DIÁLOGO: Sami Naïr y Rafael Poch-de-Feliú

¿Hacia dónde va el proyecto europeo?

FUHEM Ecosocial

Este diálogo virtual entre Sami Naïr y Rafael Poch-de-Feliú aporta nuevos ángulos para explorar los contrastes entre los objetivos originarios del proyecto de la Unión Europea y su plasmación real y, sobre todo, indaga en las perspectivas más probables y deseables de ese proyecto.

 

1. Un inadecuado diseño institucional, divergencias nacionales, el euro… muchas son las cuestiones problemáticas del proyecto comunitario pero, en tu opinión, ¿dónde situarías la raíz de los males que aquejan a la Unión Europea (UE)?

SAMI NAÏR
Politólogo, sociólogo y filósofo. Ex diputado del Parlamento Europeo

Sami Naïr (SN): El proyecto en el que hemos entrado con el Tratado de Maastricht en 1992 −y anteriormente con el Tratado Único, pero el giro fundamental es el Tratado de Maastricht− ha constituido en la historia de la UE no una evolución, sino una ruptura con el pasado. Hasta los años setenta, con el Acta Única, había un acuerdo entre los países europeos para construir un mercado único y para hacer que, después de ese mercado, lo más importante fuera construir un sistema constitucional político que pudiera orientar ese mercado; incluso en el Acta Única de 1986 estaba ya contenida esa idea. En el Tratado de Maastricht, la noción de la orientación política está formulada de manera muy elíptica; el Tratado estaba orientado esencialmente a una estrategia económica monetaria que consistía, en realidad, en radicalizar los efectos del Acta Única de 1986 y en crear las condiciones hacia una moneda común sin verdaderamente someter ese proceso y esa moneda, el euro, a un poder político −un poder político europeo−, a la vez responsable de las políticas económicas, de las políticas monetarias y con poder de control directo o indirecto sobre el Banco Central.

En realidad, lo que hemos puesto en marcha ha sido un sistema monetario creando lo que he llamado en mi libro [1] una verdadera monarquía financiera que domina fundamentalmente el Banco Central, es decir, unos banqueros nombrados por los gobiernos, pero no elegidos democráticamente, y que practican una política ultraliberal, una política fundamentalista, que no concuerda con la realidad de la Europa que ha caracterizado la zona euro: una diferencia muy importante de desarrollo económico entre los países más desarrollados y los menos desarrollados, presente durante los años ochenta, los noventa y hasta la fecha. Se creó una moneda económica para países cuyo desarrollo era diferente y de ahí que la crisis fuera prácticamente inevitable porque una moneda necesita, tal como lo ha pensado el creador de esta moneda única, el Sr. Mendel, un espacio económico coherente y con el mismo nivel de desarrollo. Poner en la misma cesta a Alemania, Francia, Grecia, Holanda y España es evidentemente invitar a que ocurra un accidente inevitable porque estos países no tienen un nivel de desarrollo equiparable ni en términos de PIB, ni en comercio exterior, ni en otros términos fundamentales de la economía. La crisis ha sido preparada por ese error monetarista tremendo de la concepción europea. Ese es el problema central de la UE. Mientras no tengamos un sistema de ayuda que permita a todos los países que están dentro del euro la posibilidad de flexibilizar su presupuesto, tendremos crisis sociales y políticas, y destrucción del tejido social. Para poder permanecer en el euro, los países menos desarrollados se ven obligados a aceptar políticas de destrucción de su sistema social, hecho que está ocurriendo hoy en España −con más de seis millones de parados−, en Portugal, en Italia o en Grecia, país totalmente devastado por la privatización generalizada. Ese es el coste que estamos pagando por el enfoque monetarista y aberrante de la concepción europea.

