Conservación radical: extravíos y nuevas direcciones

El mundo está perdiendo biodiversidad a un ritmo alarmante. Actualmente, se está extinguiendo un número récord de especies, alterando indeleblemente el carácter de los ecosistemas y empobreciendo la comunidad de vida de la Tierra.

La magnitud del impacto, junto con otras grandes crisis como el cambio climático, ha llevado a muchos científicos a anunciar una nueva era geológica, el Antropoceno. Puede que este término tan controvertido no sea la forma más precisa de describir nuestro momento actual, pero la necesidad urgente de un cambio transformador se hace más evidente con cada especie que se pierde.2

La comunidad conservacionista mundial, empujada por esta grave realidad, lanza llamamientos y advertencias cada vez más fuertes. El Fondo Mundial para la Naturaleza recientemente ha declarado sin ambages que «nuestra relación con la naturaleza está truncada». Algunos académicos hablan de "aniquilación biológica" para describir la crisis3 principales organizaciones reconocen que la crisis no está llegando, sino que ya está aquí.

Nos encontramos en este marasmo no por falta de un esfuerzo global de conservación amplio y bien financiado. De hecho, es posible que muchas personas sigan sintiendo alivio porque, al menos en el caso de la crisis de la biodiversidad, existen importantes instituciones y marcos políticos que tratan de resolverla. Sin embargo, existe una contradicción inquietante: en las últimas décadas, la crisis de la extinción se ha acelerado a pesar del éxito del principal pilar de las estrategias convencionales: la ampliación de las áreas protegidas. Por lo tanto, duplicar los enfoques convencionales de conservación será insuficiente para cambiar nuestra peligrosa trayectoria en pro de un futuro sostenible. Al no abordar las fuerzas subyacentes que impulsan la crisis de la biodiversidad,

De hecho, podría decirse que los enfoques convencionales son parte del problema. Para entender por qué, debemos tener claro el significado de "conservación convencional". El paradigma dominante tiene sus raíces en el modelo de "fortaleza" que surgió en Norteamérica a finales del siglo XIX y principios del XX y que pretendía proteger las áreas naturales de los impactos de la rápida industrialización, permitiendo al mismo tiempo que dicha industrialización continuara en otros lugares. Así, desde el principio, la corriente principal de la conservación ha estado entrelazada con las causas sociales y filosóficas fundamentales de las crisis globales contemporáneas: los impactos de la insaciable sed de crecimiento económico del capitalismo y una respuesta que entiende la naturaleza y la cultura como algo dicotómico. En lugar de desafiar el orden capitalista expansivo, el movimiento conservacionista acordonó los espacios para la recreación (de las élites) mientras ampliaba los usos de la biodiversidad para el crecimiento económico mediante su conversión en "capital natural".

La relación entre la corriente principal de la conservación y el capitalismo se profundizó a principios de la década de 1990 con el ascenso del discurso del "desarrollo sostenible". Cediendo al culto hegemónico de los beneficios y el mercado, los conservacionistas empezaron a argumentar que la forma más eficaz de proteger la naturaleza era darle un valor monetario. Al revelar su valor económico, se esperaba proteger la naturaleza mediante instrumentos de mercado que incluían el ecoturismo, los pagos por servicios de los ecosistemas, etc. Las ONG y las organizaciones intergubernamentales mundiales establecieron asociaciones con empresas multinacionales para avanzar en el supuesto objetivo compartido de la conservación; al mismo tiempo, esas mismas empresas continuaron extrayendo, emitiendo e invadiendo.

Ahora bien, se podría argumentar que sin todos estos esfuerzos por reservar zonas protegidas y crear conciencia capitalista del valor de la naturaleza, las crisis de la biodiversidad podrían haber sido aún peores. Pero esto ofrece poco consuelo mientras la crisis de extinción se acelera. De hecho, al enmascarar las causas más profundas de la crisis, la corriente acomodaticia ha retrasado la aparición de la conciencia política y económica fundamental para frenar las causas subyacentes de la pérdida de biodiversidad. Ya es hora de quitarse la máscara y replantearse radicalmente la filosofía y la práctica de la conservación.

 

¿Alternativas radicales o paradigmas defectuosos?

En respuesta a la urgencia de la crisis de la extinción y a la insuficiencia de las respuestas del statu quo, varios grupos conservacionistas han abogado por nuevas e importantes iniciativas para transformar la corriente principal de la conservación. Muchas de las voces más destacadas se sitúan en uno de los dos campos de reformistas: "nuevos conservacionistas" o "neoproteccionistas". Los nuevos conservacionistas abogan por abandonar la idea de una naturaleza "prístina" y, en su lugar, aprender a vivir de forma constructiva con la naturaleza y utilizarla para el desarrollo humano. Los neoproteccionistas proponen ampliar de forma masiva las áreas protegidas a nivel mundial, sobre todo a través de la iniciativa 30x30, que pretende proteger el 30% de la tierra para 2030.4 Aunque ofrecen ideas importantes y pretenden abordar las causas fundamentales de nuestra crisis de extinción, ambos enfoques adolecen de defectos fundamentales que anulan su potencial para proporcionar una base para la acción transformadora.

Los nuevos conservacionistas (o "ecomodernistas"), en su haber, rechazan la dicotomía naturaleza-cultura que trata el mundo natural como un lugar "allá" que hay que proteger, en lugar de la base viva de toda la vida, incluida la humana. Los ecosistemas siempre cambian, argumentan, y en el Antropoceno, los humanos deben averiguar cómo vivir en la tierra y gestionarla como un "jardín bullicioso". Este bando acoge la crítica de los científicos sociales de que los proyectos de conservación no deben perjudicar a las personas de su entorno, como las desplazadas por la creación de áreas protegidas. Por el contrario, estos esfuerzos deben diseñarse para beneficiar a las comunidades locales y abordar las causas sociales y económicas subyacentes de la pérdida de biodiversidad, o arriesgarse a fracasar. Pero la nueva conservación socava este núcleo de sabiduría al reforzar, en lugar de resistir, la economía política dominante y defender las "soluciones" basadas en el mercado, como los servicios ambientales y la valoración del capital natural, que en última instancia acomodan la conservación al capitalismo. Si el expolio de la naturaleza se debe en buena medida a las depredaciones del capitalismo, ¿cómo puede ser más capitalismo el camino hacia un futuro sostenible, a pesar de las afirmaciones optimistas sobre las innovaciones a pesar de todo?5

El enfoque neoproteccionista es el inverso de la nueva conservación. Mientras que la nueva conservación rechaza la dicotomía naturaleza-cultura, los adoctrinadores neoproteccionistas afirman la división y se ponen del lado de la naturaleza. Creen que la única manera de evitar el colapso de los ecosistemas que sustentan la vida en la Tierra es proteger la naturaleza de las personas. Suelen rechazar los planes de conservación basados en el mercado por considerarlos perjudiciales o inadecuados, y en su lugar presentan propuestas ambiciosas para devolver hasta la mitad de la Tierra a la "naturaleza". En particular, también piden que se impongan límites estrictos a las poblaciones humanas, al consumo y al crecimiento económico.6 Así, a diferencia de la nueva conservación, muchos neoproteccionistas critican el capitalismo contemporáneo, ya sea implícita o explícitamente.

La visión neoproteccionista de acordonar inmensas franjas de la tierra implicaría un desplazamiento humano sin precedentes por la vía de la fuerza.

Sin embargo, el defecto del neoproteccionismo es la fe poco realista en la posibilidad de identificar nuestra salida del problema. La larga historia del capitalismo de transgredir las propias fronteras que crea sugiere que cualquier separación de este tipo sería, en el mejor de los casos, temporal. Pero incluso si la expansión capitalista pudiera contenerse, la visión neoproteccionista de acordonar inmensas franjas de la tierra implicaría un desplazamiento humano sin precedentes por la vía de la fuerza. Históricamente, la creación de áreas protegidas ha exigido a menudo la reubicación forzosa de las comunidades indígenas, eliminando así a las mismas personas cuya gestión de la tierra hizo que las áreas fueran atractivas para los conservacionistas.

La adopción de los principales elementos de estos nuevos marcos señala una "revolución de la conservación" en ciernes. Sin embargo, ninguna de estas perspectivas aborda adecuadamente las raíces socioecológicas de la crisis de la biodiversidad, ni sus políticas ofrecen una alternativa progresista a las políticas convencionales o a la amenaza real de las políticas reaccionarias e imperialistas en todo el mundo. Por ello, necesitamos otro modelo de conservación que rechace tanto el imperativo capitalista de crecimiento como el rígido dualismo que separa a los seres humanos del resto de la naturaleza.

 

Hacia una conservación convivencial

La necesidad de una tercera vía ha inspirado nuestro concepto de conservación convivencial, que puede servir de marco transformador para la conservación en una Gran Transición.7 La diferencia crucial entre la conservación convivencial, la conservación convencional y las otras dos alternativas radicales es que la conservación convivencial parte explícitamente de una perspectiva de ecología política, impregnada de una sólida crítica a la economía política capitalista.8 Su rechazo a la dicotomía naturaleza-cultura y al capitalismo centrado en el crecimiento hace que la conservación convivencial sea más radical que las otras alternativas, pero al mismo tiempo, dada la escala y la urgencia de la crisis y sus causas fundamentales, más realista.

 

 

Fuente: Elaboración propia

 

La premisa subyacente de la conservación convivencial afirma que nuestros graves retos de conservación no pueden superarse sin enfrentarse directamente al capitalismo y a sus arraigadas dicotomías y contradicciones. El marco se basa en una política de equidad, cambio estructural y justicia medioambiental. Apunta directamente a los intereses económicos de las élites mundiales y trasciende la fe tecnocrática de muchos pragmáticos contemporáneos. Y lo que es más importante, se une con entusiasmo al actual auge del cambio estructural sistémico a través de una Gran Transición. Se solidariza con los movimientos locales e indígenas que buscan restaurar y reinventar formas convivenciales de sostenibilidad que conecten a los seres humanos con el resto de la naturaleza.9 La conservación convivencial adopta esta visión más amplia, afirmando que el éxito en el ámbito de la conservación requiere confrontar y transformar la economía política global general en la que está inserta.

Nuestros graves retos de conservación no pueden superarse sin enfrentarse directamente al capitalismo y a sus arraigadas dicotomías y contradicciones

El paradigma de la conservación convivencial exige un cambio en la forma de abordar la conservación, tanto en el discurso como en la práctica. En primer lugar, debemos cambiar la forma de conceptualizar la naturaleza y reincorporar las "áreas protegidas" a su entorno social, político y ecológico. Debemos dejar de proteger la naturaleza no humana de los humanos, y en su lugar promover activamente formas de vivir juntos con todas las complejidades que ello conlleva, es decir, dejar de considerar la naturaleza como "áreas protegidas" distantes y comprometernos con ellas como "áreas promocionadas". Ya no debemos vernos a nosotros mismos como "salvadores" de la naturaleza, sino que debemos insistir en alimentar formas en las que la naturaleza humana y no humana puedan prosperar juntas. Debemos cuestionar la visión de la naturaleza humana que nos impone la corriente económica dominante: una visión que nos considera separados del resto del mundo natural y que se centra de forma egoísta en la maximización del beneficio. Debemos enmarcar la naturaleza humana como algo que nos predispone a conectar positivamente con la vida no humana y a crear un espacio para ella, considerando las necesidades y deseos materiales dentro del contexto más amplio de los aspectos cualitativos de la realización.

En segundo lugar, debemos revisar la forma en que experimentamos el medio natural. La crisis de COVID-19 demuestra que depender del turismo insostenible y poco fiable y de otros mecanismos basados en el mercado para financiar los ecosistemas que mantienen la vida y la biodiversidad es ilusorio. Esta comprensión también significa que debemos pasar de un ambientalismo "del espectáculo" a uno cotidiano. Sí, las naturalezas espectaculares –ya sea la majestuosidad de una cascada amazónica o el dolor del oso polar amenazado por el clima– venden, pero son una parte minúscula de todas las variadas naturalezas "cotidianas" más mundanas de las que depende nuestra supervivencia a largo plazo.

Por último, de esa nueva forma de pensar e interactuar con la naturaleza debe surgir una nueva manera de gobernar nuestra relación con ella, que pase de la tecnocracia privatizada de los expertos al compromiso democrático popular. La conservación debe trabajar para hacer de la biodiversidad un bien común global basado en la toma de decisiones democráticas directas centradas en las personas que viven con la biodiversidad (en peligro), y no en el ámbito de un puñado de expertos, en su mayoría blancos y acomodados.

En esencia, la conservación convivencial exige una transformación del modelo de desarrollo. Al igual que algunos neoproteccionistas, los conservacionistas convivenciales rechazan la exigencia de una retirada heroica de tierras y los desplazamientos a gran escala que ello conllevaría (agravando y ampliando los daños históricos). Por el contrario, ha llegado el momento de descolonizar la conservación ofreciendo reparaciones a quienes ya han sido desplazados y marginados por las áreas protegidas. Esto podría consistir en la devolución de las tierras a las comunidades locales o, al menos, en la adopción de responsabilidades de copropiedad o cogestión de forma que se respete la biodiversidad, así como los pueblos indígenas y otros pueblos marginados y sus derechos a la naturaleza.

En este sentido, la conservación convivencial comparte la preocupación de la nueva conservación de que los objetivos de la biodiversidad no pueden alcanzarse con esfuerzos que conduzcan al empobrecimiento y al desplazamiento de las comunidades locales. En paralelo, rechaza la adhesión de la nueva conservación al paradigma capitalista dominante y a sus defectuosas herramientas políticas basadas en los mecanismos de mercado. En su lugar, deberíamos adoptar enfoques alternativos emergentes, como la redistribución de la riqueza mediante la instauración de alguna forma de renta básica de conservación (RBC). Una política de este tipo garantizaría una vida digna a las personas que viven en zonas promocionadas o cerca de ellas, y facilitaría así el cuidado local de la biodiversidad.

Con una ética de descolonización y redistribución en su núcleo, una estrategia de conservación adecuada para una Gran Transición abandonaría las relaciones amables de las organizaciones conservacionistas tradicionales y nuevas con las corporaciones y las industrias extractivas. Estas relaciones, perseguidas en nombre de un pragmatismo falaz, tienen como resultado el lavado verde y la legitimación de modelos empresariales insostenibles. En su lugar, los actores de la conservación deben unirse en un movimiento global independiente –una Coalición de Conservación Convivencial– que se comprometa a desafiar los intereses creados mediante campañas coordinadas, al tiempo que defiende y experimenta con prácticas alternativas.

Las nefastas condiciones sobre el terreno, combinadas con la ineficacia de las estrategias dominantes, ponen de manifiesto una sombría realidad: es necesario realizar un cambio fundamental en el paradigma de la conservación. Los ambiciosos enfoques que aquí se esbozan –la nueva conservación y el neoproteccionismo– son respuestas a este reto que han suscitado el interés de muchos conservacionistas sensibilizados con la urgente necesidad de una acción radical ante la aceleración de la sexta extinción. Sin embargo, en última instancia, estas alternativas se ven obstaculizadas por no ir a la raíz de la crisis.

Los escépticos y los detractores pueden descartar las estrategias basadas en un cambio social fundamental por considerarlas poco realistas. Sin embargo, enfrentarse a la magnitud de la crisis con los ojos bien abiertos y localizar los factores que la impulsan en el fondo de las estructuras de poder institucionales es reconocer que la política transformadora, y no soluciones incrementales graduales, marcan un camino pragmático. Además, imaginar la conservación fuera de la caja capitalista es un ejercicio liberador, que contrarresta las ansiedades ecológicas y las pesadillas catastróficas, al tiempo que libera energía colectiva positiva. Un movimiento unido en torno a una visión convivencial de la conservación sería un poderoso agente de cambio en la Gran Transición.

 

Bram Büscher es profesor y presidente del grupo de Sociología del Desarrollo y el Cambio de la Universidad de Wageningen y coautor, con Robert Fletcher, de The Conservation Revolution: Radical Ideas for Saving Nature Beyond the Anthropocene.

Robert Fletcher es profesor asociado del grupo de Sociología del Desarrollo y el Cambio de la Universidad de Wageningen y coautor, con Bram Büscher, de The Conservation Revolution: Radical Ideas for Saving Nature Beyond the Anthropocene.

 

NOTAS:

1. Este texto inaugura el foro «Conservación en la encrucijada» organizado por Great Transition Initiative en mayo de 2022, disponible en: https://greattransition.org/. Agradecemos a los organizadores de GTI el permiso para republicarlo en español.

2. Véase, por ejemplo, el debate de Jason Moore sobre el "Capitaloceno" en El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital, Traficantes de sueños, Madrid, 2020,  así como "Interrogating the Anthropocene: Truth and Fallacy ", Foro GTI, Great Transition Initiative (febrero de 2021), disponible en: https://greattransition.org/gti-forum/interrogating-the-anthropocene.

3. Fondo Mundial para la Naturaleza, Informe Planeta Vivo 2020, WWF, Gland (Suiza), 2020; Gerardo Ceballos, Paul Ehrlich y Rodolfo Dirzo, «Biological Annihilation via the Ongoing Sixth Mass Extinction Signaled by Vertebrate Population Losses and Declines», PNAS 114, núm. 30, 2017, E6089-E6096, disponible en: https://www.pnas.org/doi/pdf/10.1073/pnas.1704949114

4. Véase https://www.campaignfornature.org/Background. Incluso más recientemente, se han hecho esfuerzos para reunir estos diferentes enfoques en una agenda sintética "positiva para la naturaleza".

5. Emma Marris, Rambunctious Garden: Saving Nature in a Post-Wild World, Bloomsbury, Nueva York, 2011; Peter Kareiva, Michelle Marvier y Robert Lalasz, «Conservation in the Anthropocene. Beyond Solitude and Fragility», Breakthrough Journal, 2, otoño de 2011.

6. George Wuerthner, Eileen Crist y Tom Butler (eds.), Protecting the Wild. Parks and Wilderness: The Foundation for Conservation, Island Press, Londres, 2015; Edward O. Wilson, Half-Earth: Our Planet’s Fight for Life, Liveright Publishing, Londres, 2016.

7. Ampliamos los argumentos de este ensayo en The Conservation Revolution: Radical Ideas for Saving Nature Beyond the Anthropocene, Verso, Nueva York, 2020. El término conservación convivencial viene del latín "con vivre" ("vivir con") y alude al clásico de Ivan Illich Tools for Conviviality, Harper & Row, Nueva York, 1973; y La convivencialidad, Virus, Barcelona, 2012.

8. Raymond Bryant, The International Handbook of Political Ecology, Edward Elgar, Cheltenham, 2015.

9. Noah Theriault et al., «Living Protocols: Remaking Worlds in the Face of Extinction», Social & Cultural Geography, 21, nº 7 (2020): 893-908; véase también el notable trabajo del consorcio Indigenous and Community Conserved Areas (ICCA), disponible en: https://www.iccaconsortium.org/

 

Esta publicación ha sido realizada con el apoyo financiero del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITERD). El contenido de la misma es responsabilidad exclusiva de FUHEM y no refleja necesariamente la opinión del MITERD.


Entrevista a José Manuel Naredo: el mito de Sísifo y el gatopardismo de los no-conceptos

El número 158 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global publica en su sección A FONDO, una entrevista a José Manuel Naredo, al hilo de su último libro, La crítica agotada, donde explora la doble sensación de agotamiento y cansancio de un discurso crítico harto de repetir un frustrante y estéril ejercicio, al modo de Sísifo.

La crítica viene empujando cuesta arriba unos pseudoconceptos en sintonía con la ideología económica y política dominante para que, aun pretendiendo cuestionarlo todo, al final nada cambie. Términos fetiche a la moda con los que la crítica se lastra, desviando la atención de los auténticos problemas y responsables de la situación actual.

Pedro Lomas (PL): Este libro no surge de un encargo académico, sino que proviene de una gran paradoja, de un malestar, si utilizamos términos freudianos, ¿en qué situación nos encontramos para afirmar que la crítica social puede estar agotada?

José Manuel Naredo (JMN): La verdad es que no suelo investigar y publicar por encargo, salvo en el caso de algunas propuestas o proyectos que me han motivado especialmente. Afortunadamente el hecho de que no haya tenido que vivir de la pluma, ni acomodarme a los requerimientos del mundo académico para obtener ayudas y proyectos me ha dado más libertad de la que gozan los que tienen que someterse a estos controles o servidumbres. Generalmente es el afán personal de reflexionar sobre ciertos temas para clarificarlos el que ha venido impulsando mis quehaceres investigadores y mis publicaciones, ya fuera en solitario o embarcando a otras personas en el empeño.

Como apuntas, las reflexiones de este libro vienen motivadas por la siguiente gran paradoja: cuanto más evidente se hace la crisis de civilización que nos ha tocado vivir, más difícil parece reconducirla hacia horizontes ecológicos y sociales más saludables. Y esta paradoja genera frustración entre las personas críticas al statu quo. En efecto, durante largo tiempo oleadas de movilización social orientadas a conseguir una sociedad más justa y habitable pasaron y se desvanecieron, junto con las ilusiones que mantenían vivo el empeño militante, sin haber logrado sus metas. El hecho de que se haya repetido tanto esta experiencia sin que el denodado esfuerzo militante culmine su propósito o, peor todavía, que cuando parece estar cerca de alcanzarlo –al haber triunfado una revolución o ganado unas elecciones– ese propósito se acabe desvaneciendo y haya que empezar de nuevo me recordó el mito de Sísifo que ilustra la portada del libro. Este mito es uno de los más conocidos de la mitología griega y evoca a un rey castigado por los dioses a empujar una gran piedra hasta la cumbre de una montaña para que, una vez arriba, y al no poder asegurarla, la piedra caiga de nuevo por la pendiente hasta abajo, y así una y otra vez por toda la eternidad.

Entre otros ejemplos, en el libro comparo el impasse sociopolítico actual con mis vivencias de hace cincuenta años, cuando un aluvión de acontecimientos, publicaciones y movilizaciones hacía más plausible que ahora el cambio de paradigma y/o de civilización hacia una sociedad más justa y saludable para la mayoría. Y el hecho de que la gran piedra de Sísifo haya caído más abajo de lo que estaba a principios de los setenta me ha incitado a reflexionar sobre las causas de que esto ocurra. En el libro apunto determinadas causas externas al pensamiento crítico. Veo cómo en los ochenta repuntó el pulso de la coyuntura económica animada por la caída de los precios del petróleo y otras materias primas, por las masivas inyecciones de liquidez y las nuevas formas de lucro asociadas a los procesos de mercantilización, financiarización, privatización y desmantelamiento del Estado de bienestar.

En lo ecológico analizo cómo se desplegaron potentes inversiones en instituciones, políticas y discursos de imagen verde, unidos a la invención de términos fetiche y a la multiplicación de eventos ceremoniales con los que entretener a la gente. Y en lo político veo cómo el desmoronamiento del socialismo real y de sus prometedores atajos revolucionarios resultó difícil de digerir para una militancia y una intelectualidad calificada de progresista o de izquierdas que venía idealizando y avalando la marcha del socialismo real frente al capitalismo real, generándose un desánimo y una desorientación que todavía duran. Pero la reflexión del libro se centra sobre todo en el impasse ideológico que subyace y explica en buena parte el actual impasse sociopolítico. Se analiza cómo el discurso crítico se ve desorientado por señuelos e idolatrías y lastrado por no-conceptos que le hacen seguir el lamentable ejemplo de Sísifo.

La portada y el título del libro, La crítica agotada, responden a la doble sensación de agotamiento y cansancio de un discurso crítico harto de repetir un frustrante y estéril ejercicio: si Sísifo tenía que subir una enorme roca hasta lo alto de una montaña para, una vez coronada, ver cómo se deslizaba pendiente abajo, la crítica viene empujando cuesta arriba unos pseudoconceptos en sintonía con la ideología económica y política dominante para que, aun pretendiendo cuestionarlo todo, al final nada cambie. «Producción», «medio ambiente», «desarrollo sostenible», «lucha contra el cambio climático», «neoliberalismo», «poscapitalismo» o «fundamentalismo de mercado» son solo ejemplos de términos fetiche a la moda con los que la crítica se lastra, desviando la atención de los auténticos problemas y responsables de la situación actual.

Hay términos fetiche de moda con los se lastra la crítica, desviando la atención de los auténticos problemas y responsables de la situación actual

En este amplio contexto, las reflexiones del libro se centran más en el impasse ideológico que explica en buena medida el impasse socio-político antes mencionado. Impasse ideológico que permanece anclado a viejas idolatrías y lastrado por una serie de términos fetiche, jaculatorias ceremoniales… o no-conceptos con los que la retórica política, económica y ecológica consigue entretener y hasta emocionar a la gente, desviando la atención y las críticas de los principales problemas y protagonistas de la situación actual y de sus posibles cambios.

 

PL: En este trabajo, nos ilustras sobre un amplio abanico de no-conceptos, una idea que surge de observar cómo el pensamiento crítico está entrampado en determinadas categorías que agotan su discurso, ¿podrías explicar en qué consisten esos no-conceptos? ¿cuáles crees que son los principales no-conceptos que bloquean el discurso crítico, y en qué ámbitos los podemos encontrar?

JMN: Cabe definir un concepto como la representación mental de un objeto. La palabra concepto procede de «concebir o idear» algo que se supone tiene algún contenido. El concepto trata así de acotar o definir ese contenido. El problema estriba en que a veces se consigue que el concepto defina bien un contenido que se supone tiene correspondencia con la realidad, pero otras el concepto queda difuso e incluso sobrevuela el mundo real, con el agravante de que se le atribuye una realidad que no existe. Entramos aquí en el terreno de los mitos, las metáforas encubiertas o los términos fetiche, que proliferan en el campo más permisivo de las ciencias sociales y que se enarbolan engañosamente y con convincente fuerza en la retórica política, económica e incluso ecológica. El libro ilustra con ejemplos la variada casuística del extendido manejo de estos conceptos deshilachados o difusos que podríamos calificar de no-conceptos o pseudo-conceptos –con distintas figuras del lenguaje que se identifican en el libro– y reflexiona sobre las consecuencias encubridoras que suele entrañar su uso generalizado viendo que la antigua querencia religiosa del espíritu humano a interpretar los variados eventos del universo como si fueran producidos por la acción de agentes sobrenaturales, lejos de desaparecer, ha mudado y permanece viva bajo nuevos ropajes científicos.

Para clarificar este panorama el libro avanza en la elaboración de una especie de genealogía conceptual que espero contribuya a desvelar las trampas del leguaje que apuntalan el statu quo a la vez que descarrían y debilitan la crítica social. Para ello investigo el origen, el contenido y la correspondencia de los conceptos con el mundo al que teóricamente se refieren. Al revisar esta correspondencia vemos que el conocimiento matemático es el único en el que las definiciones de los conceptos coinciden necesariamente con la realidad. Por ejemplo, el triángulo, el cuadrado o el círculo se corresponden siempre con su definición sin dar lugar a equívocos: no tendría sentido hablar de circunferencias triangulares o de cuadrados redondos. Sin embargo, se habla alegremente de economías circulares, verdes, sostenibles, resilientes, de automóviles ecológicos, de edificios inteligentes… o se pide justicia climática. Pues en las ciencias naturales y, no digamos, en las sociales la correspondencia de los conceptos con la realidad se hace más laxa hasta llegar a distanciarse por completo, haciendo que en este caso su función encubridora o mixtificadora predomine, sin decirlo, sobre la explicativa o predictiva.

Los investigadores han tratado de acotar los márgenes de error e incertidumbre y los sesgos e interferencias de sus aproximaciones a la realidad con medios y resultados diferentes, que van desde las magnitudes y medidas propias de la ciencia cuantitativa y las taxonomías del objeto de estudio, hasta el extremo de los conceptos y lógicas borrosas (fuzzy logic) que conllevan incertidumbres también borrosas. Después de la lógica matemática, el primer paso para conectar los conceptos con la realidad lo dio la llamada ciencia cuantitativa, que es la que trabaja con el Sistema Internacional de Unidades Físicas1 (el SI), cuyas medidas se ha encargado de definir y de precisar la metrología y sobre el que reposan los principales logros técnicos. La correspondencia entre conceptos y realidades se reafirma todavía más en las ciencias que además de ser cuantitativas son experimentales. Es decir, en aquellas disciplinas que, no solo vinculan sus elaboraciones al SI, sino que pueden repetir el mismo experimento para estudiar sus resultados tantas veces como parezca necesario.

La definición matemática de las magnitudes físicas y empírica de las medidas asociadas al SI permite así acotar el margen de error de las mediciones y, con ello, refutar con solvencia las teorías que no alcanzan resultados fiables. Esto no ocurre con otras disciplinas cuyos razonamientos se despliegan al margen del SI y que además no pueden repetir los experimentos, como es el caso particularmente extremo de las ciencias sociales, en las que la articulación lógica de su discurso llega a atribuir a entidades abstractas el papel de causas responsables de lo que nos sucede y en las que las teorías pueden mantenerse a flote como corchos frente a las olas de contrastación empírica por mucho que la realidad las contradiga. Hay que recordar, por ejemplo, que las pretensiones de ciencia cuantitativa propias de esa reina de las ciencias sociales que es la economía convencional carecen de fundamento, habida cuenta que las “magnitudes económicas” en las que habitualmente se apoya –como el Producto Interior Bruto (PIB) u otros “agregados” de Cuentas Nacionales– incumplen los requisitos propios de las magnitudes físicas y que sus medidas carecen de márgenes de error comprobables, como he venido precisando desde hace tiempo. A la vez que la noción usual de sistema económico, al asumirla como algo objetivo y universal, genera sus propias evidencias domesticadas que impiden impugnarlo desde dentro: para ello hay que relativizarlo y enjuiciarlo desde fuera, como una creación más de la mente humana. Hay que subrayar que en el lenguaje político es donde más se han venido divorciando los conceptos de la realidad. Como se expone ampliamente en el libro, el éxito del lenguaje político estriba más en las emociones que pueda suscitar su retórica, que en las razones que avalan su mensaje.

 

PL: Uno de estos no-conceptos, sobre el que reflexionas ampliamente en el libro es el de neoliberalismo. Los giros conceptuales que ha sufrido el liberalismo para llegar a la idea actual de neoliberalismo han contribuido a malinterpretar ciertas líneas de pensamiento liberal, así como a cargar este concepto de ciertos elementos negativos quizás ajenos a su origen. ¿Cuáles son estos elementos negativos ajenos a la idea original de liberalismo?

JMN: En el libro investigo la genealogía de los términos liberal y liberalismo, para luego hacerlo con el neoliberalismo. Analizo las variedades de liberalismo atendiendo a sus relaciones con las distintas nociones de libertad y con otras categorías y valores. Y, en lo que concierne al origen y evolución inicial del término liberal, me apoyo sobre todo en el libro de Helena Rosenblatt, Historia olvidada del liberalismo. Desde la antigua Roma hasta el siglo XXI.2 Mientras que hoy es corriente asociar el liberalismo con la protección de los derechos y los intereses individuales, en este libro se advierte que «este énfasis en el individuo y en sus intereses es algo muy reciente. Esta acepción de la palabra liberalismo ni siquiera existió hasta principios del siglo XIX y, durante cientos de años antes de su nacimiento, ser liberal significaba algo muy diferente. Durante casi dos mil años significó exhibir las virtudes de un ciudadano, mostrar devoción por el bien común y respetar la importancia de la conexión mutua».3 Y esta tradición sigue impregnando nuestro lenguaje y constituye un activo que ha venido facilitando la aceptación social del liberalismo político y figurando en las primeras acepciones del término liberal en los diccionarios.4

A continuación, analizo cómo pudo producirse el desplazamiento desde el primer significado de liberal, todavía recogido en los diccionarios como sinónimo de desprendido, generoso, cívico y amante del bien común, hacia el que meramente prioriza la defensa de los derechos y los intereses individuales y de lo privado frente a lo público o comunitario. Este desplazamiento se vino gestando durante largo tiempo a medida que se fue extendiendo la noción occidental de naturaleza humana supuestamente dominada por impulsos malvados y codiciosos y que la política y la economía fueron construyendo sobre ella sus nociones de sistema político y económico, como disciplinas ya separadas de la moral, con autores como Maquiavelo, Hobbes, Mandeville, Helvetius… ¿y Smith? En contra de la leyenda generalmente asumida, en el libro subrayo que Adam Smith no fue un eslabón más de esta corriente, sino que percibió que los principios liberales que él defendía en interés de la ciudadanía tenían poco que ver con los que defendían en interés propio los comerciantes, industriales y terratenientes de la época. Detectó así la contradicción entre las nociones tradicionales de libertad y liberalidad que él asumía y la libertad de explotación orientada a satisfacer, según Smith, «la “mezquina rapacidad” de los comerciantes y los industriales británicos que, en connivencia con la aristocracia terrateniente conspiraban contra el bien público».5 Además, como también comento en el libro, percibió tempranamente que los empresarios no eran partidarios de la libre competencia advirtiendo que «el interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado, pero estrechar la competencia».6

Paradójicamente su empeño en integrar la noción tradicional de liberal y liberalidad con la asociada al liberalismo económico moderno no solo no llegó a prosperar, sino que, sin quererlo, contribuyó a reforzar y desgajar esta última, que ha venido entronizando la idea abstracta de mercado, la consideración del egoísmo como motor del progreso económico y defendiendo lo privado frente a lo público o comunitario, sobre las que oficia la economía estándar con su creación del homo œconomicus.

La bifurcación que se observa entre la noción tradicional de liberal y liberalidad, cargada de virtudes sociales, y la asociada al más restringido liberalismo económico, cargado de egoísmo, aparece vinculada a aquella otra bifurcación inicial entre liberales y conservadores que se acabó reconciliando en el campo de la política al establecerse un liberalismo conservador. En el libro observo cómo Napoleón fue pionero en acuñar y refundar a principios del siglo XIX esta corriente de liberalismo conservador.  Y en España relato cómo en 1983 la “operación liberal de Fraga” dio el primer paso hacia esa reconciliación liberal-conservadora en el terreno de la política, que dejaría como algo arcaico y obsoleto el tradicional enfrentamiento entre liberales y conservadores que tantas pasiones levantó en su día. Este proceso ha permitido identificar también neoliberalismo con neoconservadurismo como hace Harvey en su Breve historia del neoliberalismo: «El neo- conservadurismo concuerda totalmente con la agenda neoliberal del gobierno elitista, la desconfianza hacia la democracia y el mantenimiento de las libertades de mercado».7

 

PL: Además, según nos cuentas, el concepto de neoliberalismo ha llevado a esconder a los verdaderos protagonistas y la naturaleza del sistema polí- tico actual. ¿Quiénes son esos protagonistas? ¿Cómo podemos caracterizar ese sistema político si tenemos en cuenta todo esto?

JMN: Efectivamente, analizo la genealogía del término neoliberalismo y concluyo que es un no-concepto creado por la izquierda que ha sido un verdadero regalo para la derecha. Pues al postular la izquierda que todos los males han venido urdidos por un supuesto neoliberalismo… o por hipotéticos mercados libres inexistentes, quedan indemnes los verdaderos responsables de los atropellos que se vienen realizando desde el poder para facilitar el lucro de algunos, abusos que, como advirtió Varoufakis, en muchos casos no son “nuevos” ni de “liberales”, aunque en ocasiones cuenten con el respaldo de algunos liberales complacientes para justificar privatizaciones y recortes varios.

El neoliberalismo como término fetiche contribuye así junto a los otros, como “la tiranía” o “el fundamentalismo del mercado libre”, a encubrir el despotismo caciquil imperante y a naturalizar el statu quo, cuando lo que determina nuestro devenir no es el neoliberalismo maligno, ni la tiranía de los mercados, sino las élites y redes de poder que conforman la actual tiranía corporativa que controla un sistema más bien neocaciquil que, lejos de ser libre y desregulado, esta hiperregulado para favorecer los intereses de ciertas corporaciones agrupadas en oligopolios que, a la vez, solicitan desregulación y libertad para acometer el saqueo de lo público y para explotar a su antojo la mano de obra, los recursos naturales y los territorios.

Lo que determina nuestro devenir no es el neoliberalismo maligno, sino élites y redes de poder que conforman una tiranía corporativa y un sistema neocaciquil

Por otra parte, al orientar la izquierda las críticas hacia el neoliberalismo, ha permitido a la derecha beneficiarse impunemente de las connotaciones positivas que durante siglos se han venido asociando a la palabra liberal y contribuye a que pueda presentarse ahora sin complejos como la verdadera defensora de la libertad, frente a supuestos socialismos o comunismos que la niegan. Resulta sorprendente que en nuestro país se haya podido invertir la situación respecto a lo que ocurría durante el franquismo y que, desde la “operación liberal” de Fraga, cuele impunemente que la antigua derecha conservadora franquista haya pasado a presentarse como defensora de la libertad frente a oposiciones tildadas despectivamente de socialistas y comunistas. La campaña ganadora de la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, en las elecciones de 2021 a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, a base de erigirse en defensora de la libertad frente a supuestos socialismos y comunismos culmina esta tendencia.

En suma, que el problema no es solo que el afán de la izquierda de atribuir al neoliberalismo todos nuestros males no ayude a aclarar la situación, sino que resulta para ella misma contraproducente, al dar por bueno el supuesto liberalismo de la derecha permitiendo que se erija en abanderada de la libertad, a la vez que se corre un tupido velo sobre el despotismo clientelar de carne y hueso que puebla y mantiene la actual tiranía corporativa con sus comisionists a bordo.

 

PL: Por otra parte, muchos de estos no-conceptos surgen del intento por parte del pensamiento crítico de ofrecer marcos teóricos que expliquen la realidad actual tras el fracaso a determinados proyectos históricos de emancipación social. ¿Qué tienen que hacer los movimientos sociales con estos no-conceptos para desbloquear la crítica social? ¿Es necesaria esta renovación conceptual o disponemos ya de herramientas para afrontar el mundo actual, y se trata, por tanto, de un esfuerzo vano? ¿Qué características tendrían que tener los nuevos marcos conceptuales para no acabar formando parte de un hipotético diccionario de no-conceptos?

JMN: No creo que el grueso de estos no-conceptos surjan, como dices, del intento del pensamiento crítico de ofrecer marcos teóricos que expliquen la realidad actual. A veces los términos y jaculatorias son inventados y divulgados desde los núcleos del poder, a modo de señuelos, para distraer la atención y desviar las críticas y los esfuerzos militantes y forman ya de entrada parte de la ideología dominante. Este sería el caso de la mismísima metáfora de la producción (cifrada con el famoso PIB) que sirve para encubrir, ignorar y santificar lucros impresentables, o con las invenciones del medio ambiente, de la economía ambiental o verde y del desarrollo sostenible, que apuntan a desactivar en el terreno de las palabras el conflicto entre economía y ecología, o entre desarrollistas y conservacionistas. Y el problema estriba en que muchos de estos no-conceptos son utilizados acríticamente por los propios movimientos sociales, e incluso asumidos como si fueran neutros o universales, dificultando así la elaboración de marcos teóricos distintos de los que ofrece la ideología política y económica dominante. Lo cual explica que muchos de los no-conceptos se inventen con poca fortuna desde los propios movimientos sociales, evitando también, sin quererlo, que las críticas den en el blanco. En este último caso más que ofrecer marcos teóricos verdaderamente explicativos de la realidad actual, acostumbran a revelar su carencia. Así lo atestigua entre otras cosas la inflación de los prefijos neo y pos –a la que dedico sendos apartados en el libro– que denota el afán de designar cambios de situación hacia nuevas realidades que todavía no tienen nombre, con la aplicación de prefijos a términos antiguos, lo que genera confusión. Por ejemplo, parecen contradictorios los empeños de calificar en publicaciones simultáneas el panorama y las tendencias actuales de neoliberales, neofascistas, neofeudales… o tecnofeudales.

Los términos prexistentes actualizados hoy con prefijos, si bien subrayan por separado algunos de los rasgos que caracterizan el panorama actual o tendencial, no llegan a definir bien en su conjunto la naturaleza del sistema socioeconómico imperante. Y esta incapacidad arranca a menudo de insuficiencias, tanto de los términos originarios a los que se les añaden los prefijos, como de las teodiceas y clasificaciones simplistas con las que se acostumbra a analizar la evolución de los sistemas sociales a lo largo de la historia. Entre otras muchas cosas, dar por buena esa creación de la ideología dominante que es la metáfora absoluta de la producción ha sido un lamentable paso en falso de las corrientes críticas del tipo de sociedad que había venido surgiendo y globalizándose tras la Modernidad y la Revolución Industrial. El afán de interpretar la historia como una sucesión de “modos de producción” eclipsó la efectiva evolución de toda una serie de modos de dominación que, lejos de sucederse unos a otros, han venido mudando y solapándose entre sí, como cabría ejemplificar con el clientelismo, el racismo, el machismo… o las distintas formas de dependencia económica. Por otra parte, algunos de los términos fetiche enarbolados por los movimientos críticos responden a conflictos internos no resueltos y alimentan sectarismos.

El libro llama a superar todos los no- conceptos, términos fetiche, idolatrías y falacias que hacen que los movimientos críticos evoquen el mito de Sísifo

En suma, respondiendo a tus preguntas, el libro hace una llamada a superar todos estos no-conceptos, términos fetiche, idolatrías y falacias que hacen que los movimientos críticos evoquen una y otra vez con sus frustrados esfuerzos el mito de Sísifo. Solo superando esos no-conceptos y los “puntos ciegos” que generan se podrá vislumbrar mejor el futuro y conseguir que la crítica coja aire y recupere fuerzas al orientar mejor sus críticas y alcanzar mejores resultados.

 

PL: Pero, como es costumbre, el libro va más allá de la crítica, y propone unas líneas guía para afrontar el colapso del pensamiento crítico a partir del enfoque ecointegrador. ¿Cuáles son las características básicas de este enfoque? ¿De qué tradiciones intelectuales bebe?

Efectivamente, tras denunciar el magma ideológico que protege la actual tiranía corporativa globalizada, la Cuarta Parte del libro recapitula sobre la encrucijada ideológica actual y replantea en positivo las trampas del lenguaje y las idolatrías denunciadas a lo largo del mismo para superar el actual impasse sociopolítico. Reflexiona sobre los requisitos necesarios para conseguir que prospere un nuevo conglomerado de enfoques y valores que se ha venido configurando para reorientar la actual crisis de civilización hacia horizontes sociales, económicos y ecológicos más prometedores. Considero que podríamos llamar al nuevo paradigma sociocultural emergente paradigma ecointegrador porque propugna la integración en un triple sentido. En primer lugar, la integración del conocimiento, para trascender el actual predominio de los enfoques sectoriales y parcelarios y, sobre todo, frente al sonado divorcio entre economía y ecología. En segundo lugar, la integración especie humana y naturaleza frente al tradicional enfrentamiento entre ambas, recordando que es la simbiosis, y no el enfrentamiento, la clave del enriquecimiento de la vida en la Tierra, lo cual induce a desplazar el actual antropocentrismo hacia un nuevo geocentrismo. Y en tercer lugar integrando individuo y sociedad, lo que implica una reconstrucción profunda de identidades y la recreación de la propia sociedad civil para generar un tejido social más cohesionado, frente al enfrentamiento y la polarización social que desata la actual pugna por la riqueza y el poder.

El nuevo paradigma sociocultural emergente ecointegrador propugna la integración en un triple sentido: del conocimiento; de especie humana y naturaleza; y de individuo y sociedad

Cabe advertir que las dimensiones que supone la adopción del enfoque ecointegrador trascienden el campo de lo económico. La revolución científica que se produciría en el campo de la economía al superar la noción usual de «el» sistema económico para razonar sobre una economía de sistemas, y al trascender la idolatría del PIB para establecer una taxonomía del lucro, entraña cambios de conciencia mucho más amplios que implican a otras ramas del conocimiento y del pensamiento: el cambio de paradigma sociocultural ecointegrador tendría que abarcar por fuerza las «tres ecologías» a las que se refiere Félix Guattari –la mental, la social y la del mundo físico a gestionar– para integrarse, con palabras de este autor, en una “ecosofía” de nuevo cuño, a la vez práctica y especulativa, ético política y estética.

Entre otras cosas, habría que superar la idea hoy dominante de individuo como categoría pre o antisocial, ávido de dinero y poder. Esta ideología desemboca, por fuerza, en la actual escisión entre una elite de políticos y empresarios activos y una mayoría de gobernados y explotados pasivos. Frente a esta idea de individuo, el nuevo paradigma ecointegrador ha de considerar las personas como sujetos morales, propugnando un individualismo ético, y como ciudadanos llamados a ejercer como sujetos políticos y económicos activos que tienen el derecho y el deber de contribuir a organizar la convivencia y la intendencia.

De ahí que mis reflexiones vayan en la línea de autores que reflexionan sobre cómo establecer un marco institucional antioligárquico que propicie esos comportamientos.8 Un marco institucional y mental que desplace la actual concepción bélica de la economía y la política hacia el predominio de la reciprocidad y la convivialidad, desactivando y reconvirtiendo hacia la cooperación y la participación esas dos instituciones jerárquicas hoy hegemónicas: las corporaciones empresariales y los partidos políticos. A la vez que para responder a la pregunta de por qué las personas no acostumbran a rebelarse contra las redes de poder imperantes, haga referencia a autores entre los que destaca La Boétie, que nos enseñó hace siglos en su libro La servidumbre voluntaria9 que un sistema que incentiva el egoísmo, la avaricia, la rivalidad, la competencia, la desconfianza y el miedo, genera el caldo de cultivo propicio para que prospere la tiranía, por muchos “contrapesos” ceremoniales que se le pongan. Mientras que la democracia participativa necesita asentarse sobre la amistad, la cooperación, la solidaridad, el desprendimiento, la confianza, la libertad, la reciprocidad... Y como la ideología imperante en la civilización occidental, no solo considera dominantes e invariables las propiedades más perversas de la naturaleza humana, sino que las incentiva, el resultado de esta forma de pensar no puede ser otro que el actual despotismo democrático, en el que la clase política es a la vez instrumento y parte de las elites beneficiarias de la actual tiranía corporativa.

Pero mis reflexiones sobre el paradigma ecointegrador emergente, además de críticar la noción usual de individuo y de sistema político, siguen sobre todo la estela de toda una serie de autores críticos de la noción usual de sistema económico a los que hago referencia, sobre todo en mi libro La economía en evolución,10 conjunto de autores que no cabe ni siquiera enumerar aquí.

 

PL: Como señalas, tomar conciencia de nuestros males es el primer paso para hacer algo al respecto. Pero algunos de estos males, incluso la crítica a ciertos conceptos, tienen ya décadas. Sin embargo, no termina de cristalizar una vía de salida de este bloqueo. ¿Qué requisitos tendría que reunir para que un enfoque ecointegrador prosperase? ¿Qué inercias y resistencias sufriría, tanto desde los viejos planteamientos críticos basados en los no-conceptos que aquí mencionas, como desde aquellos a los que beneficia el statu quo actual? ¿Qué habría que hacer con ellos?

JMN: La parte final del libro analiza los requisitos para que el paradigma ecointegrador emergente pueda prosperar. El problema estriba en que en esta pugna de paradigmas sigue reinando la confusión porque, como suele ocurrir, el paradigma dominante 1) se blinda usando categorías supuestamente racionales, objetivas y universales que el común de las gentes asume y utiliza en el lenguaje corriente, incluidos muchos de los críticos; y 2) genera puntos ciegos que ayudan a ignorar las críticas y, en el caso de que lleguen a trascender, las absorbe, digiere y desactiva.

Es necesario reconvertir hacia la cooperación y la participación las dos instituciones jerárquicas hoy hegemónicas:  las corporaciones empresariales y los partidos políticos

La viabilidad de un cambio de paradigma sociocultural del porte del que venimos indicando depende de la capacidad que tenga el pensamiento crítico para trascender los puntos ciegos que genera la selección de la información que practican las nociones de sistema asociadas al paradigma dominante y, muy en particular, las nociones usuales de sistema político y económico. Ambas priorizan información y soslayan o banalizan el resto, desactivando reflexiones que puedan ir más allá de esas nociones de sistema y permitiendo solo las interpretaciones parciales al uso (capitalismo,  globalización, secularización…) o de las consecuencias (financiarización, sociedad del riesgo, sociedad líquida…).

Respecto a la plausibilidad de un cambio de paradigma, quiero advertir que no existe ningún determinante del cambio ni ninguna meta que lo oriente más allá de un proceso de selección de información llevado a cabo en la sociedad: ni la filosofía, ni la ética, ni la religión, ni la economía, ni la política pueden promover y legitimar por sí solas un cambio de paradigma. Esto cierra la puerta a reduccionismos y falsas ilusiones simplistas sobre la interpretación de la sociedad y las posibilidades de cambiarla. Pero, a la vez, evidencia que son las personas las que pueden influir sobre la selección de información que gobierna el paradigma dominante subrayando puntos ciegos y conexiones ocultas, pues solo ellas son capaces de introducir variaciones en el curso de la comunicación y la conciencia social, aunque también puedan existir acontecimientos que aceleren este proceso.

La profundidad de la crisis actual no solo hace más evidentes los vicios y flaquezas del paradigma dominante, sino que deja entrever puntos ciegos y nuevas conexiones que podrían apoyar la emergencia de paradigmas diferentes. Para facilitar este proceso la parte final del libro repasa e insiste en las metáforas y conceptos clave sobre los que reposan las ideas usuales de sistema político y de sistema económico, así como las instituciones que mantienen al Estado, las formas de propiedad, de dinero, de intercambio, etc., que les dan vida y aseguran su impronta en la sociedad actual. Ideas e instituciones que deberían ser el principal objetivo de las críticas, pero que lamentablemente siguen gozando de buena salud imbuidas de una hipotética racionalidad y universalidad, y una neutra objetividad, a la que, una vez asumida, solo cabe enfrentar un vacío de no-conceptos poco atractivo. Así, un primer requisito para que el cambio de paradigma prospere es que los movimientos sociales críticos asuman el colapso de las viejas idolatrías y sus prometedores atajos revolucionarios y deconstruyan y superen el magma ideológico de no-conceptos y términos fetiche que protege la actual tiranía corporativa.

En el libro advierto que para que el nuevo paradigma ecointegrador progrese, además de ser inclusivo y generalmente atractivo, tiene que aclarar con interpretaciones sólidamente consensuadas de dónde venimos, dónde estamos, hacia dónde vamos y hacia dónde queremos y podemos ir. Un verdadero cambio de paradigma de civilización ha de apoyarse en una interpretación común de la evolución humana que permita relativizar y replantear las añejas ideas sobre las que hoy reposa el statu quo mental e institucional. Y, como el paradigma sociocultural imperante se ha globalizado, el nuevo tendrá que globalizarse también, pero ser, a la vez, lo suficientemente flexible para albergar, e incluso promover, la más amplia diversidad de culturas, opiniones o formulaciones parciales entre aquellos que lo suscriban. Una interpretación que deberá ser lo suficientemente amplia como para unificar los distintos aspectos de la experiencia humana, trascendiendo divorcios tan sonados como los que se han venido produciendo entre individuo y sociedad, entre razón y emoción, entre economía y ecología o el que enfrenta a los individuos humanos entre sí y con el resto de la naturaleza.

Subrayemos por último que, en el caso del conflicto de paradigmas que nos ocupa, no se trata de sustituir un reduccionismo por otro, sino de erosionar la hegemonía del antiguo con una visión más amplia que lo trasciende y relativiza. El mayor potencial analítico y predictivo del que ha venido dando muestras el enfoque ecointegrador –que se ejemplifica en el libro– unido a su carácter abierto, transdisciplinar, multidimensional y a la mayor amplitud de su objeto de estudio, deberían potenciar también su naturaleza inclusiva, frente a los dogmatismos reduccionistas al uso.

Pedro L. Lomas Huertas es miembro de FUHEM Ecosocial.

Puedes descargar el texto completo e formato pdf: Entrevista  a José Manuel Naredo: el mito de Sísifo y el gatopardismo de los no-conceptos

NOTAS:

1  Las siete unidades básicas del SI son: el kilogramo, el metro, el segundo, el amperio, el kelvin, la candela y el mol.

2  Helena Rosenblatt, Historia olvidada del liberalismo. Desde la antigua Roma hasta el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2020.

3  Ibidem, p. 21.

4  El Diccionario de la RAE de la Lengua (2001) señala como primera acepción del adjetivo liberal «generoso, que obra con liberalidad»; «2. Dicho de una cosa: que se hace con liberalidad» (y define la liberalidad como la «1. Virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensas; 2. Generosidad, desprendimiento»). Hay que esperar a las acepciones 6 y 7 del adjetivo liberal para que aparezca su dimensión político-económica habitual: «6. Partidario de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico; 7. Que pertenece a un partido de ese nombre».

5  Rosenblantt, 2020, Op. cit.

6  Ibidem.

7  David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007, p. 89.

8  Autores que revisan las instituciones e instrumentos anti-ologárquicos propios de la democracia ateniense y otras experiencias, como Pedro Olalla, 2015, Grecia en el aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual, Barcelona, Acantilado…o José Luís Moreno Pestaña, 2019, Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico, Madrid, Siglo XXI.

9  Étienne La Boétie, La servidumbre voluntaria, Virus, Barcelona, 2016 [1577].

10   José Manuel Naredo, La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, Siglo XXI, Madrid, 2015.


Desigualdades insostenibles: por una justicia social y ecológica

Desigualdades insostenibles: por una justicia social y ecológica

Desigualdades insostenibles: por una justicia social y ecológica de Lucas Chancel es el cuarto número de la Colección Economía Inclusiva de FUHEM Ecosocial y Catarata.

Los impactos de la crisis económica, de la crisis ecológica y de la pandemia han mostrado como la desigualdad está aumentando de manera tendencial en todo el mundo.

¿Cuál es el vínculo entre las desigualdades sociales y ambientales?

¿De qué modo se conjugan los desequilibrios en la economía, la sociedad y la ecología?

Los datos son reveladores: tanto en el Norte como en el Sur, mientras los más ricos son los principales causantes de la destrucción del medioambiente, los pobres están más expuestos a los riesgos y son más vulnerables a los daños producidos.

A pesar de su estrecha relación, los objetivos de justicia social y justicia ecológica suelen verse de manera disociada, cuando no claramente contrapuesta. Esta obra analiza cómo la conciliación entre dichos objetivos no solo es posible, sino necesaria.

Las crisis, más allá de las tragedias que acarrean, también abren la puerta a nuevas oportunidades. Para ello, hay que entender lo que está en juego:

¿Qué desequilibrios operan en el mundo y cómo se conjugan las deficiencias que tienen nuestros sistemas económicos, políticos y ecológicos?

¿En qué medida podría decirse que los desajustes ambientales de estas últimas décadas son, antes de todo, de índole social? ¿Por qué la ecología es la nueva frontera de las injusticias sociales?

¿Cómo son las crisis sociales y ecológicas que se dan a lo largo y ancho del mundo, y cómo las afrontan las sociedades?

El objetivo de este libro es intentar responder a estas preguntas, a partir de una investigación mundial e interdisciplinar, que visibiliza las desigualdades y las posibles soluciones, explorando las vías de la transformación del Estado social para superar la actual crisis ecosocial.

 

SOBRE EL AUTOR:

Lucas Chancel es economista especializado en desigualdad y en política ambiental. Su trabajo se centra en la medición de la desigualdad económica, sus interacciones con el desarrollo sostenible y en la implementación de políticas sociales y ecológicas.

Codirector del World Inequality Lab, en la Escuela de Economía de París donde dirige el World Inequality Database. Profesor asociado en Sciences Po. También es Investigador Asociado en el Institut du développement durable et des relations internationales, así como Asesor Principal en el Observatorio Fiscal Europeo.

Ha publicado artículos entre otros medios en: Science, Nature, The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel, El País, siendo autor principal del World Inequality Report 2022.

 

ÍNDICE

Prefacio a la nueva edición

Introducción

PRIMERA PARTE. LAS DESIGUALDADES ECONÓMICAS EN EL CENTRO DEL DESARROLLO INSOSTENIBLE.

Capítulo 1. Las desigualdades económicas: ¿un factor de insostenibilidad?

Capítulo 2. Desigualdades económicas: tendencias y causas.

SEGUNDA PARTE. EL CÍRCULO VICIOSO DE LAS DESIGUALDADES SOCIALES Y AMBIENTALES

Capítulo 3. Un acceso desigual a los recursos naturales

Capítulo 4. Una exposición desigual a los riesgos ambientales

Capítulo 5. Una responsabilidad desigual de quienes contaminan

TERCERA PARTE. ¿QUÉ POLÍTICAS SOCIALES Y AMBIENTALES?

Capítulo 6. Reducir las desigualdades en un mundo finito

Capítulo 7. ¿Luchas locales o coordinación internacional?

Conclusión

Agradecimientos

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A continuación, ofrecemos un video de Lucas Chancel en el que habla de la necesidad de que la justicia social y la justicia climática vayan de la mano, porque no conseguiremos reducir nuestras emisiones de carbono si no desarrollamos al mismo tiempo, nuevos modelos de distribución de la riqueza.

Es posible desarrollar nuevos modelos de transición ecológica pero, para ello, necesitamos un nuevo enfoque para nuestras políticas ecológicas, un enfoque que ponga a la justicia en el centro de las cuestiones ambientales, porque sin justicia social no puede haber transición energética.

 


Papeles 158: Malestares

Malestares. El signo de un modo de vida que genera profundas contradicciones, desbalances y efectos en cascada que minan las vidas de millones de personas, pero que con frecuencia se quedan recluidas en el ámbito de lo cotidiano, de lo íntimo, pasando por debajo del radar de los indicadores convencionales. Hasta que estallan. Hasta que las múltiples urgencias se manifiestan en catástrofes cotidianas, a menudo silenciosas.

Malestares en forma de ansiedades y frustraciones ante una cultura que promete lo que no es capaz de colmar y que ofrece el exceso como patrón generalizado y que recae sobre el cuerpo social o el medio natural.

En el número 158 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global destacamos que cada vez resulta más patente cómo esta civilización encadena una variada gama de crisis sin llegar a resolver ninguna.

En menos de tres lustros, y con una crisis ecológica global de fondo, hemos vivido una hecatombe financiera con graves repercusiones económicas, la primera pandemia mundial –la COVID-19– y, actualmente, un conflicto armado en Ucrania que está redibujando el panorama geopolítico en clave de guerra fría, y que ha hecho patente para la UE –por ahora– la encrucijada energética en la que se halla.

Múltiples hilos de una trama cada vez más deshilachada que denota graves problemas que demandan atención. En este número de Papeles seguimos estos hilos desde el envés de la trama para tratar de interpretar qué está pasando y cuáles son sus componentes.

En la INTRODUCCIÓN, Santiago Álvarez Cantalapiedra traza una panorámica de los principales elementos responsables del malestar. Elementos examinados en A FONDO de la mano de Víctor M. Toledo, Jordi Mir, José Antonio Corraliza y Albert Recio.

Amador Fernández-Savater conversa con Franco Berardi (Bifo), Pedro Lomas dialoga con José Manuel Naredo, y Nuria del Viso entrevista a Juan Manuel Vera.

En ACTUALIDAD, Josep Baqués sigue la trayectoria de la OTAN en el nuevo contexto geopolítico. La sección ENSAYO recoge una reflexión de Nuria del Viso sobre migraciones internacionales y justicia global desde la perspectiva de la filosofía política, y Ramón del Buey conversa con Daniel W. McShea y Carlos de Castro sobre la aplicación de la visión de los sistemas disipativos de Prigogine a la evolución. Las reseñas de la sección LECTURAS cierran esta revista.

A continuación, ofrecemos el sumario de la revista y el acceso a texto completo a la INTRODUCCIÓN, al artículo de Víctor M. Toledo y a los RESÚMENES de los contenidos del número.

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

El malestar de nuestro modo de vida, Santiago Álvarez Cantalapiedra.

A FONDO

El malestar  civilizatorio, Víctor M. Toledo.

Malestares e ilusiones (Horizonte 2008-2023), Jordi Mir.

Conversación con Franco Berardi  (Bifo): «La única vacuna eficaz contra el pánico de la pandemia y la guerra es pensar juntos», Amador Fernández-Savater.

El malestar en época de crisis concatenadas: algunas claves psicosociales, José Antonio Corraliza.

Inflación en tiempos de distopía, Albert Recio Andreu.

Entrevista  a José Manuel Naredo: el mito de Sísifo y el gatopardismo de los no-conceptos, Pedro L. Lomas.

Entrevista a Juan Manuel Vera: «El igualitarismo ya no encuentra en el eje  izquierda/derecha una formulación adecuada», Nuria del Viso.

ACTUALIDAD

La OTAN en tiempos de mudanzas, Josep Baqués.

ENSAYO

Migraciones internacionales y justicia global a la luz de la filosofía política, Nuria del Viso.

¿Cómo reaccionar ante un nuevo cambio en cosmología? Una entrevista con Daniel W. McShea y Carlos de Castro, Ramón del Buey.

LECTURAS

Refugiados, migrantes e integración. Una breve antología, de Jürgen Habermas,

Ruth Ferrero-Turrión

El otoño de la civilización. Textos para una revolución inevitable, de Juan Bordera y Antonio Turiel

Ausencias y extravíos, de Yayo Herrero

Monica Di Donato

Utopía no es una isla, de Layla Martínez

Contra la distopía. La cara B de un género de masas, de Francisco Martorell Campos

Nuria del Viso

Cuaderno de notas  

RESÚMENES

 

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El malestar de nuestro modo de vida

«El malestar de nuestro modo de vida» de Santiago Álvarez Cantalapiedra, es el título de la INTRODUCCIÓN del número 158 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global

El malestar en la cultura es un ensayo de Sigmund Freud publicado en 1930 en un contexto sombrío marcado por el cruce de los efectos que aún perduraban de la Gran Guerra con los emergentes de la Gran Depresión del 29.

Este texto, considerado uno de los más influyentes del siglo XX, tiene que ver con el antagonismo entre las exigencias pulsionales del ser humano y las restricciones impuestas por la cultura. Ese antagonismo termina transformándose en un profundo sentimiento de culpa. El descontento y la insatisfacción no serían sino la consecuencia inevitable de la condición cultural de nuestra especie.

En el momento actual, y llevado a un terreno que trasciende el psicoanálisis y la psicología social, cabría identificar en el malestar que hoy nos asola no tanto un sentimiento de culpa como de ansiedad y frustración ante una cultura que promete lo que no es capaz de colmar, que exige lo que no somos capaces de dar y que, lejos de reprimir, favorece unas pulsiones dionisiacas (en lo que se refiere a los deseos) y fáusticas (en relación con las capacidades) que desatan nuestra hybris (o desmesura).

De ser así, las raíces del malestar contemporáneo se encontrarían en el tipo de civilización que hemos construido. Una civilización que encadena una crisis tras otra sin llegar a superar ninguna.

Nos encontramos exhaustos como consecuencia de los acontecimientos recientes: en el transcurso de apenas tres lustros, y con el trasfondo de una crisis climática de consecuencias impredecibles a la que no prestamos la debida atención, hemos asistido a una crisis financiera de una dimensión descomunal (La Gran Recesión del año 2008), a la primera pandemia global en sentido estricto (la COVID-19 del 2020) y, en el presente año, al comienzo de una guerra en Ucrania que acelera la tendencia armamentística que se venía incubando desde hace años y que aviva la pesadilla exterminista siempre asociada al gigantismo nuclear.

