Recordando a Jaume Botey

Tomamos prestadas una palabres de homenaje de Salvador López Arnal sobre Jaume Botey:

"Todo lo humano le era propio; nada, absolutamente nada, le era ajeno. Luchó toda su vida. Hasta el final de sus días. Fue un imprescindible."

Recuperamos un artículo de Jaume publicado dentro de la sección ENSAYO, del número 125 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, dedicado al Ecologismo y la Religión.

Disidentes y profetas: el papel de los herejes en el avance de la historia.

Todas las corrientes que implican un compromiso total de la persona o la entrega a una causa que se vive de manera absoluta por razones religiosas, sociales, políticas o culturales crean disidencias. Sea por razones doctrinales, por la voluntad de volver a la pureza fundante o por el anhelo de un futuro utópico, los disidentes se sitúan al margen de la docrtrina oficial y son condenados. Herejes, colectivos de pobres, de marginados o movimientos alternativos dan una visión diferente de la historia oficial desde la otra orilla, desde la “contrahistoria”. Para entenderlos, es necesario situarse en el contexto en el que vivieron, porque incluso en los disidentes más doctrinales hay un trasfondo político que les condiciona. Y sobre todo, porque en circunstancias diferentes, y a pesar de haber sido doctrinas condenadas, los movimientos disidentes y de herejes tarde o temprano renacen. La herejía y los movimientos alternativos son un fenómeno de permanente ubicuidad, siempre perseguidos y siempre resucitados.

   Etimológicamente herejía –airesis– significa elección, alguien escoge una “verdad”, “su verdad”, al margen de la opinión de la comunidad. Ante el colectivo que se presenta como homogéneo, la persona decide romper esta unidad.

   Los sistemas de valores establecidos y aceptados por la mayoría dotan de seguridad, cohesión y sentido de unidad. En cambio, la herejía –anomia o “fuera de la norma”– supone irrupción del desorden, ruptura, prácticas nuevas que no se explican por la tradición. Pero, ¿qué es un hereje? ¿Cae el hereje dentro de cierta psicología enfermiza o patología mental?, ¿es el hereje un anormal?, ¿qué relaciones mantiene con la mentalidad de su entorno?, ¿es un ser aislado o influyente?

   Son numerosos los estudios desde la antropología, psicología, historia, sociologia, etc., acerca del origen de estos grupos “portadores de gérmenes heréticos”, de su carácter e influencia y de esta constante “antiinstitucional” e insumisa de la historia de la libertad frente a los aparatos. En general, se afirma que la herejía puede originarse por razones doctrinales o morales, “ortodoxia” u “ortopraxis”, y que surge en todos los contextos ideológicos, religiosos, políticos, científicos, morales, artísticos o místicos. Algunas de ellas surgen como novedad progresista, avanzándose al futuro, o como retorno a la pureza primitiva…1

   Es preciso considerar las diferencias entre herejía, desobediencia, cisma, secta, apostasía, brujería, objeción, insumisión, antisistema, excluído, marginal… Asimismo, respecto del portador de herejía, hay que distinguir entre hereje, profeta, utópico, reformador, revolucionario, visionario, etc. En sentido amplio, herejía puede identificarse con la protesta social y la lucha de los oprimidos en contra de la explotación y el sometimiento en todas sus formas, pues frente al dominio y el sojuzgamiento que implica cualquier tipo de desigualdad social, se desarrolla siempre una paralela y persistente insubordinación de los grupos sometidos.

Leer la historia desde estos “antisistema”…

Frente al poder de los grupos dominantes por riqueza o jerarquía social, como la Iglesia o el Estado, o bajo una supuesta superioridad intelectual, social, étnica, de género, estatus, de posesión de la verdad o de pretendida santidad renace siempre la respuesta popular. La historia humana es también la inagotable y creciente creatividad de las clases populares que en cada nueva circunstancia, y movidos por el espíritu de rebeldía frente a la opresión, encuentran diferentes maneras de expresarse. Es una heroica cadena de luchas, protestas, motines, herejías, rebeliones, insurrecciones y revoluciones.

