según la Fundación Gates, «la vida de los habitantes de los países pobres mejorará más rápido que nunca antes en la historia» y los pobres «vivirán más años y gozarán de mejor salud».11 Gracias a la innovación y la tecnología, para el año 2030 se prevé reducir a la mitad la muerte de niños de menos de cinco años, erradicar cuatro enfermedades (la polio, el gusano de Guinea, la elefantiasis y la oncocercosis), y reducir en casi dos tercios el número de mujeres que mueren durante el parto, el control de la malaria y el VIH. Por tanto, según la Fundación Gates se logrará un progreso sin precedentes en la salud mundial alcanzándose la equidad de salud global.

   Más allá de un indudable progreso general de la salud, valorar su situación, distribución, evolución y causas no es tarea sencilla y, de hecho, el presente y futuro pueden no ser tan positivos ni tan optimistas como creemos. Y ello por varios argumentos que debemos valorar cuidadosamente. Primero, porque una situación positiva del presente no significa que el futuro tenga necesariamente que ser igualmente bueno o incluso mejor. De hecho, según una reciente encuesta realizada a más de 18.000 personas en 17 países, el 71% contestó de forma negativa a la pregunta: «Pensando en general sobre el mundo, y considerando globalmente todas las cosas, cree que el mundo va a mejor o a peor, o ni una ni otra cosa?».12 Aunque no cabe menospreciar el debate sobre la posible discrepancia entre la realidad y la percepción subjetiva de la misma, el análisis actual de dos de los peores peligros globales que amenazan a la supervivencia humana como son la crisis ecológica y el riesgo nuclear, entre otros riesgos globales, parecen confirmar la visión popular.13 Segundo, porque la calidad de la información socio-sanitaria registrada con la que valoramos la realidad muestra importantes deficiencias técnicas y distorsiones ideológicas. Por ejemplo, según la propia OMS se estima que el 53% de las muertes en el mundo no se registran,14 y que estas ocurren sobre todo en los países y poblaciones más pobres, en los que se da una mayor infraestimación de enfermedades y muertes.15 Además, las cifras son, en sí mismas, “un campo de batalla” político. Las fuentes de información, los datos y los indicadores no son nunca objetivos, ya que su selección, accesibilidad, uso e interpretación están plagados de valoraciones y sesgos.16 Tercero, porque reducir la mortalidad global o aumentar la esperanza de vida promedio no quiere decir necesariamente que se reduzcan las desigualdades entre países y entre grupos sociales. Por ejemplo, en EE.UU. la salud de los hombres y mujeres blancos no hispanos de mediana edad se ha deteriorado reduciéndose la esperanza de vida entre 1999 y 2013 al empeorar sus condiciones sociales y económicas, y aumentar el consumo de drogas y alcohol y el número de suicidios.17 En cuarto lugar, medir la mortalidad u otros indicadores de enfermedad no quiere decir que seamos capaces de entender y medir adecuadamente la salud humana en todas sus dimensiones.18 ¿Por qué? ¿Qué información necesitamos tener? Como veremos, el capitalismo es un régimen civilizatorio que entra en los tuétanos de la vida social y moral de las personas y que penetra en todos los ámbitos de la vida, el trabajo, la cultura, el ocio y el consumo, que impiden la plenitud y el florecimiento humano. Por ello, necesitamos entender y medir mucho mejor impactos estrechamente relacionados con la salud y calidad de vida pero aún poco estudiados como la alienación social y el malestar psíquico, el sufrimiento y el miedo, la desesperanza y la humillación, la frustración y la ira, o la anomia y falta de sentido de la vida. Un último punto de gran relevancia es que al valorar la evolución de los indicadores de salud debemos pensar no solo en las mejoras logradas sino también en aquellas que, de forma factible, podrían lograrse si el mundo fuera más justo y equitativo. Cabe no olvidar que gran parte de la enfermedad y muerte global puede actualmente prevenirse, ya que muchos problemas suceden por causas evitables relacionadas con los determinantes sociales y políticos de la salud. Y es que hoy en día el control y eliminación de buen número de enfermedades comunes en la infancia o en la edad adulta es algo técnica y financieramente factible, pero millones de personas, sobre todo en los países más pobres, siguen enfermando y muriendo a causa de enfermedades que pueden prevenirse.19 Abramos los ojos. Una de cada cuatro personas en el mundo (1.700 millones) necesita tratamiento contra enfermedades tropicales desatendidas, y una de cada 3,5 (2.000 millones) no tienen acceso a medicinas esenciales.20 21 ¿Qué opinaría la población de los países ricos si hubiera un tratamiento sin utilizar que pudiera eliminar el sida, el cáncer de mama o el infarto de miocardio?22

¿De qué manera podemos valorar la evolución global del progreso en la salud bajo el capitalismo de los últimos siglos? La desigualdad en la estatura de las personas es seguramente el mejor indicador del desarrollo histórico y social de los pueblos. Cuanto más rico es un país más altos son sus habitantes, cuanto más altas son las personas mayores son sus niveles de educación, ingresos y estatus social, así como también su calidad y condiciones de vida, nutrición, salud y esperanza de vida. Contrariamente a una visión optimista bastante extendida, los datos antropométricos muestran que el crecimiento económico europeo entre 1500 y 1850 vino acompañado de un retroceso en el nivel de vida.23 Igual ocurrió durante la revolución industrial, un periodo durante el cual se generó una inmensa riqueza al tiempo que una enorme pobreza. La mayor parte de la población trabajadora fue sometida a una gran explotación económica y una opresión política mayor,24 lo cual produjo un empeoramiento en las condiciones de vida y una reducción general de la estatura.25

   Las cosas cambiaron durante el siglo XX. Un reciente estudio sobre las variaciones y evolución de la estatura entre 1914 y 2014 en más de 18 millones de personas de 200 países,26 muestra que los habitantes de los países más ricos son ahora unos 20 cm más altos que los de los países más pobres pero también cómo la brecha entre los hombres más altos y más bajos del planeta ha aumentado en 4 cm durante un siglo. Los hombres y mujeres más altos del mundo viven en Europa, región donde la altura media de hombres y mujeres más ha aumentado en el último siglo.27 África en cambio es el continente con el crecimiento más lento. Mientras que la estatura aumentó en los países ricos, la estatura media está bajando en países del África negra como Sierra Leona, Uganda y Ruanda, donde las nuevas generaciones miden unos 5 cm menos que hace treinta o cuarenta años. Para entender los indicadores que reflejan esas diferencias, necesariamente hay que comprender su causa histórica más profunda e invisible que, como veremos, no es otra que el capitalismo.

 

La salud no se entiende si no se entiende el capitalismo.

«Para que haya capitalismo tiene que haber masas enormes de población desposeídas que no tienen acceso a medios de subsistencia, no tienen donde caerse muertos (…) el capitalismo es la conversión de la humanidad en una colección de individuos pisoteables y vendibles como mercancías»
Antoni Domènech

Hasta su resurgimiento tras la Gran Recesión, “capitalismo” ha sido durante décadas una palabra tabú o cuando menos muy incómoda para economistas, políticos, y en general para la población. En su lugar se han usado eufemismos como “sociedad de mercado”, “libre empresa”, “libre mercado”, “globalización”, “el sistema”, o simplemente se ha evitado el término. El olvido premeditado no es casual ni inocente, pero el significado de la palabra, a menudo confuso, debe ser explicado. ¿Qué es el capitalismo? Su invisibilidad y su ubicuidad ayudan a entrever la relevancia de un sistema histórico y complejo, una fuerza dinámica muy poderosa, cuyas contradicciones sistémicas veladas por la economía actualmente hegemónica tienen enormes consecuencias para el medio ambiente y la salud de la humanidad.

   El capitalismo fue una contrarrevolución, la respuesta de los señores feudales, los mercaderes y el poder eclesiástico a siglos de conflicto social nacidos de las luchas antifeudales.28 29 Dos de sus rasgos clave fueron –y siguen siendo– la necesidad de disponer de grandes masas de población desposeídas, sin acceso a medios de subsistencia, y su posterior explotación como fuerza asalariada. Sus orígenes pueden rastrearse en los siglos XII y XIII, cuando se produce un lento y largo proceso de cercamiento y privatización de tierras con la expropiación masiva de bienes comunes a la población de Europa occidental a través de una intensa lucha de clases en un proceso encarnizado de varios siglos. Tras desposeer a los campesinos de tierras, bosques, ríos y lagos comunales, y privarles de la libertad de disponer de fuentes de existencia independientes, un paso ulterior fue la mercantilización del trabajo con la creación del proletariado, las masas de desposeídos que irían a trabajar a los distritos industriales de las ciudades. El paso de una sociedad “con mercado” a una sociedad “de mercado” se concretó a finales del siglo XV, consolidándose en los siglos XVII y XVIII, cuando las resistencias antifeudales fueron derrotadas, para abarcar ya a casi todo el planeta a finales del siglo XIX.30

   En el siglo XIX las empresas pequeñas y medianas familiares competían en mercados sin muchas barreras, con una inversión asentada en el ahorro familiar y una competición por precios en el mercado. Durante la Revolución Industrial coexistieron una creciente riqueza y una terrible pobreza, explotación y opresión.31 La empresa capitalista moderna se convirtió entonces en una institución muy autoritaria, donde los patrones se comportaban autocráticamente y los trabajadores de toda edad, sexo y condición trabajaban largas y penosas jornadas laborales durante prácticamente toda la semana poniendo a disposición del patrón sus cuerpos y almas para ser esclavos a tiempo parcial o casi a tiempo completo.32 A principios del siglo XX emergió un capitalismo muy dinámico, con avances tecnológicos insospechados y un rápido crecimiento económico en el que aparecieron tres elementos centrales: la creación de grandes oligopolios gracias a las fusiones empresariales fomentadas por la nueva banca de inversiones, la fijación de precios mediante cárteles y “sociedades”, y la protección de los mercados a través del Estado que restringe la importación de bienes, favoreciendo así los intereses de sus principales empresas.33 La convulsa época de entreguerras se caracterizó por el crecimiento económico de los años veinte truncado por la Gran Depresión del 29 y la crisis de los años treinta, el ascenso de los fascismos, la supresión de las democracias liberales y el auge de los movimientos obreros. Tras la Segunda Guerra Mundial, vendrán tres décadas de capitalismo “estable” durante las cuales, gracias al poder del movimiento obrero y el miedo de las clases dominantes a las revoluciones y el comunismo, se desmercantilizarán parcialmente los mercados laboral, económico, inmobiliario y la reproducción social del trabajo. Tras las décadas de crecimiento económico y capitalismo “controlado”, a inicios de los años 70 se producirá una contrarreforma capitalista, la llamada “globalización neoliberal”, con la transición hacia un régimen de acumulación más flexible.