Probablemente, la crisis del euro va a continuar, pues si los mercados se han calmado estos dos últimos años es porque el Banco Central, violando el Tratado monetario, ha gastado miles de millones de euros para salvar los bancos de los países en rescate. Por eso los alemanes están enfadados con los países del sur europeo: las últimas elecciones en Renania demuestran que los partidarios de la expulsión de estos países crecen peligrosamente. Pero en realidad, Alemania está sacando partido para, desde el mercado europeo, beneficiarse de un euro caro. Actualmente, este país es el principal beneficiario del euro y eso, evidentemente, plantea problemas al resto. Mientras no cambiemos la política del euro e implantemos un euro menos caro, comparable, más o menos, al valor del dólar, tendremos una crisis estructural; es ineluctable. Ahora bien, esperemos que con esa crisis se tome conciencia, como se ha demostrado en las últimas elecciones, de que la ciudadanía europea no quiere seguir así. La gente está harta en todas partes y espero que esta situación conduzca a una toma de conciencia para reorientar el proyecto europeo.

¿Qué significa reorientar ese proyecto? 1º) Democratizar las instituciones europeas; hacer que la Comisión no tenga el poder absoluto que ostenta hoy en día; 2º) Introducir en los estatutos del Banco Central el objetivo del crecimiento, y no solamente de la lucha contra la inflación. Ahora estamos en una situación de deflación, lo que provoca paro y recesión. Más vale un poco de inflación con más empleo. Yo prefiero una inflación moderada y un empleo desarrollado a una deflación tal como ocurre actualmente, con más de 12 millones de parados en la zona euro. 3º) Transformar el Pacto de Estabilidad que la Comisión está imponiendo mediante los criterios de Maastricht, con resultados dramáticos para las economías de los países con más dificultades actualmente. Por ejemplo, resultaría fácil cambiar el criterio del 3% del déficit presupuestario. Los Gobiernos francés, español e italiano están pidiendo una modificación para permitir cierta flexibilidad. Al mismo tiempo, habría que aumentar el umbral de la deuda pública respecto al PIB; no dejarla en el 60%, sino permitir que países en situación difícil pudieran tener una deuda pública del 70, 90, o 100%, según la situación, porque la deuda pública significa, en términos reales, una cosa muy sencilla: la posibilidad de financiar la sanidad, la educación, las empresas que quieren crear empleo; eso es la deuda, la posibilidad de financiar los servicios públicos. Prefiero una deuda más alta en contra del criterio de Maastricht que la destrucción de los servicios sociales en una sociedad democrática y civilizada.

Y tenemos, finalmente, que pensar qué modelo de acuerdo político podemos tener entre los distintos países europeos. Ahora, dentro de la UE, tenemos un modelo bastardo, un modelo que no es federal ni confederal, regido en realidad por los tecnócratas no elegidos y ultraliberales de Bruselas. Lo que queremos es ver en qué medida se puede reflexionar sobre un nuevo acuerdo político, un nuevo tratado constitucional que plantee claramente el carácter confederal, no federal o neofederal o sui generis, sino verdaderamente confederal de la UE, con un presidente de la confederación europea y unos Estados nación europeos que delegan a la UE lo que no pueden hacer ellos dentro del mercado y que se reservan para su propio derecho regaliano la posibilidad de poner en marcha políticas específicas.

RAFAEL POCH-DE-FELIÚ
Corresponsal de La Vanguardia en Berlín y durante 25 años en Europa del Este, la URSS / Rusia y China

Rafael Poch-de-Feliú (RPF): Es verdad que con el euro y Maastricht se abandonaron las veleidades y compromisos históricos de cristianodemócratas y socialdemócratas hacia las prioridades de pleno empleo y el Estado social. La única y central vaca sagrada ha sido desde entonces la estabilidad de precios y la desregularización de los mercados, en detrimento de los controles estatales. Los Estados nacionales en cuyo marco se establecieron ciertos límites sociales, resultado de antiguos y dolorosos pulsos, son vistos como impedimento y, como tales, eludidos. Todo eso aleja aún más el proceso de cualquier control ciudadano. Pero si hay que hablar de un problema raíz, yo mencionaría la contradicción básica entre capitalismo y equidad. Esta Europa es un club desigual, con Norte y Sur, centro y periferia, por el sistema socioeconómico en el que está inserta. Sin cambiar ese sistema no puede haber un proyecto europeo horizontal y democrático que irradie al resto del mundo algo que valga la pena, es decir que no contribuya a empeorarlo. O sea, que la simple realidad es que el problema de esta Europa es el capitalismo: la prioridad del beneficio privado y de la economía sobre cualquier propósito humano.

