Entrevista a Rafael Feito


Rafael Feito Alonso es profesor de sociología –acreditado como catedrático de universidad desde marzo de 2009- en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

 

 

 

Autor de numerosos libros: Nacidos para perder. Un análisis sociológico del rechazo y del abandono escolares (CIDE, Madrid, 1990), Estructura social contemporánea. Las clases sociales en los países industrializados (Siglo XXI, Madrid, 1995), Clases sociales y comportamiento político en España (Entinema, Madrid, 1998), Los retos de la educación obligatoria (Ariel, Barcelona, 2000), Una educación de calidad para todos. Reforma y contrarreforma educativas en la España actual (Siglo XXI, Madrid, 2002), Otra escuela es posible (Siglo XXI, Madrid, 2006), Los retos de la participación escolar (Morata, Madrid, 2011). Autor de numerosos artículos en revistas especializadas, ha escrito también en tribunas de opinión de la prensa de nuestro país.

Entrevista realizada por:
Santiago Álvarez Cantalapiedra
FUHEM Ecosocial

Con un poco de perspectiva histórica se percibe con facilidad los avances que se han logrado en numerosos ámbitos de la educación de nuestro país (la ampliación en las últimas décadas del periodo de escolaridad obligatoria, la extensión de la educación infantil y el acceso a los estudios superiores de las clases populares, etc.). ¿Cuáles son los puntos fuertes de nuestro sistema educativo que convendría reforzar y, en ningún caso, cuestionar?

Visto desde fuera es llamativa la evolución positiva de la educación en muy pocos años. Hemos conseguido escolarizar a toda la población de entre seis y dieciséis años y casi al cien por cien de los de entre tres y seis. Además tenemos un alto porcentaje de jóvenes en la universidad. Un punto fuerte, que además siempre sale a relucir en los informes PISA, es que tenemos un sistema muy equitativo en el que los estudiantes de bajo nivel socioeconómico tienen buenos resultados algo que, sin duda, debe mucho a la extensión del tronco común hasta los dieciséis años –cosa con la que el actual gobierno quiere acabar-.

Otro punto fuerte es que los resultados de nuestra escuela pública son similares a los de la privada (siempre y cuando suprimamos el efecto del mayor nivel socioeducativo de las familias que van a la privada).

– Por el contrario, ¿cuáles son las principales debilidades y problemas de la educación en nuestro país?

Los informes PISA nos sitúan en una posición intermedia en el ámbito internacional y tenemos un bajo porcentaje de alumnos en los niveles más altos de estas pruebas. En buena medida arrastramos las consecuencias de lo que no se ha sabido resolver desde el inicio de la transición. Hasta ahora nuestro profesorado de secundaria carece de formación pedagógica, psicológica, sociológica u organizativa. No se puede ser profesor sin saber cómo son las familias, cómo es un centro como organización, etc. Espero que el nuevo máster de formación del profesorado de secundaria solucione este problema. A diferencia de Finlandia no son precisamente los mejores alumnos de secundaria quienes desean cursar los grados de Magisterio.

Además, los contenidos curriculares son excesivos –diga lo que diga la canallesca-, están fragmentados y solo sirven para aprobar exámenes.

– En el contexto de la crisis actual, ¿cómo crees que afectarán los ajustes y reformas que se vienen realizando? ¿los efectos se sentirán de inmediato o habrá que esperar un tiempo para comprobar su alcance?

Vamos a tener aulas saturadas y a un profesorado con un excesivo número de horas de docencia directa. Como siempre en educación los efectos se notarán a largo plazo cuando veamos que no mejoramos los datos sobre abandono escolar temprano o que seguimos igual en las evaluaciones internacionales. Cuando esto ocurra nuestros gobernantes serán otros.

– La crisis está poniendo de manifiesto, entre otras cosas, la voluntad de construir un nuevo orden social al margen de ciertos consensos que se habían logrado alcanzar con anterioridad. La omisión cada vez más frecuente en el debate público del papel que tiene la educación en la socialización de las personas, en la formación de su espíritu crítico, en la compensación frente a las desigualdades, etc., ¿no es una forma de ruptura con visiones que parecían aceptadas hasta hace bien poco por tirios y troyanos? El discurso sobre la “excelencia”, la obsesión por los rankings y los indicadores de resultados en términos de rendimiento académico individual ¿no es un intento de construir un nuevo saber convencional en torno a lo que significa la educación?

