Cuando lo importante no es relevante. La sociedad española ante el cambio climático

Francisco Heras Hernández y Pablo A. Meira

 

 

 

Cuando lo importante no es relevante. La sociedad española ante el cambio climático, Francisco Heras Hernández, Pablo Ángel Meira Cartea, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, núm. 136, invierno 2016-2017, págs. 43-53.

 

 

 

 

 

 

Los estudios realizados para conocer las ideas y valoraciones de la población española sobre el cambio climático dibujan una sociedad consciente de la realidad del fenómeno, de su causalidad humana y de su peligrosidad, que rechaza la inacción frente al problema. Pero también revelan que el cambio climático no forma parte de las prioridades personales y posee una modesta relevancia social, política o mediática.  En este escenario, la mera provisión de información sobre los impactos y vulnerabilidades asociadas al cambio climático no parece ser la respuesta necesaria, ya que cada vez son más quienes se sitúan en una actitud de ignorancia activa, optando por “no saber más” acerca de un fenómeno que resulta deprimente y les sobrepasa.


   Los estudios realizados en los últimos años sobre la sensibilidad del clima ante las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) llevan a una conclusión clara: no es posible evitar interferencias peligrosas sobre el clima con meros retoques en el sistema energético mundial, sino que se requiere una transformación profunda de la cultura de la energía. Un cambio que debe ser realizado en un periodo de tiempo cada vez más limitado.

   A modo de ejemplo, un reciente trabajo aparecido en la revista Nature1 estima que, para tener un 50% de posibilidades de mantener el calentamiento global por debajo de 2°C,2 las emisiones acumuladas entre 2011 y 2050 no deberían superar las 1.100 gigatoneladas de CO2. Unas cifras que serán superadas de largo si persisten las actuales tendencias. De hecho, si se utilizasen las reservas conocidas de combustibles fósiles, se producirían unas emisiones unas tres veces superiores a esta cifra. De acuerdo con los autores del citado artículo, no superar los 2°C requiere renunciar a quemar el 80% de las reservas conocidas de carbón, el 50% de las de petróleo y el 30% de las de gas. Es fácil imaginar las enormes resistencias que plantea esta autolimitación en las esferas social y económica.

 

Se requiere una transformación profunda de la cultura de la energía.

 

   Los planes nacionales e internacionales empiezan a reconocer, al menos en el plano teórico, las dimensiones del esfuerzo requerido. Por ejemplo, la Hoja de Ruta para una economía baja en carbono de la Unión Europea plantea, para 2050, un recorte de las emisiones de un 80% respecto a los niveles de 1990, que debe ser íntegramente logrado con reducción de las emisiones propias, sin recurrir a mecanismos como el comercio de emisiones.

   Sin embargo, hay un abismo entre los objetivos de cambio que se derivan de esos análisis y las respuestas reales. Porque lo cierto es que, en lo esencial, seguimos pensando y tomando decisiones como si el cambio climático no existiera. ¿Cómo explicar la aparente contradicción?


Explorando las raíces de la inacción

   En los años 2008, 2010 y 2012 nuestro equipo desarrolló tres amplios estudios demoscópicos que exploraron las creencias3 y las valoraciones de la población española sobre el cambio climático, así como la forma en que este es socializado a través de la comunicación. Los resultados obtenidos aportan algunas claves para comprender las representaciones sociales del fenómeno, así como la aparente –o real– indiferencia social que genera.

Las creencias y las valoraciones

   Las creencias y valoraciones sociales sobre el cambio climático condicionan las reacciones personales y colectivas ante el problema. Si se extienden las dudas sobre la realidad del cambio climático o sobre su relación causal con la acción humana o se minusvalora su peligrosidad, parece difícil que se fragüen los consensos sociales y la voluntad política necesarios para desarrollar respuestas que limiten su impacto.

   Algunos estudios empíricos han detectado una relación significativa entre creencias básicas en materia de cambio climático y predisposición a desarrollar acciones personales a favor del clima,4 el nivel de apoyo otorgado a las políticas públicas frente al cambio climático5 o el respaldo a los candidatos que defienden el desarrollo de acciones contra el cambio climático.6

   ¿Cuál es la situación en el caso español? En las demoscopias ya citadas7 exploramos el grado de ajuste entre las creencias y las valoraciones sociales y las interpretaciones científicas. Los resultados obtenidos han confirmado que la sociedad española reconoce de forma general la realidad del cambio climático y la influencia humana en su génesis, siendo menos de una de cada diez personas encuestadas quienes creen que “no está ocurriendo” o quienes lo atribuyen “principalmente” o “exclusivamente” a causas naturales.

