Entrevista a Rafaela Pimentel, del colectivo Territorio Doméstico

«Los trabajadores y trabajadoras, inmigrantes o no, tenemos problemas comunes y tenemos que luchar juntos»

Lucía Vicent
FUHEM Ecosocial

Rafaela Pimentel, dominicana, activista y empleada del hogar, llegó a España en 1992. Muy pronto empezó a participar en movimientos feministas y de mujeres, en los que ya había participado en su tierra natal. En la actualidad forma parte de Territorio Doméstico (territorio.domestico@gmail.com), colectivo en el que se organizan empleadas de hogar, migrantes y no migrantes, para reivindicar sus derechos, que a menudo no son reconocidos al sufrir diferentes tipos de discriminaciones por ser mujeres, migrantes y trabajadoras domésticas. Esta entrevista examina algunas de las principales cuestiones que afectan a las mujeres migrantes y las políticas que las excluyen.

 

Lucía Vicent (LV): Antes que nada me gustaría conocer un poco de tu experiencia personal. ¿Podrías comentarnos brevemente los motivos que te hicieron emigrar desde tu país de origen a España? ¿Cuál sería la valoración de tu experiencia actual aquí? ¿Se corresponde con las expectativas que tenías antes de llegar?

Rafaela Pimentel (RP): En el año 1992 vine desde República Dominicana a España por la situación de desempleo en la que me encontraba en mi país. Desde entonces trabajo como empelada doméstica aquí. En mi país había trabajado más de cinco años, desde 1984, en la coordinación de un grupo de mujeres. A través del teatro social y ofreciendo otras herramientas lo que buscábamos era formar líderes de barrio capaces de organizar a la población frente a los problemas habituales de la zona (el acceso a agua potable, la falta de alumbrado eléctrico, la disponibilidad de escuelas, asfaltar las calles, etc.). Se trataba de facilitar la participación ciudadana de las mujeres en sus respectivas comunidades.
Me decidí a venir principalmente por el trabajo, pero no fue el único motivo. La elección de venir a España radicó en que el padre de mi hijo se encontraba estudiando aquí y por ello elegí este destino frente a otros, como por ejemplo Estados Unidos, que era mi primera opción. Nada más llegar me “robaron” todo mi dinero en concepto de deuda. Una vez que llegas ya no te puedes ir; los pasajes son muy caros y las distancias que nos separan son muy largas. Esto lo digo porque aunque no hubiera vuelto a República Dominicana, sí que hubiera emigrado a otro lugar a lo largo de estos años.
Al llegar a España sólo encontré empleo en el sector doméstico. Mi experiencia personal ha sido mejor que la de muchas otras personas migrantes al contar con una amplia experiencia en la línea organizativa y política de izquierda. Al poco de mi llegada, encontré un grupo de mujeres feministas de la zona de Vallecas donde colaboré a partir de 1995 (Grupo de Mujeres de Vallecas, av. Albufera nº3). Esta experiencia finalizó coincidiendo con la disolución de otras muchas asociaciones durante ese mismo año. La mayoría de las mujeres del grupo nos fuimos incorporando a otros colectivos de mujeres. En mi caso, como me interesaban los temas sobre la mujer y, en particular, los de la mujer migrante, a partir del 2000 y hasta el 2002 estuve en contacto con varias asociaciones que trabajaban estas dos áreas y me centré en temas de reagrupación familiar, papeles, etc. Tengo experiencia en varios grupos y finalmente busqué un colectivo de mujeres, migrantes y trabajadoras domésticas. Desde 1992 soy trabajadora doméstica.
En mi caso, la suerte ha tenido mucho que ver con la base organizativa con la que llegué y que ha contribuido en mi vivencia personal. Por otro lado, el idioma y la cercanía cultural ha sido una ventaja. Yo he peleado mucho contra las dificultades, conozco y lucho por mis derechos y eso me ha facilitado mucho las cosas, pero siempre en relación al resto de migrantes. Intento que la gente me conozca y peleo por mi espacio porque soy más que una migrante, soy una mujer, soy feminista y eso es muy difícil hacérselo ver a las personas. Nunca pensé que me iban a tratar como lo han hecho. Allá las personas que llegan son tratadas de una manera muy diferente; intentamos que la persona que va nos conozca, le tratamos como un invitado, nos vestimos, limpiamos nuestras casas, le explicamos cosas, etc.
El mensaje que nos llegaba de aquí nos animaba a venir y cuando lo logramos nos encontramos con que los pisos eran carísimos, nos limitaban el número de personas en las habitaciones (a los españoles no), un claro acto de discriminación, y la típica frase «tú no tienes derecho a esto o a lo otro porque no eres de aquí».
Yo soy trabajadora doméstica, pero también soy Rafaela, además de otras muchas cosas más. En todos estos años trabajando todavía me sorprende que me consideren simplemente como un inmigrante. A las familias de las casas donde trabajamos les enseñas o les cuentas cosas sobre tu vida y se sorprenden, como si no fueras nada más que el trabajo para el que te contratan. No hemos intentado conocernos, ni unos ni otros. Lo digo así porque muchos paisanos sienten el miedo de estar en un lugar desconocido, donde te miran de reojo, con miedo porque eres “el extranjero” y no nos sentamos a vernos, cada uno va cogiendo posiciones y se ubica en los lugares donde están sus paisanos. Es una coraza, pero no para mí. Yo me mantengo, y así lo haré, dentro del núcleo de los españoles porque a mí me tienen que conocer en este país porque es donde estoy. Mi experiencia ha sido regular pero para otras ha sido mucho peor debido al miedo. Otras mujeres, pero también hombres, no han querido pelear y se han apartado.