Estamos asistiendo a la construcción de un nuevo orden social en el que las clases dominantes, las minorías económicamente privilegiadas, viven cada vez mejor a costa del resto de la población. Es muy clara la voluntad de desmontar el estado del bienestar y ceder el grueso de su actividad al sector privado –que en nuestro caso es más bien un grupo de amiguetes de nuestros actuales gobernantes-. Supongo que la nueva ley educativa –si es que sale adelante- reiterará lo que dicen las anteriores sobre el espíritu crítico, la socialización de las personas y blablablá. El problema es que el currículum oculto de la escuela es la negación de ese discurso.

En nuestra escuela prepondera la memorización pasiva y el espíritu de genuflexión. Eso no lo han cambiado ni la LOGSE ni la LOE. Hay un poder corporativo del profesorado que no se ha puesto en duda. Efectivamente, lo de la excelencia y demás va a suponer reforzar lo ya de por sí excesivo componente academicista del currículum. Hay que tener en cuenta que nos dirige una suerte de banda de opositores a los cuerpos de élite de la administración: abogados del estado, técnicos comerciales o de la administración civil. ¿Cuál es el principal, si no único, mérito de esta gente? Haberse encerrado un mínimo de cuatro años en un cuarto oscuro para memorizar cientos de temas que han de recitar en una oposición. ¿Cuáles son las consecuencias? Gente que no sabe idiomas o cuya creatividad está al nivel del betún.

¿Se ha convertido la educación en uno de los temas más ideologizados del debate político en los últimos tiempos? ¿No prima en las cuestiones relativas a la educación la ideología frente al conocimiento riguroso y la investigación contrastada de la realidad? ¿Influye en ello el que el neoconservadurismo haya hecho de la educación (con los debates sobre la elección de centro, la crisis de autoridad del docente, la supuesta pérdida de la cultura del esfuerzo o la Educación para la Ciudadanía) una bandera de su ideología?

Siempre ha sido un tema ideologizado. Para la derecha su escuela es la católica o la privada. Para parte de la izquierda –no toda, por desgracia- es la pública.

Sobre el tema del conocimiento científico es llamativo que las reformas educativas en Finlandia se han basado en lo que la ciencia aporta, en los trabajos de investigadoras como la norteamericana Linda Darling-Hammond. Aquí parece que nos aplicamos aquella máxima de lejos de nosotros la funesta manía de pensar. En fin, el ejemplo que está dando el actual ministro de educación es patético: “si algo no me gusta, cambio la ley”.

Por desgracia, buena parte de las cuestiones que neoliberales y neoconservadores han puesto sobre la mesa proceden de las obsesiones de un sector muy influyente del profesorado al que le preocupa que su alumnado no le preste la debida atención o que no haga los deberes.

Gustavo Martín Garzo reivindicaba recientemente desde la tribuna del periódico EL PAÍS el “contenido romántico” de una educación que ayude al niño a decirle que en este mundo, por muy raro que parezca, es posible la felicidad, y que permita no sólo ver mejor ese mundo sino también contemplar lo mejor que hay en él. ¿Por qué resulta tan difícil hoy defender y garantizar el contenido humanista de la educación?

Bueno, él pedía una escuela literaria, lo cual está muy bien. En muchos de los centros innovadores de primaria he visto que se presta gran atención a las artes y a la literatura. Sin embargo, siempre he sospechado que las ciencias y la tecnología quedan un poco en segundo plano. Necesitamos, además, una escuela que prepare al alumnado para el conocimiento de las matemáticas, la astronomía, la medicina, etc. De hecho, España precisa más ingenieros.

Hay que hacer ver que los contenidos humanísticos son fundamentales para todo el mundo, trátese de un ingeniero, de un filólogo o de un barrendero. El contenido humanista nos debería ayudar –cosa que rara vez cumple la escuela- a ser mejores personas, a interrogarnos sobre nosotros mismos, a tener una visión más amplia.

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