Sobre periferias en expansión

Sobre periferias en expansión

Manuel Delgado y Carolina Márquez

Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 147, otoño 2019, pp. 37-48.

En este texto se reflexiona acerca de la expansión de los espacios periféricos, a escala de países y de áreas urbanas, acentuada desde principios del siglo XXI como resultado de la búsqueda de nuevas fronteras para la acumulación bajo el predominio del capital financiero. Espacios definidos como “zonas de sacrificio” –imagen invertida de los territorios donde se localizan las actividades hegemónicas y los procesos de toma de decisiones–, que experimentan  nuevos episodios de conquista, captación y predación de riqueza a gran escala. La apropiación de partes crecientes del mundo natural y social está asociada a intensos procesos de expulsión, exclusión y marginación frente a los que emergen nuevas resistencias, y nuevos espacios de comunidad  y sociabilidad.

Las reglas del juego económico y la búsqueda de nuevas fronteras para la acumulación de capital dan lugar a una expansión de los espacios periféricos que se intensifica y adquiere nuevas dimensiones desde comienzos del siglo XXI. Entendidos estos espacios como imagen invertida de los espacios centrales donde se localizan las actividades hegemónicas y los procesos de toma de decisiones, en lo que sigue se hace referencia a la expansión de estas periferias tanto en términos de países –Norte-Sur–, en una primera parte, como dentro de los espacios urbanos, en la segunda.

Periferias neocoloniales

La génesis del mundo moderno coincide, como señaló Wallerstein,1 con el período en el que Europa se sitúa en el centro de un sistema-mundo que se expande y se consolida a partir de la conquista de América, de modo que la hegemonía europea con la que se inicia el predominio del Norte se construye en los siglos XVI al XVIII a partir del sometimiento de las realidades del Sur. Desde el inicio, modernidad y colonialidad van a ir de la mano.

Este período supuso una depredación sin precedentes de los pueblos y los ecosistemas indígenas; un saqueo calificado por muchos de genocidio y ecocidio.2 Con la implantación de las explotaciones mineras y los monocultivos, tierras antes utilizadas y naturalmente dotadas para producir alimentos pasaron a ser “regiones de hambre” y ecosistemas esquilmados. La esclavitud fue también pieza clave en esta primera etapa del desarrollo del capitalismo; «el medio por el que Occidente alcanzó una posición de dominio sin igual»,3 con un comercio triangular que desde Europa llevaba a África mercancías  intercambiadas por esclavos vendidos en América para extraer las materias primas de las primeras manufacturas europeas. Las ganancias así obtenidas fueron, como se sabe, una contribución esencial a la extensión del mercado mundial y a la internacionalización del tráfico de mercancías; fundamento de la acumulación de capital que financió la Revolución Industrial en Europa.4  El origen del “desarrollo” del Norte va a tener en gran medida como contrapartida el pillaje de los pueblos del Sur.

Este pillaje tiene lugar bajo un entramado de explotación/dominación al que Anibal Quijano denomina patrón de poder colonial o «colonialidad del poder»:5 «imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular del patrón mundial de poder capitalista».6 Un principio organizador desde el que se naturaliza y se legitima el dominio eurocentrado del sistema-mundo,  a la vez que se da por sentada la inferioridad de los pueblos colonizados.

La colonialidad impregna los principales ámbitos de la existencia y juega un papel fundamental en la imposición de una dedicación subalterna para las poblaciones y los territorios del Sur: la de abastecedores de materias primas para alimentar las necesidades del crecimiento y la acumulación en las economías del Norte. Esta dedicación, lejos de ser elegida, o resultado del “libre” comercio, fue impuesta por la fuerza desde la conquista, a través de un crudo ejercicio de poder.

Los centros metropolitanos generaron así periferias,7  que vienen a ser espacios de saqueo y expolio, “zonas de sacrificio” que empiezan a existir para el aprovisionamiento de otros; territorios cuyas dinámicas económicas responden a la adaptación a necesidades ajenas. Áreas en las que los rasgos de sus economías se definen a partir de un estado de carencia que los coloca en un lugar atrasado de una escala única por la que hay que ascender.