   Por ello, un posible hilo conductor para comprender la historia es leerla a partir de estos buscadores de nuevas tierras prometidas, creadores de fraternidades que empeñaron su vida al servicio de un mundo mejor. Los hay en todas las formaciones sociales. Viven su compromiso como la exigencia y entrega a una causa que sienten como absoluta. Para ellos, el camino hacia esta tierra prometida supone una dura “travesía en el desierto”, por- que casi todos fueron considerados subversivos y quebrantadores del orden. Fustigan tanto a las autoridades, en tanto que responsables del mal, como al pueblo por sus infidelidades, y son rechazados por ambos. Así fueron condenados los profetas de Israel y acostumbran a ser condenados los profetas de hoy. Sin embargo, son creadores de esperanza. Censurando el presente anuncian un futuro mejor y en esta confrontación ponen de manifiesto la dialéctica entre sistema-antisistema, institución- protesta, espíritu-estructura, poder- fe, ley-insumisión, político-profeta.


Dificultades, exigencia moral…

En un momento u otro todos tuvieron que escoger entre la obediencia a la norma o la obediencia a la conciencia. Obedecer a la conciencia exige convencimiento y una total libertad y pobreza, porque quien lo hace sabe que deberá asumir graves consecuencias sociológicas y psicológicas, soledad, aislamiento, descrédito, ostracismo, y quizás poner en riesgo su propia vida. Antígona sabe que enterrando a su hermano Polinices desata la ira de Creonte, y debe escoger entre la piedad y el orden, pero acaba enterrando al hermano. Sócrates es acusado de pervertir a la juventud, de desacato a los dioses, y a pesar de ello continúa. Los dos serán condenados. En ocasiones, más que el hecho en sí, lo que se condena es el quebrantamiento del orden por su valor simbólico. En la República de Platón el innovador será reprobado y quien rompa o añada una cuerda a la lira será desterrado. De igual modo también en Jesús, porque pone por delante el valor del hermano que el valor de la ley. Proclamando que «el hombre no se ha hecho para el sábado sino el sábado para el hombre», Jesús se convierte en “hereje” del sistema y asume las consecuencias de su enfrentamiento con el poder.

   La mayoría de las veces el disidente no alcanza a ver el resultado de su sacrificio. Pero si Espartaco y los miles de esclavos que fueron crucificados con él 70 años antes de Cristo no hubieran existido quizás estaríamos todavía en la esclavitud… Sin las revoluciones de los pobres en la Edad Media, sin los libertadores de las colonias, sin fray Bartolomé de las Casas, sin tanto sufrimiento obrero, sin Gandhi, sin Luther King, sin Mandela, sin la resistencia en Irak… Además, con suerte, la historia recuerda sólo el nombre de los líderes; las mayorías sacrificadas permanecerán en el anonimato.

El problema del poder

¿Quién tiene autoridad para condenar?, ¿quién crea desorden y quién crea esperanza?, ¿el desobediente o el que manda obedecer un orden injusto? ¿En qué objetividad se fundamentan los criterios que condenan a uno y absuelven a otro? Porque muchos de los condenados fueron rehabilitados y otros a punto de ser condenados fueron encumbrados a la cima de los altares. Santo Tomás fue condenado por la universidad y el obispo Tempier de París; San Francisco de Asís estuvo a punto de ser inculpado por Inocencio III. Joaquin de Fiore, Ubertino da Casale o Pedro Valdo fueron condenados por pedir la pobreza en la Iglesia. En cambio, Angela de Foligno fue canonizada por el mismo motivo. En el palo al que fue atada Juana de Arco, en 1431, para ser quemada se describían las causas de su condena: «Jehanne, que se hacía llamar virgen: mentirosa, perniciosa, engañadora del pueblo, hechicera, supersticiosa, blasfema de Dios, presuntuosa, descreída de la fe de Jesucristo, jactanciosa, idólatra, cruel, disoluta, invocadora de los demonios, apóstata, cismática y hereje». Pocos años después es rehabilitada y posteriormente canonizada y nombrada patrona de Francia. San Juan de la Cruz fue encarcelado a pan y agua durante siete meses por sus mismos hermanos de congregación. San José de Calasanz, condenado por la Inquisición por ser amigo de Galileo, muere con su orden de los escolapios prohibida por la Santa Sede. El Papa Gregorio XVI (1831-1846) prohibió la vacunación y de paso condenó el desarrollo del ferrocarril argumentando que si Dios hubiese querido que viajáramos a esas velocidades nos habría dotado de alas. La lista de condenas que hoy nos avergüenzan sería inacabable, sobre todo en las organizaciones que dicen representar valores, como la Iglesia, especialmente.

