Cambio demográfico, políticas migratorias y discurso de la involución en la UE

El rapto de Europa es el título del número 171 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global , que explora la actual situación de Europa, o, mejor dicho, de la Unión Europea, evoca los principios fundadores y analiza los problemas que aquejan al experimento institucional de integración de naciones soberanas más original que se ha realizado hasta ahora.
Dentro de su sección A FONDO se incluye un texto de Andreu Domingo, subdirector del Centre d’Estudis Demogràfics, Universitat Autònoma de Barcelona, titulado: «Cambio demográfico, políticas migratorias y discurso de la involución en la UE».1
El artículo analiza los cambios demográficos ocurridos en Europa en las últimas décadas y se detiene a examinar las políticas migratorias de la UE, que contrastan con el envejecimiento de la población en el continente. El autor revisa los mitos antimigratorios en boga difundidos por la ultraderecha y su rápida aceptación en lo que el autor denomina «lepenización» de la ciudadanía.
Desde el último cuarto de siglo pasado, los distintos países que conforman la Unión Europea, con diferentes ritmos, intensidades y calendarios, están experimentando un cambio demográfico que, en el siglo XXI, ha culminado en la transformación de prácticamente la totalidad de ellos en «Sistemas complejos de reproducción demográfica». Se entienden como tal aquellos sistemas donde el saldo migratorio (la inmigración menos la emigración) ha desplazado al crecimiento vegetativo (los nacimientos menos las defunciones) como el principal componente del crecimiento de la población. El descenso continuado de la fecundidad –que de promedio en la UE se situaba en 1,45 hijos por mujer en 2022–, juntamente con el aumento de la longevidad –alcanzando de media los 77,1 años para los hombres y 83 para las mujeres–, han acelerado el envejecimiento de la estructura por edad de la población, cifrando en un 21,3% los ciudadanos mayores de 64 años, convirtiéndose en los hitos demográficos que explican ese desplazamiento en favor de las migraciones.
Esa mutación en la reproducción demográfica, con un papel estelar de las migraciones, que ha repercutido también en la reproducción social y con ella en la estratificación social de los diferentes países comunitarios, se ha acompañado de un debate recurrente en torno a las necesidades del mercado laboral, la sostenibilidad del sistema de pensiones, de los servicios sociales, o los intercambios intergeneracionales. Debate que se ha polarizado, entre los defensores de las migraciones como respuesta a la demanda creciente del mercado laboral debido a la escasez relativa de jóvenes a la entrada de este, y aquellos que se muestran refractarios en nombre de la soberanía e identidad nacional, la seguridad o la cohesión social. Si la primera postura parece ser la oficial en la UE, esgrimiendo como argumentos principales «las migraciones de reemplazo» –como aquellas que se producirían para paliar la bajada de la natalidad–, y las bondades de la diversidad, la segunda, es decir, la problematización de las migraciones, se ha convertido en el mínimo común denominador defendido por los partidos nacional-populistas de la derecha, de extrema derecha y fascistas en sus múltiples denominaciones (neo, post o tardíos), con la teoría de la conspiración de «el gran reemplazo», como punta de lanza, según la cual existe un complot de las élites globales y la izquierda para sustituir la población trabajadora autóctona, blanca y cristiana, por inmigrantes, racializados y mayoritariamente musulmanes. Por lo menos este es el marco interpretativo comúnmente aceptado, coincidente con los partidarios de la globalización económica impulsada por el neoliberalismo a partir del último cuarto del siglo XX, y entre sus detractores, aquellos alineados en el discurso de la involución, como aquel que promueve el retorno a una sociedad marcada por el orden y una jerarquía clara de género, raza y clase social.