Lejos de ser elegida, o resultado del “libre” comercio, la dedicación de los territorios  del Sur para alimentar las necesidades del crecimiento y la acumulación en las economías del Norte fue impuesta por la fuerza desde la conquista

Espacios  también de lo negado que existen por referencia a aquello que no son. Desde entonces, millones de personas «dejan de ser lo que eran, con toda su diversidad y se transforman, como por encanto, en la imagen invertida de la realidad de otros, una imagen que los desprecia y los envía al final de la cola, que define su identidad, la de una heterogénea y diversa mayoría, en los términos de una homogeneizante y estrecha minoría».8 Su pasado fue borrado y su historia posterior se distorsiona tratando de encajarla en la del modelo a seguir, al tiempo que se socavan las condiciones que sostienen sus sistemas de referencia, con la imposición de nuevas formas de percibir y de existir. Sus culturas, sus maneras de entender la vida y de vivir, pasan a ser, desde el paradigma dominante, un obstáculo que les impide salir de su desventajosa situación.

Desde este patrón de poder colonial, la imposición del modelo patriarcal europeizante sobre las poblaciones autóctonas alteró también de manera sustancial las anteriores relaciones de género. Entre otros efectos, la llegada de la jerarquía colonizador/colonizado, siendo los hombres interlocutores privilegiados en esta relación, aumentó la presión dentro del patriarcado previo, perdiendo peso las formas de intervención del espacio doméstico y de las mujeres sobre lo público y agrandándose la distancia opresiva. Estos procesos han dado lugar a situaciones específicas generadoras de identidades de género propias de las realidades del Sur.9

De modo que la colonialidad, como atropello, puede entenderse como el lado oscuro de la modernidad, la cara más cruda de la violencia y la irracionalidad: «nada menos racional que la pretensión de que la específica cosmovisión de un grupo particular sea impuesta como la racionalidad universal».10

Se pone así en marcha un modelo depredador en el que la riqueza apropiada por el Norte termina cristalizando en pobreza para las economías del Sur, alimentándose «la maldición de la abundancia».11  Un modelo que traduce la necesidad de expansión del sistema y el salto del metabolismo en las metrópolis industriales hacia un uso creciente de materiales y energía, fuertemente acelerado desde 195012 e intensificado aún más con la globalización.13 La extracción de materiales se ha cuadruplicado de 1970 a 2017, en un continuo proceso de “rematerialización” de la economía en términos absolutos, acentuada aún más desde principios del siglo XXI.14  Este nuevo impulso del extractivismo, asociado en parte a nuevas tecnologías y nuevos materiales demandados,15 se potencia desde una expansión del valor monetario de los activos financieros (financiarización), entre los cuales se incluyen también los propios recursos naturales, generándose así un incremento de la capacidad de compra sobre el mundo que arrastra el crecimiento del comercio y de los flujos físicos.16

La colonialidad, como atropello, puede entenderse como el lado oscuro de la modernidad, la cara más cruda de la violencia y la irracionalidad

La explotación a gran escala de la naturaleza se intensifica por todo el planeta y avanzan las fronteras extractivas sobre nuevos espacios, teniendo lugar esta “rematerialización” en paralelo a una creciente escisión o separación espacial entre extracción y procesos de acumulación de capitales, mercancías y poder, de la que es reflejo el sustancial decrecimiento del peso de Europa, América del Norte y Japón en el total extraído; de localizar cerca de la mitad (46%) de la extracción mundial de materiales y energía en 1970 esta zona del Norte global pasa a solo un 17,4% en 2017.17

El papel de las periferias18  como áreas de extracción y de vertido se acentúa desde el inicio del siglo XXI, con procesos de clara “reprimarización”19 de muchas de sus economías dentro de una nueva fase –“neoextractivismo”–,20 en la que se “conquistan” nuevos territorios antes considerados “improductivos”, adquiriendo la extracción nuevas dimensiones en la cantidad, la escala y el carácter depredador de los proyectos, en la agresividad de las tecnologías utilizadas, en los actores involucrados y en la magnitud de los conflictos y las resistencias.