   ¿Debemos con esto decir que la herejía es un concepto subjetivo elaborado por parte de quien tiene el poder?, esto es, ¿el poder actúa arbitrariamente? No necesariamente, pero hay que destacar la incomodidad que para el poder representan la mayor parte de los movimientos rebeldes. Porque, con el tiempo, las instituciones tienden a la esclerosis y a convertir la esclerosis en ley, en autoritarismo en lugar de fraternidad. Las cúpulas acostumbran a secuestrar para sí el poder que deberían tener siempre las bases. En ocasiones se plantea como la necesidad de adaptar a las circunstancias el mensaje profético original, pero en otras funciona sólo la lucha por el poder. Entonces, el poder no declara herejes a los que lo son sino a los que puede o quiere, en parte porque en muchas ocasiones los herejes son las mismas autoridades que están condenando. A diferentes escalas se reproduce el conflicto entre la incipiente socialdemocracia y Rosa Luxemburgo, mártir de sus ideas, o posteriormente entre Stalin y Trotsky. Quienes en algunas organizaciones de izquierda hoy proclaman el retorno a los principios fundantes del socialismo son acusados por las direcciones como perturbadores del orden en la organización. Pero la herejía también está presente en las cúpulas, a pesar de que son ellas las que tienen el poder para condenar y expulsar. Y el poder condena o amenaza con la condena, no sólo a los declarados disidentes, sino a todos aquellos que presumiblemente pueden poner en cuestión los intereses del grupo en el poder.

Orígenes del cristianismo. Profetas y rebeldes, la gran herejía

Los profetas, la defensa del pobre desafiando el poder religioso y el poder político

Todas las religiones tienen en la pobreza y en su relación con los pobres la piedra de toque de su sinceridad para con Dios. Los textos fundacionales de las religiones, especialmente los de las tres “religiones del libro”, ponen de manifiesto sin lugar a dudas la preferencia de Dios por los pobres. Dios es la garantía de la justicia, de la protección del necesitado, de la acogida al inmigrante, del reparto de los bienes. Pero la pobreza es un tema incómodo. La existencia de pobres plantea problemas morales y de conciencia, problemas políticos de gestión del poder y de responsabilidad ante la desgracia, problemas teológicos relacionados con el tema del mal, de espiritualidad, de ascesis, de solidaridad con los últimos.

   A lo largo de la historia las religiones han gestionado el tema de la pobreza de manera ambivalente y casi siempre contradiciendo en la práctica las recomendaciones de los textos. En todas las confesiones, y en el interior de las organizaciones de cada una de ellas, se vive la tensión entre la fidelidad a los principios y las hipotecas que implica la relación o vinculación con el poder. La infidelidad al pobre fue uno de los motivos de la aparición de los profetas.

Entre el siglo VIII y el siglo VI a.C., en un Estado de Israel ya consolidado, con monarquía estable, templo, aparato jurídico, ordenación territorial, etc., aunque siempre amenazado por sus vecinos de Asiria o de Babilonia, aparecen esta especie de personajes incómodos, los cuales, sin excepción, claman contra la profanación del pobre, del indigente, del necesitado, del débil, del humilde, del forastero, del inmigrado. Amós, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Miqueas o Habacuch son de este modo el testimonio de que en aquella sociedad relativamente acomodada, como en todas, la defensa de los pobres era algo políticamente incorrecto. Todos serán perseguidos por el poder.

Jesús y Pablo

También Jesús, que nace y vive pobre, manifiesta sin ambigüedades sus preferencias por los pobres y afirma haber venido en auxilio de enfermos, endemoniados o pecadores. En defensa de los excluidos del poder es condenado por ese poder y muere en la cruz como un delincuente. El mensaje de Jesús no tiene una posible interpretación: fue un hereje condenado a la par por el templo y por el poder político. Cuando escribieron el relato del recuerdo de Jesús, los evangelios y las primeras comunidades tuvieron interés en remarcar nítidamente estos aspectos.