 

La fatiga de la sociedad del rendimiento

Los impactos que han provocado estos hechos se suman a la fatiga crónica que arrastramos en la vida cotidiana. El capitalismo actual ha impuesto la sociedad del rendimiento, un tipo de sociedad donde la coerción, una vez interiorizados sus dictámenes, deja de ser externa y pasa a convertirse en un imperativo que surge del interior de los sujetos. Ya no hay «sujetos de obediencia» sino «sujetos de rendimiento».1   El sujeto transformado en emprendedor de sí mismo, forzado a rendir a cualquier precio y a cumplir con los objetivos marcados, se autoexplota hasta la extenuación pensando que así se acaba realizando.

Uno de los síntomas de esta sociedad del rendimiento es el cansancio. El binomio rendimiento/ cansancio nos hace añorar la vieja reivindicación del derecho a la pereza de Lafargue. Una fatiga permanente que nos acompaña a todas horas y cuyas manifestaciones se dejan ver por todas partes.

 

Manifestaciones del malestar

En Japón hace tiempo se puso nombre a la muerte provocada por estrés: karoshi. El término sirve para describir las consecuencias de unas agotadoras jornadas de trabajo para defender el estatus adquirido en un contexto fuertemente competitivo. Fenómenos relacionados, como el desgaste profesional (burnout), el síndrome de fatiga por el exceso de información o el “jet lag social”, caracterizan el panorama patológico de una sociedad que contiene demasiados factores neurotizantes.

Este último síndrome, que comparte los síntomas que sufrimos por los cambios horarios que implican los largos viajes (alteraciones del sueño, dificultades de concentración, fatiga o problemas digestivos), surge de las agotadoras e interminables jornadas que fracasan en su propósito de conciliar vida laboral, familiar y de ocio.

Como el día no tiene las suficientes horas para responder a los deberes autoimpuestos ni al consumo de ocio al que aspiramos (visionar nuestra serie preferida o comunicarnos con los amigos a través de las redes sociales), prolongamos la vigilia hacia la noche, provocando que el final de la jornada llegue cada vez más tarde. Sin embargo, el despertador suena por la mañana a la misma hora para recordarnos que debemos cumplir de nuevo con las obligaciones laborales y familiares. Así día tras día, acumulando cansancio y una deuda de sueño que surge de las horas que vamos robando a la noche e, inevitablemente, a nuestro descanso.  Cuando llega el fin de semana o un día festivo, tratamos de compensar ese déficit durmiendo más, provocando ese desfase que se conoce como “jet lag social”.2

 

Un modo de vida que genera un ambiente tóxico

Estos y otros síndromes nos deberían llevar a revisar radicalmente nuestro modo de vida. Hemos creado una sociedad cuyo funcionamiento normal impide desarrollar una vida tranquila y saludable. Vivimos rodeados de exceso de ruido, de iluminación, de calor y de sustancias tóxicas. La contaminación acústica, lumínica o atmosférica están haciendo del silencio, la oscuridad o del aire limpio “bienes raros”, escasos. El ruido está desplazando al silencio, la luz artificial a la oscuridad y la contaminación del aire está acabando con una atmósfera sana. Las consecuencias sobre nuestra salud (física y emocional) y, por ende, sobre el bienestar social y la calidad de la vida son cada día más evidentes.3

Un informe de la Comisión de Contaminación y Salud de la revista médica The Lancet señala que los diferentes tipos de contaminación (principalmente la polución del aire y la contaminación química debida al plomo) son responsables cada año en el mundo de la muerte prematura de nueve millones de personas, más que todos los fallecimientos registrados hasta el momento por la pandemia de COVID-19 y que la suma de las que ocasionaron en el año 2019 las guerras, el terrorismo, el SIDA, la tuberculosis, la malaria o el consumo de drogas.4 En las últimas dos décadas, estas muertes causadas por las formas modernas de contaminación han aumentado un 66%, impulsadas por la industrialización, la urbanización incontrolada o la combustión de combustibles fósiles. Y, como ya se ha señalado, más allá de provocar un exceso de muertes prematuras tiene otros muchos efectos sobre la salud, el desarrollo cognitivo y el bienestar emocional de humanos y otras especies, lo que convierte a la contaminación en el principal factor de riesgo ambiental de la salud en el planeta.

La contaminación, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad están estrechamente vinculados y constituyen una amenaza existencial para la salud humana y planetaria.

El modo de vida de la civilización industrial capitalista da lugar a este entorno pernicioso que nos vuelve más irritables, agresivos y estresados, debilitando la salud y generando malestar. Una forma de vida que exige por el día un alto consumo de estimulantes para seguir el ritmo trepidante de la jornada y que luego, por la noche, debe ser debidamente contrarrestado con otras sustancias que permitan descansar y conciliar el sueño.5 Se entrega el bienestar a una variedad de sustancias químicas, cuando el origen del malestar no está en nosotros sino en las condiciones sociales y ambientales que nos impiden vivir como seres saludables y tranquilos. Hay quien llama a esta toma masiva de medicación “la epidemia silenciosa”, ya que avanza sin grandes aspavientos, pero de forma imparable y contundente. Dos millones de norteamericanos se han vuelto adictos a los opioides, lo que se considera una crisis sanitaria de primera magnitud.6 ¿Qué dolor nos acompaña que necesitamos calmar con cualquier medio a nuestro alcance?

 

Un modo de vida que no favorece las conexiones

La angustia se esparce sobre la sociedad como el alquitrán. El desasosiego y el malestar se expresan también en forma de ansiedad y depresión. Se tratan habitualmente como trastornos mentales cuya solución se confía a la farmacopea. Pero el hecho es que las pastillas están cada vez más presentes en la vida de la gente y no por ello disminuye esta epidemia “mental”. «La causa principal de la depresión y ansiedad crecientes –sostiene Johann Hari, quien decidió buscar el origen de la depresión que venía padeciendo desde su juventud– no se halla en nuestras cabezas. La descubrí principalmente en el mundo y en el modo en que vivimos en él. Descubrí que existen al menos nueve causas probadas».7 Según Hari,  hay un elemento común en ellas: «todas son formas de desconexión».8 Vivimos desconectados de unos empleos precarios que apenas ofrecen ingresos suficientes y oportunidades de promoción profesional e impiden desarrollar proyectos vitales y trayectorias laborales estables; la aceleración de los cambios sociales nos dificultan conectar con valores significativos que otorguen un sentido a la existencia; la artificialidad de los actuales modo de vida nos separan del mundo natural, etc., etc.

 

La Gran Disolución

Entre todas las formas de desconexión que experimentamos, tal vez la más importante sea la dificultad creciente para establecer vínculos y lazos estrechos que trasciendan la mera charla o encuentro circunstancial. «La soledad flota hoy sobre nuestra cultura como una niebla espesa. Nunca ha habido tanta gente confesando que se siente sola», sostiene Hari, y en una sociedad compleja como la nuestra, la soledad no es solo la ausencia física de los otros, sino que adquiere un significado más profundo: la de la «sensación de no estar compartiendo nada significativo con nadie», la falta de un proyecto común.9 Es una tendencia destacable en el devenir de las sociedades occidentales desde el último tercio del siglo pasado. Se cumple ahora el vigésimo aniversario de la publicación del libro Solo en la bolera de Robert Putnam, sociólogo y politólogo norteamericano de la Universidad de Harvard.10 El título lo dice todo. Describe a la perfección el colapso comunitario que golpea a la sociedad norteamericana. Jugar a los bolos ha sido una de las actividades recreativas más populares en los EEUU. La gente formaba equipos con sus amigos y organizaba liguillas con las que estrechaban lazos con otros grupos a medida que iban coincidiendo en los torneos. Hoy la gente sigue jugando a los bolos, pero ahora en solitario. Es un ejemplo, entre los muchos que se investigan en el libro de cómo la estructura colectiva de una sociedad ha sido des- mantelada por un individualismo que ha terminado por negar cualquier sentido de lo social.

Sentirse solo y aislado produce malestar. ¿Por qué? Por una simple cuestión evolutiva. Somos seres sociales, y como cualquier especie hipersocial, la cooperación se convierte en una ventaja para nuestras vidas. Los lazos y vínculos personales, así como los compromisos recíprocos, nos hacen sentir mejor y más protegidos. El aislamiento, por el contrario, nos genera ansiedad y depresión al sentirnos más desprotegidos y vulnerables.11

La privatización de nuestro modo de vida ha ido reduciendo progresivamente la idea de lo que entendemos por hogar y comunidad. El hogar ha quedado reducido a las cuatro paredes de la casa sin preocuparnos de hacer de nuestro hábitat urbano y natural el cálido y seguro lugar que protege nuestra existencia. El individualismo competitivo, la desigualdad, el urbanismo disperso y los ataques a las políticas que procuraban cierta cohesión social han hecho el resto. Coincidiendo con la Gran Aceleración en el consumo y degradación de la naturaleza, hemos asistido también a la Gran Disolución de los vínculos y estructuras sociocomunitarias. No se debe únicamente a un cambio en los valores que orientan nuestras conductas. También los lugares que favorecían el encuentro están desapareciendo.12 Los lugares dan forma a nuestra capacidad de relacionarnos.

Eric Klinenberg sostiene en su libro Palacios para el pueblo que las sociedades basan su existencia en esos espacios de encuentro, como las bibliotecas públicas, los parques, las plazas, los bares y tiendas de barrio o las iglesias, espacios en los que interactuamos y establecemos conexiones cruciales.13 La erosión de lo que Klinenberg denomina «infraestructura social» explica parte de ese malestar cargado de orfandad y soledad que siente en las sociedades occidentales el individuo atomizado que vive a la intemperie.

 

La desconexión de un futuro esperanzador y seguro

También sufrimos la desconexión del futuro. La desestabilización global del clima que hemos provocado ha creado unas condiciones ambientales menos favorables que las disfrutadas en los últimos doce mil años y, por eso, el futuro climático difícilmente podrá ser “mejor” y girará entre lo “malo” y lo “peor”.14 Cualquier intento de mirar al futuro se topa con las amenazas del desastre climático, energético, demográfico, sanitario o de una crisis económica, generando la sensación de vivir asomados al abismo. El periodista y ensayista Héctor García Barnés utiliza la expresión futurofobia para tratar de entender el malestar contemporáneo cuyos síntomas pueden compararse a los de un trastorno de ansiedad colectiva. El proyecto de la Modernidad, con su promesa de progreso, se truncó en algún momento y ahora la fobia al futuro se alimenta de la resignación y la impotencia, la sensación de que se haga lo que se haga, las cosas acabarán mal.15

 

La dimensión política del malestar

El malestar genera distintas manifestaciones de descontento: por la subida de la factura de la luz, por el incremento de los precios de los combustibles o de los alimentos. Una ciudadanía exhausta, castigada por una sucesión de crisis encadenadas, tarde o temprano termina por manifestar su disgusto. Un grito de disconformidad emitido principalmente por los perdedores de la globalización, por los desamparados de unos servicios públicos sobrecargados, por una juventud que, aunque agobiada en un presente marcado por la precariedad, no se resigna a que la crisis ecosocial les cierre el porvenir. Un grito de indignación ante la desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza. Un lamento que busca ser escuchado y canalizado. Hay que reconocer la capacidad trasformadora del malestar cuando da lugar a una rabia y a una indignación que quiere cambiar el mundo.

Pero el malestar solo no basta. Aunque lleve la semilla del inconformismo, se necesitan mecanismos que traduzcan el descontento en acción política. La ausencia de estos mecanismos no deja más opción que la “patologización” del malestar como un problema individual de salud mental que solo se puede abordar a través de la medicación y la autoayuda. Las democracias liberales son básicamente sistemas de representación política construidas a través de mecanismos de intermediación entre la sociedad civil y el Estado. Si falla ese proceso de intermediación, aparece una crisis de representatividad que se traduce en desconfianza, tanto en los partidos como en la propia democracia. En tiempos de crisis de representación y legitimidad política los límites de lo posible se ensanchan en todas direcciones, tanto reaccionarias como emancipadoras.

Lograr que el descontento no discurra hacia el resentimiento y el odio y que, en su lugar, se canalice hacia una “digna rabia” con potencial emancipador es el dilema ante el que se encuentran hoy las sociedades en estos tiempos de malestar.

Acceso al texto completo en formato pdf:  El malestar de nuestro modo de vida

NOTAS:

1  Buyng-Chul Han, La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona, 2012.

2  Se habla de jet lag social cuando el centro del sueño de los días de trabajo difiere en más de dos horas del centro del sueño de los días libres. Se estima que este trastorno lo sufren al menos un 50 % de los estudiantes y si, en lugar de dos horas, contemplamos una sola hora de diferencia, se estima que afecta a siete de cada diez personas. Roco Caliandro, Astrid A. Streng, Linda W.M. van Kerkhof, Gijsbertus T. J. van der Horst, Inês Chaves, «Social Jetlag and Related Risks for Human Health: A Timely Review», Nutrients, 13(12):4543, 2021.

3  El exceso de ruido, iluminación o calor son formas de contaminación y, por consiguiente, despliegan unos efectos perniciosos sobre la salud. La contaminación acústica altera el sistema nervioso, y aunque podamos acostumbrarnos al ruido, no así lo hace nuestra actividad cardiaca, que nunca llega a adaptarse superados determinados umbrales. La contaminación lumínica afecta a la salud humana al alterar el “ritmo circadiano” (un conjunto de relojes biológicos cuyos ciclos están determinados por la sucesión del día y de la noche); esta alteración provoca diversas afecciones sobre la presión arterial, el apetito, da lugar a una mayor irritabilidad, estrés, fatiga o falta de atención. El exceso de calor trastoca el sueño (se sabe que la temperatura óptima para dormir ronda los 17º-18º) y provoca fatiga física, falta de concentración, irritabilidad o trastornos gastrointestinales. Según el Instituto de Salud Carlos III, cabe atribuir, solo a los seis primeros días de la ola de calor iniciada el 10 de julio, un total de 360 muertes por las altas temperaturas en España.

4  Richard Fuller, Philip J. Landrigan, Kalpana Balakrishnan, Glynda Bathan, Stephan Bose-O’Reilly, Michael Brauer, et al., «Pollution and health: a progress update», The Lancet Planetary Health, 17 de mayo de 2022.

5  El Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA) documenta que entre los años 2019 y 2020, las drogas con mayor prevalencia de consumo entre la población española de edades comprendidas entre los 15 y 64 años corresponden al alcohol, el tabaco y los hipnosedantes, con o sin receta. Véase: Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones. Informe 2021. Alcohol, tabaco y drogas ilegales en España, Ministerio de Sanidad, Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, Madrid, 2021.

6  Según los datos que proporcionan los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de los EEUU, entre 1999 y 2019 murieron a causa de una sobredosis con opioides más de medio millón de personas en aquel país. Los números parecen haberse incrementado los últimos años, de manera aún más significativa durante la pandemia de COVID-19.

7  Johann Hari, Conexiones perdidas. Causas reales y soluciones inesperadas para la depresión, Capitán Swing, 2019, p. 27.

8  Ibidem, p. 87.

9  Ibidem, pp. 104 y 117.

10  Robert Putnam, Solo en la bolera. Colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2002.

11  Estar solos o aislados nos enferma. Las investigaciones de John Cacioppo y William Patrick (Loneliness: Human Nature and the Need for Social Connection, WW. Norton, Nueva York, 2008) son significativas a este respecto, pues inciden en cómo estar desconectado de la gente genera ansiedad y provoca depresión. Véase también Melania Moscoso y Txetxu Ausí (eds.), Soledades, Plaza y Valdés, Madrid, 2021.

12  En cambio, proliferan los “no-lugares” (los “non-lieu” de los que habla Marc Augé), espacios indiferenciados de tránsito sin identidad alguna donde prima el anonimato y se aminora la interacción en aras de la eficiencia. Cuando la rentabilidad se pone por delante del bien público, predominan esos “no lugares” sobre los lugares que dan forma a nuestra capacidad de relacionarnos y que desempeñan un papel fundamental en la vida diaria al condicionar las oportunidades de disfrutar de interacciones sociales significativas.

13  Eric Klinenberg, Palacios para el pueblo. Políticas para una sociedad más igualitaria, Capitán Swing, Madrid, 2021.

14   Jorge Riechmann, Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros, mra ediciones, Barcelona, 2019.

15   Héctor García Barnés, Futurofobia. Una generación atrapada entre la nostalgia y el apocalipsis, Plaza & Janés, Barcelona, 2022.


Recordando a Paco Fernández Buey

Hoy se cumple el décimo aniversario del fallecimiento de Francisco Fernández Buey, filósofo español, profesor de Historia de las Ideas, de Historia de la Ciencia y de Filosofía Política, en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

Paco fue sobre todo un "insumiso discreto", un "racionalista bien temperado" y un “agitador de las utopías” como ilusiones naturales de los de abajo que aspiran a un mundo mejor.

Formó parte del Consejo de Redacción de nuestra revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, y pudimos disfrutar en las reuniones de su sentido del humor, fina ironía y amistad, dejando entre nosotros la huella que dejan los buenos maestros y, por ello, ofrecemos, a modo de homenaje, la versión completa de varios textos publicados en la revista: algunos artículos escritos por él, otros dedicados a su obra y pensamiento y varias reseñas de algunas de sus publicaciones.

ARTÍCULOS

Polarización: fracturas, crispación y posverdad, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 152, invierno 2020-2021.

Cinco calas en la historia del comunismo del siglo XX. Para el libro blanco del comunismo,  págs. 101-114

Recoge la intervención del autor en un encuentro celebrado en Barcelona el 10 de junio de 2006 con el título «Comunismos. Un balance del siglo XX», organizado por El Viejo Topo, Espai Marx, la Associació Catalana d’Investigacions Marxistes (ACIM) y la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), en el marco de la exposición «Postcapital» ubicada en el Palau de la Virreina. Esquema y transcripción del texto por Salvador López Arnal.

La tecnociencia en tiempos (post) modernos, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 133, primavera 2016.

William Morris. Soñador de nuestros sueños, págs. 13-35.

En una entrevista publicada en 2011, Paco Fernández Buey declaraba: «Cada vez me ha ido interesando más William Morris, del que tal vez se puede decir que fue el último socialista utópico, un rojo aristocratizante atento al diseño y amante de la tipografía que, en cierto sentido, recuperaba la vena romántica del marxismo de la primera hora». De la cercanía del pensador palentino (y barcelonés de adopción) con el gran precursor del ecosocialismo que fue William Morris da testimonio el siguiente artículo publicado en la sección de ENSAYO.

 

Ecologismo y religiónPapeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm, 125, primavera 2014.

 Sobre ciencia y religión, págs. 167-171.

Dentro de la sección PERISCOPIO, este artículo habla sobre cuál debería ser el punto de partida para un diálogo fructífero entre ciencia y religión en nuestros días: la ciencia es lo mejor que tenemos desde el punto de vista del conocimiento físico-biológico y lo más peligroso que los humanos hemos creado desde el punto de vista ético. Contra lo que se suele pensar (y a veces decir), lo más peligroso no es la mala ciencia, la falsa ciencia o la pseudociencia, sino precisamente la buena ciencia, la mejor establecida desde el punto de vista cognoscitivo.

 

La(s) crisis: La civilización capitalista en la encrucijada, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 105, primavera 2009.

Crisis de Civilización, págs. 41-51.

Este artículo publicado dentro del ESPECIAL: CRISIS económica, ecológica y social, habla de cómo la noción de crisis de civilización se ha divulgado y popularizado en los últimos tiempos sin que a menudo se defina o explique. En la actualidad, según el autor, es preciso matizar que se trata de la crisis de la civilización capitalista y que afecta al conjunto de conocimientos y costumbres que constituye lo que suele definirse como civilización. Los rasgos centrales de esta son la crisis ecológica, el hecho de que vivimos en un mundo globalizado y la homogeneización cultural bajo la forma de occidentalización del mundo. Nos encontramos ante un desastre ético por lo que los valores vigentes y establecidos en nuestras sociedades, y no sólo algunos bancos y empresas, han entrado en bancarrota.

 

Tiempo de Cambio Global, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 100, invierno 2007-2008.

¿Es el decrecimiento una utopía realizable?, págs. 53-61.

Este artículo enmarcado dentro la sección ESPECIAL trata sobre las controversias ético-políticas en el mundo contemporáneo, que se ha encontrado el autor en los cursos que impartió en la universidad, sobre la oportunidad que tuvo de comprobar que los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes de Humanidades y Ciencias Sociales, eran el papel de los medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de decrecimiento, aunque la idea de decrecimiento suscite tanta simpatía, como escepticismo la posible aplicación práctica de la misma.

 

ENTREVISTA

Europa en la encrucijada, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 120, invierno 2012-2013.

Entrevista a Francisco Fernández Buey 1943-2012, por Miguel Ángel Jiménez González, págs. 13-31.

Entrevista que aborda aspectos de su biografía, influencias en su pensamiento y referencias a sus obras, realizada en el año 2010, cuando fue invitado por el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), para impartir una conferencia sobre su libro Marx (sin ismos).

 

TEXTOS SOBRE FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY Y SU OBRA

Utopías en tiempos de pandemia,  Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 149, primavera 2020.

La sección REFERENTES recoge dos textos de Paco Fernández Buey:

Utopía y vocación científica en la representación socialista moderna de la sociedad capitalista,  págs.113-128

Charles Fourier y los elementos positivos de la utopía, págs. 129-156,

que forman parte de una de las inquietudes y temáticas que acompañaron al autor hasta el final de sus días: la utopía y los pensadores utópicos, y su consideración y papel en la tradición marxista y en otras tradiciones emancipatorias.

Ambos textos vienen precedidos por una Presentación elaborada por Salvador López Arnal, bajo el título: Francisco Fernández Buey: elementos positivos de la Utopía.

Capitalismo digital, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 144, invierno 2018-2019.

Dentro de una sección dedicada a la memoria de Francisco Fernández Buey encontramos dos textos:

Salvador López Arnal, «Artículos, notas, traducciones y cartas de Francisco Fernández Buey publicados en la revista Mientras Tanto», pp. 165-176. 

Salvador López Arnal: "Una carta de Francisco Fernández Buey sobre Cuba", Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº144, 2018, pp. 177-181.

Economía ¿colaborativa?, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 141, primavera 2018.

Salvador López Arnal, «La transición política y los intelectuales, en el pensamiento de Francisco Fernández Buey»

El racionalismo temperado que Francisco Fernández Buey defendió en sus obras epistemológicas, no solo tuvo como ámbito de reflexión asuntos de filosofía de la ciencia, sino que es también concepto y perspectiva esencial en sus reflexiones estrictamente políticas o político-culturales.

¿Dónde estamos y hacia dónde vamos?
, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm. 126, verano 2014.

Salvador López Arnal, La tercera cultura en la obra de Francisco Fernández Buey. Para los (y las) que aman por igual a ciencia, el arte y las humanidades, págs. 13-32.

Publicado en la sección ENSAYO, el autor se detiene en una de las preocupaciones centrales a lo largo de la trayectoria filosófica, y sobre todo en los últimos años, de Francisco Fernández Buey (1943-2012): la necesidad de una tercera cultura, la urgencia cívica de una instrucción pública no demediada, formativa. Una tercera cultura necesaria para hacer de la pasión de los de abajo «una pasión razonada apta para que tome cuerpo en otra sociedad, en una sociedad sin clases, sin explotación, sin alienación». Y con ciencia y consciencia desde luego.

 

Alternativas 3: enfoque para el cambio social, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm, 119, otoño 2012.

Salvador López Arnal y Jordi Mir García, Vértices y caras de un marxista lascasiano y leopardino que amó a Antonio Gramsci y a John Berger, págs. 13-37.

Los autores realizan un homenaje a Paco Fernández Buey con un recorrido a través del pensamiento ancho y fecundo de este filósofo multifacético. Amigo y discípulo de Manuel Sacristán, Fernández Buey desarrolló un marxismo humanista imbuido de ecologismo social. Su teoría y su praxis se caracterizaron a la par por la temperancia y el radicalismo, y la coherencia intelectual y personal.

Entrevista a Miguel Candel sobre Francisco Fernández Buey, por Salvador López Arnal, págs. 39-45.

Miguel Candel, profesor de filosofía en la Universidad de Barcelona fue amigo y compañero de Francisco Fernández Buey durante cuatro décadas y colaboró con él en las revistas Materiales y Mientras Tanto. En la entrevista lo más se destaca de la obra y el hacer de Fernández Buey es, precisamente, que su obra siempre fue inseparable de su hacer. Según Candel es difícil encontrar una figura en el panorama de la intelectualidad y el activismo político españoles en la que la coherencia entre pensamiento y praxis sea más perfecta y ejemplar.

 

RESEÑAS 


Rafael Díaz Salazar (ed.), Sobre izquierda alternativa y cristianismo emancipador, de Francisco Fernández Buey,, Madrid: Trotta, 368 págs.

Reseña elaborada por Santiago Álvarez Cantalapiedra para Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 153, primavera 2021, pp. 131-135.

Salvador López Arnal, El Marxismo sin Ismos de Francisco Fernández Buey, Málaga: Promotora Cultural Malagueña, 2014, 223 págs.

Reseña elaborada por Pedro Ribas para Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, núm, 132, invierno 2015-2016, págs. 171-173.

 

Francisco Fernández Buey, Sobre federalismo. Autodeterminación y republicanismo. Edición de Salvador López Arnal y Jordi Mir García, Barcelona: El Viejo Topo, 2015, 154 págs.

Reseña elaborada por Ángel Duarte Montserrat para Papeles de Relaciones Ecosociales y cambio Global, núm. 131, otoño-invierno 2015, págs. 151-154.

 

Francisco Fernández Buey, Por una Universidad democrática. Escritos sobre la Universidad y los movimientos universitarios (1965-2009), Barcelona: El Viejo Topo, 2009, 318 págs.

Reseña elaborada por Salvador López Arnal para Papeles de Relaciones Ecosociales y cambio Global, núm. 108, invierno 2009, págs. 168-172.


Francisco Fernández Buey, Utopías e ilusiones naturales, Barcelona: intervención cultural, 2007, 336 págs.

Reseña elaborada por Salvador López Arnal para Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 100, invierno 2007-2008. pp. 210-211.


Respuestas desde el movimiento pacifista sobre guerra de Ucrania

Este diálogo «Respuestas desde el movimiento pacifista. La guerra de Ucrania en el contexto del surgimiento de un nuevo orden», pertenece al Dosier Ecosocial: Crisis, modos de vida y militarismo. Una lectura a propósito de la guerra de Ucrania.

La guerra, al igual que la pandemia, está exigiendo una respuesta rápida y contundente por parte de los gobiernos, muchas veces improvisada y con poca consciencia de las consecuencias que puede acarrear. La respuesta de Occidente a la agresión rusa a Ucrania ha animado los “ardores belicistas” de la sociedad y se empiezan a ver signos preocupantes de la imposición de una lógica militarista sobre la sociedad que trastoca prioridades y deja en la estacada cosas que hasta hace poco considerábamos valiosas (transparencia, libertad informativa, derechos y libertades fundamentales, etc.).

Para diagnosticar el contexto en el que estamos, ver cómo es percibido por el
grueso de la ciudadanía y que desafíos plantea todo lo anterior al movimiento
pacifista, conversamos con:

Ana Barrero Tiscar

Directora de la Fundación Cultura de Paz. Presidenta de la Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ).

 

 

Miembro del Consejo del Instituto Universitario de Derechos Humanos, Democracia, Cultura de Paz y Noviolencia (DEMOSPAZ-UAM). Miembro de la Junta Directiva de WILPF España, sección española de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad.

Entre sus líneas de investigación están la construcción de la paz en ciudades y territorios, en esta línea está trabajando en el desarrollo de una Agenda Local de Paz y Convivencia; las tecnologías para la paz; y las alfabetizaciones múltiples para una cultura de paz, tema sobre el cual está desarrollando su tesis doctoral en la Universidad Carlos III de Madrid.

 

Ana Villellas

Investigadora de la Escola de Cultura de Pau - UAB. Licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona – UAB. Tiene un máster en Política Internacional y Europea por la Universidad de Edimburgo, una diplomatura de postgrado en Cultura de Paz de la UAB.

Su área de investigación son los conflictos y procesos de paz en Europa, Cáucaso y Asia central y, particularmente, la cuestión kurda en Turquía. Otro ámbito de investigación es la dimensión de género en los conflictos y construcción de paz.

Forma parte de la red de género de Global Partnership for the Prevention of Armed Conflcit (GPPAC), así como del grupo de trabajo de género, paz y seguridad de European Peacebuilding Liaison Office (EPLO) en representación de GPPAC. Coautora de Alerta! Informe sobre conflictos, derechos humanos y construcción de paz desde 2007.

 

Carmen Magallón

Doctora en Ciencias Físicas, por el programa de Historia de la ciencia-Filosofía de la ciencia, de la Universidad de Zaragoza. Licenciada en Físicas.

Diploma de Estudios Avanzados (DEA) en Filosofía. Postgrado de Historia de la Ciencia, Estudios de Psicología, UNED.

Presidenta de la Fundación SIP (Seminario de Investigación para la paz), de Zaragoza. Presidenta de Honor de WILPF España, sección de la Liga internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad.

 

Tica Font

Fundadora e investigadora del Centre d’Estudis per la Pau J.M. Delàs,

Exxperta en Economía de defensa, comercio de armas, presupuestos de defensa, industria militar, nuevas armas y seguridad.

 

Ha sido profesora en educación no formal, tutora de la Universidad Nacional a Distancia (UNED) y técnica en medio ambiente en la Diputación de Barcelona.

 

¿Qué aspectos te resultan más preocupantes de la imposición de esta lógica militarista en la resolución de unos problemas que tienen como trasfondo la geopolítica y la reconfiguración del orden internacional?

Ana Barrero: La lógica militarista se basa en la premisa de que si se desea la seguridad y la paz hay que combatir para conseguirlas, es decir, prepararse para la guerra. Y sobre esta premisa perversa se ha construido un orden internacional basado en el militarismo, consistente en el establecimiento de políticas públicas encaminadas a proporcionar la seguridad mediante el armamentismo, el comercio de armas, el gasto militar, etc.

Desde la Investigación para la Paz sabemos bien, porque lo trabajamos desde el rigor científico y porque las evidencias y los hechos históricos así lo han puesto de manifiesto en innumerables ocasiones, que esta afirmación es absolutamente falsa y tremendamente preocupante. Que prepararse para la guerra supone invertir miles de millones en armamentos y gastos militares, mientras se reducen las inversiones ecosociales (vivienda, salud, educación, trabajo digno, seguridad alimentaria, medio ambiente…) que son las que protegen realmente a las personas y al planeta. Que invertir en la guerra no va a solucionar los conflictos violentos, por el contrario, contribuirá a aumentar la violencia y generar un enorme sufrimiento humano.

En un mundo ya de por sí profundamente militarizado, la guerra en Ucrania está acelerando aún más la militarización. Numerosos países han anunciado el incremento de su gasto militar para modernizar sus ejércitos y armamentos, así como para adquirir nuevos sistemas de violencia. Este impulso se argumenta como garantía para la seguridad de los Estados, imponiendo una idea de seguridad sustentada sobre las armas, una dimensión militar de la seguridad y el militarismo como forma de pensamiento. Y marginando, así, a la construcción de la paz como garantía y condición para la seguridad de las personas que viven en esos Estados.

Ana Villellas: Destacaría diversos aspectos. La invasión de Rusia -potencia militar y nuclear- contra una población soberana y un territorio con infraestructura nuclear como Ucrania, pone de manifiesto un desprecio por la vida y por el derecho internacional así como una lógica imperialista sumamente preocupantes. Los actos constitutivos de crímenes de guerra y crímenes de humanidad de Rusia hablan por sí mismos.

En el contexto global marcado por el incremento de tensiones geoestratégicas, rearme y securitización, emergencia climática, desigualdades socioeconómicas, y marcado también por el mayor cuestionamiento del derecho internacional y de las instituciones multilaterales, resulta inquietante que se pueda incrementar el recurso a la violencia armada, y que el nexo militarismo-patriarcado continúe tan arraigado, alimentando esta violencia y multiplicándola. Otro elemento preocupante en trasfondos geopolíticos es el riesgo de amplificación del conflicto militar.

En otro plano, es frustrante cómo en esta y otras crisis se ha despreciado la prevención; y cómo la OTAN y EEUU incumpliendo compromisos de construcción de una arquitectura de seguridad compartida con Rusia tras el fin de la Guerra Fría, han contribuido en estas décadas al deterioro del contexto de relaciones en el continente. No sabemos qué habría sucedido de haberse explorado o apuntalado más otros caminos (no ampliación de la OTAN, diálogo trilateral entre la UE-Rusia-Ucrania al inicio del Maidán, acuerdo del 21 de febrero de 2014, acuerdos de Minsk, más apoyo a las iniciativas locales de paz, etc.), pero la infravaloración de la prevención en esta y otras crisis es grave, porque las opciones después se reducen.

En otro orden de cosas, preocupa el alcance de los impactos de la invasión y de las consecuencias de parte de las sanciones en la población mundial, agravando desigualdades en el contexto del capitalismo global, al tiempo que las sanciones son una vía de presión no militar. Por otra parte, para frenar la devastación son necesarias negociaciones, pero estas pueden acabar siendo acomodaciones de intereses estratégicos construidos en base a conceptos de seguridad estatal impuestos por sus élites y acordados en mesas excluyentes y asimétricas, como vemos con Rusia. Por ello, antes, durante y después de las guerras necesitamos apoyar lógicas de construcción de paz inclusivas y con justicia social y justicia transicional.

También toca poner el foco en cómo en el shock de esta invasión se imponen falsos consensos, como el rearme, o se redirigen transformaciones impostergables en clave de justicia ecosocial hacia otras direcciones.

Carmen Magallón: Me preocupa el deterioro de los movimientos de respuesta. La invasión de Ucrania por parte de las tropas rusas sometidas a los planes de Putin, aunque diferente, se asemeja a la Guerra Fría en los años ochenta del siglo pasado: dos bloques, amenaza nuclear, tensión político-económica… La diferencia es que ahora no vemos un movimiento pacifista organizado, creativo y potente, similar al que se levantó en territorio europeo en aquellos años.

La reacción ante la guerra está conduciendo a un rearme de los países europeos con un aumento del gasto armamentístico descomunal. La transferencia de armas a Ucrania está sirviendo para justificar y embellecer tanto la producción y modernización de las armas como el aumento presupuestario dedicado a ellas. Ya no se controla ni el lenguaje y se dice que no solo se envían armas defensivas sino ofensivas. El control no hace falta porque la población está abducida por el ensalzamiento de un patriotismo de corte belicista y todo se justifica frente a un hecho condenable pero que hubiera podido ser abordado de otro modo. La producción y el comercio de armas, es decir, el negocio de las armas y quienes invierten en él son los grandes beneficiarios.

En la reacción de la población ucraniana se han reproducido los estereotipos de género. Asumiendo el papel de cuidadoras de niños, niñas y ancianos, las mujeres han salido del país en mayor proporción. No las critico, más bien al contrario: dejar el campo de batalla me parece sensato y civilizado, y ojalá los hombres lo hubieran hecho también, seguramente muchos hubieran optado por desertar y salir del país, pero no les han dejado. Tampoco se nos han mostrado del mismo modo a las mujeres que se han quedado a defender sus casas y el país ni a los hombres que, como han podido, han huido de la lucha. La deserción sigue siendo tabú.

Tica Font: Me aflige observar la rapidez con que se conduce y manipula a la población a través de los medios de comunicación. Para la población rusa no hay guerra. Putin ha prohibido utilizar las palabras “guerra, invasión y destrucción”, el bando ruso maximiza sus resultados y minimiza las bajas o errores. Putin muestra imágenes limpias de la guerra, solo se ven soldados en formación, tanques, no muestra ataques, no muestra destrucción en edificios, hospitales o escuelas, no muestra heridos o muertos, no muestra población angustiada. Putin muestra mapas de adelanto militar, muestra sus logros. Ucrania hace lo mismo, pero al revés: muestra destrucción, ataques a infraestructuras que dañan la vida, muestra la desesperación de las personas, muestra las largas colas de refugiados, muestra los heridos, los muertos, los daños en las casas; muestra su resistencia al ejército ruso.

Nosotros vemos el sufrimiento de la gente, empatizamos con ellos y dejamos que las emociones guíen nuestras decisiones. Cuando las emociones pesan más que la razón apoyamos todo lo que los gobiernos propongan, sea involucrarse en la guerra, vender armas o incrementar el presupuesto de defensa. Estos días vemos a mucha población con reacciones primarias pidiendo que entremos en guerra, como si la guerra fuera una película. También vemos población que criminaliza a cualquier persona por el hecho de ser rusa. Es bueno recordar que las guerras las hacen los gobernantes, no los países ni la gente.

Como pacifista resulta duro comprobar que unos días de crónicas televisivas anulan los principios o valores tan importantes como defender la vida humana por encima de todo y hacen aflorar emociones primarias que piden guerra.

En términos geopolíticos hay que situar la guerra en el contexto de construcción de una nueva era, estamos construyendo un nuevo orden mundial multipolar, en el que todavía no están establecidos quienes figuraran como potencia ni se han establecido los canales o arquitectura institucional de diálogo entre potencias.

Por otra parte, estamos asistiendo a lo que puede ser un cambio de hegemonía mundial, hasta ahora Estados Unidos era la potencia hegemónica mundial, en términos económicos, tecnológicos y militar, esta posición la disputa China, que ya casi pasara a ser la primera potencia económica y va a la zaga en ser potencia tecnológica y militar.

A lo largo de la historia vemos que los cambios hegemónicos se han llevado a cabo mediante guerras ¿Pasará lo mismo? ¿Nos estamos preparando para una gran confrontación? ¿O podremos aceptar compartir las hegemonías sin matarnos o sin imposiciones a través de la fuerza?

 

¿Qué percepciones crees que se van fraguando entre la ciudadanía? ¿Qué traducción política podría tener esta reacción ciudadana que se alimenta de incertidumbre, preocupación, indignación y empatía ante la tragedia que se vive en Ucrania? ¿Quién puede terminar canalizando este desconcierto e indignación?

Ana Barrero: En un contexto de guerra, como la de Ucrania, o cualquier otra, la narrativa predominante suele ser la de la propaganda de los actores o países enfrentados. Se produce, además, una “guerra” de la narrativa, el discurso es diferente dependiendo del actor del que provenga, ya que la victoria también será imponer el propio relato sobre la guerra.

En el caso concreto de la guerra en Ucrania, el discurso de Putin está dirigido, sobre todo, hacia el interior del país, con el objetivo de justificar la invasión, y está calando poco fuera de Rusia. Por el contrario, el discurso de Zelenski está teniendo un fuerte impacto tanto dentro como fuera de Ucrania. Dentro ha generado unión del pueblo y el apoyo a las acciones del Gobierno. Fuera está generando una fuerte empatía y solidaridad con el pueblo ucraniano y, también, con las acciones del Gobierno de Zelenski.

Estas narrativas, así como las que se están generando a través de los medios de comunicación, las redes sociales… están contribuyendo, por un lado, a la espectacularización y normalización de la guerra lo que conlleva al apoyo al militarismo, al envío de armas a Ucrania, etc. Por otro lado, están alimentando la incertidumbre e inseguridad sobre lo que puede o no ocurrir, o de la duda sobre el grado de conocimiento de lo que está ocurriendo, contribuyendo a la construcción de un imaginario colectivo de impotencia y miedo.

Aunque el miedo ha estado presente en la sociedad en todas las épocas, porque es inherente a la vulnerabilidad radical de los seres humanos, el miedo actual surge, además, por nuevos motivos: la crisis provocada por la pandemia de la COVID-19, los conflictos violentos, las consecuencias del cambio climático, la guerra en Ucrania… Para muchas personas el mundo de hoy es un lugar inseguro, plagado de amenazas y violencias que socavan las perspectivas de paz, la estabilidad, los derechos fundamentales y el desarrollo sostenible. Estas situaciones provocan hartazgo, desilusión, desafección a las instituciones a todos los niveles, incertidumbre personal y malestar colectivo.

En este contexto los movimientos políticos y sociales ultraderechistas, supremacistas y totalitarios encuentran su caldo de cultivo, tendiendo a confundir el discurso y la información con la propaganda, las noticias falsas y la desinformación alimentando la polarización de las sociedades y el miedo. Y son estos movimientos los que pueden terminar canalizando este miedo e indignación.

Ana Villellas: La invasión y guerra en Ucrania ha generado preocupación en la población, tanto entre quienes se consideran más informados como entre quienes afirman tener menos información sobre la situación. Según el barómetro del CIS de marzo, un 86,4% de la población del Estado español estaba bastante o muy preocupada por la invasión de Rusia. Una amplia mayoría consideraba que la invasión tendrá bastantes o muchas consecuencias en la situación económica de la población del estado español, en el precio de los carburantes y en el precio y suministro de productos agrícolas. Según el barómetro, había amplio apoyo al envío de ayuda humanitaria, a la acogida de población refugiada de Ucrania, a la presión internacional para la retirada de tropas, a la imposición de sanciones económicas y —con apoyo amplio aunque algo menor— al suministro de material militar en forma de armamento o munición para la defensa. En conjunto, por tanto, afectación, conciencia de las cadenas de impactos económicos interrelacionados y apoyo a la acción (a diferentes tipos de acción).

La traducción política y la canalización de la preocupación puede ser diversa. Aquí el campo de la sociología (del cambio social, del trabajo, de la juventud, urbana, rural, política...), la comunicación, la economía y tantos otros nos pueden dar claves

Necesitamos diálogos interdisciplinares y participativos, tanto para ahondar en la prevención de la violencia armada, como para internacional y localmente construir respuestas con justicia social. No sé si la incertidumbre y la preocupación se traducirán en cierta alineación entre población y acción de gobierno en el marco de la aparente mayor unidad de los gobiernos europeos y de parches que mitigan muy parcialmente la desigualdad; o si se traducirán en más desafección y más desconfianza que puedan ser instrumentalizadas por fuerzas populistas y reaccionarias en ausencia de mayores políticas redistributivas y en un contexto de asimetría de poderes; u otros escenarios. Resultan imprescindibles alianzas y políticas que pongan en el centro las necesidades materiales de la población (seguridad alimentaria y energética, acceso a la vivienda, condiciones laborales, regularización administración, cuidados...), la gestión pública de los bienes de primera necesidad, la coherencia de políticas (incluyendo en acción exterior) y pactos amplios para transiciones (energética, transporte, agroecológica, entre otras) con justicia social.

Carmen Magallón: Hay cierta melancolía e impotencia frente a lo que nos acontece como ciudadanía y como humanidad. Primero un virus que desbarató parte de nuestras vidas y nos mostró una vulnerabilidad que gran parte de la población no tenía asumida: creíamos que la tecnociencia y el capital nos protegían de estos embates. Vemos que no.

En cuanto a la corriente inmensa de solidaridad hacia los refugiados, es encomiable, sí, pero levanta otros interrogantes: ¿por qué no sucede lo mismo ante otras guerras y otros refugiados, sea Siria, Yemen, Palestina? ¿Es efecto de los medios o de un racismo que reconoce al ‘igual de aspecto’ mientras desconoce a los diferentes, sobre todo si son pobres?

Pienso que la asunción acrítica del heroísmo bélico por parte de la población, tal vez está mostrando el vacío de valores de una sociedad de mercado centrada más en tener que en ser (glosando a Erich Fromm). La ciudadanía se repliega en los ahora llamados espacios de confort: la familia, el pueblo unido al campo si es posible, la identidad -sea esta lo que sea-, el individualismo.

No se han dado las suficientes y documentadas explicaciones de la genealogía de una invasión-guerra que venía anticipada por señales e incumplimientos por parte de Occidente de los acuerdos que se establecieron con Rusia tras la disolución de la Unión Soviética, acuerdos que tendrían que ponerse de nuevo sobre la mesa, si realmente se quiere una solución diplomática. Las negociaciones para conseguir la paz exigen reconocimiento, coherencia autocrítica y voluntad. Como falta pedagogía y formación política, serán los partidos xenófobos y ultras, los que enfatizan la seguridad armada y el miedo al otro, que son los mismos que hacen un canto al patriotismo belicista, los que se beneficiarán de esta guerra.

Tica Font: Hay una buena parte de la población española que lentamente, crisis tras crisis, va perdiendo salario, la brecha salarial aumenta y el nivel de pobreza aumenta. Esta lenta pérdida de derechos laborales y salarios va generando frustración y desafección política. La guerra de Ucrania provoca reacciones de pedir mano dura en nuestros gobiernos de la UE hacia el “malo” y mano dura aplicando sanciones.

La globalización ha supuesto la interrelación de las economías y querer aplicar sanciones como si fuéramos países que viven aislados tiene sus consecuencias. Estos días muchas personas pedían cerrar el grifo de petróleo con Rusia, se decía y con razón que, si Rusia exporta gas y petróleo, le estamos financiando la guerra; pero si cerramos la compra, hay que pensar que mucha industria cerrará, la producción de energía eléctrica disminuirá, eso conlleva pérdida de muchos puestos de trabajo y de salarios. Otros decían que pasáramos a comprar el gas a Argelia, la infraestructura no está preparada, pero este gas está en un país bajo régimen poco democrático, gas situado en la zona del Sahara, donde se encuentran diversas fracciones del Daesh. Como hemos visto estos días el gaseoducto que pasa por Marruecos hacia España ha sido cortado. Otro punto débil.

Sabemos que tenemos que disminuir el consumo de combustibles fósiles, que lentamente se irán acabando las reservas. Descarbonizar la economía y llevar cabo una transición económica verde, comportará depender de ciertos minerales para fabricar turbinas eólicas, paneles solares o baterías para coches, habrá que asegurarse el acceso a los mismos, diversificar las fuentes de abastecimiento y asegurar la cadena de suministro. En definitiva, estamos cambiando la dependencia de combustibles fósiles por una dependencia de materias primas críticas.

Con todo ello quiero decir que el mundo no podemos mirarlo en términos de “bueno-malo”, “blanco o negro”, el mundo es complejo y decidir o tomar decisiones también lo es, no hay decisiones o políticas buenas o malas. Hay que decidir entre lo menos malo. Y sea lo que sea que se decida se tardan años en implantar y en observar resultados.

Pero las reacciones viscerales ante el conflicto o las reacciones ante a subida de precios de combustibles y otras materias primas, piden reacciones rápidas, piden urgencia en replantear modelos para la agricultura o los precios de insumos agrícolas.

En estos contextos cuando los partidos políticos no representan modelos de futuro sino simples peleas electorales muchos toman opción por los partidos populistas y de extrema derecha. Los grupos de extrema derecha presentan propuestas disruptivas, como salirse de la UE, representan nacionalismos excluyentes, proponen que la mujer vuelva a ocuparse de la casa y los cuidados o que no se permita la entrada de inmigrantes. Proponen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ello está provocando una lucha electoral entre la derecha y la extrema derecha por la hegemonía política.

Occidente contempla la seguridad internacional como una forma de garantizar un modo de vida que nos ha conducido a una grave crisis ecosocial ¿Qué desafíos Diálogo. La Guerra de Ucrania en el contexto de un nuevo orden tiene ante sí el movimiento pacifista en este contexto, en el que también tendríamos que computar, además del drama del conflicto violento y la urgencia de pararlo, otras cuestiones como la crisis ecológica y social en la que se encuentra sumida nuestra sociedad?

Ana Barrero: El contexto actual de grave crisis ecosocial que estamos viviendo a nivel global supone un importante desafío para nuestras sociedades, que nos interpela a las personas y organizaciones que trabajamos por la paz a actuar. Ya que tenemos la responsabilidad de preocuparnos y ocuparnos para tratar prevenir, reducir y erradicar cualquier tipo de violencia, se manifieste en la forma en la que se manifieste y en el lugar en que se manifieste.

En este sentido, el movimiento pacifista tiene actualmente numerosos y urgentes desafíos, entre ellos, contribuir a redefinir el concepto de seguridad en términos humanitarios y ecológicos. Una seguridad vinculada al bienestar de las personas y a la capacidad para satisfacer sus necesidades básicas en un entorno medioambiental seguro. Una seguridad que consiga eliminar, o reducir, el sufrimiento humano y de la naturaleza; aumentar la presión sobre los gobiernos para reducir los presupuestos militares y redirigir estos fondos a las cuestiones esenciales para el cuidado de la vida y del planeta; incidir en los gobiernos para que firmen y ratifiquen el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, con el fin de desmantelar el sistema de violencia nuclear que supone una amenaza extrema para las personas y el planeta; poner esfuerzos para fortalecer la convivencia y la paz frente al miedo y la desconfianza; promover, a nivel local y global, los valores democráticos de justicia, solidaridad, igualdad y cooperación, para lograr una sociedad global más justa, equitativa, inclusiva, sostenible y pacífica; y continuar impulsando la construcción de la paz, la diplomacia, el diálogo, la solidaridad, el desarme, los cuidados y la adopción de medidas urgentes para abordar el cambio climático como imperativo para la supervivencia humana.

“Posiblemente el mayor enemigo de la paz en el mundo sea la extendida creencia de que la paz es imposible”, Fredrik S. Heffermehl

 

Ana Villellas: Son muchos los desafíos. ¿Cómo abordar los diversos sistemas y fuentes interrelacionados de violencia directa, estructural y simbólica, y hacerlo de forma situada (con conciencia del lugar y posiciones desde las que habitamos y enunciamos) y transformadora? Parte del desafío y la oportunidad pasa por comprender la interrelación de las violencias y sus engranajes, desnaturalizarlas y construir y proponer desde lugares de mayor interrelación y de sujetos más amplios, tanto en el entorno inmediato como en el plano internacional. Sin reinventar la rueda, persistiendo en los fundamentos y caminos de quienes nos precedieron (desarme, desnuclearización, prevención de conflictos, acción noviolenta...) incluyendo desde los márgenes (feminismo pacifista, que pone la vida en el centro) y, a la vez, ensanchando el campo de visión, los diálogos y los sujetos.

Desde lo cotidiano y la vida de todas. Como movimiento pacifista tenemos el reto de visibilizar y desgranar las violencias que convierten a las personas y los territorios —países frontera entre bloques, territorios con recursos naturales, barrios urbanos...— en campo de batalla, y prevenirlas y confrontarlas. Los muchos retos incluyen fortalecer la interrelación del movimiento pacifista con otros movimientos y luchas emancipatorias en barrios y en el escenario global; hacer relevantes en los debates públicos y políticos los planteamientos y propuestas de la cultura de paz —muy especialmente de la prevención de la violencia armada— y hacerlo sin superioridad moral, con conciencia del lugar de enunciación y de la dificultad de los dilemas y conscientes del momento social; fortalecer las capacidades para el pensamiento crítico y la educación para la paz; contribuir a construir poder popular poniendo en centro la interdependencia y la noviolencia, al mismo tiempo que seguir incidiendo en las políticas y espacios de poder político y económico... Hay desafíos específicos del movimiento pacifista y otros muchos son comunes a otros movimientos.
En ello estamos.

Carmen Magallón: El movimiento pacifista tiene ante sí el reto de organizarse combinando la virtualidad de las relaciones con la presencialidad que exige la posibilidad de realizar incidencia visible y con potencial de extenderse y ocupar un espacio. Hemos de dejar de escondernos tras las pantallas, hacernos presentes. El cuerpo siempre ha sido clave en las protestas imbuidas de la filosofía y las acciones noviolentas. Hemos de recuperar los cuerpos para la política.

La paz va más allá de la seguridad, pero necesita seguridad. Hemos de recuperar la idea de que mi seguridad depende de la tuya, y viceversa: la seguridad compartida. Una noción que no casa con las armas, sino con el fomento de la confianza. Lo hemos escrito: las armas no nos salvarán.

Necesitamos más pedagogía sobre el mundo global, en el terreno de la política, de los impactos ecosociales y la interdependencia. En nuestro país, es patente la falta de formación y desconocimiento de estos asuntos; los partidos los relegan en sus programas y debates públicos y apenas tienen espacio en los medios. Lo que conduce a una ignorancia de la población al respecto de acontecimientos que nos afectan en lo cotidiano —y ahora, con el impacto de la guerra en nuestra economía, lo estamos viendo.

En el plano de la gobernanza global, hacen falta líderes, hombres o mujeres, capaces de revertir este deterioro, sin miedo a apelar a ideales a compartir como humanidad. Si los partidos democráticos y sus líderes siguen aferrados a la contabilidad estrecha y las miserias humanas, y no promueven visiones ligadas a proyectos ilusionantes encaminados a animar a la ciudadanía a vivir de otro modo, a disfrutar de una vida menos consumidora de energía y materiales escasos, más ligada a los cuidados, los afectos y el disfrute del tiempo, más cuidadosa con la Naturaleza y los demás; si nos quedamos en los cálculos y la exaltación de lo negativo, sin un relato ilusionante de futuro, quienes se beneficiarán serán los fabricantes de armas y los partidos xenófobos.

Tica Font: En el imaginario europeo todavía queda el rechazo al horror de la guerra. El movimiento pacifista se hace eco de ello, la población todavía puede aceptar que preservar la vida es más importante que cualquier otro valor abstracto como el país. Pero no hemos logrado cambiar las premisas de pensamiento en los espacios de toma de decisiones donde los intereses económicos siempre están por encima de mantener la vida.

Todos sabemos que utilizando las premisas de la física newtoniana nunca se hubiera desarrollado la teoría de la relatividad, fue necesario cambiar de premisas para obtener una respuesta diferente. Ese sigue siendo nuestro reto, si no hay cambio de premisas siempre llegamos al mismo resultado, dirimir los conflictos de intereses mediante la guerra. ¿Cuándo cambiaremos las premisas? ¿Quién no tiene interés en que cambien las premisas?

 

 


Diálogo sobre calidad de vida y necesidades humanas

Diálogo sobre calidad de vida y necesidades humanas

FUHEM Ecosocial

Junio 2022

Vivimos inmersos en una profunda crisis ecosocial —resultante de la combinación de la ecológica con la social— que  expresa hasta qué punto se tensan en la fase actual del capitalismo las articulaciones entre las esferas productiva y reproductiva.

Este diálogo que pertenece a la colección Dosieres Ecosociales presenta, de forma razonada, algunos de los debates acerca de qué cabe entender hoy por una "vida buena" y cómo lograr una sociedad justa y sostenible sin personas excluidas.

Santiago Álvarez Cantalapiedra, en el texto introductorio, define la crisis ecosocial y su desarrollo en una época de profundos contrastes: por un lado, miseria cuando no se alcanza lo mínimo para una vida digna; por otro, patologías sociales y deterioro ambiental consecuencia de la sobreabundancia y del exceso. De ahí que el principal desafío que tiene planteada la humanidad ante la envergadura de esta crisis es el de encontrar caminos intermedios entre la carencia y el despilfarro que respondan a la pregunta de cuánto es suficiente para garantizar el bienestar de todas las personas sin comprometer las bases naturales que sostienen la vida en el planeta.

Para el diálogo hemos contado con la inestimable colaboración de varios expertos: Cristina Carrasco, Antonio Elizalde Hevia, Omar Felipe Giraldo, Ian Gough, Joke J. Hermsen, Max Koch, Joaquim Sempere, Julia K. Steinberger, que han respondido a las siguientes cuestiones:

1.- ¿Cuáles son los componentes o dimensiones que consideras fundamentales en cualquier definición de "calidad de vida" o "vida buena"? ¿Qué es lo que hace buena la vida humana?

2.- Dado que el contexto actual viene marcado por la crisis ecosocial global, ¿qué aspectos deberíamos incorporar a la reflexión sobre la "calidad de vida"?

3.- ¿En qué medida los diferentes enfoques acerca de las necesidades humanas son útiles y/o necesarios para definir y evaluar la calidad de vida?

4.- ¿Es posible lograr un marco común sobre las necesidades humanas?

5.- En un plano más práctico, parecería que necesitamos un nuevo contrato social construido a partir del consenso en torno a qué significa hoy, en este contexto de crisis ecosocial, la justicia social y la sostenibilidad. ¿Qué aporta, en este sentido, el debate en torno al Green New Deal y otros similares?

Acceso al texto completo del dosier en formato pdf: Diálogo sobre calidad de vida y necesidades humanas.


Día Mundial de las personas refugiadas: Selección de recursos

En 2001 las Naciones Unidas declararon el 20 de junio como Día Mundial de las Personas Refugiadas, cuyo objetivo era rescatar del olvido la dramática situación que viven millones de personas refugiadas y desplazadas de todo el mundo y para fomentar la comprensión y la empatía hacia ellas en consideración de las difíciles circunstancias en las que se encuentran.

El lema del año 2022 es: "Quien sea. Donde sea, Cuando sea. Toda persona tiene derecho a buscar protección". Con independencia del tipo de amenaza (guerras, violencia, persecuciones), toda persona merece recibir protección y tiene derecho a estar en un entorno seguro.

Según datos oficiales de la Organización de las Naciones Unidas y su agencia para los Refugiados, ACNUR, en 2022:

Cada minuto, veinticuatro personas lo dejan todo para huir de la guerra, la persecución o el terror.

La mortífera combinación entre conflicto, pandemia, pobreza, inseguridad alimentaria y emergencia climática ha agravado la situación en la que se encuentran las personas desplazadas.

Ya hay más de 100 millones de personas desplazadas en el mundo.  Cifra que viene en franco aumento, y que no se frenó ni siquiera por el confinamiento global de la pandemia en 2020. En ese año se llegó a 82,4 millones de personas desplazadas, de las cuales 26 millones tienen estatus de refugiados.

Millones de personas, en los últimos meses, han huido de sus hogares en Ucrania debido a la guerra, dando lugar a la mayor crisis de desplazamiento de en Europa.

El desplazamiento por desastres continúa sin cesar y a lo largo el mundo, afectando a decenas de millones de personas cada año.

Con más desplazados internos en el mundo que nunca, Covid-19 ha agravado la precariedad, las desigualdades y vulnerabilidades que son cada vez más profundas.

Se han reducido las posibilidades de retorno seguro de las personas refugiadas y desplazadas, si en 1990, un promedio de 1.5 millones de refugiados pudo regresar a sus hogares cada año, en la última década, este número se redujo a 385.000 personas.

Recogemos hoy una selección de recursos que abordan la situación de las personas refugiadas y las que sufren desplazamientos forzosos en el mundo, las causas, la vulneración de los derechos humanos que sufren, el agravamiento por la pandemia y por las consecuencias del cambio climático, así como sobre la posibilidad de retorno.

INFORMES

UN Refugee Agency - UNHCR

The Global Report 2021. The stories behind the numbers

Este Informe presenta el trabajo realizado por ACNUR en 2021 para proteger y mejorar las vidas de decenas de millones de personas de interés: refugiados, retornados, desplazados internos, apátridas y otros de interés. Destaca los logros del año, así como los desafíos que enfrentan la organización y sus socios, al intentar responder a múltiples crisis que amenazan la vida y necesidades humanitarias cada vez mayores.

En 2021, el número de personas desplazadas alcanzó el nivel más alto de la historia.

Las personas obligadas a huir de sus hogares pueden buscar asilo en países extranjeros y convertirse en refugiados, o pueden ser desplazados internos, desarraigados dentro de su propio país.

El trabajo de ACNUR también  incluyen a los apátridas y aquellos que han regresado recientemente después de haber sido obligados a huir. Todos son vulnerables y corren el riesgo de que se les nieguen sus derechos.

ACNUR tiene como objetivo garantizar a las personas se ven obligadas a huir, que puedan llegar a un lugar seguro y ejercer su derecho legal a solicitar asilo. Su salud mental y física puede estar en riesgo, incluso debido a la violencia de género. Pueden estar separados de sus familias o ser vulnerables debido a su edad, discapacidad, género u orientación sexual. Necesitarán alimentos, refugio, combustible, agua, instalaciones para lavar y artículos básicos para cocinar, así como dinero en efectivo para necesidades urgentes.

 

Comisión Española de Ayuda al Refugiado - CEAR

Informe Anual 2022: Las personas refugiadas en España y Europa.

El vigésimo Informe anual de CEAR analiza la situación de las personas refugiadas en el mundo, en la Unión Europea y, principalmente, en España.

Un año más, la cifra global de desplazamiento forzado alcanzó una nueva cima, con 85,8 millones de personas en junio de 2021.

Siria, Venezuela, Afganistán, Sudán del Sur y Myanmar, junto con Palestina, son los principales países de origen de las personas refugiadas mientras que República Democrática del Congo, Etiopia y Afganistán los que tienen un mayor volumen de nuevos desplazamientos internos a lo largo del primer semestre de 2021.

Además, a las anteriores se suma, a comienzos de 2022 la situación del desplazamiento forzado de Ucrania a raíz del conflicto que vive actualmente el país.

A mediados de este año, ya se ha alcanzado la escalofriante cifra de más de 100 millones de personas desplazadas forzadas en el mundo según datos recientes de ACNUR.

En el seno de la Unión Europea, el Pacto sobre migración y asilo no ha presentado los avances esperados en 2021. Las principales divergencias siguen produciéndose en las cuestiones relativas a la solidaridad y la responsabilidad compartida.

España volvió a ser el tercer país de la UE que atendió a un mayor número de personas solicitantes de asilo, siendo Venezuela y Colombia los principales países de origen. No obstante, solo el 10,5% de las 71 830 personas cuyo expediente se resolvió obtuvo protección internacional. Aunque este porcentaje refleja un incremento con respecto al año anterior se aleja notablemente de la media de la UE que asciende a un 35%. Además, un 18,5% logró una autorización de residencia por razones humanitarias.

Informe CEAR 2022. Resumen Ejecutivo.

 

Internal Displacement Monitoring Center - IDMC

GRID- Global Report on Internal Displacement

El Informe global sobre desplazamiento interno (GRID) del IDMC es la principal fuente mundial de datos y análisis sobre desplazamiento interno.

La edición de este año incluye un enfoque especial en los niños y jóvenes desplazados internamente.

La primera parte presenta datos actualizados y análisis del desplazamiento interno a nivel mundial. Los datos y las actualizaciones contextuales se incluyen en los resúmenes regionales y los países destacados.

La segunda parte explora los impactos del desplazamiento en los niños y jóvenes, a menudo invisibles en los datos de desplazamiento, al tiempo que destaca iniciativas prometedoras que abordan algunos de sus desafíos.

Los conflictos, la violencia y los desastres desencadenaron 38 millones desplazamientos internos en 141 países y territorios en 2021

La cifra global de conflicto y violencia fue la más alta jamás registrada con 14,4 millones, y los países individuales incluyendo Etiopía, la República Democrática del Congo (RDC) y Afganistán también registraron máximos históricos.

En el año 2021 los desastres desencadenaron más del 60% de los problemas internos de desplazamientos registrados en todo el mundo. Más de 94 por ciento fueron el resultado de peligros relacionados con el clima tales como tormentas e inundaciones. La sequía en varias regiones provocó 240.000 desplazamientos y alimentó otros peligros como incendios forestales que también obligaron a las personas a huir.

Con 12,5 millones, la mayoría de los desplazamientos asociados con el conflicto y la violencia en 2021 fueron desencadenados por fuerzas armadas.

El número de personas que viven en situación de desplazamiento interno en todo el mundo ha vuelto a alcanzar niveles récord. Con más desplazados internos en el mundo que nunca, el Covid-19 ha agravado las desigualdades y vulnerabilidades cada vez más profundas: seguridad alimentaria, acceso a servicios y capacidad para regresar a casa o trasladarse a refugios seguros.

