La salud bajo el capitalismo

 

 

La salud bajo el capitalismo: contradicciones sistémicas que permean la ecohumanidad y dañan nuestra mentecuerpo.

Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 137, primavera 2017, pp. 29-56.

Para Clara Valverde, escritora empática de la biopolítica,
activista indomable de los espacios intersticiales.

El capitalismo es un régimen civilizatorio, universal y complejo, cuyas contradicciones sistémicas han permeado al planeta y la humanidad alterando profundamente la economía, la política, el trabajo, el medio ambiente, la cultura y la vida cotidiana hasta entrar en nuestros cuerpos y nuestras mentes y cambiar la salud humana. Baste con pensar en las atrocidades y genocidios de tantas guerras imperialistas, en la explotación y precarización laboral y la dominación y opresión de clase, género o etnia, o bien en la pobreza, desigualdad, falta de atención sanitaria básica, o las múltiples formas de alienación y estrés que sufre gran parte de la humanidad, o bien en las consecuencias del cambio climático y el cada vez más cercano colapso ecológico. Entender el conjunto de causas y efectos generados por el capitalismo es sin embargo un desafío de enormes dimensiones, tanto por la complejidad de los procesos y contradicciones capitalistas como por la insuficiente investigación de tipo crítico y sistémico. Este artículo examina las principales características del capitalismo y algunos de sus impactos sobre la salud y la desigualdad. Para ello, valora la evolución del progreso en la salud de los últimos siglos postulando que sin entender qué es el capitalismo no puede entenderse la salud. Ilustra algunos de sus impactos sistémicos usando los ejemplos de la pobreza y la desigualdad y la industria agroalimentaria, y explica el daño que causa el capitalismo en nuestras mentes y cuerpos. Finalmente, plantea posibles escenarios futuros y alternativas sociales de cambio global.

¿Progreso? ¿Qué progreso?

«Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación»
Charles Dickens

 

Una de las ideas más poderosas de la historia humana y sobre todo de los últimos tres siglos es la noción de progreso, una visión lineal y universal del tiempo según la cual el destino final de la humanidad es su avance paulatino en conocimiento, riqueza, bienestar, cultura, e incluso en la virtud moral.1 En la Europa del siglo XX, a pesar de la desolación, miedo o pesimismo experimentado tras guerras, revoluciones, y la “Gran Depresión” del 29, o bien la crítica del progreso por parte de autores tan perspicaces como Walter Benjamin, el rápido desarrollo económico acaecido tras la Segunda Guerra Mundial acrecentó la creencia en el progreso en gran parte de la población occidental en los planos económico, científico-tecnológico y social.2 El optimismo pareció eclipsarse por un breve periodo después de las crisis de los años setenta y, sobre todo, tras la conmoción producida por la “Gran Recesión” de 2008, para reaparecer poco tiempo después. En la actualidad, la noción de progreso permanece intacta en la visión hegemónica que difunden los medios,3 las élites y las clases dirigentes, ya sea en la justificación de intervenciones imperialistas como la guerra de Irak,4 en la reivindicación de un progreso científico-técnico ilimitado, posthumano, como el propuesto por Raymond Kurzweil, José Luis Cordeiro u otros eufóricos vendedores mesiánicos de tecnodistopías,5 o en la perspectiva de escritores como Johan Norberg, quien señala que «creer en el capitalismo es creer en el ser humano»6 y que vivimos una edad de oro en todas las esferas de la vida.

   No hay duda que la puesta en práctica de determinadas políticas socioeconómicas y de salud pública junto al desarrollo científico-técnico ha ayudado a solucionar o aliviar problemas de salud que a lo largo de la historia causaron muchas enfermedades y un enorme sufrimiento de la humanidad.7 La esperanza de vida al nacer (EVN) aumentó rápidamente desde la Ilustración, cuando era de aproximadamente 30 años en todos los países. En 1845 un infante de 5 años podía esperar vivir 55 años aproximadamente. Hoy la cifra alcanza los 82 años. La EVN global se dobló en el siglo XX hasta alcanzar los 71,4 años en el 2015, si bien en muchos de los países subsaharianos más pobres esta apenas sobrepasa los 50 años.8 En los países pobres, las vacunas, la terapia de rehidratación oral, la yodación de la sal o los suplementos de vitamina A, salvaron en la segunda mitad del siglo XX alrededor de cinco millones de vidas anuales, consiguiendo que 750.000 niñas y niños no quedaran física o mentalmente discapacitadas para siempre.9 Un ejemplo de progreso especialmente significativo ocurrió en 1977 con la erradicación de la viruela, una enfermedad devastadora en la historia de la humanidad. Pensemos que en el siglo XVIII, solo en Europa, murieron 60 millones de personas, la mayor parte infantes, mientras que en 1967, con 13 millones de casos, murieron 2 millones de personas.10 Tras una década de ingentes esfuerzos liderados por la OMS, con un costo de más de 300 millones de dólares en vacunas, programas de cuarentena y tratamiento, la 33a Asamblea Mundial de la OMS declaró en 1980 «al mundo y a la gente» libre de la viruela, hasta el momento la única enfermedad erradicada en el planeta. Los tecno-optimistas ven aún mucho mejor el futuro. Según la Fundación Gates, «la vida de los habitantes de los países pobres mejorará más rápido que nunca antes en la historia» y los pobres «vivirán más años y gozarán de mejor salud».11 Gracias a la innovación y la tecnología, para el año 2030 se prevé reducir a la mitad la muerte de niños de menos de cinco años, erradicar cuatro enfermedades (la polio, el gusano de Guinea, la elefantiasis y la oncocercosis), y reducir en casi dos tercios el número de mujeres que mueren durante el parto, el control de la malaria y el VIH. Por tanto, según la Fundación Gates se logrará un progreso sin precedentes en la salud mundial alcanzándose la equidad de salud global.