   De igual modo Pablo de Tarso, que al exigir la libertad de la fe frente a la Ley Mosaica se convierte en un hereje para los seguidores de esta última. Pablo logró desmontar el aparato de seguridades políticas y económicas que habían marcado la historia de Israel desde hacía siglos, pero será perseguido durante toda su vida por ello, hasta que consigan su ejecución en Roma.

La gran herejía: la vinculación con el poder a partir del siglo IV

A partir del siglo III, el espíritu inicial de cercanía hacia los pobres de las primeras comunidades probablemente se iría relajando, tanto por razones de carácter doctrinal como organizativo. El rápido incremento de fieles en tiempos de paz llevaría a cuestionarse si había que tomarse tan al pie de la letra los textos sobre Jesús de las primeras comunidades. Además, ante las seducciones del Imperio comienza un penoso debate sobre las clases de pobreza, la material y la del espíritu, sobre la oportunidad de no desechar las posibilidades de la función social de la riqueza, sobre el deber de evitar el peligro maniqueo de una “Iglesia de puros”, etc.

   Por simple “simbiosis” con la cultura-ambiente, la concepción de la Biblia del Dios de Abraham y de Jesucristo es sustituida por la del Dios del “poder” y “autoridad” de la filoso- fía griega. La filosofía de Platón y Aristóteles será el “molde” donde “verter” la visión cristiana de Dios. Asimismo, también por simple simbiosis, la nueva Iglesia se convierte en heredera del enorme patrimonio cultural del Imperio romano, calcando hacia dentro, para ella misma, el modelo organizativo y el pensamiento del Imperio, la estructura piramidal de la jerarquía hasta el emperador, el Derecho romano, el latín como lengua vehicular, la solemnidad de la liturgia, la organización territorial, el estoicismo como filosofía, tan alejado del profetismo. A partir del Edicto de Milán, en el 313 con Constantino y en el 380 con Teodosio, pasa de la clandestinidad a la oficialidad, de perseguida a perseguidora de las otras religiones ahora prohibidas.

   Este cambio político de 180º supone el camino hacia la mayor de las “herejías” que ha sufrido el cristianismo y que dura hasta hoy: el pacto de la Iglesia con los poderes políticos y económicos de la sociedad civil. Desgraciadamente, a partir de entonces la historia del cristianismo se ha construido sobre la teología de Dios-poder. Fue el fundamento de la constitución del Sacro Imperio y la coronación de Carlomagno en el año 800 el origen del poder temporal de los papas, de la lucha de estos contra los emperadores para tener mayor poder, de las Cruzadas, de la imposición por la fuerza de la evangelización en América, de la Inquisición, de la corrupción en la sede de San Pedro durante el humanismo renacentista, de la condena de los avances sociales y culturales de la Revolución francesa y del movimiento obrero, de la justificación de la guerra civil española y el nacionalcatolicismo, del silencio culpable ante la atrocidad del Holocausto y de tantos otros… Esto ha supuesto el uso y abuso del poder político en el nombre de Dios contra los sectores más débiles y pobres de la población y el horror y asesinato de millones de inocentes, pero ha supuesto también que a lo largo de toda la historia aparecieran brotes de contestación, una “veta pro- funda”, siempre renaciente bajo múltiples aspectos y, como los profetas, casi siempre condenada.