 

REVISTAS

Migraciones Forzadas

El número 69 de la revista Migraciones Forzadas número 69, de marzo de 2022,  incluye una sección principal titulada Crisis climática y desplazamiento: del compromiso a la acción, donde los autores analizan de qué manera pueden los compromisos políticos de alto nivel traducirse en acciones concretas para abordar los efectos de la crisis climática sobre la movilidad humana.

En la sección artículos generales se incluyen tres sobre otros temas: las mujeres, la paz y la seguridad en los desplazamientos; las transferencias de efectivo en Turquía; y el alojamiento para los solicitantes de asilo en el Reino Unido.

La crisis climática afecta a todos y cada uno de los habitantes del planeta, pero sus efectos no se sienten por igual en todo el mundo.

Las personas que viven en zonas vulnerables a los desastres naturales ya están experimentando unas consecuencias muy reales. Pero aquellas con menor autonomía política y cuyos medios económicos son reducidos no necesariamente pueden adaptarse y protegerse de los efectos de una crisis a la que son quienes menos han contribuido.

Para muchos, esta crisis acabará en desplazamientos, ya sea en forma de evacuaciones de emergencia, reubicaciones planificadas o migración forzada desde las zonas vulnerables.

Esta edición de Revista Migraciones Forzadas analiza cómo se aborda a nivel político el desplazamiento en el contexto del cambio climático en los compromisos adquiridos por los Gobiernos y otros actores internacionales. Pero está claro que las políticas y las palabras no bastan. Es necesario actuar. Los artículos de este número cubren un amplio abanico de ángulos sobre esta importante cuestión: desde mitigar los desplazamientos a través de la reducción del riesgo de desastres hasta los marcos jurídicos necesarios para responder a la movilidad relacionada con el clima.

 

Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global

Migraciones forzadas

La responsabilidad de Occidente en las causas que dan origen a este fenómeno, tanto en los conflictos armados actuales, como en los procesos de expulsión por destrucción de hábitat, pone en evidencia la insuficiente respuesta ofrecida y el continuado incumplimiento de los compromisos adquiridos.

Santiago Álvarez Cantalapiedra, director de FUHEM Ecosocial, abre el número con una introducción sobre las causas, responsabilidades y respuestas de los desplazamientos forzosos. La llamada «crisis de los refugiados» es un nuevo ejemplo de cómo las políticas migratorias y de asilo están desafiando en Europa los fundamentos de la democracia: a la ausencia de mecanismos comunitarios de acogida a quienes arriban desesperados a las costas europeas y a las vulneraciones de los derechos humanos de los migrantes y refugiados en el territorio de la UE.

Los siete artículos que componen el ESPECIAL, ofrecen una amplia panorámica sobre los distintos tipos de desplazamientos involuntarios, sus causas e implicaciones. En esta pluralidad de enfoques encontramos la apuesta de Sandro Mezzadra de adoptar un nuevo lenguaje conceptual en los estudios sobre migraciones como recoge su artículo, Proliferación de fronteras y derecho de fuga. Javier de Lucas en Refugiados: preguntas y respuestas ante una crisis que no es coyuntural, ofrece un estado de la cuestión respecto a lo que considera una mal denominada “crisis de refugiados”. Susana Borrás aporta un cuestionamiento del estatus jurídico de los desplazados por causas medioambientales en: La migración ambiental: entre el abandono, el refugio y la protección internacional. Por su parte, Alice Edwards realiza un análisis de las tendencias de la jurisprudencia en cuanto al reconocimiento de las solicitudes de asilo relacionadas con el género en Distinción, discreción, discriminación: las nuevas y, es de esperar, últimas fronteras para las solicitudes de asilo relacionadas con el género. Naomí Ramírez explica las causas que subyacen a la actual crisis de refugiados procedentes de Siria. El texto: De cómo una revolución fue ahogada en el Mediterráneo, plantea que la falta de acción internacional frente a los abusos y crímenes del régimen de Bashar al-Asad y el surgimiento de Daesh son las dos caras de una misma moneda que obliga a huir a los sirios. Estrella Galán escribe: Desde Aylan hasta París; recorrido por un drama humanitario sin precedentes. Por último, se recoge una visión de los exiliados por motivos económicos Exiliados económicos: jóvenes españoles en el extranjero, a manos de Mario Rísquez.

Viento Sur

El número 182 de Viento Sur de junio 2022 incluye en su sección Plural, coordinada por Ángeles Ramírez Pedro Ibarra, una selección de artículos relacionados con las migraciones y los derechos humanos.

Aborda la tendencia del capitalismo actual a dejar abandonadas a las personas que no resultan funcionales a los mecanismos habituales de extracción de riqueza, pese a la imagen humanitaria que la UE está queriendo mostrar ahora ante la tragedia que está sufriendo el pueblo ucraniano.

Ofrece distintas miradas de las políticas estatales en torno a la cuestión migratoria y los derechos humanos: Juan Hernández Zubizarreta Pedro Ramiro presentan un análisis del marco global en el que se desarrolla un necrocapitalismo que se caracteriza por poner los derechos de un poder corporativo transnacional por encima de los derechos humanos, especialmente de quienes se considera que no pertenecen a la comunidad nacional respectiva o que son, simplemente, sobrantes o desechables.

Alejandro ForinaFrancesca Ricciardi y José Ariza de la Cruz ponen de relieve la tendencia creciente a las migraciones forzadas por motivos ambientales, subrayando cómo ese fenómeno no hace más que manifestarse como una “violencia contra poblaciones que ya han sido violentamente marginadas”. Blanca BernardoMaría Paramés Jorge del Cura describen la situación de ausencia de derechos de las personas encerradas en los CIE, para proponer fórmulas mixtas de lucha capaces de hacer desaparecer esos centros. Anaitze Aguirre denuncia el racismo institucional que caracteriza el trato como delincuentes que hacen los Estados de las mujeres negroafricanas que llegan a Europa, “si es que lo consiguen” … La singular condición de las trabajadoras transfronterizas en Ceuta y Melilla, agravada desde el cierre de la frontera en marzo de 2020. Por último, Víctor Santiago, Germán García Marroquín y Pedro Ibarra nos recuerdan que desde 1993 han muerto más de 45.000 personas en su travesía hacia Europa y nos cuentan las experiencias recientes de movilización que ha promovido el colectivo vasco Ongi Etorri Errefuxiatuak en defensa de los derechos de las y los inmigrantes, en coordinación con colectivos de otros países europeos.


Dignos de ser humanos

Lectura Recomendada

Rutger Bregman, Dignos de ser humanos, Anagrama, Madrid, 2021, 528 págs.

Reseña de Diego Escribano Carrascosa publicada en el número 157 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global.

Rutger Bregman es un autor que sueña con ambiciosas transformaciones sociales. En su anterior obra publicada en castellano defendía la renta básica universal, jornadas laborales de quince horas semanales y un mundo sin fronteras. En este último libro anticipa, desde el primer capítulo, una idea radical, una idea «que, a lo largo de la historia, ha inquietado a gobernantes y han rechazado ideologías y religiones.

Una idea que ignoran sistemáticamente los medios de comunicación y se ha borrado de los anales de la historia» (p. 21). Una idea que «podría desencadenar una revolución y conducir a una forma completamente distinta de organizar la sociedad» (p. 21).

La idea no es otra que la convicción de que la mayoría de las personas son buenas.

El autor afirma que «hay pocas ideas que tengan una influencia tan decisiva en el mundo como nuestra imagen del ser humano.

Lo que damos por supuesto en los demás es lo que acabamos encontrando en ellos» (p. 30) y, sin negar que existe un lado malo en cada persona, afirma en base a evidencia científica que «sería más realista tener una imagen positiva del ser humano (…) convencido de que esa imagen positiva sería más realista aún si creemos de verdad en ella» (p. 30). En esas dos ideas radica buena parte del valor del libro.

Más aún si compartimos su muy sugerente afirmación de que «defender la bondad del ser humano es enfrentarse a los poderosos del mundo, porque, para ellos, una imagen esperanzadora del hombre es una amenaza, algo subversivo y sedicioso. Aceptar esa idea implicaría que no somos seres egoístas que han de ser controlados, regulados y domesticados desde arriba» (p. 41).

Bregman señala que uno de los sesgos más presente en los humanos es su mayor sensibilidad hacia lo negativo frente a lo positivo, «sesgo de negatividad» que se ve reforzado en nuestros días por las estrategias de empresas como Facebook, Twitter y Google que «saben qué tipo de noticias nos impresionan más, porque tienen datos muy precisos de todo lo que vemos en nuestras pantallas, y saben cómo retener los anuncios más lucrativos para las cuentas de sus empresas» (p. 36).

 Uno de los sesgos más presente en los humanos es su mayor sensibilidad hacia lo negativo frente a lo positivo, «sesgo de negatividad»

Avanzado el libro, a partir de un caso real, el autor tratará de desmontar las funestas ideas sobre la condición humana que sirvieron de arranque al argumento de la novela El señor de las moscas. Cuestionará el rigor de conocidos experimentos psicológicos y de influyentes obras, clásicas y recientes, sobre la violencia en la historia humana. Desmontará incluso las ideas generalizadas sobre la muerte de Catherine Susan Genovese, extrayendo el aprendizaje de que «una imagen retorcida del ser humano» (p. 229) es aprovechada muchas veces por los medios de comunicación con fines sensacionalistas, a costa de la verdad.

No se eluden tampoco las inevitables referencias a Hobbes y Rousseau: «Hasta el día de hoy, Hobbes y Rousseau son los padres primigenios de conservadores y progresistas, realistas e idealistas. Cuando un idealista aboga por mayor libertad e igualdad, Rousseau escucha en actitud aprobadora. Y cuando un cínico protesta y arguye que esos impulsos solo pueden avivar la llama de la violencia, Hobbes asiente satisfecho» (p. 71).

El libro hace un recorrido por la evolución humana, así como la influencia de los procesos civilizatorios. Destaca que la aversión humana respecto a la violencia lleva a evitar emplearla incluso en situaciones límites y relaciona esa aversión con el trauma persistente sufrido por personas que la han ejercido. Atribuye a la solidaridad entre personas de un mismo grupo un peso decisivo en el uso de violencia y recuerda, como sesgo que determina la amplitud de círculos de empatía, que los seres humanos somos animales sociales que «nos sentimos atraídos por aquellos que más se parecen a nosotros» (p. 101). De igual manera, presenta ejemplos de empresas y centros educativos basados en la confianza en las personas, en el acompañamiento y no en el control. Se defienden los presupuestos participativos como herramienta de inclusión y la importancia de los bienes comunes, puestos en valor por la politóloga Elinor Ostrom en su revolucionaria obra El gobierno de los bienes comunes.

A partir de ahí, Bregman defiende una radical transformación del sistema penal señalando que, frente al encarcelamiento masivo en Estados Unidos, «los datos demuestran que el modelo noruego es mejor, más barato y más realista» (p. 391). En general, rechaza las políticas públicas de seguridad basadas en concepciones sombrías del ser humano. Pone en valor la respuesta noruega tras la masacre de 2011, defendiendo que «responder con más democracia, más aperturismo y más humanismo no es nada fácil. Al contrario, lo fácil es usar un lenguaje amenazador, vengarse, cerrar las fronteras, lanzar bombas y dividir el mundo en buenos y malos» (p. 388).

Bergman enfatiza en Dignos de ser humanos que, ya en los años 50, el psicólogo Gordon Allport defendía que «los perjuicios, el odio y el racismo surgen de la falta de contacto» (p. 396), basándose en evidencias como que durante los disturbios raciales de 1943 en Detroit no se die ron enfrentamientos entre quienes tenían espacios de encuentro y que, entre los soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, el número de soldados blancos que rechazaban a soldados negros era menor en las compañías mixtas.

«Los perjuicios, el odio y el racismo surgen de la falta de contacto»

De manera complementaria con lo anterior, menciona a Trump al señalar que en 2016 «cuanto más te alejabas de la frontera con México, mayor era el apoyo para el hombre [Trump] que quería construir allí un muro» (p. 407), y que en ese mismo año en el Reino Unido «cuanto menor era la diversidad cultural de una ciudad o un barrio, mayor [era] el porcentaje de votantes a favor del Brexit» y que «en Holanda, las mayores concentraciones de votantes de partidos populistas de extrema derecha se encuentran en municipios con clara predominancia blanca, como Volendam. Por el contrario, la gente que tienen más contacto con musulmanes (especialmente en el trabajo) es menos islamófoba» (p. 407).

En la parte final de libro, tras recordar los numerosos testimonios de soldados de bandos contrarios que confraternizaron en la navidad de 1914, Bregman propone no caer en la deshumanización de ninguna persona y afirma que «si nos enterramos en nuestras trincheras perdemos de vista la realidad y acabamos convenciéndonos de que una pequeña minoría envenenada de odio es representativa de toda la humanidad» (p. 423).

Dignos de ser humanos es un libro de lectura grata, repleto de anécdotas, que defiende otra forma de contemplarnos a nosotros mismos a partir de la evidencia científica disponible y del papel que la cooperación y el altruismo han desempeñado como motor evolutivo de la humanidad.

Diego Escribano Carrascosa. Graduado en Derecho y en Ciencia Política y Administración Pública. Máster en Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

 

 

 

 

 


Nuevo título de la Colección Economía Inclusiva

En 2021 se ha cumplido medio siglo desde la publicación de The Entropy Law and the Economics Process de NicholasGeorgescu-Roegen, libro que sentó las bases de una revolución en la teoría económica moderna, lo que el autor llamó bioeconomía y que luego se desarrollo como economía ecológica.

El trabajo de Georgescu-Roegen, según afirman los autores del prólogo del libro, se centró en la necesidad de un cambio de paradigma en teoría económica, suponiendo una enorme sacudida intelectual en el terreno de la cultura, de las ideas y de las formas de vida que acompaña al capitalismo fosilista.

La ley de la entropía y el proceso económico alertaba del problema del agotamiento de recursos y la insostenibilidad termodinámica de un sistema económico que exigen un crecimiento perpetuo y daba voz de alerta a la crónica dependencia de ese capitalismo fosilista.

El nuevo libro de la Colección Economía Inclusiva de FUHEM Ecosocial y CatarataBieconomía para el siglo XXI. Actualidad de Nicholas Georgescu-Roegen, recoge las aportaciones de especialistas nacionales e internacionales en la obra del economista rumano con el objetivo de difundir y actualizar su pensamiento, y mostrar su alcance en otros campos del saber, como la tecnología, la sociología, la política, la ética o la estética.

Leer con atención a Georgescu-Roegen puede ofrecer claves valiosas para salir del atolladero global en que se encuentran las sociedades industriales del siglo XXI.

A continuación, ofrecemos algunos recursos (un video, el índice y el texto completo del prólogo) que nos acercarán un poco más al contenido de este libro y al pensamiento de un autor que sentó las bases de una revolución en el pensamiento económico moderno.

Video de presentación donde Jorge Riechmann nos habla de la relevancia de este libro colectivo editado con motivo del 50 aniversario de la publicación de La ley de la entropía y el proceso económico.

ÍNDICE

PRÓLOGO

Un buen momento para releer a Nicholas Georgescu-Roegen, Luis Arenas, José Manuel Naredo y Jorge Riechmann

PARTE I. AMPLIAR  EL ENFOQUE ECONÓMICO: NECESIDAD DE UN CAMBIO DE PARADIGMA

De la revolución carnotiana al descubrimiento del aspecto entrópico del proceso biotecnoeconómico. en memoria de Nicholas Georgescu-Roegen (1906-1994), Jacques Grinevald

Las contribuciones de Nicholas Georgescu-Roegen al pensamiento económico del siglo XX, Óscar Carpintero

¿Cuánto tiempo seguirán ignorando los economistas neoclásicos las aportaciones de Georgescu-Roegen?, Herman E. Daly

La ciencia económica y las revoluciones científicas, José Manuel Naredo

Actualidad del pensamiento de Georgescu-Roegen. La bioeconomía cincuenta años después de la publicación de La Ley de la entropía y el proceso económico, Mauro Bonaiuti

La brecha de la circularidad y el crecimiento de los movimientos mundiales por la justicia ambiental, Joan Martinez Alier

1971-1972-1973: La fallida ‘revolución vernadskiana’ (y bioeconómica) y nuestro ingreso en el delirio epistemológico, Jorge Riechmann

PARTE II. ONDAS EXPANSIVAS: LA REPERCUSIÓN DE GEORGESCU-ROEGEN MÁS ALLÁ DE LA ECONOMÍA

Entropía  y utopía. Georgescu-Roegen y su impacto en el proyecto emancipador, Emilio Santiago Muíño

‘¿Una vida corta pero extravagante?’ implicaciones  morales de la bioeconomía de Nicholas Geororgescu-Roegen, Luis Arenas

Georgescu-Roegen y la sociología: tres apuntes, Ernest Garcia

En busca de nuevas tecnologías viables en la era del dilema renovable, Adrián Almazán y Ramón del Buey

A orillas del río Passaic: un diálogo entrópico entre Robert Smithson y Nicholas Georgescu-Roegen, Jaime Vindel

PARTE III. CON GEORGESCU-ROEGEN Y MÁS ALLÁ DE ÉL: TERMOECONOMÍA

¡Es la entropía, estúpido! En homenaje a Nicholas Georgescu-Roegen, Antonio Valero y Alicia Valero

BIBLIOGRAFÍA

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Guerra y armas, dos conceptos cada vez más difusos

Guerra y armas, dos conceptos cada vez más difusos

 Tica Font 

El final de la Guerra Fría supuso una victoria del bloque occidental, con Estados Unidos como líder del grupo y una derrota del bloque soviético, con Rusia como líder. El final de la guerra comportó la rotura de un mundo bipolar y el nudo de conflictividad mundial dejó de ser Este–Oeste. Los conflictos armados a partir de este momento dejan de estar alineados con el nudo de conflictividad mundial y empiezan a aparecer términos para diferenciar estas guerras de las anteriores.

Se han llevado a cabo muchas investigaciones sobre estas guerras de post Guerra Fría y desde diversos enfoques. Desde el punto de vista de la seguridad Mary Kaldor1 acuñó el término “nuevas guerras”2 y Mark Duffield3 abordó estas nuevas guerras desde el binomio seguridad–desarrollo. Estos y otros muchos autores alrededor del año 2000 describen las nuevas guerras enfatizando sus diferencias con las guerras anteriores, sean la II Guerra Mundial o la Guerra Fría, y buscan las nuevas señas de identidad de los conflictos surgidos a finales del siglo XX.

En estos primeros años del 2000 se hizo necesario acudir a métodos comparados para poder afirmar que realmente existían diferencias entre los conflictos del pasado y los actuales. Para ello, era necesario elaborar categorías de comparación y herramientas a través de las cuales pudiéramos explicar las diferencias y similitudes. Kaldor estableció su punto de comparación o punto de partida en la Guerra Fría, y autores como Munkler lo harán respecto a las guerras de la Edad Moderna.

Otros autores, entre ellos Newman,4 consideran que no se puede hablar de “nuevas guerras” como un fenómeno que presente rasgos identificativos diferentes de los conflictos conocidos hasta ahora. Newman defiende que las diferencias entre estos conflictos y las guerras tradicionales se han exagerado, que no han cambiado tanto, y apunta que lo que ha cambiado es nuestra aproximación y análisis de estudio y sobre todos los medios de comunicación.

El objetivo de este trabajo no está en sopesar cuánto hay de nuevo o viejo en las guerras actuales, sino aportar características de los conflictos actuales que nos ayuden a entender las lógicas de la guerra.

La estrategia asimétrica supone organizarse de manera diferente al rival con el objetivo de maximizar las fortalezas propias y explotar las debilidades del oponente

Kaldor propone que, para estudiar las guerras actuales, para entender su lógica de gestación y desarrollo, tenemos que analizar las siguientes categorías o variables clave: los actores, las causas, los objetivos, los métodos y la financiación. Otros autores proponen añadir más categorías de análisis. Duffield propone añadir la que denomina “emergencias complejas”. Otros autores consideran conveniente añadir categorías como el marco geográfico, o el marco legal de la violencia, pero en este trabajo no las vamos a tener en cuenta porque no son tan relevantes para nuestro objetivo.5

 

Actores. Infinidad de estudios coinciden en resaltar el amplio abanico de actores que intervienen en los conflictos, sean actores públicos o privados, estatales o no estatales, con uniforme o sin uniforme. En los conflictos podemos observar: fuerzas armadas regulares (estatales y públicas) o restos de estas (militares que abandonan el ejército y por tanto son no públicas), grupos paramilitares, milicias, grupos del crimen organizado, unidades de autodefensa, mercenarios extranjeros o fuerzas militares extranjeras. En general podemos afirmar que la gran mayoría de estos actores adolecen de una sólida estructura y cadena de mando o jerarquía, son grupos atomizados que responden más bien a estructuras horizontales que operan autónomamente.

Duffield pondrá el acento en lo que llama las “guerras en red”, guerras que se basan en redes cada vez más privadas de actores estatales y no estatales que actúan más allá de las competencias territoriales de los gobiernos; en estas guerras se producen alianzas entre redes políticas, sociales o económicas.

 

Causas o desencadenantes de la guerra, los estudios apuntan a que los agrupemos en dos apartados. En el primero se situarían como causas las cuestiones políticas basadas en identidades religiosas, étnicas o tribales; en el segundo, las motivaciones económicas, contienda por los recursos o las riquezas.

En la Guerra Fría estábamos habituados a encuadrar los conflictos armados dentro de la lógica geoestratégica sin conceder mucha importancia a otros factores internos así fueran identitarios o nacionalistas. Aunque los factores históricos siempre han formado parte de la base en que se apoyan los conflictos armados, Kaldor añade que este nuevo nacionalismo por una parte busca desintegrar el estado y no construirlo, al mismo tiempo que sostiene que este nacionalismo carece de ideología modernizadora. También afirma que este tipo de políticas de identidades es intrínsecamente excluyente y, por tanto, tendente a la fragmentación. Estos actores, además, adolecen de una sólida estructura y cadena de mando.

En cuanto a las causas o desencadenantes económicos se puede afirmar que la guerra es la continuación de la economía por otros medios. Münkler6 considera que en las guerras actuales el uso de la fuerza se ha convertido en una fuente de ingresos, o bien para subsistir —la guerra como forma de vida—, o bien para enriquecerse. Otros autores,7 identifican la codicia como el principal impulsor de los nuevos conflictos armados.

 

Métodos y estrategias. En las guerras actuales se pueden observar cambios estratégicos y tácticos relevantes, tal como se analiza a continuación.

La virulencia hacia la población civil: la población ya no es un daño colateral; se producen genocidios, masacres, desplazamientos masivos de población, violencia sexual contra las mujeres, violencia hacia minorías étnicas. Ataques a las ciudades, destrucción de infraestructuras vitales como electricidad, potabilizadora de agua, almacenes de comida, hospitales, escuelas, viviendas, etc.

Actuaciones hibridas: se evita el combate cuerpo a cuerpo y se utilizan estrategias de guerrillas urbanas, el territorio se captura mediante el control político de la población. Se utilizan técnicas de desestabilización dirigidas a sembrar miedo y odio.

 

Financiación. El bando formado por el ejército de un Estado lo pagará de las arcas públicas, del presupuesto general, con los impuestos de los ciudadanos o los ingresos propios del Estado; también puede que reciba ayuda desde el exterior. Los grupos no estatales si no reciben ayuda de un Estado exterior tienen recurrir a financiarse con el comercio ilegal de drogas, armas, personas, diamantes u otros recursos naturales de los que se apropien; otras formas pueden ser los saqueos, el robo, la extorsión el secuestro/rescates, transferencias de la diáspora de ciudadanos que viven en otros países o incluso de la ayuda humanitaria cuando la desvían al mercado negro. Por eso algunos autores consideran que todos estos incentivos económicos propician a ciertas partes a prolongar el conflicto.

 

Guerras asimétricas

El adjetivo “asimétricas” quiere poner el énfasis en las diferencias entre los dos bandos enfrentados que se hacen la guerra. En primer lugar, las diferencias entre actores: por un lado, uno de los bandos suele ser un ejército potente de un país industrializado y desarrollado, un Estado que tiene el monopolio del uso legal de la violencia, y por otro, grupos, en muchos casos difusos, con pocas dotaciones de armas y que suelen llamarse guerrilleros, terroristas, milicianos, insurgentes o resistentes. La otra asimetría podemos encontrarla en los medios para realizar la guerra, David contra Goliat8 o piedras contra tanques, como ha sido el conflicto que confrontaba el ejército de Israel con jóvenes palestinos. O, por ejemplo, en las guerras de Irak, Afganistán o Ucrania, donde Estados Unidos o Rusia tiene un poder militar que sus oponentes no tienen y por tanto no pueden enfrentarse en el mismo terreno con ellos; o el uso de aviones convencionales o camiones como armas que se empotran en espacios con alta densidad humana como si fueran armas.

Esta desigualdad tan abismal obliga al bando débil a desarrollar o refinar métodos de combate clandestinos y distintos. En la guerra asimétrica no existe una confrontación directa entre bandos, los adversarios utilizan una estrategia asimétrica para debilitar la capacidad del uso de la violencia del bando con superioridad militar. La estrategia asimétrica supone pensar y organizarse de manera diferente al oponente con el objetivo de maximizar las fortalezas propias, explotar las debilidades del oponente y ganar libertad de acción, al tiempo que tienen por objeto negar las ventajas de oponente y explorar las vulnerabilidades (de la parte más fuerte, sean jurídicas, políticas o geográficas) antes que buscar el enfrentamiento directo.

Un elemento diferencial de las guerras actuales: tienen lugar en zonas urbanas donde los combatientes pueden confundirse entre la población civil

Por lo general, podemos decir que hay tres asimetrías. Asimetrías de métodos, que consisten en el uso de conceptos operacionales o doctrinas tácticas distintas de las del adversario, o cuando uno de ellos no respeta las leyes o reglas de la guerra; la asimetría de medios o de capacidades, debido a la diferencia en tecnología, cantidad y calidad o tipos, y la asimetría de voluntades, que se da cuando uno de los bloques antagónicos ve que sus intereses vitales están comprometidos y como consecuencia está dispuesto a asumir mayores riesgos y acciones contra el otro.

 

Guerras híbridas

El concepto de “guerra híbrida” se ha aplicado en los contextos de la guerra en Irak, Afganistán o Georgia, por tanto, en contextos de guerra que involucran a los Estados occidentales o rusos y actores armados no estatales o no públicos ubicados en la periferia del sistema político mundial y que suelen estar vinculados a un estado fallido. Pero hay que tener presente que esta forma de guerra podría aplicarse también a Estados que se sienten amenazados por alguna potencia militar. Estamos observando que este término de guerra híbrida también se está empleado en escenarios en los que no hay formalmente declarada una guerra. La guerra híbrida es un fenómeno que, propiciado por el final de la Guerra Fría, la globalización y la era de la información, constituye un proceso natural de reacción al estilo militar occidental.

Independientemente de cómo adjetivamos las guerras actuales, si como asimétricas, híbridas o de cuarta generación, los conflictos contemporáneos nos permiten hacer algunas constataciones sobre los elementos más característicos de cómo hacer la guerra.

Uno de los hechos diferenciales de las guerras actuales se encuentra en el hecho de que tienen lugar en zonas urbanas, donde los combatientes  pueden confundirse entre la población civil y puede provocar una colisión en la manera occidental de hacer la guerra, generando limitaciones u obstáculos en el diseño del combate, en el uso de armamento y con la legalidad de la guerra. También debe tenerse presente que tanto el bando débil como los países de la periferia tienen mayor capacidad para asimilar las bajas en combate de la que tienen los países occidentales. Por esta razón el bando débil trata de llevar el combate de las fuerzas militares hacia espacios que le sean favorables, propiciando una guerra de desgaste en la que el vencedor es no el que tiene mayor capacidad, sino más resiliencia. El bando débil suele tener gran habilidad para moverse en la era de la información, en la utilización de internet o de las redes sociales divulgando contenido e imágenes favorables a su causa, en la comunicación de ideas, mitos o estereotipos y en el enfrentamiento de estas con los de sus enemigos, intentando hacerse un espacio en los canales de comunicación mundial. La digitalización de la sociedad ha hecho que internet se convierta en un nuevo campo de batalla donde las reglas todavía están por definirse  y formularse.

La digitalización  ha hecho que interne se convierta en u nuevo campo de batalla donde las reglas todavía están por definir

En los conflictos modernos, el énfasis en los modelos de lucha está desplazando o ampliando las actuaciones de combates tradicionales a estrategias que combinan las actuaciones convencionales o tradicionales propias de la guerra con medidas políticas, económicas, de información/publicidad o interferencia electoral. Estas actuaciones combinadas pueden incluir ciberataques, manipulaciones en las redes sociales, elementos de presión económica con el fin de desestabilizar a la opinión pública del adversario, fomentar movimientos subversivos que de forma combinada utilicen armas convencionales, tácticas irregulares, actos terroristas y comportamientos delictivos, cómo asociarse al crimen organizado (desde dónde financiarse, entre otras razones) o a la ciberdelincuencia, de modo que se amplía el espacio del campo de batalla para conseguir objetivos políticos.

 

El ciberespacio, la ciberguerra y las ciberarmas

En la década de los setenta se empezó a hablar de hackers, de sus habilidades para entrar en los ordenadores y sistemas del Pentágono, la CIA o la Bolsa de Wall Street. Las actividades que desarrollaban no tenían ánimo de lucro, solo buscaban el reconocimiento de sus habilidades y con frecuencia acababan contratados por la empresa atacada. Pero con los inicios del siglo XXI el espíritu de los ataques cibernéticos ha dado un cambio radical, cuyo motivo o componente principal debe buscarse en el uso generalizado de internet en la vida cotidiana, a niveles institucionales de todas las administraciones en su gestión, así como de las empresas. Cuando el uso de internet ha pasado a ser un acto imprescindible del quehacer diario, comienzan a aparecer los actos delictivos y los ataques y agresiones entre Estados.

En los últimos años en varios escenarios los Estados han utilizado el ciberespacio para agredir a un enemigo o adversario. En septiembre de 2007 dos aviones israelíes bombardearon un espacio industrial sirio cerca de la frontera turca, ninguno de los dos países dio publicidad a la actuación militar. No entraremos en detalles hipotéticos sobre cómo se pudo llevar a cabo esta intervención, pero es evidente que los militares israelíes se apoderaron de los sistemas de defensa antiaéreos de Siria que les permitió que los “ignoraran” o que no fueran detectados, consiguiendo que las armas antiaéreas estuvieran calladas e inmóviles mientras los aviones israelíes llevaban a cabo el bombardeo sin preocuparse por poder ser abatidos.

Estonia, ex república de la URSS, aprobó en 2007 una ley que ordenaba eliminar símbolos rusos. Fruto de esta situación, servidores web estonios recibieron millones de solicitudes que no pudieron responder y se colapsaron. Los ciudadanos no pudieron utilizar la banca online, los servicios gubernamentales o entrar en los diarios digitales. Se produjo un ataque que colapsó el sistema obligando a desconectar las “fronteras cibernéticas” y dejó el país paralizado durante días. El rastreo de las direcciones de los ordenadores desde donde se produjeron los ataques terminaban perdiéndose la pista en Rusia, pero Rusia lo negó.

En Georgia en 2008 fuerzas de Osetia del Sur atacaron territorio georgiano. El ejército georgiano respondió mediante la fuerza, pero Rusia lanzó un ataque cibernético contra páginas web de los medios de comunicación y del Gobierno. Las líneas de conexión de Georgia iban a través de Rusia y Turquía, los routers se colapsaron y dirigieron el tráfico hacia el exterior. El Gobierno decidió localizar sus webs fuera de territorio en servidores de Google en California. El sector bancario se vio afectado puesto que frente a la posibilidad de un robo masivo de información bloquearon las operaciones online. Rusia, nuevamente, negó ser la responsable.

Un paso más allá y gracias a los microprocesadores, ha sido atacar con el software que controla y supervisa los procesos industriales a distancia. El caso más conocido, el virus Stuxnet, que se instala en el sistema operativo y se queda esperando hasta el momento de su activación, este virus fue utilizado para atacar a Irán, en concreto para atacar la capacidad de crear armas nucleares en 2012. Para detener el programa nuclear iraní se aplicaron un embargo a la importación de petróleo de producción iraní, sanciones al Banco Central iraní e, incluso, se bloqueó el estrecho de Ormuz. Como a pesar de todas las sanciones y bloqueos Irán continuaba con el programa de armamento nuclear, incorporaron el virus Stuxnet, que aprovecha las vulnerabilidades del sistema operativo Windows, con el fin de atacar a las centrifugadoras y obligar a parar la central nuclear. Las sospechas sobre la autoría de este ataque han recaído en Estados Unidos e Israel; ninguno de los dos ha reconocido los hechos.

En 2014 Edward Snowden filtró a la prensa documentos que desvelaban un complejo entramado de agencias de inteligencia en numerosos países occidentales mediante los cuales se establecía un sistema de vigilancia globalizada, recopilando datos, registros, documentos y comunicaciones de todo tipo, utilizando programas secretos de vigilancia masiva y rompiendo la seguridad de los sistemas operativos IOS, Android o violando los cifrados de las BlackBerry. Resultaba que Estados Unidos vigilaba y espiaba a sus propios aliados, incluso se escuchaban las llamadas de la presidenta Merkel.9

Estos eventos nos introducen en el debate de un concepto nuevo que sería el de arma cibernética y cómo ajustarla al Derecho Internacional. La experiencia nos muestra que se llevan a cabo actuaciones en el ciberespacio susceptibles de ser calificadas como uso de la fuerza dentro de un contexto de conflicto armado, y que muchos Estados están desarrollando capacidades cibernéticas dentro de sus estrategias de defensa y seguridad, tanto ofensivas como defensivas. No tenemos un concepto de ciberarma definido jurídicamente, pero sí podemos decir que un arma cibernética no es asimilable a un objeto, debe abordarse en términos funcionales a una acción que se lleva a cabo con una finalidad. Un ciberataque puede tener una finalidad delictiva, terrorista, bélica, de espionaje o activismo social. Habrá que tener en consideración en cualquier ataque en el ciberespacio el acto en sí mismo, quién es el autor, quién es el destinatario, con qué finalidad se ha llevado a cabo y qué efectos ha provocado.10

La irrupción de la inteligencia artificial puede llegar a transformar la forma de intervenir en los conflictos y en la guerra.

En términos generales, la población se preocupa por la posibilidad de crear máquinas que deliberadamente engañan, manipulan o coaccionan a las personas. En definitiva, se está abriendo un escenario tecnológico donde se hace posible continuar la guerra y los combates por medios no armados en el sentido convencional de las armas, continuar los combates a través del ciberespacio, un espacio sin fronteras físicas y en el que todavía no se ha empezado a confeccionar su regulación jurídica.

La irrupción de la inteligencia artificial puede llegar a transformar la forma de intervenir en los conflictos y en la guerra, la manera en que la sociedad percibe estas intervenciones, y puede comportar una pérdida de centralidad de los humanos. La importancia de la investigación en inteligencia artificial puede medirse en las desorbitadas cantidades de dinero que algunos países están destinando a su desarrollo, así como se puede visualizar en el protagonismo creciente que ocupa dentro de la rivalidad que mantienen las principales potencias económicas. El atractivo de esta tecnología viene determinado por la posibilidad de convertir innovación científica en riqueza y poder político.

 

Conflictividad geopolítica. Actuaciones hostiles

Como se ha mencionado, el final de la Guerra Fría supuso el final de un mundo bipolar, el eje de confrontación por la hegemonía mundial venía dado por el bloque occidental liderado por Estados Unidos y el bloque soviético liderado por Rusia. La Guerra Fría acabo con la victoria de Estados Unidos y pasamos a un mundo unipolar, en este periodo el poder hegemónico de Estados Unidos está siendo rivalizado por China, que está compitiendo por la hegemonía económica, tecnológica y militar. Estamos en un periodo de transición, de un mundo unipolar a un mundo multipolar. La pérdida de peso hegemónico de Estados Unidos abre la puerta a una competición entre aspirantes a ser considerados potencias y aumenta el riesgo de confrontaciones militares. Nadie objeta a China como aspirante a reemplazar a Estados Unidos como potencia hegemónica, pero Rusia aspira a tener un papel como potencia militar (no económica o tecnológica) y cabe mencionar que hay otros países que aspiran o disputan el papel de potencias regionales como India-Indonesia en Asia-Pacifico o Irán-Arabia Saudí en Oriente Medio.

Estas confrontaciones no necesariamente o no únicamente se llevarán a cabo en el terreno militar. Las grandes empresas multinacionales van a tener un papel relevante y marcarán la agenda política a escala mundial. Las empresas de internet pueden llegar a considerarse “un recurso natural" (los datos de los usuarios) de igual o mayor valor que los hidrocarburos o ciertos minerales.

En este periodo de competitividad por tener estatus de potencia mundial podremos observar acciones hostiles entre Estados como la desestabilización política y la disrupción económica, acciones de desinformación, el ciberespionaje, la compraventa de empresas o la imposición de sanciones económicas. Las llamadas guerras comerciales o económicas cada vez son más frecuentes y tienen más peso en las agendas de los Estados y en actores no estatales como las multinacionales.

Entre los objetivos a conseguir con actividades hostiles figuran: erosionar la confianza de los ciudadanos en sus instituciones o empresas, generar desconfianza en el sistema democrático, político y administrativo, socavar la cohesión social o los modelos sociales de los Estados, de las comunidades políticas (como la UE) o de organismos internacionales (ONU, OTAN…), fragilizar el sistema de gestión o de gobierno para que tenga menos capacidades o convencer de la decadencia de un sistema político o empresarial (tanto a la población a la que va dirigida como a la propia del atacante).

Algunos autores denominan a este tipo de hostilidades “amenazas irregulares”, centrándose eminentemente en el tipo de actuaciones que ejerce Rusia. Aunque no todas sean novedosas, aparte de los ciberataques, incluyen acciones de desinformación, impulso a la subversión política, el uso de la violencia o la amenaza de su uso, para socavar el orden político e influir en gobiernos vulnerables o el uso de mercenarios.11

Algunos autores como Ortega añaden que el concepto de seguridad se ha hecho más complejo en tanto que los límites entre lo civil y militar de han difuminado, y que en ocasiones se solapan. Ortega nos recordará palabras de Borrell como que «vivimos en un mundo en el que todo puede ser un arma»,12 puede bastar un cuchillo, un camión o un avión convencional para cometer un acto de terrorismo. Incluso los procesos migratorios pueden convertirse en arma política. En este sentido, cabe recordar a Erdogan con los refugiados sirios o Marruecos en Ceuta. Distorsionar la cadena de suministros o el transporte de mercancías también puede formar parte de este paquete de actos hostiles.

Algunos autores consideran que no podemos calificar todas estas acciones de guerra híbrida, en tanto que no hay una guerra. Por eso, este escenario de luchas por la hegemonía mundial lo denominan “zona gris” para determinar cualquier actividad militar o no militar ejercida con una cierta ambigüedad en la amplia franja que existe entre la guerra abierta y la paz.

 

Tica Font Gregori es experta en economía de la defensa y comercio de armas, y cofundadora del Centre d’Estudis per la Pau J.M. Delàs al que pertenece.

1 Mary Kaldor, profesora de Gobernanza Global en el London School of Economics y experta en estudios sobre guerra, paz y seguridad. El libro de referencia es Mary Kaldor, Las Nuevas Guerras. Violencia organizada en la era global, Tusquets Editores, Barcelona, 2001.

2 En el número 97 (2006) de esta misma revista, PAPELES, Mary Kaldor ofrece una visión de estas nuevas guerras. Puede consultarse en: https://www.fuhem.es/papeles_articulo/un-nuevo-enfoque-sobre-las-guerras/

3 Mark Duffield, Las "nuevas guerras" en el mundo global, Catarata, Serie Relaciones Internacionales, Madrid, 2004.

4 Edward Newman, «The New wars debate: A historical perspective is needed», Security Dialogue, vol. 35, 2004, pp. 137-189.

5 Un trabajo que recoge las  aportaciones desde las diversas perspectivas académicas: Víctor Bados  y Marién Duran, «Las nuevas guerras: Una propuesta metodológica para su análisis», Revista UNISCI, núm. 38 (2015), disponible en: https://www.ucm.es/data/cont/media/www/pag-72452/UNISCIDP38-1BADOS-DURAN.pdf

6 Herfried Münkler, Viejas y "nuevas guerras". Asimetría y privatización de la violencia, Siglo XXI, Madrid, 2005.

7 Paul Collier y Anke Hoeffler, «Greed and grievance in civil war», Oxford Economics Papers, vol. 56, núm. 4 (2004), pp. 563-595.

8 Josep Baqués, Las Guerras Híbridas: Un balance provisional, Instituto Español de Estudios Estratégicos, Documento de Trabajo 01/2015, 2015. Disponible en: http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_trabajo/2015/DIEEET01-2015_GuerrasHibridas_JosepBaques.pdf

9 José Luis Aznar, Evolución de los modelos de confrontación en el ciberespacio, Instituto Español de Estudios Estratégicos, Opinión 03/2015, 2015. Disponible en: http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2015/DIEEEO03-2015_Confrontacion_Ciberespacio_JL.Aznar.pdf

10 Margarita Robles, El concepto de arma cibernética en el marco internacional: una aproximación funcional, Instituto Español de Estudios Estratégicos, Documento Opinión 101/2016, 2016. Disponible en: http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2016/DIEEEO101-2016_Arma_Cibernetica_MargaritaRobles.pdf

11 Andres Ortega, «Todas las guerras son híbridas, pero la guerra y lo híbrido han cambiado», Blog del Real Instituto Elcano, 2021. Disponible en:  https://www.realinstitutoelcano.org/todas-las-guerras-son-hibridas-pero-la-guerra-y-lo-hibrido-han-cambiado/

12 Ibídem.

 

Acceso al artículo en formato pdf: Guerra y armas, dos conceptos cada vez más difusos.


Entrevista a Nick Buxton

Nuria del Viso, del equipo de FUHEM Ecosocial, entrevista a Nick Buxton en el número 157 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, dedicado al Militarismo, sobre los efectos de la militarización de la respuestas al cambio climático y de las perspectivas que este enfoque abre para otras cuestiones contemporáneas.

 «La militarización del cambio climático va más de afianzar el poder militar que de detener la desestabilización del clima»

La militarización como ideología alcanza sutil o abiertamente buena parte de las grandes cuestiones políticas que se nos plantean, así como recónditos rincones de la vida social. Una de las cuestiones sociopolíticas recientes que se ha visto más tratada en términos de seguridad y más militarizada es la del cambio climático, cuestión que cruza la realidad contemporánea y cuyas respuestas se van tiñendo crecientemente de verde camuflaje. Nick Buxton, asesor de comunicaciones y redactor y coordinador de las comunidades de aprendizaje digital del Transnational Institute (TNI)

Nuria del Viso (NdV): Después de The Secure and the Dispossesed, que publicaste en 2016 junto a Ben Hayes (traducido por FUHEM y otras organizaciones bajo el título Cambio climático S.A. en 2017), poco antes de la COP26 has publicado el informe Aproximación a la seguridad climática. Los peligros de la militarización de la crisis del clima (TNI/FUHEM, 2021)1 ¿Qué pretendes con esta publicación? ¿Qué cambios has observado en esta problemática desde la publicación del libro hace cinco años?

Nick Buxton (NB): En los últimos cinco años, las tendencias que identificamos en el libro en cuanto a promover soluciones militares y de seguridad para la crisis climática tristemente se han afianzado. En 2021, la OTAN hizo de los preparativos militares para el cambio climático una de sus prioridades clave,2 el presidente Biden está integrando las perspectivas militares sobre el cambio climático en todas las áreas del Gobierno, y la UE está en camino de una militarización a gran escala, especialmente a raíz de la guerra de Ucrania. A primera vista, el hecho de que los militares se tomen en serio el cambio climático suena como algo positivo, pero cuando se analizan sus estrategias en profundidad queda claro que se trata principalmente de reforzar el poder militar en lugar de detener la desestabilización del clima.

El gasto en el ejército y otras fuerzas coercitivas por parte de los países más ricos ha aumentado drásticamente en la última década, incluso cuando los países más ricos no están cumpliendo con su promesa de financiación para el clima a los países en desarrollo que ayudaría a los países a hacer frente al cambio climático. Un informe reciente del TNI, Muro Climático Global,3 mostraba que los países más ricos gastan más del doble en fronteras y aplicación de la ley de inmigración que en proporcionar financiación para el clima. En algunos casos es peor: Estados Unidos gasta 11 veces más.

Este desvío de recursos hacia la securitización de la crisis climática no contribuye a abordar sus causas profundas ni a evitar que empeoren. Más bien, acaba convirtiendo a sus víctimas en "amenazas" a las que hay que hacer frente militarmente. Es una forma irracional y profundamente inhumana de responder a la crisis climática.

En el lado positivo, en estos cinco años ha ido creciendo la conciencia de los peligros de militarizar la crisis climática. En las conversaciones de la ONU sobre el clima celebradas en Glasgow, la COP26, una importante coalición de organizaciones pacifistas y ecologistas se unió para oponerse a la militarización y exigir la reducción de las emisiones militares. El movimiento mundial para exigir justicia como principal respuesta al cambio climático sigue creciendo en número e impacto.

 

NdV: El enmarque del cambio climático desde la seguridad militar enfatiza la supuesta inestabilidad que traerá el cambio climático en forma de conflictos y violencia, a pesar de que ese supuesto no se ha demostrado en las investigaciones académicas, y desde círculos militares y gubernamentales se alimenta una narrativa del miedo.

¿Cómo benefician estas narrativas los intereses de los Estados y los ejércitos respecto al cambio climático y el control de las poblaciones?

¿Es este un ejemplo de cómo se introduce el militarismo en nuestros imaginarios?

NB: Creo que la creencia de que el cambio climático conducirá necesariamente a conflictos se ha vuelto hegemónica. Es una narrativa claramente promovida por los planificadores militares y la industria armamentística que, por la naturaleza de su poder político y económico, la han hecho parecer de "sentido común".  La estrategia de la OTAN en 2021, por ejemplo, dice que el cambio climático «exacerbará la fragilidad de los Estados, alimentará los conflictos y provocará desplazamientos, migraciones y movilidad humana, creando condiciones que pueden ser explotadas por actores estatales y no estatales que amenacen o desafíen a la Alianza». Sin embargo, como señalas, cuando se busca qué pruebas hay sobre este punto se encuentra que hay muy pocas. El reciente informe del Grupo de trabajo II del IPCC,4 por ejemplo, que representa el mejor consenso actual de la comunidad científica, dice que «en comparación con otros factores socioeconómicos, la influencia del clima en los conflictos se considera relativamente débil (confianza alta)». Esto no quiere decir que el clima no sea un factor, sino que lo que en última instancia importa son las estructuras de la sociedad y el gobierno y cómo responden a los impactos climáticos. Además, el IPCC continúa diciendo que los verdaderos motores de los conflictos son «los patrones de desarrollo socioeconómico que se entrecruzan, el uso insostenible de los océanos y de la tierra, la inequidad, la marginación, los patrones históricos y actuales de desigualdad, como el colonialismo, y la gobernanza (confianza alta)». Por supuesto, estos patrones son inherentes a nuestra injusta economía global actual, en la cual los poderosos tienen poco interés en hacer cambios fundamentales que afecten a sus intereses, por lo que quizás no sea una sorpresa que los gobiernos de los países más ricos prefieran centrar su atención en escenificar respuestas en lugar de abordar las causas subyacentes de la crisis climática.

 

NdV: La noción de escasez, que se vincula a los efectos de la desestabilización del clima, se presenta también como un hecho dado. Es cierto que existen límites biofísicos, pero el concepto de escasez tiene también mucho de construcción social y se relaciona estrechamente con las carencias de distribución (o la concentración de riqueza). Mientras se insiste en la escasez, en paralelo crece la privatización y la securitización del acceso a bienes naturales básicos, como el agua, los alimentos y la energía, y se despliega una geopolítica de los recursos naturales.

¿En qué medida se pueden establecer nexos entre la insistencia en la escasez y la privatización de bienes naturales básicos?

¿Cómo interactúa el cambio climático y la sed de acaparamiento de recursos?

NB: Los conceptos de escasez y seguridad están estrechamente relacionados. Todas las narrativas de seguridad se basan en las ideas de escasez, incluidas las ideas sobre el conflicto que he mencionado antes. La narrativa es que el cambio climático provocará escasez, lo que a su vez provocará un conflicto que requiere una respuesta de seguridad. Apoya y consolida el papel de la industria militar y de seguridad.

El enfoque en la escasez también tiende a fortalecer una propuesta de ganar-perder, en la que tenemos que competir y luchar por los mismos recursos escasos, en lugar de pensar en cómo garantizar el derecho de todos a las necesidades humanas básicas. Refuerza la posición de las empresas, que argumentan que la solución es aumentar la producción y los beneficios; en el caso de los alimentos, por ejemplo, intensificando la agricultura industrial e invirtiendo en soluciones tecnológicas como la "agricultura climáticamente inteligente". Una vez más, los supuestos eluden cuestiones estructurales más importantes, como quién se enfrenta a la escasez y quién no, qué sistemas exacerban esa escasez y qué alternativas podrían encontrarse. Sabemos, por ejemplo, que en el mundo hay comida de sobra para todos, pero la mala distribución hace que haya obesidad en algunos países y hambruna en otros, o a veces ambos fenómenos en el mismo país. También sabemos que hasta un tercio de los alimentos se desperdicia debido a las prácticas de la agricultura industrializada, los supermercados y las cadenas de suministro globalizadas.

En esta coyuntura, no deberíamos buscar soluciones en una agricultura industrial corporativizada que ha provocado la crisis climática (se calcula que los sistemas alimentarios industriales representan entre el 21% y el 37% de las emisiones) y ha alimentado la enorme desigualdad en el acceso a la tierra y a los alimentos. En su lugar, deberíamos construir soluciones basadas en la reforma agraria, la soberanía alimentaria y la colaboración internacional.

 

NdV: Pese a las palabras de preocupación de los líderes mundiales, lo cierto es que los hechos muestran una realidad muy diferente de inacción climática o, peor, de acciones que agravan el cambio climático. Como señalas en el informe, se insiste en una receta estándar de más producción, más inversión privada, nuevas soluciones tecnológicas… ante un problema nuevo –el cambio climático– que en gran parte desconocemos cómo va a desplegarse, su velocidad, interacciones, bucles de realimentación…

¿Qué es lo que está fallando para actuar en la magnitud que demanda la situación? ¿Intereses corporativos demasiado poderosos? ¿Gobiernos temerosos de no ser reelegidos si toman medidas “impopulares”?

NB: Se trata de un enorme desafío para las fuerzas progresistas, ya que nos enfrentamos a dos ideas hegemónicas e interrelacionadas: en primer lugar, que el mercado es el mejor sistema para asignar los recursos y, en segundo lugar, que la seguridad es la mejor respuesta a las desigualdades causadas por la consiguiente asignación injusta de recursos. Sin embargo, los llamamientos al cambio sistémico son cada vez más fuertes, tanto por parte de la comunidad científica como de algunos líderes políticos y empresariales. En la COP26, el movimiento por el clima apoyó más sólidamente que antes tanto la justicia como el cambio sistémico, liderado por personas como Greta Thunberg y Vanessa Nakate, cuyas huelgas escolares llaman ahora a "desarraigar el sistema" que crea el cambio climático. Sin embargo, la conciencia y la preocupación pública aún no son suficientes para desafiar el poder económico y político tan arraigado de las corporaciones y los militares. Existe la teoría de un punto de inflexión que sugiere que una vez que las propuestas son apoyadas por alrededor del 25% de la población, pueden provocar cambios generalizados.5 Curiosamente, señalan que las campañas que pueden estar cerca de este punto suelen sentir que han fracasado cuando en realidad están en la cúspide de un cambio importante que no pueden predecir, algo que creo que es definitivamente posible hoy en día. Pero también creo que es necesario que los movimientos sociales se centren más en la construcción de mecanismos de poder popular duraderos, ya sea renovando los movimientos sociales tradicionales como los sindicatos, en nuevas alianzas como en las ciudades progresistas, o en nuevos movimientos con objetivos claros y estructuras duraderas para que puedan mantener e impulsar el cambio político.

 

NdV: Existe un debate en marcha en torno al concepto de seguridad. Mientras unos abogan por ampliar el concepto para que incluya una noción de seguridad humana, otros defienden salir del paradigma de la seguridad e invitan a manejar nuevos conceptos, como el de justicia climática (frente a seguridad climática)

¿Dónde te sitúas en este debate?

NB: Tengo pensamientos mixtos y contradictorios al respecto. Por un lado, respeto y admiro a quienes impulsan la seguridad humana u otros conceptos como la seguridad ecológica,6 basados en un conjunto de valores muy diferentes a las doctrinas militares y los marcos de seguridad nacional. Me solidarizo con su argumento de que las fuerzas progresistas no deberían ceder la palabra "seguridad" a los militares y deberían más bien preguntarse qué es lo que realmente proporciona seguridad: ¿la sanidad o las armas, por ejemplo?

Sin embargo, también creo que, dado el poder estructural del aparato militar y de seguridad nacional, dominarán tanto el debate como, sobre todo, el desarrollo de políticas y manipularán más fácilmente el término en su beneficio que aquellos que sugieren diferentes tipos de seguridad. Lo que veo es que el aparato de seguridad nacional utiliza la amplitud y la vaguedad del término "seguridad" en su beneficio para conseguir la aceptación pública de su trabajo de seguridad climática y para evitar el escrutinio de sus propuestas. Después de todo, ¿Quién puede oponerse a la seguridad? Así que, en general, me sitúo en el lado de la oposición al término, ya que se ha cooptado demasiado. Estoy más a favor de que los movimientos sociales utilicen otros términos, como "seguridad" en el sentido de safety o "justicia", siempre centrados en cómo las políticas impactan en los más afectados por el cambio climático.

 

NdV: La COVID-19 está mostrando el tipo de respuestas nacionalistas y corporativas de los países ricos –junto a un discurso tecnoptismista y belicista frente al virus– desde el inicio de la pandemia, p.ej. al inicio con el acaparamiento de respiradores y actualmente con las vacunas. Este escenario hace augurar lo que podría ser la respuesta tipo a medida que se despliegue el cambio climático.

¿Qué podemos hacer para revertir estas tendencias y encaminarnos hacia respuestas más solidarias y con conciencia, primero, de especie y después ecocéntrica?

NB: La COVID-19 demostró, por un lado, lo esenciales que son las respuestas públicas basadas en la seguridad y la solidaridad comunitarias para hacer frente a una crisis como una pandemia. Sin embargo, por otro lado, abrió la puerta a respuestas nacionalistas, a la especulación empresarial y a una normalización de las medidas de seguridad de emergencia que tendrá repercusiones en los próximos años. Un total de 170 países declararon el estado de emergencia a raíz de la pandemia,7 lo que ha facilitado nuevas oleadas de represión policial y un aumento de la vigilancia, sin rendición de cuentas, incluso de los cuerpos y la salud de las personas. No es de extrañar que esto haya afectado sobre todo a las personas marginadas –vendedores ambulantes, refugiados, minorías raciales–, así como a los manifestantes.

Al igual que la COVID-19, el cambio climático es un fenómeno global que no respeta fronteras. No hay soluciones nacionalistas para estas crisis, como estamos descubriendo con el aumento de nuevas variantes en los países con menos población vacunada. Las soluciones justas y duraderas requieren colaboración, priorización del interés público y solidaridad global. La única manera de conseguirlo es mostrar cómo estas políticas benefician a todos, modelar las prácticas de solidaridad en las comunidades en las que vivimos, y empujar a las ciudades, regiones o estados a adoptarlas para construir la justicia climática y sanitaria desde abajo.

 

NdV: La invasión de Ucrania y las sanciones sobre el gas ruso están mostrando la vulnerabilidad energética de Europa, al tiempo que observamos un rearme de las potencias centrales.

¿Cuáles crees que pueden ser las consecuencias a medio y largo plazo de esta guerra para el binomio energía-clima?

NB: Me temo que va a tener un impacto tan importante a largo plazo como el que tuvo el 11-S. La guerra sugiere que estamos entrando en un nuevo mundo de conflictos interimperialistas cuyos impactos rebotarán globalmente. En cuanto a la energía, ojalá que conduzca a un impulso hacia las energías renovables, pero me temo que en su lugar impulsará una nueva ola de perforación de gas y petróleo para crear la llamada autosuficiencia. Sin embargo, lo que más me preocupa es que vaya a impulsar una nueva oleada de gasto militar, exactamente en el momento en que necesitamos invertir en la construcción de una nueva economía verde, y que nos lleve a una época de belicosidad cuando necesitamos encontrar enfoques de colaboración para responder al cambio climático. Pero, en última instancia, el significado de este momento vendrá determinado por el equilibrio de fuerzas políticas. Si nos movilizamos para demostrar que las economías de los combustibles fósiles han creado las condiciones para el conflicto y que necesitamos forjar una nueva economía de paz centrada en el medio ambiente, entonces podríamos convertir un momento terrible en algo esperanzador.

 

Nuria del Viso Pabón forma parte del consejo de redacción de esta revista y es miembro del Área Ecosocial de FUHEM.

Acceso al pdf de la entrevista: Entrevista a Nick Buxton.

NOTAS

1 Nick Buxton, Aproximación a la seguridad climática. Los peligros de la militarización de la crisis del clima, TNI/FUHEM, 2021. Disponible en: https://www.fuhem.es/wp-content/uploads/2021/11/Aproximacion-a-la-seguridad-climatica-TNI-FUHEM-web.pdf

2 «NATO Climate Change and Security Action Plan», página web de la OTAN, 14 de junio de 2021. Disponible en: https://www.nato.int/cps/en/natohq/official_texts_185174.htm?selectedLocale=en

3 Todd Miller, Nick Buxton y Mark Akkerman, Muro contra el clima, TNI, 25 de octubre de 2021. Disponible en: https://www.tni.org/es/publicacion/muro-contra-el-clima

4 Grupo de trabajo II del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability, 28 de febrero de 2022. Disponible en: https://www.ipcc.ch/report/sixth-assessment-report-working-group-ii/

5 Damon CentolaJoshua Becker, Devon BrackbillAndrea Baronchelli, «Experimental evidence for tipping points in social convention», Science, 360 (6393), 8 de junio de 2018, pp. 1116-1119. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/29880688/

6 Matt McDonald, «Discourses of climate security», Political Geography, vol. 33, marzo de 2013, pp. 42-51. Disponible en: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0962629813000188

7 Eda Seyhan, Rym Khadhraoui y Sacha Biton, Covid State Watch, web de Human Rights Defender Hub, s/f. Disponible en: https://www.hrdhub.org/covid-state-watch


Crisis, modos de vida y militarismo. Una lectura a propósito de la guerra de Ucrania

Crisis, modos de vida y militarismo. Una lectura a propósito de la guerra de Ucrania

FUHEM Ecosocial

Abril 2022

La guerra en Ucrania, al igual que la pandemia, está transformando el mundo en el que vivimos. ¿En qué sentido? Aún nadie lo sabe, pero la historia nos enseña que tras una profunda perturbación las sociedades y las relaciones internacionales cambian.

La guerra, el modo de vida imperante y el poder armamentístico y nuclear son ele­mentos imprescindibles que hay que observar con atención si queremos analizar el orden social que emerge de la sucesión de crisis —Gran Recesión, Covid-19 y ahora la agresión a Ucrania— que vamos encadenando desde los últimos tres lustros con la crisis ecosocial de fondo.

El presente documento que pertenece a la Colección de Dosieres Ecosociales incluye un texto introductorio de contexto, elaborado por Santiago Álvarez Cantalapiedra, que aborda cuestiones relativas al proceso de reconfiguración del orden social e in­ternacional, al regreso a la geopolítica, a la economía de bloques y a las tendencias armamentísticas.

Entrevistamos a Ulrich Brand sobre la relación entre el “modo de vida imperial” y el nuevo escenario sociopolítico, ecológico y económico resultante de la guerra de Ucrania.

El especialista en desarme nuclear Jan Vande Putte, reflexiona a través de una entre­vista sobre el peligro nuclear en el contexto del conflicto de Ucrania.

Dialogamos con varias expertas: Ana Barrero, Ana Villellas, Carmen Magallón y Tica Font, exponentes de la Investigación para la Paz en España, sobre sus preocupacio­nes en torno a la lógica militarista que trata de imponerse en el contexto actual, sobre la percepción de la ciudadanía ante las narrativas belicistas difundidas por los medios de comunicación y la clase política, así como sobre los desafíos que tiene ante sí el movimiento pacifista.

El dosier se complementa con un texto de Karen Marón que muestra cómo se está abordando informativamente el conflicto. En el eje comunicacional del Atlántico Nor­te vivimos una guerra de (des)información sin precedentes. En Occidente, desde el inicio de la guerra, solo ha existido un único relato que, además de frivolizar sobre la guerra y la tragedia humana que provoca, se ha construido a partir de una mezcla de verdades selectivas, medias verdades y mentiras con la finalidad fundamental de con­vertirlo todo en un espectáculo.

 

Índice

Introducción

El mundo de ayer y la emergencia de un nuevo orden acelerado por la guerra, Santiago Álvarez Cantalapiedra.

Entrevista a Ulrich Brand. “Modo de Vida Imperial”: una lectura a la luz del conflicto de Ucrania, Monica Di Donato.

Entrevista Jan Vande Putte. El peligro nuclear en el contexto del conflicto en Ucrania, Pedro L. Lomas.

Diálogo: Respuestas desde el movimiento pacifista. La guerra de Ucrania en el contexto del surgimiento de un nuevo orden, Susana Fernández Herrero.

Conflicto Rusia-Ucrania. La mentira como arma, la verdad como víctima, Karen Marón.

 

Acceso al dosier completo en formato pdf: Crisis, modos de vida y militarismo. Una lectura a propósito de la guerra de Ucrania.


Entrevista a Ulrich Brand. “Modo de Vida Imperial”: una lectura a la luz del conflicto de Ucrania

La entrevista de Monica Di Donato a Ulrich Brand está publicada en Crisis, modos de vida y militarismo. Una lectura a propósito de la guerra de Ucrania, perteneciente a la Colección de Dosieres Ecosociales.

En  esta entrevista Brand reflexiona alrededor de la relación entre el modo de vida imperial y el nuevo escenario sociopolítico, ecológico y económico resultante de la guerra en Ucrania.

Ulrich Brand es profesor de Política Internacional en la Universidad de Viena (Austria). Desde septiembre de 2021, trabaja  en el Instituto de Análisis Social de la Fundación Rosa Luxemburgo (Berlín, Alemania) sobre las perspectivas de las transformaciones socioecológicas emancipadoras. Es autor, junto con Markus Wissen, del libro  Modo de vida  imperial: vida  cotidiana y crisis ecológica del  capitalismo, Buenos Aires/Madrid, Tinta Limón, 2021. En marzo de 2018, publicó el libro Salidas del laberinto capitalista: Decrecimiento y postextractivismo, Barcelona/Quito, Icaria, escrito con el economista y político ecuatoriano  Alberto Acosta, en el que se abordan los debates sobre el poscrecimiento en Europa y el posextractivismo / buen vivir en América Latina.