   Más allá de un indudable progreso general de la salud, valorar su situación, distribución, evolución y causas no es tarea sencilla y, de hecho, el presente y futuro pueden no ser tan positivos ni tan optimistas como creemos. Y ello por varios argumentos que debemos valorar cuidadosamente. Primero, porque una situación positiva del presente no significa que el futuro tenga necesariamente que ser igualmente bueno o incluso mejor. De hecho, según una reciente encuesta realizada a más de 18.000 personas en 17 países, el 71% contestó de forma negativa a la pregunta: «Pensando en general sobre el mundo, y considerando globalmente todas las cosas, cree que el mundo va a mejor o a peor, o ni una ni otra cosa?».12 Aunque no cabe menospreciar el debate sobre la posible discrepancia entre la realidad y la percepción subjetiva de la misma, el análisis actual de dos de los peores peligros globales que amenazan a la supervivencia humana como son la crisis ecológica y el riesgo nuclear, entre otros riesgos globales, parecen confirmar la visión popular.13 Segundo, porque la calidad de la información socio-sanitaria registrada con la que valoramos la realidad muestra importantes deficiencias técnicas y distorsiones ideológicas. Por ejemplo, según la propia OMS se estima que el 53% de las muertes en el mundo no se registran,14 y que estas ocurren sobre todo en los países y poblaciones más pobres, en los que se da una mayor infraestimación de enfermedades y muertes.15 Además, las cifras son, en sí mismas, “un campo de batalla” político. Las fuentes de información, los datos y los indicadores no son nunca objetivos, ya que su selección, accesibilidad, uso e interpretación están plagados de valoraciones y sesgos.16 Tercero, porque reducir la mortalidad global o aumentar la esperanza de vida promedio no quiere decir necesariamente que se reduzcan las desigualdades entre países y entre grupos sociales. Por ejemplo, en EE.UU. la salud de los hombres y mujeres blancos no hispanos de mediana edad se ha deteriorado reduciéndose la esperanza de vida entre 1999 y 2013 al empeorar sus condiciones sociales y económicas, y aumentar el consumo de drogas y alcohol y el número de suicidios.17 En cuarto lugar, medir la mortalidad u otros indicadores de enfermedad no quiere decir que seamos capaces de entender y medir adecuadamente la salud humana en todas sus dimensiones.18 ¿Por qué? ¿Qué información necesitamos tener? Como veremos, el capitalismo es un régimen civilizatorio que entra en los tuétanos de la vida social y moral de las personas y que penetra en todos los ámbitos de la vida, el trabajo, la cultura, el ocio y el consumo, que impiden la plenitud y el florecimiento humano. Por ello, necesitamos entender y medir mucho mejor impactos estrechamente relacionados con la salud y calidad de vida pero aún poco estudiados como la alienación social y el malestar psíquico, el sufrimiento y el miedo, la desesperanza y la humillación, la frustración y la ira, o la anomia y falta de sentido de la vida. Un último punto de gran relevancia es que al valorar la evolución de los indicadores de salud debemos pensar no solo en las mejoras logradas sino también en aquellas que, de forma factible, podrían lograrse si el mundo fuera más justo y equitativo. Cabe no olvidar que gran parte de la enfermedad y muerte global puede actualmente prevenirse, ya que muchos problemas suceden por causas evitables relacionadas con los determinantes sociales y políticos de la salud. Y es que hoy en día el control y eliminación de buen número de enfermedades comunes en la infancia o en la edad adulta es algo técnica y financieramente factible, pero millones de personas, sobre todo en los países más pobres, siguen enfermando y muriendo a causa de enfermedades que pueden prevenirse.19 Abramos los ojos. Una de cada cuatro personas en el mundo (1.700 millones) necesita tratamiento contra enfermedades tropicales desatendidas, y una de cada 3,5 (2.000 millones) no tienen acceso a medicinas esenciales.20 21 ¿Qué opinaría la población de los países ricos si hubiera un tratamiento sin utilizar que pudiera eliminar el sida, el cáncer de mama o el infarto de miocardio?22

¿De qué manera podemos valorar la evolución global del progreso en la salud bajo el capitalismo de los últimos siglos? La desigualdad en la estatura de las personas es seguramente el mejor indicador del desarrollo histórico y social de los pueblos. Cuanto más rico es un país más altos son sus habitantes, cuanto más altas son las personas mayores son sus niveles de educación, ingresos y estatus social, así como también su calidad y condiciones de vida, nutrición, salud y esperanza de vida. Contrariamente a una visión optimista bastante extendida, los datos antropométricos muestran que el crecimiento económico europeo entre 1500 y 1850 vino acompañado de un retroceso en el nivel de vida.23 Igual ocurrió durante la revolución industrial, un periodo durante el cual se generó una inmensa riqueza al tiempo que una enorme pobreza. La mayor parte de la población trabajadora fue sometida a una gran explotación económica y una opresión política mayor,24 lo cual produjo un empeoramiento en las condiciones de vida y una reducción general de la estatura.25

   Las cosas cambiaron durante el siglo XX. Un reciente estudio sobre las variaciones y evolución de la estatura entre 1914 y 2014 en más de 18 millones de personas de 200 países,26 muestra que los habitantes de los países más ricos son ahora unos 20 cm más altos que los de los países más pobres pero también cómo la brecha entre los hombres más altos y más bajos del planeta ha aumentado en 4 cm durante un siglo. Los hombres y mujeres más altos del mundo viven en Europa, región donde la altura media de hombres y mujeres más ha aumentado en el último siglo.27 África en cambio es el continente con el crecimiento más lento. Mientras que la estatura aumentó en los países ricos, la estatura media está bajando en países del África negra como Sierra Leona, Uganda y Ruanda, donde las nuevas generaciones miden unos 5 cm menos que hace treinta o cuarenta años. Para entender los indicadores que reflejan esas diferencias, necesariamente hay que comprender su causa histórica más profunda e invisible que, como veremos, no es otra que el capitalismo.

 

La salud no se entiende si no se entiende el capitalismo.

«Para que haya capitalismo tiene que haber masas enormes de población desposeídas que no tienen acceso a medios de subsistencia, no tienen donde caerse muertos (…) el capitalismo es la conversión de la humanidad en una colección de individuos pisoteables y vendibles como mercancías»
Antoni Domènech

Hasta su resurgimiento tras la Gran Recesión, “capitalismo” ha sido durante décadas una palabra tabú o cuando menos muy incómoda para economistas, políticos, y en general para la población. En su lugar se han usado eufemismos como “sociedad de mercado”, “libre empresa”, “libre mercado”, “globalización”, “el sistema”, o simplemente se ha evitado el término. El olvido premeditado no es casual ni inocente, pero el significado de la palabra, a menudo confuso, debe ser explicado. ¿Qué es el capitalismo? Su invisibilidad y su ubicuidad ayudan a entrever la relevancia de un sistema histórico y complejo, una fuerza dinámica muy poderosa, cuyas contradicciones sistémicas veladas por la economía actualmente hegemónica tienen enormes consecuencias para el medio ambiente y la salud de la humanidad.

