Emergencia climática

Los discursos en torno a la emergencia climática
Rubén Gutiérrez Cabrera
Dosieres Ecosociales, mayo 2020.

En poco tiempo, la “emergencia climática” se ha convertido en nuevo marco con el que los medios de comunicación y la opinión pública global se refieren a la actual situación de crisis climática que enfrenta la humanidad, pasando de ser un concepto apenas utilizado a perfilarse como un eslogan con un potencial de incidencia en las políticas ambientales sin precedente.

En este contexto, se vuelve fundamental indagar en los relatos surgidos en torno a la “emergencia climática”, pues del resultado de las batallas que se libran en torno a su definición e implicaciones dependerá en gran medida que las “declaraciones de emergencia climática” se decanten del lado de la sostenibilidad y la justicia climática, o del lado de un repliegue autoritario en forma de ecofascismo.

A continuación, ofrecemos el primer epígrafe del texto que aborda la importancia del análisis del discurso, el papel de los medios de comunicación y la pertinencia de sensibilizar a la ciudadanía sobre la necesidad de interpretar críticamente los mensajes que reciben en torno a la emergencia climática. Al final de la página encontrarás el acceso al dossier completo.

La importancia de analizar el discurso. Para una guerrilla semiológica climática

Cuenta George Lakoff en su ensayo “No pienses en un elefante” el ejercicio que propone el primer día de clase a sus estudiantes en la Universidad de Berkeley. Este consiste en pedirles únicamente que no piensen en un elefante. Una tarea en apariencia sencilla: que hagan lo que hagan, no piensen en un elefante. Sin embargo, relata Lakoff, todavía ningún estudiante ha sido capaz de hacerlo. ¿Por qué? La razón, explica el profesor de lingüística, es la siguiente:

«Toda palabra, como elefante, evoca un marco, que puede ser una imagen o bien otro tipo de conocimiento: los elefantes son grandes, tienen unas orejas que cuelgan, y una trompa; se los asocia con el circo, etc. La palabra se define en relación con ese marco. Cuando negamos un marco, evocamos el marco».[1]

Esta anécdota nos permite comprender un fundamento básico en la generación de los discursos e imaginarios sociales: el lenguaje no es neutral. La utilización de unos conceptos u otros evoca unos marcos determinados que condicionan nuestra manera de entender e interactuar con el mundo. En este sentido, el lenguaje no es solamente un vehículo que expresa ideas, sino que tiene una función constituyente de la realidad social. No solo nombra la realidad: la construye. Por ello, advierte Lakoff: «cuando hay que discutir con el adversario: no utilices su lenguaje. Su lenguaje elige un marco, pero no será el marco que tú quieres».[2]

Este planteamiento de Lakoff nos lleva a una premisa fundamental: en la medida en que el proceso de generación de imaginarios sociales está atravesado por conflictos y relaciones de poder, los discursos dominantes siempre serán el resultado de la disputa por el relato entre los diferentes agentes que pugnan por hacer hegemónicas sus visiones (partidos políticos, corporaciones, ámbito científico-académico, organizaciones de la sociedad civil…), algo que ha sido analizado en profundidad por los autores de la Discourse Theory. En consecuencia, si el lenguaje no es neutral y los discursos están mediados por las ideologías, decodificar la comunicación es un prerrequisito para comprender el estado de las percepciones sociales respecto a cualquier cuestión, también (y sobre todo) respecto a las cuestiones ambientales.

Empecemos, por ejemplo, deteniéndonos en el concepto “desarrollo sostenible”. Acuñado en los años 80 bajo la hegemonía neoliberal y difundido en 1987 por el Informe Brundtland, este concepto proyectaba, mediante la yuxtaposición de las palabras “desarrollo” y “sostenible”, la aparente superación del conflicto existente entre el modelo de desarrollo neoliberal basado en el dogma del crecimiento, por un lado, y la sostenibilidad, por otro. Pese a que ya desde principios de los años 70 el Club de Roma había planteado la necesidad de fijar límites al crecimiento, lo que relegaba al concepto “desarrollo sostenible” a la categoría de oxímoron (unión de dos conceptos contradictorios entre sí), las tesis del decrecimiento no lograrían prevalecer, mientras que el marco del “desarrollo sostenible”, sin embargo, terminaría convirtiéndose en el núcleo del discurso ambientalista oficial desde la Cumbre de Río de 1992. Hoy, sin embargo, el fracaso de este paradigma es una realidad incuestionable.

¿Cómo se explica que un concepto-trampa[3] como “desarrollo sostenible” haya conformado los marcos institucionales de la gobernanza ambiental global, mientras conceptos como “decrecimiento”, más acordes con los presupuestos científicos mayoritariamente aceptados, hayan quedado prácticamente excluidos de la discusión pública?