La diversidad demográfica regional y las políticas migratorias
Desde que a mediados de los años ochenta del siglo XX se enunciara la teoría de la segunda transición demográfica2 para dar cuenta de los cambios demográficos acaecidos en la mayoría de los países europeos a partir del final del baby boom, la previsión de una convergencia rápida ligada a la modernización de la sociedad ha ido perdiendo fuelle frente al mantenimiento de la patente heterogeneidad regional dentro de la misma Unión Europea. Dicha teoría, se basaba en la observación empírica de las principales tendencias que marcaban el cambio demográfico en los países del norte y centro de Europa. Especialmente el descenso de la fecundidad y el alargamiento de la esperanza de vida, cuya acción conjunta producirá el envejecimiento de la población, pero también, la desinstitucionalización de la familia con las modificaciones en la unión y disolución de la pareja –disminución de la nupcialidad, aumento de los divorcios y extensión de la cohabitación–, así como la reactivación de las corrientes migratorias. Como explicación se echaba mano de diferentes teorías,3 desde las mutaciones en las mentalidades, con la llegada de las generaciones con valores posmaterialistas4 –destacando entre ellos, los movimientos emancipatorios e individualistas, que estarían detrás de la integración masiva de la mujer en el mercado laboral o las nuevas formas familiares–, hasta las diferencias institucionales –como los distintos modelos de Estado de Bienestar–,5 pasando por la economía y el aumento de los costos de la crianza en la decisión de tener hijos6 –también para dar cuenta de la evolución de la fecundidad y la reducción del tamaño de las familias y el retraso en la edad a la maternidad–, o los avances científicos y tecnológicos –que en materia de sanidad contribuirían el aumento de la longevidad, y que aplicado a los transportes y comunicaciones facilitarían los movimientos migratorios y la creación de comunidades transnacionales–.
Casi cuarenta años después de su enunciación, aunque todos los países comunitarios tengan en común el descenso de la fecundidad, el aumento de la esperanza de vida y el envejecimiento de sus poblaciones resultante, las diferencias entre ellos siguen siendo notables. También lo son las políticas migratorias, pese al paraguas institucional común que representa la pertenencia a la UE, aunque no se pueda establecer un nexo causal entre unas y otras. Así, podemos distinguir cuatro grandes regiones, que corresponden grosso modo con la evolución socioeconómica, política y demográfica de estas. En primer lugar, los países escandinavos, pioneros de los cambios demográficos que se han relacionado con el desarrollo del Estado del bienestar en su momento, con niveles de población inmigrada por encima del 13,3% de la media comunitaria en 2023, en el caso de Suecia y Dinamarca, del 20,4 y del 13,6%, respectivamente, y un poco menores para Finlandia, con un 8,3%, y una presencia elevada de refugiados y asilados, que condicionará el origen de los migrantes.
En segundo lugar, los países del noroeste y centro de Europa, con una prolongada experiencia de migraciones en los años sesenta –al principio de otros países europeos meridionales, más tarde de países extracomunitarios, en algunos casos procedentes de sus respectivas excolonias, como Gran Bretaña, Francia, Bélgica u Holanda–, y políticas que en su momento promocionaron la inmigración conocida como de «los trabajadores invitados» con el programa de Gastarbeiter alemán como máximo exponente, hasta por lo menos la crisis de mediados de los setenta y la aplicación de medidas neoliberales, con porcentajes de migración que oscilan entre el 21,6% austriaco o el 19, 5% alemán entre los máximos y el 13,1% francés como mínimo.
En tercer lugar, los países del sur, entre los que destaca España, caracterizados por una evolución tardía, pero más acelerada tanto en el descenso de la fecundidad –que los situará en mínimos mundiales con un un 0,8 en Malta, 1,15 en España, o un 1,2 en Italia–, las consecuentes transformaciones familiares, el alargamiento de la esperanza de vida, en la que también se baten récords con los 86 años para las mujeres en el caso español, y la conversión de países emigratorios a países inmigratorios, alcanzando porcentajes del 17,1% en España o del 16% en Portugal. Ambos casos cuentan con una marcada ascendencia de los migrantes de las excolonias, pero también de los descendientes de la antigua emigración del siglo XX. Ambos países han desarrollado un conjunto de políticas más flexibles, a menudo improvisadas y reactivas, con un singular protagonismo de las ONG.