   El neoliberalismo es un proyecto de la clase capitalista dominante cuyo objetivo fue dar respuesta a un doble desafío: una “crisis de acumulación” con menores beneficios, similares a los de después de la Segunda Guerra Mundial, y la amenaza representada por las intensas luchas obreras y sociales de los sesenta y primeros años setenta.34 Su agenda ha sido clara: aumentar el poder de las empresas, reducir los impuestos a los ricos, debilitar los sindicatos y la negociación colectiva, socavar los sistemas de protección social, y privatizar y mercantilizar los servicios públicos. Los medios empleados para aumentar y concentrar su poder, especialmente visibles en Europa y Estados Unidos,35 pueden resumirse en los apartados siguientes: a) eliminar el control de movimientos de capitales en 1971 establecidos en 1944 por los acuerdos de Bretton Woods, y remundializar la economía capitalista; b) destruir el poder de los sindicatos mediante la represión, control y domesticación sindical; c) romper el vínculo entre los salarios reales y la demanda efectiva a través del enorme aumento de crédito barato mediante la inflación de activos inmobiliarios y financieros de entidades bancarias pésimamente reguladas; d) acentuar el individualismo y la alienación de la población trabajadora mediante el consumo, el endeudamiento familiar y una mayor relación de dependencia cada vez más cercana a la esclavitud; y e) aplicar «doctrinas del shock» aprovechando los momentos de crisis y su control del poder del estado para imponer políticas sociales, laborales y económicas regresivas, autoritarias e impopulares.36 El golpe de estado chileno contra Allende y la dictadura de Pinochet (1973-1990), los gobiernos de Thatcher (1979-1990) y Reagan (1981-1988), la inapreciable ayuda de think tanks conservadores, instituciones ideológicamente afines como el FMI, BM y el OMC, y tratados como el de Maastricht en Europa de 1992 o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) de 1994, permitieron desarrollar y ampliar enormemente la influencia del proyecto neoliberal durante los años ochenta y noventa. Tras varias y sucesivas crisis económicas “menores”, y más tarde la “Gran Recesión” de 2008, se consolidará y concentrara aún más la riqueza y el poder en grupos cada vez más restringidos de la élite capitalista.

   Con el neoliberalismo, el poder se desplazó hacia el capitalismo financiero («fascismo económico» en palabras del escritor John Berger) fortaleciendo la “acumulación por desposesión”, un enfoque complementario de la “acumulación por expansión” que anteriormente permitió aumentar el nivel de vida de buena parte de la población trabajadora europea.37 El sector financiero ha generado la desindustrialización de centros de producción clásicos produciéndose la llamada “forma mariposa” del capital, es decir, aquella que posee la capacidad de trasladarse a territorios donde el coste de la mano de obra y los impuestos son más bajos.38 Los bancos y el poder financiero han incrementado su influencia al trabajar coordinadamente con gobiernos e instituciones, convirtiéndose en buena medida en un poder político en la sombra. El especulador financiero George Soros lo reconoció explícitamente al sentenciar que «los mercados votan todos los días». Sin embargo, la caída irreversible de un indicador clave de la economía capitalista como es la tasa de ganancia sugiere que el capitalismo está agotando su capacidad de supervivencia y que quizás solo podrá salir de la crisis actual con una fuerte destrucción del capital financiero y productivo.39

 

   El capitalismo puede entenderse como un “organismo” histórico en continua mutación, un sistema económico y de poder, dinámico y expansivo, basado en la constante desposesión de las masas populares, la colonización destructiva del planeta, y la aparición de crisis periódicas que solo es capaz de trasladar geográficamente y resolver momentáneamente mediante la dominación, la violencia, la concentración de los medios de producción y la proletarización de la humanidad. El sistema capitalista («economía política tiránica», lo llamó Robespierre),40 no es sin embargo un ente homogéneo, estructurado y funcionalmente integrado, sino que existen diversos “capitalismos” con elementos pre, anti y poscapitalistas, con un capital generador de contradicciones muy diversas (fundacionales, dinámicas y peligrosas), interrelacionadas en una totalidad más general que es el capitalismo.41 Esas contradicciones producen múltiples manifestaciones sistémicas en la ecología, la producción, el transporte, el mercado, las relaciones sociales, la vida cotidiana, el consumo, la educación u otros factores que, como veremos, es esencial entender para conocer la extensión y distribución de la enfermedad y la salud de la ecohumanidad.

Impactos sistémicos sobre la salud.

«El capitalismo es un sistema esencialmente ilimitado, incapaz de reconocer ningún límite para la actividad económica o productiva, y eso es incompatible con nuestra propia naturaleza huma- na, nosotros no somos ilimitados»
César Rendueles

  

   El capitalismo es un sistema que exige un continuo crecimiento económico, la circulación y acumulación sin fin de capital, basado en la expropiación de la mayoría de la población de sus medios de subsistencia, a la vez que es un sistema de poder que se ejerce mediante la violencia y el control de la población. El capitalismo no solo ha transformado la historia humana y el planeta, sino que ha colonizado el conjunto de la vida social, cultural, consumo y ocio, y su evolución inmediata decidirá un futuro donde el riesgo de extinción y colapso es elevado. ¿Es posible entender integralmente sus efectos sistémicos? El sociólogo E.O. Wright ha sintetizado su crítica al capitalismo en once apartados que van desde la explotación, falta de libertad y autonomía, la vulnerabilidad y sufrimiento sistemáticos e innecesarios que impiden la plenitud humana, la mercantilización de valores compartidos, la generación de ineficiencias, falta de oportunidades y consumismo, pasando por el fomento del militarismo e imperialismo, la destrucción ecológica y la corrosión de la comunidad y la democracia.42 ¿Podemos conocer la multiplicidad de todos esos impactos interrelacionados en la ecohumanidad y en la salud? La respuesta ha de ser negativa por al menos tres razones. Primero, por la gran complejidad del conjunto de determinantes y procesos causales involucrados en la generación de la salud-enfermedad, que plantean enormes retos de investigación. Así, gran parte de los determinantes estructurales de orden político y socioeconómico son “causas invisibles”, a menudo de difícil comprensión y análisis, en parte debido a que cuanto mayor y más lejana sea la “red causal”, más probable será la emergencia de efectos contextuales históricamente contingentes.43 44 Segundo, porque necesitamos más y mejores datos e indicadores socio-sanitarios sobre los procesos y problemas clave que determinan la relación entre capitalismo y salud, hoy aún limitados, poco accesibles o inexistentes. Y tercero, por la urgente necesidad de disponer de científicos críticos que realicen análisis sistémicos (una suerte de “ciencia total”), en centros de investigación transdisciplinares que sean alternativos al sistema actual de investigación hegemónico, cada vez más reduccionista y mercantil, que simplifica la realidad y privatiza el saber convirtiéndolo en parte de un negocio clasista pensado las más de las veces para justificar el orden social existente. Sin embargo, no disponer de un conocimiento sistémico exhaustivo (o al menos suficiente- mente completo) sobre cómo el capitalismo permea la ecohumanidad y daña la salud no quiere decir desconocer lo mucho que sí sabemos. Y es que hoy en día tenemos bastante conocimiento sobre los procesos y mecanismos que, en ámbitos muy diversos y por causas muy diferentes, inciden directa o indirectamente sobre nuestras mentes-cuerpos. Por enunciar solo algunos: desde la muerte y destrucción genocidas generadas por centenares de guerras imperialistas hasta las diversas y dañinas consecuencias del colonialismo o del neocolonialismo en sus múltiples formas; desde la explotación y precarización laboral, y los múltiples daños generados por tóxicos y riesgos laborales de todo tipo hasta la dominación y opresión de clase, género, etnia e identidad nacional, cultural o sexual que causa ingentes desigualdades en salud; desde la crisis ecológica y el cambio climático hasta la extensión e impacto de la contaminación química del aire, el mar, la tierra, el agua y los alimentos; desde la privatización, mercantilización y medicalización de la atención socio-sanitaria hasta los daños (iatrogenia) generados por la industria químico-farmacéutica-tecnológica o la penuria de medicamentos básicos en los países pobres; desde la alienación generada por el dominio psicocultural y la promoción masiva de productos y servicios que ofrecen las poderosas corporaciones privadas, las mafias o los intereses de estados imperiales, hasta la extensión cada vez mayor de formas de vida estresadas y alienadas y el uso compulsivo de drogas y de múltiples adicciones. Por razones de espacio, en este artículo nos limitaremos tan solo a ilustrar algunos de estos impactos revisando ejemplos de dos procesos “endémicos” capitalistas: la pobreza y la desigualdad y la oligopolización de la agroindustria.

Pobreza, desigualdad e inequidades de salud.

Z59.5 es el código con que se clasifica a la «pobreza extrema», una de las principales causas de enfermedad del planeta.45 ¿Cuánta pobreza hay hoy en el mundo? Aunque sabemos que buena parte de la humanidad es en mayor o menor medida pobre, existe una fuerte lucha ideológica por mostrar las cifras “correctas”. Según el Banco Mundial (BM), en 2015 había 702 millones de personas (9,6% de la población mundial) que vivían con menos de 1,9 dólares al día, una fuerte reducción desde los 902 millones (12,8%) calculados para el año 2012.46

   La medición de pobreza realizada por el BM tiene un fuerte impacto sobre la salud. Ser pobre significa vivir menos y vivir peor, enfermar más, tener peores servicios sanitarios y una menor calidad de vida. La pobreza impide vacunar a los infantes, tener agua limpia, disponer de alimentos, comprar fármacos...47 En los países pobres, la muerte no es una experiencia de ancianos sino de la infancia. Los infantes de la India que viven con 1,9 dólares diarios tienen un 60% de probabilidad de estar desnutridos, y los de Níger tienen una tasa de mortalidad tres veces mayor que el promedio mundial.48 Sin embargo, la credibilidad métrica del BM ha sido seriamente cuestionada debido a su sesgo “econocéntrico” y a sus múltiples problemas teóricos y metodológicos.49 El Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) de las Naciones Unidas, que identifica múltiples carencias en hogares y personas, apunta a que en realidad la situación de pobreza afecta al 30% de la población que analizaron,50 por lo que globalmente la cifra podría alcanzar los 2.250 millones de personas (la mayoría mujeres), de una humanidad de 7.500 millones para el presente año 2017.