 

Monica Di Donato (MDD): En tus textos afirmas  que  existe  un modo de vida imperial hegemónico que tiene como trasfondo una profunda crisis social y ecológica. ¿Cuáles son las dimensiones que caracterizan ese marco, y qué relación guardan con la esfera política, cultural, económico financiera, geoestratégica, etc. de las sociedades capitalistas?  ¿Cuáles son  las consecuencias que  acarrea?

Ulrich  Brand (UB): El argumento que  comparto con  mi amigo  y co-autor Markus Wissen es que  el modo de vida imperial es posible gracias al acceso del Norte global a los recursos y a la mano de obra barata de otros lugares —tanto en el Sur global como en el Norte global.  Sobre todo,  tiene  que ver con estrategias de acumulación capitalista, de relaciones de poder.

Ampliamos la perspectiva. Pensemos en la producción y consumo de coches, teléfonos móviles, algunos alimentos, vestido, materias primas o recursos energéticos. Para algunos, todo lo anterior crea una capacidad de acción y una prosperidad material (unido a la posibilidad de disponer de una infraestructura pública que funcione, y de unos servicios de interés general); para otros, sin embargo, significa una destrucción progresiva de sus medios de vida y la consolidación de relaciones de dependencia. A pesar de esta asimetría, este modo de vida imperial es hegemónico, es decir, está ampliamente aceptado y reproducido en las prácticas de producción y consumo, asegurado por políticas estatales; y lo está, aún más, como deseo, aspiración y promesa de vivir esa forma (ayudado de eslóganes habituales, tales como “desarrollo”, “progreso” o “crecimiento”).

El modo de vida imperial se ha profundizado en el Norte a través del proceso de globalización de los últimos 30 años, especialmente con la reestructuración de la división internacional del trabajo y la digitalización, con su alto consumo de recursos. Subjetivamente, muchos viven esto como una forma de prosperidad. El modo de vida imperial no significa que todos los habitantes vivan igual. Los estudios demuestran que el tamaño de la huella ecológica de cada uno depende poco de la conciencia ecológica y mucho de los ingresos.

Este modo de vida, que siempre es también un modo de producción, está alcanzando claramente los límites ecológicos globales. En el pasado, siempre hubo regiones que colapsaron ecológicamente, pero hoy el peligro tiene una dimensión global. En cierto sentido, el modo de vida imperial se está “ganando su propia muerte”. Y en tiempos de crisis se produce una  paradoja que tiene implicaciones políticas:  especialmente en el Norte, este modo de vida tiene un efecto estabilizador, porque los alimentos y otras mercancías relativamente baratas siguen llegando a las metrópolis a través del mercado mundial, pero, al mismo  tiempo, las crisis políticas, sociales, económicas y ecológicas se intensifican en otros lugares, ocasionando graves  conflictos socioecológicos y huida de la población.

Si nos  acercamos a la dimensión geopolítica, el concepto del modo de vida imperial ayuda a entender las crecientes  “tensiones eco-imperiales”, porque  las grandes potencias políticas y las empresas trasnacionales tienen que asegurarse el acceso a unos recursos naturales y a unas tierras que son cada vez más escasas.

 

MDD: En las últimas  semanas, al escenario de crisis socioecológica se ha sumado el conflicto bélico en Ucrania. En el marco de análisis desde el que te mueves, ¿Qué  lectura haces de esta reconfiguración del orden geopolítico y de poder a nivel mundial? ¿Qué papel asignas a cada actor implicado directa o indirectamente (es decir, no solo a Rusia o Ucrania, sino también a EEUU, China y la UE)?

UB: Hay varias dimensiones en este conflicto. Para mí es y será algo parecido al 11 de septiembre, es decir, un punto y aparte que va a reorientar las políticas dominantes, y que supone un desafío enorme para las fuerzas emancipatorias y el pensamiento crítico.

Con respecto a tu pregunta quiero precisar que, por un lado, no hay que olvidar que el capitalismo ruso se desarrolló, en las últimas décadas, como parte de ese orden mundial capitalista neoliberal, y Rusia era una parte crucial, con sus recursos fósiles y agrarios. Sabemos, además, que los años noventa fueron cruciales, ya que los actores neoliberales globales, como el FMI y parte de las élites postsoviéticas, promovieron, con la ayuda del gobierno de Yeltsin, la neoliberalización y oligarquización de Rusia – los economistas neoliberales como Jeffrey Sachs  argumentaban, en ese sentido, a favor de una inevitable “terapia de shock”. Pero, por supuesto, que había alternativas como, por ejemplo, un papel más activo del Estado en la economía, el mantenimiento del Estado de bienestar, etc.  Es innegable que fue una victoria contundente de las estrategias neoliberales-oligárquicas. Por otro lado, existía una perspectiva geopolítica occidental, sobre todo de EEUU y de la OTAN, que no aceptaba los intereses políticos de seguridad de Rusia, por ejemplo, en lo que se refiere a las estrategias de la ampliación de la OTAN.

Si consideramos las relaciones internas de la sociedad rusa, se puede argumentar que sociedades con una economía extractivista, tienden a ser autoritarias porque el control de la renta de la venta de los recursos fósiles privilegia la centralización del control y del poder —de alguna manera, están gobernadas por oligarcas con buenos contactos en el mundo de la política, y no por una burguesía que quiere cierta independencia del Estado. Eso también facilitó el auge del régimen de Putin.

Otro aspecto de la reconfiguración es que, a pesar de la dinámica de los últimos años, especialmente el auge económico y político de China, existe un consenso entre las élites globales para mantener y expandir el modo de vida imperial a una parte creciente de la población. Pero eso ocurre de una manera muy desigual, porque el modo de vida imperial es muy clasista, patriarcal y racista. Creo que, por ejemplo, una perspectiva de clase es necesaria para preguntarse acerca de qué intereses comunes tienen las fracciones dominantes en diferentes regiones. Por ejemplo, hay fracciones importantes que están a favor de la militarización del mundo, otras que quieren mantener la dependencia de la energía fósil, otras que  viven bien de la globalización neo- liberal, del libre movimiento del capital, de los paraísos fiscales, etc. Claro, en tiempos de guerra pensamos en términos de países, regiones, gobiernos, pero creo que esta otra mirada sigue siendo también importante.

Si pensamos en regiones y sus gobiernos, es decir, las élites políticas estrechamente vinculadas con las élites económicas, y la propuesta de mirar hacia el mundo bajo la óptica del modo de vida imperial, creo que un aspecto principal para entender el régimen de Putin es su carácter abiertamente imperial y bélico, pero también su deseo de mantener la dependencia de otras regiones que precisan de sus recursos naturales. Como vemos, ese  último punto es muy ambiguo.

Creo que China puede ser indirectamente uno de los ganadores de este conflicto porque mantiene relaciones económicas con Rusia, y se presenta como un actor de la paz. Pero no conozco de manera suficiente las discusiones y estrategias del gobierno chino. Sin embargo, lo que considero interesante es que por primera vez hace muchos siglos China es, indirectamente, un actor  importante en un conflicto europeo.

EEUU se muestra, junto con la OTAN, como la gran potencia mundial que puede frenar un régimen como el de Putin y así superar el trauma de su fracaso total de los últimos años en Irak y Afganistán. Pero lo que vamos a ver, sobre todo, es que la industria militar en EEUU va a beneficiarse muchísimo del gasto armamentístico de países como Alemania. En general, no creo que  EEUU sea una potencia en declive, pero sin duda está redefiniendo su papel como potencia militar global, como actor político que organiza las relaciones entre países, como poder en la economía digital global y como referente para las fuerzas liberales con su modelo de democracia.

Actualmente, EEUU, su gobierno, así como sus intelectuales orgánicos contribuyen a una fuerte renacionalizacion de la ideal de Occidente, de un Occidente que tiene que ser agresivo. En este contexto creo que la UE será uno de los actores que más pierda en este conflicto, pues probablemente será quien más contribuya a la militarización del mundo. Y claro, los esfuerzos y recursos sociales que se requieren para tratar con las consecuencias de la guerra son enormes: los refugiados, los impactos económicos, la inseguridad en el suministro de la energía, etc. No tengo una idea positiva de “Europa” o de la UE, pero sí considero que existe un potencial de perspectivas políticas y económicas posnacionales que abren espacios para el pensamiento crítico y las estrategias emancipadoras. Y existe una base de derecho internacional, basada en el respeto a las leyes y no al del dominio del más fuerte.

Finalmente, y lamentablemente, el gran perdedor, en términos humanos, de este conflicto es Ucrania.  Y no olvidemos los impactos sobre otras regiones—y sobre gente más vulnerable—, que  van a sufrir del auge de los precios de los alimentos y la energía, hasta de la escasez de ciertos productos agrarios.

 

MDD: ¿Consideras que se está fragmentando la economía global en diferentes bloques o se trata “simplemente” de una disputa por la hegemonía entre potencias ascendentes (China, por ejemplo) y potencias en declive (EEUU o la UE)?

UB: Buena pregunta. Hasta hace poco tiempo yo pensaba que se trataba de una disputa por la hegemonía, sobre todo entre EEUU y China. La UE juega un papel importante aquí, pero no decisivo, al ser más bien un aliado de EEUU, también en lo que a asuntos militares se refiere. Pero la pandemia, y aún más esta guerra, pueden implicar una mayor fragmentación entre bloques económicos. En la UE se habla hoy día de “autonomía estratégica”, en el sentido de lograr más independencia en los ámbitos económicos, tecnológicos, en la organización del acceso a los recursos naturales, en relación con la infraestructura, etc. Putin habla de una “autarquía económica”, es decir, del intento de una reorientación de la economía rusa que, sin embargo, creo que va a desembocar en una dependencia más fuerte con respecto a China.

Actualmente, Rusia no es capaz de producir muchos productos de alta tecnología (incluso repuestos para las armas),  a la vez que está experimentando un flujo importante de emigración de  personas formadas. Eso abre claramente un espacio para China (que, a su vez, es  dependiente de alta tecnología de EEUU, si pensamos, por ejemplo, en microchips). Eso no significaría disociación absoluta, pero sí mucha menos confianza en una economía globalizada que produce todo de manera más barata o, en términos económicos, allí donde la ventaja comparativa es mayor, gracias a las infraestructuras de transporte, las condiciones legales o el libre comercio. Podríamos llamarla una “desglobalización desde arriba”, de los poderosos. Sin embargo, no tenemos que olvidar que la economía globalizada está, en muchos aspectos, bastante integrada, y detrás de esto hay intereses fuertes; hay que ver cuál será la dinámica.

En el movimiento alterglobalizador discutimos mucho sobre una necesaria “desglobalización desde abajo”, es decir, para los pueblos, de manera democrática y emancipatoria. Esa sigue siendo una  tarea importante.

 

MDD: La guerra en Ucrania, sin ser la causa, ha despertado el “juego” geoestratégico en términos de guerra de suministros, guerra de sanciones, etc. En otros términos, sabemos que las causas del conflicto son complejas, llegan de lejos y no responden a una lógica de “guerra por el control de recursos” o por proteger ciertos mercados y espacios de influencia económica. Se trata más bien de consecuencias que, sin embargo, están creando no pocos problemas, sobre todo, a las economías del bloque europeo. En ese sentido, la guerra a golpe de sanciones hacia la ya precaria economía rusa puede ser un factor importante a considerar, aunque no parece que haya intención de implementarla de manera contundente por los riesgos e impactos que puede tener para el sancionador.

¿Qué  piensas al respecto? ¿Alemania, o la UE en general, están verdaderamente dispuestas a renunciar al gas ruso o al mercado que representa aquel país en la venta de sus coches, por ejemplo? ¿No antepondrán la defensa de su modo de vida a cualquier otra consideración (de ahí la extrema cautela en un uso  “ponderado” de las sanciones)?

UB: Estoy de acuerdo, no veo tanto que para Putin sea prioritario controlar directamente los recursos de Ucrania. Putin fue muy explícito en junio 2021 cuando negó la independencia de Ucrania y habló de la unidad de los pueblos de Rusia, Bielorrusia y Ucrania. Pero has preguntado por las sanciones. Ahora, a finales de abril y a nueve semanas después del inicio de la guerra, podemos ver que la UE no impone de manera contundente las sanciones a Rusia, sobre todo en lo referido al gas. Los gobiernos de Alemania y Austria, principalmente, están en contra por su fuerte dependencia de Rusia. Yo estoy convencido de que las sanciones tienen que ir más lejos e incluir el gas.  Hay economistas que argumentan que estas sanciones son viables y, aunque causarían cierto freno a la economía, sus efectos no serían catastróficos. Otros, como las asociaciones de empresarios o los sindicatos, dicen que las sanciones rápidas y contundentes van a perjudicar a las economías de Europa. Y que es una forma de doble moral de no comprar el gas de Rusia, pero sí de  regímenes autoritarios de Oriente Medio. Es una discusión importante. Es difícil de prever cómo evoluciona esta situación, pero estamos ante un escenario tan extraordinario (máxime cuando las masacres en Ucrania son conocidas) que yo creo que sí, habría que  tomar esta medida en contra de Rusia. Con respecto al modo de vida, sí, al corto plazo puede influir sobre él, como la pandemia lo hizo.

El Estado tendría que intervenir mediante la financiación del paro parcial, apoyando a las empresas, etc. A medio y largo plazo, la guerra puede contribuir a cierta modernización del modo de vida imperial con un cambio a gran velocidad en la base energética de la economía. Lo interesante es que también las élites hablan ahora mucho más de la necesidad de una transformación energética rápida. Con la ambigüedad —que para mí es un error— de declarar la energía fósil y el gas como fuentes energéticas sostenibles. El problema será si el modo de vida imperial es capaz de mantenerse con eso, por ejemplo, a través de la electrificación de los coches. Pero el cambio necesario tiene que ser más radical, debe cambiarse el sistema de movilidad reduciendo drásticamente la dependencia del automóvil privado, expandirse el sistema del transporte público, reducirse en muchos ámbitos la necesidad de movilidad, por ejemplo, mediante “ciudades con distancias más  cortas”.

 

MDD: Si nos pusiéramos en el escenario de salida del conflicto, ¿Qué repercusión tendrían los cambios en la nueva configuración hegemónica sobre el “modo  de vida imperial”, o simplemente afectarían a las formas de preservarlo ante nuevos actores, riesgos o amenazas?

UB: Si pensamos en lo inmediato, yo creo el conflicto bélico, probablemente se frenará por un agotamiento militar de ambos lados. Es muy probable que no habrá una victoria “total” de un lado y que  esta situación, después de un tiempo, pueda derivar en reabrir de nuevo el conflicto bélico. Así tenemos que  pensar en una perspectiva de varios años, probablemente hasta que no se produzca un cambio del régimen en Rusia (que deberá ser impulsado desde dentro). Al mismo  tiempo, el régimen de Putin tiene todavía bastante legitimidad en la sociedad rusa. Si miramos más allá del conflicto concreto, un escenario probable y, para nada deseable, es una transformación en clave de seguridad de la política y, en general, de las miradas sobre el mundo. Ya lo vemos en  el anuncio del Gobierno alemán de habilitar un fondo especial de 100.000 millones de euros para armamento durante los próximos cinco años.

Un criterio fundamental para la hegemonía del modo de vida imperial sigue siendo en qué sentido asegura el bienestar de amplios grupos sociales (aunque de manera totalmente desigual), así como también en qué medida es capaz de prometer a muchos más que puedan participar del mismo. Pero otro criterio, que ya conocemos de las políticas migratorias y de refugiados, será el de la seguridad, lo que representará una amplia legitimación para poner recursos enormes en la militarización de las fronteras, de las rutas de migrantes etc. Y, si pensamos en la crisis económico financiera de hace más de una década, o ahora en la pandemia, vemos cómo siempre el modo de vida imperial se mantiene gracias a intervenciones públicas permanentes y costosas en situaciones de crisis. Ambas dimensiones, militarización y políticas de crisis, disminuyen el bienestar material, salvo para las industrias que producen armamiento, medicamentos etc. Y también cierta fragmentación de la economía global, que puede traducirse en menos explotación de otras regiones  y, como consecuencia, precios más altos, como veremos en el caso de que se acelera la transición energética.

 

MDD: ¿En qué medida consideras que, con el trasfondo de la crisis ecológica global, el conflicto de Ucrania podría ser  “la oportunidad” para empezar un cambio radical, una transición hacia nuevos escenarios emancipatorios dentro del bloque europeo?

UB: En general, sí es una oportunidad, y hay una politización enorme del asunto. A mediados de abril, el gobierno alemán anunció que iba a poner muchos más recursos para la transición energética. Dependerá de los intereses económicos, de las correlaciones de fuerza, perotambién de las tecnologías o de la disponibilidad de alternativas. Si ahora, por ejemplo, actores poderosos son capaces de convencer a los gobiernos de que la salida principal es importar gas procedente de la fractura hidráulica (fracking) de los EEUU. o importar de países de Oriente Medio, esta oportunidad se cerrará. Se quedará en la lógica capitalista del suministro de energía, y no se pensará de manera suficiente en términos de una transición energética más regional que vaya más allá del gas —por ejemplo, mediante la expansión de la energía solar en el sur de Europa—. Otro aspecto casi totalmente ausente en las discusiones es la necesidad de reducir masivamente el consumo de energía en la matriz productiva y en los patrones de consumo (reduciendo la movilidad privada, el tráfico aéreo, disminuyendo la agricultura industrial y fomentando la ecológica, etc.). Todo eso impide una transición emancipatoria.

En determinadas ocasiones, la política oficial hace referencia a la necesidad de reducir el consumo de energía, pero se queda en la lógica individualista, tendiendo a individualizar la responsabilidad. Al contrario, una verdadera transformación socioecológica llegaría a ser más estructural, por ejemplo, reduciendo la producción de coches y aumentando de manera considerable el transporte público  —y no pidiendo solo a los consumidores no usar el coche privado. O visto de otra manera, eso son los campos de batalla para actores que quieren justamente esto último.

 

MDD: Aunque finalice de forma rápida el conflicto en Ucrania, lo que no acabará será la crisis ecosocial y las contradicciones derivadas de las actuales tensiones geopolíticas.

¿Cómo crees que  actuarán los grandes centros capitalistas y sus estados en ese sentido, y qué respuestas sociales auguras frente a un posible recrudecimiento, tanto de las polarizaciones y tensiones a nivel social, como de los impactos cada vez más frecuentes y devastadores a nivel ecológico?

UB: Es una  pregunta muy compleja. Creo que los centros capitalistas van a fomentar la militarización, pero también van a intentar cierta modernización ecológica del capitalismo y su modo de vida imperial (principalmente tratando de cambiar parcialmente la base energética). Un efecto que ya se nota es, y será, lo que  llamamos “extractivismo verde”: los recursos naturales para esta modernización como el litio, la madera del balso o el cobre vienen de los países del Sur global y de sus economías extractivistas. Si pensamos en cierta fragmentación de la economía mundial en bloques, un resultado puede ser la división del mundo en esferas de influencia como en la fase del imperialismo clásico, y en contra de una globalización capitalista neoliberal. Pero  esto está por ver.

Además de una ayuda concreta a los refugiados, una respuesta social inmediata debería ser capaz de oponerse a la lógica de la militarización y al creciente autoritarismo. Porque esa lógica va en dirección contraria a las medidas realmente efectivas para afrontar la crisis ecosocial: no es solo que la guerra por sí misma causa enorme destrucción, es que también el militarismo impone una jerarquización en las prioridades políticas, relegando a la crisis ecosocial a un lugar secundario.

Las respuestas sociales emancipadoras tienen que trabajar alternativas al modo de vida imperial que causa todas estas tensiones, así como la competencia por los recursos, etc. Un modo de vida solidario, la experiencia masiva, sentida por la mayoría, de un bienestar justo y viable, atractivo y no destructivo, es muy necesaria. Como ya he dicho, eso se  traduce en otro sistema de alimentación y transporte, así como de habitar o vestirse, y detrás de eso, también se traduce en otras relaciones de producción. Desde un punto de vista político, habría que cuestionar la riqueza, su concentración en las manos de unos pocos ricos y súper ricos, al mismo tiempo que se visibilizan los mecanismos políticos y económicos que permiten que la polarización social ocurra.

Un desafío muy concreto es pensar en una transición energética radical (que incluya una Rusia post Putin) capaz de desprenderse de la dependencia de los recursos fósiles. Y para ello, necesitamos un nuevo internacionalismo que piense el bienestar, la protección social y la paz en términos globales, es decir, en  términos de un mundo poscapitalista y posimperial, con un modo de vida solidario para todo el mundo. Eso implica un orden mundial, políticas internacionales y una economía global totalmente diferentes.

 

Acceso a la entrevista en formato pdf:  Entrevista a Ulrich Brand. “Modo de Vida Imperial”: una lectura a la luz del conflicto de Ucrania

Acceso al texto completo del Dosier Ecosocial Crisis, modos de vida y militarismo. Una lectura a propósito de la guerra de Ucrania,

 

Dosieres anteriores


Papeles 157: Militarismo

"El militarismo es una ideología altamente costosa".

No es solo porque legitime respuestas militares a problemas tanto políticos como de otro cariz, sino también porque la naturalización de lo militar acaba calando en la sociedad como forma “normal” de tratar los asuntos sociales. La violencia se inserta inadvertidamente tanto en la vida política como en la social.

El militarismo, además, conlleva altos costes económicos ya que logra acaparar un buen pedazo de la tarta de los presupuestos nacionales para el desarrollo de armamento, el mantenimiento de los ejércitos y la participación en estructuras militares supranacionales. Si ya de por sí este enfoque puede resultar cuestionable, es aún más injustificable en un momento en que la crisis ecosocial demanda fondos públicos para atender las urgencias climáticas y energéticas, entre otras.

La guerra de Ucrania ha vuelto a poner sobre el tapete el alto coste humano de los conflictos, consecuencia de una ideología militar de corte imperialista.

Pero el de Ucrania no será un conflicto más; apunta ya a la emergencia de un nuevo orden internacional donde rige la geopolítica y se impone la fuerza bruta. Este rebrote de militarismo conlleva el aumento de los presupuestos militares, una decisión política que se extiende por todo el ámbito de la OTAN y que se acepta con baja contestación social, mostrando la ideología militarista en acción.

El número 157 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global examina cómo está cambiando la naturaleza de la guerra por el factor tecnológico, la llegada de la inteligencia artificial y las armas autónomas mientras que el conflicto en Ucrania está desatando formas que evocan las de la Guerra Fría, aunque en un escenario sensiblemente más grave de urgencias ecosociales.

La Introducción de Santiago Álvarez Cantalapiedra examina el nuevo orden que se avecina cruzado por la geopolítica y mayores presupuestos militares. En la sección A FONDO, Rafa Martínez, Tica Font, Pere Brunet, Alejandro Pozo, Pere Ortega y Nuria del Viso abordan diversos aspectos relacionados con el militarismo, y en EXPERIENCIAS se recogen dos campañas, una en torno al Tratado de Prohibición de Armas Nucleares - TPAN de la mano de Teresa de Fortuny y Xavier Bohigas, y otra contra las armas autónomas por Joaquín Rodríguez.

En ACTUALIDAD, Adrián Almazán entrevista a Jaime Vindel y conversan sobre los imaginarios de la energía y la crisis ecosocial, entre otras cuestiones. En ENSAYO Manuel Casal Lodeiro reflexiona, en un controvertido artículo, sobre los dilemas de la izquierda frente al crecimiento en el marco de la crisis ecosocial.

En este número dedicamos la sección de REFERENTES a Virginia Woolf con un breve ensayo de la autora en clave pacifista, comentado en otro artículo por Elena Grau. El número se completa con la sección LECTURAS.

A continuación, ofrecemos el sumario de la revista con el acceso directo y gratuito al texto completo de dos artículos, firmados por Santiago Álvarez Cantalapiedra y Tica Font.

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

La emergencia acelerada de un nuevo orden. Regreso de la geopolítica y pulsiones armamentísticas, Santiago Álvarez Cantalapiedra.

A FONDO

Estrategias nacionales de seguridad, una herramienta del siglo XXIRafa Martínez.

Guerra y armas, dos conceptos cada vez más difusos, Tica Font.

Componentes tecnológicos de la nueva militarización, Pere Brunet

La militarización de la Posguerra Fría en el tablero ucraniano, Alejandro Pozo.

El gasto militar destruye bienestar, Pere Ortega.

Entrevista a Nick Buxton. «La militarización del cambio climático va más de afianzar el poder militar que de detener la desestabilización del clima»Nuria del Viso.

ACTUALIDAD

Entrevista a Jaime Vindel en torno a su último libro Estética fósil. Imaginarios de la energía y crisis ecosocial, Adrián Almazán.

EXPERIENCIAS

El largo camino hasta el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, Teresa de Fortuny y Xavier Bohigas.

La sociedad civil ante el desafío del armamento letal autónomo. La campaña Stop Killer Robots, Joaquín Rodríguez Álvarez.

ENSAYO

Si vis pacem, para descensum. Declive o exterminio: el dilema de la izquierda del crecimiento, Manuel Casal Lodeiro.

REFERENTES

El ensayo pacifista de Virginia Woolf, Elena Grau Biosca.

Pensamientos de paz durante una incursión aérea, Virginia Woolf.

LECTURAS

Dignos de ser humanos, de Rutger Bregman, Diego Escribano.

La terraformación, de Benjamin Bratton, Ramón del Buey Cañas.

La batalla por el colapso. Crisis ecosocial y elites contra el pueblo, de Pablo Font Oporto, Alfons Pérez.

Cuaderno de notas

RESÚMENES

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La emergencia acelerada de un nuevo orden

Santiago Álvarez Cantalapiedra introduce el número 157 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, dedicado al Militarismo, con el artículo titulado: «La emergencia acelerada de un nuevo orden. Regreso de la geopolítica y pulsiones armamentísticas», que examina el nuevo orden que se avecina cruzado por la geopolítica y mayores presupuestos militares.

Haz que las guerras no sean rentables y las harás imposibles

Philip Randolph

Se viene hablando de ello insistentemente desde la Gran Recesión del año 2008: estamos ante la emergencia de un nuevo orden, tanto en el plano social como en el internacional.1 La pandemia y la guerra en Ucrania están acelerando el proceso en términos vertiginosos.

Un breve apunte referido a algunos de los rasgos que despuntan en el horizonte. En este orden emergente se recalibra el intervencionismo público y el papel que se le otorga al Estado frente a los mercados. En segundo lugar, asistimos a un retroceso de la hiperglobalización vivida durante la década de los noventa del siglo pasado, con un avance del nacionalismo económico y repuntes proteccionistas tanto en el plano comercial como en el tecnológico. A eso se suma la creciente preocupación por los cuellos de botella que surgen de unas cadenas globales de suministro que, al ser demasiado extensas, han dejado de ser funcionales. Se ha construido una economía muy compleja y, al mismo tiempo, vulnerable: la paralización de parte de la producción por la escasez de suministros, el encarecimiento de los carburantes o los problemas en la logística global (debidos no solo a la pandemia sino también a hechos como el acontecido en el Canal de Suez por el buque portacontenedores Ever Given) señalan que se ha ido demasiado lejos con la globalización. Se contempla la opción de desescalar: pasar desde el plano mundial a un ámbito de mayor proximidad algunas de las actividades que se habían fragmentado y deslocalizado a miles de kilómetros.2  En tercer lugar, se intensifica la pugna ante la escasez de recursos estratégicos y materiales críticos asociada a la creciente profundización de la digitalización y la transición energética, aventurando un recrudecimiento de la geopolítica en el acceso y la seguridad en el suministro de esos recursos. En cuarto lugar, se asientan los cambios en la geografía económica: el centro de gravedad económico se desplaza hacia Asia y los nuevos actores del escenario internacional –particularmente China– salen reforzados de la crisis pandémica, agravando las tensiones geopolíticas y las dinámicas de bloques regionales, adquiriendo un renovado impulso las pulsiones armamentísticas.

En este contexto, la pandemia y la guerra de Ucrania han actuado como catalizadores que han acelerado y profundizado esas tendencias. La pandemia ha rubricado la digitalización de las sociedades y la recuperación del papel decisivo de los Estados a través de los planes de reconstrucción y el diseño de nuevas políticas para la relocalización industrial. La guerra de Ucrania, a su vez, es la prueba más clara del regreso de la geopolítica, de la economía de bloques y de las tendencias armamentísticas. Ambos acontecimientos actúan en el mismo sentido: la necesidad estratégica de los países de reducir sus dependencias y de imponer la seguridad económica sobre la pura lógica del beneficio empresarial.

 

El escenario creado por la guerra en Ucrania: bloques y geopolítica

Estamos ante un momento crucial en la reconfiguración del orden internacional. Cabe interpretar esta guerra como un pulso entre imperios nucleares con Ucrania como víctima.3 Asistimos a un choque entre imperios en decadencia (el ruso y el occidental conformado en torno a la Alianza del Atlántico Norte) en un momento dominado por el ascenso imparable de China como nueva potencia económica.

Hay una fecha anterior al inicio de la guerra que quedará registrada en los libros de historia: la del 4 de febrero. Ese día, Vladimir Putin y Xi Jimping sellaron un acuerdo de cooperación “sin límites”. Sin ese acuerdo, parece improbable que Rusia se hubiera aventurado a lanzar la invasión sobre Ucrania. Desde el año 2014, con la anexión de Crimea y la guerra en el Donbás, la decisión estratégica de Moscú parece inequívoca: desengancharse de Occidente acercándose a Oriente. Los flujos financieros y comerciales rusos con la UE han ido declinando desde entonces, al contrario de lo que ha ocurrido con los vínculos económicos que ha desplegado con China. Asia se encuentra cerca de desplazar a Europa como principal socio comercial de Rusia. Ahora bien, este viraje encubre el riesgo de una nueva dependencia. China es el destino del 14,6% de las exportaciones rusas, pero no representa ni siquiera el 3% del comercio exterior chino. Así pues, el camino ruso hacia Oriente se antoja complicado y plagado de trampas.

 

El papel de los recursos y de las sanciones

Hay un segundo factor que ha podido pesar de manera decisiva en el modo en que Rusia ha decidido preservar su propio espacio de influencia. Rusia en apariencia pinta poco en la economía mundial, apenas representa el 1,7% de la economía global y ocupa el puesto 53 en cuanto a PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo. Con todo, su capacidad para desestabilizar el planeta es extraordinaria. Lo resumió de una forma un tanto tosca el alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, Josep Borrell, al definir a Rusia como «una gasolinera y un cuartel, dentro del cual hay una bomba atómica». Poder nuclear y grandes reservas de gas y petróleo. Pero su relevancia no se limita a eso. El papel de Rusia como suministrador de materias primas al resto del mundo no solo atañe al sector de la energía, se extiende también a ciertos metales críticos y al campo alimentario. Rusia es un gigante en cuanto a materias primas: según los datos la agencia Bloomberg, las exportaciones rusas en relación con la extracción mundial de petróleo y gas representan, respectivamente, el 8,4 y el 6,2%; lidera las exportaciones de paladio (45,6%); posee algunos de los principales yacimientos de níquel-cobre-paladio del mundo y tiene un peso destacadísimo en lo que se refiere al platino. Los analistas internacionales han advertido de los problemas de escasez de paladio, platino y gas neón en la producción de microchips. A su vez, la industria del automóvil europea muestra su preocupación ante la falta de níquel para baterías de iones de litio y de paladio para los convertidores catalíticos. En el ámbito alimentario, Rusia produce el 13% de los abonos más utilizados en el planeta (los basados en potasio, fosfato y nitrógeno), y estos fertilizantes son para un gigante agrario como Brasil tan relevantes como lo es el gas para los estados miembros de la UE.

Sin duda Rusia ha contemplado desde el primer momento la posibilidad de severas sanciones, pero ha sopesado también, quien sabe si acertadamente, que ante la respuesta a la amenaza a su seguridad nacional que representa la expansión de la OTAN, disponía aún de una baza con la que jugar a medio y largo plazo al estar en posesión de unos recursos cruciales para sostener el modo de vida occidental. Los hechos, hasta ahora, ni le han dado ni quitado la razón. Todavía está por ver si las sanciones para estrangular la economía rusa consiguen los resultados esperados.

La cadena de sanciones impuestas por Occidente ha respondido al siguiente planteamiento: ante el riesgo nuclear no cabe una respuesta militar directa y si –como enunció el rival prusiano de Napoleón Karl von Clausewitz en su famoso tratado militar–4 la guerra es la continuación de la política por otros medios, ahora la economía podría ser la continuación de la guerra por otras vías.

Si echamos un vistazo a las sanciones encontraremos una amplia batería de medidas. En el frente económico, un acuerdo en el seno del G-7 revocó la aplicación de la cláusula de «nación más favorecida» a Rusia, lo que repercutirá en mayores aranceles para las exportaciones rusas en varios países occidentales y la restricción del acceso a fuentes de financiación de organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Otras medidas han surgido del seno de la UE, el Reino Unido, los EEUU y Canadá, y han sido planteadas básicamente para el ámbito financiero. Entre las más señaladas se encuentran las siguientes: la imposibilidad de que el banco central de Rusia pueda usar sus reservas de divisas en el extranjero y la desconexión de siete bancos rusos del sistema internacional de comunicación interbancaria SWIFT. Dejando al margen las medidas contra los oligarcas afines a Putin, formuladas más de cara a la galería que a la búsqueda de una efectividad real,5 las dos sanciones anteriormente mencionadas son las que presentan un mayor potencial, aunque también límites evidentes.

La primera, la intervención sobre las reservas internacionales, tiene como objetivo restar capacidad al banco central ruso para evitar la depreciación del rublo y el control de la inflación. La efectividad de la medida depende de la composición de la cartera de activos internacionales del Banco de Rusia. Esas reservas, que ascienden a 640.000 millones de dólares (582.000 millones de euros), están formadas por, al menos, 150.000 millones en oro custodiado dentro de las fronteras del país y 91.000 millones en divisa china. Así pues, esa parte quedaría fuera del alcance de la medida sirviendo de colchón para resistir el resto de las sanciones. La segunda, la expulsión de siete bancos rusos del sistema de transferencias internacionales SWIFT, busca restar operatividad a la economía rusa en relación con las transacciones e inversiones con el exterior. Sin embargo, el carácter limitado de la medida se ha diseñado precisamente para evitar que afecte al intercambio de las materias primas de las que depende Occidente, y el efecto más evidente que puede provocar es que acelere la implantación de un sistema alternativo abanderado por China menos dependiente del dólar y del euro.6  En cualquier caso, sobre lo que caben pocas dudas es que la congelación de los activos del banco central ruso y la desconexión parcial del sistema SWIFT contribuirá, sobre todo, a la profundización de la dinámica de bloques económicos que despunta en el horizonte de la economía mundial.

Las sanciones son como un cuchillo de doble filo al tener efectos tanto sobre el sancionado como sobre el que sanciona. Lo sabe Occidente y lo sabe Putin. Es en este cálculo de intereses donde se dirime el alcance de las medidas adoptadas. Las sanciones representan una vía de presión sobre Rusia, pero al mismo tiempo muestran cómo Occidente ni desea ni sabe desprenderse de un modo de vida que, por otro lado, es inviable globalmente, por injusto e insostenible. Los líderes europeos han evitado desde el principio la única manera de ganarle la guerra a Putin: prohibir las importaciones de gas, petróleo, carbón y otros materiales críticos de Rusia. En el primer mes de hostilidades, Europa ha proporcionado a Rusia 17.000 millones de euros a cambio de sus combustibles fósiles, otorgándole al régimen de Putin dinero suficiente para sostener el valor de su moneda y financiar la guerra. Occidente, amparado una vez más en su retórica hipócrita, dice estar dispuesta a hacer todo lo que sea necesario para parar la agresión contra el pueblo ucraniano, pero ese “hacer todo lo que sea necesario” tiene como límites claros la preservación de su modo de vida. Y para conseguirlo, no siendo suficientes las medidas económicas, no renuncia a una nueva escalada armamentística.

 

La apuesta armamentística

Es una tendencia que se muestra desde hace años y que ahora la guerra impulsa con renovado brío. Tras la disolución de la URSS y el fin de la Guerra Fría, la evolución del gasto militar experimentó un descenso que despertó la esperanza en Europa de que la seguridad continental podría superar el esquema de bloques con que había sido diseñado hasta entonces. Nada más lejos de la realidad. Tras ese primer impás, el gasto militar mundial se volvió a reactivar a partir de 1997, recuperando los niveles de la Guerra Fría a finales de la primera década del nuevo siglo.7 Así pues, la posibilidad de disfrutar del “dividendo de la paz” resultante del recorte de los gastos de defensa se disipó pronto, tal vez porque fue percibido como una amenaza real para el poderoso complejo militar industrial. Se explica así que el devenir de los acontecimientos haya seguido un guion contrario al deseado. El militarismo se ha revelado una vez más como un elemento estructural de la economía capitalista, de ahí que, en vez de acometerse el desmantelamiento progresivo de una OTAN vacía de sentido, en su lugar hayamos asistido en las tres últimas décadas a su expansión hacia las fronteras rusas (incumpliendo las promesas verbales hechas a Gorbachov en los primeros tiempos de la perestroika) y a un crecienre intervencionismo que la cuestiona como organización defensiva. 8

El año pasado el gasto militar mundial ascendió hasta 1,9 billones de dólares, experimentando el mayor incremento interanual desde la crisis global del año 2009.9 Por dimensión esta “economía de la guerra” formaría parte del top de las diez principales economías mundiales (por detrás de la de Francia y delante de la italiana). De los 20 países que más gastan en defensa, la mitad son países de la OTAN (que en su conjunto representa el 53,1% del gasto total). De ese porcentaje, casi cuarenta puntos corresponden a los EEUU, de manera que su porcentaje en el gasto militar mundial duplica el peso que tiene la economía norteamericana en el PIB mundial. La economía estadounidense es una economía militarizada, por peso en el PIB y por ser el principal país exportador de armas del planeta (el 38,6% del total en el periodo 2017-2021). Desde esta perspectiva adquieren un hondo significado las palabras del sindicalista y activista de los derechos civiles Philip Randolph: «Haz que las guerras no sean rentables y las harás imposibles». Un convencimiento que comparte el fotoperiodista español Gervasio Sánchez tras cubrir buena parte de los conflictos armados contemporáneos: «La guerra es un gran negocio del que se benefician los países más avanzados».10

Entiéndase bien: no es solo que el armamentismo represente un negocio per se, es que es también la manera en que prosperan los negocios en este mundo. La lógica bélica resulta indistinguible de la lógica competitiva del capitalismo. El armamentismo se muestra como una tendencia asociada a este nuevo orden que va emergiendo porque lo que está en disputa es la hegemonía y las zonas de influencia en las que ejercer el poder económico que preserva y da continuidad al modo de vida capitalista en el que estamos instalados.

Santiago Álvarez Cantalapiedra es director de FUHEM Ecosocial y de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y cambio global. 

 

NOTAS

1  Lo he señalado con algo más de detalle en la Parte II «Cambio de época y nuevo orden» de mi libro La Gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma, Ediciones HOAC, Madrid, 2019.

2  No solo hay en juego una tendencia parcialmente desglobalizadora, también se observan cambios en los rasgos del propio proceso globalizador: en la fase álgida de la hiperglobalización de los años noventa, se acrecentó el comercio mundial y la movilidad de los capitales productivos y financieros, impidiendo (o seleccionando) la movilidad de la fuerza de trabajo; ahora, uno de los cambios más significativos al que estamos asistiendo es, gracias a las nuevas tecnologías, la aceleración de la deslocalización laboral, de manera que se puede teletrabajar para una compañía extranjera sin necesidad de desplazarse físicamente al país donde se encuentra ubicada, mientras que la integración de los mercados de capitales se va viendo resentida debido a la dinámica de fragmentación en grandes bloques económicos.

3  Ucrania, desde el momento en el que expresó su intención de formar parte de la UE, es decir, de Occidente, ha sido el campo de batalla de un conflicto entre el creciente deseo de Putin de incorporar la parte eslava del imperio ruso a su órbita y la estrategia atlantista de expandir la OTAN hasta las fronteras de Rusia, convirtiéndose en presa geoestratégica de dos imperialismos en declive. Véase Rafael Poch, «Putin cruza el Rubicón», ctxt, 24 de marzo de 2022 y Edgar Morin, «El pensador Edgar Morin reflexiona, desde sus 100 años, sobre la guerra en Ucrania: “Me acuerdo de la angustia que sentí durante la crisis de los misiles”», EL PAÍS, 26 de marzo de 2022.

4  Versión completa en línea del libro De la guerra de Karl von Clausewitz en español.

5  Como ha señalado oportunamente Piketty, para que esa medida contra los oligarcas rusos sea realmente efectiva sería necesario el establecimiento de un registro financiero internacional que no es del agrado de nuestra propia oligarquía financiera occidental por sus múltiples vínculos con los primeros (véase: Thomas Piketty, «Sancionar a los oligarcas, no al pueblo», EL PAÍS, 6 de marzo de 2022). En relación con otras iniciativas, como la prohibición de exportar bienes de lujo a Rusia o la suspensión de actividades de numerosas empresas occidentales en el mercado ruso, hay que verlas más como una cuestión reputacional de las empresas que como sanciones realmente efectivas, sobre todo si tenemos en cuenta que la amplia mayoría de la población de aquel país no suele circular en Jaguar o beber Dom Pérignon ni es consumidora habitual siquiera de productos de Zara, Apple o Netflix.

6  El sistema SWIFT (acrónimo de Society for World Interbank Financial Telecommunication) es un claro ejemplo de la hegemonía financiera de Occidente. Fundado en 1973 en Bruselas, agrupa a más de 11.000 organizaciones financieras de 200 países, pero está supervisada por los bancos centrales de unos pocos (EEUU, Alemania, Bélgica, Canadá, Francia, Italia, Japón, Países Bajos, Reino Unido, Suecia y Suiza, más el Banco Central Europeo), correspondiendo el liderazgo a Bélgica al estar ubicada la sociedad en dicho país. El Sistema de Pago Interbancario y Transfronterizo (CIPS, del inglés Cross-Border Interbank Payment System) es la alternativa en moneda china. Aunque operativo desde el año 2015, aún está muy lejos de la dimensión adquirida por el primer sistema: el CIPS cuenta únicamente con 19 bancos y 176 participantes indirectos que cubren 47 países y regiones.

7 Según los datos proporcionados por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), www.sipri.org

8 Después de las intervenciones de la OTAN en Serbia en 1999, Afganistán en 2001, Irak en 2004 o Libia en 2011, ¿es posible todavía seguir considerándola como una organización defensiva?

9 Comunicado de prensa del SIPRI, Estocolmo, 26 de abril de 2021.

10 Entrevista de Carlos Moncín a Gervasio Sánchez, Heraldo, 10 de noviembre de 2009.

Acceso al texto del artículo en formato pdf: La emergencia acelerada de un nuevo orden. Regreso de la geopolítica y pulsiones armamentísticas.


Convocatoria para el Estado del Poder 2023

El Transnational Institute (TNI) está realizando una convocatoria abierta para ensayos, documentos de investigación accesibles, infografías y colaboraciones artísticas sobre el tema “poder digital” para su undécima edición del informe el Estado del Poder, que se publicará en enero de 2023. El plazo para enviar propuestas vence el 8 de junio de 2022.

Desde su primera edición en 2012, el informe anual el Estado del Poder del TNI se ha convertido en una referencia fundamental para ciudadanos, activistas y académicos interesados en entender las características del poder en el mundo globalizado. Al combinar infografías convincentes con ensayos esclarecedores, el Estado del Poder examina las dimensiones (económica, política y social) del poder, expone a los actores clave que lo controlan y destaca a los movimientos que se enfrentan al poder para transformar el mundo. Los últimos informes del Estado del Poder han recibido múltiples elogios por sus ensayos inspiradores y su excelente arte.

Poder digital

En 2004, dos empresas tecnológicas figuraron en la lista de las diez empresas más ricas y poderosas del planeta. Hoy en día, siete de las diez principales empresas del mundo pertenecen al sector de la tecnología (ocho si se tiene en cuenta a Tesla). Las gigantes tecnológicas como Alphabet, Facebook, Meta, Tencent y Amazon han adquirido una gran riqueza y un enorme poder económico y político. Su influencia económica ha detenido o impedido intentos de controlarlas, incluso en medio de la creciente preocupación popular. Han construido amplios sistemas basados en datos e inteligencia artificial que hacen prácticamente imposible que otras empresas compitan con ellas o que las autoridades públicas puedan regularlas.

El poder de las grandes empresas tecnológicas no solo es económico o político, también es psicológico, incluso biológico, dado que han desarrollado capacidades para vigilar cada aspecto de nuestras vidas. Su ambición también excede la de muchas empresas que las anteceden, debido a que no solo intentan dominar el mercado, sino que además quieren convertirse en el mercado o el espacio público donde ocurren casi todas nuestras interacciones. En el proceso, no solo están dominando al capitalismo, sino reconfigurándolo y con él a nuestra sociedad y cultura.

Al mismo tiempo, los Estados también están utilizando la digitalización para mejorar sus capacidades coercitivas y de vigilancia, a menudo con muy poca regulación y transparencia. Edward Snowden sonó la alarma, pero solamente pudo interrumpir temporalmente las nuevas facultades extraordinarias de vigilancia del Estado, facilitadas por la digitalización. Los datos se han convertido en el nuevo oro, y todas las empresas y Estados están obsesionados con obtener la mayor cantidad de datos posible para utilizarlos con fines inescrutables e inescrupulosos. Como dijo el director de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, el General Keith B. Alexander, no es necesario buscar una sola aguja en un pajar cuando se puede “recolectar todo el pajar”.

En los dos últimos años, la pandemia de COVID-19 ha aumentado las ganancias y el poder de las empresas digitales y ha permitido a los Estados aumentar su vigilancia con el pretexto de proteger la salud pública. Sin embargo, también hemos observado los esfuerzos de personas comunes y corrientes en todas partes del mundo para enfrentar e incluso ganar contra las gigantes tecnológicas, como la victoria inesperada del sindicato de trabajadores de Amazon en Staten Island en abril de 2022. Activistas de todas partes del mundo están utilizando herramientas digitales –tanto controladas por empresas, como alternativas de código abierto– para lograr victorias considerables contra empresas y Estados autoritarios.

A pesar de su poder, su alcance y sus efectos transformadores, es difícil que las personas comunes y corrientes entiendan todas las repercusiones de esta nueva era de poder digital. Lo mismo ocurre con activistas de movimientos sociales, que además de entender las repercusiones, deben descifrar cómo aprovechar las tecnologías digitales para enfrentarse al poder empresarial y estatal.

En su edición de 2023, el TNI está interesado en propuestas que analicen el poder digital de maneras creativas que ayuden a profundizar su entendimiento, mejorar las estrategias de los movimientos sociales y vislumbrar futuros deseables. Necesitamos entender quién tiene poder digital, cómo se utiliza, cómo está cambiando, de qué modo afecta a la sociedad, cómo puede contrarrestarse y cómo podemos aprovechar el poder digital para promover la justicia social y ambiental. Nos gustaría recibir reflexiones de diferentes campos disciplinarios para crear un panorama lo más completo posible del poder y el contrapoder digital. También nos interesa producir algunas infografías o expresiones artísticas que ayuden a explicar el poder digital.

En resumen, nuestro fin último no es el análisis en sí, sino empoderar a activistas y movimientos a desafiar, enfrentar y superar de manera más eficaz el poder digital arraigado.

Estas son algunas preguntas –la lista no es exhaustiva– que nos interesaría analizar y entender mejor. En cada uno de los casos nos interesa cómo la digitalización se relaciona con el poder:

  • ¿Cómo las personas perdieron el potencial emancipador de Internet en manos de empresas y Estados autoritarios? ¿Qué podemos aprender de ello?
  • ¿Qué empresas, instituciones y fuerzas políticas están ganando poder político y social debido a la digitalización?
  • ¿Qué es la economía política mundial del capitalismo digital? ¿De qué modo la digitalización afecta el poder geopolítico? ¿De qué modo integra las relaciones de poder poscoloniales e imperialistas y cómo cuestiona las relaciones de poder a nivel nacional e internacional? ¿Estamos ingresando a un mundo en que la guerra cibernética determinará las relaciones de poder en la misma medida que otras guerras?
  • ¿Cuál es la naturaleza del poder de las grandes empresas tecnológicas? ¿Cómo lo adquirieron y cómo lo están utilizando en la actualidad? ¿En qué difieren las empresas digitales de sus predecesoras no digitales?
  • ¿Es el poder de Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft impenetrable o puede desmantelarse? ¿Qué tipo de medidas pueden adoptar los Estados individual o regionalmente para contrarrestar el poder de las grandes empresas tecnológicas?
  • ¿Existe alguna diferencia fundamental entre el poder de los diferentes actores tecnológicos, por ejemplo entre Apple y Amazon?
  • ¿Cómo están utilizando los Estados el poder digital? ¿Qué ha cambiado desde las revelaciones de Snowden y qué formas de vigilancia y poder desconocido se han mantenido?
  • ¿De qué modo la financiarización y el poder de las finanzas (véase el informe del Estado del Poder del TNI de 2019) configuran a las grandes empresas tecnológicas o son configuradas por ellas? ¿Las criptomonedas cuestionan el poder estructural o lo refuerzan?
  • ¿De qué modo otros sectores empresariales importantes (petróleo, finanzas, automotriz, agronegocio, etcétera) utilizan la digitalización para afianzar o promover su poder?
  • ¿De qué modo la Internet oscura está configurando las relaciones de poder y cuáles son las repercusiones para los movimientos sociales?
  • ¿Quiénes y cómo están utilizando la desinformación digital para afectar las relaciones de poder?
  • ¿Cuál es el impacto de la digitalización en las relaciones de poder social, sexual y de género?
  • ¿De qué modo los activistas han confrontado, limitado o retrocedido el poder digital empresarial y estatal? ¿Qué podemos aprender de ellos? ¿De qué modo los activistas aprovechan el poder digital para resistir y construir sociedades justas? ¿De qué modo los activistas y los movimientos sociales manejan la tensión entre la utilización de herramientas digitales empresariales que permiten llegar a muchas personas y lograr victorias importantes sin fortalecer aún más a las grandes empresas tecnológicas?
  • ¿Qué poder tienen los trabajadores de empresas tecnológicas para oponerse al capitalismo digital? ¿Qué lecciones podemos aprender de las luchas de los trabajadores transitorios? ¿Qué función puede desempeñar el activismo digital, los hackers y otros en enfrentarse al poder digital y qué podemos aprender de ellos?
  • ¿Qué modelos, políticas y sistemas necesitamos para reconfigurar el poder digital para que sirva al interés público y evitar una catástrofe ambiental?

Además de análisis, al TNI le interesan estudios de casos específicos en los que se extraen lecciones generales, así como historias, expresiones artísticas y material audiovisual que contribuyan a entender el poder digital de maneras creativas e imaginativas.

El TNI tiene un número limitado de becas de entre 250 y 500 euros –para las cuales se priorizará a colaboradores con bajos recursos o del Sur Global. No olvide mencionar en su solicitud si desea solicitar la beca, que se otorgará a ensayos publicados en el informe principal.

Formato y estilo

El TNI produce sus ensayos en formato extenso (longread), ilustrados por artistas internacionales. También intentamos difundir los artículos en otras revistas digitales para maximizar el número de lectores y hemos producido un podcast y un webinario basados en la serie. Por lo tanto, nos interesan los artículos periodísticos extensos que brindan información y pueden promoverse en otros medios.

Tanto para los ensayos como para los podcasts, es importante incluir los siguientes elementos:

  • historias
  • ejemplos concretos
  • metáforas
  • técnicas periodísticas

También valoramos las sugerencias de fotos, videos, arte, canciones y otras formas de ilustrar los ensayos. Puede ver algunos ejemplos aquí. Desalentamos el uso excesivo de lenguaje académico, análisis literario y debates académicos que no resultan accesibles para el público en general.

Si bien los ensayos son la parte más importante del informe, el TNI también recibe propuestas de exploraciones artísticas que examinen los mismos temas para acompañar y complementar a los ensayos. El proceso para estas expresiones será diferente. Puede enviarnos un mensaje a stateofpower@tni.org con propuestas o sugerencias.

Criterio de elegibilidad

Si bien el TNI se enorgullece en tener un elevado estándar académico, para esta convocatoria no es necesario tener calificaciones académicas específicas. Los colaboradores en ediciones anteriores del Estado del Poder han sido estudiantes, profesores, autores conocidos, periodistas, activistas y artistas –todos ellos en etapas diferentes de sus carreras y de sus vidas. El TNI alienta especialmente la participación de mujeres, jóvenes artistas y del mundo académico y personas del Sur Global.

Proceso

El informe final estará integrado por una mezcla de ensayos de esta convocatoria abierta y ensayos previamente encargados, que además formarán parte de un podcast y webinario(s). Hemos diseñado un proceso para incluir en el informe principal a los que consideramos son los mejores ensayos. Los redactores responsables, Nick Buxton y Sofia Scasserra del TNI, decidirán qué artículos se incluirán. Para ello contarán con el apoyo de la correctora de estilo Deborah Eade y personal de IT for Change (India) y Fuhem Ecosocial (España). El proceso de selección consistirá en las etapas siguientes:

1. En la primera etapa, los y las investigadoras deberán enviar:

a) una propuesta de ensayo

b) una breve biografía

c) algunos enlaces a escritos anteriores. Se valorará que las obras anteriores no se limiten a textos académicos, sino que además incluyan artículos periodísticos más accesibles.

Las propuestas incluirán:

  • el argumento principal que desean plantear
  • cómo se relaciona con el poder digital o nos ayuda a entenderlo
  • los argumentos clave que incluirá
  • historias o ejemplos que lo ilustran

La propuesta puede basarse en artículos anteriores o ideas provisionales de lo que se desee analizar. Si desea solicitar una beca –disponible para participantes de bajos ingresos– debe mencionarlo en esta etapa.

Envíe la propuesta a stateofpower@tni.org

2. Las personas cuyas propuestas sean seleccionadas, deberán presentar un ensayo. El Panel Editorial seleccionará los 4 o 5 mejores ensayos para el informe.

3. Los ensayos seleccionados se someterán a una ronda final de revisiones sobre la base de los comentarios del Panel Editorial y estarán sujetos a una edición final.

4. Los ensayos no seleccionados –pero que el Panel Editorial evalúe positivamente– estarán disponibles como un enlace pdf descargable desde el informe principal. Lamentablemente, no se proporcionarán becas para los ensayos que no figuren en el informe principal.

Requisitos de presentación

-Creíble: investigación a fondo y basada en datos empíricos

-Accesible: fácil de leer para un público amplio no especializado (es decir que se debe evitar utilizar demasiado lenguaje académico).

-Adicional: utilización de historias y ejemplos adicionales que añadan profundidad, nuevos análisis o detalles a los conocimientos o investigación existentes

-Radical: debe abordar las causas estructurales de cuestiones fundamentales

-Proposicional: no debe solamente realizar una crítica, sino que debe proponer alternativas, cuando corresponda

-Puede encontrar la guía de estilo del TNI en español aquí y en inglés aquí

  • Las propuestas y ensayos deben redactarse en inglés, francés o español.
  • Las propuestas deben tener un máximo de 800 palabras. No deben consistir en una prosa continua, sino que deben captar los argumentos principales del ensayo y pueden ser un esquema ampliado o una serie de puntos. Las biografías deberán tener un máximo de 200 palabras.
  • Deberán enviarse a stateofpower@tni.org
  • Los ensayos finales deberán tener entre 3000 y 5000 palabras. El límite máximo se aplica estrictamente.
  • Estilo: el TNI tiene cinco criterios básicos para su investigación y publicaciones que también utilizará para evaluar las propuestas y ensayos:
  • No se deben incluir referencias entre paréntesis dentro del texto, por ejemplo: (Abramson, 2011), en estilo académico. Debido a que primero se publica la versión del informe en línea y luego como libro impreso y libro electrónico, sírvase incluir un enlace al texto de referencia y una nota al final con la lista completa de referencias en estilo Harvard. Alternativamente, puede proporcionar una bibliografía al final del ensayo.
  • No se exceda con las notas al final (no más de 40 por ensayo) –utilícelas principalmente para referirse a hechos/pruebas que puedan resultar sorprendentes o ser cuestionados.
  • Envíe el texto en un archivo .doc o .docx o el equivalente de Office en software libre para procesamiento de textos, pdf o presentaciones artísticas.
  • La decisión del panel editorial es inapelable. Si su propuesta o ensayo son seleccionados, deberá responder a revisiones por pares y comentarios de corrección de estilo según el siguiente calendario.

Calendario

8 de junio                        Presentación de propuestas

20 de junio                      Aprobación de propuestas para presentación de ensayo completo

23 de septiembre           Presentación de ensayo completo

30 de septiembre           Decisión de si el ensayo se aprueba para el informe final o se publica como pdf

Octubre/noviembre       Revisión, segundo borrador, edición final

16 de diciembre             Borrador definitivo
Enero                                Preparación de promoción, difusión, etcétera

Finales de enero             Publicación de ensayos


Entrevista a Joaquim Sempere sobre Las cenizas de Prometeo

Salvador López Arnal entrevista en el número 148 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global a Joaquim Sempere sobre su libro Las cenizas de Prometeo.

Doctor en Filosofía por la UB y licenciado en Sociología por la Universidad de Nanterre, Joaquim Sempere (Barcelona, 1941) fue militante y dirigente del PSUC y del PCE durante la dictadura fascista del general Franco hasta 1981. Director de Nous Horitzons, la revista teórica del PSUC, y miembro del consejo editorial de Mientras tanto, desde 1992 hasta su jubilación ha sido profesor de Sociología de la UB. Ha trabajado especialmente sobre las necesidades humanas y sobre el papel de la ciencia y los expertos en conflictos socioambientales, y es socio fundador, desde 2012, del CMES, Col.lectiu per un Nou Model Energètic i Social Sostenible, dedicado a promover las fuentes renovables de energía.

Entre sus publicaciones cabe destacar aquí, L’explosió de les necessitats (1992), Sociología y medio ambiente, con Jorge Riechmann (2000), Mejor con menos. Necesidades, explosión consumista y crisis ecológica (2009) y El final de la era del petróleo barato (2000), libro del que es coordinador junto a Enric Tello.

Salvador López Arnal (SLA): Nos centramos en esta conversación en tu último libro publicado: Las cenizas de Prometeo, Pasado&Presente (colección “Imperdibles”), Barcelona, 2018. Me voy a dejar mil preguntas en el tintero. Empiezo por el título: ¿por qué las cenizas de Prometeo? ¿Del fuego emancipador a las cenizas del fracaso?

Joaquim Sempere (JS): Las metáforas, como los ejemplos, a veces se vengan. A menudo, como en este caso, son polisémicas. Prometeo aquí simboliza el fuego de los combustibles fósiles, y la civilización moderna asociada a ellos, con sus excesos depredadores. Pero no ignoro que en el mito helénico simboliza el poder de la técnica y la liberación que esa técnica concede al ser humano frente a los dioses, lo cual hizo decir a Marx que Prometeo es el santo y mártir más ilustre del calendario filosófico. Yo quería también, con esta metáfora, señalar la ambivalencia de la técnica –para el bien y para el mal— y los peligros de un endiosamiento de la especie humana

 

SLA: Sigo por el subtítulo: “Transición energética y socialismo”. Cuando hablamos de transición energética, ¿de qué estamos pensando exactamente? ¿Transición en singular o transiciones en plural?

JS: En singular. La tarea hoy más urgente es abandonar el modelo energético fosilista y nuclear. La energía nuclear por sus peligros –no me extiendo en ellos, tú mismo los has difundido con gran eficacia en tu larga entrevista con Eduard Rodríguez Farré. Los combustibles fósiles por el calentamiento global y el cambio climático, pero también porque se agotarán en la segunda mitad de este siglo, según estimaciones solventes. La única alternativa viable es el paso a las energías renovables (fotovoltaica, eólica, solar termoeléctrica, hidroeléctrica, de las olas y las mareas –todas ellas para obtener electricidad—, a las que hay que añadir la térmica solar, la biomasa y la geotérmica para obtener calor).

Estas fuentes están ahí, disponibles. Son energías libres y gratuitas. Su gratuidad no significa que su aprovechamiento no tenga costes económicos y ecológicos: se requieren captadores varios que requieren metales y otros componentes, ocupan espacio, etc., todo lo cual cuesta dinero y tiene impactos ambientales. Pero lo decisivo es que no se agotarán mientras dure la humanidad, porque el Sol va a durar más que nuestra especie.

El problema de estas fuentes de energía radica en que exigen estos gastos en espacio y materiales, y los materiales para fabricar los captadores tienen también un límite. El grupo de investigación de García Olivares y Antonio Turiel, ubicado en Barcelona, estima que con las actuales técnicas de captación, no hay metales suficientes para cubrir los actuales consumos energéticos en el mundo más que para unos pocos años. El silogismo es claro: si la única alternativa energética es la de fuentes renovables y si no hay metales suficientes para satisfacer el despilfarro de energía de nuestra civilización, entonces hay que reducir el consumo de energía de la humanidad. En otras palabras: transición energética solo hay una en el horizonte, la que nos traslada a un modelo 100% renovable. Pero esta transición exigirá redimensionar nuestros consumos energéticos.

 

SLA: ¿Redimensionar nuestros consumos energéticos?

JS: Esto quiere decir vivir con menos objetos y operaciones que usen energía: menos artefactos, menos viajes, menos operaciones (industriales, agrícolas u otras) que gasten energía. Claro que, a la vez, si mejorara la eficiencia energética podríamos hacer más cosas con menos energía, y esto también ayudaría. Pero las mejoras en eficiencia tendrían un peso mínimo: el fondo de la cuestión es que el agotamiento de las actuales fuentes de energía nos conduce inexorablemente a sociedades más austeras, más frugales, con menos viajes y transporte de cosas. Y esto supone un cambio cultural enorme, una mutación civilizatoria brutal.

Cuando se piensa en ello produce vértigo, y un rechazo instintivo en mucha gente. Estamos no solo viciados por la abundancia, sino incapaces de imaginar que esta abundancia pueda no durar, y menos que las actuales generaciones humanas vayan a vivir la escasez. Esto resulta inimaginable, también porque todos los mensajes que recibimos a diario –y no solo los de los reclamos publicitarios— nos ocultan esta perspectiva: más coches, más electrodomésticos, más robots, más viajes, más rascacielos, etc. ¡Vivan ustedes a tope, no hay problema! Pensemos que la energía está en todas partes. La necesitamos para cocinar, calentarnos, fundir metales, viajar, producir alimentos, alumbrarnos, fabricar toda clase de objetos… para casi todo. Sugiero que el lector haga el ejercicio de escudriñar los infinitos usos de la energía que tienen lugar en nuestra cotidianidad. Pero esta perspectiva de escasez no solo tiene facetas negras, también las tiene positivas.

 

SLA: Por ejemplo...

JS: Estoy absolutamente convencido de que vivir con menos –si tenemos satisfechas las necesidades básicas– nos hará más felices, nos obligará a respetar la naturaleza y a cooperar. Pero sin olvidar que las fases de transición pueden resultar muy duras; podemos vivir grandes desgracias, incluyendo el riesgo real de destruir la sociedad y la convivencia civilizada. En suma, la transición energética obligará a reconsiderar casi todas las dimensiones de la vida humana. Yo la veo como el primer paso en una serie de transiciones más: la agroecológica, la industrial y tecnológica, la del transporte y la ordenación territorial, la cultural-moral. Todos estos cambios se pueden reducir a uno: transición ecológica, que es una mutación profunda del metabolismo de la especie humana con la naturaleza. Así, pues, si transición energética, como he dicho, solo hay una, en cambio hay otras muchas transiciones que deberemos recorrer.