LV: Los medios de comunicación y las intervenciones de los poderes políticos que abordan la cuestión de las migraciones tienen una importante repercusión en la percepción que tiene la población del fenómeno y pueden fomentar la animadversión o la xenofobia hacia algunos colectivos de inmigrantes. ¿Qué aspectos destacarías como los más reiterativos y desconectados con la situación real?

RP: Los medios de comunicación, en general, han hecho mucho daño. Siempre nos han puesto etiquetas, principalmente debido al color de piel. Si eres más oscura y procedes de Cuba o de República Dominicana, eres puta; si eres colombiano, eres traficante o vendedor de droga, etc. Estas etiquetas no son fruto de la crisis, sino que siempre han estado ahí. En la televisión, por ejemplo, cada vez que pasaba algo (robos, asaltos, etc.) siempre había sido un extranjero aun sabiendo que a veces eran españoles y, en muchos casos, sin ni siquiera contrastar la información. Si se dice la nacionalidad ¡qué se diga la de todos! Las luchas que en este sentido han tenido lugar y en las que han participado activamente muchas asociaciones de inmigrantes han logrado avances que reducen la discriminación en estos foros. En la actualidad parece que la información se contrasta más que antes –no sé si siempre…- y aparece mucho menos señalada la procedencia de los hechos negativos sobre los que se informa.
Los medios de comunicación tienen un gran impacto y tienen un gran poder por las percepciones que crean en la gente. El mensaje que llega en relación a la migración es muy claro y negativo. No alcanzo a imaginarme que existan medios de las zonas más pudientes de Madrid diciendo cosas positivas sobre los inmigrantes a pesar de que ello genere una importante contradicción que paso a señalar. El mensaje que extienden es muy negativo y, sin embargo, nos tienen en sus casas trabajando mientras ellos no están. Realizamos tareas de limpieza pero también aquellas que sólo dejarías que las desarrollaran a personas realmente confiables, como es el cuidado de tus hijas e hijos.

LV: En los últimos meses hemos podido escuchar algunas medidas que facilitan que los inmigrantes con mayores recursos puedan adquirir permisos de residencia (a cambio de comprar una vivienda que supere los 500.000 euros) mientras que a otros se les restringe incluso el acceso a la sanidad. ¿Qué efectos y propósitos crees que tienen estas medidas entre la población inmigrante? ¿Podrías mencionarnos otras medidas similares que discriminen entre grupos de inmigración?