Por último, encontramos los países del Este, marcados por la catastrófica transición del régimen comunista al capitalista, que explica una demografía con peores resultados en la mortalidad, con niveles mínimos de esperanza de vida como el de Bulgaria, con solo 78 años para las mujeres, o el de Estonia con 69 años para los hombres, aún muchos de ellos emigrantes dirigidos a mayoritariamente a otros países de la Unión, y porcentajes mínimos de inmigración extranjera como el 2,5% polaco o el 6,7% húngaro, que contrastan a la vez que esclarecen la limitación de la migración internacional con baja fecundidad, del 1,28 hijos por mujer en el caso polaco y del 1,5 en el húngaro pese a sus políticas pronatalistas. Todos ellos con políticas etnicistas y refractarias a la inmigración.
La teoría de la segunda transición subestimó el peso de la estructura económica en los ajustes demográficos, inicialmente el de la crisis de los setenta en la reducción de la fecundidad. Otros factores fueron las consecuencias de la hegemonía del neoliberalismo y el deterioro del Estado de bienestar en las biografías productiva y reproductiva de hombres y mujeres, así como el efecto del hundimiento del bloque comunista y el desmantelamiento de las ayudas sociales en los países del Este de Europa, más allá del cambio de mentalidades.
Ese mosaico de situaciones demográficas y políticas migratorias diferenciadas debe entenderse en el marco de la propia evolución de las políticas migratorias europeas bajo dos premisas. Primero, su visión instrumental ligada al mercado laboral, y segunda, claramente decantadas desde principios de siglo XXI por la securitización de las mismas. Así, el pecado original de la política migratoria comunitaria fue la supeditación a la construcción de un mercado laboral unificado ideal, imaginando que los trabajos de baja cualificación serían ocupados por migrantes intracomunitarios, perpetuando el desarrollo desigual de las diferentes regiones europeas, con la tradicional migración del sur al norte de Europa (más tarde del este al oeste), lo que limitaría las migraciones extracomunitarias a los migrantes altamente cualificados, o a los movimientos de migraciones circulares y estacionales para los de baja cualificación. Es decir, casi exactamente lo contrario a lo que estaba sucediendo: crecimiento de la migración extracomunitaria especialmente destinada a trabajos de baja cualificación y decrecimiento de la movilidad intracomunitaria, salvo excepciones, para reducidos grupos de alta cualificación, o migrantes de antiguos países del Este.
El pecado original de la política migratoria comunitaria fue la supeditación a la construcción de un mercado laboral unificado ideal, lo contrario a lo que estaba sucediendo
En paralelo, y casi desde los acuerdos de Tampere en 1999, las migraciones aparecen concebidas también como un riesgo global –visión alentada por la escalada del terrorismo desde 2001–, la aplicación de las políticas migratorias se dejó en manos de los ministerios del Interior de cada uno de los países miembros, con una tendencia creciente a forjarlas bajo las necesidades de la seguridad europea.7 Desde muy temprano, pues, esas políticas, que tenían como máxima la reducción de los gastos sociales, se han caracterizado por la tensión entre la integración supranacional y la soberanía nacional, con un progreso dispar de las políticas de integración, dependientes de la administración nacional y local. Y, por último, por la externalización de parte del control fronterizo a países terceros –siendo paradigmático el caso español con Marruecos ya en 2004–, que se aceleró a partir de la crisis de los refugiados de 2015, con acuerdos firmados con Turquía, pero también con Libia. Ese despliegue se ha realizado no sin contradicciones con la legislación de la propia UE sobre derechos de los migrantes, la lucha antirracista y el respeto a las minorías.