 

SLA: Has hablado del riesgo real de destruir la sociedad y la convivencia civilizada. ¿No exageras? ¿Por qué sitúas unas coordenadas tan pesimistas-destructivas en el horizonte? ¿Quién en su sano juicio puede apostar por el ecosuicidio?

JS: Ya en su momento George Bernard Shaw habló de “socialismo o destrucción” y Rosa Luxemburg de “socialismo o barbarie”. Desde entonces ha pasado un siglo. Hoy estamos en una situación mucho peor porque estamos muy cerca de los límites de la Tierra. Hoy nos amenazan de nuevo el fascismo y la guerra. Sube una extrema derecha desbocada, enloquecida. Y vuelven los tambores de guerra, sobre todo desde los Estados Unidos. Pero esta vez la lucha por el Lebensraum es aún más plausible que entonces por la escasez inevitable de recursos a corto o medio plazo. Si pudiéramos diseñar el futuro desde un despacho, ajenos a las bajas pasiones, y distribuir racionalmente la población y los recursos, este planeta sería habitable sin graves conflictos, a condición de aceptar vivir con menos bienes y servicios que ahora. Pero como decía Blas de Otero, “vivimos a golpes”, nos peleamos a menudo por trivialidades en las que invertimos absurdamente mucha autoestima.

Me cuesta por esto imaginar una salida ordenada y pacífica al atolladero en que nos ha metido la combinación letal de capitalismo y poderío técnico. No obstante, hay que intentar esa salida ordenada: nos jugamos mucho en ello. Por otra parte, no es que el suicidio colectivo sea la apuesta adoptada. Las dinámicas sociales a veces escapan al control de quienes las desencadenan. La fábula del aprendiz de brujo indica que hace siglos que se sabe que las sociedades se enfrentan a esta maldición.

 

SLA: Pero teniendo en cuenta las coordenadas en que nos ubicamos, las coordenadas de destrucción de la relación armoniosa entre nuestra especie y la naturaleza, ¿estamos a tiempo de alguna transición? ¿No hemos llegado muy tarde y lo que nos queda es el llanto y el salir lo mejor parados?

JS: Entre la gente más informada está muy difundida la sensación de que ya hemos llegado tarde. Y que, como dices, solo nos queda el llanto. Por ejemplo, prepararnos para cuidar de los peor tratados, alcanzar una armonía interior y olvidarnos de alternativas colectivas o políticas. Pero el futuro tiene la ventaja de no haber ocurrido todavía, y esto permite a cada persona vivirlo a su manera. Mi manera de vivir ese futuro es imaginar alternativas para evitar la catástrofe o minimizar sus peores efectos. En concreto, el cuarto y último capítulo de mi libro propone una transición energética acelerada, un plan de choque. ¿Qué sentido tendría esto? La transición energética va a ocurrir en cualquier caso, porque no hay alternativa viable. Descarto por irreal la energía de fusión, consistente en fundir átomos de hidrógeno y obtener deuterio y tritio y cantidades ingentes de energía en el proceso, es decir, reproducir sobre la Tierra lo que ocurre incesantemente en el Sol, con temperaturas de miles de grados: ¿qué materiales resistirían estas temperaturas?

El propio Carlo della Rubbia, el científico que más ha estado impulsando esta idea, ha dicho hace un par de años que las técnicas para ello no están disponibles ni cabe esperar que lo estén en los próximos 40 años. Nos queda solamente, pues, el recurso a las fuentes renovables: esas están ahí y lo estarán siempre. Así, pues, podemos tratar de acelerar esa transición para que el agotamiento de los combustibles fósiles alcance a la humanidad cuando tenga ya disponible un recambio. Esto evitaría dramas como el que vivió Cuba entre 1991 y 1999, el “período especial”, en que tuvo que adaptarse, de la noche a la mañana, a una economía sin petróleo al fallarle de repente el suministro ruso cuando se hundió el régimen soviético. Esa experiencia es un anticipo del futuro que nos espera si no logramos antes la transición. Pero lo interesante, a mi juicio, es que esa transición puede seguir dos vías: o el control lo mantienen las grandes compañías capitalistas (con grandes huertas fotovoltaicas y grandes parques eólicos, etc. desde los que se vende electricidad a millones de usuarios reducidos, como ahora, a la condición de clientes) o lo toma la ciudadanía, lo tomas tú mediante iniciativas individuales o familiares para instalar paneles en tu casa o empresa o para asociarte con otra gente, en cooperativas u otras iniciativas ciudadanas, e invertir tus ahorros para desarrollar un modelo ciudadano de captación y control de las energías libres. Esto no es irreal.

En Alemania la mitad de la potencia renovable instalada es propiedad de particulares individualmente o asociados en cooperativas. En Dinamarca y Países Bajos ocurre algo parecido. No pretendo que nos ahorremos una revolución a través de un sucedáneo de matriz técnica, no soy tan iluso. Lo que me parece es que emprender una dinámica así –con la colaboración de la sociedad civil y los ayuntamientos, y los propios gobiernos estatales cuando sea posible– obligará a la ciudadanía a implicarse en algo tan importante y estratégico como la gestión de la energía, y el proceso puede tener un componente pedagógico importante, porque ayudará a comprender a gran escala nuestra relación con el medio ambiente; a comprender que no podemos despilfarrar energía y que debemos vivir con menos; y por añadidura a experimentar que podemos convertirnos en agentes económicos activos frente al gran capital.

La transición energética, además, será la primera oportunidad importante en que la población trabajadora vea claramente que una política industrial ecologista le reporta ventajas materiales tangibles, porque las renovables no solo frenarán el cambio climático y mejorarán el aire que respiramos en las ciudades, sino que además crearán muchos puestos de trabajo y abaratarán la factura energética. Por supuesto, esta pedagogía solo tendrá lugar si hay quien difunda la información adecuada y un modelo nuevo de relación de la especie humana con la naturaleza, que tendrá que ser una nueva relación de los seres humanos consigo mismos.

 

SLA: ¿En qué sentido?

JS: Una relación solidaria y no competitiva para poder compartir recursos limitados. Un obstáculo para reaccionar bien es creer que no hay más que un baremo de bienestar material, el que conocemos hoy. Pero si la sociedad se organiza de otra manera es posible que se pueda proporcionar a todo el mundo alimentación sana, buena y suficiente; vivienda digna; atención sanitaria y escuela para todo el mundo; protección y seguridad vital. Es decir, lo necesario para una vida buena. Habrá que afrontar la posibilidad, muy verosímil, de que no se pueda acceder a muchos de los bienes y servicios que nos hemos acostumbrado a tener: viajes lejanos, abundancia de artefactos de toda clase, automóvil particular, etc. Esto implica otra filosofía de la vida, en la que “tener” sea menos importante que “ser”, “hacer”, “gozar” y “compartir”. Implica abandonar la estrecha visión individualista y posesiva que domina la modernidad, y que se ha extendido por el mundo entero por obra de la hegemonía capitalista euronorteamericana. Superar ese individualismo posesivo para mí supone alguna forma de socialismo. Pero decir esto es no decir nada si no se redefine seriamente el “socialismo”.

Creo que la gente tenderá a organizarse en comunidades locales; será un socialismo más comunitario, de ayuda mutua más personalizada. El estado y las otras instituciones públicas tendrán que velar para que no se reconstituya el poder del gran capital y para que la gente pueda vivir sin el corsé asfixiante de la dinámica expansiva impuesta por la organización económica: tener más, consumir más, viajar más, correr siempre tras una supuesta felicidad de valor muy discutible. Hay que substituir la economía del acaparar y acumular por una economía de las necesidades.

 

SLA: ¿Diferencia entre ambas?

JS: Una economía de las necesidades se guía por objetivos cualitativos: obtener buena comida, ropa, vivienda, salud, seguridad, etc. Una vez satisfechas estas necesidades (más unos excedentes para hacer frente a los imprevistos, como accidentes, incendios o inundaciones, y mantener en buen estado las infraestructuras y los bienes de equipo), ¿para qué seguir trabajando y produciendo? ¿Para qué asumir más desgaste laboral y más extracción de recursos de la Tierra?

La economía del acaparar, acumular y crecer –que es la que tenemos ahora–, en cambio, está dominada por una dinámica cuantitativa, ajena a lo que realmente importa en la vida; una dinámica absurda, según la cual tener más dinero en las cuentas bancarias es sinónimo de éxito, de salud económica, sin importar que los negocios de los que procede este dinero dependan de la explotación de hombres, mujeres y niños, de condiciones de trabajo infames, de la destrucción de bosques, del desplazamiento de poblaciones para construir presas o extraer minerales del subsuelo. Todo ello para que unas minorías opulentas, que se ahogan ya ahora en sus propias fortunas, sigan enriqueciéndose. ¿No es absurdo que unos “fondos buitre” se apoderen de bloques enteros de viviendas y expulsen de ellas a sus moradores subiendo los precios para especular, para ganar aún más dinero del que ya tienen, o para algo aún más abstracto, como cuadrar las cuentas de unos bancos? Esa economía es la economía capitalista, que tiende sin cesar a despegarse de los objetivos de la vida de las personas, a destruir la vida, a generar inseguridad permanente. Es una economía de reproducción ampliada. Para vivir bien y sin destruir la biosfera basta una reproducción simple.

La economía de las necesidades funciona con reproducción simple. Además, la economía capitalista se basa en unas estructuras impelidas por tendencias ciegas, cuyo control escapa de la voluntad incluso de sus propios beneficiarios. Marx aludía este fenómeno diciendo que el capitalista es un mero “funcionario del capital”, obligado por la presión omnipresente de la competencia a maximizar sus ganancias, lo quiera o no.

 

SLA: Pero, con disculpas anticipadas, hablar en estos momentos, pensando en la que está cayendo casi en todas partes, en superación del modo de producción, de la civilización capitalista, ¿no es absolutamente quimérico? Rusia y China, por ejemplo, dos países importantes en la historia socialista del siglo XX, se rigen por criterios económicos fuertemente capitalistas. No confundimos, una vez, la realidad y el deseo.

JS: En cierto modo tienes razón: parece confundir realidad y deseo. Desafiar esta aplastante deriva –que impresiona mucho en el caso de China, por sus dimensiones y por su “éxito”– parece irrealismo total. En China la consigna de Deng Xiaoping “Enriquecéos” ha tenido un éxito fulminante. Ha logrado catalizar las energías sociales del país, que en menos de 30 años ha superado la pobreza de cientos de millones y ha generado un tejido industrial y un aparato educativo e investigador espectacular con un enorme consenso social. El dinamismo capitalista ha logrado resultados impensables con las fórmulas comunistas de Mao Zedong (aunque con riesgos de devastación ecológica de grandes dimensiones). La moraleja parece clara: en el mundo de hoy no funcionan los ideales morales y políticos de una solidaridad frugal, sino la motivación que introdujo el industrialismo capitalista: el interés individual, desde sus formas más moderadas hasta la codicia más feroz, y la seducción de la industria high tech.

El único argumento sólido no es a favor del socialismo sino contra la viabilidad, a la larga, del capitalismo por la imposibilidad del crecimiento indefinido. Esto me reafirma en la idea de que una dinámica tan poderosa solo puede detenerse con el colapso, la catástrofe, el choque con los límites del planeta. Es una idea horrible, pero no veo por dónde puede penetrar, si no, el ideal de una “sobriedad feliz” en este mundo embriagado de pasión posesiva y de veneración religiosa por la tecnología más sofisticada. Solo en algunas sociedades andinas parece haber capacidad colectiva –no sabemos hasta cuándo— de resistir a la tecnolatría y recuperar una armonía espiritual con la naturaleza. Admitir la fuerza de esta seducción fáustica implica imaginar una transición dolorosa y convulsa, tal vez prolongada, llena de renuncias, a otro mundo de valores, solo viable, a gran escala, tras el fracaso de los últimos intentos de prolongar sociedades basadas en el saqueo de la biosfera y la corteza terrestre. Pero a la vez creo indispensable construir desde ahora mismo el andamiaje de valores –pero también de prácticas sociales– que apunten hacia esa solidaridad frugal ecosocialista. Para mí esta es la única alternativa hoy practicable al fatalismo.

Añado a esto dos argumentos distintos. Uno es voluntarista: o hacemos algo o la barbarie se nos come. Creo llegado el momento de superar el sentimiento de inferioridad posterior a la caída de la URSS y del bloque soviético. La izquierda, y con ella la gente de a pie, se dejó convencer de que “no hay alternativa”. Pero desde 2007 la percepción popular está cambiando. En una reciente encuesta de la SER en España, a finales de 2018, el 43% de los encuestados afirmaba que capitalismo y democracia son incompatibles. Los atropellos de la banca y del gran capital contra la población contribuyen también al cambio de percepción: la banca ocupa en las encuestas el primer puesto como entidad más nociva para la ciudadanía. Debemos superar el complejo de inferioridad. Sin ello costará mucho reconstruir un proyecto de mejora y de liberación. A la vez, claro está, tenemos que redefinir el socialismo como proyecto viable, sin las quimeras de otros tiempos.

Me avergüenza escuchar –como me ha ocurrido hace solo unos meses– una versión de la Internacional que llama a construir el paraíso en la Tierra. Mi segundo argumento arraiga en una previsión de la realidad. La imposibilidad –por paulatino agotamiento de los recursos naturales– de que la economía siga creciendo va a poner contra las cuerdas el capitalismo, que no puede subsistir sin crecimiento. Como ya ha ocurrido desde 2007, si no puede hacer negocio con la economía de las cosas, el capital hace negocio con las finanzas, extorsionando más y más a las poblaciones. Esto generará crisis sociales y políticas que van a transformar el panorama y van a hacer posible lo que hoy parece imposible; que van a educar a las multitudes con la “pedagogía de la catástrofe”. Pero… ¡cuidado! Estas crisis en los primeros momentos pueden desembocar en autoritarismos, ecofascismos, tiranías de nuevo tipo; es lo más probable ante la falta de alternativas disponibles hoy y ante la aplastante hegemonía cultural del individualismo neoliberal y consumista.

Mi visión a corto plazo es pesimista. Pero las crisis siempre han servido, también, para una pedagogía de masas. Como sostengo en el libro, el aprendizaje por shock puede desencallar situaciones que hoy por hoy parecen inmutables. A condición, eso sí, que paralelamente se construyan alternativas viables que estén disponibles en los momentos difíciles. Lo cual supone una batalla cultural, pero también batallas sociales y políticas concretas para ir construyendo embriones de futuro que puedan servir de base para tomar el relevo cuando sea posible. Estas batallas concretas las imagino tanto desde posiciones de gobierno (municipal, regional, estatal) como desde la sociedad. Crear cohesión social a través del asociacionismo, los sindicatos, las entidades cívicas y culturales, o a través de microiniciativas en los barrios, las escuelas, los hospitales, etc. es indispensable.

 

SLA: Tu interés por estos temas es antiguo, tal vez nos acerquemos a los 40 años. ¿Cuáles han sido tus principales maestros en este largo recorrido?

JS: Quien me abrió los ojos sobre todo esto –a mí y a tantos otros- fue Manuel Sacristán, que fue para mí maestro, compañero de lucha y amigo personal. Su clarividencia y libertad intelectual le hicieron apreciar el informe Meadows, encargado por el Club de Roma y publicado en 1972 con el título Los límites del crecimiento. Cuando todo el mundo, a derecha e izquierda, clamaba contra este informe porque alertaba de que “la fiesta” tenía los días contados, Sacristán fue de los pocos, junto con los ecologistas, que lo tomaron en serio. Desde el marxismo cabe citar también a Wolfgang Harich. Luego me fui introduciendo en el pensamiento ecologista, especialmente gracias a Naredo y Martínez Alier en España y con numerosas lecturas, y en los intentos de síntesis “rojiverde”, que luego añadieron el violeta y el blanco en la paleta. Las revistas fundadas por Sacristán, Materiales y mientras tanto, fueron plataformas destacadas en este proyecto de síntesis, cuya matriz política era hacer converger los programas de emancipación socialista, ecologista, feminista y pacifista en un único impulso. Por cierto, este año hará 40 años que publiqué mi primer trabajo ecologista, en la revista teórica del PSUC Nous Horitzons.

 

SLA. Hablas también en tu libro de socialismo, ¿en qué tipo de socialismo estás pensando? Lo defines así: “una alternativa democrática ecológicamente consciente”. A veces hablas de democracia social.

JS: A la definición que citas hay que añadirle la componente igualitaria y solidaria, la noción de suficiencia (o frugalidad) y la de una economía estacionaria, sin crecimiento. Es el sueño del socialismo de siempre al que se añade la idea de que la abundancia material no es condición necesaria de la igualdad social (lo cual implica acentuar el componente moral y jurídico al modelo socialista marxista), y el rechazo del crecimiento económico.

 

SLA: Entiendo bien si señalo, que, desde tu punto de vista, si la transición energética tiene éxito, el socialismo o una sociedad afín será el tipo de sociedad en la que la especie humana podrá seguir subsistiendo en equidad y en armonía con la naturaleza.

JS: Bueno, considero la transición energética ciudadana o democrática como primer paso de una transición ecológica. Considero, además, que es imposible esa mutación ecológica si persiste el capitalismo. El capitalismo exige no solo acumulación incesante de valor, reproducción ampliada del capital, sino también elevadas tasas de ganancia que cada vez son más difíciles de obtener debido a la creciente escasez de recursos naturales. Ante esta dificultad el capital deriva hacia el negocio financiero, fomenta el endeudamiento de particulares y de gobiernos para tener oportunidades alternativas de negocio, acude a la especulación financiera, etc. Esto genera la existencia de enormes cantidades de dinero virtual que sobrevuelan nuestras economías sin saber dónde invertirse, con grandes riesgos de inestabilidad y ruina, como ya se empezó a ver con la crisis de 2007-2008. Hace falta liberarnos de estas amenazas. Habría que controlar las finanzas con la intervención pública (por ejemplo, monopolio público de la banca) y otras fórmulas complementarias, como una banca cooperativa de proximidad, cajas de ahorro regidas por los principios sociales de cuando nacieron a finales del siglo XIX. Las cajas de ahorro, no lo olvidemos, eran empresas financieras sin afán de lucro; sus excedentes o beneficios se destinaban a fines sociales, no iban a parar al bolsillo de nadie. Y funcionaban muy bien. Pueden servir también las monedas sociales locales para fomentar la economía local, relocalizar, “desglobalizar”. Ya hoy las empresas cooperativas desarrollan actividades que el capital privado abandona por falta de rentabilidad.

El asunto es que el capital privado busca rentabilidades crematísticas excesivamente elevadas, que ya no son posibles; las cooperativas, por el contrario, se conforman con rentabilidades inferiores: les basta trabajar sin pérdidas y con ganancias modestas. Las cooperativas y la llamada economía social en general están mejor adaptadas a un mundo trabado por la escasez de recursos, y ayudarán a caminar hacia una democracia social o ecosocialista. Por así decir: tenemos fórmulas empresariales ya disponibles y experimentadas en la práctica. Por socialismo entiendo una sociedad donde el carácter social de la riqueza se traduce en bienestar para todos y no para minorías. Y por ecosocialismo entiendo, además, “hacer las paces con el planeta”, por usar las palabras de Barry Commoner.  Esto no supone que vaya a ser fácil: la lucha del capitalismo contra cualquier tentativa opositora será feroz, y habrá que prepararse ante ella.

 

SLA: Y entonces, si es así, tal como dices, ¿cómo empezamos a prepararnos ante ella? ¿Con qué medios y fuerzas contamos? Las organizaciones de izquierdas no defienden programas o plataformas anticapitalistas. Ni en España ni prácticamente en todo el mundo.

JS: En efecto: ni anticapitalistas ni ecologistas o ecosocialistas. Pero creo que ha llegado el momento de perder el miedo y exigir con energía un cambio de rumbo. Los niños y adolescentes de Suecia, Bélgica, Francia, Alemania y Holanda, con sus huelgas escolares y sus protestas contra el cambio climático, son un síntoma y un ejemplo extraordinario. Una adolescente sueca de 16 años, Greta Thunberg, les dijo a los gerifaltes del mundo entero reunidos el 2018 en Davos, tras calificarlos de “inmaduros”: «Quiero que actuéis como si se estuviera incendiando vuestra casa, porque se está efectivamente incendiando». Los adultos tenemos que adoptar este coraje y esta determinación. Hace falta perder las inhibiciones causadas por el antes mencionado complejo de inferioridad. Pero a la vez me parece que lo importante es construir política diaria, desde los gobiernos municipales y desde los barrios, desde los parlamentos y desde las cooperativas. Allí donde se gobierna –Madrid, Barcelona y otras ciudades– se toman iniciativas que van en una buena línea anticapitalista y ecologista. Por ejemplo, imponer medidas a la construcción para ampliar el parque público de viviendas, tomar iniciativas piloto para combatir la pobreza energética con rehabilitación de viviendas populares, pacificar el tránsito urbano, mejorar el transporte público, utilizar la contratación pública para fomentar la economía social y solidaria, y otras por el estilo. Es poco, pero es que las competencias del poder municipal son escasas y están muy condicionadas por el aplastante poder del capital privado.

A mí estas iniciativas me sugieren que existe ya una cultura política bastante adecuada para ir dando pasos hacia adelante. Confío en que, además, se vaya aprendiendo sobre la marcha. Y a la vez hago un llamamiento para que no se deje de reflexionar y debatir sobre los siguientes pasos a dar y sobre las perspectivas a plazo medio y largo.

No veo otra manera de construir el futuro más que paso a paso, preparándose a la vez, en el terreno programático, para aprovechar las crisis más serias cuando estas se declaren. Solo si tenemos alternativas radicales pensadas podremos aplicarlas aprovechando las crisis inevitables que sobrevendrán. Al fin y al cabo, casi todas las revoluciones acaecidas se desencadenaron con motivo de catástrofes sociales, empujadas por la fuerza de las cosas, por desastres, sobre todo guerras, que quebrantaban el orden social y la hegemonía de las clases gobernantes.

 

SLA: Un punto complementario. Surgen voces críticas en ocasiones en torno a la inconsistencia del decir y hacer de colectivos ecosocialistas. Hablan estos, dicen los críticos, de que debemos vivir de otra forma, pero, en cambio, los que afirman la necesidad de esos cambios radicales siguen viviendo de la misma forma que tanto critican. ¿Podemos vivir de forma equilibrada y homeostáticas en sociedades que, en su conjunto, no lo son en absoluto? ¿Tienen sentido esas críticas?

JS: Interpreto tu pregunta en dos líneas distintas. Una es la ejemplaridad moral de los dirigentes y activistas en su vida cotidiana. Otra es la de las “experiencias de vida alternativa”, como crear cooperativas o comunas agroecológicas en zonas rurales. Esta “democracia experimental” no transforma por sí sola la sociedad, pero genera embriones de futuro. Las “ciudades o pueblos en transición” –de las que describo en detalle un caso irlandés en mi libro– son un conjunto de experiencias sumamente interesantes para hacer ver que se puede vivir de otra manera, en comunidades, reduciendo las necesidades de transporte y mejorando todos los parámetros ecológicos y sociales, incluso ya en nuestra sociedad, sin esperar un futuro emancipado y contribuyendo a crearlo. No debe desaprovecharse ninguna posibilidad de trabajar hoy por ese futuro deseable. Ese futuro lo veo como resultado de la convergencia de múltiples iniciativas de todo tipo, de las que debe desterrarse todo sectarismo y exclusivismo. Que cada quien haga lo que crea conveniente, y tratemos luego de generar sinergias para reforzarnos mutuamente.

 

SLA: Déjame insistir en el tema. ¿Es posible conciliar el capitalismo con la vida de nuestra especie en la tierra? ¿Existe o puede existir un capitalismo humano y armonioso con la naturaleza?

JS: La experiencia histórica nos dice que no. Y cuanto más nos acercamos al agotamiento de los recursos, los beneficiarios del sistema parecen volverse más agresivos con la naturaleza y con la sociedad, más intratables, más codiciosos. Tal vez la emergencia de una derecha extrema vociferante es sintomática de que la oligarquía del dinero se sobreexcita ante la perspectiva de cualquier merma en el negocio y en el poder, que percibe cada vez más como plausible. Quiero añadir, sin embargo, que no hay que confundir capitalismo con perversidad intrínseca del empresariado. Muchos empresarios –y más cuanto más ricos– están del todo impregnados por la mentalidad maximizadora del sistema. Se parecen mucho a esa figura del “funcionario del capital”. Sus decisiones económicas parecen directamente emanadas de la estructura socioeconómica. Pero aún hay empresarios, sobre todo pequeños y medios, que no se dejan gobernar por la ley de hierro de la acumulación y aún se guían en sus decisiones por evaluaciones que toman en consideración factores cualitativos, personales, humanos. Podría citar casos de empresarios catalanes no pequeños que no han aceptado ofertas tentadoras de multinacionales de quedarse con el negocio por no aceptar que sus empresas se conviertan en pieza de juego en el casino financiero y que los nuevos dueños echen a la calle a toda la plantilla, arruinen la comarca en que están implantadas las fábricas y liquiden una tradición industrial familiar de la que estos empresarios están orgullosos.

En un futuro justo y deseable como el que imagino puede ser muy beneficioso el papel de empresarios con esta mentalidad. Sus capacidades empresariales son un activo importante y valioso que sería absurdo desaprovechar. Lo importante sería disponer de una especie de constitución laboral que protegiera al personal trabajador en cualquier circunstancia y garantizara su condición de ciudadanía en todos los órdenes de la vida pública, incluido el económico. Además, si el estado controla el poder financiero y lo utiliza para el interés general, dejando márgenes adecuados a la iniciativa privada, seguro que otros muchos empresarios se apuntarían a fórmulas civilizadas como las mencionadas. Mi idea del socialismo o democracia ecosocialista incluye un gran pluralismo en las fórmulas económicas concretas: planificación e intervencionismo público, sector público de la producción, cooperativas, empresa privada pequeña y media, incluida la pequeña empresa personal o familiar. Hablo de “socialismo experimental”, que debería dotarse de instituciones políticas muy ágiles y flexibles para ir corrigiendo sobre la marcha los errores y disfunciones con mecanismos democráticos participativos en un marco de libertades políticas que lo faciliten. No debemos echar en saco roto las experiencias del socialismo y el comunismo del siglo XX. Debemos aprender de sus errores y fracasos, sin olvidar que tuvieron también buenos resultados en algunas cosas. La dimensión democrática es fundamental por principio. Pero lo es también por pragmatismo: permite corregir los errores sobre la marcha con más agilidad gracias al debate público. Además, la democracia bien entendida no es incompatible con la concentración momentánea del poder en situaciones de emergencia que exijan decisiones rápidas y administración ágil de los recursos.

En mi libro recuerdo cómo la economía estadounidense se transformó de la noche a la mañana cuando el gobierno decidió entrar en la segunda guerra mundial tras el ataque japonés a Pearl Harbour en 1941. Se convirtió en cuestión de semanas y meses en una economía de guerra. Se dejaron de fabricar coches para fabricar tanques. Las mujeres sustituyeron masivamente a los hombres en las fábricas. Se implantó el racionamiento de alimentos y energía. Todo ello sin cambios en el sistema político, que mantuvo los baremos democráticos anteriores.

 

SLA: O sea, que para tí socialismo y democracia deben ir juntos.

JS: Desde luego. La democracia y las libertades políticas –que, por cierto, no son lo mismo, aunque deberían ir siempre juntas– son condición de libertad, garantías legales y gobierno de la gente. ¿Puede haber un socialismo sin estos ingredientes? No lo creo. La falta de estos ingredientes fue una causa decisiva del fracaso de los experimentos comunistas del siglo XX. La gente se fue sintiendo ajena a aquellos regímenes sociopolíticos, que encima no cumplieron las promesas de bienestar material que habían hecho. El gran problema será siempre cómo arrancar el poder de manos del gran capital, sin lo cual no es posible salir del capitalismo. Quien no aborde la cuestión del poder de clase seriamente no podrá construir ninguna democracia social, ningún ecosocialismo. Por otra parte, puede ocurrir, como ya ocurre, que haya regímenes autoritarios gobernados por partidos llamados comunistas (yo lo califico en el libro de “capitalismo rojo”). No tengo la menor idea de hacia dónde pueden derivar estos regímenes, China y Vietnam sobre todo. De momento están dando un impulso tremendo a una civilización industrial que repite a escala incrementada la devastación acelerada de la biosfera iniciada por el capitalismo tradicional. Es una bomba de relojería que puede acelerar la crisis ecológica mundial con consecuencias catastróficas. Incluso teniendo en cuenta que China es ya la primera potencia mundial en energías renovables y ha desarrollado tecnologías muy avanzadas en este campo.

Pensemos en la demanda mundial de cobre, cobalto, litio y otros metales poco abundantes que puede desencadenar la transición china a las renovables, y que puede arruinar las posibilidades de países más débiles de hacer su propia transición. Por otra parte, su régimen fuertemente estatalista parece estar erosionando los elementos comunitarios de la sociedad china que aún se conservan y erosionando así la capacidad de resiliencia de esa sociedad. Aunque los países de “capitalismo rojo” tienen la ventaja sobre los de capitalismo liberal de que la política, por ahora, no se deja dominar por el poder del dinero, no sabemos si esto va a durar o si van a acabar en una plutocracia (seguramente de nuevo tipo, más autoritaria). Tener un poder político que domina sobre la economía ayuda a tomar medidas de reglamentación y planificación a gran escala que pueden ser útiles en momentos difíciles. Pero a la larga, sobre todo si destruye toda autonomía de la sociedad –que ha sido el destino del comunismo de estado del siglo XX–, el desenlace ni es moralmente atractivo ni ecológicamente resiliente. Puede resultar otra forma de barbarie, una sociedad-hormiguero, un eco-autoritarismo de pesadilla.

 

SLA: ¿Tiene la humanidad, en su conjunto y por hablar en términos generales, consciencia de nuestros límites?

JS: No, en absoluto. Se han hecho progresos en la consciencia ecológica, pero no en la consciencia de los límites. Se sigue con la mentalidad descrita por Kenneth Boulding como “economía del cow boy”: no importa agotar un ecosistema porque siempre encontraremos otro disponible un poco más lejos. Hace falta pensar en términos de “economía de la nave espacial Tierra”, sin alternativa viable fuera de la nave sideral.

 

SLA: ¿Y cómo crees que puede avanzarse en eso, en tener conciencia de que somos una especie con límites, en que no hay alternativa viable fuera de nuestra nave sideral?

JS: Con información científica en las escuelas y los medios de comunicación, exponiendo los casos en que se hace patente, etc. Y cuestionando la tecnolatría imperante, el amor por los robots, per ejemplo. No puedo comprender que se fabriquen robots para cuidar a personas dependientes, ancianos o gente con movilidad reducida, cuando no se puede sustituir por  una máquina la presencia humana, el contacto de una mano con la de otra persona, la calidez de otro cuerpo cerca del tuyo. Hay que superar esta alienación emocional inhumana. ¿Nos estamos volviendo locos? Pero una toma de consciencia puramente teórica no basta si la gente no comprende que los límites nos imponen formas de vida diferentes a las actuales. Y este aprendizaje solo puede hacerse de verdad y masivamente mediante experiencias de vida, viviendo de otra manera y comprobando que es posible y que se puede gozar de una vida tan satisfactoria e incluso más.

 

SLA: Te leí no hace mucho un artículo sobre el ecologismo de Marx. La tradición marxista, más allá de las prácticas de las sociedades del socialismo real, ¿estaba en condiciones de entender estos problemas? ¿No hay un Marx muy pero que muy desarrollista, deslumbrado incluso por las conquistas y avances capitalistas?

JS: Sí, tienes razón, Marx siguió siendo desarrollista hasta el final, o al menos hasta muy avanzada edad. Estaba deslumbrado por el potencial de la industria moderna para elevar la productividad del trabajo. Esto permitía suponer que esa industria colocada en relaciones socialistas de producción proporcionaría a la humanidad abundancia material y tiempo libre. De ahí que el socialismo marxista, en todas sus versiones, se haya vinculado tan estrechamente a una visión productivista y desconfíe tanto de la crítica ecologista del progreso técnico-industrial. Lo que pasa es que Marx era un genio, tenía una capacidad intelectual excepcional, que le permitía observar la realidad y descubrir en ella facetas que no encajaban con su propio sistema de pensamiento. Y en lugar de silenciarlas para preservar la integridad conceptual de su sistema, las estudiaba y reflexionaba sobre ellas. Los “atisbos político-ecológicos” que Sacristán hizo observar en la obra de Marx y Engels muestran que ambos autores comprendieron que el capitalismo tiende a sobreexplotar “las dos fuentes de la riqueza, la fuerza de trabajo humana y la tierra”; se dieron cuenta de que las grandes ciudades rompen la circularidad de los nutrientes agrícolas, y que son metabólicamente inviables, etc. Pero no imaginaron que la especie humana llegaría a topar con los límites del planeta Tierra. Se puede entender por una razón muy evidente: en sus años de madurez la población del mundo ascendía a unos 1.500 millones de personas. Hoy estamos en 7.500 millones, se ha multiplicado por 5, y los impactos ecológicos han crecido en un factor muy superior a 5 debido a la agresividad de las técnicas actuales, tanto mecánicas como químicas y de todo tipo. Lo que no debemos hacer, en ningún caso, es tratar de “salvar” a toda costa a Marx y Engels. Debemos pensar “con” ellos, pero más allá de ellos también. Lo demás es escolástica estéril.

 

SLA: ¿La tradición emancipatoria marxista no ha abogado siempre (o casi siempre) por el desarrollo de las fuerzas productivo-destructivas pensando en un conflicto, contradicción decíamos, con las relaciones de producción capitalistas que impedían su máxima manifestación, al tiempo que abonaban por un comunismo de la abundancia donde las necesidades, todas ellas y de todos, quedarían satisfechas?

JS: Sí, y esto puede formularse más o menos así: los marxismos son formas de evolucionismo, tomando este término en sentido lato. Para el evolucionismo hay leyes internas de evolución. A este paradigma podemos oponer un paradigma ecológico, en que las sociedades interactúan constantemente con el entorno, se adaptan a él, lo modifican etc. Aunque haya evolución, esta se produce dentro de los marcos ecológicos. Si estos marcos se destruyen, no hay evolución que valga: se detiene, o colapsa, y si acaso vuelve a empezar sobre otras bases en el nuevo marco que aparezca. Si agotamos los recursos que hacen posible el tipo de industrialismo actual, este puede colapsar. Entonces puede tal vez reconstruirse otro marco ecológico e iniciarse un nuevo ciclo evolutivo. Pensar en términos de conflicto entre fuerzas productivas(-destructivas) y relaciones de producción resulta un punto de vista estrecho, a menos que entendamos las “fuerzas productivas” de un modo bastante distinto, como acción humana que actúa en un entorno ecológico respetando sus leyes y ritmos para lograr mantener su capacidad para alimentarnos y darnos otros recursos de un modo permanente en el tiempo. Esto supondría un metabolismo relativamente estable, una economía estacionaria, sin crecimiento. La “contradicción” sería, si acaso, entre este imperativo de estabilidad y unas “relaciones de producción” que empujan sin cesar al crecimiento, al aumento de escala, a la voracidad incesante de unos recursos agotables.

Yo me paro aquí: no he reflexionado bastante sobre si se puede mantener el esquema de la “contradicción”, pero en todo caso habría que redefinir todos los conceptos implicados y admitir el cambio de paradigma, abandonando el paradigma evolucionista puro y adoptando el ecológico.

 

SLA: Señalas en el prólogo que la revolución industrial del XVIII en Europa Occidental, en Inglaterra inicialmente, supuso un cambio cualitativo en la historia de la humanidad. ¿A qué cambio cualitativo haces referencia? ¿No hubo otros “cambios cualitativos” antes de la irrupción del capitalismo?

JS: Me refiero al cambio cualitativo que supuso quebrantar un metabolismo entre especie humana y naturaleza que era básicamente circular y basado en la fotosíntesis. Homo sapiens empezó viviendo como un primate más, con escasa capacidad para modificar el entorno biofísico. No obstante, el dominio del fuego le permitió, hace muchos milenios, deforestar superficies considerables. Pero la modificación humana de los ecosistemas siempre resultaba en otros ecosistemas, a menudo simplificados pero aún viables. El Neolítico supuso un gran cambio cualitativo. Los humanos pasaron de recoger de la naturaleza lo que esta brindaba a transformarla para que le brindara otros frutos y en cantidades mayores. Agricultura y ganadería permitieron así alimentar a más gente. Se estima que durante el Paleolítico la población humana mundial no superó los 20 o 30 millones de personas. Con el Neolítico y la agricultura tiene lugar un despegue demográfico que llevará gradual y lentamente a los 900 millones de habitantes de la Tierra hacia el año 1800, y luego a un salto espectacular, hasta los 7500 millones de hoy, con el industrialismo.

Por cierto, hay en algunos pensadores jóvenes españoles (Emilio Santiago Muiño, Héctor Tejero, o ya veteranos como Jorge Riechmann y Fernández Liria, entre otros) una interesante atención a las aportaciones civilizatorias neolíticas, entroncando con autores tan importantes como Lewis Mumford, que proponía una “sociedad orgánica” capaz de asumir selectivamente los avances científico-técnicos y valoraba este largo período histórico que empezó con la agricultura (con su elogio del “huerto” o “jardín” –en inglés hay una sola palabra para ambos conceptos–), o como Hobsbawm, que dijo que el final del Neolítico ha sido el acontecimiento histórico central del siglo XX. ¿Y qué vino luego de este final? La múltiple fractura metabólica de la era industrial fosilista y su tendencia al suicidio colectivo.

 

SLA: Dices también en el prólogo que este libro es fruto del miedo. ¿Miedo, qué miedo es ese? ¿Terror ante un futuro de destrucción y de conflictos bélicos?

JS: Temor a un mundo demasiado complejo y conflictivo, que escape al control consciente y deliberado de los seres humanos, y conduzca a un estado hobbesiano de lucha de todos contra todos, agravada por la enorme capacidad destructiva de las armas y otros dispositivos modernos. Porque tal vez haya factores más mortíferos que las armas propiamente dichas.

 

SLA: ¿El decrecimiento, como dicen algunos ecologistas, es nuestra única salida? Si fuera así, ¿de qué tipo de decrecimiento hablamos? Una apuesta así, ¿puede ser aceptada democráticamente por grandes mayorías sociales?

JS: Más que una salida o alternativa, el decrecimiento es un destino ineluctable. No podemos seguir extrayendo tantos recursos finitos de la corteza terrestre ni seguir sobreexplotando los renovables. Si se sobreexplota la pesca, la tierra fértil o los bosques, se agotan. Llega el desierto y la muerte. Decrecer nos vendrá impuesto por la fuerza de los hechos. Lo razonable, en tal caso, es dimensionar a la baja nuestro impacto ecológico y reorganizar nuestras actividades para poder vivir adecuadamente. ¿Cómo? Con fuentes renovables tendremos provisión indefinida de energía sin contaminar. Con agroecología de proximidad tendremos alimentos sanos sin química de síntesis. Fabricando artefactos duraderos que puedan repararse cuando se estropeen, funcionaremos con menos metales y otros materiales. Viajando menos y consumiendo productos elaborados cerca, reduciremos la energía destinada al transporte, que hoy quema la mitad del petróleo consumido en el mundo. Y así sucesivamente. No cuesta demasiado imaginar una sociedad sobria que funcione con las mencionadas limitaciones: lo que más cuesta es imaginar cómo llegaremos hasta ahí, si es que llegamos. La adaptación será brutal y dolorosa, probablemente, y se hará anárquicamente, sin programación, a golpes y contragolpes. Hoy la gente no está preparada para una transición suave y ordenada, de modo que los demagogos y falsos profetas, que prometerán la continuidad de la prosperidad consumista, abundarán, dificultando aún más esa transición ordenada. Hay que suponer que mucha gente comprenderá, tarde o temprano, que lo más sensato no será rebelarse en vano contra esa escasez, sino adaptarse a ella con espíritu colaborativo y construir así una vida colectiva lo más aceptable y satisfactoria posible.

 

SLA: Me quedan mil preguntas más pero no conviene abusar de tí y de nuestros lectores. ¿Me olvido de temas esenciales? ¿Alguna cosa más que quieras añadir?

JS: Walter Benjamin, con misteriosa clarividencia ligada a su extraño mesianismo judío que a mí me resulta intelectualmente muy ajeno, sostenía la posibilidad de irrupción inesperada de lo nuevo en la historia. Era parte de su creencia en una historia no lineal ni determinista. Tal vez las cosas ocurran así. Yo prefiero pensar en términos de lo que en el epílogo llamo “moral de la apuesta”. No hace falta creer a pies juntillas que vamos a lograr lo que nos proponemos para apostar por ello, tratando de contribuir a lograrlo, a mejorar un poco el mundo que nos ha tocado en suerte. Esto es también un llamamiento a la acción.

Salvador López Arnal es profesor-tutor de Matemáticas en la UNED de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona)

Acceso al artículo completo en formato pdf: Entrevista a Joaquim Sempere sobre Las cenizas de Prometeo


Entrevista a Miguel Muñiz Gutiérrez

“Desde el minuto uno, tras el inicio de la catástrofe de Fukushima, la industria nuclear puso en marcha una estrategia de adaptación que está teniendo éxito en los lugares en que se desarrolla”

Salvador López Arnal entrevista a Miguel Muñiz Gutiérrez sobre la industria atómica y la lucha antinuclear en el número 142 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global que aborda una visión integral de los Derechos Humanos, en el marco del 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Miguel Muñiz Gutierrez falleció en diciembre de 2021, por lo que FUHEM Ecosocial quiere rendirle un homenaje a través de esta entrevista.

Salvador López Arnal (SLA): Empiezo por unas preguntas personales si no te importa. ¿De dónde tu interés por el activismo antinuclear? ¿Desde cuándo?

Miguel Muñiz (MM): Para nada lo de las preguntas personales. Mi interés por el tema nuclear despierta a raíz del inicio de la catástrofe de Chernóbil, algo que se decía que era imposible teóricamente. Pero mi implicación como activista comienza con el accidente de Vandellós 1, en 1989.

SLA: Para personas que no estamos tan informados como tú, ¿por qué hay que rechazar la apuesta nuclear?

MM: Gracias por la consideración de informado, tampoco es para tanto. En mi opinión,  y fíjate, Salvador,  que digo en mi opinión porque lo que diré no es parte de lo que se considera oficialmente el “debate nuclear”, hay cuatro motivos principales para rechazar la energía nuclear.

SLA: Adelante con esos motivos “no oficiales”.

MM: Veamos. Los impactos en la salud de la contaminación radiactiva que emite el funcionamiento cotidiano de cualquier reactor atómico. Muy pocas personas saben que su funcionamiento, digamos normal,  emite más de 40 tipos de elementos radiactivos; algunos abundantes, como el tritio, y otros más escasos. Esa radiactividad va al medio ambiente, tiene la posibilidad de entrar en el organismo a través de los alimentos o el agua y, si penetra, pueden provocar enfermedades.

También está la seguridad. Basta recordar Chernóbil en 1986  y Fukushima en 2011, catástrofes irreversibles a escala humana, porque han dejado su huella en todo el planeta; porque aún hoy continúan marcando la existencia de cientos de miles, acaso millones, de personas y seres vivos, y la continuarán marcando durante muchos años.

Y además, los residuos radiactivos. La herencia envenenada de esta era que ya denominamos el Antropoceno. Residuos con los que no se sabe qué hacer, muchos de ellos con una actividad de cientos de miles de años, en los que serán peligrosos. Cerrar las nucleares es la única manera de reducir ese impacto presente y futuro. Y luego pensar qué hacer con ellos.

Además, la vinculación de la industria nuclear civil y militar, no solo por las bombas de uranio, plutonio o hidrógeno, sino sobre todo por los proyectiles de munición de uranio empobrecido; unos proyectiles que se están usando en todas las guerras que han estallado desde 1991, que se usan para perforar blindajes. Unos proyectiles que cuando explotan contaminan con radiactividad, y para muchos años, los lugares en que han explotado, provocando enfermedades en la población.

Esta enumeración no supone prioridad. Respecto al último motivo que te he mencionado, es importante destacar el vínculo entre los siete pacíficos reactores que producen electricidad en España y la fabricación de esa terrorífica munición. El uranio empobrecido con el que se hacen  esos proyectiles es un residuo de la fabricación del combustible nuclear que hace funcionar los reactores que generan parte de la electricidad que consumimos, algo de lo que tampoco se informa.

Así, el último motivo podría considerarse el primero desde el punto de vista ético.

SLA: Sí, sí, tal vez, bien visto. Algunas voces ecologistas sostienen que si queremos luchar realmente contra el cambio climático, o apostamos por este tipo de energía o hablamos por hablar. No hay otro camino, “no hay alternativa”.

MM: Es verdad que algunas figuras históricas del movimiento ecologista han avalado la energía nuclear como una tecnología que puede mitigar el cambio climático; el caso más famoso, y publicitado por la industria nuclear, es el de James Lovelock, el creador de la hipótesis Gaia. Su libro La venganza de Gaia produce más lástima que enfado al tocar el tema nuclear… Hay otras personas, generalmente a sueldo de la industria o de fundaciones relacionadas con ella, que fueron miembros conocidos del movimiento ecologista internacional hace años.

Señalemos dos cuestiones; primera, que la energía atómica también produce los gases del cambio climático en todo el ciclo de fabricación del combustible, no se trata de la «energía libre de CO2» que proclama la propaganda de la industria, una industria que ha encontrado en el cambio climático el argumento más potente para justificar su continuidad. Lo que sucede es que la relación entre la cantidad de electricidad que un reactor nuclear produce y la emisión de gases de efecto invernadero, es menor que en las centrales que usan carbón, gas, u otros combustibles fósiles.

Lo que nos lleva a una segunda cuestión, que tiene implicaciones: ante una amenaza ecológica global, ¿podemos valorar una tecnología concreta solo por uno de sus impactos, o hay que considerar los impactos globales, todos los de su ciclo de funcionamiento? Además de su papel en el cambio de sistema energético. Aquí se puede debatir mucho en abstracto, pero la realidad es que todo el debate está determinado por intereses políticos que no podemos dejar al margen.

SLA: Intereses políticos que no podemos dejar al margen, dices. ¿Por ejemplo?

MM: La energía es el núcleo central de toda la producción material, lo que es tanto como decir de toda la organización de la sociedad. El control político determina la producción, distribución y consumo de energía, no las tecnologías disponibles. Eso explica por qué las tecnologías centralizadas tienen prioridad sobre las descentralizadas. La tecnología como la eólica, muy anterior a la revolución industrial, queda arrinconada ante los combustibles fósiles, y solo se desarrolla a partir de la primera crisis del petróleo. Pero dejemos esta línea. Podríamos entrar en un análisis histórico que nos alejaría del tema de esta conversación.

SLA: Sí. Te apartas del tema, en efecto.

MM: Disculpa, lo que quiero decir es que debemos pensar en clave política ante un escenario de transición energética marcado por una catástrofe ambiental, combinada con un crecimiento de las desigualdades. ¿Por qué se mantiene la energía nuclear en el «mix» de generación de la transición energética? Porque es una tecnología centralizada, que permite un fuerte control político; y se mantendrá tanto tiempo como se pueda disponer de uranio. Por eso siempre han sonado tan ridículos los discursos de impugnación del llamado «renacimiento nuclear» (entre comillas) tipo: la energía nuclear no superará «la prueba del mercado», y otras simplezas semejantes.

SLA: Se ha afirmado en más de una ocasión que después del desastre-hecatombre de Fukushima, la industria nuclear tiene los días contados, que es una industria sin futuro, que los seres humanos no queremos vivir al borde del abismo. ¿Coincides con esa opinión-valoración?

MM: No. En 2011 Fukushima supuso el abandono de la estrategia del «renacimiento nuclear», vigente desde 2001; pero desde el minuto uno, tras el inicio de la catástrofe, la industria nuclear puso en marcha una estrategia de adaptación, que está teniendo éxito en los lugares en que se desarrolla, a saber, Europa central, Extremo Oriente y Oriente Medio, con especial predominio de China.

Por supuesto, la industria nuclear no tiene futuro, como no tienen futuro el petróleo, el gas, el carbón, el uranio, etc., todas son fuentes de energía que dependen de un recurso no-renovable, pero no se puede razonar de manera lineal. La cuestión, siguiendo a Hermann Scheer, es, primero, ¿cuántos son, más o menos, esos «días contados», ese no-futuro? Sabemos que se van clausurando centrales, pero también que se siguen construyendo. Entre 2014 y mediados de 2017 se han conectado 27 nuevos reactores nucleares a la red, según los informes del estado de la energía nuclear en el mundo dirigidos por Mycle Schneider. Eso significa que, a nivel mundial, los «días contados» se alargan ya, como mínimo, hasta el último tercio de este siglo XXI. No se puede ignorar este dato.

Y, segunda cuestión, ¿se pueden asumir centrales atómicas funcionando hasta casi el final del siglo sin contar con los riesgos e impactos que suponen? Más importante aún, ¿quiénes sufrirán más esos riesgos e impactos? Aquí no interviene “la humanidad”, intervienen las crecientes desigualdades sociales y territoriales que condenan a una parte de la humanidad en beneficio de la otra. La industria nuclear cuenta con eso.

Los seres humanos no queremos vivir al borde del abismo, por eso una parte de los seres humanos empuja a la otra hacia el borde del abismo, o directamente al mismo abismo, para quedarse más segura y más lejos de ese borde. Ese ha sido el mecanismo histórico y ecológico que documenta la obra Colapso, de Jared Diamond. Las consecuencias son terribles, no basta con no querer verlas.

Por motivos culturales, en España, y en la cuestión nuclear, una parte de la sociedad consciente de los peligros de las nucleares tiende a una cierta táctica del avestruz.

SLA: ¿Qué táctica es esa?

MM: Mete la cabeza en un agujero conceptual, que son los Estados Unidos y Europa occidental. Así se miran solo informaciones sobre la decadencia nuclear en ambos territorios, Estados Unidos y Europa occidental, lo que es verdad, pero se extrapolan esos datos a la situación global de la industria, lo que es un error.

No basta apuntar qué reactores cierran; también hay que contar los que abren. Hay que seguir la vieja consigna ecologista: pensar y actuar localmente y globalmente. Y reflexionar sobre la estrategia global de adaptación de la industria y cómo afrontarla.

SLA: Has citado antes a Hermann Scheer y  Mycle Schneider. ¿Quiénes son? ¿Nos puedes informar brevemente?

MM: Muy brevemente. Hermann Scheer, muerto en 2010, fue un impulsor de las energías renovables en su país, Alemania, y en toda Europa. Además de, lógicamente, un crítico implacable de la energía nuclear. Su último libro, El imperativo energético, acabado poco antes de morir, es un documento de una lucidez y de una honestidad deslumbrantes. Scheer vislumbra algunos de los mecanismos empresariales que buscan subordinar la transición energética a los intereses económicos, desmonta las trampas de su discurso, y los denuncia sin concesiones.

Mycle Schneider es un experto, un consultor energético de prestigio que, con diferentes patrocinadores, publica desde 2004 un análisis crítico periódico, ahora anual, del estado de la industria nuclear en el mundo. Cuando en 2001 comenzó el “renacimiento nuclear”, Schneider abordó la tarea de demostrar las falacias en que se basaba dicho “renacimiento”; se trataba, por decirlo así, de impugnar la industria nuclear partiendo de sus propios datos. Su trabajo es de gran calidad y es una guía muy valiosa para seguir la evolución de la industria. Por supuesto sus informes no entran en las zonas tenebrosas de la energía nuclear, no tocan los aspectos de salud relacionados con todo el ciclo nuclear, la contaminación radiactiva cotidiana y sus implicaciones, las vinculaciones militares, los aspectos éticos, etc. Se mantiene dentro de las pautas del «debate nuclear» fijadas por la industria: economía, tecnología y algunas facetas de la seguridad.

SLA: ¿Cuál es la situación actual en los reactores de la central de Fukushima y de sus alrededores? ¿Cuáles son las previsiones a corto y medio plazo?

MM: Mi información sobre Fukushima y Japón, viene del contacto con personas de la comunidad japonesa de Barcelona, y del excelente trabajo de seguimiento que ha venido haciendo hasta hace unos meses el blog Resúmenes de Fukushima. Aunque la información es confusa, se sabe que la reacción del combustible en los reactores accidentados continúa, no se puede detener y nadie sabe cuándo se podrá; de hecho, no se sabe ni como está, ni dónde está, el combustible fundido que mantiene la reacción.

Las personas que hacen el seguimiento explican que cuando comenzó la catástrofe, las empresas y autoridades declararon que en 40 años el accidente estaría completamente solucionado, es decir, el combustible extraído y la zona limpia; pues ya han pasado varios años, y las mismas empresas y autoridades continúan diciendo que en 40 años estará solucionado todo. Existe la intuición de que pasarán 10, 15 o 20 años, y continuarán diciendo que en 40 años… todo se arreglará.

Mientras, se van acumulando millones de bolsas con tierras y sólidos radiactivos, se siguen vertiendo toneladas de agua radiactiva cada día al océano Pacífico, y se llenan tanques con millones de litros de agua radiactiva que provienen del riego continuo para enfriar el combustible en fisión.

Esa ingente acumulación de residuos solo puede tener un destino a medio plazo: la dispersión, el vertido al medio ambiente. La técnica es mezclarlos con otros sólidos y líquidos no contaminados, para bajar formalmente los niveles de radiación antes de dispersarlos o verterlos. Hay que recordar que el nivel de radiación que el Gobierno de Japón ha legalizado como normal es 20 veces más alto que el que se considera normal en cualquier otro país, y cuatro veces más alto que el que se considera como máximo en la catástrofe de Chernóbil.

SLA: ¿Es activo, es influyente el movimiento antinuclear nipón? ¿Cuáles son sus acciones en estos momentos?

MM: Antes de entrar en ese tema un apunte, Salvador.

SLA: Adelante con el apunte.

MM: Creo que Japón es hoy, ante todo, un campo de experimentación y estudio para la industria nuclear, como lo fueron en su día Ucrania, Bielorrusia o, más lejos en el tiempo, Hiroshima. Lo que aprendieron en Chernóbil se está aplicando en Japón. Todo Japón es objeto de un gigantesco proceso de “normalización” de una situación de catástrofe nuclear, la industria nuclear está aprendiendo mucho para gestionar catástrofes futuras.

Dicho esto, pienso que el movimiento social de resistencia allí es activo y muy eficaz, pero que es irrelevante políticamente hablando. Me explico. La actividad del movimiento ha conseguido bloquear maniobras de las empresas eléctricas para poner en funcionamiento reactores que están parados desde 2011; incluso ha conseguido detener reactores que ya se habían puesto en funcionamiento. El movimiento  tiene un gran poder en muchos municipios y regiones, pero es incapaz de impugnar el proyecto político, apoyado por las eléctricas, de mantener y reactivar las nucleares. De hecho, la catástrofe nuclear ha sido un tema vetado en los debates anteriores a todas las elecciones que se han hecho desde 2011.  El programa para volver a hacer funcionar los reactores parados continúa avanzando y, aún más importante, la industria nuclear japonesa busca expandirse y vender su tecnología en el resto del mundo.

El discurso que se usa es el mismo que aquí, es parte del discurso del poder ante cualquier crisis: se trata de un caso excepcional, hemos aprendido mucho y no pasará nunca más, hay que pensar de manera positiva y mirar hacia adelante, etc...

En estos siete años he aprendido que, aunque los mecanismos del poder para fabricar consenso funcionan en Japón con las mismas pautas que en el resto del mundo, las diferencias culturales son abismales. La legendaria disciplina social japonesa es aprovechada hábilmente por el poder.

SLA: Por cierto, te he leído artículos firmados con una ciudadana japonesa que creo que vive en Barcelona. ¿Cuál es su preocupación por lo sucedido, por lo que sigue sucediendo?

MM: La compañera Seiko lleva gran parte de su vida viviendo en Barcelona, y Fukushima la despertó a una realidad que no se había planteado nunca. Ella razonó lógicamente, y llegó a la conclusión de que la energía nuclear era tan irracional que debía desaparecer, y que su final sería rápido e inevitable. Compartió con nosotros ese descubrimiento, y luego comprendimos que eso no iba a pasar. Ella ha seguido el camino que hemos seguido antes otras personas que ya éramos activistas.

Cuando se descubre que irracionalidad no es sinónimo de inviabilidad, se debe tomar una decisión: retirarse o continuar. Ella continúa dentro de sus pautas, porque también está la forma en que las comunidades japonesas que viven en el extranjero ‒en este caso en Barcelona‒ viven la catástrofe, desde su tradición de cohesión cultural y social por encima de todo.

Por su conocimiento del idioma, y del funcionamiento de la sociedad japonesa, Seiko nos muestra  respuestas sociales que se nos escapan, es una fuente continua de conocimiento y aprendizaje para todos nosotros.

SLA: 2017 acabó con una buena noticia, con la concesión del Premio Nobel de la Paz a una asociación que lucha por la desaparición de las armas nucleares en el mundo. De hecho, las Naciones Unidas han aprobado por una amplísima mayoría, eso sí, sin la intervención de las potencias atómicas y países subordinados, la prohibición de estas armas. ¿Buenas noticias en tu opinión?

MM: Por supuesto. No tengo tiempo de seguir el movimiento contra la guerra, pero basta leer, por ejemplo, los excelentes análisis que se publican en El Viejo Topo para comprobar que el peligro de una guerra nuclear está llegando a unos niveles que no se conocían desde la etapa final de la guerra fría. Pero, a diferencia de entonces, aquí y ahora existe menos información, menos organización para hacerle frente, y menos conciencia social sobre la amenaza.

SLA: Me sitúo ahora en Europa. ¿Alemania abandonará finalmente la apuesta nuclear en breve?

MM: Efectivamente, si todo sigue su curso en 2022 cerrará el último reactor nuclear en Alemania. Será la única consecuencia política directa de la catástrofe de Fukushima, y una demostración del poder social y la vitalidad del movimiento ecologista alemán.

La otra cara es el precio, la industria nuclear alemana ha conseguido recientemente que el Tribunal Supremo sentencie que el Estado debe indemnizar a las empresas por el cierre de los reactores, la cuantía de las indemnizaciones se debe negociar en los próximos meses.

Es importante valorar la tenacidad de la industria. Si se repasa la extensa página web que la WNA, la Asociación Nuclear Mundial, dedica a Alemania, se puede ver hasta qué nivel de detalle llegan para oponer resistencia y cuestionar un cierre ya aprobado y acordado.

SLA: ¿Otros países europeos seguirán el camino alemán? Parece que incluso la muy atómica Francia está por cerrar algunas centrales en un plazo relativamente breve.

MM: Desgraciadamente el caso de Alemania es único. Los otros dos países europeos cuyos gobiernos hicieron tajantes declaraciones en 2011, cuando empezó Fukushima, Bélgica y Suiza, han acabado acompasando sus programas de cierre de centrales a los ritmos que marca la industria nuclear. Aunque la situación se ha presentado, informativamente hablando, como “abandono” de la energía nuclear.

La clave está en la capacidad de presión social del movimiento de oposición a la energía nuclear,  eso explica la diferencia entre Alemania y los otros dos casos. Lo que demuestra, una vez más, que estamos ante un conflicto social y político, no técnico, ni empresarial.

El caso de Francia es especial: el peso de la nuclear en la generación eléctrica es tan abrumador que se impone un mínimo de racionalidad, es decir, el cierre de algunos reactores. Pero no hay que olvidar dos cosas: que Francia dispone de mecanismos de control público de la industria nuclear que no tienen otros países de Europa; y que Francia es uno de los países de la Unión Europea que tiene un reactor nuclear en construcción, sin olvidar que es la sede del desarrollo de la fantasía nuclear de recambio de la industria para todo el siglo XXI: la fusión nuclear.

SLA: Por cierto, ¿qué ocurre cuando se desmantela una central nuclear? ¿El proceso es rápido y sin riesgos?

MM: Aquí hay para mucha explicación.

SLA: Soy consciente de ello, resume si puedes por favor.

MM: Veamos, todos los plazos de desmantelamiento de una central nuclear son indicativos, es decir, que nadie puede decir con seguridad si la primera etapa durará 30, 40 o 50 años. Los riesgos existen, como se ha comprobado en el desmantelamiento de Vandellós 1, en que se produjeron episodios de contaminación radiactiva a  trabajadores que participaban en las obras; o el hallazgo de elementos combustibles de alta actividad en depósitos que debían ser de media y baja. Más adelante, y analizando las emisiones consignadas en los informes del Consejo de Seguridad Nuclear al Congreso y el Senado, los compañeros de Ecologistes en Acció de Tarragona descubrieron que Vandellós 1, en  desmantelamiento, estaba emitiendo más elementos radiactivos al medio ambiente que otras centrales en funcionamiento. Cosas así. Los riesgos nucleares son una sombra alargada que se proyecta hacia el futuro mucho más allá del funcionamiento de las centrales.

SLA: ¿Qué ocurre con los residuos?

MM: En principio los residuos de media y baja actividad de un reactor en desmantelamiento deben ir a un depósito adecuado, en este caso, al cementerio nuclear de El Cabril, en Córdoba. Aunque siempre cabe la posibilidad de irregularidades diversas, como la mezcla de residuos para bajar el nivel de radiación y reducir el volumen de los considerados almacenables en beneficio de los re-utilizables. La economía manda sobre la seguridad, como siempre. Aunque todo ello se plantea en un futuro a medio o largo plazo, por desgracia.

Los residuos de alta actividad son los más peligrosos, y la amenaza más grave. Aquí todo son incógnitas. Es recomendable buscar en internet el documental Into Eternity sobre Onkalo, en Finlandia, el único proyecto en construcción de un almacén geológico en profundidad, y solo para los  residuos de los reactores de Finlandia. Podemos hacernos una idea de lo que todo esto implica.

SLA: ¿Quién paga esos trabajos y el cuidado de los residuos?

MM: En principio todo lo paga ENRESA, aunque quienes en realidad pagamos somos los consumidores de electricidad a través de nuestros recibos, y de nuestros impuestos.

SLA: ¿China está apostando por la industria nuclear o por las energías renovables? Se habla de ambas cosas a la vez.

MM:  China está apostando por todas las tecnologías energéticas, incluida la energía nuclear donde juega un papel clave. También, por supuesto, por las renovables, pero creo que esa no es la cuestión.

Desde el activismo para cerrar los reactores nucleares entrar en comparaciones entre nucleares y renovables no tiene sentido, ni a nivel global, ni a nivel de países, ni a nivel de España. Ni ENEL-Endesa, ni Iberdrola, ni Gas Natural-Fenosa, las tres compañías propietarias de la centrales que tenemos en España, van a tomar decisiones empresariales mirando lo que hace China ni ningún otro país. Excepto que China compre esas compañías, cosa que, de momento, no parece factible.

SLA: Te pregunto por el Imperio de los Imperios: ¿qué planes energéticos tienen? ¿Lo nuclear sigue estando en el puesto de mando?

MM: Si atendemos a la retórica de la persona que ostenta el poder político supremo, el señor Trump, la energía nuclear sigue en un puesto de mando, pero no se sabe exactamente en cuál.