   La población española también reconoce de forma mayoritaria la peligrosidad del cambio climático, aunque, cuando valora los riesgos para las personas incorporando variables temporales (generaciones actuales-generaciones futuras), económicas (países ricos-países pobres) y de cercanía al propio individuo (sociedad española-propia comunidad-propia familia-propia persona encuestada), se descubren posiciones diversas. Las personas que hacen valoraciones de riesgo más bajas tienden a considerar realmente vulnerables a los países pobres y, en algunos casos, a las generaciones futuras. Por el contrario, quienes realizan las valoraciones de riesgo más elevadas se caracterizan por no establecer excepciones económicas, temporales o sociales.

   Las demoscopias también exploraron en qué medida los españoles reconocen la necesidad de desarrollar respuestas para limitar los riesgos derivados del fenómeno. Los resultados muestran que los españoles creen que, frente al cambio climático, no cabe la inacción. Y también revelan un amplísimo apoyo a las iniciativas orientadas al ahorro, la eficiencia y la adaptación. Sin embargo, revelan divergencias al otorgar un nivel de prioridad a la acción para proteger el clima, ya que para muchos, el 47%, “deberíamos ocuparnos de problemas más importantes”.

   El análisis de los datos demoscópicos ha revelado unas relaciones diversas entre las creencias sobre cambio climático y el posicionamiento político: la relación es débil en lo relativo al reconocimiento del fenómeno o la atribución de sus causas; y casi inexistente al analizar las posiciones sobre el ahorro, la eficiencia o la adaptación; pero significativa en lo referente a la valoración de los riesgos: las personas que se sitúan en la izquierda del espectro político realizan valoraciones de los riesgos más elevadas que aquellas que se sitúan en el centro o la derecha. La percepción del riesgo se perfila así como el aspecto más “político” y también el más estable, al mostrar cambios mínimos entre las oleadas de 2010 y 2012.

La cuestión de la relevancia

   Creemos que es real, que es originado por la actividad humana y que es peligroso; y nos declaramos contrarios a la inacción… pero, en la práctica, parecemos comportarnos como si el problema no existiera. Para tratar de explorar esta aparente contradicción, resulta interesan te introducir un nuevo aspecto en el análisis: la relevancia que se otorga a la cuestión. El conjunto de temas sobre los cuales podemos emitir un juicio o valoración es muy amplio. Pero el conjunto de aspectos de los que podemos ocuparnos es mucho más limitado. Por ello, no todos los temas logran hacerse un hueco en nuestras agendas. El concepto de relevancia ayuda a valorar hasta qué punto tenemos un determinado tema “en mente”, lo que hace más probable que sea tenido en cuenta a la hora de tomar decisiones, o si es solo una cuestión más sobre la que tenemos opinión, que se puede considerar “importante” pero no “relevante”.

 

Las creencias y valoraciones sociales sobre el cambio climático condicionan las reacciones personales y colectivas ante el problema

 

   Desde una perspectiva colectiva, proporcionar respuestas adecuadas al cambio climático hace necesario reformular un amplio conjunto de políticas públicas: agricultura, transporte, industria, energía, turismo… que deben ser revisadas bajo criterios de mitigación y adaptación.8 Pero las políticas y medidas de lucha contra el cambio climático entran en competencia con otras políticas, especialmente cuando se aplican objetivos y visiones de corto plazo. En este sentido, para que la lucha contra el cambio climático se convierta en una prioridad, el tema debe poseer una elevada relevancia social y política.

   La cuestión de la relevancia también tiene interés desde la perspectiva personal, ya que, igual que ocurre en el caso de las agendas públicas, el conjunto de cuestiones que nos movilizan o inspiran para introducir cambios en nuestras opciones personales es limitado.

   Existen numerosos indicios que indican que el grado de relevancia otorgado al cambio climático es bajo:

• El cambio climático no se cita entre los “problemas más importantes”: entre 2008 y 2012 disminuyó progresivamente el porcentaje de personas entrevistadas que citan el cambio climático espontáneamente entre los principales problemas mundiales;9 las citas fueron prácticamente inexistentes si se interrogaba sobre problemas en el ámbito nacional, regional o local.