Los primeros concilios. La Iglesia tutelada por el Imperio

Es necesario señalar el papel trascendental que el poder político del Imperio tuvo en los primeros concilios de la Iglesia, aquellos en los que se definen los fundamentos de nuestra fe: el de Nicea (325), sobre la divinidad de Jesucristo; el de Constantinopla (380), sobre la Trinidad; el de Éfeso (431), sobre la doble naturaleza de Jesús, humana y divina; y el de Calcedonia (451), definiendo de nuevo la divinidad y humanidad de Cristo. Todos tuvieron un enorme peso doctrinal defininiendo los aspectos fundamentales de la fe frente a las herejías doctrinales de los primeros siglos, Marcion, Arrio, Nestorio, Eutiques, monofisitismo, etc… Pero también pesó mucho en ellos la política. La prueba es que todos fueron convocados y presididos por el emperador, quien sancionaba o no la doctrina que se emitía, se constituía en garantía de la Verdad y aceptaba las conclusiones o perseguía, desterraba, o mandaba encarcelar y ejecutar a los disidentes. El cristianismo había adquirido un peso tal en la sociedad oriental que cualquier división doctrinal podía ser el pretexto de una ulterior división política. Para el emperador se trataba de evitar conflictos que pusieran en riesgo la unidad del Imperio, tal como realmente ocurrió. Se trataba asimismo de evitar el enfrentamiento entre las tres capitales del Imperio Romano de Oriente: Alejandría, Antioquía y Constantinopla, que aspiraban a suceder la capitalidad del Imperio. De manera periódica los obispos protestan contra la ingerencia del emperador en los asuntos de la Iglesia, pero también de manera periódica acuden a él para que convoque un nuevo concilio con el que resolver el enfrentamiento dogmático. Los obispos habían adquirido, también por consiguiente, una enorme influencia en el contexto cultural (véase en Ágora, de Amenábar, el conflicto entre el obispo Cirilo e Hipatia en la Alejandría del siglo V, siendo acusada de bruja y hereje y condenada a morir descuartizada).

Edad Media y herejías renacentistas

El retorno a la tradición fundante

Una de las características que la historiografía atribuye a las herejías medievales (Chénu, Le Goff, G. Duby, Duvignaud, Valdeón) es su reiterada propuesta de retorno a la tradición fundante, y en especial a la pobreza evangélica frente al Sacro Imperio, las investiduras, el cisma y la corrupción. Por ejemplo, el movimiento de mendicantes de la Edad Media como fenómeno de extraordinaria vitalidad y ubicuidad en toda Europa, siempre decapitado y siempre renaciente bajo múltiples formas. Sin embargo, hoy debemos agradecerles que escogieran la pobreza y que en el largo período del siglo XII al XIV se enfrentaran incluso a los grandes pontificados (como los de Gregorio VII, Inocencio III o Bonifacio VIII) e intentaran crear, como Jesús en su momento, espacios de resistencia frente a una jerarquía que actuaba en contra de los principios del Evangelio. Emperador y Pontificado estuvieron en continua disputa por estrictas razones de control del poder político. A partir del siglo XI la unidad de referencia global entre poder civil y poder político empieza a resquebrajarse. Se inicia el camino hacia la laicidad. Gregorio VII (1073-1085) inició el gran movimiento de reforma por la independencia de la Iglesia frente al emperador Enrique IV; Inocencio III (1198-1216) fue aceptado como árbitro de conflictos internacionales; Bonifacio VIII (1294-1303) se enfretó también con Felipe IV y en la Bula Unam Sanctam explicitó el derecho del papa a la intervención civil. Los motivos de sus enfrentamientos no obedecieron a la cuestión de la pobreza evangélica sino a razones de mantenimiento y salvaguarda de su poder político, en peligro frente al creciente deseo de autonomia del poder poder civil. Después de Bonifacio VIII el pontificado pierde la batalla frente al poder político, dando comienzo el destierro de Aviñón. El emperador ha conseguido finalmente someter a la Iglesia.

   Era normal que desde dentro de la misma Iglesia surgieran voces proféticas y movimientos reclamando una reforma evangélica. Todos ellos tienen en común su enfrenta- miento a una jerarquía vinculada al poder y defensora de la fe por las armas. Sin embargo, fueron condenados con el pretexto de desviaciones doctrinales. Tal fue así con el movimiento de las órdenes mendicantes, especialmente la de los franciscanos, que buscaban simplicidad y pobreza absoluta. Esta exigencia supuso, en vida todavía de San Francisco (1182-1226), la división de la orden dos mitades.

   En la Baja Edad Media, a través de un nuevo dinamismo socioeconómico e intelectual, de las nuevas teconologías agrícolas, del comercio y de la vida urbana se sientan las bases para la aparición de la burguesía y para los grandes cambios hacia el mundo moderno. Surgen entonces las órdenes mendicantes, nuevos fenómenos intelectuales como la universidad, la escolástica y la renovación de las ciencias (Roger Bacon). Por otra parte, la aparición periódica de las pestes, pero sobre todo de la Peste Negra, que diezma la población a mediados del siglo XIV, deja una vivencia apocalíptica, de ocaso y muerte.