   No cabe duda que los países pobres, históricamente arrollados por los países sobredesarrollados que les subdesarrollan, tienen los peores indicadores de salud.51 Por ejemplo, la mortalidad infantil antes de los 5 años en los países empobrecidos es 60 veces superior a la de los ricos, la esperanza de vida en Chad es 35 años inferior a la de Japón (85). Pero no vivimos en un planeta dual, sino en sociedades “archipiélago” donde los países ricos tienen islas más o menos grandes de pobreza y los países pobres espacios de gran riqueza. Es claro que los megamillonarios viven más y mejor que los pobres de solemnidad, pero los casos extremos no deben ocultarnos las situaciones intermedias y otras dimensiones de la desigualdad social. A partir de los años 80, el neoliberalismo ha ensanchado la desigualdad social hasta extremos jamás conocidos en la historia, produciendo lo que Anthony Atkinson calificó como «vuelco de desigualdad»52 y Paul Krugman «la gran divergencia».53

   El informe Oxfam de 2016 ha estimado que 62 personas (solo 9 mujeres) tenían tanta riqueza como la mitad más pobre del planeta (3.600 millones). Desde inicios del siglo XXI, la mitad más pobre ha recibido el 1% del aumento de la nueva riqueza mundial, mientras que el 50% fue para el 1% más rico.54 En su más reciente estudio de 2017, Oxfam señala que la brecha entre ricos y pobres es mucho mayor de lo que se pensaba. Con datos más precisos, el estudio concluye que en 2016 serían 9 (en lugar de 62) las personas que tendrían igual riqueza a la mitad más pobre del planeta, y que en la actualidad son solo ocho personas (todos hombres) quienes acumulan esa riqueza.55 Más aún: siete de cada diez personas vive en un país en el que la desigualdad ha aumentado en los últimos treinta años.56 Esa obscena desigualdad es un síntoma diáfano de una sociedad capitalista estructural y sistémicamente enferma.

   Las desigualdades sociales en el seno de los países y entre sus clases y grupos sociales generan un enorme sufrimiento y enfermedad, creando desigualdades en salud que son la peor epidemia de la humanidad.57 Sabemos que la desigualdad social mata, un hecho ya conocido en el siglo XIX,58 ampliamente desarrollado en las dos últimas décadas del XX,59 y que muchos estudios recientes confirman. Por ejemplo, en EE.UU. el 1% más rico de hombres estadounidenses vive en promedio 14,6 años más que el 1% más pobre, cuya esperanza de vida es comparable a Pakistán o Sudán, y la brecha está creciendo.60 Investigaciones recientes muestran que el 41% de los condados estadounidenses tiene al mismo tiempo una elevada pobreza y desigualdad (solo el 28% tuvo niveles bajos en ambos), con un fuerte incremento de 12 puntos (29%) desde 1989, a la vez que hay grandes desigualdades de mortalidad.61 Hay condados como McDowell, cuya población masculina tiene una esperanza de vida 18 años menor respecto a quienes viven en Fairfax, uno de los más ricos de EE.UU. Otro ejemplo lo hallamos en Escocia en lo que se conoce como el «efecto Glasgow»,62 donde hace unos años se descubrió que había barrios como Calton, tan deprimidos socialmente que su esperanza de vida (54 años) era parecida o incluso menor a la de un país pobre.63 Eso quiere decir que en las ciudades ricas de los países ricos hay «islas de tercer mundo», bolsas ingentes de pobreza y desigualdad. Incluso en ciudades tan prósperas como Barcelona, con buenos indicadores socio-sanitarios promedio y una esperanza de vida elevada (86,6 años en las mujeres y 80,7 en los hombres), se observan grandes desigualdades sociales: una persona de Pedralbes tiene una renta media 7,2 mayor a la de Ciutat Meridiana,64 y barrios como Torre Baró en Nou Barris tienen 75 años de esperanza de vida cuando en Pedralbes o Tres Torres alcanzan los 86 años.65 Datos como los señalados ayudan a comprender que la epidemia más devastadora del siglo XXI, la enfermedad más importante del sistema capitalista, no es el cáncer, el sida o las enfermedades cardiovasculares, sino la desigualdad social y las graves consecuencias que esta genera en forma de desigualdades de salud.

Oligopolización de la agroindustria.

Aunque las principales economías del mundo son países (EE.UU., China, Alemania, Japón, Francia y el Reino Unido están a la cabeza), 69 de las 100 principales entidades económicas del mundo son grandes corporaciones, estimándose que las diez primeras tienen más riqueza que la agrupación de los 180 países con menor renta.66 Esas corporaciones se agrupan en distintos conglomerados que se concentran en el sector de los alimentos, productos energéticos, materias primas y servicios.67 Su poder económico, político y social es enorme («instituciones tiránicas», las ha denominado Noam Chomsky): contratan o subcontratan millones de puestos de trabajo, inducen a comprar gran parte de los bienes y servicios que consumimos, ejercen una presión enorme sobre gobiernos e instituciones, y especulan cada vez más en una economía financiera opaca y compleja.68 69 Veamos el caso de la agroindustria.

   La comida del mundo está en manos de apenas una decena de corporaciones agroalimentarias (el «Big Food»), cuyo objetivo básico no es producir alimentos sino vender el máximo volumen de mercancías y obtener el mayor beneficio posible.70 El complejo industrial alimentario mundial se articula en cadenas de restaurantes, supermercados, empresas de elaboración de comidas precocinadas, compra, transporte y venta de productos ganaderos, piscícolas y vegetales, biogenética, producción de semillas, insecticidas, herbicidas, abonos y fertilizantes.71 Actualmente seis empresas agroalimentarias dominan el mercado de semillas y productos químicos, pero muy pronto pueden ser tan solo tres megacorporaciones (Bayer puede comprar Monsanto, Dow fusionarse con Dupont, y ChemChina comprar Syngenta) las que controlen casi el 60% de las semillas, casi el 70% de los pesticidas agroquímicos y casi todas las patentes de transgénicos.72 La consolidación corporativa de la agroindustria puede acrecentarse aún más con la inversión en big data, robótica y tecnología y el control de patentes y propiedad intelectual, lo que produciría un “modelo agrícola único” cada vez más dañino y vulnerable, excluyente de los pequeños agricultores que son el 90% del mundo y proveen más del 80% de los alimentos en los países pobres. Según Olivier De Schutter, antiguo relator de Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, África subsahariana es actualmente el principal campo de batalla de las grandes corporaciones alimentarias.73

   La agroindustria capitalista es un modelo extractivo, depredador, mercantil e injusto cuyos negativos impactos sobre la ecología y la salud van en aumento.74 Es un modelo agroalimentario que según la FAO podría producir suficiente alimentos para dar de comer a 12.000 millones de personas pero que, en cambio, genera hambre y malnutrición a la vez que obesidad. Es una agricultura productivista, basada en máquinas y tecnologías que consumen intensivamente petróleo, fertilizantes y pesticidas, que generan cosechas de monocultivos y que tienen un enorme poder sobre los precios, las semillas, y todo el modelo de producción, distribución y consumo. El oligopolio alimentario determina por tanto qué se produce, qué se come, dónde, cómo, y a qué precio. Podemos resumir así sus principales mecanismos de poder.

   Primero, expolian alimentos desde los lugares del hambre en el sur a los lugares de gran abundancia del norte. Un ejemplo clamoroso es el africano lago Victoria, donde dos millones de personas pasan hambre al tiempo que dos millones de raciones de la perca del Nilo viajan hacia los países ricos. En cualquier mercado africano se pueden comprar legumbres, frutas o pollos de Francia, Bélgica, Alemania, España, Grecia… a la mitad o a un tercio del precio del producto africano equivalente.75 Es la conocida como “maldición de la abundancia”, pueblos con grandes riquezas que acaban en el subdesarrollo y la pobreza. Como apuntó el economista Jürgen Schuldt: «somos pobres porque somos ricos en recursos naturales».76

   Segundo, controlan la fijación de precios, el comercio de alimentos y todos los sectores: desde las semillas y abonos a los pesticidas, el almacenamiento, el transporte, etc. Por ejemplo, un alimento multiplica casi cinco veces su precio desde que sale del campo hasta que llega a nuestras mesas. Así, en España el 60% del beneficio del precio final del producto alimentario se queda en la gran distribución.77

   Tercero, especulan con el valor de los alimentos, lo cual se traduce en que buena parte de los cultivos sirven para apostar en las bolsas de valores (Jean Ziegler, antiguo relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, lo llamó «bandolerismo bancario»). Un ejemplo de subida abusiva ocurrió en abril de 2008: una tonelada de trigo llegó a costar 440 dólares, cuando cinco años antes el precio estaba alrededor de 125. La compraventa de productos financieros relacionados con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que su producción. Como resultado, hubo riesgo de hambrunas en 22 países y movilizaciones populares violentas en una treintena.78 Un factor primordial en las crisis alimentarias fueron las políticas de ajuste estructural promovidas por el BM y el FMI.79 Entre junio del 2010 y febrero de 2011 hubo otra crisis alimentaria mundial, generando 44 millones de personas en la pobreza80 y revueltas y protestas sociales masivas. La causa más importante fueron los movimientos especulativos sobre los alimentos de los fondos de inversión y la banca,81 apostando a que habría escasez de alimentos cuando de hecho esta no se producía.

   Alrededor de 800 millones de personas (al menos 1 de cada 9 personas) padecen hambre en el mundo, la gran mayoría en Asia y el Pacífico (511) y en África (232), el continente con el mayor porcentaje de hambrientos (23% de la población) y más países (República Centroafricana, el Chad, Zambia, Sierra Leona y Madagascar) en situación de gran vulnerabilidad. El hambre es un terremoto permanente: un crimen contra la humanidad. Pero el hambre no es un problema de producción ni de abastecimiento sino de pobreza, desigualdad de poder y recursos y ausencia de democracia. Siempre hubo hambre en la historia pero ahora el hambre es evitable: un infante que en pleno siglo XXI muere de hambre es un niño asesinado.82 Junto al hambre más explícita hay también «hambre oculta», la de quienes sacian su hambre con arroz, maíz o trigo pero que no se nutren lo suficiente por lo que hace a vitaminas, oligoelementos y otros micronutrientes esenciales. Los peores efectos de la inseguridad alimentaria no son de hecho las muertes por inanición sino por la malnutrición presente en un tercio de la población de los países pobres y las enfermedades coadyuvantes que producen. La falta de alimentos y desnutrición no suele dejar secuelas permanentes en los adultos, pero en la infancia produce problemas de desarrollo: el sistema inmunológico se debilita, se generan alteraciones del crecimiento y procesos cognitivos deficitarios.