La mayor dedicación de las economías periféricas a la exportación de materias primas supone el avance de grandes plataformas agroexportadoras,21 o la proliferación de megaproyectos mineros o petroleros, localizados en enclaves extractivos crecientemente desconectados del resto de las actividades locales, de modo que el crecimiento económico asociado al auge de estas actividades exportadoras, lejos de ser un vehículo para la convergencia como presupone la economía convencional, termina siendo un mecanismo de polarización económica y social que distancia estas economías de las economías centrales, pro- fundizando, dentro de un círculo vicioso, su especialización primaria, su dependencia –del capital global y de los “ciclos de acumulación”– y su marginación.22

Este avance del neoextractivismo se concreta en la apropiación de partes cada vez mayores del mundo natural y social que pasan a ser gobernadas desde la lógica del capital financiero por imperios corporativos y grandes fondos de inversión. Los bienes comunes terminan convertidos en activos “estratégicos”, en espacios de captación y predación de riqueza a gran escala en una versión nueva del antiguo patrón de apropiación colonial. Todo ello con nuevas lógicas de expulsión23 que afectan a partes esenciales de la biosfera, acaparadas y devastadas, y a pueblos y comunidades desplazados de sus espacios de vida y desposeídos de sus medios de subsistencia. Agudizándose en este contexto la violencia patriarcal y la vulnerabilidad de las mujeres.24

Nos encontramos así con nuevas formas de colonialismo en las que se profundizan los “cercamientos” y la usurpación de bienes comunes en una ofensiva extractivista con la que se extienden la violación de derechos, la violencia y las guerras por la apropiación y el control de los recursos25  de modo que, en esta etapa terminal del capitalismo, las relaciones centro-periferia vuelven, en gran medida y con renovadas formas, a la barbarie de sus orígenes.

El papel de las periferias como áreas de extracción y de vertido se acentúa desde el inicio del siglo XXI, con procesos de clara “reprimarización”  de muchas de sus economías dentro de una nueva fase en la que se “conquistan” nuevos territorios

Esta nueva fase, respaldada desde los Estados y las instituciones y organismos internacionales, ha encontrado una favorable acogida en los propios países periféricos, en los que las élites políticas han visto en este auge del extractivismo una vía de aproximación al “desarrollo”; en una visión que se comparte desde los gobiernos “progresistas” de “izquierda”, que cargados de fe en el “progreso”, en la linealidad de la historia y en el “avance de las fuerzas productivas”, en la práctica no cuestionan el lugar que ocupan sus países en la división internacional del trabajo ni la hegemonía del capital transnacional.26

Este “apego” al extractivismo no es ajeno, como viene subrayando José Manuel Naredo,27 al papel encubridor que juega la ideología económica dominante, en la que la metáfora de la producción y el objetivo de su crecimiento ocultan, tras el velo del reduccionismo monetario, los procesos de mera extracción y apropiación y los daños físicos y sociales a ellos asociados. Queda así en la oscuridad el carácter esencialmente extractivista de la modernidad y el capitalismo y su vinculación con la crisis civilizatoria que atraviesa nuestro tiempo y terminan soslayándose cuestiones tan obvias como la estrecha relación entre cambio climático (síntoma) y extractivismo (origen). Una vinculación que resalta la incongruencia entre “luchar contra el cambio climático” y seguir alimentando los extractivismos.

Esta parte de la ideología dominante encubridora del intercambio desigual es un reflejo de la dimensión epistémica de la colonialidad: la “colonialidad del saber” ejercida desde el Norte global, que pone en evidencia las dos caras del proceso colonizador: por una parte el privilegio epistémico que resulta de la imposición, desde el conocimiento particular generado en un espacio y en un tiempo concreto, de un conocimiento considerado universal, objetivo, neutral y superior, y por otra la inferioridad epistémica asociada a los conocimientos de los pueblos del Sur. “Extractivismo epistémico” para algunos.28 Una hegemonía cultural que refuerza y legitima la maquinaria económica y política, y que niega, invisibiliza y desprecia otras maneras de entender la vida y de vivir, otras culturas muchos de cuyos elementos resultan hoy claves para poder construir alternativas emancipatorias.