• Se habla poco sobre cambio climático con amigos o familiares: en 2012, solo tres de cada diez personas encuestadas había escuchado hablar sobre el tema, en el mes previo, a un amigo y solo una de cada cuatro a un familiar.

• Los españoles se informan poco de forma activa sobre cuestiones relativas al cambio climático: las búsquedas por internet sobre cambio climático han perdido peso progresivamente a partir de 2007, tal y como muestran los análisis hechos con la aplicación Google Trends.

• La participación en demanda de políticas y medidas frente al cambio climático es muy escasa: en la encuesta realizada en 2012, tres de cada cuatro personas encuestadas declararon no haber colaborado nunca con alguna organización que actúe ante el cambio climático; solo dos de cada diez personas encuestadas dijo haber firmado con cierta frecuencia a favor de campañas ante el cambio climático, mientras que solo una de cada diez afirmó haber asistido a alguna protesta para demandar acciones ante el cambio climático.

• Los medios de comunicación tratan poco el tema: un estudio sobre el tratamiento mediático del cambio climático en España estimó que el número de informaciones sobre cambio climático en los periódicos constituía un 0,2% del total, siendo el 0,19% de la muestra analizada para el caso de los informativos de televisión. El trabajo concluía que el tema constituye «un asunto marginal para los medios españoles».10

• El cambio climático está ausente de los debates políticos o las campañas electorales: en los últimos cinco debates sobre el Estado de la nación, celebrados en el Congreso de los Diputados (años 2010, 2011, 2013, 2014 y 2015) la locución “cambio climático” fue citada solamente en una ocasión.11 En el último gran debate entre candidatos a presidente del Gobierno el tema no fue mencionado por ninguno de los candidatos.

 

Frente al cambio climático no cabe la inacción

 

   Recapitulando, el cambio climático parece generar poco interés en el ámbito social (se habla poco, se debate poco, no se identifica entre los problemas más importantes), en el ámbito político (se cita poco, es poco relevante en los programas o los debates electorales) y en el ámbito mediático (se emite, se publica poco).

Explicaciones a la falta de relevancia del cambio climático

   ¿Por qué un problema que, según la principal revista sobre ciencia médica en el ámbito internacional «es, potencialmente, la mayor amenaza a la salud global en el siglo XXI»12 tiene una relevancia social, política y mediática tan escasa? Las explicaciones sugeridas son diversas, entre ellas:


Es importante, pero no es urgente

   No hemos sido capaces de entender la urgencia del problema; por este motivo no lo valoramos como prioritario, aunque nos parezca “importante”. A esta percepción de falta de urgencia contribuirían elementos diversos entre los que podemos destacar:

– Una comprensión inadecuada de la dinámica temporal del cambio climático: no es fácil reconocer la inercia asociada al cambio del clima, que hace que hoy estemos comprometiendo los escenarios climáticos del futuro.

– Unos contextos contradictorios: el escaso peso de la cuestión climática en la agenda política o el lento y tortuoso avance de las negociaciones internacionales pueden haber sido leídos como indicadores de que no estamos ante una cuestión urgente.

Hay otros problemas más inmediatos

   Las personas tienden a priorizar los problemas más cercanos en el tiempo y acuciantes. Los españoles tienen problemas más inmediatos (por ejemplo el desempleo o los problemas económicos) que dificultan centrar la atención en aspectos más graves, aunque con efectos menos reconocibles en el corto plazo.

Los medios no le prestan suficiente atención

  Los medios de comunicación tienen una influencia reconocida en las agendas política y social y la cobertura mediática del cambio climático es cada vez más débil, lo que, a su vez, ha sido atribuido a causas diversas: los conflictos con los intereses de los anunciantes y los aparatos políticos,13 la falta de novedad,14 que hace difícil mantener en el tiempo el tratamiento de un problema que, por su naturaleza, no es de carácter puntual o, en el caso de las televisiones, la falta de imágenes atractivas para dar soporte a las informaciones.15

El cambio climático nos sobrepasa

   El cambio climático es una fuente permanente de malas noticias y, en consecuencia, el problema es percibido como deprimente, demasiado grande y difícil de resolver, fuera de nuestro alcance. Y si no creemos que tenemos una capacidad real para influir en su evolución, no está en nuestra agenda. Los estudios sobre representaciones del cambio climático desvelan una combinación socialmente letal de dos emociones, miedo e impotencia, que conforman una emoción híbrida, la sobredeterminación, que inhibe el interés y la acción social proactiva.