El discurso de la involución y la demografía
La instrumentalización de la demografía en el discurso reaccionario no es una novedad.8 Desde la propia culminación de la transición demográfica, en algunos de los países europeos se manifiestan elementos característicos. En Francia, ya en la segunda mitad del siglo XIX, la caída de la fecundidad convirtió el natalismo en un elemento fundamental del nacionalismo francés, preocupado por el número de habitantes, que eran vistos como fuente de riqueza del Estado y sostén de la expansión colonial. También conviene tomar en consideración la difusión del movimiento eugenista a principios del siglo XX, cuyo principal objetivo era la calidad, supuestamente amenazada por la contaminación de clase y raza, que justificaría las políticas de selección étnica de migrantes como en el caso de los Estados Unidos, que incluiría la esterilización a individuos de ciertos grupos sociales, o las leyes raciales limitando los matrimonios mixtos, que culminaría con el Holocausto en la Alemania nazi. El «suicidio demográfico» es la primera metáfora nacida entonces, dirigida tanto a combatir el descenso de la fecundidad –y con ella, el movimiento malthusiano–, como las relaciones interraciales y de clase. También por aquel entonces, en los círculos cercanos al KKK, empezó a fraguarse la teoría de la conspiración sobre la sustitución étnica de la población blanca por la negra, que ha evolucionado en el siglo XXI en la llamada teoría del gran reemplazo, convertida en la biblia de todos los movimientos antiinmigratorios actuales. Tras la Segunda Guerra Mundial, con el descrédito del eugenismo como disciplina científica, al final del baby boom se hizo patente el descenso continuado de la fecundidad en los países europeos. Fue entonces cuando estas metáforas volvieron a dinamizarse, añadiendo a principios de los años noventa la del «invierno demográfico», para presentar ese declive en un contexto de envejecimiento de la población, identificando el envejecimiento biológico individual con el de las poblaciones. Todo ello abrió más las puertas a las narrativas decadentistas. Estas metáforas, compartidas y reelaboradas, articulan a todos los movimientos de extrema derecha, siendo uno de los lugares comunes del terrorismo supremacista. En el caso de España, difundidas por el PP y convertidas en piedra angular de VOX –con ideólogos que se hacen pasar por demógrafos–.
Metáforas como suicidio demográfico, invierno demográfico o el gran reemplazo, compartidas y reelaboradas, articulan actualmente a todos los movimientos de extrema derecha
El éxito en su difusión se debe a varios factores. Primero, apelando a cierto “sentido común demográfico”, basado en la noción de equilibrio, hace mucho tiempo desacreditado en Demografía, según la cual, las migraciones son el resultado de desequilibrios en la fecundidad o en la estructura por edades de sociedades que estas tenderían a equilibrar. De ahí las expresiones mediáticas de «la presión demográfica o migratoria» o «la falla demográfica», como justificación de los movimientos migratorios. Así se obtiene una respuesta simple a los cambios sistémicos en materia de población de difícil comprensión. En segundo lugar, su éxito proviene del desplazamiento al ámbito demográfico de la causalidad económica, y de lo estructural a lo individual, a partir de «los valores», como el único elemento que explicaría los comportamientos demográficos. Esa visión, que entronca con el principio neoliberal, según el cual son las decisiones racionales de los individuos en lo micro lo que conforma la estructura macro, es sobre la que se cimenta la visión ultrareaccionaria, según la cual todos los males demográficos provienen de las izquierdas, el movimiento feminista, y las elites europeas que promueven el hedonismo, alejadas de los valores patrimonializados por la derecha. Son estas metáforas en las que se cimientan conceptos como el de «reemigración», más allá del eufemismo que significa para denominar la expulsión de inmigrantes y de sus descendientes, correspondiendo a la proyección fantasmática de la minorización de la población autóctona por el crecimiento demográfico diferencial de la inmigrada, que ha servido para legitimar el uso de la violencia por la mayoría autóctona sobre la población inmigrada minoritaria. No solo de su deportación forzosa. Por supuesto en España, VOX se ha hecho eco de ese lema.
La lepenización de la población, los partidos y las instituciones comunitarias
El término, acuñado en 1997 como «lepenización de los espíritus» por el ministro de Justicia francés, el socialista Robert Badinter, en el contexto del debate sobre la ley Debré de inmigración en Francia (a propósito de la mudanza del voto de la clase obrera tradicionalmente de izquierdas, por el voto al partido Frente Nacional entonces liderado por Jean Marie Le Penn), lo extendemos aquí de forma que ya no únicamente se refiere a los antiguos votantes de la izquierda, sino a cualquier ámbito político. Sobre todo a votantes para los que anteriormente la inmigración no constituía un decantador del voto, los partidos que antes no solo no se definían como detractores de la inmigración, sino que incluso podían haber sido sus principales defensores, y a las instituciones, definidas hasta el momento por su neutralidad o proactividad, entre ellas las de la propia Unión Europea.
