Nueva Colección: Economía Inclusiva

La fundación FUHEM siempre ha reconsiderado los límites temáticos de la Economía, para incluir numerosos problemas de gran relevancia contemporánea que quedan fuera o juzgan complementarios desde la perspectiva “ortodoxa”.

Por ello, en el año 1991 impulsó la colección de Economía Crítica con la intención de reconsiderar los límites de la perspectiva ortodoxa en el tratamiento de numerosos problemas de gran relevancia que quedaban fuera o se juzgaban complementarios al análisis económico. Para desarrollar tal perspectiva crítica se hacía necesario recuperar la economía política y hacer un replanteamiento epistemológico de la economía abriéndola a otros enfoques dentro de las ciencias sociales.

 

 

En el año 2008, de la mano de la editorial Catarata, retomó este empeño al amparo de una colección denominada Economía crítica & Ecologismo social con la vocación de ampliar el angular que permitiera abordar los diferentes aspectos económicos que subyacen a la crisis ecosocial actual.

 

 

En 2020 la profundización de esta crisis reclama ahora un paradigma inclusivo capaz de combinar las perspectivas de la economía política, la economía ecológica y la economía feminista ofreciendo una mirada compleja e integradora.

La nueva colección de Economía Inclusiva responde a este reto asumiendo el desafío de construir un paradigma integrador de las distintas corrientes críticas que enlace el análisis y tratamiento de los problemas actuales con las transiciones imprescindibles y urgentes hacia una forma alternativa de producir, intercambiar y distribuir los bienes y servicios necesarios para una existencia socialmente justa y ambientalmente sostenible.

En esta línea, el propósito de la colección es acoger materiales teóricos y empíricos, analíticos y propositivos, españoles e internacionales, que traten de entender el tiempo que vivimos y de hacer posibles los procesos de cambio que necesitamos.

El primer libro de la Colección, escrito por Clive L. Spash lleva el título. Fundamentos para una economía ecológica y social.

¿Por qué una economía inclusiva?

A la economía se la suele definir como ciencia social más por el enfoque que por el contenido, y como el enfoque dominante es el neoclásico la economía es entendida habitualmente como el estudio de la elección racional que hacen los individuos.

Esta definición canónica sirve para instruir al estudiante que aspira a obtener el grado de economía. Poco importa que el enfoque que así define a esta disciplina de las ciencias sociales sea solo uno entre los muchos existentes; menos importa aún que esta mirada sea tan reduccionista como para centrarse únicamente en las elecciones racionales de los individuos (¡como si nuestras acciones no estuvieran gobernadas por emociones o condicionadas por creencias y marcos mentales!), sin mencionar siquiera que la racionalidad instrumental ―que es la única que se contempla― no sea más que una de las múltiples dimensiones que presenta la razón humana.

Esta aproximación ha servido, sin embargo, para alcanzar una alta formalización matemática en los argumentos económicos, incluso cuando las matemáticas no ayuden a aclarar gran cosa. Se responde así al sueño de construir una ciencia económica lo más parecida posible a la física o a la química del siglo XIX. Pero la economía no puede ser una ciencia en el sentido en que lo fueron la física y la química anteriores a la aparición de la teoría cuántica y de la relatividad. No posee una respuesta única a sus interrogantes y fracasa rotundamente a la hora de hacer predicciones, principalmente porque los seres humanos tenemos voluntad propia y libertad de acción en el marco de unos contextos que deberían ayudarnos a no confundirla con la idea de soberanía.

Para evitar poner la carreta delante de los bueyes convendría comenzar por definir qué es la economía, y sólo después discutir acerca de la manera más adecuada de abordar su estudio. La economía, en un sentido sustantivo, consiste en el estudio de la actividad económica. Son actividades económicas aquellas que producen, distribuyen y consumen los bienes y servicios que satisfacen las necesidades de una determinada población. Estas actividades se encuentran incardinadas en la sociedad y en la naturaleza, por lo que su funcionamiento y reproducción dependerá de articulaciones e interrelaciones entre sistemas. La economía así entendida debe leerse como un subsistema abierto inserto en el sistema social y en los diversos sistemas biofísicos que se entrelazan en el planeta Tierra.