Desconozco la política energética global de los EEUU, pero afrontan un futuro nuclear de decadencia acelerada: es el país con más reactores en funcionamiento, pero con las centrales más antiguas y precarias. Basta ver la información selectiva que ofrece la WNA sobre los EEUU, lo que expone y lo que calla. En esto, como en otros aspectos, los EEUU combinan la desinformación con el caos.

Dadas las desigualdades extremas que se dan en su sociedad, no sería de extrañar la aparición de  apartheids en los que el suministro energético solo estuviese garantizado para una parte de la sociedad, la que puede pagar. Opulencia y miseria energéticas conviviendo. Creo que la fascinación que una parte de su sociedad tiene por las distopías es algo más que un filón de su industria del entretenimiento.

SLA: Muy bien visto esto que acabas de señalar. Te pido un resumen para ubicarnos en lo esencial: ¿cuáles son los nudos más importantes de la situación nuclear mundial en estos momentos,  primer trimestre de 2018 [cuando se realizó la entrevista]?

MM: Solo puedo hablar de los nudos que creo importantes para un activista de base. A nivel mundial y en el primer trimestre de 2018, la referencia es el séptimo aniversario del inicio de la catástrofe de Fukushima.

Aquí el nudo principal sería obtener informaciones de cómo evoluciona la situación de Japón y de la dispersión de contaminación radiactiva por el mundo, y hacerlas públicas. Cosa más difícil de lo que parece.

Luego, más allá del primer trimestre, hay que obtener informes de la situación sanitaria en Ucrania, algo casi imposible dado el caos impuesto por la guerra, acaso será algo más factible en Bielorrusia, pero también será muy difícil. Veremos.

Y, también mirando más allá del primer trimestre, es necesario comprobar si los planes a medio plazo de construcción de centrales atómicas en Rusia, China, India, Pakistán y Corea del Sur se van llevando a cabo a lo largo del año, y a qué ritmo. Además, verificar si se dan cierres de reactores en Europa Occidental, EEUU y Canadá. Y, por supuesto, seguir la evolución del proyecto ITER. Y sacar conclusiones sobre todo ello.

SLA: Me centro ahora en España. ¿Va a conseguir la industria una ampliación de la vida de las centrales a los 60 años?

MM: Las bases legales y administrativas para ampliar hasta 60 años ya están puestas. Falta la concreción en permisos. La urgencia ahora es vertebrar un movimiento social y político que pueda incidir en el pulso que mantienen el gobierno del PP y las compañías eléctricas para pactar en nivel de beneficios que van a obtener por el funcionamiento de las nucleares. En cuanto tengan los permisos, las eléctricas habrán ganado. Ningún gobierno podrá cerrar los reactores sin exponerse a pagar fuertes indemnizaciones en una querella por lucro cesante. El único mecanismo para incidir realmente en todo eso es desplegar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) antes de que cierren el acuerdo.

SLA: ¿Hay posibilidades reales de parar sus planes?

MM: No hay muchas posibilidades. Enfrentarse a las eléctricas no es sencillo, y afrontar una campaña de recogida de firmas para una ILP exige un nivel organizativo que desborda las posibilidades de los movimientos ecologistas más estructurados.

La opción en la que estamos trabajando desde el Colectivo 2020 Libre de Nucleares, en el que participo, es implicar a los sectores sociales que apoyan a las llamadas fuerzas de la nueva política. Para lanzar la ILP ya contamos con apoyo de Izquierda Unida y de Izquierda Anticapitalista, pero aun reconociendo su capacidad organizativa, su visión y su valor, sabemos que no es una estructura suficiente para afrontar la recogida del medio millón de firmas que exige una  ILP con garantías de éxito; se necesitan más organizaciones.

Nos movemos contrarreloj, pues si la ILP no se despliega en los próximos meses ya no tendrá sentido plantearla, dado el calendario de renovación de permisos de la mayoría de los reactores. Pero seguimos trabajando, pues las únicas luchas que están totalmente perdidas son las que no se empiezan.

SLA: Una duda: ¿por qué Cataluña es uno de los territorios más nuclearizados de España?

MM: Bueno, en el período en que se planificaron y construyeron las centrales nucleares ‒-años finales del franquismo y primeros años de la transición‒, aún se planificaba un suministro energético para una potente base industrial; las élites empresariales de Cataluña, junto con sus colegas del conjunto de España lo vieron como una opción evidente.

SLA: ¿La población catalana es consciente de esta situación?

MM: La mayoría de la sociedad en Cataluña es consciente de la nuclearización y la rechaza; otra cosa es hasta qué punto está dispuesta a implicarse en una oposición activa. Aquí habría mucho que analizar, y muchos matices territoriales y culturales. El nivel de protesta no se corresponde con el nivel de denuncia, ni este con el nivel de dedicación y compromiso, como pasa en cualquier lugar de España.

Aquí hay, además, un elemento de distorsión importante: el falso discurso de que la culpa que haya  nucleares viene de fuera de Cataluña. En esto, como en tantas otras cosas, los grupos de presión favorables a la energía nuclear en Cataluña obtienen ventajas y son muy hábiles difundiéndolo.

SLA: Pero, insisto, no es así en tu opinión, es un falso relato como se dice ahora.

MM: Claro. La industria nuclear, como las clases dominantes, no se pelea por las fronteras; pero estas resultan muy útiles para dividir a los que sufren sus políticas. En el tema nuclear, como en tantos otros, las fronteras se fabrican y se magnifican, a veces llegando a extremos de parodia. ¿Puedo contarte una triste anécdota?

SLA: Adelante.

MM: No daré referencias concretas. Sucedió en febrero de 2017, cuando se formalizó el cierre de Garoña. Hubo el tratamiento del tema en los medios, y algún periodista despistado contactó conmigo y me invitó a participar en una tertulia radiofónica sobre energía nuclear; yo no podía llegar a la emisora por un compromiso familiar, así que acordamos que participaría por teléfono en los últimos diez minutos del debate.

Naturalmente informé al director del programa de cuáles iban a ser las líneas de mi intervención: que se trataba de un momento políticamente importante, con el debate de los presupuestos de la Generalitat donde estaba el impuesto a las emisiones de radiación fijado por el gobierno del PDECAT y ERC, impuesto contra el que teníamos una campaña, y que existía el peligro de renovación de los permisos a las nucleares a 60 años, etc.

Bueno, pues llegué a casa unos 25 minutos antes del final del programa, conecté la radio, me senté junto al teléfono y, naturalmente, no me llamaron. Envié un correo electrónico al director del programa con el que había estado en contacto preguntando el motivo. En el correo de respuesta me explicó que habían perdido mi teléfono, y que lo sentían mucho.

SLA: Vaya, vaya, qué causalidad…

MM: Sí, soy un ingenuo, pero la anécdota no acaba aquí.  Lógicamente escuché el desarrollo final de la tertulia en la que participaba, entre otros, un experto cercano al gobierno PDECAT y ERC. No se salía de las generalidades políticamente correctas: lo superada que estaba la energía nuclear, que no había pasado la prueba del mercado, Fukushima como un desastre económico, algo terrible pero lejano, y cosas así…

Pero hacia el final uno de los participantes interrogó al experto sobre cuáles eran las compañías propietarias de las centrales; el experto dudó, y contestó con voz vacilante que eran Endesa, Iberdrola… y Fenosa. Y se quedó tan tranquilo.

Es decir, el experto no podía ignorar que Fenosa forma parte de Gas Natural, que compró la compañía hace ya muchos años, pero eludió mezclar una empresa emblemática y radicada en Cataluña, como Gas Natural,  con la energía nuclear que se estaba cuestionando a lo largo de todo el programa.

Ya se sabe, las nucleares son algo impuesto y ajeno a Cataluña...

SLA: Muy significativo, muy importante lo que señalas. Tú eres miembro del MIA, ¿Qué es el MIA? ¿Cuándo se formó? ¿Por qué?

MM: El Movimiento Ibérico Antinuclear (MIA) es uno de los muchos intentos de coordinar un movimiento de resistencia a la energía nuclear que se han dado en las últimas décadas, como lo fue la Coordinadora Estatal Antinuclear (CEAN) entre 1996 y el 2000, aproximadamente; u otros intentos anteriores.

El MIA surge en 2015 por la confluencia de varios factores: un movimiento asambleario contra Almaraz, en Extremadura ‒el Foro Extremeño Antinuclear‒, que prolonga una campaña anterior de resistencia, coordinada con grupos ecologistas portugueses, contra el proyecto de una refinería de petróleo, la refinería Balboa, finalmente abandonado; a ello se suma la denuncia de un grupo de inspectores del Consejo de Seguridad Nuclear (el CSN) sobre el estado de los sistemas de refrigeración de Almaraz, enfrentándose al propio CSN, lo que provoca una intervención directa del Gobierno de Portugal ante el Gobierno del PP, que lleva a una implicación de la Unión Europea.

Este ambiente facilita una campaña contra el proyecto de construcción del Almacén Temporal Individual de residuos radiactivos de Almaraz, una instalación semejante a la que ya tienen la mayoría de centrales nucleares; a ello se suma el descubrimiento de que Almaraz es la primera central que debe renovar el permiso de funcionamiento en 2020. Aunque diplomáticamente la crisis portuguesa se resuelve dentro de la UE, todo esto incentiva la voluntad de organizarse.

En estas circunstancias surge el MIA, al que se unen campañas ya consolidadas como la oposición a la reapertura de Garoña, la oposición a la construcción del ATC en Villar de Cañas, y luego la oposición a la mina de uranio de Retortillo.

Compañeros de organizaciones ecologistas, conservacionistas y políticas portuguesas participan en el MIA. Aunque en Portugal no hay centrales nucleares existe la percepción de que la cercanía de Almaraz es una amenaza, un fenómeno parecido al que se desarrolló en el País Vasco con Garoña. Una percepción que funciona socialmente, pero que es errónea: para Portugal tanta amenaza supone Almaraz, la central que tienen más cerca, como Vandellós 2, la que tienen más lejos.

Lógicamente resulta más fácil realizar un trabajo de oposición a la energía nuclear en un país en que no hay centrales nucleares, por ello el componente activista de los compañeros y las compañeras de Portugal en el MIA es muy importante y valioso, además de la solidaridad que suponen, son un potente altavoz.

SLA: Me ubico en el pasado. ¿El CANC tuvo tanta importancia como a veces se dice?

MM: Cuando me incorporé al trabajo contra las nucleares en 1989, el Comité Anti Nuclear de Catalunya (CANC) no estaba ya en primera línea. En las reuniones de la coordinadora que se organizó para exigir el cierre de Vandellós 1, a la que llamamos Catalunya No Nuclear, participaban personas que eran del CANC.  Yo conocí y trabajé con algunas de ellas, como Louis Lemkow, pero no se dieron aportaciones globales del CANC a esa campaña.

Cuando se cerró Vandellós 1, el trabajo siguió por otros derroteros, vino la ILP antinuclear de 1990-1991, la formación de Acció Ecologista, el debate de la eólica, etc. El CANC ya no volvió a mencionarse ni desarrolló actividades.

SLA: La ciudadanía española, hablando en términos generales, ¿está suficientemente informada de los temas atómicos?

MM: En España, todo lo relacionado con la energía nuclear está protegido por el silencio y la desinformación. Existe una elevada conciencia social del peligro que suponen las nucleares, sobre todo desde Fukushima, pero no hay una información que permita discernir cuáles son los temas urgentes y los que no. Muy pocos sectores sociales saben, por ejemplo, que hay un calendario de renovación de permisos en curso. Ni cuál es la estrategia de la industria nuclear ante ese calendario.

Pero la desinformación de la industria nuclear, vinculando su existencia a la seguridad del suministro o al freno del cambio climático, no penetra fácilmente en la sociedad, de ahí la ausencia de encuestas favorables y la discreción con que se lleva. Pese a todo, la energía nuclear se impone como una presencia fáctica.

SLA: El año pasado el parlamento catalán aprobó una ley que imponía una fiscalidad especial a las actividades nucleares. ¿Fue positivo? ¿Fue un paso adelante?

MM: Es el tema que he apuntado en mi anécdota. Bueno, vamos por partes. Todo lo relacionado con la fiscalidad ambiental, y más en concreto con la fiscalidad nuclear, es un asunto complejo por varios motivos.

SLA: ¿Qué motivos?

MM: Partamos de una pregunta: ¿cuando se grava fiscalmente una actividad industrial que provoca un impacto irreversible en el medio ambiente, se está bloqueando o se está legitimando esa actividad? Ello dependerá del peso del impuesto. Es decir, si el impuesto es muy elevado tiene carácter disuasorio. Si el impuesto no es elevado, lo que se está haciendo es legitimar el impacto y la industria que lo provoca. Hasta ahora los impuestos que se han aprobado sobre las nucleares solo tenían la función de recaudar dinero, es decir, las legitimaban.

Además, una industria siempre tiene la opción de recuperar un gravamen por la vía del incremento de tarifas. Las compañías eléctricas lo tienen muy fácil dado su poder para negociar esas tarifas, los incentivos, los peajes, etc., con el gobierno de turno.

Todo esto ha llevado a una consigna del movimiento antinuclear que el MIA ha hecho suya: solo se aceptarán impuestos sobre las nucleares si ya existe un calendario de cierre acordado, lo cuál no es una postura muy realista dado lo que sabemos sobre ENEL-Endesa, Iberdrola y Gas Natural-Fenosa, pero es un freno a la alegría de los políticos para presentar cualquier impuesto a las nucleares como un paso adelante.

Un apunte. Todas las Comunidades que han aprobado impuestos a las nucleares se han enfrentado a querellas legales, bien de las eléctricas, bien del gobierno del PP, que han acabado ilegalizándolos. En el caso de Castilla La Mancha se llegó al extremo de que el gobierno autonómico tuvo que devolver las cantidades que ya había recaudado. Hay una excepción: Valencia recauda un impuesto desde hace años sobre Cofrents sin oposición, lo que constituye un enigma para el que no hemos obtenido respuesta.

Pero además de todo esto está el tipo de impuesto. En el caso de Cataluña,  que mencionas, algún experto de los que asesoraban al gobierno del PDECat y ERC que lo planteó tuvo la genial idea de gravar las emisiones radiactivas cotidianas de Ascó y Vandellós por su peligrosidad para la salud, usando los datos de los informes anuales de emisiones del CSN para calcular el monto del gravamen.

Como la salud de la población es algo que importa más bien poco a la mayoría de la clase política, ni el experto asesor, ni los políticos del PDECat y ERC que lo promovieron, ni los otros grupos políticos que lo apoyaron en el Parlament, pensaron ni por un momento que con ese supuesto impuesto estaban solventando uno de los aspectos que la industria nuclear ha negado desde sus inicios: que las emisiones rutinarias de radiación, las llamadas “bajas dosis”, fuesen nocivas para la salud; y que con en el mismo paso, y aquí está el punto más impresentable del tal impuesto, las estaban legitimando.

Porque el impuesto venía a decir: vale, asumimos que el funcionamiento de los reactores nucleares supone un peligro para la salud de la población, pero paguen ustedes este impuesto y asunto arreglado, la población que se aguante. Desde el MIA en Cataluña pusimos en marcha una campaña de denuncia que tuvo un apoyo social considerable, teniendo en cuenta que la censura actuó con firmeza, y los medios de información ni se hicieron eco.

Al final del chusco episodio parece ser que los representantes del PSC y de Catalunya Sí Que Es Pot votaron contra el tal impuesto por motivos diversos; tampoco es que facilitaran mucha información dado lo incomprendidos y molestos que se sentían sus representantes ante la incomprensión de la campaña hacia sus altruistas intenciones.

SLA: Los partidos políticos, los sindicatos, los movimientos sociales y sus asociaciones, ¿dan la importancia que tiene al tema nuclear?

MM: Vaya, cuatro bloques muy diferentes.

SLA: Tienes razón. La pregunta está mal formulada

MM: Vamos por partes, si atendemos a sus programas electorales, único documento oficial para fijar la postura de un partido político, solamente dos partidos con representación parlamentaria, Unidos Podemos y el PSOE, tienen una postura definida de oposición al tema nuclear; el resto guarda un escrupuloso silencio, excepto el PP, que se declara pro-nuclear sin complejos. Hay partidos fuera de las instituciones, como Recortes Cero o el PACMA, que son contrarios a la energía nuclear en términos generales.

Luego, hay variables; algunos partidos que callan en el tema nuclear apoyaron, en cambio, el cierre definitivo de Garoña en las pasadas elecciones, del resto de los reactores no dicen nada. En este campo destaca el cinismo de los partidos vascos. Otros se apuntan al supuesto impuesto sin analizar las implicaciones. Si atendemos a las declaraciones de la mayoría de líderes políticos, o de portavoces diversos, la hipocresía, la frivolidad y el oportunismo son la tónica dominante; por ejemplo, pueden declarar que «hay que asfixiar a las nucleares con impuestos para que se vean obligadas a cerrar», sin concretar cifras, y sin calcular resistencias, como si las eléctricas fuesen entes sumisos, sin ningún poder de presión sobre los políticos.

Los sindicatos: UGT es declaradamente favorable a la energía nuclear; CC.OO tiene aprobada alguna resolución contraria, pero no ha apoyado ninguna campaña concreta de denuncia de las que hemos realizado; parece que la tal resolución solo sirve para enseñarla cuando algún miembro de un colectivo contrario a las nucleares les hace preguntas; CGT es contraria a la energía nuclear sin ambigüedades, USTEC-STEC también es contraria, la CO-BAS también; de los otros sindicatos no sé.

Los movimientos sociales y asociaciones varían. En general, la mayoría es contraria a la energía nuclear, pero hay muchos matices. Se puede estar contra la energía nuclear y no pasar de declararlo sin hacer nada concreto. Situaciones como la que vivimos ahora en España, con la renovación de los permisos, son muy esclarecedoras del nivel de compromiso a que se puede llegar partiendo de una postura general de rechazo a las nucleares.

SLA: Tenemos un amigo común, Eduard Rodriguez Farré. ¿Qué opinión te merecen sus textos, su actividad, su compromiso antinuclear?

MM: Perdón, en temas de activismo y compromiso el nombre de Eduard va ligado al tuyo propio, por tanto, mi opinión sobre él y sobre tí no puede ser más positiva. Vuestros libros, textos y publicaciones en internet, e intervenciones en los medios, ayudan mucho al movimiento y al activismo de base. Sin contar con el papel desempeñado por Eduard en conflictos claves, como el de Palomares, o Chernóbil, y en otros campos en que su opinión como científico ha ayudado a tomar posiciones. Y siempre se puede contar con su apoyo para aportar conocimientos y experiencia.

Volviendo a vuestros textos, recuerdo que en plena campaña del llamado “renacimiento nuclear” el único texto que impugnó de raíz todo su discurso yendo al origen, a Chernóbil, fue vuestro libro Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente, un verdadero soplo de aire fresco, que además contenía aportaciones valiosas de otros autores y tenía una amplitud de miras que superaba el nivel técnico.

SLA: Muchas gracias, eres muy generoso con nosotros, sobre todo conmigo. Yo aprendo de Eduard y de personas como tú. Otros nombres de activistas que quieras recordar.

MM: Hay muchas personas que han pasado por el movimiento de resistencia a la energía nuclear y han dejado su huella, luego se han retirado del activismo por motivos personales, profesionales, o de edad, simplemente. Yo tampoco he tenido contacto con todas porque no todas se han implicado en las campañas en que he participado.

Entre las que ya no están entre nosotros, porque murieron prematuramente, hay tres que recuerdo especialmente: Anna Bosch, Fina Soler y Ladislao Martínez. “Ladis” fue un caso de perseverancia, rigor y seriedad, combinado con una profundad humanidad: podías discutir con él, acabar en desacuerdo e, inmediatamente, pedirle información o asesoramiento sobre algo, y te ayudaba generosamente sin que el desacuerdo importase.

Entre las personas activas destaca Paca Blanco, un caso de resistencia heroica en un ambiente social muy hostil, como es el entorno cercano a una nuclear, en este caso, Almaraz, en Extremadura.

Hay muchas otras personas que han desempañado papeles claves en determinadas etapas del voluntariado, como Joan Pallisé, Enric Tello, Jaume Morrón, Pep Puig, Joaquim Coromines, Jordi Miralles, Jesús Navarro, Engracia Querol, Joaquim Sopena, Angels Zurita, Eloi Nolla, Paco Castejón, Manuel Adelantado, Jose Ángel Hernández, Jordi Foix, Marta Gumà, Jordi Bigues, Feli Argüello, Jennifer Coronado, Carles, Xan…, y me dejo muchas otras con las que he participado en actividades y cuyos nombres se me escapan ahora. Son varias decenas de personas a lo largo de estos años que han trabajado de manera voluntaria pintando pancartas, dibujando carteles, redactando documentos, repartiendo materiales, organizando actos recogiendo firmas, plantándose en la puerta de las centrales, concentrándose en plazas, manifestándose…

Y hay personas activistas, de las etapas más recientes, de las que no puedo decir su nombre, lo que es todo un síntoma de los tiempos que estamos viviendo. Se trata de compañeras y compañeros que trabajan en la industria, o en el sector de las renovables, y cuya vinculación pública con el movimiento contra las nucleares les pueden suponer molestias o problemas en su vida profesional; porque el poder de eléctricas y bancos es muy fuerte y llega a aspectos insospechados. Y lo que llaman el mercado laboral tiene mucha precariedad y ángulos oscuros.

SLA: Una pregunta personal, tal vez demasiado personal. Llevas mucho años en esto: ¿vale la pena tanto esfuerzo, tanto tiempo de dedicación?

MM: Bueno, no exageremos. No he estado de activista voluntario solo en el tema de las nucleares, y no todo el tiempo desde 1989 ha sido de campaña continua; ha habido bastantes periodos de baja actividad, incluso de relajación, simplemente porque no se podía hacer nada, en el caso de las nucleares por su carácter fáctico que ya he mencionado.

Hay una reflexión de fondo: la resistencia debe ir acompañada de la perseverancia, porque la irracionalidad nuclear se impone por la perseverancia no por la veracidad de su discurso. Tenemos Fukushima como prueba reciente. Se puede mantener una trayectoria de voluntariado intermitente pero debe existir perseverancia en el campo en que se actúa, si se quiere hacer algo más que protestar.

Desde 1989 la sociedad ha cambiado mucho. En el ecologismo se han superado las formulaciones genéricas, utópicas, y bien pensantes sobre energía, residuos, agua, alimentación... También en el ecologismo, como en otros campos, se ha evolucionado del voluntariado a la profesionalización.

Hay potentes organizaciones no gubernamentales, con abundantes recursos, que cumplen una función paliativa: ofrecer a sectores sociales que tienen conocimiento de las catástrofes e injusticias, que tienen dinero, y que se sienten moralmente afectados, una salida a la impotencia que puede provocar el conocimiento. Pagar una cuota y recibir, a cambio, información de que esa cuota sirve “para hacer algo” (entre comillas), consuela y tranquiliza; es parte de los mecanismos que el capitalismo utiliza para generar hegemonía y consenso. La profesionalización en la protesta significa depender de recursos, impone limitaciones a la denuncia y a la acción para que esos recursos no sean retirados. Se incentiva así la denuncia controlable, el discurso crítico dentro de determinados márgenes. Mirar hacia adelante, nunca hacia los lados, ni hacia abajo ni hacia arriba, y “ser positivos” (entre comillas).

En ese contexto, ser voluntario hoy exige especialización de conocimientos en el campo de activismo en que se participa si se quiere incidir de verdad. Y en una sociedad basada en la precariedad laboral eso plantea problemas prácticamente irresolubles.

SLA: ¿Quieres añadir algo más?

MM: Nada. Solo darte las gracias por tu interés y tu apoyo.

SLA: Gracias a tí.

 

Miguel Muñiz es miembro del MIA (Movimiento ibérico antinuclear), participante en el Colectivo 2020 LIBRE DE NUCLEARES y activista antinuclear de largo recorrido, autor de artículos sobre el tema, que se publican mensualmente en la revista electrónica Mientras Tanto.

Salvador López Arnal es profesor-tutor de Matemáticas en la UNED de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona).

 

Acceso a la enttevista en formato pdf: Entrevista a Miguel Muñiz Gutiérrez sobre la industria atómica y la lucha antinuclear.


Entrevista a Guy Standing

«Los nuevos avances tecnológicos están agravando las desigualdades económicas y fortaleciendo el capitalismo rentista »

Lucía Vicent Valverde entrevista a Guy Standing en el número 140 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global sobre el concepto de precariado y la noción de renta básica.

Guy Standing, economista, profesor e investigador, fundador y copresidente de la Basic Income Earth Network (BIEN), ONG que promueve la renta básica como derecho y cuyas propuestas ensaya actualmente en un programa piloto en India. Stanting, que fue director del programa de seguridad socioeconómica de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ha formulado el concepto de precariado. Además, es autor, entre otros, de los libros The Precariat: The New Dangerous Class (2011) y A Precariat Charter: From Denizens to Citizens (2014).

Lucía Vicent (LV): Usted identifica el precariado como una nueva clase social (diferente al proletariado) y distingue tres subgrupos. ¿Qué caracteriza a cada uno y qué relaciones existen entre ellos? ¿Cuáles son las respuestas de estos tres grupos frente a su situación?

Guy Standing (GS): Aunque está cambiando, el precariado es una clase en gestación, aún no una clase en sí misma con una conciencia única definida, ya que todavía se encuentra internamente dividida. En breve, se pueden identificar tres facciones o grupos dentro del precariado.

El primero es el que denomino atavistas, compuesto por mucha gente que siente que se ha quedado fuera de la vieja clase trabajadora o de las familias y comunidades proletarias y miran atrás a lo que imaginan como un “pasado perdido” de capitalismo industrial en el que ellos o personas como ellos estaban insertos en la sociedad a través de los llamados “derechos laborales” o derechos sociales. Los atavistas presentan un nivel relativamente bajo de educación formal y este grupo ha tendido a reaccionar frente a su pertenencia al precariado apoyando a grupos populistas neofascistas, incluidos los ejemplos destacados de Donald Trump y Marine Le Pen.

La segunda facción consiste en lo que llamo nostálgicos. Son aquellos dentro del precariado que sienten que han perdido un “presente” (un aquí y ahora), un sentido de estar en casa y de tener una casa. Este grupo está formado principalmente por migrantes y minorías étnicas que se sienten desconectados del grueso de la sociedad. Son denizens [moradores], no ciudadanos, con menos derechos que estos últimos. Tienden a ser políticamente pasivos, excepto cuando les ocurre algo particularmente dramático. Pueden sentirse progresistas; es poco probable que se sientan neofascistas.

El tercer grupo son los que denomino progresistas. Mientras que los atavistas tienen un sentido de relativa privación al pensar que han perdido un pasado y los nostálgicos presentan un sentimiento de carencia al pensar que han perdido un presente, los progresistas consideran que han perdido el futuro. Constituyen principalmente la parte del precariado con más estudios. Cuando asistieron a la universidad se les prometió un futuro, una carrera de desarrollo personal, pero como he recogido en los dos libros sobre el precariado, se han dado cuenta de que lo que les habían vendido era un “billete de lotería”. Se graduaron con la perspectiva de un largo periodo de inseguridad económica sin un futuro realista, y se produce un efecto de frustración sobre su estatus. Sin embargo, no son únicamente víctimas, dado que no se han dejado seducir por la agenda de la socialdemocracia del siglo XX de medir el éxito y el desarrollo a lo largo de la vida profesional en un “trabajo” estable. Buscan, efectivamente, el resurgimiento de la Ilustración dirigida a una recuperación de la igualdad, la libertad y la solidaridad social. Es esta tercera facción del precariado la que definirá la política progresista en la próxima década.

LV: ¿Existe una identidad común en el precariado como antes existía una conciencia de clase obrera? En caso afirmativo, ¿cómo movilizar a través de esta identidad al precariado?

GS: Creo que es demasiado romántico pensar que alguna vez existió una única conciencia de clase en el proletariado. Siempre ha estado compuesto de grupos con diversos enfoques sobre cuestiones como la raza, el género e incluso la ocupación. El precariado puede describirse como una clase en gestación, como indiqué antes, precisamente porque hay diferentes facciones con diferentes perspectivas o conciencias. Sin embargo, hay signos de que está instalándose una norma creciente en el precariado que es progresista en esencia. Esto se debe en parte a que hay mucha gente que está ingresando en el precariado procedente de la universidad y que están buscando unas nuevas políticas del paraíso, como he descrito en otro lugar. [1]

LV: En su opinión, ¿cuáles son las perspectivas para el empleo en el futuro escenario que plantea la robotización o Cuarta Revolución Industrial de la que se está empezando a hablar?

GS: Si se piensa en la actual revolución industrial en marcha ‒que no creo que sea la cuarta, ya que ha habido muchos periodos previos de cambio tecnológico rápido centrada en la informática y la electrónica, entonces puede pensarse erróneamente que vamos a ser testigos de una oleada de desempleo masivo debido a los robots, que reemplazarán el trabajo humano. Hay mucho trabajo que puede realizarse, y nuevas tecnologías tienden a generar nuevas formas de empleo y trabajo. Sin embargo, como sostengo en el reciente libro The Corruption of Capitalism,[2] sin duda los nuevos avances tecnológicos están agravando las desigualdades económicas y fortaleciendo el capitalismo rentista.

LV: Uno de los resultados de la tecnologización y del trabajo precario es la pérdida de un “relato” profesional. ¿Cuál es la reacción frente a este “desenraizamiento” en el plano laboral? ¿Puede encontrarse aquí el semillero para el ascenso de la extrema derecha?

GS: Típicamente, el precariado carece de una clara identidad o narrativa ocupacional en su vida. Esto se debe a su posición de inseguridad y a que no tiene el control sobre su tiempo. No implica una desvinculación del trabajo per se. La mayoría de las personas que pertenecen al precariado probablemente querrían desarrollar una profesión o un conjunto de habilidades junto a un sentido de la creatividad en el trabajo que realizan. Considero que esta es la razón por la que el ala más progresista del precariado apoya la renta básica. Son los que carecen de estudios quienes han apoyado a los grupos políticos de extrema derecha.

LV: Cuando algunos empezaban ya a hablar de "brotes verdes" y de "vuelta a la normalidad", usted advirtió que estábamos a las puertas de un cambio radical que posiblemente definirá la sociedad y la política en el siglo XXI. Usted menciona el estatus de denizen [morador] y el origen etimológico de precariado en “plegaria” ¿Nos aproximamos al fin de la época de los derechos universales? ¿Estamos en la antesala de una sociedad aún más dicotómica de “señores” y “siervos” que tienen que rogar por sus derechos, de privilegiados y desposeídos, sin apenas gradación intermedia (clase media)?

GS: Desgraciadamente, se ha venido registrando una pérdida sostenida de derechos de ciudadanía y, en general, la gente no se ha dado cuenta de lo que estaba pasando. El precariado ha estado perdiendo derechos culturales, civiles, sociales, económicos y políticos, como documento en mi libro El precariado, una carta de derechos.[3] Mencionas la palabra “plegaria”. Lo relevante aquí es que la raíz latina original de precariado es “obtener mediante la plegaria”. Lo que esto significa es que no pueden obtener nada como un derecho o como una obligación legal, sino que tienen que depender de pedir, rogar o mostrarse serviles ante los burócratas o las figuras en posición de autoridad.

No hemos alcanzado el fin de la era de los derechos universales. Sin embargo, debemos alzar nuestra voz y demandar la recuperación del universalismo. Esto es crucial en el debate sobre la renta básica. Existe una crisis de dominación de clase por la plutocracia que ha corrompido nuestra democracia y por una élite de multimillonarios que sirven los intereses de esa plutocracia. El precariado está dominado y explotado por mecanismos más allá de unos salarios raquíticos y volátiles. No considero que el concepto de clase media no sea útil. Asistimos a una fragmentación de clase en la que los plutócratas y la élite obtienen la mayor parte de sus elevados ingresos a través de diversas formas de renta mientras que el creciente precariado experimenta una reducción real de su salario y la pérdida de derechos sociales como la baja médica remunerada y la perspectiva de una pensión decente.

LV: Somos testigos de una corrupción sistémica (corrupción económica y política, de “puertas giratorias”), y muy especialmente en España. ¿Cómo se relacionan estos elementos?

GS: La corrupción de la política es una de las consecuencias más preocupantes y deprimentes de la era de la globalización y refleja el poder y el sesgo ideológico de la plutocracia. Si todo es mercantilizado, entonces los políticos pueden ser comprados por el capital. La política se ha convertido en una ocupación que sirve como trampolín. El peor rasgo es lo que he llamado el “Goldmansachismo”, que engloba a numerosos individuos que pasan de ser ejecutivos en Goldman Sachs a puestos de responsabilidad política y, de nuevo, de la política a Goldman Sachs. Los nuevos movimientos progresistas deberían plantear reivindicaciones para evitar esta práctica.

LV: Como usted ha indicado, la explotación del precariado se produce ya no solo en el trabajo asalariado, sino también fuera de él, por ejemplo a través del endeudamiento adquirido, que a su vez condena a conservar un empleo en las condiciones que sea. En su opinión, ¿cuáles han sido los principales mecanismos que actualmente intervienen en este círculo vicioso que atrapa a las personas en la precariedad? ¿Qué respuestas posibles y en qué ámbitos habrán de desarrollarse las alternativas que rompan con estos riesgos?

GS: El endeudamiento personal es un gran medio por el que se explota al precariado. Siempre ha existido el endeudamiento, pero por primera vez en la historia la deuda es sistémica y es manejada por el capital financiero. Se trata de un mecanismo tanto de control como de explotación. Si estás crónicamente endeudado puedes perder fácilmente la capacidad de pensar y actuar con coraje o de mirar más allá de mañana, metafóricamente hablando. La inseguridad producida por el hecho de estar muy endeudado tiende a reducir la estabilidad mental y la resiliencia.

Otro mecanismo de control es el estado y la naturaleza de la actual política social. La evaluación de medios económicos y las pruebas de comportamiento de cara a comprobar si corresponden subsidios constituye una fuerte erosión de libertades. Debemos luchar para revertir esas tendencias demandando un giro en la condicionalidad en las políticas sociales.

LV: En los últimos años, se debaten nuevas propuestas, y otras que no lo son tanto, como son la Renta Básica Universal o el Trabajo Garantizado, que podrían contribuir a mejorar las condiciones del empleo y las condiciones de vida de las personas. ¿Podría darnos su opinión sobre estas u otras alternativas que ayudarían a revertir el ascenso de la precariedad laboral?

GS: He defendido durante muchos años que una renta básica como derecho ciudadano es una respuesta esencial ante el crecimiento del precariado. Considero que la noción de Trabajo Garantizado es errónea y peligrosa. ¿Qué clase de trabajo sería “garantizado”? ¿Qué ocurriría si alguien rechaza un trabajo que algún burócrata dice que es “garantizado”? Es un camino hacia programas con contraprestaciones de trabajo por un subsidio y hacia una mayor explotación. En cambio, como he insistido en mi nuevo libro Basic Income: An how can make it happen,[4] una renta básica daría a las personas la sensación de controlar sus vidas y las permitiría en mayor medida realizar trabajos que no son empleo, como cuidar de sus ancianos padres o de sus hijos, o realizar trabajo para la comunidad. Es una propuesta emancipadora, y eso es lo que busca el ala progresista del precariado.

LV: Algunas aproximaciones reivindican una redefinición conceptual de la categoría de trabajo. ¿Está de acuerdo con la necesidad de revisar qué es el trabajo? ¿Qué dimensiones, relaciones y actividades son fundamentales a la hora de analizar el trabajo en su conjunto?

GS: Durante años he defendido que resulta de vital importancia distinguir entre trabajo y empleo. El empleo es lo que se realiza a cambio de un salario, para unos jefes o para el Estado. Constituye una forma de alienación. Resulta necesario tener un empleo en tanto que vivimos en una sociedad de mercado, pero no debemos mirar de forma romántica el empleo, ni, por descontado, pensar que nos puede proporcionar “felicidad”. Tenemos que hacerlo, pero la mayoría de la gente se ve obligada a mantener empleos que preferirían no tener. En contraste, el trabajo en un sentido amplio incorpora un valor de uso. Muchas formas de trabajo que no se caracterizan como empleo o se miden como empleo en las estadísticas de empleo disfuncionales que utilizan los gobiernos y las organizaciones internacionales tienen mucho más valor para nosotros y para las comunidades que muchas de las formas de actividad laboral.

Necesitamos un cambio radical respecto a lo que entendemos por trabajo y en las estadísticas elaboradas y publicadas por los gobiernos, que son vergonzosas.

Acceso al texto completo del artículo en formato pdf: Entrevista a Guy Standing.

 

NOTAS:

[1] Con la idea de políticas del paraíso, Guy Standing se refiere a la reinvención de la trinidad progresista de igualdad, libertad y fraternidad. La política del paraíso se basaría, según el autor, en el respeto de los principios de la seguridad económica y de todas las formas de trabajo y ocio, en lugar del duro trabajo de la sociedad industrial. Standing aborda extensamente este concepto en el libro El precariado, una carta de derechos, Capitán Swing, Madrid, 2014.

[2] Guy Standing, The Corruption of Capitalism: Why Rentiers Thrive and Work Does Not Pay, Biteback Publishing, Londres, 2016.

[3] Guy Standing, op. cit., 2014.

[4] Guy Standing, Basic Income: An how can make it happen, Penguin Books, Londres, 2017.

Traducción: Nuria del Viso


Impactos de la Contaminación sobre la Calidad de Vida

Los impactos de la contaminación sobre la calidad de vida. Una aproximación al caso español.

FUHEM Ecosocial

Febrero 2021

"Hemos hecho del mundo un inmenso estercolero"

El metabolismo socioecológico asociado al modo de vida de la sociedad española genera una gran cantidad de residuos (sólidos, líquidos o gaseosos) que terminan contaminando el medio natural, afectando a la salud de los ecosistemas.

La toxicidad de los residuos puede acarrear también efectos directos sobre la salud de las personas. Así pues, directa o indirectamente, la contaminación por residuos tiene efectos sobre la salud pública y, en consecuencia, efectos sobre la calidad de vida de una población.

Aunque al hablar de contaminación lo habitual sea pensar en el deterioro de la calidad del aire, la actividad socioeconómica y los estilos de vida actuales generan residuos de distinto tipo que afectan de diferente manera a los ecosistemas.

Desde el punto de vista de la calidad de vida de las personas, tan importante es la contaminación química como la acústica, la polínica, la térmica, lumínica o electromagnética.

En este Dosier se aborda el impacto que tiene sobre la calidad de vida de la población española tres tipos de procesos contaminantes:

1) La contaminación del aire.

2) La contaminación de las aguas (superficiales y subterráneas)

3) La contaminación de los suelos.

Se estudia tanto los efectos indirectos (a través de la afectación de los ecosistemas) como los directos sobre la salud de las personas.

 

Índice

Introducción

 PARTE I: Una panorámica general 

Los regímenes metabólicos y los residuos

Los residuos: un problema global

 PARTE II: Una panorámica de España 

Contaminación del aire y sus impactos sobre la calidad de vida

Contaminación del agua y sus impactos sobre la calidad de vida

Contaminación del suelo y sus impactos sobre la calidad de vida

Otras formas de Contaminación y sus impactos sobre la calidad de vida

Conclusiones y consideraciones finales

Relación de cuadros, gráficos y figuras

 

Acceso al Dosier completo en formato pdf: Los impactos de la contaminación sobre la calidad de vida. Una aproximación al caso español.

 

Esta publicación ha sido realizada con el apoyo financiero del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITERD). El contenido de la misma es responsabilidad exclusiva de FUHEM y no refleja necesariamente la opinión del MITERD.


Lectura Recomendada: Técnica y Tecnología

Adrián Almazán, Técnica y tecnología. Cómo conversar con un tecnófilo, Madrid: Taugenit, 2021, 180 páginas.

Reseña elaborada por Pablo Alonso López y publicada en el número 156 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global. 

Encontramos en la actualidad una creciente oferta de libros que tratan la crítica a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), especialmente a las redes sociales, convertidos casi en un nuevo género ensayístico con sección propia en las librerías, lo cual no deja de ser una señal de que existe una creciente preocupación social en torno al nuevo entorno digital en el que nos movemos cada vez con mayor frecuencia. Con este libro, Técnica y tecnología, Adrián Almazán –doctor en Filosofía y militante de Ecologistas en Acción, donde es coordinador del Área de Digitalización y Contaminación Electromagnética– se propone un horizonte de reflexión más amplio que permite enjuiciar estas tecnologías no solamente por sus efectos disgregadores en la atención, las relaciones sociales o las fake news, sino desde el papel civilizatorio que han jugado históricamente como materialización de un modo muy concreto de comprender el progreso por parte de las sociedades modernas industrializadas.

Escrito de forma accesible y plagado de interesantes referencias, uno de los rasgos que lo hacen especialmente valioso es precisamente su vocación de abrir un hilo de reflexión prácticamente inexistente en el espacio público –incluida buena parte del ecologismo– al respecto de los aspectos políticos de la tecnología. Dada su vocación explícita de intervención en los debates estratégicos y políticos sobre la actual crisis socioecológica, su autor hace gala de una cualidad que caracteriza al buen académico: la capacidad de escribir un ensayo divulgativo comprensible por el público no especializado a la par que riguroso y fundamentado, con el que consigue no perder el rigor sin extraviarse en disquisiciones demasiado complejas.

A fin de lograr ese propósito, el libro está concebido desde su título como una conversación con la figura del tecnolófilo, que no es otro que el ciudadano medio de cualquier país industrializado con el que se trata de entablar un diálogo crítico para hacerlo reflexionar sobre la tecnología. A través de sus páginas, el lector pronto se percatará de que los argumentos esgrimidos cotidianamente en defensa del avance tecnológico serían más propiamente tópicos espetados sin demasiada reflexión por su fuerte arraigo en el sentido común colectivo y que, por tanto, merecen al menos la oportunidad de confrontarse con una revisión más sosegada para evitar las inercias culturales en las que se mueven normalmente dichos debates. Para alcanzar ese propósito, nos encontramos un ensayo estructurado en torno a cada uno de los cuatro tópicos más frecuentes del arsenal argumentativo de cualquier tecnolófilo.

En el primer capítulo se hace frente al argumento de que la técnica es lo que nos hace humanos. Para ello, encontramos una crítica de dos prejuicios antropológicos importantes. Por un lado, el que sostiene que tan solo los seres humanos tienen técnicas, lo cual es fácil de desmentir para cualquiera que haya visto a un gorrión construir un nido para sus polluelos y que podemos ratificar el trabajo de primatólogos de prestigio como Franz de Waal para el caso nuestros parientes más cercanos. En segundo lugar, se atiende a la construcción histórica, propia del siglo XIX, de que el trabajo productivo mediante las técnicas y tecnologías es lo que nos hace propiamente humanos, sugiriendo así una definición supuestamente universal y atemporal de la naturaleza humana. Por el contrario, «en vez de la imagen simplificada y unidimensional de un animal humano egoísta obsesionado con la producción y el trabajo, la realidad histórica nos ofrece el retablo de un animal gozoso y complejo que disfruta de una rica vida simbólica» (p. 33). Fue el mundo industrial el que, por miope optimismo epocal o por interés económico situó en la predisposición a la transformación técnica del mundo y el aumento incesante de la riqueza el estándar de humanidad que ha cargado la definición posterior de conceptos con pretensión civilizatoria como el de “desarrollo” y legitimado el maltrato histórico de pueblos enteros bajo la excusa de una naturaleza subhumana que había de madurar.

El segundo capítulo aborda el mito del progreso. Para hacer frente a este tópico, se nos ofrece un breve pero nutrido recorrido por la historia de las ideas para rastrear cómo las sociedades modernas europeas fueron configurando su noción de progreso y finalmente la convirtieron en un programa político y un imaginario colectivo. Así, «el nacimiento simultáneo […] del capitalismo, la modernidad y la tecnología es a la vez causa y efecto de la aparición de un nuevo programa social encastrado en el imaginario del progreso: la expansión ilimitada del dominio racional» (p. 71). Un imaginario cuyo origen podemos ubicar en el siglo XVI, pero que sigue caracterizando la orientación de nuestras sociedades actuales. Sin embargo, el autor subraya que dicha fascinación colectiva por la tecnociencia convertida en medio privilegiado para el cambio social no se extendió sin resistencias campesinas y cosmovisiones alternativas que disputaron la localización de la verdadera sede del bienestar colectivo en una naturaleza cuyos límites debían ser respetados. Poco a poco la crítica a la sociedad industrial se iría desnaturalizando dejando de lado sus devastadores efectos sobre los ecosistemas y la autonomía colectiva —el fenómeno que Adrián denomina la Gran Expropiación—en favor de una crítica al capitalismo por su indeseable organización de la vida socioeconómica del cual, sin embargo, podrían rescatarse sus medios, es decir, el entramado tecnoindustrial que lo caracteriza para ponerlo al servicio de un horizonte supuestamente emancipatorio –de la tierra y de los cuerpos, como nos recuerda la mirada ecofeminista–. Cuando en 1848 se publica el Manifiesto Comunista ya existe un amplio consenso social entre las clases trabajadoras de que lo que necesita la revolución social es una revolución de las fuerzas productivas que, por sí mismas, traerán el fin del capitalismo y el reino de la abundancia en igualdad.

Esta idea se encuentra profundamente conectada con la tercera parte del libro, quizá la más puramente filosófica y que condensa el trabajo original de su autor, que se afana por desbancar el tópico probablemente más extendido sobre la tecnología que afirma que los objetos técnicos no son en sí mismos ni buenos ni malos, sino que en todo caso deberían juzgarse los fines a los que sirven. Gracias a la propuesta de una ontología sociohistórica, comprendemos que las tecnologías no son simplemente un conjunto de aparatos y máquinas neutrales, sino que configuran todo un entramado de significaciones simbólicas, relaciones sociales y necesidades metabólicas, en suma, un sistema técnico –diríamos con Jacques Ellul– cuyo funcionamiento es tan complejo que requiere de una ingente movilización constante de recursos humanos y extrahumanos a su servicio. Cuando pensamos en una central nuclear o en un smartphone no basta únicamente con señalar las consecuencias nocivas derivadas de su uso –como si fueran un problema de mal funcionamiento– sin pararse a pensar en qué tipo de relaciones socioecológicas las hacen posibles. El problema es que nuestra estrecha racionalidad instrumental tan solo concibe la evaluación de las tecnologías en términos de eficacia sin atender al resto de dimensiones consustanciales a su existencia. De tal manera que es inadecuado concebir hoy la tecnología como un conjunto de elementos más de nuestras vidas, un complemento del cual podemos prescindir a voluntad, ya que en cierta medida –y sin caer en un determinismo tecnológico del cual el autor pretende distanciarse a lo largo de todo el libro– la existencia de nuestras sociedades es indisociable a la de dichas tecnologías.

El último capítulo parte de una idea consumada en el discurso hegemónico: de la crisis ecosocial solo saldremos con más tecnología, lo cual permite asumir al tecnolófilo con fría confianza que el resto de los factores (éticos, político-institucionales, económicos, etc.) no requieren de modificación y pueden permanecer inalterados. En realidad, para nuestra cultura, todos aquellos problemas para los que no se encuentre una solución tecnológica que permita que el orden socioeconómico siga intacto, dejan automáticamente de ser problemas para convertirse en efectos colaterales que debemos asumir con resignación bajo el discurso de una lógica sacrificial. La tecnología, convertida en nuestras sociedades secularizadas en el único medio para lograr y determinar la medida del progreso social recibe así un trato propio de dioses que nos hace ciegos y sumisos frente a todos los cambios que su implementación requiere de nosotros. Por ello, a quien pone en duda el despliegue incansable de más tecnologías se le mira con la sospecha de un hereje que cuestiona las leyes de la historia y del universo. Como nos recuerda Paul Kingsnorth, si Dios es hoy el Progreso, la tecnología es su Mesías. Pero quizá el síntoma más terrible de esta religión industrial es el «estrechamiento brutal de nuestra capacidad para imaginar» (p. 122) otras formas posibles de organizar la sociedad y la economía, lo cual nos deja en pañales frente a la urgente tarea de construir una civilización compatible con los límites biofísicos del planeta.

Uno de los grandes retos a los que se enfrenta este ensayo, por su pretensión filosófica, es establecer una definición operativa que permita distinguir con claridad entre “técnica” y “tecnología”. Este es quizá el punto que por su complejidad admita una mayor posibilidad de elaboración teórica ulterior. La hipótesis que se nos lanza es que, si bien todas las sociedades humanas han tenido técnicas, no todas han desarrollado tecnologías, siendo estas la forma específica con la que la técnica se da en la Modernidad de la mano del ascenso del imaginario del progreso como proyecto civilizatorio. Por otro lado, queda también abierta la discusión sobre qué tipo de tecnologías serían deseables en el actual contexto de crisis socioecológica. Encontramos pistas en esa dirección a través de nociones como las tecnologías conviviales que propuso Iván Illich en el siglo pasado. Algunos criterios tentativos que podrían servirnos de orientación serían la posibilidad de generalización de dichas tecnologías por sus propios requerimientos materiales y energéticos, así como la capacidad de sometimiento a control democrático por parte de las comunidades en sus fases de diseño, producción, implementación y consumo, una idea compartida por el teórico crítico de la tecnología Andrew Feenberg.

El Rompenieves, referencia de la cultura audiovisual que se rescata hacia el final del libro para representar la aparente marcha inexorable de la megamáquina del sistema capitalista termoindustrial, serviría quizá también como una excelente metáfora en un sentido distinto al imaginado por su autor. Y es que este libro contiene un conglomerado de reflexiones que pretenden abrirse paso en un entorno difícilmente más inhóspito, un paisaje inerte para quienes desean abrir un debate acerca de las implicaciones ético-políticas que supone la dependencia sistémica de las tecnologías que tienen nuestras sociedades y cómo estas han servido como herramienta de dominación de las comunidades humanas y la progresiva desestabilización de los ecosistemas que hacen posible la vida.

En suma, la publicación de Técnica y tecnología, además de ser una excelente introducción a la filosofía de la tecnología en castellano, es una gran noticia en tanto que permite poner todas estas cuestiones sobre la mesa en un contexto de necesaria reflexión colectiva. Esperamos que libros como este contribuyan a dignificar las posturas antiindustriales y críticas con el progreso, tantas veces tachadas injustamente de tecnófobas para imprimir un carácter irracional injustificado a sus partidarios. Una lectura juiciosa comprenderá que no es miedo o rechazo visceral hacia la tecnología lo que hay detrás de estas líneas, sino una reflexión bien ponderada que sirve a la firme voluntad de conservar las posibilidades de habitabilidad en un mundo desgarrado por las fauces de la megamáquina y de no conceder más retrocesos en una autonomía política y material que de por sí se encuentra hoy ya alarmantemente mermada.

 

Pablo Alonso López

Máster en Crítica y Argumentación Filosófica (UAM)

Máster en Humanidades Ecológicas, Sustentabilidad y Transición Ecosocial (UPV/AM)

 


Lectura Recomendada: Economía Política Feminista

Astrid Agenjo Calderón, Economía Política Feminista. Sostenibilidad de la vida y economía mundial, FUHEM/Catarata, Madrid, 2021, 333 págs.

Reseña elaborada por Oriol Navarro e Irene Gómez Olano para la sección de LECTURAS del número 156 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global.

La economista extremeña Astrid Agenjo (Garbayuela, 1985) nos presenta su propuesta de economía política feminista en su libro homónimo, donde realiza una labor teórica de caracterización de la disciplina a la par que no pierde vinculación con problemas políticos del presente. Según expone en el prólogo Lina Gálvez, directora de la tesis doctoral de la que procede esta obra, la investigación para escribir Economía política feminista ha sido una de fuego lento, acorde al tipo de vida que ecológicamente necesitamos y lejos de la velocidad y los ritmos actuales.

La reescritura de la tesis doctoral para transformarla en este valioso libro se vio marcada por la irrupción de la COVID-19, síntoma del capitalismo depredador de la naturaleza y de nuestras sociedades que ha explicitado la nefasta gestión de la salud y la vida por parte del sistema. Mediante la disección de los mecanismos del sistema económico global, la profesora de la Universidad de León articula una crítica contundente cuya idea fuerza es el conflicto entre capital y vida; conflicto que se ha hecho todavía más patente con la actual pandemia.

La vinculación de esta obra con la tesis doctoral de Agenjo se ve claramente reflejada en su longitud, su registro, el análisis sistemático (con detenimiento en la cuestión conceptual) y la ingente cantidad de referencias que contiene, resultando en treinta densas páginas de bibliografía.

Eso no supone un sacrificio para una bien conseguida claridad de exposición que a veces se ve acompañada por útiles e ilustrativos esquemas, aunque quizás ocasionalmente el ritmo se resiente un poco.

En cierta manera, el libro podría entenderse como un accesible manual o compendio de economía feminista, ya que recoge las críticas y propuestas de una gran cantidad de autoras que han desarrollado esta disciplina y también otras propias de la heterodoxia económica (economía institucional, economía ecológica, economía marxista, economía poskeynesiana…), que engloba el pensamiento periférico crítico con la ciencia y práctica económica ortodoxa.

Por ello, la obra encaja muy bien en la colección de Economía Inclusiva donde se inserta como volumen 2, habiéndola precedido Fundamentos para una economía ecológica y social de Clive L. Spash, otro texto de gran interés.

Agenjo titula el libro con el nombre de una subcorriente, la Economía Política Feminista (EPF), cuyo punto de partida es una economía feminista de ruptura, ya que introduce quiebres epistemológicos y metodológicos de fondo ante una teoría económica ortodoxa cuyo desarrollo e incluso posiciones de partida son androcéntricas. La EPF, expone Agenjo, se fundamenta en tres pilares:

  1. El postestructuralismo, en forma de epistemologías feministas postmodernas y postcoloniales, que trabajan centralmente con las categorías de género e interseccionalidad.
  2. Las corrientes de la economía heterodoxa enfocadas en las condiciones de vida.
  3. El pensamiento militante y académico de los feminismos marxista, radical y ecofeminista que se caracterizan por criticar al sistema en su conjunto.

En este contexto, la EPF tendría la ventaja sobre otros enfoques de género sobre la economía de ser abiertamente antineoliberal. Al haber situado la economía convencional al varón blanco y heterosexual como único objeto de estudio posible, elevándolo a la categoría de sujeto universal, el trabajo de la EPF pasa por reconstruir el sujeto político a través de las experiencias que tradicionalmente han quedado relegadas a la periferia de la ciencia.

El objetivo general del libro, según señala la autora, es el de ofrecer una herramienta teórica para el análisis de nuestro presente a la par que ir al origen de la explotación y la opresión que pretenden evitarse.

Para ello, en la primera de las dos partes en que se estructura la obra se introducen, aclaran y estudian los conceptos y corrientes de pensamiento que se tratarán con detenimiento después. Se trata de la parte más teórica, donde se analizan las problemáticas que subyacen a la teoría económica neoclásica, que entre otras cosas es incapaz de explicar, prever y gestionar las crisis del capitalismo. En la segunda, se analizan las dimensiones prácticas de lo expuesto en la primera parte desde la perspectiva de la economía mundial, estudiando cómo todo ello afecta a aspectos concretos como el medio ambiente y el quizá inminente colapso ecosocial, los cambios tecnológicos, la globalización económica y política, la financiarización, la economía del cuidado global o las migraciones.

En la primera parte, la más analítica, se estudian las problemáticas que se derivan del patriarcado y el racismo como condiciones necesarias para que se dé el capitalismo. Se trata de opresiones que generan trabajo a bajo o nulo coste, pero imprescindible para la vida, siendo esta una de las formas en las que el capital parasita lo social. La insaciable búsqueda de beneficios que desprecia los costes humanos y ecosistémicos provoca una tensión entre la lógica del capital y la lógica de la vida, causando el conflicto capital-vida. La respuesta teórica de la EPF es trascender la dicotomía androcéntrica de lo económico y lo no económico poniendo como foco y centralidad el bienestar y el cuidado y sostenibilidad de la vida, haciendo visible el trabajo (doméstico) que la permite y valorando las dimensiones inmateriales, afectivas y relacionales.

La insaciable búsqueda de beneficios que desprecia los costes humanos y ecosistémicos provoca una tensión entre la lógica del capital y la lógica de la vida, causando el conflicto capital-vida.

Además, en esta primera parte la autora caracteriza la situación presente como atravesada por la economización de lo humano. El neoliberalismo ha introducido lógicas de mercado en las relaciones humanas, cada vez más de forma reaccionaria. Así, el auge de fuerzas de ultraderecha es el resultado de la necesidad de imponer lo que antaño el sistema podía conseguir seduciendo a la población: de ahí que llegue a hablarse del carácter fascista del neoliberalismo. Como resultado de este giro reaccionario, se ha dado una desdemocratización global, donde los gobiernos son súbditos de la deuda bancaria y donde los medios de comunicación de masas ejercen como actor desinformante, lo cual estimula la generación de prejuicios en lugar del debate democrático. Esto, unido a que el fetichismo electoral equipara la democracia a las votaciones de poderes públicos, genera un escenario donde el capitalismo no solo es incompatible con la vida y su encaje en la ecosfera sino también con la democracia, pese a venderse como el sistema económico más democrático de todos.

Si sumamos esto a la crisis económica y sanitaria del último año, nos encontramos ante la imposibilidad de sostener que vivimos en un sistema justo. Y es particularmente injusto para las mujeres que, desde la crisis de 2008, son las mayores afectadas. Fueron ellas quienes absorbieron la mayor parte del coste de las medidas de ajuste económico impuestas a partir de 2008 y han sido ellas quienes, ocupando los puestos de trabajo más feminizados durante la pandemia, se han visto en mayor medida expuestas al contagio y la precarización de sus condiciones de trabajo.

En la segunda parte, tras sus aproximaciones a la economía mundial existente, Agenjo añade algunas reflexiones finales sobre los horizontes y estrategias posibles. La pandemia de la COVID-19 ha supuesto un momento de crisis sistémica, que abre la puerta a posibles cambios profundos del sistema. Estos cambios, expone la autora, han de partir de un enfoque sistémico de la sostenibilidad de la vida, para el que plantea un esquema multinivel. En el plano más general estarían las relaciones intersistémicas entre el sistema económico, el social y los ecosistemas, que permiten la vida. A nivel intermedio estarían las relaciones entre esferas de actividad (mercado, estado, hogares y relaciones comunitarias) y al nivel más concreto se hallan las relaciones de poder entre sujetos. Agenjo aboga por un feminismo del 99% que no solamente rompa con el sistema sino que también lo haga desde una perspectiva inclusiva con las diferentes subjetividades que lo forman.

Con estas bases explicitadas, la autora presenta diferentes propuestas: la economía del estado estacionario de Daly, la vía decrecentista e incluso una recampesinización feminista. Ahora bien, cuando la autora presenta estas propuestas de cambio social echamos en falta una valoración crítica de las posibilidades estratégicas de las mismas. Una propuesta de cambio radical del sistema no solamente debería contemplar el tipo de sociedad al que queremos llegar, sino también debería ser realista en cuanto a los pasos intermedios que tenemos dar para conseguirlo.

Como defiende el sociólogo estadounidense Erik Olin Wright en su obra Construyendo utopías reales, toda propuesta en este sentido debería superar tres peldaños: el de la deseabilidad, el de la viabilidad y el de la factibilidad. Al no valorar seriamente la factibilidad de ninguna de las propuestas, la autora nos las presenta desde una especie de neutralidad valorativa que trata como igualmente válidas opciones que tendrían tácticas de implementación radicalmente distintas. Por otra parte, cuando presenta las alternativas al feminismo del 99% equipara unas con otras como si no hubiera diferencias entre ellas. Así, en algunos momentos asimila el feminismo radical y el marxista, cuando en realidad no solo parten de posturas teóricas diferentes, sino que en la práctica apuestan por vías de la intervención sobre la realidad enfrentadas.

Pese a estos reparos críticos, el texto de Agenjo nos parece una brillante introducción a diversas corrientes del feminismo desde las que construir una economía política feminista que se proponga transformar radicalmente el presente. Consigue expresar de forma clara ideas complejas y realiza una panorámica muy completa. Tiene cierto aire de manual, con lo positivo que ello entraña: es un lugar perfecto al que ir a buscar referencias variadas tratadas con gran rigor. Sin duda es un gran trabajo del que beberán otras muchas propuestas que tengan por objetivo encararse con la profunda transformación económica, política y vivencial que necesitamos.

Oriol Navarro

Afiliado a la Universidad Autónoma de Madrid y ha recibido la "Ayuda para el fomento de la investigación en estudios de máster-UAM 2020".

Irene Gómez-Olano

Estudiante del Máster de Crítica y Argumentación Filosófica, Universidad Autónoma de Madrid


Transición energética sin crisis ecosocial

 

El próximo 26 de abril de 2022 tendrá lugar una nueva sesión del Ciclo Debates para un Pensamiento Inclusivo organizado por la Revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global de FUHEM Ecosocial con la Casa Encendida de Fundación Montemadrid,

Debates para un Pensamiento Inclusivo es un Ciclo de encuentros para reflexionar y debatir sobre las grandes tendencias y cuestiones que atañen a nuestro tiempo, y que definen el funcionamiento y los objetivos del sistema socioeconómico en el que vivimos, para imaginarnos entre todos y todas, alternativas justas, inclusivas y sostenibles.

Cada sesión cuenta con la presencia de los y las autoras de algunos artículos destacados de la revista, según la temática elegida para cada edición y se pondrá a disposición de los asistentes materiales como artículos y resúmenes de cada número, para facilitar la reflexión y la puesta en común.

En esta ocasión abordaremos cómo el modelo energético dominante resulta inviable si queremos preservar las condiciones que facilitan una vida digna en el planeta.

Esta contradicción exige alejarnos de un modelo de acumulación basado en requerimientos crecientes de materiales y energía, y perfilar horizontes emancipatorios con nuevos fines (sociales, económicos y políticos), y medios menos intensivos en recursos.

Pensar la transición hacia una nueva base energética requiere algo más que una aceleración del desarrollo tecnológico y sustituir las fuentes energéticas de origen fósil por otras de naturaleza renovable.

La interiorización de la existencia de los límites naturales debería situar, como ejes centrales en una estrategia de transición, dos cuestiones. La primera, ser conscientes de que la senda por la que transitaremos será descendente en términos energéticos, dada la existencia de límites (materiales, territoriales, de eficiencia tecnológica, etc.). La segunda, asumir que el camino hacia la descarbonización de la economía va a estar condicionado necesariamente por lo anterior.

Existen, además, otros planos que no es posible obviar dentro de este mismo debate. El primero tiene que ver con la denominada descarbonización mediante electrificación de todos los procesos que hasta ahora se encuentran alimentados con recursos fósiles, y que en adelante obtendrían los suministros de un sistema eléctrico basado en flujos renovables. Esta vía, sin pensar en cambios profundos en el modo de vida hegemónico, además de los ya citados límites biofísicos, no está exenta de su propia problemática, particularmente derivada de la singularidad que presenta la electricidad como producto.

Otro plano ineludible que añade complejidad a la transición es la presencia en el sector energético de instituciones, actores y relaciones de poder que, de no tomarse en consideración, marcarán las posibilidades de que aquella pueda llegar a ser justa además de sostenible.