El término «lepenización» alude a la adopción por parte de la población, partidos e instituciones de los postulados antiinmigratorios de la extrema derecha
Por lo general, ese viraje refiriéndose a la población, se ha atribuido al desasosiego provocado por el crecimiento de la desigualdad económica y a la incapacidad para asimilar la velocidad con la que se están dando los cambios demográficos, económicos y sociales, cuando no se ha achacado al «olvido» de los sectores populares perjudicados por la globalización económica. Mientras que hablando de partidos, se ha enjuiciado como un oportunismo táctico promovido por la creciente competencia electoral con los grupos de extrema derecha en ascenso. De manera que endurecer el discurso, poner orden en nombre de la seguridad, y con él las prácticas que definen la política migratoria en su conjunto –tanto en el control de los flujos como en el asentamiento de la población inmigrada–, ha sido la señal de esa lepenización que no se detiene ni mucho menos en la derecha tradicional. La obstrucción del PP al reparto de los menores no acompañados en las diversas comunidades autónomas y, en general, de las políticas en materia migratoria emprendidas por el gobierno de coalición entre PSOE y Sumar, así como las cesiones al discurso de VOX, son un buen ejemplo en España. Pero no se limita a ser una mera táctica, sino que se asocia a las visiones más conservadoras sobre la sociedad, compartidas no sin contradicciones, con los axiomas neoliberales.
La adopción progresiva de esa visión que restringe las políticas migratorias a causa de la seguridad por parte de los que antaño la defendieran en nombre de la competitividad, la demanda de un mercado laboral ideal o de los derechos humanos ha tenido como contrapartida la aceptación de partidos y asociaciones antiinmigración de la necesidad de las migraciones, a partir de las tesis de las migraciones de reemplazo. Así, se ha dado una modulación en el terreno de la selección étnica de los migrantes según las propias tradiciones coloniales de cada uno de los países, convertida en relativismo cultural. De este modo, el razonamiento principal de todos estos grupos es que no se rechaza la migración, solo a aquellos colectivos e individuos que «no quieren integrarse», sea por la supuesta distancia cultural que los separa de los países y culturas de recepción, sea por su actitud personal o anomia social –delincuencia–. Sirva de ejemplo VOX en España y su discurso pannacionalista sobre la Hispanidad, compartido por el PP, que favorece la migración de origen latinoamericano, y su oposición a la africana, mayoritariamente de práctica musulmana, vinculándose con los prejuicios casticistas del nacionalcatolicismo español.
En ese proceso de lepenización es en el que hay que situar la aceptación de la externalización de los centros de detención a países terceros como sucede en Gran Bretaña, Dinamarca o Italia, con escasas garantías de los derechos de los migrantes y en general la restricción generalizada de los derechos de asilo y refugio, así como la flexibilización de las deportaciones.
Conclusiones: migraciones en la resaca de la globalización
La Unión Europea, contaba en 2024 con 449,2 millones de habitantes. Su crecimiento en población durante el siglo XXI, pese al incremento del peso de la migración como respuesta adaptativa del sistema demográfico a la globalización económica y a la reciente ola de refugiados a raíz de la invasión de Ucrania, ha sido extrademográfico. Esto es, se ha debido esencialmente a la integración de nuevos socios europeos. El desarrollo de sus políticas migratorias se ha llevado a cabo en el difícil equilibrio de la construcción de una entidad supranacional y la conservación de las soberanías nacionales. Los principales instrumentos comunitarios en materia de migraciones – entre los que se cuenta la creación en 2000 el Sistema Europeo de Datos (EURODAC) que entró en funcionamiento en 2003, la agencia Europea de Guardias de Fronteras y Costas (FRONTEX) en 2004, y el Sistema Europeo Común de Asilo (CEAS) en 2012– se han ido definiendo progresivamente de forma cada vez más restrictiva, al tiempo que en la pugna por la soberanía, los partidos euroescépticos hacían de las restricciones en materia de migración la piedra de toque de la soberanía nacional. Desde la gran recesión de 2008, reforzado por la crisis de los refugiados de 2015 que hicieran tambalear los acuerdos de Schengen sobre libre circulación, esa pugna en torno a la soberanía centrada en la migración se ha disparado. El ascenso de los partidos de extrema derecha en cada uno de los países de la UE, y la consecuente presencia de estos en el Parlamento Europeo, explican esa dinámica de lepenización instalada en la UE.