 

2. ¿En qué medida coincide el proyecto original europeo con las iniciativas efectivamente adoptadas?

SN: Cuando se habla del proyecto original, ¿de qué proyecto se habla? ¿Del proyecto del Tratado de Roma?, o ¿se habla del proyecto de Monnet y de Schumann? Observo que los creadores de la UE tenían un proyecto de construcción económica de la Unión Europea, pero también tenían una visión social; consideraban que el aspecto económico tenía que desarrollarse junto con una política social común. Pero lo que hemos hecho ha sido desarrollar la economía destrozando el vínculo social. En este sentido, podemos decir que a partir del Tratado de Maastricht, como he dicho antes, hay una desviación, casi una inversión, del proyecto y del sueño de una Europa económica, política y social de los fundadores de Europa.

RPF: El “proyecto original” englobaba por lo menos cuatro propósitos: la gente como Monnet quería un orden europeo inmune a las catastróficas guerras nacionalistas, un propósito digno y actual; Estados Unidos (EEUU) quería un fuerte núcleo europeo para el combate de la guerra fría y una geopolítica imperial; Francia quería implicar a Alemania en un esquema en el que París fuera Primus inter pares; y Alemania quería volver a ser un país soberano y mantener abierta la perspectiva de una reunificación, o sea objetivos nacionales. Con el triunfo de la Gran Desigualdad neoliberal, la disolución de la URSS y la reunificación alemana, todos esos propósitos se han alterado notablemente. Respecto a las guerras, esta Europa las ha fomentado tanto fuera de sus fronteras, contribuyendo al imperialismo, como dentro de ellas, por ejemplo, en Yugoslavia y ahora en Ucrania.

 

3. En la última década, las distancias tanto territoriales como sociales dentro de la UE se han ampliado. ¿Hasta qué punto es posible seguir con el proyecto europeo sin abordar las fracturas internas?

SN: Prácticamente todas las fracturas que existen hoy día están provocadas por el proceso de construcción. Es constatable el viraje liberal de Europa. Y es precisamente este modelo económico liberal el que está destrozando la cohesión de los Estados-nación. Eso conlleva el desarrollo de movimientos extremistas, sobre todo de extrema derecha, que están aprovechando la situación para volver a una concepción ultranacionalista y xenófoba de la nación. Creo que para evitar estos problemas y las fracturas internas hay que reducir una parte esencial del poder de la Comisión de Bruselas y volver a impulsar políticas de cooperación intergubernamental −y no siempre de integración, sino intergubernamentales− para llegar a la integración. Hemos concebido la política de integración como método, no como fin, y como método destroza los países. Cuando la Comisión de Bruselas y el Banco Central imponen a España condiciones que generan un nuevo mercado están destruyendo las empresas españolas, y no puede competir con alemanes y franceses, y todo en nombre de la integración. En mi opinión sería mejor poner en marcha políticas de cooperación intergubernamental. Decir, “mira eso no lo podemos aceptar, necesitamos otro euro para poder jugar con el tipo de cambio del euro porque no tenemos el mismo nivel de desarrollo y no nos interesa hacerlo ahora”, y así conservar la cohesión social. Es decir, tener como objetivo la cohesión social de cada país. Por tanto, hay que cambiar totalmente el método de construcción europeo.

RPF: No creo que valga la pena seguir con ese “proyecto europeo”, a menos que se derribe su actual esquema y se refunde sobre bases ciudadanas y sociales, y no oligárquicas y mercantiles.

 

4. Europa se ha presentado como agente político en el ámbito internacional con una imagen pulcra e intachable como defensora de los valores ilustrados, de derechos sociales, cooperativa, garante de estándares internacionales y abanderada del poder blando. ¿En qué medida coinciden imagen y realidad? ¿Cuánto hay de mito en esa proyección?