   El capitalismo fue una contrarrevolución, la respuesta de los señores feudales, los mercaderes y el poder eclesiástico a siglos de conflicto social nacidos de las luchas antifeudales.28 29 Dos de sus rasgos clave fueron –y siguen siendo– la necesidad de disponer de grandes masas de población desposeídas, sin acceso a medios de subsistencia, y su posterior explotación como fuerza asalariada. Sus orígenes pueden rastrearse en los siglos XII y XIII, cuando se produce un lento y largo proceso de cercamiento y privatización de tierras con la expropiación masiva de bienes comunes a la población de Europa occidental a través de una intensa lucha de clases en un proceso encarnizado de varios siglos. Tras desposeer a los campesinos de tierras, bosques, ríos y lagos comunales, y privarles de la libertad de disponer de fuentes de existencia independientes, un paso ulterior fue la mercantilización del trabajo con la creación del proletariado, las masas de desposeídos que irían a trabajar a los distritos industriales de las ciudades. El paso de una sociedad “con mercado” a una sociedad “de mercado” se concretó a finales del siglo XV, consolidándose en los siglos XVII y XVIII, cuando las resistencias antifeudales fueron derrotadas, para abarcar ya a casi todo el planeta a finales del siglo XIX.30

   En el siglo XIX las empresas pequeñas y medianas familiares competían en mercados sin muchas barreras, con una inversión asentada en el ahorro familiar y una competición por precios en el mercado. Durante la Revolución Industrial coexistieron una creciente riqueza y una terrible pobreza, explotación y opresión.31 La empresa capitalista moderna se convirtió entonces en una institución muy autoritaria, donde los patrones se comportaban autocráticamente y los trabajadores de toda edad, sexo y condición trabajaban largas y penosas jornadas laborales durante prácticamente toda la semana poniendo a disposición del patrón sus cuerpos y almas para ser esclavos a tiempo parcial o casi a tiempo completo.32 A principios del siglo XX emergió un capitalismo muy dinámico, con avances tecnológicos insospechados y un rápido crecimiento económico en el que aparecieron tres elementos centrales: la creación de grandes oligopolios gracias a las fusiones empresariales fomentadas por la nueva banca de inversiones, la fijación de precios mediante cárteles y “sociedades”, y la protección de los mercados a través del Estado que restringe la importación de bienes, favoreciendo así los intereses de sus principales empresas.33 La convulsa época de entreguerras se caracterizó por el crecimiento económico de los años veinte truncado por la Gran Depresión del 29 y la crisis de los años treinta, el ascenso de los fascismos, la supresión de las democracias liberales y el auge de los movimientos obreros. Tras la Segunda Guerra Mundial, vendrán tres décadas de capitalismo “estable” durante las cuales, gracias al poder del movimiento obrero y el miedo de las clases dominantes a las revoluciones y el comunismo, se desmercantilizarán parcialmente los mercados laboral, económico, inmobiliario y la reproducción social del trabajo. Tras las décadas de crecimiento económico y capitalismo “controlado”, a inicios de los años 70 se producirá una contrarreforma capitalista, la llamada “globalización neoliberal”, con la transición hacia un régimen de acumulación más flexible.

   El neoliberalismo es un proyecto de la clase capitalista dominante cuyo objetivo fue dar respuesta a un doble desafío: una “crisis de acumulación” con menores beneficios, similares a los de después de la Segunda Guerra Mundial, y la amenaza representada por las intensas luchas obreras y sociales de los sesenta y primeros años setenta.34 Su agenda ha sido clara: aumentar el poder de las empresas, reducir los impuestos a los ricos, debilitar los sindicatos y la negociación colectiva, socavar los sistemas de protección social, y privatizar y mercantilizar los servicios públicos. Los medios empleados para aumentar y concentrar su poder, especialmente visibles en Europa y Estados Unidos,35 pueden resumirse en los apartados siguientes: a) eliminar el control de movimientos de capitales en 1971 establecidos en 1944 por los acuerdos de Bretton Woods, y remundializar la economía capitalista; b) destruir el poder de los sindicatos mediante la represión, control y domesticación sindical; c) romper el vínculo entre los salarios reales y la demanda efectiva a través del enorme aumento de crédito barato mediante la inflación de activos inmobiliarios y financieros de entidades bancarias pésimamente reguladas; d) acentuar el individualismo y la alienación de la población trabajadora mediante el consumo, el endeudamiento familiar y una mayor relación de dependencia cada vez más cercana a la esclavitud; y e) aplicar «doctrinas del shock» aprovechando los momentos de crisis y su control del poder del estado para imponer políticas sociales, laborales y económicas regresivas, autoritarias e impopulares.36 El golpe de estado chileno contra Allende y la dictadura de Pinochet (1973-1990), los gobiernos de Thatcher (1979-1990) y Reagan (1981-1988), la inapreciable ayuda de think tanks conservadores, instituciones ideológicamente afines como el FMI, BM y el OMC, y tratados como el de Maastricht en Europa de 1992 o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) de 1994, permitieron desarrollar y ampliar enormemente la influencia del proyecto neoliberal durante los años ochenta y noventa. Tras varias y sucesivas crisis económicas “menores”, y más tarde la “Gran Recesión” de 2008, se consolidará y concentrara aún más la riqueza y el poder en grupos cada vez más restringidos de la élite capitalista.