Nuevas periferias urbanas

En el ámbito urbano, las formas de apropiación y de expulsión se han expandido y diversificado hasta el paroxismo: nuevas fronteras de “extracción”29 urbana y expansión y modificación del carácter de las antiguas. Socialmente, se multiplican los excluidos, los desposeídos, en un contexto en el que, como señala Sassen30  «crecer económicamente significa empujar gente afuera»; «una especie de versión económica de limpieza étnica» que se dirime ahora a escala mundial y que se refleja claramente en el espacio urbano.

«Si se deja actuar libremente al capital, la ciudad se convierte en un lugar de depredación», así resumía su experiencia como alcalde de Bogotá (Colombia) Gustavo Petro después de gobernar entre 2012 y 2015 en representación del Movimiento Ciudadano Progresista.31

Entre las múltiples nuevas fronteras extractivas urbanas destaca la inducida por la especulación inmobiliaria a gran escala ligada a la financiarización de la economía. Sólo en el año 2013-2014 la compra corporativa de propiedades ya existentes superó, a escala mundial, los 600.000 millones de dólares en las 100 principales ciudades receptoras de inversiones, y 1 billón de dólares (aproximadamente el PIB del estado español) un año más tarde, y esta cifra incluye solo adquisiciones importantes (por encima de 5 millones de dólares).32

Estas inversiones, por otro lado, no incluyen los «nuevos  desarrollos urbanos», gigantescos megaproyectos o «compras corporativas de piezas enteras de ciudades»,33 que superan ampliamente la inversión mundial en los activos inmobiliarios anteriormente citados. El resultado de esta voracidad inversora ha sido, y está siendo, una crisis habitacional sin precedentes en la historia humana de la urbanización.

Como señala Vásquez Duplat en relación a la ciudad de Buenos Aires, entre 2001 y 2010 se construyeron 20 millones de metros cuadrados, de los cuales el 43% correspondió a vivienda de lujo y suntuosa; a pesar de que la población no crece desde hace 20 años, entre 2001 y 2014 el crecimiento poblacional de villas, asentamientos y núcleos habitacionales transitorios (hábitat precario) creció en un 156%; el incremento del precio del suelo fue de un 281% y el 20% del parque habitacional se encuentra deshabitado. Hay en la ciudad 150.000 viviendas vacías.34  Este es un escenario global. La crisis habitacional se ha convertido en un fenómeno que define a la ciudad actual. Los gobiernos siguen midiendo el éxito urbano en la guerra competitiva global a través del indicador «precio del m2 de suelo urbano»; mientras tanto, la ciudad mercancía multiplica a los desposeídos  por doquier: expulsados del campo primero (megaminería, acaparamiento de tierras, migrantes ambientales…) con el sueño de “la ciudad os hará libres”, para pasar a la pesadilla de ser excluidos también en la ciudad.

Otra nueva frontera extractiva urbana tiene que ver con el proceso de privatización de los espacios y servicios comunes y públicos, elementos que fueron esenciales para la reproducción social en el fordismo y que ahora se han puesto en manos del mercado: plazas, calles y espacios comunes convertidos en grandes terrazas privatizadas y en nuevos centros comerciales abiertos; eliminación de zonas verdes (p.e. conversión en aparcamientos); espacios de encuentro e interacción social transformados en verdaderos parques temáticos; nuevos espacios comerciales y de ocio, “artefactos de la globalización” que hacen el papel de las antiguas catedrales; privatización de la vivienda, el transporte y otros servicios urbanos.

Nuevas fronteras de extracción que están dando lugar a ciudades duales, elitistas, excluyentes y violentas, donde la población, origen de las economías de aglomeración, está siendo crecientemente privada del «derecho a la ciudad». Como en la película de F. Lang, Metrópolis (1927), los trabajadores-esclavos,  que mantienen en pie a la ciudad, no son visibles; viven en el subsuelo (periferia) y nunca salen a participar de las ventajas, lujos, comodidades y servicios que ofrece la ciudad.