SN: Mi respuesta es tajante, y la realizo no solamente como analista e intelectual, sino como ex diputado europeo y miembro de la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo durante cinco años: la Unión Europea no tiene política exterior y sus valores los viola sistemáticamente la misma UE. No tiene política exterior porque no tiene un Gobierno capaz de elaborar una política exterior común, con la posibilidad de poner en marcha esa política más allá del dinero, con un ejército y con la capacidad de imponer sus orientaciones. Una política exterior sin capacidad de imposición no es una política exterior; es una política de comerciante. La UE considera que su instrumento militar es la OTAN, pero ahí, tenemos que decirlo claramente: hay desacuerdos entre los países europeos. No tienen la misma visión de la OTAN alemanes o ingleses, quienes aceptan la dominación total de EEUU –los alemanes ahora menos−, en el mando de la organización. Y debido a eso tenemos hoy la crisis de Ucrania, porque la OTAN quería poner cohetes en la frontera rusa. El problema central de la crisis de Ucrania viene de ahí, de la estrategia de la OTAN; el resto es manipulación en mayor o menor medida.
En lugar de una política exterior, lo que tenemos es una política proclamativa, declarativa, retórica, basada en unos valores abstractos de derechos humanos y una estrategia que consiste en servir de mediador de los conflictos para desde ahí poder influir.

¿Qué ha hecho la UE en Oriente Medio, desde que hemos nombrado a ese hombre, que en mi opinión debería estar en la cárcel, el Sr. Tony Blair, como Enviado Especial de la UE en Oriente Medio? Acepta la política desastrosa de Israel en Oriente Medio. ¿Qué hemos hecho en todos los otros conflictos? ¿En qué medida ha podido la UE ayudar, calmar y encontrar una solución en Ucrania? Ha sido la propia UE la que ha radicalizado la situación ofreciendo al Gobierno ucraniano unas condiciones mucho más interesantes que las de Rusia, sabiendo que eso iba a provocar una reacción irracional por parte de Ucrania. ¿Qué ha hecho la Unión Europea en los grandes conflictos del Sahara, de África, en lo que está pasando ahora en la República Centroafricana? Ni ha mandado un solo avión, ni un soldado, son los franceses los que están allí. ¿Qué ha hecho en Libia, en Irak, en Afganistán? Nada; todo es juego. La gente ocupa puestos bien remunerados y después de cinco años son reemplazados por otros para implementar la política exterior de la UE. ¿Qué ha hecho la UE, por ejemplo, para solucionar el problema de Irán? Son EEUU y Rusia los que han decidido lo que había que hacer, y en Ginebra había representantes europeos, pero otros representantes estaban en una posición más radical. Los rusos y americanos entendieron que no era posible tomar una decisión junto a la UE y lo decidieron entre ellos. Hace falta tomar distancia y ver la realidad: la retórica para engañar a la gente y seguir teniendo una Europa económica, impotente políticamente y muy problemática a nivel económico.

No podemos decir hoy que el sueño europeo se ha realizado; todo lo contrario, el sueño, tal y como lo ha dicho el nuevo presidente del Gobierno italiano, se ha transformado en pesadilla; esa es la realidad. Y no podemos seguir así, en nombre de una concepción abstracta, utópica y pavloviana; tenemos que ver la realidad.

RPF: La ambición de algunos de los padres fundadores europeos de posguerra me parece meritoria: crear una Europa moralmente superior a EEUU capaz de ejercer una influencia más benévola en el mundo que la de aquellos. El problema es que, más allá del narcisismo que la ha impregnado (una superioridad griega respecto a Roma), la simple realidad es que Europa ha sido servil vasallo de EEUU todo este tiempo, con excepciones muy puntuales en la Francia de De Gaulle y contratiempos como la Ostpolitik de Brandt. Esa ambición puede considerarse valiosa y positiva, pero por desgracia no tiene nada que ver con lo que ha ocurrido. Hoy, la UE es el primer exportador mundial de armas y su proyección es cada vez más imperial. Si eso es inevitable, entonces cuando más fofa y débil sea esta UE, tanto mejor para el mundo.

 

5. ¿Cuál es el papel geopolítico de la UE en el ámbito internacional y adónde se dirige en el marco de un mundo cambiante y globalizado? ¿Qué futuro tiene el proyecto europeo en ese entorno?