   Con el neoliberalismo, el poder se desplazó hacia el capitalismo financiero («fascismo económico» en palabras del escritor John Berger) fortaleciendo la “acumulación por desposesión”, un enfoque complementario de la “acumulación por expansión” que anteriormente permitió aumentar el nivel de vida de buena parte de la población trabajadora europea.37 El sector financiero ha generado la desindustrialización de centros de producción clásicos produciéndose la llamada “forma mariposa” del capital, es decir, aquella que posee la capacidad de trasladarse a territorios donde el coste de la mano de obra y los impuestos son más bajos.38 Los bancos y el poder financiero han incrementado su influencia al trabajar coordinadamente con gobiernos e instituciones, convirtiéndose en buena medida en un poder político en la sombra. El especulador financiero George Soros lo reconoció explícitamente al sentenciar que «los mercados votan todos los días». Sin embargo, la caída irreversible de un indicador clave de la economía capitalista como es la tasa de ganancia sugiere que el capitalismo está agotando su capacidad de supervivencia y que quizás solo podrá salir de la crisis actual con una fuerte destrucción del capital financiero y productivo.39

 

   El capitalismo puede entenderse como un “organismo” histórico en continua mutación, un sistema económico y de poder, dinámico y expansivo, basado en la constante desposesión de las masas populares, la colonización destructiva del planeta, y la aparición de crisis periódicas que solo es capaz de trasladar geográficamente y resolver momentáneamente mediante la dominación, la violencia, la concentración de los medios de producción y la proletarización de la humanidad. El sistema capitalista («economía política tiránica», lo llamó Robespierre),40 no es sin embargo un ente homogéneo, estructurado y funcionalmente integrado, sino que existen diversos “capitalismos” con elementos pre, anti y poscapitalistas, con un capital generador de contradicciones muy diversas (fundacionales, dinámicas y peligrosas), interrelacionadas en una totalidad más general que es el capitalismo.41 Esas contradicciones producen múltiples manifestaciones sistémicas en la ecología, la producción, el transporte, el mercado, las relaciones sociales, la vida cotidiana, el consumo, la educación u otros factores que, como veremos, es esencial entender para conocer la extensión y distribución de la enfermedad y la salud de la ecohumanidad.

Impactos sistémicos sobre la salud.

«El capitalismo es un sistema esencialmente ilimitado, incapaz de reconocer ningún límite para la actividad económica o productiva, y eso es incompatible con nuestra propia naturaleza huma- na, nosotros no somos ilimitados»
César Rendueles

  

   El capitalismo es un sistema que exige un continuo crecimiento económico, la circulación y acumulación sin fin de capital, basado en la expropiación de la mayoría de la población de sus medios de subsistencia, a la vez que es un sistema de poder que se ejerce mediante la violencia y el control de la población. El capitalismo no solo ha transformado la historia humana y el planeta, sino que ha colonizado el conjunto de la vida social, cultural, consumo y ocio, y su evolución inmediata decidirá un futuro donde el riesgo de extinción y colapso es elevado. ¿Es posible entender integralmente sus efectos sistémicos? El sociólogo E.O. Wright ha sintetizado su crítica al capitalismo en once apartados que van desde la explotación, falta de libertad y autonomía, la vulnerabilidad y sufrimiento sistemáticos e innecesarios que impiden la plenitud humana, la mercantilización de valores compartidos, la generación de ineficiencias, falta de oportunidades y consumismo, pasando por el fomento del militarismo e imperialismo, la destrucción ecológica y la corrosión de la comunidad y la democracia.42 ¿Podemos conocer la multiplicidad de todos esos impactos interrelacionados en la ecohumanidad y en la salud? La respuesta ha de ser negativa por al menos tres razones. Primero, por la gran complejidad del conjunto de determinantes y procesos causales involucrados en la generación de la salud-enfermedad, que plantean enormes retos de investigación. Así, gran parte de los determinantes estructurales de orden político y socioeconómico son “causas invisibles”, a menudo de difícil comprensión y análisis, en parte debido a que cuanto mayor y más lejana sea la “red causal”, más probable será la emergencia de efectos contextuales históricamente contingentes.43 44 Segundo, porque necesitamos más y mejores datos e indicadores socio-sanitarios sobre los procesos y problemas clave que determinan la relación entre capitalismo y salud, hoy aún limitados, poco accesibles o inexistentes. Y tercero, por la urgente necesidad de disponer de científicos críticos que realicen análisis sistémicos (una suerte de “ciencia total”), en centros de investigación transdisciplinares que sean alternativos al sistema actual de investigación hegemónico, cada vez más reduccionista y mercantil, que simplifica la realidad y privatiza el saber convirtiéndolo en parte de un negocio clasista pensado las más de las veces para justificar el orden social existente. Sin embargo, no disponer de un conocimiento sistémico exhaustivo (o al menos suficiente- mente completo) sobre cómo el capitalismo permea la ecohumanidad y daña la salud no quiere decir desconocer lo mucho que sí sabemos. Y es que hoy en día tenemos bastante conocimiento sobre los procesos y mecanismos que, en ámbitos muy diversos y por causas muy diferentes, inciden directa o indirectamente sobre nuestras mentes-cuerpos. Por enunciar solo algunos: desde la muerte y destrucción genocidas generadas por centenares de guerras imperialistas hasta las diversas y dañinas consecuencias del colonialismo o del neocolonialismo en sus múltiples formas; desde la explotación y precarización laboral, y los múltiples daños generados por tóxicos y riesgos laborales de todo tipo hasta la dominación y opresión de clase, género, etnia e identidad nacional, cultural o sexual que causa ingentes desigualdades en salud; desde la crisis ecológica y el cambio climático hasta la extensión e impacto de la contaminación química del aire, el mar, la tierra, el agua y los alimentos; desde la privatización, mercantilización y medicalización de la atención socio-sanitaria hasta los daños (iatrogenia) generados por la industria químico-farmacéutica-tecnológica o la penuria de medicamentos básicos en los países pobres; desde la alienación generada por el dominio psicocultural y la promoción masiva de productos y servicios que ofrecen las poderosas corporaciones privadas, las mafias o los intereses de estados imperiales, hasta la extensión cada vez mayor de formas de vida estresadas y alienadas y el uso compulsivo de drogas y de múltiples adicciones. Por razones de espacio, en este artículo nos limitaremos tan solo a ilustrar algunos de estos impactos revisando ejemplos de dos procesos “endémicos” capitalistas: la pobreza y la desigualdad y la oligopolización de la agroindustria.

Pobreza, desigualdad e inequidades de salud.