Un ejemplo claro de esta dinámica son las nuevas ciudades logísticas. La intensificación de la extracción de materiales y energía vinculada a la globalización ha dado lugar, particularmente en los países del Sur global, al surgimiento de las llamadas ciudades logísticas: centros multimodales de transporte convertidos en nodos estratégicos de las nuevas cadenas de suministro globales. Como señala Arboleda35 refiriéndose a las ciudades del norte minero de Chile, «más que una aglomeración urbana, la ciudad [logística] se experimenta como un aparato mecánico autónomo que constantemente introduce los flujos de extracción –minerales, capital fijo, trabajo vivo– a un gigante sistema circulatorio […]. Los desbordantes sistemas sociotécnicos –sobrecogedores en su escala espacial, dinamismo operativo y sofisticación  tecnológica– que convergen en la ciudad yacen fuera de todo control humano. La sensación  es que un poder hostil, remoto y autónomo rige ahora la vida de la ciudad».

Mediante el papel encubridor que juega la ideología económica dominante, queda en la oscuridad el carácter esencialmente extractivista de la modernidad y el capitalismo y su vinculación con la crisis civilizatoria que atraviesa nuestro tiempo

Con la transformación logística de la ciudad, toda la vida social y natural de la misma queda subordinada a las necesidades de la cadena logística global: los trabajadores portuarios son expulsados como consecuencia  de la automatización, o precarizados con contratos de 8 horas, renovados normalmente cada día; la contaminación del aire y del agua afecta al medio ambiente y a la salud pública; la reorganización del espacio de la ciudad para dar prioridad absoluta a la actividad logística y sus imperativos –flujo, velocidad y conectividad– excluye otros usos y actividades tradicionales; los trabajadores pobres que sirven a la actividad logística terminan siendo expulsados de la ciudad y ubicados en periferias cada vez más lejanas. La cadena logística es crecientemente privatizada y militarizada. En este contexto de creciente precarización laboral y degradación social y ambiental, las protestas y revueltas se han hecho cada vez más comunes. Sin embargo, «atacar físicamente los flujos puestos en marcha por las cadenas globales de suministro equivale nada menos que a atacar el sistema político como un todo».36 Los habitantes de la ciudad logística se convierten de este modo en un peligro y una amenaza  para el “desarrollo” y la “gobernanza” de su propia ciudad.37 Crecimiento urbano y apropiación, desarrollo económico y exclusión se convierten así en las dos caras de una misma moneda en el proceso actual de urbanización global; un planeta urbano crecientemente dominado por “ciudades miseria”.38

Los gobiernos siguen midiendo  el éxito urbano en la guerra competitiva global a través del precio del m2 de suelo urbano; mientras tanto, la ciudad mercancía multiplica  a los desposeídos por doquier

El papel del Estado en todas estas nuevas formas de extractivismo ha sido central: ha renunciado a la planificación urbana,39  al control del mercado de alquileres y vivienda;40  no ha impedido e incluso ha promovido directamente los desalojos; se ha deshecho del patrimonio público con la excusa de financiar otras políticas “sociales” que luego no fueron tales o no se llevaron a cabo; ha promovido directamente el desarrollo de megaproyectos que handado lugar a espectaculares “pelotazos urbanísticos”;41 ha desarrollado costosísimas infraestructuras urbanas (metros, tranvías…)  convertidas a la postre en lucrativos activos financieros; ha alimentado la gentrificación en sentido amplio.42 El Estado se ha convertido en el principal promotor de la especulación  inmobiliaria y el extractivismo  urbano.43

Particularmente significativo en este sentido está siendo, desde hace ya varias décadas, el desarrollo por parte de países e instituciones financieras internacionales de masivos y colosales programas de desarrollo infraestructural sin precedentes, a escala global y cuyo objetivo es triple:

1) la integración económica entre áreas de extracción y consumo facilitando un flujo creciente de materiales, energía e información a escala mundial;

2) la creación de nuevos mercados financieros en el ámbito de las infraestructuras que permitan dar salida al exceso extraordinario de liquidez existente y al apetito voraz de los nuevos fondos de infraestructuras;44

3) aunque en menor medida, una salida a la crisis de sobreproducción, particularmente importante en el caso de China (sobrecapacidad  en el sector del acero, cemento, vidrio…). Ejemplos de esta dinámica serían la nueva Red Transeuropea de Transportes,  la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana  –IIRSA–,  el Programa para el Desarrollo de Infraestructura en África –PIDA–,  o el más significativo, «One belt, one road» del gobierno chino. La «Nueva Ruta de la Seda» del s. XXI conectará Europa, Oriente Próximo y África por vía terrestre y marítima, impactando de manera directa al 70% de la población mundial, el 55% del PIB global y el 75% de las reservas de energía conocidas, con un coste total de 21 billones de dólares (más de seis planes Marshall). Un paradigma del carácter colonial de las infraestructuras y elemento clave en la expansión de las fronteras extractivas y las nuevas periferias.45