   La otra cara de la moneda capitalista es la sobrealimentación, que se ha convertido en un problema de salud pública global tan importante como el hambre. En las últimas cuatro décadas, la obesidad se ha multiplicado 2,6 veces y el número de personas obesas pasó de 105 millones en 1975 a 641 millones en 2014.83 En 2014, casi 2.000 millones de adultos tenían obesidad o sobrepeso y 41 millones de niños menores de cinco años eran obesos o tenían sobrepeso.84 Hay más personas obesas (13% de la población mundial) que con bajo peso (9%) y todo indica que la situación empeorará. La mayoría de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y la obesidad se cobran más vidas que la insuficiencia ponderal. El sobrepeso y la obesidad son el quinto factor principal de riesgo de defunción en el mundo, falleciendo alrededor de 3 millones de adultos. El 44% de la carga de diabetes, el 23% de la carga de cardiopatías isquémicas y entre el 7% y el 41% de la carga de algunos cánceres son atribuibles al sobrepeso y la obesidad. Además, la obesidad y el sobrepeso están en estrecha relación con desigualdades sociales que generan desigualdades de salud en la tensión arterial, el colesterol, o la resistencia a la insulina.

   La poderosa industria alimentaria gasta una enorme cantidad de recursos en generar contextos “obesogénicos”, estimulando el consumo de productos procesados, comida rápida, bebidas azucaradas o todo tipo de alimentos “normales” para hacer que sean más apetitosos.85 86 Además de un sofisticado entramado de marketing y relaciones públicas, los tres pilares –el “Santo Grial” de la obesidad– sobre los que se apoya la industria agroalimentaria son la sal, la grasa y el azúcar. Hoy en día la tecnología y la investigación permiten saber las cantidades precisas de cada ingrediente para obtener alimentos apetecibles y adictivos, que “enganchan”, que incitan a seguir comiendo.87 Como ha explicado el periodista Michael Moss: «como resultado de esta industria de 1 billón de dólares al año, uno de cada tres adultos y uno de cada cinco niños, es ahora clínicamente obeso».88 El hambre y la obesidad tienen causas políticas: el poder autocrático de oligopolios agroalimentarios que compiten por ser líderes en un mercado capitalista global. Su finalidad no es producir alimentos, su objetivo es aumentar sus beneficios mediante un completo dominio del ciclo integral de la agroalimentación, que les permite especular con los precios de los alimentos y aumentar sus ventas.89 90 91

 

Células y neuronas capitalistas.

«El modelo médico realiza dos “separaciones” relacionadas con la enfermedad física y mental: separa la mente del cuerpo, de modo que las emociones no tienen impacto en la salud física, y separa al individuo de su entorno, de modo que separa a las personas de sus vidas»
Gabor Maté

Hemos visto algunos ejemplos de cómo el capitalismo daña nuestras mentes y cuerpos, y que la desigualdad social mata. Pero ¿cómo lo hace? ¿A través de qué vías y mecanismos? Una de las causas más citadas para explicar la enfermedad y justificar las diferencias en salud es el llamado «determinismo biológico».92 Se trata de una ideología, difundida constantemente por los medios de comunicación e incluso por científicos respetados, según la cual los agentes biológicos y genéticos serían los principales “culpables” de la enfermedad y de otras muchas situaciones de salud y la vida. No es casualidad que en los últimos años se haya difundido profusa y erradamente en gran parte de la población la muy repetida expresión “está en el ADN”. Aunque no cabe duda que los factores genéticos son importantes y dignos de ser tenidos en cuenta en la salud colectiva, en realidad estos solo juegan un papel relativamente menor en la producción social de la enfermedad y en la génesis de las desigualdades en salud del conjunto de la comunidad. Y ello por varias razones:

   Primero, porque las enfermedades de origen exclusivamente genético, como la distrofia muscular o la corea de Huntington, solo representan una pequeña proporción de los problemas de salud de la sociedad. Es una falacia del determinismo biológico decir que «si las diferencias están en los genes, no puede ocurrir ningún cambio».93

   Segundo, porque los factores biológicos no actúan aisladamente sino que interactúan constantemente con el ambiente: una desventaja inicial de tipo biológico o genético puede, o no, ser compensada mediante un cambio adecuado en el medio social. De hecho, aunque durante décadas muchos investigadores han apuntado que los factores genéticos ejercen una notable influencia sobre la conducta humana, se ha fracasado en obtener la evidencia necesaria que muestre que genes concretos son los causantes de diferencias en la inteligencia, la personalidad, en conductas socialmente reprobables o en trastornos psiquiátricos.94

   Tercero, porque la predisposición genética casi siempre produce efectos evitables. Por ejemplo, causas de muerte o factores de riesgo tan importantes como la enfermedad coronaria, el cáncer de pulmón, la hipertensión arterial o la obesidad, cambian de distribución en las comunidades y entre las clases sociales a lo largo de los años debido a causas de origen fundamentalmente social e histórico.

   Cuarto, dado que las desigualdades en salud entre las clases sociales aparecen en muchas enfermedades distintas, ello nos hace pensar en la gran importancia que juega el medio social y ambiental en la producción de la salud.

   Y finalmente, porque el actual conocimiento sobre la genética y su relación con las enfermedades sigue siendo aún incipiente. De hecho, su interacción con el ambiente es tan compleja que muy probablemente nunca será posible solamente mediante técnicas genéticas predecir o curar muchas enfermedades.95 Cada ser humano nace, vive, trabaja, se relaciona con los demás, enferma y muere influido por el medio social que le rodea. Somos animales sociales, no somos máquinas biológicas aisladas de la sociedad. Eso no quiere decir que la biología o la genética no tengan importancia, sino tan solo que no son el tema más importante de salud pública, y que no hay que verlas aisladas de su entorno.

    En realidad, los procesos relativos a la salud son el resultado de un amplio conjunto de causas interrelacionadas que, en la práctica, resultan muy difíciles de separar.96 Por ejemplo, cuando una mujer migrante llega a urgencias de un hospital con un infarto de miocardio, es porque su cuerpo expresa todos los problemas y factores de riesgo acumulados durante su vida. Ese ser humano refleja en su biología y en su psicología su propia historia personal y la historia de su clase social, de su género y del colectivo social, comunidad y país a los que pertenece. Marx y Engels ya señalaron que el modo de producción no hacía solo referencia a la producción de la existencia física de los individuos, sino también a una cierta forma de expresar la vida de las personas, a un «modo de vida».97 Por su parte, el sociólogo Pierre Bourdieu utilizó el concepto de habitus para plantear que «la historia se hace naturaleza», se hace cuerpo.98 Y la epidemióloga social Nancy Krieger ha señalado con acierto que las personas «incorporan y expresan biológicamente sus experiencias de desigualdad económica y social, desde la vida intrauterina hasta la muerte», produciéndose así desigualdades sociales en una amplia gama de aspectos de la salud que se colocan debajo de nuestra piel.99 En definitiva, podemos decir que nuestras mentes y nuestros cuerpos expresan ecosociología, nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la historia.100

   Para ilustrarlo veamos un solo ejemplo relativo a los efectos ambientales prenatales. Durante la hambruna hibernal holandesa de 1944 los nazis desviaron todos los alimentos desde Holanda a Alemania, por lo que la población holandesa en general y las mujeres embarazadas en concreto se vieron bruscamente al borde de la inanición. Muy diversos estudios han mostrado cómo los fetos que en ese momento estaban en el trimestre del embarazo desarrollaron un metabolismo “ahorrativo” de calorías a causa de la brutal deficiencia de nutrientes existente. A causa de ello, muchas décadas más tarde esas personas han sido mucho más propensas a desarrollar enfermedades metabólicas como la diabetes, la obesidad, tener la presión arterial alta, etc.101 El cuerpo de esas personas “recuerda” la historia padecida en el seno paterno. Esa forma social de valorar las causas de las enfermedades y la salud permite entender, como señaló el gran ecólogo y activista social Richard Levins, que en un momento dado podamos hablar de los daños generados en mentecuerpos interconectados que sufren cambios psicobiológicos relacionados con la historia, la ecosociología, las relaciones de poder, el sistema económico y la cultura e ideología, generadores de órganos, células y neuronas capitalistas.102


¿Salud para todas las personas en el siglo de la “Gran Prueba”?

«Si no hacemos lo imposible, nos veremos confrontados con lo impensable»
Hans Peter Dreitzel

   A lo largo de la historia, el capitalismo ha generado progresos materiales y sociales pero no ha solucionado –o ha agravado– necesidades básicas (materiales, socioculturales y espirituales) de la ecohumanidad, sin eliminar situaciones destructivas y vejatorias de explotación, dominación, represión, discriminación y alienación que impiden alcanzar la plenitud y el florecimiento de la vida humana. ¿Cómo valorar de forma objetiva y completa ese impacto cuando civilización y barbarie van de la mano, cuando progreso y ecobiopancidio ocurren al unísono? A pesar de que una concepción ingenua del progreso humano o una visión científica simple no permiten valorar adecuadamente una realidad muy compleja, hemos visto ejemplos del profundo impacto negativo que el capitalismo tiene sobre la salud. Pero aún es más esencial hacerse otra pregunta: ¿El progreso alcanzado ocurrió a causa del capitalismo o durante el capitalismo? O dicho de otro modo: ¿El desarrollo y avances de la humanidad tuvieron lugar gracias al capitalismo o a pesar del capitalismo?103 Una mirada crítica y a la vez histórica ayuda a comprender que, más allá de los avances científico-tecnológicos, la inmensa mayor parte del progreso social y equidad alcanzados tuvieron lugar gracias a las ingentes luchas sociales del movimiento obrero y a las fuerzas populares que a lo largo del tiempo pelearon por la democracia, obtuvieron y defendieron los derechos políticos, sociales, ambientales y humanos, y lucharon denodadamente porque toda la humanidad tuviera una vida plena: digna, justa, sostenible y sana.104 105