RP: Genera una clara distinción entre los inmigrantes pobres y los inmigrantes ricos: no es la visión que se tiene de aquellos que van a la Costa del Sol y los que vivimos, por ejemplo en Vallecas, y hemos venido en busca de trabajo. Los primeros tienen dinero, lo invierten, buscan la diversión, etc., incluso tienen acceso a casas más baratas, de condiciones similares que en sus países serían más caras. A la contra, los segundos, gente como nosotras y nosotros con suerte contamos con unos sueldos que difícilmente nos alcanzan para llegar a fin de mes, mucho menos para comprarnos una casa. Con esta medida lo que se facilita es la residencia a los inmigrantes ricos. No pensamos, y deberíamos, ¿quién se puede comprar una casa al contado? Los maleantes de otros países, que a saber cómo hacen para pagar a toca teja esas cantidades, esos son los migrantes a los cuales les facilitan la entrada.
Conozco de cerca otras medidas y los efectos discriminatorios que han tenido. Sin ir más lejos, hace unos días nos reunimos en un acto celebrado en Callao para denunciar las personas que han muerto por no poder acceder a la sanidad pública. Son las personas que trabajaron duro cuando se necesitaba gente para la construcción de casas, o aquellas que trabajaban en la M-30, ahora muchos de ellos no tienen derecho a la sanidad. Por otro lado, estos trabajadores son los que por aquella época les facilitaron la compra de casas con interminables hipotecas que ahora no pueden pagar. Muchos de ellos han perdido sus casas y, por si no fuera suficiente, tienen que seguir pagando al banco. A los inmigrantes nos ponen muchos impedimentos, mientras que los bancos, además de aprovecharse de nosotros, reciben ayudas del Estado. De todas las medidas discriminatorias, yo destacaría las redadas, el tratarte como a un delincuente. El que tú estés en la calle, trabajando o dando un paseo y que por el color de piel o rasgos te pidan los papeles, te arresten y te lleven a un centro de internamiento porque tus diferencias ya te hacen inmigrante, es una medida que no es legal. Podría ser una falta, pero no un delito, no se puede criminalizar y permitir que existan “Guantánamos” así en España y en otros muchos países. Recuerdo que a mi marido le llevaron 40 días a un CIE por no tener papeles. Estar en un lugar como ese, una cárcel en definitiva, es lo más fuerte y lo más inhumano que puede haber en un país europeo. Mira, hay muchas injusticias, como que te traten mal en un trabajo, que te paguen por debajo de lo mínimo, pero las redadas son inhumanas, son lo más xenófobo y discriminatorio de todo.

LV: La Ley de Extranjería en España contempla una autorización de residencia temporal “no lucrativa” para quienes demuestren unos ingresos superiores de alrededor de 2.100 euros al mes. Una cantidad muy elevada si se compara con los salarios que muchas personas reciben por su trabajo actualmente. ¿Cómo valorarías la distancia con las condiciones habituales en el sector doméstico?

RP: Hay mucha hipocresía en lo que respecta a estas medidas. La inmigración procedente de América Latina son en su mayoría mujeres, una migración que llega para ocupar puestos de trabajo altamente feminizados, como ocurre con el ámbito doméstico y de los cuidados. Me tengo que reír al escuchar las condiciones retributivas; nosotras, ni nos acercamos. Nosotras nos dejamos la piel, combinamos varios trabajos que nos mantienen fuera de casa desde primera hora por la mañana hasta bien entrada la noche, y en esos casos, con suerte, podemos llegar a los 800 euros. Un sueldo que difícilmente te permite pagar los 300 euros de media que te costaba una habitación (800 o 900 euros una casa de dos habitaciones) hace cuatro o cinco años aquí. Tenemos que estar mucho tiempo separadas de nuestras hijas e hijos hasta que podemos llegar a cumplir esos requisitos que, por otro lado, significa trabajar muchas más horas de las que ya hacemos. En cuanto a esa cantidad ¿quién lo gana? ¿o quién lo ganaba antes de la crisis? Son sumas exageradas y los sueldos ni se acercan. Esta clase de medidas explican que en muchas ocasiones se tenga que recurrir a ciertas “trampas” que te permitan traer a tus familiares porque todo son trabas en este sentido.