El temor a los costes de actuar

   Mucha gente muestra más miedo a las repercusiones de las medidas de respuesta frente al cambio climático que a las propias consecuencias del cambio climático. Al fin y al cabo, las primeras son concebidas como tangibles e inmediatas, mientras que las segundas se perciben como más imprecisas y lejanas en el tiempo. En definitiva, tememos el coste de las respuestas y optamos implícitamente por aplazarlas a un futuro indefinido (o, lo que es lo mismo, trasladamos los costes a las próximas generaciones).

La proyección de la incertidumbre epistémica como incertidumbre social

   A pesar de la creencia mayoritaria de que el cambio climático existe y está ocasionado por la actividad humana, un porcentaje significativo de la población aún percibe desacuerdos y dudas en la comunidad científica. En el caso de la sociedad española esta cifra alcanzó en 2013 el 39%;16 es decir, suma prácticamente a la mitad de quienes creen que el cambio climático es real. Las dudas que proyecta la comunidad científica, las más de las veces de forma no premeditada al aludir a los márgenes de incerteza propios del método científico, son aprovechados por escépticos y negacionistas para erosionar la creencia y la relevancia social del cambio climático.

  Todas estas explicaciones han sido propuestas en diferentes contextos para explicar la falta de “prioridad” o “urgencia” asignada al cambio climático y es probable que, en mayor o menor medida, todas ellas formen parte de las causas reales de la limitada relevancia social del cambio climático en España. Dado que en las explicaciones citadas confluyen elementos de naturalezas diversas, estamos ante una cuestión abordable desde distintas disciplinas: la psicología, la ética, la comunicación, la economía, la ciencia política, etc.

En la práctica, parecemos comportarnos como si el problema no existiera

   Recapitulando, resulta forzoso reconocer que, a pesar de que tenemos una cierta conciencia de que el cambio climático es real y plantea una amenaza (con impactos que ya pueden apreciarse en numerosos lugares), en la práctica vivimos como si el cambio climático no existiera. La cuestión no tiene un peso significativo ni en nuestras decisiones personales ni en las colectivas. Ni siquiera es un tema candente en los debates social o político. Considerando los datos relativos a la comunicación del cambio climático podríamos decir que, como sociedad, hemos decidido “mirar para otro lado”, “hacer oídos sordos” ante los mensajes de una minoría –compuesta esencialmente por ecologistas, otros activistas sociales y algunos científicos– que alerta sobre el problema y exige soluciones.

  Sin embargo, dotar de relevancia al cambio climático resulta imprescindible para que el cuidado del clima no quede supeditado a un sinfín de cuestiones que parecen importantes, pero que casi siempre son secundarias, porque el mantenimiento de las condiciones mínimas de la vida sobre la tierra constituye una condición sine qua non del bienestar humano. Sin un clima estable casi todo lo demás no podrá ser. Esa sencilla realidad marca la trascendencia del reto. Un reto que, en lo esencial, es innegociable: la magnitud de la reducción de las emisiones globales solo puede ser aquella que permita evitar un cambio peligroso e irreversible en el sistema climático. Un esfuerzo menor carece de sentido.

   Es probable que cambio climático acabe, finalmente, entrando en las agendas social y política. La cuestión es: ¿lo hará cuando hayamos superado los umbrales de estabilidad del clima planetario y el cambio climático se haya convertido en una desgracia inevitable?

Romper el “silencio climático”

   Oír hablar sobre cambio climático, opinar, debatir, deliberar, parecen precondiciones para que el cambio climático adquiera la relevancia necesaria para que se incorpore a nuestras agendas. Sin embargo, sería ingenuo pretender que estamos ante un mero “déficit informativo”; que tan solo se trata de hacer llegar suficiente información sobre el problema para que la gente “abra los ojos”. De hecho, los indicios apuntan a que no hablar, no escuchar, no leer y no escribir sobre el cambio climático es el resultado de una actitud (“no querer saber”) y no una consecuencia de la falta de información.17

   El primer reto es, seguramente, evitar que la gente baje la mirada ante el cambio climático. Que opte por “no querer saber”. Que evite –consciente o inconscientemente– las informaciones sobre el tema. Estamos seguramente ante el reto más difícil. ¿Quién no ha deseado alguna vez “no darse por enterado” ante una información que nos resulta inconveniente? No saber nos evita pasar un mal rato. Y no menos importante, nos exime de la obligación moral de actuar.