   En las últimas décadas, el triunfo del capitalismo neoliberal ha sido extraordinariamente amplio, muy profundo. No solo ha sido una victoria económica y política sino que ha quebrado la conciencia de clase destruyendo lazos sociales e identidades y ha cambiado nuestras almas como anunció el programa de Thatcher en 1981.106 El capitalismo ha convertido masivamente el tiempo en consumo, “ludificación” y entretenimiento, hasta crear un Homo Tempus, un ser humano sin tiempo, sin vida, con una existencia progresivamente individualista, adictiva y alienada.107 Hoy el capitalismo es una potente máquina de adoctrinar y ocultar, un “estado mental” que no parece capaz de crear “estados de bienestar” sino –como dijo el urbanista y activista Ramón Fernández Durán– tan solo «simulacros de bienestar». La mercantilización se extiende desde el microcosmos al macrocosmos a casi todos los ámbitos y a todas las cosas: sanidad, educación, naturaleza, cono- cimiento, cultura, arte, el cuerpo y las relaciones humanas.108 Se patentan genes, bacterias, semillas, tejidos y animales modificados genéticamente, se trafica y compran órganos, se alquilan úteros, familiares y hasta novias, y se venden parcelas de la Luna o planetas.109 110 El capitalismo busca controlar todas las fuentes de la fuerza de trabajo, todas las fuentes que producen los trabajadores y tener el control completo de las mentes y cuerpos de todas las personas, y en especial de las mujeres, sobre quien en gran medida ha recaído la reproducción de la vida: la maternidad y la crianza, los vínculos afectivos, la limpieza y las tareas de cuidado. Como explica la filósofa, escritora y feminista Silvia Federici: «imagínate si las mujeres se ponen en huelga y no producen niños: el capitalismo se para. Si no hay control sobre el cuerpo de la mujer, no hay control de la fuerza de trabajo».111

    El capitalismo es la causa última de la actual patogénesis global que casi sin darnos cuenta entra en nuestros cuerpos y mentes. Las empresas farmacéuticas inventan enfermedades y síndromes identificando tratamientos para todo tipo de malestares, adicciones, neurosis, trastornos, preocupaciones, dolores, humillaciones y miedos causados por el propio capitalismo. El cuerpo se analiza, fragmenta, comercializa y finalmente vende como una mercancía más. La salud está en venta, las mentecuerpos son una mercancía ideal para ser definida, clasificada, vigilada, reparada, controlada, y finalmente vendida y comprada. No parece haber límites. Comprar salud en todos los ámbitos de la vida: la niñez, la adolescencia, la sexualidad, el trabajo, la comida, el culto al cuerpo, el deporte, el ocio, la vejez y la muerte. Salud y cuerpo aparecen como una de las últimas fronteras de un capitalismo desbocado y voraz, real e inmaterial, que analiza y explota, que domina y aliena, que sueña con transformar cerebros y hacernos inhumanos y posthumanos. Vivimos años decisivos. Años en que la evolución inmediata de ese tren sin frenos que es el capitalismo va a decidir el futuro próximo de la humanidad, en un planeta gravemente amenazado por la crisis ecológica y la posibilidad real de colapso planetario.112 El siglo XXI, ha señalado el filósofo, poeta, ensayista y activista Jorge Riechmann, es un siglo terminal, «el siglo de la Gran Prueba».113 A la crisis económica y ecológica se añade una crisis civilizatoria atravesada por profundos cambios socio-económicos, laborales, culturales y científico-tecnológicos que hacen imposible predecir un futuro enormemente incierto. Hemos visto parte de lo que el capitalismo puede hacer, pero es posible que aún no hayamos visto casi nada.

   La cuestión no es si el capitalismo cambiará, sino qué tipo de cambios se están produciendo y cuáles van a producirse. Hay buenos indicios de lo que puede ocurrir, las preguntas se acumulan.

Cómo está mutando el capitalismo? ¿Qué capitalismo dominará el siglo XXI? ¿Generará guerras localizadas en un mundo controlado por máquinas y robots? ¿Se autodestruirá mediante una guerra nuclear masiva, o con guerras parciales?114 ¿Por qué, como apuntó el crítico literario Fredric Jameson, nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?115 ¿Qué organización social puede reemplazar al capitalismo? ¿Pueden las tecnologías de la información llevar a disolver el sistema capitalista al corroer los mecanismos de mercado, socavar los derechos de propiedad y destruir la relación entre salarios, trabajo y ganancias?116

  O bien, ¿crecerá una sociedad distópica bajo un control tecno-autocrático neofascista?117 ¿Cómo cambiarán el ehealth y el health care analytics el seguimiento de enfermos y sanos, el diagnóstico de enfermedades, riesgos y nuevos síndromes, el tratamiento médico o quirúrgico hecho por máquinas? ¿Será posible democratizar y controlar el big data y el sinfín de datos generados por los dispositivos de autovigilancia y las redes sociales? ¿Podremos detener el aumento del control social, la autoexplotación y discriminación laboral, la anomia y alienación social? ¿Será posible aún forjar otro ser humano, a la vez humilde y valeroso, autolimitado y osado, reflexivo y luchador, defensor de los bienes comunes y explorador de modos de vida más generosos y amorosos? ¿Qué efectos tendrán en la vida de poblaciones africanas “casi preindustriales” y en la de poblaciones “casi postindustriales” la entrada masiva del mundo capitalista mediante el teléfono móvil “inteligente”?118 ¿Qué efectos tendrán en nuestras redes neuronales ser adictos al móvil, a los juegos y apuestas virtuales, y a todo tipo de pasatiempos y distracciones digitales que alteran de forma crucial nuestra percepción de la realidad?119 ¿Sabremos adaptarnos a todos esos cambios?

   Y sobre todo, ¿serán sostenibles, serán justos, serán saludables? Y si es así, ¿para quién, cómo, dónde y de qué manera?

   Recordemos aquí la conocida sentencia del filósofo hindú Jiddu Krishnamurti: «no es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma».

 

   Nadie tiene todas las respuestas, pero sí sabemos que para que la humanidad pueda vivir dignamente y con justicia en un planeta habitable, habrá que crear una fuerte consciencia popular, crítica y movilizadora, capaz de diseñar y experimentar alternativas que generen esperanza y poder popular.120 La solución a las necesidades ecohumanas exige un cambio radical de modelo, pero hay que imaginar, pensar, proponer y experimentar modelos alternativos y asumir la atrevida complejidad de un modelo económico y productivo que sea realmente equitativo y sostenible, sabiendo que los cambios sociales hay que pelearlos a corto y a largo plazo, que hay y habrá conflictos y también que no hay soluciones limpias, rápidas y sin problemas.121 En el camino para dejar atrás el capitalismo, como guía de acción político-cultural, nos debe ayudar una visión del progreso humano que incluya un aumento de las opciones vitales y condiciones de vida de la humanidad (y la de los animales que nos acompañan), en un marco de sustentabilidad ecológica.122 Ese progreso situará en primer plano la capacidad de satisfacer las necesidades básicas de salud física, psicológica y espiritual de todas las personas con los que poder alcanzar una vida auténticamente plena. Para estar en sintonía con las ideas de cada momento y el sentipensamiento popular,123 Marx apuntó que «el revolucionario debe ser capaz de oír crecer la hierba». Politicemos empáticamente el sufrimiento y el dolor humano, politicemos críticamente la alienación y la explotación, politicemos con inteligencia y coraje las desiguales relaciones de poder de un sistema mundial de explotación, control y destrucción que está asolando el planeta y que –en palabras de Eduardo Galeano– ha convertido al mundo en un manicomio y en un matadero.

Joan Benach y Juan Manuel Pericàs son miembros del Grupo de Investigación de Desigualdades en Salud (GREDS- EMCONET, UPF), del JHU-UPF Public Policy Center en Barcelona, y del Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas (GinTRANS2) en Madrid.

Eliana Martínez- Herrera es investigadora de la Universidad de Antioquia y de la Corporación para Investigaciones Biológicas (CIB) en Medellín, Colombia.


NOTAS:
1 Ver por ejemplo los libros: E. J. Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona,1998; R. Wright, Breve historia del progreso, Barcelona, Urano, 2006; R. Nisbet, Historia de la idea de progreso, Gedisa, Barcelona, 2009.

2 Los signos más visibles del progreso se percibieron en la construcción de edificios e infraestructuras, las mejoras en los sistemas de transporte y comunicaciones, el desarrollo de nuevas tecnologías y medicamentos, el consumo de bienes y servicios, la ampliación de derechos sociales y parlamentos democráticos, y la mejora en el nivel de educación y la salud de un gran número de personas.

3 Puede verse un ejemplo en el artículo de K. Llaneras y N. Carretero: «Las paradojas del progreso: datos para el optimismo» (El País, 30 de diciembre de 2016 [en línea],  donde se apunta: «a pesar de que los políticos populistas se aprovechan del pesimismo de la población, estamos mejorando en casi todos los parámetros… como especie, como civilización, como mundo, hemos avanzado hacia lo que consideramos progreso… los datos señalan que la humanidad está en la mejor situación de su historia…».

4 J.B. Foster et al, «El nuevo imperialismo recupera a Kipling cien años después» en S. Amin et al, Neoimperialismo en la era de la globalización, Hacer Editorial, Madrid, 2004, pp. 97-108.

5 R. Kurzweil, La singularidad está cerca, Lola Books, Berlín, 2012.

6 J. Norberg, En defensa del capitalismo global, Unión Editorial, Madrid, 2009; J. Norberg. Progress: Ten reasons to look forward to the future, Oneworld Publications, Londres, 2016.

7 Los mayores logros de la medicina y la salud pública en los últimos 150 años incluyen: el acceso a vacunas, antibióticos y otros tratamientos, más alimentos y más seguros, agua potable limpia y sin gérmenes, vehículos más seguros y mejoras en la salud laboral evitando riesgos y accidentes, mejor higiene oral, planificación familiar más efectiva y segura, avances en la atención materno-infantil, mayor conocimiento y control de muchas enfermedades infecciosas y de los problemas cardiovasculares, programas de salud pública efectivos que han reducido el consumo de tabaco, y mejores técnicas quirúrgicas, de diagnóstico de imagen y endoscopia y trasplantes de órganos. Ver: Royal College of Physicians of Edinburgh, RCPE St. Andrew’s Day Symposium: Five Decades of Medical Progress, 2-3 de diciembre de 2010; US Centers for Disease Control and Prevention, «Ten great public health achievements-United States, 1900-99», MMWR, 1999, 481, pp. 241-3.; J.P. Koplan, «Medical Milestones. I’ve got a little list», BMJ, 2007, 334, s20.

8 OMS, «La esperanza de vida ha aumentado en 5 años desde el año 2000, pero persisten las desigualdades sanitarias», Centro de Prensa.

9 UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), El progreso de las naciones, UNICEF, Barcelona, 1996.

10 Banco Mundial, Informe sobre el desarrollo mundial, Banco Mundial, Madrid, 1993.

11 B. Gates, M. Gates, «Nuestra gran apuesta de futuro», El País, 22 de enero de 2015 [en línea].

12 El país con más respuestas negativas fue Francia (81%), mientras que China fue el único país cuyo resultado fue positivo (41%). En A. R. Goldenberg, «Majorities in 15 Countries: The World is Getting Worse», MRCTV, 12 de enero de 2016 [en línea]. Por su parte, el Índice de confianza social de marzo de 2016 que mide el progreso económico, estabilidad institucional y desarrollo humano del estado español, la puntuación media fue de tan solo 84,8 sobre 200. ESADE, Obra Social «La Caixa», Índice de Confianza Social [en línea], 2017.