Z59.5 es el código con que se clasifica a la «pobreza extrema», una de las principales causas de enfermedad del planeta.45 ¿Cuánta pobreza hay hoy en el mundo? Aunque sabemos que buena parte de la humanidad es en mayor o menor medida pobre, existe una fuerte lucha ideológica por mostrar las cifras “correctas”. Según el Banco Mundial (BM), en 2015 había 702 millones de personas (9,6% de la población mundial) que vivían con menos de 1,9 dólares al día, una fuerte reducción desde los 902 millones (12,8%) calculados para el año 2012.46

   La medición de pobreza realizada por el BM tiene un fuerte impacto sobre la salud. Ser pobre significa vivir menos y vivir peor, enfermar más, tener peores servicios sanitarios y una menor calidad de vida. La pobreza impide vacunar a los infantes, tener agua limpia, disponer de alimentos, comprar fármacos…47 En los países pobres, la muerte no es una experiencia de ancianos sino de la infancia. Los infantes de la India que viven con 1,9 dólares diarios tienen un 60% de probabilidad de estar desnutridos, y los de Níger tienen una tasa de mortalidad tres veces mayor que el promedio mundial.48 Sin embargo, la credibilidad métrica del BM ha sido seriamente cuestionada debido a su sesgo “econocéntrico” y a sus múltiples problemas teóricos y metodológicos.49 El Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) de las Naciones Unidas, que identifica múltiples carencias en hogares y personas, apunta a que en realidad la situación de pobreza afecta al 30% de la población que analizaron,50 por lo que globalmente la cifra podría alcanzar los 2.250 millones de personas (la mayoría mujeres), de una humanidad de 7.500 millones para el presente año 2017.

   No cabe duda que los países pobres, históricamente arrollados por los países sobredesarrollados que les subdesarrollan, tienen los peores indicadores de salud.51 Por ejemplo, la mortalidad infantil antes de los 5 años en los países empobrecidos es 60 veces superior a la de los ricos, la esperanza de vida en Chad es 35 años inferior a la de Japón (85). Pero no vivimos en un planeta dual, sino en sociedades “archipiélago” donde los países ricos tienen islas más o menos grandes de pobreza y los países pobres espacios de gran riqueza. Es claro que los megamillonarios viven más y mejor que los pobres de solemnidad, pero los casos extremos no deben ocultarnos las situaciones intermedias y otras dimensiones de la desigualdad social. A partir de los años 80, el neoliberalismo ha ensanchado la desigualdad social hasta extremos jamás conocidos en la historia, produciendo lo que Anthony Atkinson calificó como «vuelco de desigualdad»52 y Paul Krugman «la gran divergencia».53

   El informe Oxfam de 2016 ha estimado que 62 personas (solo 9 mujeres) tenían tanta riqueza como la mitad más pobre del planeta (3.600 millones). Desde inicios del siglo XXI, la mitad más pobre ha recibido el 1% del aumento de la nueva riqueza mundial, mientras que el 50% fue para el 1% más rico.54 En su más reciente estudio de 2017, Oxfam señala que la brecha entre ricos y pobres es mucho mayor de lo que se pensaba. Con datos más precisos, el estudio concluye que en 2016 serían 9 (en lugar de 62) las personas que tendrían igual riqueza a la mitad más pobre del planeta, y que en la actualidad son solo ocho personas (todos hombres) quienes acumulan esa riqueza.55 Más aún: siete de cada diez personas vive en un país en el que la desigualdad ha aumentado en los últimos treinta años.56 Esa obscena desigualdad es un síntoma diáfano de una sociedad capitalista estructural y sistémicamente enferma.

   Las desigualdades sociales en el seno de los países y entre sus clases y grupos sociales generan un enorme sufrimiento y enfermedad, creando desigualdades en salud que son la peor epidemia de la humanidad.57 Sabemos que la desigualdad social mata, un hecho ya conocido en el siglo XIX,58 ampliamente desarrollado en las dos últimas décadas del XX,59 y que muchos estudios recientes confirman. Por ejemplo, en EE.UU. el 1% más rico de hombres estadounidenses vive en promedio 14,6 años más que el 1% más pobre, cuya esperanza de vida es comparable a Pakistán o Sudán, y la brecha está creciendo.60 Investigaciones recientes muestran que el 41% de los condados estadounidenses tiene al mismo tiempo una elevada pobreza y desigualdad (solo el 28% tuvo niveles bajos en ambos), con un fuerte incremento de 12 puntos (29%) desde 1989, a la vez que hay grandes desigualdades de mortalidad.61 Hay condados como McDowell, cuya población masculina tiene una esperanza de vida 18 años menor respecto a quienes viven en Fairfax, uno de los más ricos de EE.UU. Otro ejemplo lo hallamos en Escocia en lo que se conoce como el «efecto Glasgow»,62 donde hace unos años se descubrió que había barrios como Calton, tan deprimidos socialmente que su esperanza de vida (54 años) era parecida o incluso menor a la de un país pobre.63 Eso quiere decir que en las ciudades ricas de los países ricos hay «islas de tercer mundo», bolsas ingentes de pobreza y desigualdad. Incluso en ciudades tan prósperas como Barcelona, con buenos indicadores socio-sanitarios promedio y una esperanza de vida elevada (86,6 años en las mujeres y 80,7 en los hombres), se observan grandes desigualdades sociales: una persona de Pedralbes tiene una renta media 7,2 mayor a la de Ciutat Meridiana,64 y barrios como Torre Baró en Nou Barris tienen 75 años de esperanza de vida cuando en Pedralbes o Tres Torres alcanzan los 86 años.65 Datos como los señalados ayudan a comprender que la epidemia más devastadora del siglo XXI, la enfermedad más importante del sistema capitalista, no es el cáncer, el sida o las enfermedades cardiovasculares, sino la desigualdad social y las graves consecuencias que esta genera en forma de desigualdades de salud.

Oligopolización de la agroindustria.

Aunque las principales economías del mundo son países (EE.UU., China, Alemania, Japón, Francia y el Reino Unido están a la cabeza), 69 de las 100 principales entidades económicas del mundo son grandes corporaciones, estimándose que las diez primeras tienen más riqueza que la agrupación de los 180 países con menor renta.66 Esas corporaciones se agrupan en distintos conglomerados que se concentran en el sector de los alimentos, productos energéticos, materias primas y servicios.67 Su poder económico, político y social es enorme («instituciones tiránicas», las ha denominado Noam Chomsky): contratan o subcontratan millones de puestos de trabajo, inducen a comprar gran parte de los bienes y servicios que consumimos, ejercen una presión enorme sobre gobiernos e instituciones, y especulan cada vez más en una economía financiera opaca y compleja.68 69 Veamos el caso de la agroindustria.