   Sin embargo, convertir el cambio climático en una sucesión de informaciones alarmantes o sombrías no garantiza una mayor atención, ni tampoco una acción responsable. El cambio climático tiene para la mayoría de la gente connotaciones emocionales negativas. Y la comunicación refleja –y refuerza– esta valoración al aportar casi siempre malas noticias. Ante la sobredeterminación, no es extraño que mucha gente evite informarse, opte por “seguir la política del avestruz”.

   Mirar de frente una realidad que no nos agrada no es un ejercicio racional y emocionalmente fácil. Y la comunicación no lo facilita si se limita a presentar el cambio climático como un problema deprimente y sin salida.

Comunicación y responsabilidad social

   Lamentablemente, estamos ante un campo abonado para el oportunismo comunicativo: los mensajes tranquilizadores que tratan de desproblematizar el cambio climático presentando soluciones mágicas e indoloras, hacen fortuna, sosegando, aunque sea de forma parcial, a las audiencias. También se multiplican los mensajes que normalizan o justifican las opciones más contaminantes. Paradójicamente estos discursos irresponsables que transmiten un optimismo irracional y alimentan la inacción (“se arreglará”, “ya estamos trabajando para resolverlo”, etc.), se suelen presentar como expresiones de responsabilidad corporativa,18 mientras que las invitaciones a “disfrutar de nuestras contradicciones” se disfrazan de empatía y comprensión. La profunda irresponsabilidad de estas intervenciones no debería ser ignorada y, de hecho, estas estrategias de comunicación, que utilizan los canales publicitarios para obstaculizar de forma premeditada las respuestas frente al cambio climático, deben ser seriamente puestas en cuestión.

El conjunto de cuestiones que nos movilizan es limitado

   Por otra parte, la comunicación recurrente de los impactos y la vulnerabilidad frente al cambio climático que no se acompaña de información sobre las “salidas” para limitar los riesgos también puede resultar paralizante y desmotivadora. Nos encontramos ante una situación extraordinariamente difícil y comprometida y no es lícito ocultarlo. Pero el señalamiento de los riesgos debe asociarse a la identificación de soluciones. El miedo, por sí solo, no garantiza respuestas adecuadas. En palabras de Fernando Cembranos, “hace falta saber hacia dónde correr”.

   Tratar las respuestas frente al cambio climático muestra que nos encontramos ante un problema sobre el que es posible actuar; contribuye a poner las acciones frente al cambio climático en las agendas sociales y políticas; aporta inspiración para implicarse en las soluciones. Y proporciona valiosas lecciones sobre los resultados reales asociados a las acciones de lucha contra el cambio climático. Las respuestas humanas ante el fenómeno del cambio climático constituyen una parte importante de la “historia”, que debe ser contada. Pero, además, muchos agradecen poder visualizar las nuevas opciones que se proponen. Opciones que, por el hecho de no ser las habituales, generan incertidumbres, dudas y resistencias.

   En la prensa española, las informaciones relativas a las respuestas se centran en un conjunto de temas limitado, como las negociaciones internacionales, los mercados de car- bono, las energías renovables o la geoingeniería, apreciándose temas y perspectivas poco tratados, fundamentalmente aquellos relacionados con las dimensiones sociales, económicas y sanitarias del problema, a pesar de su relevancia en el universo de las respuestas humanas al cambio climático.

Reflexiones finales

  A pesar de que las alertas se suceden, las respuestas frente al cambio climático son tímidas e insuficientes. No es simplemente que no hagamos casi nada: en lo esencial, nos comportamos como si el problema no existiera.

  En el plano colectivo, la lucha contra el cambio climático pasa por revisar un amplio con- junto de formas de hacer que, a día de hoy, se basan en la quema de grandes cantidades de combustibles fósiles: la producción de alimentos, el transporte, la vivienda, el comercio, el turismo, la energía, etc. En el plano de los estilos de vida, hay que repensar la alimentación, el ocio o la movilidad. Resulta impensable lograr las reducciones de emisiones necesarias para estabilizar las concentraciones de GEI en la atmósfera sin un replanteamiento profundo de estas dimensiones. El clima de mañana depende de las emisiones de GEI de ayer y de hoy; emisiones que dependen estrechamente de nuestras opciones personales y colectivas. Contamos con alternativas para transitar hacia una nueva cultura “baja en carbono”, pero hacen falta consensos sociales y determinación.