   En esta sociedad convulsa el inconformismo contra la nueva sociedad burguesa está en el orígen de los frecuentes movimientos de campesinos, muchos de ellos marginales, y algunos de los cuales fueron declarados heréticos. La Inquisición fue el instrumento de la Iglesia católica para controlarlos o reprimirlos. Algunos de estos movimientos tuvieron una verdadera importancia social, religiosa y política, así los cátaros, valdenses, albigenses, dulcinianos, hussitas, wycliffianos… O los que buscaban simplemente la vida espiritual en la pobreza, como las beguinas, movimiento de mujeres solteras o viudas asociadas para llevar una vida monástica sin votos al margen de las estructuras jerárquicas de la Iglesia católica. Muchas de ellas fueron acusadas de herejía o brujería y condenadas a la hoguera. O la citada orden de los franciscanos y las dificultades que en este contexto tuvo Francisco de Asís ante la jerarquía eclesiástica.

   A partir de los siglos XIV y XV el ejercicio del poder pontificio como poder político sufre una muy importante contestación. En Aviñón, el papa Juan XXII se enfrenta de nuevo al emperador alemán, Luis de Baviera, quien reúne a todas las fuerzas descontentas con el papa. Entre ellas había un importante sector de franciscanos, llamados “espirituales”, que pretendían que se impusiera en la orden el voto de pobreza absoluta, según el deseo del propio San Francisco, y tal y como había sido aprobado por el capítulo de la orden reunido en Peruggia en 1322, ambiente que describe perfectamente Umberto Eco en el clásico El nombre de la rosa. Por extensión, este sector de los franciscanos pretendía la pobreza para toda la Iglesia, pero en 1323 Juan XXII condenó las conclusiones del capítulo de Peruggia. Es decir, cuando de manera explícita se pide que el Papa abandone la riqueza y el poder temporal, la petición de pobreza institucional se convierte en un tema político condenado por la jerarquía. La fidelidad al Jesús pobre del Evangelio empieza a ser considerada posible materia de herejía. Esta pretensión no sólo se ceñía a la pobreza material, sino también a la de poder. Es por ello que Luis de Baviera se apoyó en este grupo de franciscanos: Miguel de Cesena; el general de la orden, Guillermo de Ockham; Marsilio de Padua y Juan de Jandun, profesores de la universidad de París. La ayuda teórica que aquellos franciscanos dieron a Luis de Baviera, más que una toma de posición política era el intento intraeclesial de secularización de la política. Hacía poco que Marsilio había publicado el famoso tratado Defensor Pacis, en el que defendía definitivamente la teoría del Estado laico, la separación de la Iglesia, la soberanía del pueblo para elegir emperador y, consecuentemente, la innecesaria consagración de este por el Papa. Tesis muy atrevidas por aquel entonces. Marsilio fue condenado. Doscientos años más tarde, en 1513, Maquiavelo en El Príncipe, a raíz de la presencia de los Estados Pontificios en Italia, defiende las mismas tesis. También es condenado.

En la misma línea de acercamiento del Evangelio a los pobres hay que tener presente los movimientos surgidos en América Latina a partir de la conquista. De entre sus muchas figuras destacan Antonio de Montesinos y Bartolomé de las Casas, ambos frailes dominicos. Acusado también de herejía porque defendía que los indios tienen alma, fue también juzgado y estuvo a punto de ser condenado por su hermano en la orden, el inquisidor Ginés de Sepúlveda en la famosa “Controversia de Valladolid” de 1550.