SN: Buena pregunta… me obliga a reflexionar. Su papel fundamentalmente debería ser no solo geopolítico, sino geocultural. Lo que me parece absolutamente original en Europa es su aporte a la cultura y a la civilización mundial. Y ese aporte es un modelo de construcción de la sociedad basado en la idea de igualdad, idea que no existe en EEUU o en otros países; ha existido en Rusia o China a través del comunismo, pero ha sido destrozada por el mismo. Europa, democráticamente puede representar esa idea de equiparación de políticas sociales para ayudar a los más débiles y favorecer la educación pública de calidad para todos –y no, como en EEUU, donde la educación es de muy mala calidad y privatizada−. Europa puede servir como modelo cultural civilizador a escala planetaria; ese es su papel principal. Ahora, su papel geopolítico depende de su capacidad de existir políticamente o no. Una entidad política tiene un papel geopolítico cuando puede influir sobre la situación geopolítica, y la respuesta en este punto –ya me he referido a ello− está en construir una Europa política. No podemos tener una geopolítica europea eficaz sin tener un papel político europeo. La única manera de poder disponer de un poder consensuado, teniendo en cuenta las diferencias entre las naciones, es perfilando un poder confederal, en lugar de un poder federal. Nunca he creído en la utopía federalista; considero que dicha utopía es la razón por la cual hemos dejado a los ultraliberales realizar este giro y destrozar lo social en Europa. El federalismo es la muerte del proyecto realista de construcción europea. Necesitamos un modelo confederal en el que verdaderamente sea la política la que mande, y no la economía.

RPF: Salvo un completo cambio de las prioridades, que solo sería posible mediante una refundación ciudadana, el papel mundial de la UE solo puede ser lo que es: imperialista, con la participación depredadora y militar en el acceso a recursos globales. La refundación precisaría cambios cardinales en los respectivos Estados nacionales. De momento, se vislumbra muy poco de todo eso.

6. Ya en los últimos años, y culminado por las últimas elecciones al Parlamento Europeo, observamos cambios muy significativos en el ámbito político −institucional o no− en el contexto europeo. ¿Qué valoración te merece la aparición de nuevas fuerzas políticas y sociales en Europa?

SN: A raíz de las últimas elecciones al Parlamento Europeo se aprecia un giro muy positivo con la entrada de fuerzas de izquierda en el Parlamento. Por contra, resulta muy negativo que entren también fuerzas de derecha y de extrema derecha, y considero que los responsables de ello son los partidos hegemónicos dominantes. Felizmente, frente a esa extrema derecha, tenemos nuevas fuerzas de izquierda que van a obligar a las fuerzas tradicionales de izquierda a hacer frente, espero, al auge de la extrema derecha. Pero estas fuerzas aquí, en España, tanto como en otros países −Italia o Grecia−, representan un elemento importante. Creo que su entrada no va a tener muchas consecuencias porque el Parlamento Europeo no tiene verdadero poder: es sencillamente una caja registradora, aparte del poder de codecisión, pero que no sirve para nada. A partir de noviembre, Juncker ejercerá como Presidente de la Comisión Europea y va a apoyar la misma política liberal anterior. Sus propuestas son vagas y esquemáticas, y de antemano acepta seguir las negociaciones con los EEUU sobre el Tratado Transatlántico, lo cual significa la desaparición programada del modelo social europeo.

RPF: Se ha visto el ascenso de la ultraderecha y también de la izquierda. No tenemos señales claras. Lo único claro es que privada de sus dos promesas esenciales, la mejora del nivel de vida y la paz, esta Unión Europea tiene cada vez menos gancho y merece más rechazo entre la ciudadanía. A mí la actual estructura europea me parece como el Gosplan de la URSS: algo apenas reformable. Para hacer algo que valga la pena hay que derribar el actual edificio oligárquico. Tendremos la Europa que nos merezcamos.

Notas

[1] S. Naïr, El desengaño europeo, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014.

Acceso al diálogo entre Sami Naïr y Rafael Poch-de-Feliú (pdf)

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