En ese sentido, la crisis energética difícilmente puede abordarse con el nivel de complejidad y seriedad que requiere si no nos pone frente al espejo de la situación de extralimitación en la que nos encontramos, y no se encaran las dificultades específicas que presenta un sistema energético que, además de gobernado por estructuras oligopólicas que condicionan el funcionamiento de los mercados y la fijación de los precios, rezuma fuertes tensiones geopolíticas.

Para que la transformación de la matriz energética no desemboque en una tragedia ecosocial sin precedentes, hay que perfilar horizontes emancipatorios que tengan otros fines y partan de otros medios.

Contaremos con la presencia de:

  • Óscar Carpintero, autor invitado en el número 156 de la revista Papeles y profesor en la Universidad de Valladolid.
  • Tica Font, autora invitada en el número 156 de la revista Papeles y miembro del Centre Delàs d'Estudis per la Pau.
  • Rafael Fernández Sánchez, autor invitado en el número 156 de la revista Papeles y profesor en la Universidad Complutense de Madrid.

Modera: Mónica Di Donato, revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global de FUHEM Ecosocial.

Coordina: revista Papeles de FUHEM Ecosocial.

La actividad se desarrolla en una sala Zoom que requiere inscripción previa.

Una vez realizada la inscripción, y antes de cada sesión, se enviará un correo electrónico de confirmación con los datos de acceso al encuentro.

RECUERDA:

FECHA: 26 abril 2022

HORA: 18.00 - 19.30 h

Actividad online

Precio: Gratuito, previo registro

Entradas

 

Acceso a las sesiones anteriores del ciclo.

 


Necesidad de verdad, conflicto y generosidad

El texto «Necesidad de verdad, conflicto y generosidad. Más allá de la crítica a la cancelación» de Jordi Mir pertenece a la sección A FONDO del número 152 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, dedicado a la Polarización, fracturas, crispación y posverdad.

Es necesaria una lectura crítica de la cultura de la cancelación con el fin de profundizar en algunos de los grandes desafíos que es urgente abordar para hacer posible la convivencia y la democracia. El artículo apunta cómo la gestión de los conflictos debe de partir de la creación de democracia, no de su destrucción, y sin rechazo al debate plural y al reconocimiento de las verdades de los hechos y la diversidad de las valoraciones.

«La restricción del debate, sea a manos de un gobierno represivo o de una sociedad intolerante, daña invariablemente a aquellos que carecen de poder y hace a todos menos capaces de la participación democrática».[1]

¿Quién puede estar en contra de esta afirmación?

Pertenece a «Una carta sobre justicia y debate abierto», también conocida como «Harper's Letter», un texto publicado por Harper's Magazine el 7 de julio de 2020 respaldado por más de un centenar de firmas de personas con presencia pública dedicadas a la escritura, la docencia, el periodismo… Un conjunto de firmas diverso y plural que ha ayudado a esta declaración para ser considerada como una aportación transversal, creada y participada por personas de diferentes posiciones políticas, de Francis Fukuyama a Noam Chomsky, por citar dos autores que es posible que no acostumbren a coincidir en la firma de declaraciones, manifiestos, peticiones u otro tipo de textos.

¿Quién puede estar en contra del debate abierto? ¿Quién está en contra hoy de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres? ¿Quién está en contra hoy de la sostenibilidad?

Hay determinadas ideas que los últimos años han ido ganando centralidad. Han surgido de los márgenes para ser compartidas en la centralidad. Han ganado la hegemonía discursiva: buena parte de la sociedad, de los medios, de los partidos políticos dicen defenderlas. Otra cosa es la hegemonía efectiva, que se cumplan. A este texto le pasa algo parecido, una cosa es lo que se dice y otra es lo que se hace. La defensa del debate abierto por parte de quien no debate de manera abierta resulta problemática. De acuerdo, debate abierto, pero...

¿Quién establece qué es el debate abierto? ¿De qué manera las personas firmantes y quienes apoyan esta declaración lo practican? ¿Cómo podemos concretar un poco más para profundizar en los problemas que tenemos como sociedad buscando solucionarlos?

Las siguientes páginas se acercarán críticamente a la crítica de la cultura de la cancelación para profundizar en algunos de los grandes desafíos que es urgente abordar para hacer posible la convivencia y la democracia. Vivimos en sociedades que esconden sus conflictos o que tienen muchas dificultades para gestionarlos creando democracia y no destruyéndola. Sociedades enfrentadas a partir de grandes dosis de partidismo, con gran rechazo al debate plural y al reconocimiento de las verdades de los hechos y la diversidad de las valoraciones.

 

Monumentos racistas defendidos en nombre de la libertad

«Una carta sobre justicia y debate abierto» se ha convertido en un referente de la llamada crítica a la cultura de la cancelación y este es su planteamiento inicial:

Nuestras instituciones culturales afrontan un momento decisivo. Poderosas protestas por la justicia racial y social conducen a demandas largamente esperadas de reforma policial, junto a llamamientos más amplios en pos de mayor igualdad e inclusión en nuestra sociedad, y también en la educación superior, el periodismo, la filantropía y las artes. Pero esta revisión necesaria también ha intensificado un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y tolerancia de las diferencias en favor de la conformidad ideológica.

El texto empieza haciendo referencia a las movilizaciones sociales que tuvieron lugar después del asesinato de George Floyd mientras estaba detenido por la policía el 25 de mayo en Mineápolis, Minesota (EEUU). «Los disturbios son el lenguaje de la gente no escuchada», son palabras de Martin Luther King expresadas en 1966 que fueron muy recordadas durante los días posteriores a la muerte de Floyd y en el inicio de las movilizaciones. Estos actos de contestación surgidos en EEUU, pero llegados a otras muchas partes del mundo, generaron un nuevo capítulo de un movimiento social que los últimos años se ha presentado bajo el lema Black Lives Matter. Es un movimiento que viene de lejos, que conecta con el movimiento por la abolición de la esclavitud, con el movimiento por los derechos civiles…

La conexión de esta movilización con una historia de opresión se vio de manera muy clara en los episodios de destrucción de estatuas. Algunas fueron derribadas, otras tiradas al mar, alguna decapitada... Hubo administraciones que reaccionaron rápidamente para retirar las que estaban en riesgo. También vimos casos de protección de estatuas y disturbios a su alrededor. La historia y la memoria como lucha del presente. No es una novedad. Pero ha sido un episodio muy relevante por la cantidad de casos y la diversidad de lugares donde han sucedido.

Esta voluntad de cuestionar la historia aprendida, la memoria oficial, no se ha quedado en las estatuas. Llegó hasta el cine cuando HBO anunció que retiraba temporalmente de su catálogo la película Lo que el viento se llevó con voluntad de volverla a incorporar con algún texto contextualizador de su racismo. Las acciones movilizadoras y las respuestas como la de HBO no han tardado en generar críticas. Dani Gascón, director de Letras Libres, revista que publicó la traducción castellana del texto de Harper’s, en un artículo en El País titulado «La nueva censura es la vieja censura» escribe: «Asociamos la censura a fuerzas conservadoras, pero, si la censura se hace siempre en nombre de las buenas intenciones, tampoco es nuevo que se justifique con ideas de izquierda».[2]

Enric Juliana, periodista en La Vanguardia, escribía en un tuit:[3] «Estatuas de Colón derribadas, el monumento a Churchill protegido en Londres, “Lo que el viento se llevó” en cuarentena... Una ola de estupidez recorre el mundo, sí. Tiempos bárbaros. Esa ola se aceleró el día que Calígula accedió a la presidencia de los Estados Unidos». Oliver Stone ha criticado la cultura de la cancelación que sufre Lo que el viento se llevó, al ser cuestionada por racista, y su mismo cine. Es el caso de Comandante, criticada en este caso, según sus palabras, por “extremistas de derechas cubanos”[4]… Gente diversa ha defendido estas ideas y argumentos, que pueden ser vinculados, identificados, con la llamada crítica a la cultura de la cancelación.

Quizás convendría intentar aclarar conceptos. No parece que en ningún caso se haya planteado desde la movilización social o desde HBO censurar, ni cancelar, nada. Hemos asistido a actos, que alguien podría calificar de vandálicos, para denunciar que la memoria dominante en nuestras sociedades, la memoria oficial, que se hace presente en las estatuas no se ha preocupado de otras memorias. Podemos no compartir las maneras de hacerlo, pero no debería pasar por alto la causa, la denuncia, el asunto que hay que debatir y buscar cómo tratar.

En nuestras sociedades hay muchas memorias. Los procesos de construcción de lo que queremos recordar, que queremos compartir, que queremos que perviva, son diversos y plurales. Hay memorias que no están en nuestras calles, en nuestras plazas, nuestros museos, en nuestras escuelas, en nuestras universidades... Hay memorias que han sido despreciadas durante siglos y lo siguen siendo ahora. Memorias que siempre están, pero que no son atendidas, que son invisibilizadas, que incluso son estigmatizadas o criminalizadas.

¿Dónde está la memoria del sufrimiento provocado por la esclavitud? ¿Dónde está la memoria del movimiento por la abolición de la esclavitud? ¿Dónde está la memoria del sufrimiento provocado por el racismo, por el patriarcado, por toda dominación? ¿Dónde está la memoria de quien ha actuado para acabar con estos padecimientos?

Una sociedad que se quiere democrática debería ser consciente de estas opresiones, de estas discriminaciones, de estas desigualdades, y buscar las maneras de ponerles remedio. Estas maneras no deberían pasar por derribar estatuas, tirarlas al mar o decapitarlas. Pero el objetivo debería ser claro y compartido: las memorias despreciadas, silenciadas, estigmatizadas, criminalizadas, deben dejar de serlo. Para ello debe haber una voluntad clara, los debates necesarios y prácticas concretas.

Las memorias oficiales tienen estatuas, las despreciadas tienen disturbios. Cuando las memorias despreciadas tengan sus estatuas quizás las cosas serán diferentes. Cuando las diferentes memorias y la historia se expliquen otra manera quizás las cosas serán diferentes. Debemos poder abrir procesos que nos permitan entender y explicar por qué existen estas desigualdades, discriminaciones, entre memorias y realidades de nuestro presente. No basta con defender la libertad de expresión y criticar la cultura de la cancelación. La libertad de expresión ha podido hablar de aquello de lo que ha decidido libremente callar, cuando no desinformar o criminalizar.

 

La aceptación del conflicto

Sin la aceptación del conflicto no puede haber convivencia. Puede parecer una contradicción, pero donde no hay conflicto sólo encontraremos la paz de los cementerios o de la imposición. En toda relación humana, en toda sociedad, hay conflictos. La cuestión es si los vemos, si los reconocemos, si los intentamos resolver.

Las memorias oficiales  tienen estatuas, las despreciadas tienen disturbios

Convendría ponerse de acuerdo en qué es la convivencia. Hay quien definiría la convivencia como el interactuar con otras personas desde el reconocimiento de su dignidad, de sus derechos y de sus deberes. Aquí hay un punto de encuentro claro y fundamental con las críticas a la cultura de la cancelación, pero necesitamos ir más allá. Algunas de las críticas a la cultura de la cancelación parecen querer evitar o negar el conflicto. No aceptan la cancelación, pero tampoco otros tipos de conflictos.

No podemos negar los conflictos. Es necesario analizarlos, buscar las maneras de resolverlos y aprovechar para aprender con ellos. Los conflictos no pueden quedar en silencio. Hay que conseguir que todas las partes puedan expresar sus conflictos, sus malestares. No nos podemos quedar en la enunciación de la libertad de expresión. Es necesario que esta libertad pueda ser usada y garantizada. La libertad de expresión debería contribuir a hacer emerger estos conflictos, pero no es suficiente.

Para hacer posible la convivencia es necesario pensar conjuntamente qué normas debemos tener y por qué razones. No podemos imponer normas sin más. La participación del conjunto de la sociedad es fundamental. Una política para poder convivir debería comenzar con un debate sobre cómo entendemos la convivencia para hablar de derechos, dignidades, reconocimientos, deberes... Esta política debería ocuparse de hacer emerger los conflictos que existen en nuestra sociedad y no negarlos u ocultarlos, no olvidemos que hay muchas más opresiones de las que seguramente sufrimos y vemos. A partir de ahí, tratar los conflictos y buscar las maneras de resolverlos desde la participación.

Una participación en la que no hay lugar para la violencia. Cuando hay conflicto y discrepancia, hay que distinguir entre hacer frente decididamente a los problemas y hacer daño a las personas implicadas. La discrepancia es necesaria, pero los ataques personales no. Una política para la convivencia debe saber que, en el conflicto, en la discrepancia, podemos tener ideas y comportamientos muy diferentes, incluso enfrentadas, pero eso no debería llevar a los ataques personales, a las descalificaciones, ni a las cancelaciones, ni a las criminalizaciones. La violencia, de cualquier tipo, destruye la convivencia. Es tan importante lo que hacemos como la manera de hacerlo.

Podemos pensar en una manera de entender el conflictos diferente a la mayoritaria actualmente, que no recurra a la cancelación, que tampoco niegue aquellos conflictos existentes

Nada de lo que se dice aquí es fácil de hacer. La convivencia honesta y sincera no es fácil de conseguir, se llega reconociendo diversidades, pluralidades, conflictos, acordando qué principios deben regular nuestra sociedad, hablando, discutiendo, cambiando de ideas... De la misma manera que hablamos de una cultura de la cancelación podemos pensar en una cultura del conflicto de la que formaría parte o no la cancelación. Podemos pensar en una manera de entender el conflicto diferente a la mayoritaria actualmente, que no recurra a la cancelación, que tampoco niegue aquellos conflictos existentes. Nélida Zaitegi (1946), maestra y pedagoga, tiene interesantes aportaciones sobre el conflicto y la convivencia que podrían ayudar a la gente pequeña y a la mayor en nuestras sociedades.

 

Polarizar para convencer o para odiar

Polarización es una palabra, un concepto, muy presente en los últimos años en los análisis de nuestras sociedades. La polarización es un elemento clave en muchos de los conflictos que vivimos.  Se trata de una palabra que puede ser usada de diferentes maneras, pensado en tipos de actuación incluso contradictorios. Podemos atender a una polarización pensada para convencer, llegar a acuerdos, o una polarización pensada para odiar, enfrentarse e imponerse. La polarización puede tener mucho que ver con la cultura de la cancelación, pero también con su superación a partir de una gestión del conflicto que busque el acuerdo.

«Si los catalanes desean ganar, deben polarizar mucho más, presionar mucho más y aceptar altos niveles de sacrificios».[5] Este titular de una entrevista a Paul Engler, autor de Manual de desobediencia civil (Saldonar Edicions), generó mucha polémica a finales de 2019. Una parte importante de esta polémica se generó al ser el presidente de la Generalitat en aquel momento, Quim Torra, quien se hizo eco de estas palabras y las divulgó en Twitter.

Las respuestas y críticas se acabaron centrado en el hecho de que a la hora de pedir polarizar mucho más y aceptar altos niveles de sacrificios se estaría haciendo referencia a confrontación, violencia, fuego e, incluso, muertos. No hablaré ni por Torra ni por Engler. Torra hizo un tuit diciendo que eran «unas reflexiones que todo el independentismo debería escuchar atentamente», le podemos pedir explicaciones si lo consideramos oportuno. En el caso de Engler, más allá del libro, en diferentes ocasiones ha expresado públicamente su posición sobre la polarización y los sacrificios. «Todos los movimientos sociales deben involucrarse en la polarización. Deben hacer cosas que muevan la opinión. Hacer que la gente que es neutral pase a ser pasivamente favorable y luego activamente favorable. Hasta el punto de salir a la calle. Y sabiendo que pasará lo contrario: alguna gente será mucho más contraria a la causa. Esto es la polarización». Así define Engler la polarización en la entrevista recomendada por el presidente Torra. Nada de incendios, de violencias, de muertos.

Engler cuando habla de polarizar piensa en hacer visible un conflicto y que esto lleve a la ciudadanía a tomar una posición. Lo que se busca es el apoyo y explica claramente cómo se debe polarizar. Habla de diferentes casos históricos de polarización. Por ejemplo, considera que Gandhi acertó polarizando a partir de los impuestos y no sobre la independencia.

La polarización que nos propone Engler es la que ha aprendido de movimientos sociales que, desde los márgenes, han sido capaces de poner en el centro del debate cuestiones que han evidenciado conflictos existentes en sus sociedades. A partir de la polarización han crecido. Han hecho evidente el conflicto y han obtenido unos soportes inexistentes antes. Pero no se debe confundir esta polarización con violencias, muertes...

Polarizar tiene que ver con convencer, con persuadir, con ganar apoyos... Por eso Engler no tiene claro que esto se consiga cortando carreteras. Y cuando habla de sacrificios piensa en la cárcel y la represión que sufren los movimientos sociales. Piensa y mucho en el movimiento por los derechos civiles contra la segregación racial. Este movimiento logró cambios legales a favor de la igualdad de derechos. También el feminismo y otros. Y lo consiguieron polarizando, haciendo que la población se posicionara a favor de la igualdad, que defendían, o de la discriminación existente. Son luchas que continúan.

Estas reflexiones que aquí planteo nada tienen que ver con estar a favor de la independencia de Catalunya, en contra, o con la posición que se quiera. Este intento de aclaración sobre un concepto como el de polarización busca poder tener un diálogo, un debate, riguroso. También hay una segunda voluntad. Necesitamos que aquello vinculado a la movilización social no sea utilizado instrumentalmente, partidistamente, por quien está a favor o en contra de una determinada opción. La movilización social es demasiado importante para el conjunto de una sociedad para sufrir estos intereses de parte.

Engler, a partir de la publicación del libro, fue entrevistado por medios más o menos afines a la propuesta independentista. No apareció en aquellos que no la comparten, ni más ni menos. En mi opinión, Engler merece ser entrevistado pensando, por ejemplo, en qué papel tiene la movilización social y la desobediencia en la historia, y en el presente de nuestras sociedades. No hay que estar a favor o en contra de la independencia de Catalunya para hacerlo. Quizás estaría bien no destacar tanto las cosas que Engler dice sobre Cataluña, cuando ya ha dicho en diferentes ocasiones que es una realidad que conoce poco, y ver qué podemos aprender de lo que más conoce.

La movilización social, la desobediencia civil, la no violencia... son realidades que en los últimos años han pasado de los márgenes al centro del debate en Catalunya. Algo parecido pasó con las movilizaciones del 15M. Son formas de actuar y pensar que han pasado de ser silenciadas, olvidadas, criminalizadas por los poderes a ser utilizadas en beneficio propio por algunos de estos mismos poderes. Una vez en el centro del debate, estas realidades, pueden vivir la difusión de grandes altavoces, pero no necesariamente se tratan con el rigor que merecerían y corremos el riesgo de que mueran de éxito por la apropiación y la utilización partidista. Cuando a diferentes poderes les deje de interesar la movilización social quien siempre la ha practicado desde los márgenes la seguirá necesitando.

Es posible que el concepto de polarización más utilizado hoy no sea al que se refiere Engler. Hoy se está hablando de polarización pensado en la división de la sociedad, en su enfrentamiento, incluso en la generación de odio. Convendría distinguir y clarificar los usos para no generar confusiones innecesarias. Buena parte de las movilizaciones que han buscado ampliar y profundizar derechos han polarizado para hacer visible su posición y convencer de la necesidad de cambio. El feminismo polarizó y polariza para mostrar el patriarcado buscando mostrar sus opresiones y convenciendo para obtener mayores apoyos para su transformación. El movimiento ecologista también, y el obrero y el vecinal, y el LGTBI, y el que defiende el derecho a la vivienda… Se puede polarizar sin cancelar, sin generar odio… Y también se puede polarizar cancelando, generando odio… Conviene tener presente que toda actuación para polarizar puede tener como resultado el aumento de la democracia o su reducción. Hay polarización que es capaz de crear democracia y otra que es capaz de destruirla. Necesitamos poder distinguir.

 

La necesidad de verdad

Sin verdad no podemos ser libres y no puede haber democracia. Mucho podemos dialogar sobre la verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Existe la verdad? No es lo mismo la verdad sobre hechos que han ocurrido, o no, que la verdad sobre valores, que podemos considerar de maneras muy diferentes. ¿Quién es de verdad el mejor jugador de fútbol? Hay debates que nunca terminarán y otros que deberíamos poder resolver de acuerdo con las evidencias, los datos, lo que sabemos que ha ocurrido. La verdad, como lo bueno, en según qué ámbitos depende de los gustos de cada cual, pero en otros depende de los hechos. Decir la verdad es el primer objetivo de la organización Rebelión o Extinción, que trabaja para hacer frente a la crisis ecológica. Denuncian la falta de verdad, la mentira, consistente en no explicar al conjunto de la ciudadanía la gravedad de la situación y actuar en consecuencia.

Se ha desencadenado una guerra contra la verdad. Así se está haciendo política en muchas partes del mundo, nuestra sociedad no es una excepción. Lo importante no es decir la verdad o mostrar que otras opciones mienten. El objetivo es colocar nuestra verdad, que se crea nuestra verdad. No importa si lo es o no lo es. No importa si los datos y las evidencias nos dan la razón o no. Se trata de conseguir que la gente crea aquello que decimos y para ello hay que acabar con la misma noción de verdad. La sociedad entera pierde cuando esto ocurre.

Hoy nos lo explica Jason Stanley desde EEUU, como se puede leer en su obra FachaCómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida (Blackie Books, 2019). También Marcia Tiburi desde Brasil y se puede leer en Cómo conversar con un fascista. Reflexiones sobre el autoritarismo de la vida cotidiana (Akal,2018). Podríamos pensar que esta guerra contra la verdad solo es cosa de fascistas, pero me parece que conviene reflexionar sobre a qué y a quién se presenta como fascismo. Necesitamos pensar que todo ataque a la verdad, incluso en nombre de nuestra mejor causa, es un ataque a la libertad de las personas y a la posible vida en democracia.

Noam Chomsky nos dice: «No paras de decir mentiras y lo que ocurre es que el concepto verdad simplemente desaparece».[6] Así se expresaba Chomsky en una entrevista hace pocos días con Amy Goodman. Lo decía pensando en la creación de mentiras en los EEUU en esta crisis del nuevo coronavirus. La verdad desaparece cuando no se puede distinguir mentira y verdad. Hay quien persigue este objetivo. No se trata sólo de colocar una mentira, de convencer de una realidad que no lo es. Lo que se persigue es que la ciudadanía ya no pueda distinguir una verdad de una mentira, que no tenga los instrumentos para hacerlo. Si no somos capaces de saber que es verdad y que no lo es, si no tenemos los instrumentos para poder hacerlo, si incluso llegamos a pensar que no existe nada que pueda ser considerado verdad, lo que queda es seguir a quien marca el camino. Se levanta la mano, el tuit, el discurso, el relato y se quiere que sigamos un determinado camino. La cancelación puede tener mucho que ver que esta imposición de la propia verdad. La verdad muere en esta cotidiana construcción de mentiras al servicio de imponer una verdad.

«La necesidad de verdad es la más sagrada de todas. Sin embargo, nunca se habla de ella». Así se expresaba Simone Weil (1909-1943) cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, reflexionaba sobre las necesidades humanas y cómo se tenían que poder satisfacer. Deberíamos pensar y hablar más de la verdad, de la necesidad de verdad que tenemos. Tenemos que pensar y hablar sobre qué destruye la verdad. La verdad está muriendo desde los relatos surgidos de la comunicación de partidos, medios o empresas que nos presentan mentiras como si fueran verdades.

A Weil le preocupa como la mentira puede ser todo y como una parte mayoritaria de la sociedad no tiene tiempo y recursos para buscarla: «Hombres que trabajan ocho horas diarias hacen el gran esfuerzo de leer por la noche para instruirse. Como que no pueden ir a las grandes bibliotecas verificar lo que han leído, creen todo lo que figura en los libros. No hay derecho a que se les dé a comer algo falso». En esta cita de una de sus obras más conocidas, Echar raíces, habla de libros, pero también tiene en cuenta los medios de comunicación, los partidos políticos... La necesidad de verdad exige que no se ejerza más el dominio del pensamiento que proceda de una preocupación que no sea exclusivamente la de la verdad.

Francisco Fernández Buey (1943-2012), lector de Weil, de quien en 2019 publicó Sobre Simone Weil. El compromiso con los desdichados (El Viejo Topo, 2020), a veces hacía la siguiente pregunta en sus clases: ¿de qué dicho nos podemos sentir más cerca: del verso convertido en dicho «nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira», de Ramón de Campoamor, o de «la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero», escrito por Antonio Machado para su Juan de Mairena. Hay que ser conscientes de cuando estamos ante hechos que podemos saber si son verdad y cuando estamos ante valoraciones, opiniones, donde tanta verdad puede tener una posición como otra. Él estaba con Machado. La verdad es la verdad, la diga una persona muy reconocida o desconocida. La verdad es la verdad, la digan desde nuestro bando o desde el contrario. Cuando no podamos hablar de verdades porque estamos en una esfera de opiniones no convertimos nuestra en verdad. Hay que asumir la diversidad y pluralidad que hay en nuestras sociedades. Este reconocimiento de la verdad nos permite superar la cancelación, la polarización que crea odio; nos permite tener debates y diálogos honestos. Componentes claves para una sociedad que se quiera democrática.

 

Superar el partidismo y pensar con la propia cabeza

Simone Weil, durante esos años hizo otra gran aportación, su crítica al partidismo. Weil estaba profundamente preocupada por el hecho que la operación de tomar posición a favor o en contra había sustituido a la obligación de pensar. Y tenía dudas de que se pudiera remediar esta situación sin suprimir los partidos políticos.

El análisis de Weil sobre los partidos políticos es claro y alarmante. Nos presenta tres características esenciales de estas organizaciones. Un partido político es una máquina de fabricar pasión colectiva. Un partido político es una organización construida de tal modo que ejerce una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros. La primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite.

Cuando Simone Weil escribió «Notas sobre la supresión general de los partidos políticos»[8] quiso plantear una reflexión sobre un gran mal para las personas y las sociedades. Un gran mal que hoy deberíamos continuar pensando y buscando las maneras de resolver. Comportamientos habituales en algunos de nuestros partidos políticos entiendo que así lo evidencian.

Al final de este texto Weil escribe:

Incluso en las escuelas, ya no se sabe estimular de otra manera el pensamiento de los niños si no es invitándoles a tomar partido a favor o en contra. Se les cita una frase de un gran autor y se les dice: “¿Estáis de acuerdo o no? Desarrollad vuestros argumentos”. En el examen, los desgraciados, puesto que tienen que haber terminado la disertación al cabo de tres horas, no pueden pasar más de cinco minutos preguntándose si están de acuerdo. Y sería tan sencillo decirles: “Meditad este texto y expresad las reflexiones que se os ocurran”.

«Notas sobre la supresión general de los partidos políticos» está dedicado a los partidos políticos, pero va mucho más allá. El problema del partidismo no es un problema sólo de los partidos políticos. Tiene que ver con la necesidad constante de posicionarse a favor o en contra, con el estar con nosotros o contra nosotros.

El relato es una palabra clave de la comunicación de los últimos años. Hay que construir un relato. Hay que explicar de manera clara, sencilla, nuestra posición. Lo que hacemos, lo que defendemos, lo que queremos, lo que criticamos. No debería ser nada negativo que haya preocupación por comunicar y hacerlo bien. Quizás el problema está en saber qué significa hacerlo bien.

¿Convencer? ¿Imponer? ¿Ofrecer informaciones y argumentos que puedan formar parte de un debate?

Hoy, desgraciadamente, parece que lo que se acostumbra a perseguir es que la gente piense lo dicho, lo que se quiere.

En los relatos que se construyen no es difícil encontrar la negación de quien se considera enemigo o contrario. Se busca negar su posición e imponer la propia. No se busca la verdad, de lo que se pueda alcanzar, o asumir que no hay una verdad y que necesitamos discutir las diferentes opciones posibles. Seguro que tenemos muchos ejemplos de relatos de estas características. Siempre es más fácil que identifiquemos estos relatos negativos cuando quienes los hacen no somos nosotros, pero es imprescindible ser conscientes de que también nuestras opciones, sean las que sean, pueden caer en estas prácticas.

El problema del partidismo no es un problema solo de los partidos políticos. Tiene que ver con la necesidad constante de posicionarse a favor o en contra, con el estar con nosotros o contra nosotros

Estar con una parte o con otra pasa por encima del pensar, se impone al pensar. En demasiadas ocasiones se confunde la parte con el todo. Lo hacen los partidos políticos, pero no solo. La diversidad y la pluralidad de nuestras sociedades representan una extraordinaria riqueza. Necesitamos tener presente que más allá de nuestra parte, de nuestra posición, hay ideas, propuestas y argumentos que pueden ser necesarios y deseables. Hablemos de lo que hablemos, discutamos de lo que discutamos. Necesitamos tomar partido contra el partidismo para poder pensar con la propia cabeza.

 

Principio de generosidad

Vivimos un modo de hacer política, dentro y fuera de las instituciones, que tiene como uno de sus fundamentos el ataque. Un ataque con razones o sin ellas. Este problema no es propio de un único partido, podíamos decir que es un mal de los partidos políticos, de la manera de hacer partidista.

Habría que defender y promover lo que podemos llamar principio de generosidad, también hay quien habla de principio de caridad. En el ámbito de la filosofía, de la lógica, se presenta de diferentes maneras este principio. Por lo que aquí nos ocupa y nos preocupa podemos definirlo así: el principio de generosidad plantea que toda afirmación o acción debería ser interpretada desde el reconocimiento de la racionalidad de quien la hace y en caso de que nos genere dudas habría que resolverlas antes de responder, criticar o atacar.

El principio de generosidad tiene objetivos claros, busca contribuir a la convivencia, al diálogo, a la discusión, a la comprensión. No se trata de negar las diferencias, ni los conflictos. Esta generosidad busca que podamos debatir, confrontar si es necesario, nuestras diferencias desde el juego limpio. El juego sucio no aporta nada a una manera democrática de entender el conflicto. Hacer decir a la otra parte lo que no dice es juego sucio. Atribuir a la otra parte acciones que no ha hecho es juego sucio. Lo que nos separa, que nos diferencia, incluso que nos enfrenta, necesitamos poderlo tratar constructivamente.

Para poder hacer efectivo un principio de generosidad hay que tener claro que todas las formas de ganar no son válidas; que una sociedad se debilita cuando una mentira pasa por verdad, aunque ello convenga a nuestra opción; que una sociedad se fortalece cuando hacemos pasar la verdad de los hechos por delante de nuestros intereses partidistas. El principio de generosidad, para poder existir, necesita un reconocimiento de las otras opciones que no son nuestras, que no compartimos, que no aceptamos. Pero hay que tener claro que sin esta generosidad no habrá fortalecimiento de todo lo que contribuye a una sociedad de convivencia, democrática, diversa y plural.

Tal como se apuntaba más arriba, sin conflicto no puede haber convivencia. Podríamos hablar del principio del conflicto. No hay conflicto que contribuya a la convivencia si no incorpora el principio de generosidad. Nuestra sociedad estará más lejos de poder ser democrática si no consigue superar la cancelación, el odio, el partidismo y consolidar el reconocimiento de la verdad, de los conflictos y la generosidad.

Jordi Mir es profesor del departamento de Humanidades de la Universitad Pompeu Fabra y en la de Ciencias Políticas y de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es miembro del Centre d’Estudis sobre Moviments Socials (UPF).

 NOTAS

[1] Véase: https://www.letraslibres.com/espana-mexico/cultura/una-carta-sobre-la-justicia-y-el-debate-abierto.

[2] Daniel Gascón, «La nueva censura es la vieja censura», El País, 13 de junio de 2020.

[3] Véase: https://twitter.com/EnricJuliana/status/1271731975515246593

[4] Ed Rampell, «Entrevista a Oliver Stone. El cineasta habla con Jacobin de su vida y de la política», Viento Sur, 28 de septiembre de 2020.

[5] Redacción de La Vanguardia, «Torra pide al independentismo escuchar a un autor que insta a “polarizar más” y a “aceptar sacrificios”», La Vanguardia, 28 de noviembre de 2019.

[6] Amy Goodman, «Noam Chomsky: “Si no paras de decir mentiras, el concepto de verdad simplemente desaparece”», ctxt, 19 de abril de 2020.

[7] Simone Weil, Echar raíces, Trotta, Madrid, 2014, p. 48.

[8] Publicado en Escritos de Londres y últimas cartas, Trotta, Madrid, 2000.

[9] Simone Weil, «Notas sobre la supresión general de los partidos políticos», en Escritos de Londres y últimas cartas, Trotta, Madrid, 2000, p. 116.

 

Acceso al artículo en formato pdf:  Necesidad de verdad, conflicto y generosidad. Más allá de la crítica a la cancelación

 

 

 

 

 

 


Entrevista a Nick Buxton

Entrevista a Nick Buxton, realizada por Nuria del Viso y Carlos Saavedra, para el número 142 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global

«Una seguridad para todos y todas ante el cambio climático debe surgir desde abajo y dirigirse a cambiar el sistema»

Nick Buxton es experto en comunicación y editor de publicaciones para Transnational Institute (TNI), donde coordina anualmente el informe Estado del poder.[1] Como activista, trabaja cuestiones de cambio climático, militarismo y justicia económica. Anteriormente trabajó durante cuatro años en Bolivia para la Fundación Solón como periodista y editor web. Es coautor y coeditor de Cambio climático S.A., editado por FUHEM Ecosocial en 2017 y entre sus anteriores publicaciones figura «Politics of debt», que apareció en el libro Dignity and Defiance: Bolivia’s challenge to globalisation (University of California Press/Merlin Press UK, January 2009).

 Nuria del Viso y Carlos Saavedra (NV-CS): ¿Cuál fue el objetivo de Ben Hayes y tuyo al impulsar y editar el libro Cambio climático S.A.?

Nick Buxton (NB): Nuestro objetivo principal fue examinar las implicaciones que tiene tratar el cambio climático como una cuestión de seguridad, como se está haciendo. La idea surgió al observar que dos de los principales poderes del mundo, los ejércitos y las transnacionales, estaban desplegando esta perspectiva y paradigma de la seguridad con el fin de prepararse para hacer frente a los impactos de cambio climático desde un enfoque excluyente, y quisimos entender sus objetivos y las consecuencias que podrían generar.

NV-CS: ¿Qué están haciendo quienes controlan el poder para atajar las consecuencias del cambio climático?

NB: Los decisores políticos no son de los que niegan la ciencia; saben que el cambio climático va a tener impactos muy graves. Mi amigo Ben Hayes —coautor del libro—, que está muy involucrado en las políticas y entidades de seguridad, me comentó que ellos ya están diseñando sus planes. Descubrimos que hay dos grupos ‒militares y corporaciones‒ que están planificando a largo plazo para afrontar los impactos del calentamiento global, y decidimos analizarlo en profundidad. Reunimos a un colectivo de personas expertas en diferentes áreas como alimentación, agua, energía o migraciones para examinar estos planes y las alternativas que podemos plantear.

NV-CS: ¿En qué consisten esos planes?

NB: En 2003 el Pentágono comenzó a vincular cambio climático y seguridad nacional, y poco a poco integró esta visión en las políticas y estrategias del poder militar en EEUU. La Unión Europea desarrolló su propia estrategia de seguridad, que recogió en un informe[2] en 2008, que seguía la línea iniciada por EEUU; definía el cambio climático como un multiplicador de amenazas y presentaba la desestabilización del clima como un factor que agravaría todas las amenazas de seguridad, incluyendo el terrorismo, los conflictos por recursos y las migraciones, entre otras cuestiones.

Si examinamos los planes de los ejércitos o de las transnacionales vemos que no incluyen nada sobre cómo ayudar a los más vulnerables ante los cambios del clima. Es más, el enfoque consiste en cómo protegerse de los vulnerables, porque son los que menos tienen quienes se convierten en una amenaza, lo que es triplemente inmoral y no lo podemos aceptar.

NV-CS: ¿Y esta tendencia ha calado también en el ámbito de las cumbres internacionales?

NB: El mundo falló a la hora de responder a la crisis climática como la ciencia exige, algo que quedó claro en 2009 en la Cumbre en Copenhague y aún continúa ahora con el Acuerdo de París. Todo quedó claro poco antes de la Cumbre de Copenhague de Naciones Unidas de 2009. Había muchas expectativas de que esta cumbre pudiera realizar propuestas para abordar el cambio climático. Yo estaba trabajando con el equipo de comunicación del Gobierno de Bolivia y podía ver que detrás del escenario los más poderosos no querían hacer nada y estaban evitando cualquier compromiso. Podían firmar algo que no tenía ningún valor, pero no deseaban alcanzar compromisos reales. Mientras, las políticas de seguridad se fueron perfilando para definir el problema climático en clave securitaria.[3]

NV-CS: ¿Qué implicaciones tiene para la ciudadanía la aplicación de este enfoque securitario y el hecho de que el fenómeno se conciba como un “multiplicador de amenazas”?

NB: La palabra seguridad es muy peligrosa. Al escucharla de un decisor político es necesario preguntarse: ¿la seguridad de quién?, ¿contra quién? y ¿a qué coste?. Se asegura lo que hay, es decir, lo que tenemos ahora, que es un sistema muy injusto donde el poder económico, pero también político, está concentrado en muy pocas manos. De modo que asegurar lo que tenemos es asegurar un mundo con graves injusticias que además están en la raíz de la crisis climática. Porque es obvio que el cambio climático va a tener consecuencias, ya lo estamos viendo en forma de tormentas cada vez más fuertes, en sequías e inundaciones más severas por todo el mundo, en la desaparición de islas, etcétera, y sabemos que estas situaciones van a empeorar si seguimos aplicando medidas insuficientes para atajar las causas sistémicas del cambio climático.

NV-CS: La desestabilización del clima se plantea como el principal conflicto socioecológico de nuestro tiempo y presenta elevadas dosis de injusticia ambiental. ¿Quiénes son los ganadores y los perdedores de este proceso? ¿Quién gana y quien pierde con el cambio climático?

NB: Primero, quisiera dar unos datos: 90 corporaciones han causado el 63% de las emisiones de gases de efecto invernadero mundiales. Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en el calentamiento global, pero hay unos que tienen más responsabilidad que otros. Si no se han producido cambios importantes es porque esos sectores figuran entre los más poderos del mundo y son los que controlan la política. Actualmente, en Estados Unidos los que defienden el uso de combustibles fósiles han entrado en el gabinete de gobierno.

El Pentágono es la organización que más petróleo utiliza en todo el mundo. Estados Unidos gasta en armamento lo mismo que los siguientes 10 países juntos, y lo gasta principalmente en sus bases militares.

En el fondo, el cambio climático no es una cuestión de medioambiente, sino una cuestión de nuestro sistema socioeconómico, que se enfrenta a una crisis; es un sistema que ha creado una inmensa desigualdad, alienación y aislamiento de muchas personas por la destrucción de los lazos sociales y comunitarios, lo cual profundiza la crisis ambiental. En este sentido, los perdedores son los que están excluidos o desposeídos, y con los impactos de cambio climático serán más vulnerables todavía.

Un caso patente son aquellos que se desplazan debido al cambio climático. El cambio de los patrones de lluvia, las tormentas y otros fenómenos extremos vinculados al cambio climático están forzando a la gente a abandonar sus hábitats.  Los planes de preparación de los ejércitos para hacer frente a los impactos del cambio climático se centran mucho en el peligro de las migraciones. La implicación de las estrategias militares es que tenemos que defendernos de estos migrantes. Todo ello da mucho impulso a los políticos que ahora hablan de la necesidad de invertir en muros, tecnologías de control y expulsión de inmigrantes.

Si queremos realmente una seguridad para todos y todas tenemos que cambiar el sistema y pensar en soluciones que surjan desde abajo, y no desde arriba, que es donde están los principales responsables de la generación de la crisis climática.

NV-CS: ¿Y cuál es el papel de las corporaciones transnacionales? ¿En qué momento llegaron a adquirir tanto poder?

NB: Las empresas transnacionales han asumido cada vez más poder en las últimas décadas en que ha triunfado la ideología neoliberal. Han adquirido poder económico ‒ahora empresas como Shell son más grandes que la mayoría de las economías de los países‒; poder jurídico, a través de los tratados de libre comercio, que sitúa su derecho a las ganancias por encima de los derechos humanos; poder político, por su injerencia en las políticas del Estado; y tienen gran capacidad de influencia en la educación y en la sociedad. Han creado un “sentido común” que nos hace creer que lo que beneficia a las empresas beneficia a toda la ciudadanía. Disponen de un poder desproporcionado sobre el futuro, exactamente en el momento en que la humanidad enfrenta la crisis más grave en su historia como es la crisis climática.

Las transnacionales tratan el tema del cambio climático mayoritariamente como un riesgo –un riesgo de su reputación si se percibe que no lo abordan, un riesgo a sus operaciones (por ejemplo las inundaciones que pueden cerrar sus fábricas o canales de comercialización), y un riesgo a sus ganancias en el futuro (por ejemplo, a través de legislación que restrinja sus actividades). También como manera de diversificar sus posibles beneficios. Hay muchos fondos de inversión que están invirtiendo más en recursos hídricos sabiendo que si hay más escasez en el futuro, entonces habrá también más ganancias.

NV-CS: Agricultura, agua, energía… son bienes básicos para la vida cuyo acceso podría considerarse parte del bien común. ¿Cómo está afectando a estos bienes el proceso de mercantilización que se está produciendo en torno al cambio climático? ¿Algún ejemplo?

NB: En la área de agricultura, vemos que la agroindustria –que han crecido increíblemente en poder hasta el punto en que ahora cuatro empresas controlan la mayoría de las semillas– afirman que solamente ellos pueden garantizar la alimentación del mundo en el futuro. Están entrando en países empobrecidos como Etiopia o Myanmar, desalojando a campesinos y expandiendo plantaciones de lo que llaman “Agricultura Climáticamente Inteligente” (Climate Smart Agriculture) con la ayuda de la cooperación internacional. Sin embargo, no todo lo que cae bajo esa etiqueta es necesariamente malo –es importante investigar cómo podemos mejorar nuestra adaptación al cambio climático–, pero controlada por las grandes empresas como está, cuyo objetivo principal es vender alimentos y maximizar sus ganancias, no proveer alimentos a los que no tienen, resulta preocupante. Ya hay suficiente comida en el mundo; el problema es el control de las agroindustrias que distribuyen la comida, que determinan la producción según las exigencias de sus accionistas, y no de los malnutridos. El cambio climático va a empeorar la vulnerabilidad de los más pobres; por ello, necesitamos urgentemente un nuevo modelo alimentario que no esté en manos de un puñado de transnacionales.

NV- CS: ¿Cambia de alguna manera el enfoque centrado en la seguridad ahora que el Gobierno de EEUU está en manos de un negacionista del cambio climático como Donald Trump y su círculo próximo?

NB: Donald Trump es el resultado de esta tendencia dirigida a evitar cambios que son necesarios para nuestro sistema económico si queremos frenar el cambio climático, y lo hacen manejando la retórica de la seguridad. Han manipulado una política del miedo para pintar la situación como una emergencia de seguridad que tenemos que controlar. Echan la culpa de estos procesos a las víctimas (inmigrantes, musulmanes, comunidades afroamericanas), en lugar de culpar a los que han causado la crisis económica y social en los EEUU. Se puede observar fácilmente que detrás del espectáculo Trump hay dos poderes muy claros en su gobierno: los ejércitos y las transnacionales. El Gabinete de Trump es el gobierno con más ejecutivos de transnacionales y más generales de la historia. Están haciendo todo lo que pueden por aumentar los ingresos del complejo industrial-militar, bajar los impuestos a las transnacionales y eliminar muchas regulaciones que protegen el interés público. Y mientras ellos abandonan del Acuerdo de París y socavan cualquier intento de reducir las emisiones, siguen planificando y preparándose para hacer frente a los impactos de cambio climático desde un enfoque excluyente, siguen invirtiendo en protección de las bases militares (contra el aumento del nivel del mar) y preparando sus operaciones en tiempos de cambio climático. Continúan poniendo en primer lugar las prácticas de imponer seguridad, en lugar de dar prioridad a tratar las causas de cambio climático.

NV-CS: Adaptación, mitigación, resiliencia… son conceptos de moda que se han asentado en el debate sobre el cambio climático y sus impactos. ¿En qué medida el enfoque de las elites sobre la crisis climática puede contaminar (o está contaminando) el discurso crítico?

NB: La misma pregunta es relevante cuando hablamos de seguridad climática: ¿de quién? La adaptación, ¿de quién?, la mitigación, ¿para quién?, resiliencia, ¿de quién? El problema con todos estos términos es que suenan muy positivos. ¿Quién puede estar en contra de la seguridad o de la adaptación? Pero cuando enfrentamos una crisis sistémica, la seguridad o la adaptación o la resiliencia protegen en muchos casos a quienes ya tienen protección y, de hecho, muchas veces se produce a costa de la inseguridad y la desposesión de los vulnerables.

NV-CS: Frente a un panorama ciertamente grave, el libro se aleja de reforzar visiones distópicas como inevitables y recoge experiencias esperanzadoras. ¿Cómo podemos desde la ciudadanía y la sociedad civil organizada actuar para evitar que se sigan aplicando los planes de los poderosos, preocupados solo por ellos mismos? ¿Qué experiencias inspiradoras se están desarrollando?

NB: Tenemos que buscar alternativas fuera de este paradigma de seguridad. Si queremos sociedad resilientes y fuertes podemos tomar como ejemplo a muchas comunidades que están llevando a cabo una multiplicidad de proyectos.

En los capítulos del libro que examinaron los temas de alimentación, agua y energía, vemos que a pesar de la crisis, hay movimientos muy fuertes y comunidades por todo el mundo avanzando alternativas para manejar estos recursos en tiempos de cambio climático a través de metodologías participativas, democráticas y que respetan los limites ecológicos. Estas soluciones, en muchos casos, no solamente son más resilientes al cambio climático, sino que también limitan el impacto del cambio climático. En agricultura sabemos que los sistemas agroecológicos, practicados por muchas comunidades en todo el mundo e impulsados por movimientos como La Vía Campesina, son más resilientes a las tormentas o las sequías que los monocultivos de la agricultura industrial. Por ejemplo, en Honduras, después del huracán Mitch los campesinos que empleaban métodos agroecológicos se recuperaron mucho antes de los efectos que las plantaciones de monocultivos. También sabemos que estas prácticas producen menos emisiones de gases de efecto invernadero y en algunos casos también absorben dióxido de carbono de la atmósfera. Y sabemos que una sociedad más igualitaria, más sana y más ecológica es mucho más fuerte. De modo que necesitamos fortalecer esas relaciones dentro de las comunidades para afrontar los tiempos difíciles que nos está planteando ya el cambio climático.

NV- CS: Se hacen muchas proyecciones de los efectos y posible evolución del cambio climático, pero la raíz de los problemas que podrían acentuarse con la desestabilización climática lo tenemos ya aquí ante nuestros ojos: profundas desigualdades, exclusión, racismo, precariedad, grave crisis climática y ambiental… De seguir profundizándose estos procesos, ¿cuál sería el escenario dentro de 50 años?

NB: Creo que cada vez hay más conciencia que de seguir adelante sin cambios profundos nos llevará a un mundo en cual no queramos vivir, protegidos o no. Y de verdad no creo que llegaremos a esta situación porque existe cada vez un convencimiento mayor de que la única solución real al cambio climático y a las crisis económicas y sociales es un cambio en el sistema neoliberal, que no puede sobrevivir porque no ofrece soluciones a estas crisis. En este momento, que parece muy oscuro, estamos viviendo la turbulencia de un sistema que, en palabras de Gramsci, está a punto de morir y donde el nuevo mundo todavía no ha nacido. Pero poco a poco están apareciendo las soluciones y los movimientos, y formando el mundo que queremos. No vamos a llegar a una utopía, los procesos de cambio son siempre complejos y contradictorios, con victorias y retrocesos, pero hay buenas razones para la esperanza y, sobre todo, para luchar.

[1] La versión en castellano del Estado del poder es editada y publicada conjuntamente por TNI y FUHEM Ecosocial. La edición de 2018 está dedicada al Contrapoder.

[2] Alto Representante de Política Exterior de la UE, El cambio climático y la seguridad internacional, Comisión de Relaciones Exteriores de la UE, S113/08, 14 de marzo de 2008.

[3] El concepto de securitización alude al tratamiento de un problema que es básicamente político a través de herramientas militares y de seguridad.

Nuria del Viso es miembro de FUHEM Ecosocial.

Carlos Saavedra pertenece al departamento de Comunicación de FUHEM.

Acceso a la entrevista en formato pdf: Entrevista a Nick Buxton


Espacio público digital y dinámicas polarizadoras  

El texto de Víctor Sampedro, Espacio público digital y dinámicas polarizadoras[1]pertenece a la sección A FONDO del número 152 de nuestra revista Papeles de Relaciones Internacionales y Cambio Global, dedicado a la Polarización.

El artículo aborda cómo determinadas dinámicas políticas y digitales polarizan el espacio público. En condiciones de creciente desigualdad social, dificultan o pervierten el debate democrático. Este último favorece consensos inclusivos, de composición variable y respetuosos con las minorías.

La polarización, en cambio, faccionaliza el debate público y favorece que una mayoría ficticia lo monopolice, imponiendo una pseudorealidad que estigmatiza la discrepancia y la disidencia.

A continuación ofrecemos el texto completo al final del cual incluimos un enlace para la descarga en formato pdf.

Trump es un imbécil, pero ha conseguido una cosa: que la mitad del país no soporte a los progres. Y solo por eso bien merece un respeto.

 [Sobre la reforma educativa...] ahora les van cerrando la educación concertada… ¡Claro! Y os cerrarán las iglesias, y os las quemarán, y harán puticlubs en ellas. Payasos, si es lo que os merecéis. No creen en nada.

P. Usted se siente muy cómodo teniendo enemigos

R. No, lo que pasa es que si no tienes, eres un farsante.

P. Dicen de usted: «Es el Freddy Krugger del periodismo español porque convierte las pesadillas de sus víctimas en realidad».

R. Ojalá [sonríe]. Me encantaría. Te hacía una crisis de gobierno ya mismo.

Son palabras de Federico Jiménez Losantos, promocionando su último libro en El Confidencial (2-12-2020). Condensan el discurso arquetípico del destropopulismo: merece respeto quien polariza, en nombre de unas creencias firmes y un pasado de confrontación que se perpetúa fabricando “enemigos”. Estos corroboran la autenticidad y sinceridad de un personaje pesadillesco que, en última instancia, aspira a provocar una permanente crisis de gobierno.

Hacía ya tiempo (29/01/2012) que ese mismo diario me había permitido calificar con ironía a Losantos como «representante del pensador español [...] que encaja bien dentro de ese segmento de incorrección política que buscan los militant media». Me refería a los nuevos medios que en EEUU acabarían, junto con Donald Trump, calificando a la prensa de referencia como fake media. Casi una década después, el diario digital de centro-derecha publicitaba al militante más señero de la (ultra)derecha patria y patriótica.

Esa es la victoria a la que aspiran los Todos los Santos destropopulistas, demonizadores de credos contrarios, herejes y fariseos que «no creen en nada». Más presentes y cohesionados que sus émulos de izquierda,[2] pretenden colonizar el espacio conservador y el centro ideológico, marcando la agenda pública y desterrando la posibilidad de establecer debates públicos razonables; es decir, asentados en evidencias contrastadas y argumentados con lógica. Como prerrequisito, los adversarios se transforman en enemigos a batir. Y quienes no se suman a la cruzada son considerados “payasos” o “farsantes”. El éxito se alcanza cuando el oponente adopta también una estrategia polarizante y retroalimenta la estrategia antagonista.

En la entrevista mencionada, Losantos alardeaba: «Estuve una tarde entera en la Moncloa con Iván Redondo y, menos hacer el amor, hicimos de todo». Estremece recordar que quien dirige la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo —más propagandística que prospectiva— forjó su carrera de spin doctor convirtiendo al “popular” García Albiol en alcalde con el slogan de «vamos a limpiar Badalona». De inmigrantes, se supone. Alarma saber que Pablo Iglesias considera a Redondo «culto, rápido y sensible». Y aún más que el vicepresidente del Gobierno se lamente: «es una pena que casi siempre haya trabajado para nuestros adversarios».[3]

La espiral polarizadora gira con ondas expansivas que amplían su alcance. Hiela la sangre leer que hoy –11 de diciembre de 2020–, cuando rescribo esto, han muerto calcinados al menos tres migrantes en una nave industrial que se incendió en Badalona. Había habido ya un precedente en 2019. Allí vivían desde hacía doce años entre 100 y 200 personas. El alcalde Albiol intentó eximirse y criminalizar a las víctimas: «Es evidente que se trata de una okupación […] es inaceptable tener vecinos con miedo y que la administración no pueda actuar porque la ley defiende a los okupas». La presencia policial casi fue equiparable a la del cuerpo de bomberos. Los servicios sociales acogieron a una ínfima parte de los afectados. La mayoría «se esfumó». Y la “okupación” siguió siendo un ariete antigubernamental en la agenda de bulos de la (ultra)derecha, cuando su incidencia real es ínfima.[4]

La polarización faccionaliza el debate y permite que una falsa mayoría lo monopolice, dictando una pseudorealidad ficticia y estigmatizadora del disidente y el opositor

En las líneas que siguen abordaré las dinámicas de carácter político-ideológico, las mediático-digitales y las condiciones sociales que han polarizado la esfera pública, en ocasiones inhabilitándola como espacio de debate democrático. La democracia promueve consensos inclusivos entre diferentes sectores sociales que mudan y que respetan los derechos de las minorías. La polarización, en cambio, faccionaliza el debate y permite que una falsa mayoría lo monopolice, dictando una pseudorealidad ficticia y estigmatizadora del disidente y el opositor .

 

Polarización política

La polarización es un engendro concebido en la cama redonda donde se ayuntan liderazgos políticos e “intelectuales” fogosos. En excitación mutua, les mueven tres presupuestos y otros tantos referentes.

1. Según Carl Schmitt[5] –el teórico nazifascista, cobijado por el franquismo–  la política requiere construir un antagonista colectivo: “ellos” vs. “nosotros”.

2. Niklas Luhmann[6] –el sociólogo antagonista de Jünger Habermas—, añade que la eficacia de un sistema comunicativo reside en su capacidad para plantear disyuntivas que simplifiquen la realidad y la competición política. Un sistema mediático eficaz fija la atención pública en dos opciones. No cabe aspirar a elevar el conocimiento y la capacidad dialógica de la ciudadanía, que se presuponen mínimos o nulos. Más aún, se asume como inevitable que la deliberación mediática no guarda relación con la realidad. El valor político de un líder se cifra, como los precios del mercado, en la atención y la valoración pública que recaban.

. 3 Jeffrey Alexander[7] sostiene que la tarea política conlleva –y a veces se limita a– realizar performances, “postureos” y puestas en escena. Ninguna más cautivadora que la que recurre a la retórica y los símbolos antagonistas.

Estos presupuestos conducen a la bipolarización que divide el campo político en sendas trincheras. La dialéctica del fuego cruzado se justifica, de nuevo, por tres lógicas propias de un sistema político que fomenta –y se alimenta de– los extremismos. Los genera para disimular (1) el vaciamiento de los programas de gestión y gobierno de lo público, indistinguibles excepto en la retórica electoral. Se agotan en el momento de formularlos. Y, alcanzado el poder, desaparecen las diferencias antes exaltadas en una campaña permanente que abarca los 364/5 días del año y las 24 horas del día y de la noche.

En consecuencia, (2) la propaganda política se limita a expresar quién no se es, atacando y difamando al adversario. Se le pretende expulsar de la esfera de debate legítimo, negándole legitimidad para ejercer la función representativa si se trata de cargos electos. Y, si son “muertos de hambre”, privándoles de los derechos humanos más elementales. La aplicación más aberrante y reciente de esto último afecta a los refugiados y exiliados, etiquetados de (potenciales) terroristas... y okupas. Quienes les asisten son denigrados con la etiqueta de “buenistas” o criminalizados como “traficantes de seres humanos” y “mafias de la inmigración”.

Un sistema mediático eficaz fija la atención pública en dos opciones. No cabe aspirar a elevar el conocimiento y la capacidad dialógica de la ciudadanía

(3) Alcanzar el estadio anterior –que, como vimos, ya es nuestro presente–, requiere haber convertido la “bonhomía” en objeto de mofa o escarnio; y la solidaridad, en empresa lucrativa y delictiva. Los marcos discursivos de la política, el debate de la polis, se empobrecen, reduciéndose a su dimensión más rudimentaria: la condena moral y/o legal del disidente y del enemigo ficticio. Esta es la estrategia más eficaz y efectiva para apelar y recabar la atención del público; que está saturado por el bombardeo incesante de acusaciones cruzadas del tú más y acostumbrado al todo vale.

En este pandemonium, la ciudadanía se sabe incapaz de juzgar la competencia gestora o la coherencia ideológica de quienes se postulan como sus representantes. Siendo imposible evaluar sus trayectorias previas o el ejercicio de sus funciones, resulta más simple y fácil enaltecerles o denigrarles. Participar como espectador que aplaude o abuchea, presupone obviar lo que se da por supuesto: el fingimiento y el maniqueísmo. Suspender el juicio racional es, entonces, un requisito para seguir el espectáculo político-mediático. Dictar sentencias morales y expresar adhesiones o repulsa emocional son las vías de disfrute. Algo que resulta adecuado en el deporte espectáculo, tiene consecuencias nefastas cuando se traslada al espacio público donde se fraguan las identidades sociales y el destino colectivo.

En realidad, la respuesta ciudadana más extendida tiende a ser el cinismo –nada es real, todos son iguales– o el nihilismo –que se vayan todos y todo al infierno–. En cualquier caso, lo que en un principio era desafección institucional debida en gran parte al negativismo mediático se transforma en indiferencia individualista y luego en manifiesta desafección democrática. Se expresa en la pérdida de credibilidad y la consecuente crisis de la representación política y de la mediación periodística. Ambas ocupaciones se conciben, no sin razón, como “castas” indistinguibles e intercambiables. Iván Redondo y tantos otros spin doctors traspasan diariamente las puertas giratorias transitando entre despachos oficiales, redacciones y agencias de mercadotecnia. Allí se diseñan las marcas políticas, equiparadas y equiparables a las de consumo.

 

Polarización mediática y digital

Cuando no se ofrecen políticas alternativas o se tachan de inviables, cuando la disidencia y la diversidad se demonizan, los medios privilegian dos roles públicos: el victimismo y el matonismo. Son los polos más extremos de una relación humana: víctima y verdugo se sitúan tan alejados la una del otro, que resulta imposible que establezcan una comunicación entre ellos. Requeriría de un reconocimiento mutuo que el sistema político-informativo no promueve. Y no lo hace porque los miedos, las redes y las plataformas digitales anteponen rentabilidad y la eficacia económica.

La cuantificación del público en audiencias y la mercantilización de los mensajes mediáticos se remontan a tiempos de Randolf Hearst: el Ciudadano Kane de Orson Wells, revisitado en la reciente Mank de David Fincher. Un apresurado repaso histórico señala que la prensa sensacionalista del siglo XX nació en EEUU vinculada a la propaganda bélica que, en concreto, provocaría la guerra hispano-estadounidense de 1898. Hearst y Joseph Pullitzer –el mismo que da nombre al prestigioso galardón periodístico– enviaron corresponsales a Cuba que inventaron crónicas y bulos para justificar la intervención y la anexión estadounidenses de las colonias españolas. La supuesta prensa de prestigio, representada por los medios corporativos, remató el siglo XX avalando la invención de las armas de destrucción masiva que “motivaron” la invasión de Irak.

Ya en 1925, Edward McKernon había publicado Fake news and the public. Un libro que llevaba el significativo título de Cómo la prensa combate el rumor, al mercader y al propagandista. Tampoco el término post-verdad es una novedad de Oxford Dictionaries tras la victoria del Brexit y de Donald Trump, tal como se cita a menudo. Steve Tesich acuñó post-truth en 1992. Tras la primera guerra del Golfo escribió con sorna: «Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo de post-verdad». Se refería a que la ciudadanía, reducida a espectadora-consumidora, elegía la versión de la realidad que avalaba sus sesgos y prejuicios.

La capacidad de generar noticias a la carta y polarización aumenta con las tecnologías digitales, que amplían la emisión y difusión de mensajes antagonistas. Lo que no implica que esas posibilidades se democraticen. Los internautas se creyeron liberados del control de la agenda pública que hasta entonces gestionaban los periodistas, en intercambios simbióticos con las fuentes institucionales y de mayor poder. Pero el tiempo ha desvelado que la ciudadanía actúa bajo las mismas lógicas de mercantilización comunicativa que imperaban en los medios tradicionales y que los algoritmos llevan al extremo incorporando la inteligencia artificial.

La capacidad de generar noticias a la carta y polarización aumenta con las tecnologías digitales, que amplían la emisión y difusión de mensajes antagonistas

El mito de la “desintermediación digital”, una comunicación autónoma y soberana, sin intermediarios profesionales, es desmentido por el proceso de datificación. Representa el intento de reducir todos los planos de la  realidad –la individual y la colectiva, la física y la psíquica– a datos. Culmina, por el momento, la racionalización burocrática de la  esfera pública que arrancó en la  Modernidad.[8] Permite el registro masivo y tiempo real de los macrodatos de todas nuestras comunicaciones e interacciones digitales. Y hace posible analizarlos de forma automatizada con inteligencia artificial. De modo, que los algoritmos “aprenden” y aumentan de eficacia cuantos más datos procesen, actúan como los nuevos gatekeepers, los porteros que dan acceso a la esfera pública. Y, lejos de rebajarlos, exacerban los sesgos que contribuyen a una desigualdad acumulativa en el plano comunicativo.

La economía política de la industria de datos exige un engagement constante de los usuarios con los dispositivos y los flujos digitales. El empantallamiento continuo y la interacción incesante en las redes y plataformas genera más macrodatos. Y esto requiere viralizar con algoritmos los mensajes más extremos y polarizados. Se testan para incrementar su eficacia. Y se adaptan al perfil del internauta con un elevado nivel de segmentación y personalización.

El usuario digital fue bautizado entre loas como prosumidor. Pero no ha adquirido mayor autonomía ni soberanía comunicativas que el consumidor de medios tradicionales. En todo caso y ese plano, ha salido perdiendo. Participa de modo subordinado en todas las fases de producción de contenidos y flujos comunicativos: desde los estudios de mercado a la elaboración y la promoción del mensaje. Su autonomía dependerá de factores que no podemos abordar aquí. Apenas cabe apuntar que su libre albedrío peligra, si opera de modo compulsivo, intentando capitalizar y rentabilizar su marca digital en plataformas centralizadas, de código cerrado y privativo.[9]

De ahí, el fenómeno de las “cámaras de eco” donde se fraguan unas supuestas “comunidades digitales”. En realidad son “granjas de datos”, que generan mensajes –y macrodatos– para el auto-consumo cada vez más extremos.[10] Exacerbados los contenidos emocionales, el paso de las conexiones digitales a las afectivas desemboca con frecuencia en discursos del odio, basados en conexiones coactivas, represivas o incluso eugenésicas.