   La comida del mundo está en manos de apenas una decena de corporaciones agroalimentarias (el «Big Food»), cuyo objetivo básico no es producir alimentos sino vender el máximo volumen de mercancías y obtener el mayor beneficio posible.70 El complejo industrial alimentario mundial se articula en cadenas de restaurantes, supermercados, empresas de elaboración de comidas precocinadas, compra, transporte y venta de productos ganaderos, piscícolas y vegetales, biogenética, producción de semillas, insecticidas, herbicidas, abonos y fertilizantes.71 Actualmente seis empresas agroalimentarias dominan el mercado de semillas y productos químicos, pero muy pronto pueden ser tan solo tres megacorporaciones (Bayer puede comprar Monsanto, Dow fusionarse con Dupont, y ChemChina comprar Syngenta) las que controlen casi el 60% de las semillas, casi el 70% de los pesticidas agroquímicos y casi todas las patentes de transgénicos.72 La consolidación corporativa de la agroindustria puede acrecentarse aún más con la inversión en big data, robótica y tecnología y el control de patentes y propiedad intelectual, lo que produciría un “modelo agrícola único” cada vez más dañino y vulnerable, excluyente de los pequeños agricultores que son el 90% del mundo y proveen más del 80% de los alimentos en los países pobres. Según Olivier De Schutter, antiguo relator de Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, África subsahariana es actualmente el principal campo de batalla de las grandes corporaciones alimentarias.73

   La agroindustria capitalista es un modelo extractivo, depredador, mercantil e injusto cuyos negativos impactos sobre la ecología y la salud van en aumento.74 Es un modelo agroalimentario que según la FAO podría producir suficiente alimentos para dar de comer a 12.000 millones de personas pero que, en cambio, genera hambre y malnutrición a la vez que obesidad. Es una agricultura productivista, basada en máquinas y tecnologías que consumen intensivamente petróleo, fertilizantes y pesticidas, que generan cosechas de monocultivos y que tienen un enorme poder sobre los precios, las semillas, y todo el modelo de producción, distribución y consumo. El oligopolio alimentario determina por tanto qué se produce, qué se come, dónde, cómo, y a qué precio. Podemos resumir así sus principales mecanismos de poder.

   Primero, expolian alimentos desde los lugares del hambre en el sur a los lugares de gran abundancia del norte. Un ejemplo clamoroso es el africano lago Victoria, donde dos millones de personas pasan hambre al tiempo que dos millones de raciones de la perca del Nilo viajan hacia los países ricos. En cualquier mercado africano se pueden comprar legumbres, frutas o pollos de Francia, Bélgica, Alemania, España, Grecia… a la mitad o a un tercio del precio del producto africano equivalente.75 Es la conocida como “maldición de la abundancia”, pueblos con grandes riquezas que acaban en el subdesarrollo y la pobreza. Como apuntó el economista Jürgen Schuldt: «somos pobres porque somos ricos en recursos naturales».76

   Segundo, controlan la fijación de precios, el comercio de alimentos y todos los sectores: desde las semillas y abonos a los pesticidas, el almacenamiento, el transporte, etc. Por ejemplo, un alimento multiplica casi cinco veces su precio desde que sale del campo hasta que llega a nuestras mesas. Así, en España el 60% del beneficio del precio final del producto alimentario se queda en la gran distribución.77

   Tercero, especulan con el valor de los alimentos, lo cual se traduce en que buena parte de los cultivos sirven para apostar en las bolsas de valores (Jean Ziegler, antiguo relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, lo llamó «bandolerismo bancario»). Un ejemplo de subida abusiva ocurrió en abril de 2008: una tonelada de trigo llegó a costar 440 dólares, cuando cinco años antes el precio estaba alrededor de 125. La compraventa de productos financieros relacionados con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que su producción. Como resultado, hubo riesgo de hambrunas en 22 países y movilizaciones populares violentas en una treintena.78 Un factor primordial en las crisis alimentarias fueron las políticas de ajuste estructural promovidas por el BM y el FMI.79 Entre junio del 2010 y febrero de 2011 hubo otra crisis alimentaria mundial, generando 44 millones de personas en la pobreza80 y revueltas y protestas sociales masivas. La causa más importante fueron los movimientos especulativos sobre los alimentos de los fondos de inversión y la banca,81 apostando a que habría escasez de alimentos cuando de hecho esta no se producía.

   Alrededor de 800 millones de personas (al menos 1 de cada 9 personas) padecen hambre en el mundo, la gran mayoría en Asia y el Pacífico (511) y en África (232), el continente con el mayor porcentaje de hambrientos (23% de la población) y más países (República Centroafricana, el Chad, Zambia, Sierra Leona y Madagascar) en situación de gran vulnerabilidad. El hambre es un terremoto permanente: un crimen contra la humanidad. Pero el hambre no es un problema de producción ni de abastecimiento sino de pobreza, desigualdad de poder y recursos y ausencia de democracia. Siempre hubo hambre en la historia pero ahora el hambre es evitable: un infante que en pleno siglo XXI muere de hambre es un niño asesinado.82 Junto al hambre más explícita hay también «hambre oculta», la de quienes sacian su hambre con arroz, maíz o trigo pero que no se nutren lo suficiente por lo que hace a vitaminas, oligoelementos y otros micronutrientes esenciales. Los peores efectos de la inseguridad alimentaria no son de hecho las muertes por inanición sino por la malnutrición presente en un tercio de la población de los países pobres y las enfermedades coadyuvantes que producen. La falta de alimentos y desnutrición no suele dejar secuelas permanentes en los adultos, pero en la infancia produce problemas de desarrollo: el sistema inmunológico se debilita, se generan alteraciones del crecimiento y procesos cognitivos deficitarios.