Consideraciones finales

Las nuevas periferias traen también nuevas formas de resistencias,  de movilización y participación social que tienen una dimensión relevante en la defensa de los territorios como respuesta a las agresiones que llegan desde un sistema cuya reproducción y expansión tiene lugar, cada vez con mayor virulencia, a costa de destruir las condiciones en las que la vida se desenvuelve. También como rechazo a la creciente intolerancia y represión de la disidencia. En oposición al modelo imperial dominante46 y construidos desde abajo, emergen procesos, «espacios de comunidad y formas de sociabilidad; campos de experiencia colectiva que reivindican la producción y reproducción de lo común más allá del Estado y el mercado».47

Dentro de estas contestaciones cobran fuerza los movimientos urbanos y de comunidades y pueblos del Sur que tratan de repensar y construir el mundo desde las experiencias y las epistemologías de lo subalterno; desde la defensa de la diferencia cultural –pluriversalidad– como fuerza transformadora. Desde realidades donde la colonialidad del poder y sus efectos hacen más evidente la necesidad de socializarlo para hacer frente a los conflictos entre el capital y la vida, tejidos en los ámbitos del trabajo, el género, “la raza” y la naturaleza. Allí donde frente a las dependencias asociadas a su situación periférica, cobran mayor significación la autogestión y la autonomía.

En estos marcos de acción colectiva tienen un creciente protagonismo los movimientos feministas y, dentro de ellos, propuestas como las de “descolonizar el feminismo”48 que enfatizan la necesidad de contextualizar las formas que asumen las relaciones de género para escapar de la tentación universalista y reconocer los modos en los que los conflictos locales están insertos en procesos globales de dominación.

Todos estos movimientos comparten cada vez en mayor medida propuestas que conlle- van una gestión colectiva de los bienes comunes desde la igualdad y en beneficio del cui- dado de la vida. Formas de evitar al menos las peores perspectivas hacia las que nos llevan la modernidad y el capitalismo en su fase terminal. “Para evitar la barbarie”.49

Manuel Delgado y Carolina Márquez son profesores de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla

NOTAS:

1 I. Wallerstein, El moderno sistema mundial, vol. I, Ed. Siglo XXI, 1991.

2 F. Broswimmer, Ecocidio. Breve historia de la extinción en masa de las especies, Ed. Laetoli, 2005.

3 M. Zeuske, Esclavitud. Una historia de la humanidad, Ed. Katakrac, 2018, p. 127.

4 E. Williams, Capitalismo y esclavitud, Ed. Traficantes de Sueños, 2011 (1ª ed. en inglés: 1944).

5 Se utiliza el término colonialidad para expresar que el rasgo colonial del poder pervive más allá de la desaparición formal de las colonias.

6 A. Quijano, «Colonialidad del poder y clasificación social», en S. Castro y R. Grosfoguel (eds), El giro decolonial, Siglo del Hombre, Bogotá, 2007, p.93.

7 Esta dualidad fue interpretada desde el estructuralismo latinoamericano, liderado por Raúl Prebisch (CEPAL)  y por los «dependentistas» en términos de Centro y Periferia. Con algunas diferencias en cuanto   a  las posibles salidas para resolver la situación de las economías periféricas, compartieron como denominador común el reduccionismo monetario en su visión de lo económico, y el «desarrollismo» como necesidad de replicar el modelo del Centro en la Periferia.

8 G. Esteva,  «Development» en Wolfgang Sachs,  (ed). The Development Dictionary. A Guide to Knowledge as Power, Ed. Zed Books, Londres, 2000, p. 7.

9 R.L. Segato, «Género y colonialidad: en busca de claves de lectura de un vocablo estratégico descolonial», en K. Bidaseca, y V. Vázquez, (comps.) Feminismo y poscolonialidad, Ed. Godot, Buenos Aires, 2013; M. Galcerán Huguet, La bárbara Europa. Ed. Traficantes de sueños, Madrid, 2016.