Además, en cuanto actividad de aprovisionamiento, la economía involucra diferentes esferas. Se pueden sintetizar en cuatro: la familia, el mercado, los comunes y el Estado. Todas esas esferas son ámbitos que intervienen cotidianamente en la producción, distribución y consumo de los bienes y servicios que necesitamos, pero que funcionan de forma distinta y despliegan relaciones sociales diferenciadas. Tenerlas presentes permite reconocer otras muchas identidades sociales y económicas más allá de la condición de trabajadores, consumidores o propietarios; en los hogares solemos ser cuidadores (o maltratadores) además de buenos (o malos) vecinos; en un Estado de derecho, todos somos ciudadanos y, en el espacio de los comunes, miembros de una comunidad. Cada día oscilamos sin el menor problema entre diferentes roles y relaciones que nos hacen partícipes de una sociedad que se organiza a partir de estructuras e instituciones.

Un aspecto central en cualquier disciplina es determinar qué variables se consideran endógenas y, por consiguiente, susceptibles de análisis y estudio. Si la economía tiene que ver con el aprovisionamiento de bienes y servicios a través de diferentes esferas incardinadas en la sociedad y en la naturaleza, resulta evidente que muchas de las variables consideradas exógenas a los problemas por parte del pensamiento económico dominante tendrían que ser, en realidad, interiorizadas por la argumentación económica. No hacerlo bajo la añagaza metodológica de que dificulta el tratamiento matemático de los problemas, termina convirtiendo a la economía en una maquinaria tan extraordinariamente sofisticada como irrelevante para interpretar los acontecimientos económicos de nuestros días; eso, en el mejor de los casos, pues puede acabar legitimando además el statu quo a través del bloqueo de lecturas más ricas y complejas de la realidad económica.

Ante estas limitaciones y riesgos asociados a la ortodoxia económica, se abre camino el pensamiento heterodoxo. Este pensamiento ha dado lugar a múltiples corrientes que van incorporando aspectos cruciales al análisis económico. La estructura social, la distribución de la renta y la riqueza, las cuestiones sobre el poder, las normas y valores sociales, las relaciones de género o las condiciones sociales y ecológicas para la reproducción de la vida no pueden ser expulsadas de los análisis en cuanto que determinan el funcionamiento de la economía y quedan afectadas, a su vez, por su desarrollo.

La economía política marxista, la economía ecológica o la economía feminista, junto a enfoques postkeynesianos e institucionalistas críticos, han ido poniendo el énfasis en algunos de esos aspectos y proponiendo interpretaciones con una mayor capacidad explicativa de los problemas económicos.

Sin embargo, a estos enfoques les cuesta mucho dialogar entre sí. Practicantes de uno u otro enfoque -sean de economía política, economía ecológica o feminista- suelen reconocer la conveniencia de la existencia de los otros, así como los avances que van cosechando en sus respectivos terrenos. Hasta pueden llegar a admitir que las desigualdades (sociales y de género) y los patrones de insostenibilidad están íntimamente relacionados o que la crisis de cuidados y la crisis ecológica son manifestaciones de una crisis más amplia que tiene que ver con la reproducción de la vida. Pero siempre hay una pata del trípode que parece que cojea en sus investigaciones. Así, los análisis que pretenden combinar los enfoques de la economía de cuidados con los de la economía ecológica para afrontar la explotación de los trabajos no mercantiles junto a la cuestión de la degradación de los sistemas naturales, no siempre tienen presentes la estructura social y las dinámicas entre las clases, y los que se empeñan en analizar las múltiples contradicciones que alberga el capitalismo suelen ignorar la gran contradicción de que este socava las bases sociales y ecológicas de su reproducción que se sitúan como condiciones externas a él.

Sin embargo, la realidad es tozuda y nos muestra cómo la crisis ecosocial actual combina la crisis ecológica con la de cuidados convirtiéndose en una crisis de reproducción social en su sentido más amplio que está íntimamente ligada al funcionamiento y estructura del capitalismo. La tentación de abordar un aspecto de esta realidad de forma aislada olvidando que forma parte de un todo interrelacionado no sólo es errónea, sino que además corre el riesgo de asemejarse paradójicamente al proceder de la economía convencional.

Tanto las relaciones sociales y de género como los problemas ambientales son aspectos de crucial importancia para entender los sistemas económicos, su funcionamiento y reproducción. No basta la condescendencia de quien, admitiendo su importancia, conceda únicamente este reconocimiento sin llegar a incorporarlos al núcleo de sus aproximaciones teóricas y modelos económicos. Un propósito sincero de integración requiere analizar cómo los vectores socioeconómicos, ecológicos y de género se entrecruzan y exacerban mutuamente, de manera que los problemas no se pueden entender, y mucho menos resolver, haciendo abstracción de alguno de ellos.

Acceso al texto completo de la Presentación de la Colección Economía Inclusiva publicada en el primero de los libros de la Colección: Fundamentos para una economía ecológica y social de Clive L. Spash.

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