13 Según The Global Risks Report 2016 (11th edition), las cuatro principales amenazas para la humanidad según la gravedad de su impacto son por este orden: la incapacidad para mitigar y adaptarse al cambio climático, las armas de destrucción masiva, las crisis del agua y la migración masiva de carácter involuntario. World Economic Forum, The Global Risks Report 2016 (11th edition), WEF, Ginebra, 2016.

14 OMS, «La esperanza de vida ha aumentado en 5 años desde el año 2000, pero persisten las desigualdades sanitarias», Centro de prensa, 19 de mayo de 2016 [en línea].

15 «Demasiada gente, sobre todo los pobres, nunca son contabilizados; nacen, viven y mueren sin ser contados, siendo ignorados. Un principio fundamental de los derechos humanos es que cada vida cuente, que cada individuo importe…. es hora de empezar a que todo el mundo cuente.» Ver: C. AbouZahr. «The Way Forward», The Lancet, 370, 2007, pp. 1791-99.

16 Un ejemplo de esa dificultad es la medición de un dato aparentemente sencillo como es el número global de pobres. Ver: S. G. Reddy y R. Lahoti, «$1.90 Per Day: What Does it Say?» Working paper 25/2015 NSSR [en línea], 2015.

17 A. Case y A. Deaton, «Rising morbidity and mortality in midlife among white non-Hispanic Americans in the 21st century», Proceedings of the National Academy of Sciences, 112 (492), 2015, pp. 15078-83.

18 J. Benach y C. Muntaner. Aprender a mirar la salud. Cómo la desigualdad daña nuestra salud, Viejo Topo, Barcelona, 2005.

19 Según la OMS cada año mueren 303.000 mujeres por complicaciones durante la gestación y el parto y 5,9 millones de infantes mueren antes de los 5 años; 475.000 son asesinadas y 1,25 millones de personas mueren por traumatismos causados por el tránsito; 4,3 millones mueren por contaminación del aire por los combustibles para cocinar y 3 millones por la contaminación exterior; 1.800 millones de personas beben agua contaminada y 946 millones de personas defecan al aire libre. Entre los menores de 5 años, 156 millones sufren retraso del crecimiento y 42 tienen sobrepeso. Ver: OMS, «Informes analíticos sobre temas de salud prioritarios», Datos del Observatorio mundial de la salud [en línea].

20 Ver: S. Ahmadiani y S. Nikfar, «Challenges of access to medicine and the responsibility of pharmaceutical companies: a legal perspective», Journal of Pharmaceutical Sciences, 24:13, 2016.

21 Las grandes compañías farmacéuticas “socializan los costes de la innovación y privatizan los beneficios”; toman las ideas para comercializar posibles medicamentos de la investigación básica pagada fundamentalmente con dinero público, desarrollan eses medicamentos y luego los venden a precios elevados a los sistemas nacionales públicos de salud. Ver, por ejemplo, el documental: Investigación médica: Houston, tenemos un problema, de Fundación Salud por Derecho [en línea].

22 En los países ricos también existen necesidades sin cubrir. Sin embargo, las luchas de movimientos sociales en defensa del acceso a medicamentos en enfermedades no tratadas logran avances pese a las resistencias gubernamentales. Un ejemplo es la plataforma española de afectados por la hepatitis C (PLAFHC). A finales de enero de 2017, se estima que de 65.000 enfermos de hepatitis C (de los casi 100.000 diagnosticados) han recibido tratamiento con nuevos fármacos. Ver por ejemplo la comparecencia de Damián Caballero, vicepresidente 1° de la PLAFHC, en el Congreso de los Diputados a finales de enero de 2017. Ver: Comparecencia de la PLAFHC en el Congreso de los Diputados [en línea].

23 R. Floud, R.W. Fogel, B. Harris, S. C. Hong, The Changing Body, Health, Nutrition, and Human development in the Western World since 1700, Cambridge University Press, Cambridge, 2011.

24 A. Domènech «50 años después», prólogo a la nueva edición castellana de La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E.P. Thompson, Sin Permiso, 8 de octubre de 2012 [en línea].

25 J. Komlos, «Shrinking in a Growing Economy? The Mystery of Physical Stature during the Industrial Revolution», Journal of Economic History, 58 (3), 1998, pp. 779-802.

26 El estudio fue coordinado por la OMS con la colaboración de 800 investigadores de todo el mundo. Ver: NCD Risk Factor Collaboration (NCD-RisC), «A century of trends in adult human height», eLife, 5, 2016 [en línea], e13410.

27 En España, los hombres nacidos en 1996 tuvieron una estatura media de 1,76 metros, un aumento de 14 cm comparados con los nacidos un siglo antes. Las mujeres aumentaron su altura en 12 cm hasta alcanzar 1,63 m de media. EE UU, que en 1914 se hallaba en el tercer y cuarto puesto mundial de estatura de hombres y mujeres, ha caído a las plazas 37 y 42, respectivamente. Ver: J.M. Martínez-Carrión, «La evolución de la estatura humana como indicador de los cambios ambientales: el patrón histórico español la evolución de la estatura humana como indicador de los cambios», Nimbus, 29-30, 2012, pp. 359-371.

28 A. Domènech, «Dominación, derecho, propiedad y economía política popular (un ejercicio de historia de los conceptos)», Sin Permiso [en línea], 2011.

29 Si esas luchas hubieran resultado vencedoras no habría ocurrido la inmensa destrucción de vidas y medio ambiente resultado de las relaciones capitalistas a escala global. La creencia de que el capitalismo evolucionó como una forma de vida social superior al feudalismo aún no ha sido eliminada. Ver: S. Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de sueños, Madrid, 2010 [ed. original 2004].

30 E.P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Capitán Swing, Madrid, 2012 [ed. original, 1963]; E.P. Thompson, Costumbres en común, Crítica, Barcelona, 1995 [ed. original, 1991].

31 El capitalismo devaluó el trabajo de las mujeres como actividad económica independiente y destruyó el control de las mujeres sobre la reproducción, haciendo que sus cuerpos fueran máquinas de producción de la fuerza de trabajo, y reorganizándose así el trabajo reproductivo que exige el sistema capitalista a través de nuevas formas de vigilancia del embarazo y la maternidad, y la pena capital contra el infanticidio. Entrevista a Silvia Federici, «La persecución de las brujas permitió el capitalismo», Números Rojos, 17 de septiembre de 2013.

32 Ver: A. Domènech, «El socialismo y la herencia de la democracia republicana fraternal», Sin Permiso, 4 de julio de 2005 [en línea]; A. Domènech, Curso de Economía y filosofía política del capitalismo contemporáneo, 2013-14.

33 P. Mason, Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro, Paidós, Barcelona, 2016, pp. 92-93.

34 D. Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007.

35 En América Latina el neoliberalismo comportó una vuelta a la economía extractiva, a la “época de oro oligárquica” de fines del XIX e inicios del XX: con el saqueo de su patrimonio natural, la puesta en venta de sus bienes comunes y públicos, y la reinserción en unos mercados mundiales oligopolizados como economías básicamente exportadoras de materias primas.

36 N. Klein, La doctrina del shock, Paidós, Barcelona, 2007.

37 En las últimas décadas el capital se ha preocupado mucho más por el aumento del valor de los activos y por la especulación en torno al valor de los activos. Se ha producido una explosión del sector rentista de la economía capitalista, en particular por lo que hace a la propiedad inmobiliaria, la renta de la tierra, los precios del suelo y los derechos de propiedad intelectual.

38 Entrevista con David Harvey, «El neoliberalismo como “proyecto de clase”», Viento Sur, 8 de abril 2013 [en línea].

39 G. Carchedi, «El agotamiento de la fase histórica actual del capitalismo», Sin Permiso, 4 de enero de 2017 [en línea]. ,

40 F. Gauthier, «Robespierre: por una república democrática y social», Sin Permiso, 23 de julio de 2005 [en línea].

41 D. Harvey, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, IAEN, Madrid, 2014.

42 E. O. Wright, Construyendo utopías reales, Akal, Madrid, 2014, pp.53-100 [ed. original 2010].

43 N. Krieger y G. D. Smith, «The tale wagged by the DAG: broadening the scope of causal inference and explanation for epidemiology», International Journal of Epidemiology, Septiembre, 30, 2016.

44 Un buen ejemplo de ello puede verse en el documental de H. Sauper, La pesadilla de Darwin, París, Mille et une productions, 2004. Para un resumen del mismo ver: J. Benach, C. Muntaner, O. Solar, V. Santana y M. Quinlan, Empleo, trabajo y desigualdades en salud: una visión global, Icaria, Barcelona, 2010, pp. 308-311.

45 Su código es Z59.5 en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10). Ver: ICD-10 Data, extreme poverty, Diagnosis code [en línea].

46 World Bank, Poverty and Shared Prosperity 2016: Taking on Inequality [en línea], Washington D.C., World Bank, 2016.

47 Se estima que globalmente 1.200 millones de personas están sin electricidad, 2.700 millones no tienen servicios limpios de cocina (el 95% en países subsaharianos), y alrededor de 900 millones no tienen agua potable. Ver: International Energy Agency, Role of sustainable energy in ending poverty [en línea], 2016; The Water Project, Facts about water: Statistics of the water crisis [en línea], 2016.

48 J. Hickel, «Could you live on $1.90 a day? That’s the international poverty line», The Guardian, 1 de noviembre de 2015 [en línea].

49 Algunos de los problemas de la medición del BM son: la falta de sentido en seleccionar un indicador unidimensional de ingresos, elegir “1,9” como cifra umbral, medir solo la pobreza absoluta y no la relativa, entre otros sesgos. Ver: Bretton Woods Project, «World Bank views on poverty “econocentric”», Knowledge News, 5 de abril de 2012 [en línea]; S.G. Reddy y R. Lahoti, «$1.90 a day: what does it say?», New Left Review, 97 (enero-febrero), 2016.

50 La pobreza fue estimada en 1.500 de los 5.000 millones de personas analizadas de 101 países. Ver: United Nations, Human Development Reports [en línea], 2015.

51 Son expresiones utilizadas por el sociólogo C. Wright Mills, y los escritores Manuel Vázquez Montalbán y Eduardo Galeano.

52 A. N. Atkinson, Desigualdad, FCE, México, 2016, p.17 [ed. original 2015].

53 P. Krugman, Después de Bush: El fin de los neocons y la hora de los demócratas, Crítica, Barcelona, 2008, p.141. [ed. original 2007].