10 A. Quijano, «Colonialidad y modernidad/racionalidad», en Perú Indígena, 13(29):11-20, p. 20.

11 A. Acosta, La maldición de la abundancia, Ed. Abya-Yala, Quito, 2009.

12 A. Shaffartzik, A. Mayer, S. Gingrich, N. Eisenmenger, C. Loy y F. Krausmann,  «The global metabolic transition: regional patterns and trends of global material flows, 1950-2010»,  Global Environmental Change, vol. 26, mayo de 2014, pp. 87-97, 2014.

13 J. Infante, «La desmaterialización de la economía mundial a debate. Consumo de recursos y crecimiento económico (1980-2008)», Revista de Economía Crítica, núm. 18, pp. 60-81, 2014.

14 Datos obtenidos en el portal digital Materialflows.net.

15 El incremento del precio de los productos primarios y el papel de las economías  “emergentes”,  sobre todo China han sido también factores significativos en esta reactivación del extractivismo.

16 O. Carpintero y J.M. Naredo, «Sobre financiarización y neoextractivismo», en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 143, 2018, pp. 97-108.

17 Materialflows.net

18 Fuera de esos tres espacios se incluyen las llamadas economías “emergentes” (fundamentalmente los BRICS), semiperiferias o subcentros con estrategias expansionistas relativamente autónomas, aunque en gran medida mantengan su condición periférica y subordinada con respecto  a los centros del capitalismo hegemónico. Puede  verse  A. Sotelo, «Subimperialismo y dependencia en la era neoliberal», Cuaderno CRH, vol. 31, núm. 84, 2018, pp 501-517. El caso de China es singular; como Japón, cuando tiene lugar su integración en la economía mundial nunca antes había tenido la condición de economía colonial o dependiente en el sentido del resto de las economías periféricas.

19 En un proceso de reorientación de los recursos hacia actividades de escaso valor añadido, con un aumento de la participación de las materias primas en el total exportado. A. Slipak, «¿De qué hablamos cuando hablamos de reprimarización?», Jornadas de Economía Crítica, Universidad de Cuyo, Mendoza (Argentina), 2013.

20 M. SvampaLas fronteras del neoextractivismo en América Latina, Universidad de Guadalajara/CALAS, Wetzlar (Alemania), 2019.

21 Del que puede ser un paradigma la plataforma agroexportadora de soja en Latinoamérica, cuya superficie se ha más que duplicado desde el año 2000 hasta superar en 2018 los 60 millones de hectáreas según los datos incluidos en FAOSTAT.

22 Es el círculo al que André Gunder Frank llamó «desarrollo del subdesarrollo».

23 S. Sassen, Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global, Ed. Katz, Buenos Aires, 2015.

24 M. Svampaop. cit.; E. Pineda y A. Moncada, «Violencias y resistencias de las mujeres racializadas en los contextos extractivistas mineros de América Latina», Revista Observatorio Latinoamericano y Caribeño, núm. 2. 2018.

25 M. Walter, «Extractivismo, violencia y poder», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 143, 2018, pp. 47-En el caso de África, puede verse O. Carpintero, I. Murray y J. Bellver, «The New Scramble for Africa: BRICS Strategies in a Multipolar World», Research in Political Economy, vol. 30B, 2016, pp. 191-226.

26 No sólo en la fase de auge de los precios de las materias primas se promovieron los proyectos extractivistas;  la caída de los precios de las materias primas llevó a los gobiernos a incrementar la puesta en marcha de estos proyectos. Véase M. Svampa, op. cit. y E. Gudynas, «Teología de los extractivismos», Tabula Rasa, núm. 24, 2016, pp.11-23.

27 En J.M. Naredo, La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, Ed. Siglo XXI, 2015, o en J.M. Naredo, La taxonomía del lucro, Ed. Siglo XXI, 2018.

28 R. Grosfoguel,  «Del  extractivismo económico al  extractivismo epistémico y  ontológico», Revista  Internacional  de Comunicación y Desarrollo, núm. 4, pp. 33-55, 2015.