LV: La asociación Territorio Doméstico congrega especialmente a empleadas de hogar inmigrantes en España en defensa de un trabajo digno y decente. ¿Qué problemáticas son las que más se repiten entre las personas que formáis parte de la asociación? Es posible que muchas de vosotras tengáis familia que no resida en España, hijos, personas a vuestro cargo, etc. ¿De qué manera se asumen y quién se encarga habitualmente de las tareas domésticas y de cuidados una vez que se emigra?
RP: Tomando en cuenta la perspectiva laboral, los derechos de las trabajadoras, y más en concreto de las empleadas de hogar, no se cumplen. En nuestro caso pedimos y seguimos reivindicando la injusticia de pertenecer a un régimen especial y no al del resto de trabajadores. Nuestra pertenencia a esta modalidad es altamente discriminatoria y ha sido señalado incluso por la Comunidad Europea en 2010. Este régimen no contempla muchos derechos y restringe otros: baja laboral a partir de los 29 días, no se contemplan las vacaciones remuneradas, ni tiempo de asuntos propios que te permitan ir al médico, las pagas, etc. Ni siquiera existe contrato escrito en muchos casos. Estas diferencias generan situaciones muy duras: trabajadoras internas que dedican cerca de 16 horas al día y reciben menos de 600 euros mensuales.
A nivel personal, el problema principal es que todavía tenemos que luchar para que te consideren como una persona más. Los papeles son uno de los principales problemas a los que se enfrenta a día de hoy la población migrante. Ahí se te va la vida. En nuestro grupo participamos en la lucha personas que cuentan con papeles y las que no los tienen y todas juntas luchamos para que las que no cuentan con ellos puedan conseguirlos algún día. Se trata de una lucha conjunta y, por eso, cuando una consigue tener los papeles, lo celebramos todas y recordamos los momentos en los que llegamos aquí solas y nos enfrentamos a una situación muy difícil. Por eso en Territorio Doméstico todas trabajamos para crear un espacio en el que, tanto las personas migrantes como las autóctonas, no estemos solas y tengamos fuerzas para luchar juntas por nuestros derechos y acompañarnos entre nosotras.
Más allá de las luchas comunes que distintas asociaciones de migrantes, mujeres y trabajadoras domésticas hemos mantenido, me parece interesante destacar los avances conseguidos: contar con un contrato y la formalidad que ello implica, la baja a partir del tercer día, reconociendo poco a poco esta clase de trabajo que, hasta el momento, se encuentra desvalorizado socialmente, etc.
En relación a la pregunta que me planteas sobre las cadenas globales de cuidados, estas siguen funcionando. Participan madres, vecinas, tías, abuelas, etc., a las que a veces se remunera y a veces no, pero en prácticamente todos los casos son las mujeres las que asumen las tareas. A la vez todas enviamos dinero allá para las familias y, aunque de otra forma, seguimos cuidando desde aquí (a través del teléfono, de internet, de las redes sociales, etc.). Gran parte de las mujeres que llegamos aquí dejamos a los hijos a cargo de otras mujeres porque los hombres se han mantenido siempre al margen de todas las tareas de cuidados. Se han producido pequeños avances, pinceladas, pero no es lo general. Los hombres y el Estado en nuestros países siempre han estado apartados de todo esto y su postura ha sido de irresponsabilidad con raras excepciones. No han asumido esta clase de tareas como suyas a pesar de que deberían ser colectivas y socializarse. En nuestras ciudades es habitual que cuando comienzan a darse algunas situaciones complicadas entre nuestros hijos adolescentes (tales como suspender en el colegio, embarazos, etc.), se nos criminalice y se nos señale como las culpables. Se manda dinero, nos “matamos” a trabajar, y al parecer todos los problemas suceden porque nos hemos ido “abandonado a nuestros hijos”. Con los hombres, sin embargo, es al contrario normalmente: al emigrar muchos no asumen su papel en los cuidados y no se encargan de sus familias, con frecuencia vuelven casados con otras mujeres, y encima se les felicita. Estas diferencias, estrechamente ligadas con los roles de género que responsabilizan de los cuidados sólo a la mujer, requiere que se trabaje mucho en ello para lograr cambiarlo.

LV: En el actual contexto de crisis en España donde el desempleo se ha disparado en los últimos años ¿Qué cambios más significativos destacarías? ¿Son muchos los hogares que empiezan a asumir las tareas domésticas y que no pueden seguir contando con una persona empleada de hogar?