Responder a esta pregunta exige adentrarnos en las relaciones de poder y los procesos de acumulación de capital para comprender la mayor capacidad de las élites para articular discursos y estrategias a escala planetaria, controlar la opinión pública global y crear visiones hegemónicas. Capacidad que se sitúa más allá del plano discursivo, pero de la que los discursos son «huellas, pistas, hebras, síntomas que el analista debe saber describir e interpretar»[4]. Entender, como afirma Nuria del Viso, que «la crisis climática es un conflicto con estrategias enfrentadas»[5], exige hacer un esfuerzo por rastrear dichos discursos para desentrañar las estrategias que hay tras ellos.

La importancia de la propaganda en relación al papel central que los medios de comunicación juegan en lo que Noam Chomsky ha denominado la «democracia del espectador»[6] no puede pasarse por alto en este punto. Desde que el presidente Woodrow Wilson creara la Comisión Creel para diseñar la estrategia comunicativa con la que el gobierno estadounidense convencería a la población norteamericana, que hasta entonces era pacifista, para que Estados Unidos entrase en la Primera Guerra Mundial[7], sabemos que los discursos propagados a través de los medios de comunicación son determinantes para la formación de una ciudadanía crítica.

De ahí que el debate acerca de si el lenguaje que utilizan los medios de comunicación describe con la suficiente precisión la dimensión del reto ecológico al que nos enfrentamos hoy sea ineludible.

No es casualidad que, en la primera de sus tres demandas, el movimiento Extinction Rebellion reivindicara desde su nacimiento que «el gobierno debe decir la verdad declarando una emergencia climática y ecológica, trabajando con otras instituciones para comunicar la urgencia del cambio»[8]. En esta línea, medios como The Guardian[9], La Vanguardia[10] y otros muchos han comenzado a cambiar en los últimos meses su terminología para dar prioridad a conceptos como “emergencia climática” o “crisis climática” frente a “calentamiento global” o “cambio climático”, siguiendo las consideraciones de plataformas de referencia como EFEverde o la Fundeu del BBVA[11].

Pero llegar a las salas de control de los medios de comunicación no es suficiente para transformar las percepciones del público. Umberto Eco sostenía que «los medios de comunicación de masas no son portadores de ideología: son en sí mismos una ideología»[12]. Eco, que elaboró toda una compleja teoría sobre los procesos de significación producidos en las sociedades humanas, proponía la semiología como herramienta para comprender «todos los procesos culturales como procesos de comunicación»[13]. Y en su ensayo “Para una guerrilla semiológica”, el profesor y filósofo italiano afirmaba con gran lucidez que la batalla por el relato «no se gana en el lugar de donde parte la comunicación sino en el lugar a donde llega»[14]. Por este motivo, Eco sugería la necesidad de una estrategia de “guerrilla puerta a puerta” «para incitar a la audiencia a que controle el mensaje y sus múltiples posibilidades de interpretación».[15]

Siguiendo a Eco, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo probablemente sea la de desplegar una estrategia de guerrilla semiológica climática que sensibilice a la ciudadanía sobre la necesidad de interpretar críticamente los mensajes que reciben en torno a la emergencia climática. Pues de no hacerlo, corremos el riesgo de volver a ser arrastrados a nuevas guerras. En esta ocasión, en nombre de la emergencia climática.

[1] G. Lakoff, No pienses en un elefante, Editorial Complutense, Madrid, 2007, pp. 6.

[2] Ibidem.

[3] J. C. Monedero, El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2011, pp. 34.

[4] P. Santander, «Por qué y cómo qué hacer análisis del discurso», Cinta Moebio. Acceso el 17 de junio de 2019.

[5] N. Del Viso, «La crisis climática es un conflicto con estrategias enfrentadas», CTXT, 16 de abril de 2019.

[6] N. Chomsky e I. Ramonet, Cómo nos venden la moto, Icaria Editorial, Barcelona, 1993.

[7] Ibidem.

[8] «Our Demands», Extinction Rebellion. Acceso el 23 de junio de 2019.

[9] D. Carrington, «Why the Guardian is changing the language it uses about the environment», The Guardian, 7 de mayo de 2019.

[10] M. Camps, «La Vanguardia’ dará prioridad a la expresión ‘crisis climática’, en lugar de ‘cambio climático», La Vanguardia, 6 de junio de 2019.

[11] Redacción EFEverde, «EFEverde y Fundéu propondrán mejoras en el lenguaje periodístico del cambio climático», EFEverde, 4 de junio de 2019.

[12] U. Eco, «Para una guerrilla semiológica» en U. Eco, La estrategia de la ilusión, Lumen, Buenas Aires, 1987.

[13] U. Eco, La estructura ausente. Introducción a la semiótica3ª edición, Lumen, Barcelona, 1986, pp. 22.

[14] U. Eco, «Para una guerrilla semiológica» en U. Eco, La estrategia de la ilusión, Lumen, Buenas Aires, 1987.

[15] Ibidem.

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