 

Condiciones sociales de la (falsa) polarización

La polarización de las condiciones socioeconómicas abona las dinámicas comunicativas antes apuntadas. «En una sociedad que es injusta, debido a desigualdades injustas entre personas, las formas de racionalizar privilegios inmerecidos se osifican en esquemas rígidos y creencias inmutables. Estas creencias son barreras para la racionalidad del pensamiento y la empatía que explota la propaganda».[11]

La pseudoinformación –la desinformación de las mal llamadas fake news encubre su intención propagandística en el formato de noticias. Así incrementan el impacto persuasivo, porque se les presupone una veracidad de la que carecen. Construida, según el lenguaje trumpiano con “hipérboles verdaderas”, exageraciones no acordes con la realidad, pero con un anclaje real, aunque sea mínimo, y con “hechos alternativos” que no son ciertos, pero que podrían llegar a serlo, la pseudoinformación es el formato comunicativo hegemónico en la pseudocracia: el régimen donde gobierna quien mejor miente, convirtiéndonos en propagandistas de la demagogia que socava la democracia.[12]

Construida con “hipérboles verdaderas”, exageraciones y “hechos alternativos”, la pseudoinformación es el formato comunicativo hegemónico en la pseudocracia

«La propaganda es parte característica del mecanismo por el cual las personas son engañadas sobre la mejor manera de lograr sus objetivos y, por lo tanto, engañados para ver lo que es mejor para sus propios intereses».[13] Y la propaganda mina la democracia invocando ideales democráticos pero con el fin de subvertirlos. Su preeminencia, como señala Jason Stanley, obedece a que «en una sociedad de gestión [y añadimos, algorítmica del espacio público], el mayor bien es la eficiencia. En una sociedad democrática, en cambio, el mayor bien es la libertad o la autonomía».[14]

De modo que la pseudoinformación, presentada como una contribución al discurso público que encarna un digno ideal político, económico o racional, en realidad, está al servicio de una meta que socava ese ideal. Y los grupos menos privilegiados acaban suscribiendo o incluso asumiendo como propias ideologías dominantes que defienden los intereses de las élites. Aplicado a Donald Trump. «Mi dinero y mi ego primero» es el auténtico sentido del America First.

Pero cuidado con polarizar las responsabilidades y eximirnos de ellas. Recordemos que la polarización necesita retroalimentarse. Los discursos de la heteronormatividad o la racialización que las elites blancas progresistas esgrimen en EEUU, y las de aquí copiamos, también funcionan como símbolo de estatus y superioridad. Según el politólogo Michael Lind, «[l]a cada vez más poderosa e intolerante clase identitaria nacional justifica su iconoclastia cultural en nombre de las minorías oprimidas [...] Pero esta es solo una excusa para un programa jerárquico de imperialismo cultural por parte de gestores mayoritariamente blancos y acaudalados, licenciados, profesionales y rentistas».[15]

Un estudio reciente, de octubre de 2020, sobre la polarización en España[16] señala que la ideología y las identidades más presentes en el espacio público funcionan como pantallas para evitar ocuparnos de los asuntos socioeconómicos. Y se confirma que las identidades que proyectan los medios y por las que percibimos el mundo, nos separan más que las políticas públicas concretas.[17] Cuando hablamos de medidas políticas, manifestamos un consenso que no encuentra portavoces, tiempos ni espacios en las instituciones ni en los medios; de modo que podemos responsabilizarlos de la creciente incomunicación antipolítica.[18]

Hace años que crece la polarización afectiva e ideológica. Los partidos políticos españoles cada vez se alejan más en sus posiciones ideológicas y territoriales. De modo que los sentimientos de los votantes de un partido hacia el resto se encuentran entre los más negativos del mundo. Nos referimos a cómo valoramos a los miembros de otros grupos, por ejemplo, los votantes o simpatizantes de ciertos partidos, y a nuestras actitudes hacia ellos por el mero hecho de su pertenencia a un grupo ideológicamente similar o distinto al nuestro.

Según el estudio antes citado, en España la polarización ideológica y territorial duplica o triplica la polarización sobre los impuestos y la inmigración. Multiplica por seis veces la polarización en torno a la sanidad pública y por quince la inexistente polarización sobre los servicios públicos. En la misma línea, sorprende constatar que, respecto a las medidas para frenar los contagios del coronavirus, las preferencias respecto a las políticas más efectivas para combatir la pandemia no difieren entre distintos grupos ideológicos.

Queda claro, pues, que para mejorar el debate público deberiamos hablar de políticas concretas, precisamente aquello que los partidos políticos no pueden rentabilizar en votos, ni los medios en clicks  por ser objeto de consenso. De ahí que proliferen las trampas de la identidad y las trampa de clicks –click baits. Son cepos eficaces en la economía de la atención que da lugar a la pseudocracia.

Un último apunte de actualidad “ilumina” las tesis aquí expuestas. Las luces navideñas de 2020 en Madrid siguieron el patrón del escándalo polarizador preprogramado. Mientras las zonas del sur de la ciudad protestaban contra los cortes de energía eléctrica que sufrían las barriadas más desfavorecidas, el Ayuntamiento invirtió, en plena pandemia, 3,17 millones de euros, superando la partida del año anterior. Entre tamaño despliegue lumínico destacaron las bandas con los colores de la bandera española. Con una longitud de entre 350 y 480 metros cuadrados, se emplazaron en varios tramos de la ciudad. Otra de 760 metros de longitud recorrió la distancia entre las plazas de Neptuno y Colón. En resumen: la bandera, usada una vez más como tapadera, esta vez de la pobreza energética. Y que esgrimida como adorno navideño –“normalizado”, según el Consistorio – pretendía polarizar a la oposición como “antiespañola”.

 

Víctor Sampedro Blanco. Catedrático de Comunicación política. www.victorsampedro.com

 

NOTAS:

[1] Este trabajo se inscribe dentro del Proyecto PGC2018-095123-B-I00, del Plan Nacional I+D.

 [2] Yohai Benkler y otros, Partisanship, Propaganda, & Disinformation, Harvard University, 2016, disponible en:  https://dash.harvard.edu/bitstream/handle/1/33759251/2017-08_electionReport_0.pdf?sequence=9 

 [3] Manuel Jabois, «Iván Redondo sale a que le dé la luz», El País, 17 de octubre de 2018, disponible en: https://elpais.com/politica/2018/10/16/actualidad/1539688589_105637.html.  Ver también Otra Vuelta de Tuerka, Pablo Iglesias con Iván Redondo, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=qIv20bm21to

[4] Martín Cúneo, «El fantasma de la okupación, agítese antes de usar», El salto, 28 de agosto de 2020, disponible en: https://www.elsaltodiario.com/especulacion-urbanistica/vivienda-desahucio-pah-mentiras-bulos-fantasma-okupacion-agitese-antes-usar

[5] Carl Schmitt, El concepto de lo político, Alianza, Madrid, 1991.

[6] Niklas Luhmann, La realidad de los medios de masas, Anthropos, Barcelona, 1991.

[7] Jeffrey Alexander y otros, Social Performance: Symbolic Action, Cultural Pragmatics, and Ritual, Cambridge University Press, Cambridge, 2006. Ver la excelente síntesis de Schmitt, Luhmann y Alexander que ofrece la tesis doctoral de Jaime Andrés Wilches Tinjacá, Del narcotraficante ilegal al narcopopulismo legitimado, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, 2020.

[8] Víctor Sampedro, Comunicación y sociedad: opinión pública y poder, UOC, Barcelona, 2021.

[9] Víctor Sampedro, Dietética digital para adelgazar al Gran Hermano, Icaria, Barcelona, 2018; en concreto «Códigos, protocolos y redes para la libertad», disponible en: https://dieteticadigital.net/codigos-protocolos-y-redes-para-la-libertad/

[10] Víctor Sampedro, op. cit., 2018; en concreto: «Un mundo feliz: del Big Brother al Big Data», disponible en: https://dieteticadigital.net/un-mundo-feliz-del-big-brother-al-big-data/

[11] Jason Stanley, How Propaganda Works, Princeton Univ. Press, 2015, p.26.

[12] Víctor Sampedro, op. cit., 2018; en concreto «Pseudocracia», disponible en: https://dieteticadigital.net/pseudocracia/

[13] Jason Stanley, op. cit., p. 34.

[14] Ibídem, p. 46.

[15] Michael Lind, «The Revenge of the Yankees», Tablet, 16 de noviembre de 2020, disponible en: https://www.tabletmag.com/sections/news/articles/revenge-of-the-yankees

[16] Luis Miller, Polarización en España: más divididos por ideología e identidad que por políticas públicas, 15 Octubre 2020, disponible en: https://dobetter.esade.edu/es/polarizacion-espana?_wrapper_format=html

[17] Víctor Sampedro, La pantalla de las identidades: Medios de comunicación, política y mercados de identidad, Icaria, Barcelona, 2003, disponible en: https://victorsampedro.com/libros/la-pantalla-de-las-identidades

[18] Víctor Sampedro, «Trump y la incomunicación anti-política», Público, 11 de noviembre de 2020, disponible en https://blogs.publico.es/dominiopublico/35192/trump-y-la-incomunicacion-anti-politica/

 

Acceso al texto completo del artículo en formato pdf: Espacio público digital y dinámicas polarizadoras 

 

 

 

 


Agenda Ecosocial

 

La Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y la ETS de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Granada ponen en marcha la primera edición del Ciclo de Presentación de libros «Destino ODS», que se desarrollará en el segundo cuatrimestre del curso 2021-2022.

En este ciclo se presentarán obras de divulgación científica y ensayos cuyos contenidos pertenezcan a las áreas temáticas relevantes de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Esta actividad tiene como objetivo acercar la cultura científica y tecnológica, y transmitir el conocimiento y los valores que representan los ODS y su carácter interdisciplinar. De esta forma, se ponen en diálogo disciplinas diversas, de cuyo trabajo en común depende el futuro del planeta.

Una actividad gratuita y abierta a toda la comunidad universitaria y al público en general, que abre la posibilidad de imaginar y construir ideas colectivamente, mediante las miradas de personas expertas sobre conceptos y realidades que, de otra forma, serían ajenos a la mayoría del público.

Dentro de este ciclo, el próximo 1 de Marzo, tendrá lugar la presentación del libro de Astrid Agenjo Calderón: Economía Política Feminista, publicado dentro de la Colección de Economía Inclusiva publicada por FUHEM Ecosocial y Catarata, en 2021.

El acto tendrá lugar en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, UGR, Campo de la Cartuja s/n., a las 12.30 h.

Contará con la presencia de:

Margarita Sánchez Romero, Vicerrectora de Igualdad, Inclusión y Sostenibilidad.

Jorge Guardiola, Catedrático de Economía Aplicada y Subdirector del Instituto de la Paz y los Conflictos de la UGR.

Marina Checa Olivas, Profesora de Economía Aplicada de la UGR.

Eva Mariscal, Editora.

Astrid Asenjo Calderón, Profesora de Economía de la Universidad Pablo Olavide y autora del libro.

 


Transición energética y escenarios postcrecimiento

Artículo perteneciente a la sección A FONDO del número 156 de Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, dedicado a la Crisis energética y de materiales.

«Transición energética y escenarios postcrecimiento» , de Óscar Carpintero y Jaime Nieto,1 es un detallado diagnóstico de dónde nos encontramos en términos de energía desde un análisis de la economía ecológica.

Los autores muestran por qué las denominadas energías renovables, pese a sus beneficios, no pueden considerarse una tabla de salvación sin hacer cambios más profundos en el sistema de producción y consumo.

Finalmente, examinan los distintos escenarios para las transiciones que emergen de la aplicación del modelo MEDEAS, desarrollado por la Universidad de Valladolid.

A continuación, ofrecemos el texto completo del artículo, al final del cual, encontrará un acceso a la descarga libre y gratuita.

En la actualidad nos encontramos en un contexto donde afloran con fuerza los límites físicos y de recursos naturales, y las situaciones de extralimitación (overshoot) en relación con la expansión del modelo de producción y consumo hegemónico.2 Un ejemplo notable es el que tiene que ver con la energía. Parece claro que la doble crisis energética que padecemos nos sitúa en una complicada encrucijada. Desde el punto de vista de los sumideros, es evidente la aceleración del cambio climático inducido por el funcionamiento socioeconómico de una especie humana que se apoya básicamente en la quema de combustibles fósiles.3 Por el lado de las fuentes, la aparición del cénit del petróleo convencional (peak oil)4 es un hecho ya reconocido incluso por organismos internacionales5 y supone el inicio de la fase descendente en las extracciones de crudo a nivel mundial. Esta circunstancia pone a las sociedades ante el espejo de la escasez energética futura y viene a refrendar el principio del fin de una era económica caracterizada por la energía barata. Como se ve, solo esta transición entraña ya transformaciones socioeconómicas de gran envergadura.

De acuerdo con el sexto informe del IPCC,6 de seguir con la trayectoria de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) actual, se estima como muy probable un aumento de entre 2,8 y 4,6ºC para 2100 (en comparación con la era preindustrial). Es improbable que semejantes incrementos puedan ser soportados por la especie humana, pero lo que es seguro es que la gran mayoría de los cultivos y sistemas agrarios de los que depende su alimentación no resistirían tal aumento. Se comprende, entonces, que los trabajos científicos mejor documentados llegaran hace tiempo a la conclusión de que el ritmo de disminución de las emisiones de GEI debía ser del 6% anual durante cuatro décadas, comenzando en 2013.7 Así pues, sin necesidad de plantear problemas futuros con el acceso a los combustibles fósiles, el cambio climático nos enfrenta ya con crudeza a la necesidad de una reducción del consumo. El dilema es evidente: si pensamos que la utilización de la mitad de los hidrocarburos disponibles ha conllevado un calentamiento global como el actual, ¿dónde nos llevaría quemar la otra mitad de los combustibles fósiles?

 

Cambio climático y transición energética. ¿Aún estamos a tiempo?

El IPCC en su informe de 2018 relativo a las condiciones para el cumplimiento del Acuerdo de Paris8 llamaba la atención sobre la trayectoria vertiginosa de reducción de las emisiones de GEI que deberíamos acometer en los próximos años para cumplir el objetivo de no incrementar la temperatura media del planeta en más de 1,5ºC.

Sin embargo, las perspectivas sobre las posibilidades de lograrlo no son muy halagüeñas. Si tenemos en cuenta los planes que presentaron los países para contribuir al cumplimiento del Acuerdo de París (2015), se llega a una conclusión paradójica: tal y como hemos mostrado en una investigación reciente,9  si todos los países cumplieran con los objetivos declarados en los planes, su compromiso respecto a  sus emisiones en 2030, lejos de reducirse, se incrementarían un 19,3%, llevando el incremento de temperatura a los 3-4 ºC. Aunque los países tuvieron la oportunidad de actualizar sus compromisos 2020, tan solo 22 (incluyendo la Unión Europea) han mejorado su compromiso. Como consecuencia, de acuerdo a la propia UNFCCC, las emisiones en 2030 serían un 15,9% superiores10 en vez de 19,3%. Aparte de que, en general, no se suelen cumplir estos compromisos, este paradójico resultado indica la forma en que se han llevado a cabo las negociaciones y la seriedad para afrontar el problema. Por un lado, se trataba de compromisos voluntarios (es decir, sin penalización en caso de incumplimiento). En otros casos, se plantearon objetivos de reducción relativos (con respecto al PIB), pero no de reducción absoluta de las emisiones (que es lo que importa para el cambio climático); y, por último, no hubo ninguna preocupación por saber si los distintos planes presentados eran compatibles con el objetivo general perseguido (como desgraciadamente se ha demostrado). Dado que la única forma de reducir las emisiones, de manera que estas no se concentren y no se incremente la temperatura media, es reducir las extracciones, ¿cómo deberíamos enfrentar internacionalmente este  problema si nos lo tomáramos en serio?

En un estudio muy revelador recientemente publicado se pone de manifiesto que, para evitar el aumento de la temperatura por encima del objetivo de 1,5 ºC en 2050, esto implicaría dejar en el subsuelo sin extraer (y por tanto sin quemar y emitir) el 60% de las reservas de gas y petróleo y el 90 por 100 de las reservas de carbón.11 Una parte de estas reservas está en manos de estados y otra parte en manos de empresas transnacionales (ETN) que quieren obtener la rentabilidad correspondiente por su explotación, lo que supone una dificultad notable para cualquier estrategia que intente enfrentar el cambio climático. Si se quisiera atajar el problema más allá de la retórica y la inacción, seguramente la negociación en París debería haber sido doble:

1) Discutir con los propietarios de esas reservas (estados y ETN) las compensaciones por dejar sin explotar en el subsuelo esos activos.12

2) Pensar en serio las modificaciones importantes y urgentes que deberíamos acometer para seguir produciendo y consumiendo bienes y servicios que satisfagan las necesidades de la población con unas disponibilidades de recursos decrecientes.

Este es el gran desafío y todo lo que no sea enfrentar el problema, al menos, desde estas dos dimensiones, probablemente seguirá abonando la vertiente “ceremonial” de las negociaciones climáticas internacionales.

No parece, sin embargo, que la mayoría de los discursos económicos, políticos y sociales partan de este reconocimiento tan evidente. Más bien al contrario. En vez de poner de relieve la importancia de la idea de límite, y promover estrategias de autolimitación colectiva y de contracción de emergencia de la escala económica (sobre todo en los países ricos), que nos permitan reducir el deterioro ecológico y mantener la Tierra como un lugar habitable, se buscan medios con los que hacer perdurar, con otros nombres, la fe de que es posible continuar con el crecimiento del modelo de producción y consumo que ha causado el problema.

Green New Deal y crecimiento verde: ¿Basta con sustituir los combustibles fósiles por fuentes energéticas renovables?

En este contexto, desde hace una década, las propuestas para enfrentar los problemas ambientales globales se han enmarcado en los programas de transición ecológica, transición energética y descarbonización de las economías. Bajo este paraguas se ha propuesto la estrategia del crecimiento verde (green growth), surgida al calor de varias iniciativas de organismos internacionales como la OCDE13 y el Banco Mundial.14 Se promete el mantenimiento del crecimiento económico y la expansión de la producción de bienes y servicios (PIB), pero utilizando fuentes energéticas renovables y, gracias al desarrollo tecnológico, reduciendo el uso de recursos naturales y la contaminación. La viabilidad de este modelo, cuya vocación subyace bajo los planes de transición reportados para cumplir el Acuerdo de París, ha sido fuertemente contestada en diversos trabajos académicos recientemente.15

No obstante, inspirados en esta narrativa, varios países ricos han sugerido desde 2019 “pactos verdes” como el Green New Deal (Estados Unidos) que ahora se está incorporando, pero descafeinado, a la Administración Biden; el Green Deal (Unión Europea) que está aprobado e implementándose, o la propuesta de un Green New Deal global.16

El problema de la estrategia del crecimiento verde es que para lograrse exige alcanzar un proceso de desmaterialización absoluta de la producción de bienes y servicios (que aumente la producción y, simultáneamente, disminuya el uso de recursos y la contaminación), lo que, por desgracia, no ha sido el caso debido a la gran dependencia de los recursos naturales por parte del sistema económico. Estamos hablando de un modelo de producción y consumo que ha triplicado, a escala global, la extracción de recursos naturales desde 197017 y que, según algunas estimaciones, espera doblar su uso de energía y materiales para 2060.18 La evidencia sobre los problemas del crecimiento verde y el incumplimiento de la desmaterialización absoluta cada vez son más abrumadores en la literatura científica.19 También sabemos que la digitalización de los procesos de producción y consumo y el progreso tecnológico no reducen esta dependencia ni los impactos, sino que suelen exacerbarlos gracias, entre otros, a mecanismos como el “efecto rebote”, tal y como se viene comprobando desde hace más de dos décadas.20

La evidencia sobre los problemas del crecimiento verde y el incumplimiento de la desmaterialización absoluta cada vez son más abrumadores en la literatura científica

Sin embargo, a pesar de este despliegue, desde hace unos años crece la sensación de que llegamos tarde. De que las recientes medidas planteadas dentro de las estrategias de transición ecológica y energética que, en muchos casos, fueron ya sugeridas desde hace cuatro décadas por diversos científicos, investigadores y movimientos sociales debieron comenzar a llevarse a cabo precisamente entonces, o incluso antes.21 Eran excelentes ideas para ponerlas en práctica en los años setenta, ochenta o, incluso, hasta comienzos de los noventa del siglo XX. Pero ahora, para cada vez más personas, comienza a ser tarde. La razón es que una transformación socioeconómica de semejante envergadura requiere, a su vez, de varios decenios para poder llevarse a cabo y ese tiempo es, precisamente, el que la mayoría de los análisis sugiere que no tenemos, y el que la urgencia del cambio climático y el deterioro ecológico global nos ha robado.

Muchas de esas dudas aparecen no tanto porque las estrategias de sustitución de los combustibles fósiles por fuentes renovables sean, en principio, algo perjudicial. Todo lo contrario, tal y como desde la década de los setenta se ha venido sistemáticamente defendiendo. No hay nada equivocado en pretender sustituir el uso de petróleo, carbón y gas natural por energía eólica o solar. El problema tiene que ver con: 1) la aspiración a mantener el mismo nivel de consumo energético (pero ahora apoyado en fuentes renovables) sin tener en cuenta los límites físicos de esa estrategia; 2) el momento en que se quiere llevar a cabo esa transformación (tercer decenio del siglo XXI) con un horizonte temporal muy estrecho para resolver el deterioro ecológico global; y 3) los costes ambientales a los que se enfrenta la generalización de las tecnologías renovables y la electrificación basada en ellas.

Durante los últimos años han aparecido investigaciones que llevan a dudar de las posibilidades de mantener el mismo nivel de consumo energético que en la actualidad, pero con fuentes renovables. Por un lado, se suele olvidar que las tecnologías renovables se centran sobre todo en la electricidad, que suele ser el 20% del consumo energético final. Esto quiere decir que el 80% restante son combustibles líquidos procedentes mayoritariamente de los combustibles fósiles para usos energéticos y no energéticos para los que no hay alternativas sencillas. Una parte de ese consumo tiene que ver con el transporte, y dentro del transporte se ha puesto una especial esperanza en la generalización del coche eléctrico privado.

Sin embargo, el coche eléctrico sigue siendo un bien muy dependiente de los combustibles fósiles y los recursos no renovables: el grueso de la electricidad se sigue generando con combustibles fósiles (en España dos tercios del total y a escala mundial casi tres cuartas partes), lo que hace que el ahorro de emisiones de CO2 sea relativo, y exige la utilización de seis veces más inputs materiales y minerales que un coche convencional.22 Debido en parte a lo anterior, en análisis de ciclo de vida completo se utiliza un 67% más energía que en la fabricación de un coche convencional.23 Y todo ello sin contar las exigencias para el sistema eléctrico que dicha generalización tendría en términos de recarga del mismo número de vehículos convencionales que en la actualidad.24 Eso explica que, lejos de ayudar en los procesos de descarbonización, la plena sustitución a escala mundial de la flota de vehículos convencionales por eléctricos esté siendo tan lenta y no resuelva los problemas de cambio climático, sino que, fruto del efecto rebote, tienda a agravarlos.25

Si la electrificación masiva del transporte privado sin modificar el número de vehículos y desplazamientos resulta problemática, lo que no tiene alternativa eléctrica es el transporte pesado y de mercancías por carretera (camiones) o por barco (que representa el grueso del comercio internacional de mercancías). Por motivos termodinámicos, no es posible colocar baterías en ese tipo de vehículos pues sus dimensiones las harían inviables y, además, como recuerda Vaclav Smil, «las mejores baterías de litio son de 260 Wh por kilogramo. Para un coche puede ser suficiente, pero para el transporte marítimo y por carretera necesitamos 12.600 Wh por kilogramo. Y más aún el queroseno de avión».26 Es decir, el transporte pesado de aquellas mercancías que se precisan para el funcionamiento del sistema económico no tienen alternativa eléctrica (ni renovable) con facilidad.

Una solución alternativa que se propone en esta faceta es la utilización, como vector energético, del hidrógeno, que tendría la virtud compartida con el petróleo al que pretende sustituir de poder acumularse y transportarse fácilmente. Esta tecnología promete sostener una economía millonaria en las próximas décadas, pero arrojando, sin embargo, numerosas dudas con respecto a su sostenibilidad (procedencia de las fuentes primarias para la electrólisis, consumo de agua, etc.) y rentabilidad energética (la energía obtenida por unidad de energía invertida en el proceso, arrojaría un saldo más bien exiguo).

El coche eléctrico exige utilizar seis veces más inputs materiales y minerales que un coche convencional

Por otra parte, la construcción de las propias tecnologías renovables (eólica y solar) es tributaria del consumo de combustibles fósiles ya que la fabricación de placas solares, turbinas y baterías implica alcanzar altas temperaturas en la industria (entre 1.480 y 1.980 ºC para los paneles fotovoltaicos y entre 980 y 1.700 ºC para el cemento y acero de molinos eólicos) que solo son posibles con el uso de combustibles de alta densidad como el petróleo, el gas o el carbón. La mayoría de las tecnologías renovables solo pueden lograr temperaturas en procesos industriales de calor en la franja baja (menos de 400 ºC),27 por lo que no es posible fabricar tecnologías renovables con el uso de electricidad procedente de las propias fuentes renovables, teniendo así que acudir al consumo de combustibles fósiles. Por desgracia, las renovables no poseen autonomía que las haga independientes de los combustibles fósiles.

Si tenemos en cuenta esta dependencia y que, además, estamos en un contexto de peak-oil en el que las disponibilidades futuras de combustibles fósiles serán menguantes, la actual civilización se enfrenta a lo que se ha denominado la “trampa de la energía”,28 esto es: el despliegue de las fuentes e infraestructuras renovables requiere de un uso masivo de combustibles fósiles (mayor cuanto más rápido se quiera plantear el proceso de transición) y, a la vez, eso supondrá, durante los primeros años, mayores emisiones de GEI que agravarán el problema de cambio climático en un escenario donde también el tiempo es escaso y donde, además, con vidas útiles de las instalaciones de 20-30 años, en tres décadas estaríamos abocados a procesos de renovación de una intensidad energética similar (y para los que habría dificultades en encontrar recursos fósiles disponibles).

Por desgracia, las renovables no poseen autonomía que las haga independientes de los combustibles fósiles

Por si esto fuera poco, el despliegue masivo de las renovables tiene unas consecuencias notables en términos de extracción y uso de minerales no renovables que es preciso evaluar y tener en cuenta.29 Tal y como ha llamado la atención la Agencia Internacional de la Energía, en un escenario en el que se cumplieran los objetivos del Acuerdo de París, la demanda de minerales para las tecnologías renovables incrementaría el consumo mundial de minerales durante dos décadas en un 40% para el cobre y tierras raras, un 60-70% para el níquel y el cobalto y casi un 90% para el litio, dejando apenas espacio para la utilización de estos minerales para otros usos actuales.30 Ya se recordó anteriormente que el coche eléctrico requería seis veces más minerales que un coche convencional, lo que explica que la electrificación generalizada del transporte privado generaría una demanda tan alta que llevaría, según estimaciones para diferentes escenarios, al agotamiento de las reservas disponibles de aluminio, cobre, cobalto, litio, manganeso y níquel, no dejando recursos disponibles para otros usos industriales.31

Sin embargo, a todos estos obstáculos hay que sumar, tal vez, uno de mayor relevancia. La mayoría de las estrategias de transición energética suelen hacer abstracción del limitado potencial (por razones termodinámicas) que poseen realmente las tecnologías renovables y que impiden sustituir al 100% los niveles de consumo energético que se realizan con cargo a los combustibles fósiles. Eso es lo que detectaron De Castro, Mediavilla, Miguel y Frechoso32 en el caso de la energía eólica, al ver que el potencial renovable con energía eólica estaría aproximadamente en 1 TW, lo que supondría únicamente el equivalente al 6% del consumo energético primario total mundial. Y lo mismo en el caso de la energía solar,33 habida cuenta de que la mayoría de las estimaciones realizadas no suelen tener presentes los límites en la densidad energética fotovoltaica y la competencia que su generalización supone para otros usos de la tierra y de los minerales. En este caso, la estimación de un despliegue sostenible de la energía solar a escala mundial permitiría abastecer solo hasta un 25% del consumo energético primario actual, lo que supone un porcentaje nada despreciable, pero lejos de los planteamientos 100% renovables realizados habitualmente.

Todo ello compromete en gran medida el cumplimiento de otros dos criterios exigibles a una fuente energética exitosa en la actual situación: sostenibilidad y viabilidad. Aunque sean renovables, hay dificultad para considerar sostenible su producción a gran escala para satisfacer los actuales niveles de consumo energético a la vista del coste ambiental que generan y porque son tributarias de los combustibles fósiles. Esto hace que su viabilidad como fuentes energéticas para la sociedad sea limitada dado que no son capaces de reproducirse a sí mismas con la misma fuente y, a la vez, dadas sus bajas tasas de retorno energético, tienen problemas para generar un excedente energético amplio con el que alimentar al resto de actividades de la sociedad.34

Las anteriores consideraciones no tratan de menospreciar las fuentes energéticas renovables ni las ventajas de utilizar este tipo de tecnologías en la producción y consumo de bienes y servicios en comparación con el uso masivo de combustibles fósiles. Nada de eso. Se han conseguido logros importantes que conviene tener en cuenta. De lo que se trata, más bien, es de acotar las esperanzas en su generalización como forma de enfrentar una crisis energética y de emergencia climática en la tercera década del siglo XXI, y de mostrar las limitaciones de su adopción a gran escala para sustituir el consumo energético que nos proporcionan ahora mismo el petróleo, el gas y el carbón. No parece posible (ni deseable) seguir alimentando la ilusión de una transición indolora desde el punto de vista del consumo energético, cuando lo recomendable sería, a la vista de los datos y la evidencia científica, poner todos los medios y esfuerzos para reducir nuestra producción y consumo acomodándolo a las posibilidades reales que nos ofrecen, precisamente, estas fuentes energéticas renovables.

En definitiva, si no se pueden adecuar los medios a los objetivos (crecimiento) hay que rebajar sustancialmente los objetivos para hacerlos coincidir con los medios disponibles. Se necesita, pues, pensar y poner en marcha escenarios de contracción urgente de la actividad económica y social donde quepa la reducción en el uso de recursos naturales, las emisiones y contaminación, y donde se haga frente a la desigualdad social.

 

Reducir la escala y poner en marcha escenarios de post crecimiento35

Estas preguntas y desafíos han formado parte de las preocupaciones y reflexiones que, desde el Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas (GEEDS) de la Universidad de Valladolid, hemos realizado en torno a las consecuencias para la economía de diferentes escenarios futuros de transición energética. Para ello hemos elaborado el modelo MEDEAS,36 que es un modelo de evaluación integrada (IAM, por sus siglas en inglés) de energía, economía y cambio climático, con un enfoque de macroeconomía ecológica centrado en la economía mundial y europea, y para el que se está realizando también una extensión al caso de la economía española.

Se trata de un modelo de simulación y evaluación que, metodológicamente, integra de manera novedosa dos técnicas potentes como son la dinámica de sistemas y el análisis input-output, y que tiene en cuenta, entre otros, el contexto internacional y europeo respecto a las restricciones físicas sobre la disponibilidad de recursos energéticos no renovables (peak-oil), las limitaciones a las emisiones de GEI, el potencial técnico y sostenible de las energías renovables, y la demanda de energía por parte de los diferentes sectores. Se estructura en diferentes módulos (económico, energético, climático, usos del suelo, minerales, etc.) cada uno de ellos interrelacionado con el resto y formando conjuntamente un sistema integrado. En este sentido, la clave es tener en cuenta no solo los consumos energéticos directos e indirectos insertados en el módulo económico, sino también las realimentaciones que se producen con otros ámbitos y módulos y que impulsan también el consumo y las emisiones.

No parece posible (ni deseable) seguir alimentando la ilusión de una transición indolora desde el punto de vista del consumo energético

Con estos mimbres, se han evaluado, por ejemplo, diferentes escenarios de transición hacia una economía mundial y europea37 baja en carbono en el horizonte 2030-2050 con resultados muy reveladores.38

Los tres escenarios considerados son:

1) continuación de las tendencias actuales (BAU, business as usual),

2) crecimiento verde (Green growth) que supone una apuesta importante por la tecnología, la eficiencia energética y la transición a renovables (electrificación, eólica, fotovoltaica, bioenergía, etc.), con un alto crecimiento de las rentas medias y bajas y un crecimiento medio de las rentas altas,

3) Post crecimiento (Post-growth), que suma a las políticas de eficiencia energética y renovabilidad anteriores, una ligera reducción anual del PIB per cápita, medidas de reducción de la desigualdad, así como de reparto del tiempo de trabajo y, finalmente, una política económica de promoción potente de servicios públicos en detrimento de sectores económicos intensivos en el uso de recursos naturales.

En todos los casos, se plantea la doble variante de suponer qué pasaría con la existencia de límites energéticos y la de suponer qué ocurriría con ausencia de esos límites, y así ver las consecuencias que tienen las diferentes estrategias en términos de evolución de las emisiones de GEI, PIB, empleo, etc. Se trata de determinar, por ejemplo, con qué escenario se garantizaría no sobrepasar los 2 ºC de incremento de la temperatura en 2050 (tomando como base la media de emisiones del período 2005-2015, esto supondría reducciones de más del 40% en 2050 respecto de la media 2005-2015). Pues bien, lo que se obtiene de la simulación de los tres escenarios es lo siguiente.

En el caso del BAU, las emisiones mundiales se incrementarían en 2030 y 2050 entre un 25 (2030) y un 8% (2050) (con el supuesto de limitaciones energéticas), o entre un 57 (2030) y un 210% (2050) (si se supone ausencia de limitaciones energéticas). En el escenario green growth, y sin limitaciones energéticas, las emisiones se incrementarían entre un 51 (2030) y un 14% (2050). Con la presencia de límites el incremento en 2030, el incremento sería del 14%, y en 2050 se daría una reducción del 16% en las emisiones GEI (al haber comenzado los efectos del despliegue de las renovables, pero lejos todavía del objetivo climático). Por último, en el escenario post-growth, por su propia naturaleza, los resultados no se ven apenas influidos por la ausencia o no de limitaciones energéticas, y se producirían unas reducciones de las emisiones del 13% en 2030 y del 57% en 2050, lo que permitiría mantener el incremento de la temperatura por debajo de los 2 ºC y cumplir el objetivo del Acuerdo de París.39

Cabe añadir que los resultados de la simulación realizados para el caso de la UE-28 (teniendo en cuenta las diferentes perspectivas de consumo energético planteadas por la propia Comisión Europea en su Energy Roadmap 2050) muestran también que el escenario post-growth es el único capaz de satisfacer simultánea- mente el despliegue de las renovables con una reducción sustancial del consumo energético y de las emisiones (del 70%), lo que permitiría a la UE cumplir con sus compromisos climáticos. A la vez, las políticas laborales de reducción y reparto del tiempo de trabajo asociadas al escenario post-growth servirían para mantener el nivel de empleo.40

Con sus limitaciones, estos resultados muestran claramente que, cuando se incorporan las restricciones biofísicas y el estrecho intervalo temporal que tenemos para actuar, en los escenarios BAU y green growth el conflicto entre crecimiento económico, políticas para luchar contra el cambio climático y sostenibilidad ambiental está servido. Por otro lado, los escenarios también sugieren que es mejor hacer algo que no hacer nada, aunque se pone de manifiesto que el crecimiento económico general no es un modelo alcanzable en un contexto de restricciones energéticas y climáticas, por lo que la modelización macroeconómica no debe estar al margen de este resultado y debería incorporar las restricciones biofísicas en sus análisis.

El escenario post-growth es el único que satisface simultáneamente el despliegue de las renovables con una reducción sustancial del consumo energético y de las emisiones

Afortunadamente, cada vez más se va abriendo paso la necesidad de incorporar estos escenarios de reducción de la escala económica en los análisis y prospectiva. Así lo han visto de igual manera otros investigadores que han propuesto planteamientos similares en trabajos relevantes recientemente publicados también en importantes revistas científicas internacionales.41 Se hace, pues, preciso complementar las soluciones tecnológicas (eficiencia, renovables, etc.) con cambios socioeconómicos importantes que inicien pautas de reducción de los consumos, de la movilidad motorizada, con políticas de redistribución de renta riqueza y tiempos, políticas económicas fuertes de gestión de la demanda, de promoción de consumos colectivos, servicios públicos potentes, agricultura ecológica, etc. A pesar de todo, conviene no engañarse. En gran medida, algunas de las políticas asociadas a este escenario de postcrecimiento, y otras relativas al sistema financiero y fiscal que hemos detallado en otros lugares42 resultan claramente a contracorriente, cuestionan fuertes intereses, afectan a diferentes ámbitos de actuación (internacional, europeo, nacional o, incluso, local), y por eso será preciso afinar mucho en cada nivel de aplicación.

 

A modo de conclusión

El cambio climático es un claro ejemplo de que existen límites a la expansión de la actividad económica y que hemos sobrepasado la capacidad de la biosfera de absorber los GEI sin incrementar la temperatura medida del planeta. También sabemos que cuanto mayor sea la escala del sistema económico, mayores serán también las exigencias de energía y materiales y, consecuentemente, de residuos generados. Urge pensar escenarios que vayan en el sentido contrario en términos de exigencias de recursos naturales y contaminación, de consumo y de producción materiales. Una economía que contrae su consumo energético rápidamente –y debe hacerlo muy rápidamente–, difícilmente puede abordar este descenso tan solo a través de la eficiencia (especialmente si se descuenta el efecto rebote). Necesitamos recursos materiales y sociales que permitan avanzar en diseñar estos escenarios y en plantear con rigor políticas económicas y prácticas sociales que los puedan llevar a cabo.

 

Óscar Carpintero Redondo y Jaime Nieto Vega forman parte del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas (GEEDS) y del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad de Valladolid

NOTAS

1  Los autores agradecen la ayuda recibida a través del proyecto de investigación: “Modelización y simulación de escenarios hacia una economía baja en carbono: el caso español (ECO2017-85110-R)”, financiado por el Ministerio de Economía e Innovación.

2  Véase, por ejemplo, Donella Meadows, Dennis Meadows, Jorgen Randers, Los límites del crecimiento 30 años después, Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, Madrid, 2002. O también WWF, Living Planet Report 2020, Gland, Suiza, 2020.

3  IPCC, Climate Change 2021: The Physical Science Basis, Cambridge University Press, 2021. También, IPCC, Global warming of 1.5º, Ginebra, 2018.

4  Roberto Bermejo, Un futuro sin petróleo, Los Libros de la Catarata, Fuhem-Ecosocial, Madrid, 2007. Y más recientemente, Antonio Turiel, Petrocalipsis, Alfabeto, Madrid, 2020.

5  IEA, World Energy Outlook, París.

6  IPCC, op. cit., 2021.

7  James Hansen, Pushker Kharecha, Makiko Sato, Valerie Masson-Delmotte, Frank Ackerman, et al., «Assessing “dangerous climate change”: Required reduction of carbon emissions to protect young people, future generations and nature», PLoS ONE, 8, 2013.

8  IPCC,  op.cit., 2018,

9  Jaime Nieto, Óscar Carpintero, Luis Javier Miguel, «Less than 2º: An Economic-Environmental Evaluation of the Paris Agreement», Ecological Economics, 146, 2018, pp. 69-84.

10  NDC Synthesis Report, Convenio Marco sobre el Cambio Climático, Naciones Unidas, 2021.

11  Daniel Welsby, James Price, Steve Pye, Paul Ekins, «Unextractable fossil fuels in a 1.5 °C world», Nature 597, 2021, pp. 230–234, .

12  Son entendibles los reparos a negociar compensaciones precisamente a aquellos agentes económicos que han estado en el origen del problema y, en muchos casos, presentan historiales de agresiones y deterioro ecológico de los bienes comunes muy importantes. Sin embargo, dado que el bien mayor que se lograría sería superior a los costes en que incurriríamos, el resultado seguramente merecería la pena.

13  OCDE, Towards green growth, OCDE, París, 2011.

14  Banco Mundial, Inclusive green growth: the Pathway to sustainable development, Banco Mundial, Washington, DC, 2012.

15  Iñigo Capellán-Pérez, Ignacio de Blas, Jaime Nieto, Carlos de Castro, Luis Javier Miguel, Óscar Carpintero, Margarita Mediavilla, Luis Francisco Lobejón et al., «MEDEAS: a new modeling framework integrating global biophysical and socioeconomic constraints», Energy Environmental Science, núm. 13, 2020, pp. 986–1017. También el trabajo de Simone D’Alessandro, André Cieplinski, Tiziano Distefano, Kristofer Dittmer, «Feasible alternatives to green growth», Nature Sustainability núm. 3, 2020, pp. 329–335.

16  Jeremy Rifkin, El Green New Deal Global, Paidós, Madrid, 2019.

17  Helmut Haberl, Dominik Wiedenhofer, Doris Virág, Gerald Kalt, et al., «A Systematic Review of the Evidence on Decoupling of GDP, Resource Use and GHG Emissions, Part II: Synthesizing the Insights», Environmental Research Letters, vol. 15, núm. 6,  doi: 10.1088/1748-9326/ab842a, 2020.

18  OCDE, Global Material Resources Outlook to 2060: Economic Drivers and Environmental Consequences. OCDE, París, 2019.

19  Jason Hickel, y Giorgos Kallis, «Is Green Growth Possible?», New Political Economy 25 (4), 2020, pp. 469–486. También: Helmut Haberl, et al., op.cit. 2020.

20  Óscar Carpintero, «Los costes ambientales del sector servicios y la nueva economía: Entre la “desmaterialización y el “efecto rebote”», Economía Industrial, núm. 352, 2003, pp. 59-76.

21  Jorge Riechmann, Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros, Mra ediciones, Madrid, 2019.

22  IEA, The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions, IEA, París, 2021.

23  Pedro Prieto, «Consideraciones sobre la electrificación de los vehículos privados en España», 15/15/15, 2020.

24  Un simple ejemplo propuesto por Antonio Turiel, (op.cit, p. 145) nos puede ayudar: «Millones de coches duermen en la calle en nuestro país. Para poder recargar esos coches durante la noche haría falta poner un poste eléctrico cada cinco metros de acera aproximadamente. Si fueran postes de 22 KW, como los que quiere instalar el gobierno en las gasolineras, en ciento veinticinco metros de calle habría que tender un cableado junto con los postes para poder suministrar más de un megavatio (MW) de potencia. Una ciudad como Madrid, con más de mil kilómetros de calles, necesitaría cableados, subestaciones eléctricas y sistemas de control para disponer de unos 8GW de potencia (es decir, como todas las centrales nucleares de España). Si extrapolamos estos datos para el resto de España, estaríamos hablando de más de 100GW (igual que la capacidad eléctrica máxima de España)».

25  Ignacio de Blas, Margarita Mediavilla, Iñigo Capellán-Pérez, Carmen Duce, «The limits of transport decarbonization under the current growth paradigm», Energy Strategy Reviews, 32, 2020.

26  Vaclav Smil, «Vivimos en un sistema irracional y la Tierra no puede soportarlo. Entrevista», El Correo, 27 de agosto de 2021.

27  Megan K. Siebert y William E. Rees, «Through the Eye of a Needle: An Eco-Heterodox Perspective on the Renewable Energy Transition», Energies, 14(15):4508, 2021.

28  Eric Zencey, «La energía, el recurso maestro», en: Worldwatch Institute, La situación del mundo 2013, Icaria-FUHEM Ecosocial, Barcelona-Madrid, 2013, pp. 125-140.

29  Alicia Valero, Antonio Valero y Giomar Calvo. Thanatia. Límites materiales de la transición energética, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2021.

30   La propia Agencia recuerda que la construcción de una planta eólica exige nueve veces más recursos minerales que una planta de gas. IEA, op.cit, 2021, p. 5.

31   Daniel Pulido Sánchez, Iñigo Capellán-Pérez, Margarita Mediavilla, Carlos de Castro, Fernando Frechoso, «Analysis of the material requirements of global electrical mobility», DYNA, Vol. 96, 2021, pp. 207 – 213.

32   Carlos de Castro, Margarita Mediavilla, Luis Javier Miguel, Fernando Frechoso, «Global wind power potential: Physical and technological limits», Energy Policy, núm. 39, 2011, pp. 6677–6682.

33   Carlos de Castro, Margarita Mediavilla, Luis Javier Miguel, Fernando Frechoso, «Global solar electric potential: A review of their technical and sustainable limits», Renewable and Sustainable Energy Reviews, núm. 28, 2013, pp. 824–835.

34  Nicholas Georgescu-Roegen, Ensayos bioeconómicos, Los libros de la Catarata (2ª edición), Madrid, 2021. Pedro Prieto, y Charles Hall, Spain’s Photovoltaic Revolution. The Energy Return on Investment. Springer Verlag, Nueva York, 2013. Megan K. Siebert y William E. Rees, op.cit.

35  Hemos optado por la etiqueta de post crecimiento pues, más allá de polémicas legítimas, podría englobar diversas estrategias que intentan ir más allá del crecimiento (sea convencional o verde). Aquí estarían, las que entran dentro de la categoría del decrecimiento (degrowth), los planteamientos de low-growth o de bajo crecimiento, las de aquellos que opinan que es preciso distinguir según el país del que estemos hablando respecto de la necesidad o no de aumentar la producción de bienes y servicios, o las de aquellos que consideran que en el futuro habrá actividades que tendrán que aumentar y otras que deberán reducirse radicalmente y, por tanto, el resultado de estas estrategias en términos de crecimiento o decrecimiento del PIB no debería ser lo fundamental.

36  Iñigo Capellán-Pérez et al., op.cit, 2020.

37  Los primeros resultados provisionales obtenidos para el caso de la economía española con el modelo MO- DESLOW (aplicación de MEDEAS a España) apuntan en la misma dirección.

38  Jaime Nieto, Óscar Carpintero, Luis Fernando Lobejón, Luis Javier Miguel, «An ecological macroeconomics model: The energy transition in the EU», Energy Policy, 145, 111726, 2020. Jaime Nieto, Óscar Carpintero, Luis Javier Miguel, Ignacio de Blas, «Macroeconomic modelling under energy constraints: Global low carbon transition scenarios», Energy Policy, 137, 11090, 2020.

39  Jaime Nieto et al., op.cit, 2020.

40  Jaime Nieto, Óscar Carpintero, Luis Fernando Lobejón, Luis Javier Miguel, «An ecological macroeconomics model: The energy transition in the EU», Energy Policy, 145, 111726, 2020.

41  Simone D’Alessandro et al., op.cit. Véase también: Lorenz Keyβer y Manfred Lenzen, «1.5º C Degrowth Scenarios Suggest the Need for New Mitigation Pathways», Nature Communications, 12: 2676, 2021.

42  Óscar Carpintero y Jorge Riechmann, «Pensar la transición: enseñanzas y estrategias económico-ecológicas», Revista de Economía Crítica, núm. 16, 2013, pp. 45-107.

 

Acceso al texto del artículo completo en formato pdf: Transición energética y escenarios postcrecimiento


Papeles 156: Crisis energética y de materiales

Papeles 156: Crisis energética y de materiales

El sueño de los combustibles fósiles se agota. Los hidrocarburos han permitido en los últimos dos siglos una mejora de las condiciones de vida y confort sin precedentes. Pero esta excepcionalidad llega a su fin, tanto por el lado de la extracción –así lo muestra el pico del petróleo y de otras sustancias y materiales–, como, sobre todo, por el lado de las emisiones –el continuado despliegue del cambio climático y sus impactos condiciona la realidad actual–. Estos hechos amenazan con convertir el sueño en pesadilla.

Son muchos los interrogantes sobre qué vendrá y cómo incorporarlo. La esperanza de las energías renovables e hipertecnológicas a la que aspira la Transición Verde impulsada por las instituciones para “cambiar sin que nada cambie” presenta no pocas brechas, pero dos son suficientes para cuestionar el modelo: una, la tasa de retorno energético (TRE) de las renovables no puede sostener ni remotamente el tamaño del sistema económico actual; y dos, estas tecnologías, además de ser demandantes de energías fósiles en su proceso de fabricación, requieren numerosos minerales y elementos cuyo pico de extracción se contempla alcanzar a lo largo del siglo XXI.

La electricidad por sí misma tampoco es un sustituto directo de los fósiles, a lo que se une el carácter oligopólico de los mercado de suministros energéticos –aunque no solo ellos– en España. Como asegura Santiago Álvarez Cantalapiedra en la INTRODUCCIÓN del número:

«La necesidad de cambiar el marco institucional en el que operan los actores implicados en la producción, el comercio y el consumo de la energía emerge como la conditio sine qua non para poder definir democráticamente el rumbo de la transición energética».

El debate sobre la insoslayable transición energética debe realizarse entre las constricciones que imponen los límites naturales y los apremios temporales. Todo ello anuncia la magnitud y carácter de las dificultades a las que nos enfrentamos ante una crisis de energía y materiales.

Todas estas cuestiones son abordadas en profundidad en la sección A FONDO del número 156 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, dedicada a la crisis energética y de materiales.

Además, en la sección ACTUALIDAD se evalúa la pertinencia de los Objetivos de Desarrollo del Milenio – ODS en la época del Antropoceno; abordamos la crisis ecosocial; y escarbamos en las tensiones de los mercados de gas y electricidad en España.

ENSAYO recoge una reflexión crítica de la vuelta al campo elitista de ciertos profesionales y cartografiamos el personaje de Ali Jinnah, clave en la separación de India y Pakistán.

Cerramos el número con una selección de reseñas en LECTURAS.

A continuación, ofrecemos el Sumario de la revista y el acceso en abierto y gratuito de los textos de Santiago Álvarez Cantalapiedra y de Óscar Carpintero y Jaime Nieto sobre la transición energética y los escenarios poscrecimiento.

 

Sumario

INTRODUCCIÓN

Los planos del debate de la crisis energéticaSantiago Álvarez Cantalapiedra.

A FONDO

Autolimitarnos para que pueda existir el otro. Sobre energía y transiciones ecosocialesJorge Riechmann.

Thanatia. Límites minerales de la transición energéticaAlicia Valero, Guiomar Calvo y Antonio Valero.

Economía política del mercado mundial de petróleo: flujos, actores y preciosRafael Fernández Sánchez.

China, geopolítica y materiales estratégicosTica Font.

Crisis energéticaLuis González Reyes.

Descenso energético: escenarios, estrategias y redistribuciónMartín Lallana.

Transición energética y escenarios postcrecimientoÓscar Carpintero y Jaime Nieto.

ACTUALIDAD

Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en crisis: del Antropoceno a su recalibraciónCarlos Gómez Gil.

Mejor hablar de crisis ecosocialAlejandro Quecedo del Val.

Tensiones en mercados y precios de gas y electricidadFrancisco Javier Gutiérrez Hurtado.

ENSAYO

La pseudo revolución posturbanaJean-Pierre Garnier.

Jinnah, el que pudo ser el primer ministro de la India independiente en un potencial comunitarismo de convivenciaJesús Ojeda Guerrero.

LECTURAS

Técnica y tecnología. Cómo conversar con un tecnolófilo, de Adrián Almazán

Pablo Alonso López

Economía política feminista. Sostenibilidad de la vida y economía mundial, de Astrid Agenjo Calderón

Oriol Navarro e Irene Gómez-Olano

Cuaderno de notas

RESÚMENES

 

Información y compras:

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Los planos del debate de la crisis energética

Santiago Álvarez Cantalapiedra escribe en el texto introductorio del número 156 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, titulado «Los planos del debate de la crisis energética», que es en el escenario de la crisis energética-climática donde se revelan con mayor claridad los límites biofísicos de la civilización industrial capitalista.

Construida sobre la base energética de los recursos fósiles, la intensificación y expansión del industrialismo a lo largo de los dos últimos siglos ha mostrado la existencia de límites en la disponibilidad de los recursos (debido al agotamiento de unos stocks que se extraen de la corteza terrestre a un ritmo que no se corresponde con los largos periodos geológicos que los forman) y la presencia, aún más apremiante, de límites en la capacidad de asimilación de los residuos.

La contaminación del aire, de las aguas y de la tierra con todo tipo de residuos (sólidos, líquidos y gaseosos) no solo ha hecho del planeta un inmenso vertedero, sino que además ha conseguido alterar el clima en la troposfera y modificar la estructura de la atmósfera.

Ambas circunstancias ofrecen suficientes evidencias para concluir que el modelo energético imperante resulta inviable si queremos preservar las condiciones naturales que facilitan una vida civilizada en el planeta. La contradicción derivada de un modo civilizatorio que no civiliza nos exige renunciar a un modelo de acumulación basado en requerimientos crecientes de materiales y energía y a perfilar horizontes con nuevos fines (sociales, económicos y políticos) y medios que hagan un uso menos intensivo de los recursos.

Este debería ser el insoslayable punto de arranque de cualquier discusión sobre el sistema energético. De ser así, no podrá obviarse que la rápida transición hacia una nueva base energética requiere algo más que una aceleración del desarrollo tecnológico y la sustitución de unas fuentes energéticas insostenibles por otras renovables. La cuestión tiene mayor enjundia, y la interiorización de la existencia de los límites naturales (cuando se cumple el quincuagésimo aniversario de la publicación del informe al Club de Roma de los esposos Meadows) debería situar, como ejes centrales en una estrategia de transición, dos cuestiones: la primera, que la senda por la que transitaremos será descendente en términos energéticos dada la existencia de límites (materiales, territoriales, de eficiencia tecnológica, etc.); y la segunda, que el camino hacia la descarbonización de la economía para sortear las peores consecuencias del cambio climático va a estar condicionado por lo anterior.

Otros planos del debate

Aunque nuestras sociedades fueran más conscientes de lo que muestran en relación con la existencia de los límites naturales, el problema de la transición energética no se resuelve sin la introducción de otros planos en el debate. El primero tiene que ver con el propósito de descarbonizar electrificando todos los procesos que hasta ahora se encuentran alimentados con recursos fósiles y que en adelante obtendrían los suministros de un sistema eléctrico basado en flujos renovables. Esta vía de «descarbonizar electrificando» sin cambios profundos en el modo de vida hegemónico, además de los consabidos límites ya aludidos, no está exenta de su propia problemática, particularmente derivada de la singularidad que presenta la electricidad como producto. Otro plano ineludible que añade complejidad a la transición es la presencia en el sector energético de instituciones, actores y relaciones de poder que, de no tomarse en consideración, marcarán las posibilidades de que aquella pueda llegar a ser justa además de sostenible.

En resumen, que la crisis energética difícilmente se abordará con seriedad si no nos pone frente al espejo de la situación de extralimitación en la que nos encontramos y no se encaran las dificultades específicas que presenta un sistema energético que, además de gobernado por estructuras oligopólicas que condicionan el funcionamiento de los mercados y la fijación de los precios, rezuma fuertes tensiones geopolíticas.

La electrificación del sistema energético

Si la transición energética es la clave de bóveda de la transición ecosocial, la eléctrica se presenta a su vez como la condición necesaria de la primera. Sin embargo, la electrificación del sistema energético es un desafío realmente complicado. Para empezar, hay que recordar el estadio en que estamos, donde la electricidad apenas representa el 20% del consumo energético final sin ser, ni mucho menos, toda de origen renovable. A esa dificultad de partida se suman otras consideraciones en absoluto menores.

En primer lugar, aunque la electricidad se encuentra presente en la naturaleza, los seres humanos no somos capaces de aprovechar directamente ese potencial, por lo que precisamos de tecnologías e infraestructuras -que han de ser fabricadas e instaladas a partir del empleo de un ingente caudal de recursos materiales y energéticos- para ser capaces de transformar los flujos renovables en energía eléctrica y, como señalan en su artículo Carpintero y Nieto,1 esta circunstancia nos sitúa ante la denominada trampa de la energía, es decir, ante el hecho de que el despliegue de esas infraestructuras de captación de las fuentes renovables pueda significar, si no propiciamos cambios radicales en el resto de usos en que se emplean esos recursos requeridos, un agravamiento de los problemas relacionados con los límites de disponibilidad de recursos y desbordamiento de sumideros a los ya hemos hecho referencia.

En segundo lugar, no todas las actividades se pueden electrificar con las tecnologías actualmente disponibles (basta con pensar en el transporte nacional e internacional de mercancías o en la industria química), y cuando empiecen a estar a nuestra disposición las alternativas, la matriz de renovables no parece que pueda garantizar la afluencia energética con la que cubrir los desmesurados niveles de consumo a los que nos hemos acostumbrado en la era de la energía fósil.

La transformación hacia un modelo 100% renovable sin considerar, de nuevo, cambios profundos en las estructuras y dinámicas sociales, es una ilusión que queda -en los plazos de urgencia en los que nos movemos- sencillamente fuera de nuestro alcance.

Finalmente, la electrificación del sistema energético se encuentra con problemas asociados a las peculiaridades de la electricidad, en concreto, las dificultades para su almacenamiento a gran escala y para conjugar la oferta con la demanda derivada de la intermitencia en la generación a partir de fuentes renovables como el sol y el viento. A pesar de las esperanzas depositadas en el hidrógeno como vector energético que facilite una alternativa viable de almacenamiento cuando la generación eléctrica de origen renovable exceda a la demanda, los avances en los esfuerzos encaminados en esta dirección no han proporcionado hasta el momento más que avances muy modestos sin lograr siquiera las condiciones económicas y ecológicas que pudieran hacerlo viable en un corto plazo.2  Tampoco los resultados obtenidos de la conversión mecánica en las centrales hidráulicas por bombeo o en acumuladores de conversión química o electromagnética parece que sean suficientemente significativos como para pensar que el problema está resuelto.

Por otro lado, la conjugación permanente de la oferta con la demanda requiere dotar al sistema eléctrico de los atributos de estabilidad y flexibilidad, algo difícil de lograr dado el carácter discontinuo de las fuentes renovables. Obviamente se trata de un asunto estrechamente relacionado con las posibilidades de almacenamiento a gran escala, aunque no únicamente. Requiere también resolver de forma adecuada la integración de las diferentes secuencias que conforman el sistema eléctrico, desde la generación hasta la utilización final de la electricidad pasando por el transporte a través de redes de alta tensión y la distribución comercial. Para ello se confía en una digitalización a gran escala que haga posible lo que se denomina “energía conectada”. Así pues, la electrificación del sistema energético queda íntimamente ligada a la intensificación de la digitalización de la sociedad, con todas las potencialidades, pero también con todos los problemas y riesgos que comporta. No es el momento (y tampoco hay espacio) para desarrollar este aspecto, pero sí convendría observar cómo se viene construyendo un discurso tecnologicista en el que se habla alegremente de “prosumidores” (actores que desempeñan simultáneamente el papel de productores y consumidores), de redes concebidas como plataformas digitales de servicios, de descentralización gobernada por organizaciones vecinales y comunitarias, etc., sin alusión alguna a cómo se organiza y funciona realmente el sector: con estructuras oligopólicas y una invariable connivencia de los diferentes gobiernos con las grandes empresas para su mayor beneficio y menor atención a los intereses generales de la población.

Las estructuras e instituciones de poder

La integración de las fuentes renovables en un sistema descentralizado y digitalizado basado en redes dinámicas bidireccionales en las que millones de usuarios pudieran gestionar su consumo eléctrico y verter los excedentes a la red es un proyecto que tropieza con las estructuras e instituciones de poder tanto nacionales como internacionales.

La necesidad de cambiar el marco institucional en el que operan los actores implicados en la producción, el comercio y el consumo de la energía emerge como la conditio sine qua non para poder definir democráticamente el rumbo de la transición energética. Se trata de una cuestión crucial de un debate eminentemente político que no puede ser hurtado a la ciudadanía, pero que requiere, para mayor complicación, de un conocimiento riguroso del funcionamiento, las prioridades y los actores decisivos que condicionan la marcha de un sistema energético.3

Por si esto fuera poco, cabe añadir la dimensión internacional en que se desarrolla el sistema energético actual, marcado a su vez por profundas asimetrías y desigualdades. El orden fosilista ha estado acompañado permanentemente de una geopolítica que ha hecho y desecho alianzas internacionales y esferas de influencia, en la mayoría de los casos con consecuencias bélicas para los países que han osado desafiar el orden establecido con el propósito de mejorar su participación en el pastel o garantizar, al menos, su cuota de mercado. Pocos ámbitos han estado tan marcados en la historia reciente por las estrategias de seguridad nacional de las grandes potencias y demasiados han sido los pueblos que les ha tocado sufrir las calamidades que esas estrategias han ocasionado. No es una historia exclusiva del sector energético, aunque tal vez sí uno de los ejemplos más significativos.

Un solo dato puede ser indicativo de la magnitud que va a adquirir esta dimensión geopolítica. En el año 1990, el mundo obtenía el 87% de su energía primaria de fuentes fósiles; en el 2020, representa el 83%, con una reducción de apenas cuatro puntos porcentuales en tres décadas. ¿Cómo será posible moverse desde el 83% al cero en los próximos 30 años, periodo que se contempla para culminar el proceso de descarbonización, sin una recomposición radical de las fuerzas y actores en juego?

Pensar imaginativamente otros fines y medios

Para que no desemboque la tan anhelada transformación de la matriz energética en una tragedia ecosocial sin precedentes o en el apartheid de gran parte de la humanidad, no queda otra que perfilar horizontes nuevos con otros fines y medios. No existe como tal una transición energética en marcha, sino un espacio de disputa que podrá salvarnos de –o encaminarnos sin remedio hacia– los peores escenarios de la crisis ecosocial.

Mientras se disputa y se hacen valer las capacidades políticas y técnicas para resolver los problemas y dificultades concretas en los planos antes mencionados, resulta igualmente necesario y urgente subvertir los objetivos, prioridades y valores que nos han conducido a esta crisis energética que desvela un rango civilizatorio a poco que se escarbe. El capitalismo ha construido un entorno social y cultural que favorece el consumo desenfrenado, creando unos consumidores agitados por el ansia de alcanzar todos sus deseos. Y no lo hace de forma homogénea y continua, sino generando abismales desigualdades y provocando crisis continuas en medio de un despilfarro generalizado. Se antoja imposible construir una sociedad autocontenida y guiada por principios igualitarios en escenarios de escasez sin un cuestionamiento y una radical redefinición de las nociones de bienestar y calidad de vida en las sociedades contemporáneas. La lucha contra la desigualdad y el despilfarro consustanciales a la dinámica capitalista ofrecen cierto margen que, aunque se vaya estrechando, permite aún imaginar sociedades civilizadas con propósitos que no se reduzcan a los de la mera supervivencia.

Santiago Álvarez Cantalapiedra

NOTAS

1.  Óscar Carpintero y Jaime Nieto, «Transición energética y escenarios post-crecimiento», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 156, invierno 2021, FUHEM Ecosocial, Madrid, pp 93-106.

2.  Véase en esta misma revista Antonio Serrano, «hidrógeno verde y transición energética», Papeles de rela- ciones ecosociales y cambio global, núm. 1153, primavera 2021, FUHEM Ecosocial, Madrid, pp. 83-92.

3.  De la complejidad y cuestiones más relevantes del sistema eléctrico español, dominado por un oligopolio formado por un número muy reducido de compañías que poseen casi toda la capacidad instalada y el control de la mayoría de las redes de distribución y comercialización, ejerciendo una influencia decisiva sobre el marco institucional y enormes posibilidades de captura del regulador, da buena cuenta Enrique Palazuelos en un libro imprescindible para quien desee aventurarse, con conocimiento de causa, en la discusión sobre la viabilidad, características y consecuencias de la transición energética: El oligopolio que domina el sistema eléctrico. Consecuencias para la transición energética, Akal, Madrid, 2019.

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