Utopías renacentistas y autonomía de la conciencia individual

Al Renacimiento se le atribuyen los orígenes de la Modernidad, el advenimiento de una nueva racionalidad económica –la mercantil– y de una nueva racionalidad política: el origen del Estado laico. Se le adjudica también la ruptura con el teocentrismo, el inicio de una larga secuencia de revoluciones científicas y técnicas y una transformación radical de principios éticos. Con la creciente autonomía de la sociedad civil, las herejías a partir de ahora ya no se darán sólo en el ámbito de la Iglesia o de la fe, sino también en el campo científico, político, económico y cultural. En este contexto surge un género literario situado entre la imaginación y las propuestas de cambio, entre la crítica al príncipe y el ofrecimiento de alternativas. Las más conocidas: La utopía de Tomás Moro; La ciudad del Sol, de Tomasso Campanella; La Nueva Atlántida de Francis Bacon o, ya más adelante, Los viajes de Gulliver de Jonhatan Swift, una sátira sarcástica y demoledora en contra de la sociedad contemporánea. Los autores fueron condenados: Moro fue ejecutado y Campanella pasó 27 años en prisión. Las diferencias entre ellas, una, defensora de la libertad y otras, del orden, se reproducen una y otra vez en todos los intentos de un modelo de sociedad diferente en el mundo. Swift ordenó que su obra no se publicara hasta después de su muerte por miedo a la Inquisición. En el año 1600 Giordano Bruno, de 52 años, es condenado a la hoguera como hereje por sus creencias en cosmología. Fue contemporáneo de Galileo, quien se libró de la hoguera por escaso margen.

   Todavía en la Europa de los siglos XVI y XVII la Biblia sigue siendo, en su interpretación más social e igualitaria, el principal “manual revolucionario” que inspiró tanto la libre conciencia individual frente al poder de la institución (protestantismo) como los movimientos más radicales y utópicos. Huss, Savonarola, Lutero, Calvino y tantos otros siguen teniendo a Dios como referencia en sus propuestas de reforma de la Iglesia y de la sociedad. Será, por ejemplo, la Biblia, la que inspirará a Thomas Münzer, partiendo de la misma teología luterana, a encabezar una revolución de campesinos y mineros contra Lutero por haber entregado el poder religioso a los príncipes, en lo que se considera la primera revolución social de la Europa moderna. Münzer fue ejecutado por orden del mismo Lutero. Miguel Servet, por otra parte, muere en la hoguera por orden de Calvino. De manera parecida ocurrió con los “niveladores”, movimiento agrario de revolución social contra la propiedad de la tierra, durante la revolución inglesa a mediados del XVII. Uno de sus líderes principales, Gerrard Winstanley, encabezó el movimiento, de inspiración cristiana, bajo el lema de que Jesucristo habría sido el primer “nivelador”. Su comunismo nivelador abogaba por la colectivización de la tierra y de todos los recursos naturales como bienes fundamentales de todo el pueblo. A su juicio, el régimen ideal debía basarse en la pequeña economía de los pequeños campesinos y artesanos.


Hacia el mundo moderno y las utopías sociales

La autonomía de la razón, la nueva ciencia, el secularismo y la laicidad, la conciencia y la proclamación de unos Derechos Humanos inalienables, la democracia, la libertad individual y colectiva, han sido conquistas sociales detrás de las cuales hay sufrimiento, condenas y víctimas. En la sociedad moderna somos millones los “herejes” que desde abajo resisten al sistema, habitualmente escondidos. Siempre se ha silenciado, por ejemplo, que la misma Revolución francesa tuvo el apoyo de un sector de cristianos, condenados primero por la Iglesia y condenados después por los contrarrevolucionarios. El más conocido, el sacerdote Jacques Michele Coupé, amigo personal de Robespierre, que impulsó las medidas sociales de la Revolución como la reforma de la enseñanza, la reforma de la sanidad y la reforma agraria.

   Por desgracia, en muchos de estos procesos la violencia y los abusos empañaron el ideal de los promotores, y los principios quedaron esclerotizados a través de condenar a otros en nombre de aquellos principios. Por ejemplo, 70 años después de la Revolución francesa, en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad se aplasta a sangre y fuego a la Comuna de París, guiada por idénticos principios. Así ha ocurrido durante este trágico siglo XX, con tantas utopías sociales y doctrinas globales de salvación. Experiencias del marxismo y anarquismo como ideales de justicia, igualdad y cooperación pronto se contaminaron, propiciaron la represión y crearon los gulags de muerte.

