La educación como práctica de la libertad

“Pido permiso para terminar
Deletreando esta canción de rebeldía
Que existe en los fonemas de alegría:
Canción de amor general que yo vi crecer
En los ojos del hombre que aprendió a leer”

Tihago de Mello


Aún recuerdo cuando emocionada terminé de leer a Paulo Freire. Este magnífico educador brasileño allá por los años 60 desarrolló su pedagogía del oprimido, o más bien, como el mismo la denominaba, la pedagogía de los hombres en proceso de permanente liberación.

En aquel tiempo, Freire planteaba la alfabetización como parte de un proceso en el que las personas se conciencian de la realidad que viven y se comprometen para transformarla. Y es así como Freire comprende la educación verdaderamente: como un vehículo de transformación y liberación del ser humano.

¿Y si no, qué propósito hay más importante que ayudar a las personas a ser más felices y más libres?
Sin embargo, lejos estamos de este enfoque. Hoy día, las políticas en educación se plantean únicamente en términos económicos, como una mera mercancía orientada a la rentabilidad.

Poco importa si las personas se sienten infelices, lo prioritario es que sean productivas, eficientes, competitivas… y, sobre todo, que no cuestionen y mucho menos pongan en peligro el equilibrio del sistema.

Como afirma el lingüista Noam Chomsky: "Gran parte del sistema educativo está diseñado para la obediencia y la pasividad, para impedir que las personas sean independientes y creativas”.

Efectivamente, la educación es el torrente sanguíneo que utiliza este sistema violento y deshumanizado para perpetuarse. Pero tengamos en cuenta que todos formamos parte del circuito. Entonces, la comunidad educativa no está solo en las instituciones, los colegios y las universidades, está también en casa, en el trabajo, en los tiempos de ocio y en cada minuto de nuestro transcurrir.

Las personas actuamos en nuestro alrededor y, a su vez, recibimos la influencia del mundo que nos rodea. Así que, todos somos en cierto modo educadores y educandos.

No quiero decir con esto que la responsabilidad sea la misma para todos, ni mucho menos. Desde luego que hay diferentes niveles de responsabilidad porque también tenemos distintas posibilidades de influencia y decisión. Pero, en definitiva, cada uno de nosotros, en nuestro radio de acción, somos parte responsable de lo que sucede, bien por hacer equivocadamente o bien por no hacer nada, que desgraciadamente es el caso más común.

Llegados a este punto, hay un par de preguntas sobre las que podríamos concedernos un breve tiempo de reflexión:
- ¿Sinceramente pienso y siento que no hay nada más que pueda hacer para transformar el mundo que me rodea?
- ¿Estoy dispuesto a hacerme cargo de la parte que considero que me corresponde?

Y hay también un par de invitaciones que pueden servir como punto de partida. En el plano íntimo, propongo que cada persona orientemos nuestra vida hacia la coherencia, actuando de acuerdo a lo que sentimos y a lo que pensamos, alejándonos de la contradicción y haciendo algo distinto a lo que criticamos. En lo inmediato, propongo que nos comprometamos allí hasta donde llegan nuestras posibilidades, participando activamente en los colegios, universidades, trabajos, colectivos, agrupaciones, etc., cada uno según su sensibilidad y particular visión de las cosas.

Son dos propuestas simples, como simples son en verdad las cosas fundamentales.

Cierto es que, para transformar la realidad que vivimos en un mundo cada vez más globalizado, son necesarios grandes cambios a muchos otros niveles, pero como decía mi buen amigo Silo, “quien no puede lo menos, no puede lo más”.

Así que, comencemos; comencemos hoy y no mañana; comencemos a educarnos con alegría en la práctica de la libertad y preparemos el camino a las nuevas generaciones siendo ejemplo de compromiso y de coherencia con nuestra propia vida y con el mundo que queremos.