RP: Con la crisis se ha intentado enfrentar a los nacionales con los inmigrantes. Desde el colectivo empezamos a realizar análisis de las situaciones que podrían suceder si se alimentaba la confrontación porque ya llegaban los argumentos de siempre «aquí ya no cabemos», «los inmigrantes se tienen que ir ya», «somos muchos aquí», etc. Todas estas opiniones estrechamente ligadas al problema del desempleo, contrastan con el hecho de que los españoles no quieren ocupar los puestos que nosotros desarrollamos. Ni siquiera con la crisis los españoles aceptarían muchos de esos trabajos que hacemos los inmigrantes, son tan sumamente discriminatorios que la gente todavía dice que no, que no lo hacen.
El nivel de desempleo es tan alto que nos enfrentamos a situaciones complicadas y a veces muy diferentes, concretamente en el sector doméstico. En muchos casos tienen que ver con la situación por la que pasan los hogares y en otros simplemente se aprovechan de la situación. Es habitual escuchar argumentos como que no tienen dinero o que la crisis les ha afectado mucho para empeorar las condiciones de trabajo que ofrecen o que tenías antes sin que realmente ellos estén padeciendo las consecuencias de la recesión. Por otro lado, se multiplica la gente que estaba pagando a una persona porque necesitaba de verdad contar con su trabajo (para limpiar o para cuidar de personas dependientes a su cargo) y que han perdido el suyo o la inestabilidad y los recortes les obliga a no contar más con una empleada doméstica. También se dan casos como es el mío que aunque me han reducido la jornada, se han recortado otros gastos y se han ajustado en otras cosas para que pudiera conservar el trabajo. Se dan ambas situaciones: los que con la crisis su situación económica es igual o mejor y recurren a argumentos de crisis aprovechándose de la situación para pagar menos o que trabajemos más o los hogares que, empeorando su situación, los que han podido se han esforzado para que mantuviésemos el empleo. Y existen familias que necesitándolo, no pueden seguir con la trabajadora doméstica.

LV: En este sentido, las condiciones laborales de este segmento del mercado de trabajo se caracterizan por una gran precariedad, malas condiciones de trabajo y retribuciones muy por debajo de la media ¿Hay diferencias entre las personas dedicadas a estas actividades según su procedencia que agudizan la problemática? ¿Podrías señalarnos brevemente las reivindicaciones que formuláis desde este colectivo? ¿Con qué apoyos contáis para lograr hacer efectivas vuestras propuestas (los movimientos sociales, otras asociaciones afines, sindicatos, etc.)?

RP: Hay discriminaciones dentro de la discriminación. Un ejemplo lo encontramos con las mujeres africanas que son las que han tenido más problemas. En la actualidad las diferencias son menos pero sí que se mantienen las dificultades por la distancia cultural, la lengua, etc. según los lugares de origen. Para los trabajos domésticos nos llegan situaciones en la que se prefiere a una persona, así ocurrió, de Filipinas porque se las considera más calladas mientras que a otras se las rechaza por estar organizadas o conocer y defender tus derechos. Casos como el mío en el que conocer tus derechos y defenderlos se contempla como algo positivo es una excepción y para nada es lo habitual. Hay muchos prejuicios aunque no se aprecian en todo el mundo, por ejemplo con la nacionalidad rumana, polaca, africana… hay más discriminación, pero que no se ve en todos los casos. Y frases del tipo «las polacas son muy limpias», «las dominicanas son unas peleonas», etc.; ese tipo de comentarios son muy habituales.
Podría resumirse en la idea de que nuestro trabajo se considere al mismo nivel que el resto de trabajos. Me refiero a que tengamos los mismos derechos que cualquier trabajador (y eso que ahora son muy limitados con las reformas aplicadas). Denunciamos que el Estado se está lucrando de nuestro trabajo porque realizamos actividades imprescindibles para la sociedad y no se valoran como deberían (tampoco en términos retributivos). Por su relevancia debemos contar con un contrato escrito, una baja laboral en condiciones normales, tener derecho a paro porque pagamos una seguridad social, la consideración como trabajo, tener una representación institucional para poder luchar por nuestros derechos, etc. Una serie de cosas que no son para nada desorbitadas, es lo mínimo. Y, por otro lado, que no se excedan en las tareas que nos atribuyen como empleadas de hogar, como es el caso de poner inyecciones, de controlar la medicación de las personas mayores y de otras muchas cosas de las que no se nos debería responsabilizar por no ser médicos ni enfermeras.
Siempre hemos contado con mucho apoyo de los colectivos sociales, concretamente con varias asociaciones de inmigrantes, feministas y de trabajadoras domésticas. Pero respecto a los sindicatos, no nos sentimos representadas. Nos dicen que no les viene bien reunirse los domingos por la tarde y proponen los lunes o cualquier otro día entre semana a las 10 de la mañana, pero, claro, nosotras estamos trabajando. Con muchos de ellos hemos tenido acercamiento, hemos participado en tertulias o encuentros (con UGT, CCOO), pero siguen siendo a día de hoy espacios sumamente machistas. En nuestra asociación trabajamos en comisiones, todas somos podemos aportar cosas, nadie es líder, todas somos iguales a pesar de nuestras dificultades, etc., una forma muy diferente a la que utilizan y trabajan los sindicatos. No nos oponemos a ellos, al contrario, nos gustaría que se acercaran más a nosotras –no al revés como ocurre siempre– y que sean conscientes de que existen unos movimientos sociales que luchan de una forma diferente, que también es válida, y que podemos sentarnos en la mesa a negociar. Los sindicatos deberían de hacerse una autocrítica porque existen jerarquías y pretensiones que se mantienen y chocan con que nosotras queremos ser protagonistas del proceso, hablar por nosotras mismas porque somos las que estamos haciendo el trabajo y sintiendo la situación; somos las que hemos cogido el megáfono, hemos cogido la lucha, estamos al frente y no queremos que nadie hable por nosotras. Y esto con los sindicatos es muy difícil.