Quién sería un “hereje” hoy en día

La alabanza del insumiso

Han sido los herejes y los disidentes los que han hecho avanzar la historia, luchando por la libertad en un mundo dogmatizado o por la igualdad en un mundo injusto. Pero también esta historia nos enseña que nadie se convierte en hereje por el simple hecho de autoproclamarse como tal. O mejor expresado, no se hace avanzar la historia por el capricho o la ocurrencia de ser disidente de un dia. Para ser “hereje” de verdad, para hacer avanzar la historia, son necesarias cualidades excepcionales, convencimiento, humildad que supone casi siempre la voluntad de no querer romper, fidelidad a las ideas y fidelidad a las personas, constancia y sacrificio, valentía para resistir las amenazas e insultos, resistencia ante la angustia ocasionada por el peligro, nula voluntad de poder hasta el punto de entregar la propia vida.

En relación con la Iglesia, a los 50 años del Concilio

Valdrá un ejemplo de lo que en nuestro mundo ha podido suponer para algunos ser hereje dentro de la Iglesia. El Concilio del Vaticano II fue una inspiración de Juan XXIII, pero al Concilio se llegó después de siglos de condenas y sufrimientos. No hacía tanto se había proclamado el Syllabus que condenaba todo intento de acercamiento de la Iglesia al mundo, o la condena de la Escuela Bíblica de Jerusalén, punto de partida de nuestra interpretación actual de la Biblia, o de los curas obreros. Inmediatamente antes fueron condenados por Pío XII Teilhard de Chardin, Congar, Chénu, Rahner, Schilebeck, Häring y tantos otros. Sin embargo, estos fueron rehabilitados por Juan XXIII y considerados padres intelectuales del Concilio, porque sus grandes intuiciones parten de sus escritos anteriores. Su intuición fundamental es que la Verdad no parte “de arriba”, esto es, de un supuesto “depósito”, sino que emana de la historia, desde las realidades humanas y terrenas y desde la perspectiva de los pobres. Juan Pablo II y Benedicto XVI intentaron volver a la noción anterior, pero finalmente no ha sido posible.

   Este es el parteaguas fundamental y lo que hoy nos convierte en “herejes” ante una jerarquía que pretende volver al método de las verdades eternas. Porque esta “Verdad” eterna, “venida de arriba”, elabora formulaciones abstractas, alejadas de la historia y aparentemente neutras. Para los que defienden Verdades Eternas, el hereje es el que escucha la vida, lee la historia, acompaña al sufrimiento.

   En definitiva, el problema teológico fundamental no son las formulaciones de la propia teología, sino la existencia de un sistema capitalista de opresión, que necesita, utiliza y desarrolla una teología abstracta, ideológica, enajenante o religiosa para poder mantener y legitimar su dominación. Esta dominación es precisamente la ocultación de Dios. ¿Es el mismo Dios el de los verdugos y el de las víctimas, el de los asesinos y el de los asesinados?

En relación con la sociedad laica

Nuestra generación ha sido muy afortunada por haber vivido de cerca tantos testimonios de insumisión y resistencia; tantos que no se doblegaron al fascismo o al nazismo, desde Bonhoeffer a Simone Weil, Etty Hillesum o Walter Benjamin. Todos ellos murieron víctimas. Tantos que no se doblegaron a la ignominia del franquismo. Y tantos que crearon y siguen alimentando nuevas esperanzas: los objetores de conciencia y los insumisos, los que hicieron emerger nuevos valores como el ecologismo y su lucha por las generaciones futuras, y el feminismo en su lucha por el reconocimiento de la dignidad de la mujer, los que acogen inmigrantes y son insumisos a la Ley de extranjería, los que impiden los desahucios, los que recogen alimentos en los supermercados, los de la flotilla de Gaza, los del 15-M.

1 J. Le Goff, Herejías y sociedades, Siglo XXI, Madrid, 1987; J. A. García de Cortázar, Cristianismo marginado: rebeldes, excluidos y perseguidos, Polifemo, Madrid, 1999; Mollat Michel, Pobres, humildes y miserables en la Edad Media, FCE, Ciudad de México, 1988; J. Duvignaud, Herejía y subversión, Icaria, Barcelona, 1990; E. Mitre, Las herejías medievales de Oriente y Occidente, Arco, Madrid, 2000; R. García Cárcel, Herejía y sociedad en el siglo XVI, Península, Barcelona, 1980; M. Delibes, El hereje, Destino, Barcelona, 1998.

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