   La otra cara de la moneda capitalista es la sobrealimentación, que se ha convertido en un problema de salud pública global tan importante como el hambre. En las últimas cuatro décadas, la obesidad se ha multiplicado 2,6 veces y el número de personas obesas pasó de 105 millones en 1975 a 641 millones en 2014.83 En 2014, casi 2.000 millones de adultos tenían obesidad o sobrepeso y 41 millones de niños menores de cinco años eran obesos o tenían sobrepeso.84 Hay más personas obesas (13% de la población mundial) que con bajo peso (9%) y todo indica que la situación empeorará. La mayoría de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y la obesidad se cobran más vidas que la insuficiencia ponderal. El sobrepeso y la obesidad son el quinto factor principal de riesgo de defunción en el mundo, falleciendo alrededor de 3 millones de adultos. El 44% de la carga de diabetes, el 23% de la carga de cardiopatías isquémicas y entre el 7% y el 41% de la carga de algunos cánceres son atribuibles al sobrepeso y la obesidad. Además, la obesidad y el sobrepeso están en estrecha relación con desigualdades sociales que generan desigualdades de salud en la tensión arterial, el colesterol, o la resistencia a la insulina.

   La poderosa industria alimentaria gasta una enorme cantidad de recursos en generar contextos “obesogénicos”, estimulando el consumo de productos procesados, comida rápida, bebidas azucaradas o todo tipo de alimentos “normales” para hacer que sean más apetitosos.85 86 Además de un sofisticado entramado de marketing y relaciones públicas, los tres pilares –el “Santo Grial” de la obesidad– sobre los que se apoya la industria agroalimentaria son la sal, la grasa y el azúcar. Hoy en día la tecnología y la investigación permiten saber las cantidades precisas de cada ingrediente para obtener alimentos apetecibles y adictivos, que “enganchan”, que incitan a seguir comiendo.87 Como ha explicado el periodista Michael Moss: «como resultado de esta industria de 1 billón de dólares al año, uno de cada tres adultos y uno de cada cinco niños, es ahora clínicamente obeso».88 El hambre y la obesidad tienen causas políticas: el poder autocrático de oligopolios agroalimentarios que compiten por ser líderes en un mercado capitalista global. Su finalidad no es producir alimentos, su objetivo es aumentar sus beneficios mediante un completo dominio del ciclo integral de la agroalimentación, que les permite especular con los precios de los alimentos y aumentar sus ventas.89 90 91

 

Células y neuronas capitalistas.

«El modelo médico realiza dos “separaciones” relacionadas con la enfermedad física y mental: separa la mente del cuerpo, de modo que las emociones no tienen impacto en la salud física, y separa al individuo de su entorno, de modo que separa a las personas de sus vidas»
Gabor Maté

Hemos visto algunos ejemplos de cómo el capitalismo daña nuestras mentes y cuerpos, y que la desigualdad social mata. Pero ¿cómo lo hace? ¿A través de qué vías y mecanismos? Una de las causas más citadas para explicar la enfermedad y justificar las diferencias en salud es el llamado «determinismo biológico».92 Se trata de una ideología, difundida constantemente por los medios de comunicación e incluso por científicos respetados, según la cual los agentes biológicos y genéticos serían los principales “culpables” de la enfermedad y de otras muchas situaciones de salud y la vida. No es casualidad que en los últimos años se haya difundido profusa y erradamente en gran parte de la población la muy repetida expresión “está en el ADN”. Aunque no cabe duda que los factores genéticos son importantes y dignos de ser tenidos en cuenta en la salud colectiva, en realidad estos solo juegan un papel relativamente menor en la producción social de la enfermedad y en la génesis de las desigualdades en salud del conjunto de la comunidad. Y ello por varias razones:

   Primero, porque las enfermedades de origen exclusivamente genético, como la distrofia muscular o la corea de Huntington, solo representan una pequeña proporción de los problemas de salud de la sociedad. Es una falacia del determinismo biológico decir que «si las diferencias están en los genes, no puede ocurrir ningún cambio».93

   Segundo, porque los factores biológicos no actúan aisladamente sino que interactúan constantemente con el ambiente: una desventaja inicial de tipo biológico o genético puede, o no, ser compensada mediante un cambio adecuado en el medio social. De hecho, aunque durante décadas muchos investigadores han apuntado que los factores genéticos ejercen una notable influencia sobre la conducta humana, se ha fracasado en obtener la evidencia necesaria que muestre que genes concretos son los causantes de diferencias en la inteligencia, la personalidad, en conductas socialmente reprobables o en trastornos psiquiátricos.94

   Tercero, porque la predisposición genética casi siempre produce efectos evitables. Por ejemplo, causas de muerte o factores de riesgo tan importantes como la enfermedad coronaria, el cáncer de pulmón, la hipertensión arterial o la obesidad, cambian de distribución en las comunidades y entre las clases sociales a lo largo de los años debido a causas de origen fundamentalmente social e histórico.

   Cuarto, dado que las desigualdades en salud entre las clases sociales aparecen en muchas enfermedades distintas, ello nos hace pensar en la gran importancia que juega el medio social y ambiental en la producción de la salud.

   Y finalmente, porque el actual conocimiento sobre la genética y su relación con las enfermedades sigue siendo aún incipiente. De hecho, su interacción con el ambiente es tan compleja que muy probablemente nunca será posible solamente mediante técnicas genéticas predecir o curar muchas enfermedades.95 Cada ser humano nace, vive, trabaja, se relaciona con los demás, enferma y muere influido por el medio social que le rodea. Somos animales sociales, no somos máquinas biológicas aisladas de la sociedad. Eso no quiere decir que la biología o la genética no tengan importancia, sino tan solo que no son el tema más importante de salud pública, y que no hay que verlas aisladas de su entorno.