54 Oxfam, «Una economía al servicio del 1%. Acabar con los privilegios y la concentración de poder para frenar la desigualdad extrema», 210 Informe de Oxfam, 18 de enero de 2016 [en línea].

55 En España, las tres personas más ricas (Amancio Ortega, Sandra Ortega Mera, y Juan Roig) tienen tanta riqueza como el 30% más pobre (14,2 millones). Ver: Oxfam, Informe sobre la desigualdad en España 2016. Una economía para el 99%. España, un crecimiento económico que deja fuera a las personas vulnerables [en línea], 2017.

56 Las grandes empresas y los mega ricos eluden y evaden impuestos, reducen salarios y usan su poder para influir en políticas públicas y aumentar la crisis de desigualdad. La evasión y elusión fiscal de las transnacionales roba a los países pobres al menos 100.000 millones de dólares anuales en ingresos fiscales, dinero suficiente para financiar servicios educativos para 124 millones de infantes sin escolarizar o atención sanitaria que podría evitar la muerte de al menos 6 millones de infantes cada año. Ver: Oxfam, Informe sobre la desigualdad en España… op. cit.

57 J. Benach, «La desigualdad social perjudica seriamente la salud», Gaceta Sanitaria, vol. 11, núm. 6, 1997, pp. 255-8.

58 A. Antonovsky, «Life Expectancy and Overall Mortality», Milbank Memorial Fund Quarterly, 45 (2, 1), 1967, pp. 31-73.

59 Ver: J. Benach y C. Muntaner, Aprender a mirar la saludop. cit.; J. Benach, M. Vergara, C. Muntaner, «Desigualdad en salud: la mayor epidemia del siglo XXI», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 103, 2008, pp. 29-40; J. Segura del Pozo, Desigualdades sociales en salud: conceptos estudios e intervenciones (1980-2010) [en línea], 2013; G. Therborn, La desigualdad mata, Alianza, Madrid, 2015 [ed. original 2013].

60 R. Chetty, M. Stepner, S. Abraham, et al, «The association between income and life expectancy in the United States, 2001-2014» JAMA, 315 (16), 2016, pp. 1750-1766.

61 B. Jarosz, M. Mather, «Poverty and Inequality Pervasive in Two-Fifths of U.S. Counties» Population Reference Bureau [en línea], noviembre 2016; L. Dwyer-Lindgren, A. Bertozzi-Villa, R.W. Stubbs, et al, «US County-Level Trends in Mortality Rates for Major Causes of Death, 1980-2014», JAMA, 316 (22), 2016, pp. 2385-2401.

62 OMS, «Behind the “Glasgow effect”», Bulletin of the WHO [en línea], 2011, disponible en: http://www.who.int/bulletin/vol- umes/89/10/11-021011/en/.

63 OMS, Commission on Social Determinants of Health, Closing the gap in a generation: Health equity through action on the social determinants of health [en línea], 2008.

64 Ajuntament de Barcelona, Gabinet Tècnic de Programació, Departament d’Estudis i Programació, Distribució territorial de la Renda Familiar Disponible per càpita a Barcelona (2015) [en línea], 2015.

65 Agència de Salut Pública de Barcelona, La Salut a Barcelona 2015 [en línea].

66 Ver la organización democrática en pos de la justicia global Global Justice.

67 Siete empresas forman el Big Oil, cinco empresas que muy pronto pueden ser menos si constituyen el Big Tobacco, trece agrupan el Big Pharma, cuatro forman el Big Four (consultoría y auditoría), seis grandes agroquímicas forman el Big 6, seis también son el Big Media, diez agrupan al Big Food, tres el Big Soda, cuatro el Big Chocolate, etc.

68 Aunque nadie conoce su tamaño real, se estima que la economía financiera especulativa podría multiplicar por 125 veces el tamaño de la economía productiva real. Ver: G. López, «La economía especulativa supera en más de 125 veces el dinero en metálico», El Salmón Contracorriente, 10 de mayo de 2016 [en línea].

69 Se estima que existen 7,6 billones de dólares de patrimonio financiero individual ocultos en paraísos fiscales (“paraísos de los piratas” les llamó Jean Ziegler) en el mundo. Hasta el 30% del patrimonio financiero de África está en paraísos fiscales, con una pérdida anual de 14.000 millones de dólares. Esa cantidad permitiría garantizar la educación, sanidad y salvar la vida a cuatro millones de infantes africanos al año. Ver: Oxfam. Una economía al servicio del 1%... op. cit.

70 Aunque cientos de productos y marcas pueblan las estanterías de los supermercados, todas pertenecen a una decena de conglomerados: Nestlé tiene más de 60 marcas de alimentación (Nestea, Nesquik, Kit Kat, etc.), cosmética (L’Oréal), o textil (Diesel, Giorgio Armani, Ralph Lauren, etc.), y luego están Procter and Gamble, Unilever, Kraft Food, Kellogg’s, Mars, PepsiCo, Coca-Cola, Johnson & Johnson y General Mills. Los 10 grandes generan ingresos de más de 1.100 millones de dólares al día, emplean a millones de personas y representan aproximadamente el 10% de la economía mundial.

71 L. de Sebastián, Un planeta de gordos y hambrientos, Ariel, Barcelona, 2009, p. 186.

72 J. Vidal, «Farming mega-mergers threaten food security, say campaigners», The Guardian, 26 de septiembre de 2016 [en línea]; J. Vidal, «A switch to ecological farming will benefit health and environment – report», The Guardian, 2 de junio de 2016 [en línea].

73 International panel of experts on sustainable food systems (IPES Food), From uniformity to diversity [en línea], 2016.

74 Ver: J. Riechmann, Cuidar la T(t)ierra. Políticas agrarias y alimentarias sostenibles para entrar en el siglo XXI, Icaria, Barcelona, 2003.

75 J. Ziegler, Destrucción masiva: Geopolítica del hambre, Península, Barcelona, 2012, p. 178.

76 J. Schuldt, «Somos pobres porque somos ricos», Rebelión, 28 de julio de 2004 [en línea].

77 Ver: F. Garcia, «Dos menos uno, dos. Quién decide el precio de los alimentos», Boletín Ecos 35 [en línea], Jun-Ago 2016.

78 En Haití, por ejemplo, donde un 80% de la población vivía con menos de 2 dólares al día, se dobló el precio del arroz. Ver: W. Bell, Food wars. Crisis alimentaria y políticas de ajuste estructural, Virus, Barcelona, 2012, p. 16 [ed. original 2009].
79 W. Bello, ibidem.

80 En los países que, siguiendo las políticas neoliberales, dejaron de lado políticas agrarias nacionales, desasistiendo la producción local. La FAO recomienda que la inversión en el sector agrícola sea del 20% del presupuesto nacional, pero el FMI y el BM proponen que sea el 4%.

81 J. Ziegler, op. cit., p. 275.

82 J. Ziegler, op. cit., p. 275.

83 Si persiste la tendencia actual, se estima que en el 2025 la prevalencia global de obesidad será del 18% en hombres y del 21% en mujeres. Un trabajo de The Lancet analizó datos de 1.698 estudios basados en una población de 19,2 millones de hombres y mujeres de 18 años en 186 países que cubrían el 99% de la población mundial. Ver: NCD Risk Factor Collaboration (NCD-RisC), «Trends in adult body-mass index in 200 countries from 1975 to 2014: a pooled analysis of 1698 population-based measurement studies with 19.2 million participants», The Lancet, 387, 2016, 1377-96.

84 OMS, «Obesity and overweight», Media Centre Factsheet [en línea], núm. 311, Junio de 2016.

85 R. De Vogli, A. Kouvonen y D. Gimeno, «The influence of market deregulation on fast food consumption and body mass index: a cross-national time series analysis», Bulletin World Health Organization, 92:99–107A, 2014.

86 Por ejemplo, se estima que Coca Cola gasta más en su publicidad anual que todo el presupuesto de la OMS. Ver: M. Chopra et al, «A global response to the global problem: the epidemic of over nutrition» Bulletin World Health Organization, Special Theme – Global Public Health and International Law [en línea], 80 (12) 2002.

87 M. Moss, Adictos a la comida basura, Deusto, Barcelona, 2016.

88 Ver: «Salt Sugar Fat: NY Times Reporter Michael Moss on How the Food Giants Hooked America on Junk Food. Goodman A. Interview to M. Moss», Democracy Now [en línea], 1 de marzo de 2003. 

89 L. de Sebastián, op. cit, p. 203.

90 M. Nestle, Food Politics, University California Press, Berkeley, 2002, p. 27.

91 El modelo agroalimentario capitalista genera otras consecuencias negativas aquí solo enunciadas: a) la falta de tierras, su “acaparamiento”, y la pérdida de biodiversidad; b) la precarización masiva de las condiciones de trabajo de campesinos pobres con situaciones de explotación laboral; y c) la toxicidad de residuos químicos en los alimentos favorecido por las manipulaciones, presiones y prácticas mafiosas de grandes corporaciones químicas. La alternativa a ese modelo es la luchar por la soberanía alimentaria de los pueblos, por un modelo de agricultura social, sostenible y democrática. Ver: J. Riechmann, op. cit.

92 R. C. Lewontin, S. Rose y L.J. Kamin, No está en los genes. Racismo, genética e ideología, Crítica, Barcelona, 1987, p. 16.

93 R. C. Lewontin, Biology as Ideology, Harper Collins, Nueva York, 1991.

94 J. Joseph, The Trouble with Twin Studies: A Reassessment of Twin Research in the Social and Behavioral Sciences. Routledge, Londres, 2015.

95 K. M. Weiss, «Los genetistas están haciendo promesas falsas al público. No podemos esperar curar todas las enfermedades conociendo solo los genes (...) La gran cantidad de genes implicados y la diversidad de sus interacciones hacen imposible tanto predecir que una determinada persona sufrirá una dolencia como intervenir en los genes para impedirlo», entrevista en El País, 27 de marzo de 2001, p. 27.

96 R. Lewontin y R. Levins, Biology under the influence. Dialectical essays on ecology, agriculture, and health. Monthly Review Press, Nueva York, 2007.

97 K. Marx y F. Engels, Crítica de la ideología alemana, Crítica, Barcelona, 1974 (ed. original, 1845-1846).

98 P. Bourdieu, Esquisse d’une théorie de la pratique, Droz, Ginebra, 1972.

99 N. Krieger, «Glossary of Social Epidemiology», Journal of Epidemiology and Community Health, núm. 55, 2001, pp. 693-700.

100 N. Krieger, «History, biology, and health inequities: emergent embodied phenotypes and the illustrative case of the breast cancer estrogen receptor», American Journal of Public Health, núm. 103 (1), 2013, pp. 22-27.