29 El concepto de «extractivismo urbano» es una «nueva metáfora que retoma la esencia de otros tipos de extractivismos ligados al ámbito natural […] El extractivismo en las ciudades está vinculado con la apropiación de excedentes de capital que se dan en y a través del espacio urbano y cuya característica fundamental es que, en líneas generales, esos excedentes que se apropian privadamente (ligados a poderes concentrados) se producen de forma colectiva. Lo que se apropia en la ciudad –con la misma lógica predatoria que se ejerce sobre los recursos naturales– son las rentas que genera el espacio urbano», G. Granero Realini, «Extractivismo urbano: aportes desde el Derecho a la Ciudad», en A.M. Vásquez Duplat, op. cit., 2017, p.70.

30 S. Sassen, op. cit. 2015. p.92.

31 P. Petro, «La Bogotá humana: un modelo de ciudad para el s.XXI», en A.M. Vásquez Duplat (coord.), Extractivismo urbano, Ed. El colectivo, 2017, p. 157.

32 S. Sassen. «Who owns our cities and why this urban takeover should concern us all», The Guardian, 24 de noviembre de 2015.

33 Ibidem

34 A.M. Vásquez Duplat, op. cit., 2017. p.108.

35 M. Arboleda, «Extracción  en movimiento: circulación del capital, poder estatal y urbanización logística en el norte minero de Chile», Investigaciones Geográficas, 56, pp. 3-26, 2018, p.16.

36 Más que un hecho aislado, la represión policial se ha vuelto cada vez más común en los espacios de extracción latinoamericanos. M. Arboleda, op. cit., p.18.

37 “La actividad logística se vuelve inmune al control democrático local y es profundamente moldeada por formas de gobernanza centralizadas, autoritarias y crecientemente militarizadas” M. Arboleda, op. cit.

38 M. Davis, Planeta de ciudades miseria, Foca, Madrid, 2006.

39 Esto es, al desarrollo de un modelo global de ciudad en el que lo público, como en la etapa fordista, tenga un papel central, así como la legitimidad política y la redistribución, sin renunciar al objetivo prioritario del crecimiento. La nueva planificación urbana –estratégica– o no planificación concibe la ciudad como una mina cuyo desarrollo, a base de convenios urbanísticos, no necesita ser ordenado ni planificado con criterios políticos.

40 Se ignora la función social del suelo urbano y se sacraliza el derecho de propiedad sobre los derechos sociales.

41 Véase: J.M. Naredo, y F. Aguilera Klink, Economía, Poder y Megaproyectos, Fundación César Manrique, 2009, y M. Delgado y L. Del Moral, Los megaproyectos en Andalucía, relaciones de poder y apropiación de riqueza, Aconcagua, 2016.

42 Cualquier intervención que pretenda erradicar, acotar o relocalizar vecinos para darle al suelo urbano más valor.

43 A.M. Vásquez Duplat, op. cit.

44 Standard  & Poor´s,  Out  of  the  shadows:  the  rise  of  alternative  financing  in  infrastructure, 2013,  disponible en:

https://www.theglobaltreasurer.com/2013/02/18/out-of-the-shadows-the-rise-of-alternative-financing-in-infrastructure/.

45 C. Márquez, «La IIRSA (Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana) y los nuevos procesos de integración regional: ¿desarrollo autónomo o reprimarización de las economías del sur de América Latina?», ponencia en el congreso internacional El extractivismo en América Latina, Universidad de Sevilla, 2017.

46 Santiago Álvarez Cantalapiedra  utiliza el concepto de modo de vida imperial, un estilo de vida y unos patrones de producción, distribución y consumo, en «Extractivismos, modo de vida imperial y violencia», Papeles de relaciones ecosociales y cambio social, núm. 143, 2018, pp. 5-11.

47 M Svampa op.cit., pp. 57.

48 E. Suárez y R. Aída (eds.), Descolonizando el feminismo. Teorías y Prácticas desde los márgenes, Ed. Cátedra, 2008. Véase también M. Galcerán Huguet, op. cit., 2016.

49 J. Riechmann, A. Matarán y Ó. Carpintero (coords.), Para evitar la barbarie. Trayectorias de transición ecosocial y de colap- so, Ed. Universidad de Granada, 2018