    En realidad, los procesos relativos a la salud son el resultado de un amplio conjunto de causas interrelacionadas que, en la práctica, resultan muy difíciles de separar.96 Por ejemplo, cuando una mujer migrante llega a urgencias de un hospital con un infarto de miocardio, es porque su cuerpo expresa todos los problemas y factores de riesgo acumulados durante su vida. Ese ser humano refleja en su biología y en su psicología su propia historia personal y la historia de su clase social, de su género y del colectivo social, comunidad y país a los que pertenece. Marx y Engels ya señalaron que el modo de producción no hacía solo referencia a la producción de la existencia física de los individuos, sino también a una cierta forma de expresar la vida de las personas, a un «modo de vida».97 Por su parte, el sociólogo Pierre Bourdieu utilizó el concepto de habitus para plantear que «la historia se hace naturaleza», se hace cuerpo.98 Y la epidemióloga social Nancy Krieger ha señalado con acierto que las personas «incorporan y expresan biológicamente sus experiencias de desigualdad económica y social, desde la vida intrauterina hasta la muerte», produciéndose así desigualdades sociales en una amplia gama de aspectos de la salud que se colocan debajo de nuestra piel.99 En definitiva, podemos decir que nuestras mentes y nuestros cuerpos expresan ecosociología, nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la historia.100

   Para ilustrarlo veamos un solo ejemplo relativo a los efectos ambientales prenatales. Durante la hambruna hibernal holandesa de 1944 los nazis desviaron todos los alimentos desde Holanda a Alemania, por lo que la población holandesa en general y las mujeres embarazadas en concreto se vieron bruscamente al borde de la inanición. Muy diversos estudios han mostrado cómo los fetos que en ese momento estaban en el trimestre del embarazo desarrollaron un metabolismo “ahorrativo” de calorías a causa de la brutal deficiencia de nutrientes existente. A causa de ello, muchas décadas más tarde esas personas han sido mucho más propensas a desarrollar enfermedades metabólicas como la diabetes, la obesidad, tener la presión arterial alta, etc.101 El cuerpo de esas personas “recuerda” la historia padecida en el seno paterno. Esa forma social de valorar las causas de las enfermedades y la salud permite entender, como señaló el gran ecólogo y activista social Richard Levins, que en un momento dado podamos hablar de los daños generados en mentecuerpos interconectados que sufren cambios psicobiológicos relacionados con la historia, la ecosociología, las relaciones de poder, el sistema económico y la cultura e ideología, generadores de órganos, células y neuronas capitalistas.102

¿Salud para todas las personas en el siglo de la “Gran Prueba”?

«Si no hacemos lo imposible, nos veremos confrontados con lo impensable»
Hans Peter Dreitzel

   A lo largo de la historia, el capitalismo ha generado progresos materiales y sociales pero no ha solucionado –o ha agravado– necesidades básicas (materiales, socioculturales y espirituales) de la ecohumanidad, sin eliminar situaciones destructivas y vejatorias de explotación, dominación, represión, discriminación y alienación que impiden alcanzar la plenitud y el florecimiento de la vida humana. ¿Cómo valorar de forma objetiva y completa ese impacto cuando civilización y barbarie van de la mano, cuando progreso y ecobiopancidio ocurren al unísono? A pesar de que una concepción ingenua del progreso humano o una visión científica simple no permiten valorar adecuadamente una realidad muy compleja, hemos visto ejemplos del profundo impacto negativo que el capitalismo tiene sobre la salud. Pero aún es más esencial hacerse otra pregunta: ¿El progreso alcanzado ocurrió a causa del capitalismo o durante el capitalismo? O dicho de otro modo: ¿El desarrollo y avances de la humanidad tuvieron lugar gracias al capitalismo o a pesar del capitalismo?103 Una mirada crítica y a la vez histórica ayuda a comprender que, más allá de los avances científico-tecnológicos, la inmensa mayor parte del progreso social y equidad alcanzados tuvieron lugar gracias a las ingentes luchas sociales del movimiento obrero y a las fuerzas populares que a lo largo del tiempo pelearon por la democracia, obtuvieron y defendieron los derechos políticos, sociales, ambientales y humanos, y lucharon denodadamente porque toda la humanidad tuviera una vida plena: digna, justa, sostenible y sana.104 105

   En las últimas décadas, el triunfo del capitalismo neoliberal ha sido extraordinariamente amplio, muy profundo. No solo ha sido una victoria económica y política sino que ha quebrado la conciencia de clase destruyendo lazos sociales e identidades y ha cambiado nuestras almas como anunció el programa de Thatcher en 1981.106 El capitalismo ha convertido masivamente el tiempo en consumo, “ludificación” y entretenimiento, hasta crear un Homo Tempus, un ser humano sin tiempo, sin vida, con una existencia progresivamente individualista, adictiva y alienada.107 Hoy el capitalismo es una potente máquina de adoctrinar y ocultar, un “estado mental” que no parece capaz de crear “estados de bienestar” sino –como dijo el urbanista y activista Ramón Fernández Durán– tan solo «simulacros de bienestar». La mercantilización se extiende desde el microcosmos al macrocosmos a casi todos los ámbitos y a todas las cosas: sanidad, educación, naturaleza, cono- cimiento, cultura, arte, el cuerpo y las relaciones humanas.108 Se patentan genes, bacterias, semillas, tejidos y animales modificados genéticamente, se trafica y compran órganos, se alquilan úteros, familiares y hasta novias, y se venden parcelas de la Luna o planetas.109 110 El capitalismo busca controlar todas las fuentes de la fuerza de trabajo, todas las fuentes que producen los trabajadores y tener el control completo de las mentes y cuerpos de todas las personas, y en especial de las mujeres, sobre quien en gran medida ha recaído la reproducción de la vida: la maternidad y la crianza, los vínculos afectivos, la limpieza y las tareas de cuidado. Como explica la filósofa, escritora y feminista Silvia Federici: «imagínate si las mujeres se ponen en huelga y no producen niños: el capitalismo se para. Si no hay control sobre el cuerpo de la mujer, no hay control de la fuerza de trabajo».111

    El capitalismo es la causa última de la actual patogénesis global que casi sin darnos cuenta entra en nuestros cuerpos y mentes. Las empresas farmacéuticas inventan enfermedades y síndromes identificando tratamientos para todo tipo de malestares, adicciones, neurosis, trastornos, preocupaciones, dolores, humillaciones y miedos causados por el propio capitalismo. El cuerpo se analiza, fragmenta, comercializa y finalmente vende como una mercancía más. La salud está en venta, las mentecuerpos son una mercancía ideal para ser definida, clasificada, vigilada, reparada, controlada, y finalmente vendida y comprada. No parece haber límites. Comprar salud en todos los ámbitos de la vida: la niñez, la adolescencia, la sexualidad, el trabajo, la comida, el culto al cuerpo, el deporte, el ocio, la vejez y la muerte. Salud y cuerpo aparecen como una de las últimas fronteras de un capitalismo desbocado y voraz, real e inmaterial, que analiza y explota, que domina y aliena, que sueña con transformar cerebros y hacernos inhumanos y posthumanos. Vivimos años decisivos. A&nt