LV: ¿Dónde se encontrarían los mayores retos y deficiencias en relación a la integración de la población inmigrante en España?
RP: Yo creo que tiene que haber integración por parte de unos y por parte de otros. Cuando tú invitas a una persona a tu casa, siempre intentas tener la casa lo mejor posible, preparar una comida buena, etc. Los discursos que nos llegan, las políticas y las leyes que se suceden hacen que exista ese malestar entre unos y otros. La gente tiene una visión sobre la inmigración, los jóvenes tienen otra distinta y ahora con la crisis se intenta cambiar la percepción con argumentos del tipo: «nos quitan el trabajo», «somos muchos», etc. La única manera de que no calen estos mensajes es si nos conocemos entre nosotros. Cuando te conocen no te asocian únicamente con la palabra inmigrante, sino que, a través del conocimiento del otro, la visión dista mucho de la que se intenta extender.
Un ejemplo claro de las deficiencias existentes lo encontramos en los recortes. Tal es el caso de la educación y la idea de que nosotros somos los culpables de que le hayan quitado la plaza de comedor o la beca a no sé quién. El problema no son los inmigrantes, la población ha crecido (no sólo los inmigrantes) y las escuelas no han aumentado su capacidad (tienen las mismas plazas, los profesores tienen más alumnos y están agobiados, les pagan menos, etc.). Por otro lado, los que llegamos nos encontramos con problemas adicionales: no se han puesto los medios necesarios para que las personas que hablan otro idioma pueda contar con un profesor de apoyo al eliminar dicha figura en muchos colegios. Otro reto es el que supone la sanidad. El médico que antes atendía a 15 personas ahora cuenta con 45 pacientes y desborda su actividad. Eso sin entrar a explicar lo que ocurre con las urgencias.
Hace falta contraatacar enfrentándonos a las políticas que generan la xenofobia, y la lucha contra los recortes en estos servicios básicos resulta clave en esta estrategia. No se puede cargar al emigrante con esa culpabilidad, con afirmaciones como que «sólo venimos a que nos cuiden y a que operen a nuestros familiares», o que «nuestro objetivo es el de aprovecharnos de la sanidad pública», etc. No se dan cuenta de que los inmigrantes estamos pagando y no nos regalan nada.
Hay que cambiar los mensajes. Nosotros somos inmigrantes e independientemente de cuándo nos vayamos, este es también nuestro país. Nosotros luchamos por los mismos derechos que el nacional –la sanidad, las becas de comedor o la educación pública– y sus recortes nos afectan a todos. A pesar de que hay minorías ricas que no se ven perjudicadas por las medidas de crisis, todos estamos metidos en el mismo barco. Los trabajadores, tengas la etiqueta que tengas −el boliviano, el ecuatoriano, el rumano o el español−, tenemos problemas comunes de la misma clase por ser trabajadores y tenemos que luchar juntos contra las medidas que se están aplicando y la gestión pública de los recursos que se está haciendo.

 

Acceso a la entrevista a Rafaela Pimentel (pdf)