Pese a los esfuerzos para combatir el discurso de la involución respecto a la demografía en la UE, por ejemplo, con la creación en 2019 de la vicepresidencia Democracia y Demografía en la Comisión Europea, al sostener una visión economicista −supeditada al mercado de trabajo ideal y el motor del máximo beneficio privado−, y securitaria −evaluándose como riesgo−, las políticas migratorias de la UE están condenadas al fracaso. Sino en los fines, coinciden en parte en el análisis de las causas de la migración, aplicando el «sentido común demográfico» anteriormente aludido, como si se tratara de una cuestión de física hidraúlica.
En el contexto de la resaca de la globalización que parece haber iniciado con la administración Trump y la redefinición de los bloques geoestratégicos, el discurso antiinmigratorio se ha puesto en el centro, a pesar de contradecir a todas luces las necesidades del mercado de trabajo, marcado por la segmentación y una demanda sostenida para trabajos de baja cualificación debida tanto al modelo productivo como a la externalización del trabajo reproductivo al mercado. Esas políticas restrictivas tendrán como primer resultado una reestructuración de los sistemas migratorios, entre los que, a corto plazo y en el caso español deberíamos contar con un aumento de los flujos dirigidos a España que anteriormente se dirigían a los Estados Unidos –tanto los de trabajadores mayoritariamente centroamericanos de baja cualificación, como a los de alta cualificación de todo el continente latinoamericano–. Junto a ese primer resultado, esa contradicción entre el mercado demandante de migraciones y las políticas restrictivas se quiere resolver, primero, reduciendo los derechos de refugio y asilo –en el mismo momento que se prevé un ascenso de la movilidad mundial debido al cambio climático y al proceso de reajuste geoestratégico–, y, segundo, a costa de los derechos de la población inmigrada, reduciéndolos en la medida que se restringen las migraciones. Dicho de otro modo, dejándolos más expuestos a situaciones de explotación económica. Conviene recordar que los derechos de los inmigrantes han constituido durante este siglo el laboratorio de las políticas de desregulación y precarización de la clase trabajadora en un contexto de crecimiento de la desigualdad.
Andreu Domingo Valls es subdirector del Centre d’Estudis Demogràfics, Universitat Autònoma de Barcelona.
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NOTAS:
1 Este texto forma parte del proyecto I+D Migraciones y estrategias de reproducción demográfica y social en España: género, origen y clase (MIGRA-GOC) subvencionado por el Ministerio de Ciencia e Innovación PID2023-148711OB-I00
2 Dirk J. van de Kaa, «Europe’s Second Demographic Transition», Population bulletin, 1987, vol. 42, 1, marzo de 1987, 1-29.
3 Ron Lesthaeghe, The Second Demographic Transition in Western Countries, an interpretation. Bruselas, Princeton University Library, 1991; y Dirk J. van de Kaa, (1994) «Europe’s Second Demographic Transition Revisited, Theories and expectations», en G. C. N. Beets, y otros, Population and Family in the Low Countries, 1993. Late fertility and other Current Issues, NIDI, La Haya, 1994, pp. 81-126.
4 Ronald Inglehart, The Silent Revolution, Changing Values and Political Styles Among Western Publics, Princenton University Press, Princenton,1977.
5 Gosta Esping-Andersen, The Three Worlds of Welfare Capitalism, Polity Press, Pincenton, 1990.
6 Gary Becker, Tratado sobre la familia, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
7 Gemma Pinyol-Jiménez y Andreu Domingo, «Demografía y Gobernanza migratoria en el siglo XXI en la Unión Europea: ¿un envite para la democracia?», Cuaderno de estrategia 232, Panorama demográfico global: impacto de las migraciones y tendencias demográficas en el siglo XXI, Instituto Español de Estudios Estratégicos, Ministerio de Defensa de España, Madrid, 2025, pp. 117-163.
8 Andreu Domingo, «Las metáforas sobre la población: suicidio demográfico, invierno demográfico y gran remplazo», en Andreu Domingo (ed.) La coartada demográfica. Y el discurso de la involución en España, Icaria, Barcelona, 2023, pp. 59-94.
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