101 S. R. de Rooij, The metabolic consequences of prenatal exposure to the Dutch famine, Tesis doctoral, Universidad de Ámsterdam, 2006.

102 «El racismo se convierte en un factor ambiental que afecta a las glándulas suprarrenales y otros órganos… Las condiciones bajo las cuales la fuerza de trabajo se vende en un mercado de trabajo capitalista actúa sobre el ciclo de glucosa del individuo, ya que el patrón de esfuerzo y reposo depende más de las decisiones económicas del empresario que de la autopercepción del flujo metabólico del trabajador. La ecología humana no son las relaciones generales de nuestra especie con el resto de la naturaleza, sino más bien las relaciones de las diferentes sociedades y de las clases, géneros, edades y etnias mantenidas por esas estructuras sociales. Por lo tanto, no es exagerado hablar de un páncreas capitalista o de un pulmón proletario», en R. Lewontin y R. Levins, Biology… p. 37.

103 Bajo el capitalismo se produce una contradicción entre la búsqueda de la salud y la búsqueda del beneficio. La mayor parte de intentos de controlar la producción social de mala salud tendrán un elevado grado de interferencia con los procesos de acumulación de capital y, como resultado, el énfasis en las sociedades capitalistas avanzadas ha sido la intervención médica curativa tras un evento, más que la realización de medidas preventivas de amplio espectro para conservar la salud. Ver: L. Doyal. The Political Economy of Health, Pluto Press, Londres, 1981, p. 44.

104 No hay ninguna evidencia de que capitalismo y democracia sean compatibles; la economía crítica e histórica más bien enseñan lo contrario. Para Steve Keen todo el edificio económico neoclásico se basa en la ley de Say según la cual «toda oferta crea su propia demanda», o más modernamente la ley de Walras que en la teoría del equilibrio general iguala oferta y demanda. En modelos recientes, el equilibrio se podría cumplir de modo que el capitalismo de libre mercado maximizará el bienestar social si, y solo si, –apuntó Mas-Colell– hay un dictador benevolente que redistribuya la riqueza antes de la actividad comercial. Ver: S. Keen, La economía desenmascarada, Capitán Swing, Madrid, 2015, p.125 (ed. original 2011). Por otra parte, el capitalismo no trajo la democracia ni los derechos humanos; democracia y sufragio universal fueron el anhelo político de muchas generaciones del movimiento obrero mundial y europeo, apagadas tras la revolución francesa y todo el siglo XIX, para ser solo conquistadas durante las luchas del siglo XX. Ver: A. Domènech, El eclipse de la fraternidad: una revisión republicana de la tradición socialista, Crítica, Barcelona, 2004; J. Fontana, Por el bien del Imperio, Pasado y Presente, Barcelona, 2011.

105 El psicólogo y lingüista Steven Pinker ha señalado que las sociedades modernas son menos proclives a emprender guerras. ¿Por qué? No necesariamente gracias al capitalismo, sino a pesar de él, gracias a los movimientos sociales que embridaron y domesticaron –al menos durante algún tiempo y para ciertos territorios del mundo y determinadas clases sociales– algunos de los peores daños laborales, sociales y humanos generados por el capitalismo. Como ha puntualizado el sociólogo César Rendueles: «¿Por qué sociedades pacíficas, modernas e ilustradas han arrastrado al mundo a dos conflictos mundiales y han desarrollado arsenales de armas de pesadilla. Creo que la respuesta es el capitalismo?». Ver: «Entrevista a César Rendueles», INED21 [en línea], 15 de junio de 2015.

106 Al hacer referencia a su proyecto político de romper la sociedad y que solo quede el individuo, Margaret Thatcher señaló: «La sociedad no existe» y también que «la gente se ha olvidado de la sociedad personal», para apuntar: «La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma.» Ver: M. Thatcher, Entrevista en Sunday Times [en línea], 3 de mayo de 1981; y, también: O. Jones, Chavs. La demonización de la clase obrera, Capitán Swing, Madrid, 2013 [ed. original 2011].

107 Sobre el uso de tecnologías y la alienación digital ver: F. Schirrmacher, Ego, Planeta, Barcelona, 2014 ed. original 2013]; E. Morozov, La Locura del solucionismo tecnológico, Katz, Madrid, 2015 [ed. original 2013]; J. Riechmann. ¿Derrotó el Smartphone al movimiento ecologista?, Catarata, Madrid, 2016.

108 El proyecto de mercantilización total parece sin embargo incompatible con rasgos esenciales de la naturaleza humana. La cooperación, la codependencia y la ecodependencia son rasgos esenciales de nuestra especie, pero quizás no lo sea con una naturaleza posthumana. Ver: Y. Harari, Homo Deus. Breve historia del mañana, Debate, Barcelona, 2016.

109 El empresario norteamericano Dennis Hope registró en 1980 la Luna a su nombre. Hope aprovechó un vacío legal, ya que si bien existe un tratado internacional que indica que ningún país puede reclamar la propiedad de la Luna u otro planeta, este no dice nada sobre personas o empresas privadas. El satélite fue dividido, iniciándose la venta de parcelas mediante la Lunar Embassy. Mediante su empresa Lunar Embassy Hope vende pedazos de terreno lunar y lo mismo podría pasar con Marte, Mercurio y Plutón.

110 Ver: I. Wallerstein, El capitalismo histórico, Siglo XXI, Madrid, 2012 (2ª Ed.), p. 90 [ed. original 1988]. Ver también: Y. Varoufakis, Economía sin corbata, Destino, Barcelona, 2015, p. 34 [ed. original 2013].

111 S. Federici. «El cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo», Traficantes de Sueños [en línea], 19 de mayo de 2014.

112 Hoy el capitalismo está en una profunda transformación, y todo apunta a que solo saldrá de la crisis tras una destrucción suficiente de capital, financiero y productivo, por lo que una guerra masiva con la destrucción y regeneración de capital podría ser la única salida. Ver: G. Carchedi, «El agotamiento de la fase histórica actual del capitalismo», Sin Permiso [en línea], 4 de enero de 2017.

113 «El siglo XXII será socialista (ecosocialista) o no será». Ver: J. Riechmann, Fracasar mejor, Olifante, Zaragoza, 2013; J. Riechmann, El siglo de la gran prueba, Baile del Sol, Madrid, 2013.

114 Véase al respecto por ejemplo las advertencias lanzadas recientemente por Mijail Gorbachov, «Gorbachov: “Parece que el mundo se está preparando para una guerra”», La Vanguardia [en línea], 27 de enero de 201; y Noam Chomsky, «Chomsky: EEUU y Rusia avanzan hacia una guerra atómica que acabará con la humanidad», Hispan TV [en línea], 17 de mayo de 2016.

115 F. Jameson, Arqueologías del futuro, Akal, Madrid, 2009 [ed. original 2007].

116 P. Mason, Post capitalismo. Hacia un nuevo futuro, Paidós, Barcelona, 2016, p. 160 [ed. original 2015].

117 Y. Harari, Homo Deus. Breve historia del mañana, Debate, Barcelona, 2016.

118 J. Riechmann. ¿Derrotó el Smartphone al movimiento ecologista? Para una crítica del mesianismo tecnológico, Libros de la Catarata, Madrid, 2016.

119 Santiago Alba Rico señala: «El capitalismo ha creado tecnologías incompatibles con la compasión, la ternura y la solidaridad. Pero el capitalismo ha creado también tecnologías incompatibles con la exclusión social que les es indisociable –con la pobreza, las fronteras y la marginación política– y que ponen en peligro, al mismo tiempo, el capitalismo y la humanidad.» Ver: S. Alba Rico, «Lo poco que podemos, lo mucho que queremos», en S. Alba Rico, Penúltimos días. Mercancías, máquinas y hombres, Catarata, Madrid, 2016, pp. 106-109. Ver también: N. Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Taurus, Madrid, 2011 [ed. original 2010]; N. Carr, Atrapados. ¿Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas? Taurus, Madrid, 2014.

120 Algunas de las propuestas son las siguientes. Primero, crear una «economía política popular» donde haya una «regulación financiera y monetaria, impuestos financieros a las transacciones, desmontar los monopolios y oligopolios» favoreciendo un mercado realmente libre que prohíba la publicidad. Segundo, «democratizar radicalmente las empresas», aumentar y abrir el sindicalismo, crear cooperativas en sectores se servicios poco comunes, y fortalecer procesos públicos universalistas e igualitaristas financiados públicamente y controlados democráticamente por los trabajadores. Tercero, «democratizar la política», de los Estados y de instituciones como el FMI y el BM. Cuarto, «aumentar la protección social» con una renta básica universal que sea la base material de la ciudadanía. Quinto, «disolver los ejércitos con una fuerza disuasiva de seguridad bajo mandato democrático de la ONU». Sexto, «experimentar con proyectos cooperativos» para buscar modelos económicos y laborales nuevos. Y siete, ayudar a «cambiar al ser humano mediante una fuerte reeducación de la cultura política, los valores sociales y la vida cotidiana». Ver: S. López Arnal, «Entrevista político-filosófica a Antoni Domènech», Nodo 50 [en línea]; J. Riechmann y O. Carpintero, «¿Cómo pensar las transiciones poscapitalistas?», en: J. Riechmann et al, Los inciertos pasos desde aquí hasta allá, Universidad de Granada, Granada, 2014, pp.100-104 y 112-114.

121 El proyecto emancipatorio, dice Santiago Alba Rico, deberá ser revolucionario en lo económico porque el capitalismo es irreformable, reformista en lo político e institucional porque tenemos que cuidar y mejorar nuestras instituciones, y conservador en lo antropológico porque hay que ser muy prudente a la hora de transformar los vínculos antropológicos sociales establecidos, transformando todo lo que se pueda pero empezando de cero. Para ello hay que pensar qué instituciones queremos y cómo vertebrarlas, qué elementos aprovechar del pasado, cuánta planificación y coordinación necesitamos y cuánto mercado queremos. Hay que aprender a combinar diversas herramientas con las que hacer frente a la contingencia y a realidades muy complejas: la planificación (más democrática o más autoritaria), la espontaneidad del mercado, la cooperación no centralizada, la redistribución más o menos espontánea, la reciprocidad, el reparto de trabajos desagradables e ingratos, u otros mecanismos.

122 J. Riechmann, Todo tiene un límite: ecología y transformación social, Debate, Madrid, 2001, p.33 y 67.

123 La palabra «sentipensante» fue creada por el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda en el libro Una sociología sentipensante para América Latina, Siglo del Hombre Editores y CLACSO, Bogotá, 2009; puede verse también su exposición en video. La palabra también ha sido usada por Eduardo Galeano.

 

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