   El cambio climático es presentado a menudo como un formidable reto tecnocientífico. Pero en la actualidad se ha convertido, sobre todo, en un reto social y político. Para lograr avances significativos en estos escenarios, parece necesario romper el actual “silencio climático”. Necesitamos más debate y reflexión para comprender mejor la naturaleza compleja –a veces contraintuitiva– del fenómeno y valorar las salidas a nuestro alcance. Las grandes respuestas frente al cambio climático (formuladas de forma genérica) cosechan un nivel de apoyo muy elevado y un notable consenso social, hecho que indica una predisposición a aceptar políticas y medidas de adaptación y mitigación y que pone en entredicho el argumento de la incomprensión social para justificar la inacción de los gobiernos.

   El contexto español ofrece una situación con claros y oscuros. Aunque la respuesta social, política y mediática haya sido muy tímida, existen ingredientes para un cambio más profundo si hay fenómenos de liderazgo y buena comunicación. ¿Los tendremos?


Notas:

1 C. McGlade y P. Ekins, «The geographical distribution of fossil fuels unused when limiting global warming to 2°C», Nature, núm. 517, 2015, pp. 187-190.

2 Un buen número de estudios científicos sitúan entre 1,5 y 2°C el nivel de aumento de las temperaturas que desencadenaría impactos e interferencias graves en el sistema climático. Por este motivo, el Acuerdo de París, alcanzado en 2015 en el marco de las negociaciones internacionales sobre el clima, fija como objetivo mantener el aumento de la temperatura media global por debajo de esa cifra.

3 Utilizaremos el término creencias para referirnos a las ideas, representaciones o pensamientos que se asumen como verdaderos.

4 A. Vainio y R. Paloniemi, «Does belief matter in climate change action?», Public Understanding of Science, Vol. 22, núm. 4, 2011, pp. 382–395.

5 J. A. Krosnick, A. L. Holbrook, L. Lowe y P. Visser, «The origins and consequences of democratic citizens’ policy agendas: A study of popular concern about global warming», Climatic Change, núm. 77, 2006, pp. 7-43.

6 A. Leiserovitz, E. Maibach, C. Roser-Renouf y G. Feinberg, Politics & global warming. Spring 2014, Yale University & George Mason University, New Haven, CT: Yale Project on Climate Change Communication, 2014.

7 P. A. Meira, M. Arto, F. Heras et al., La respuesta de la sociedad española ante el cambio climático, Fundación Mapfre, Madrid, 2013.

8 IPCC, Climate change 2014. Synthesis Report. Contribution of working groups I, II and III to the Fifth Assessment Report of the IPCC, Ginebra, Suiza, 2014 [disponible en: http://ar5-syr.ipcc.ch/].

9 En 2012, solo un 3,6% de las personas encuestadas citó espontáneamente el cambio climático entre los dos principales problemas globales.

10 B. León, «El cambio climático en los medios: una visión pluridimensional» en B. León (coord.), Periodismo, medios de comunicación y cambio climático, Comunicación Social Ediciones y Publicaciones, Salamanca, 2014, p.16.

11 En ese mismo periodo de tiempo se hicieron 57 menciones al terrorismo o a la política antiterrorista, por comparar con un tema que sí posee relevancia política.

12 Ver A. Costello et al., «Managing the Health effects of Climate Change», The Lancet, Vol. 373, núm. 9676, pp. 1693-1733, 2009, p.1728.

13 R. Mancinas, «El silencio mediático. Reflexión en torno a las razones de los medios de comunicación para no hablar del cambio climático» en R. Fernández Reyes (dir.), Medios de comunicación y cambio climático, Fénix, Sevilla, 2013, pp. 233-248.

14 B. León, op. cit.

15 M. A. Erviti, «Las imágenes del cambio climático en los informativos de televisión» en B. León (coord.), El periodismo ante el cambio climático. Nuevas perspectivas y retos, Editorial UOC, Barcelona, 2013, pp. 99-122.

16 P. A. Meira, M. Arto, F. Heras et al., op. cit.

17 F. Heras, P. A. Meira y J. Benayas (2016), «Un silencio ensordecedor: el declive del cambio climático como tema comunicativo en España 2008-2012», Redes.com, Revista de Estudios para el Desarrollo Social de la Comunicación, n. 13, pp.145-161.

18 F. Heras, «Una de acción: el tratamiento mediático de las soluciones al cambio climático», Razón y Palabra, núm. 84, septiembre-noviembre 2013.