La creciente y paradójica centralidad de las migraciones en la esfera pública
Todo lo concerniente al complejo y multidimensional fenómeno migratorio ocupa un lugar destacado en la agenda pública de la mayoría de los países más prósperos. Se conceptualiza como problema y se ha erigido como una de las principales cuestiones de división y polarización social.
El número 170 de Papeles de relaciones ecosociales y cambio global publica en su sección A FONDO un artículo titulado «La creciente y paradójica centralidad de las migraciones en la esfera pública» de Juan Carlos Velasco, profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC.
Los medios de comunicación y las redes sociales se hacen eco continuamente de noticias relacionadas con el controvertido asunto del multidimensional fenómeno migratorio, que, como recientemente ha señalado un reputado migrantólogo, ha devenido en «el tema que más nos divide».1 Materia, pues, de un debate, en el que parece que no hay otra opción que posicionarse siguiendo una paralizante lógica dicotómica: o a favor o en contra.
En este contexto tan poco propicio para la reflexión, las migraciones han dejado de ser percibidas como un hecho estructural, consustancial al devenir de la especie humana a lo largo de su historia, para convertirse en objeto de control y disputa, así como de fogosos enfrentamientos políticos e, incluso, en el eje vertebrador de polarización afectiva e ideológica. Como consecuencia de todo ello, en numerosos países desarrollados, el relativo consenso sobre los beneficios económicos, sociales y culturales de las migraciones se pone en entredicho. Poco parece importar que aportación de la comunidad inmigrante en su conjunto sea, de hecho, netamente positiva para los países receptores.
La migración en sí no es un problema: ni es algo que haya que solucionar, ni tampoco es la solución de ningún problema, es simple y llanamente un fenómeno inseparablemente ligado a procesos más amplios de cambio social que tienen un alcance global, y que deberíamos empeñarnos en comprender.2 Otra cosa diferente es que sea percibido como un problema o como una carga, pues es cierto que la presencia de migrantes en los espacios públicos genera de hecho alarma, cuando no resentimiento, en distintos sectores populares, reacciones que son explotadas con notable éxito por fuerzas extremistas. Atendiendo a los resultados electorales tan solo del último quinquenio, ningún país europeo resulta inmune a una retórica populista que, sin que le avale dato alguno, rechaza la inmigración por principio. Se han generado así dinámicas alrededor de la inmigración que en poco o nada favorecen su cabal comprensión y, menos aún, la elaboración e implementación de adecuadas políticas públicas para su gestión.
Pese a lo dicho, los gobiernos han asumido −unos en mayor grado que otros− la necesidad de ofrecer una respuesta en términos legales e institucionales a unos procesos de tal entidad que en algunos casos −no tantos− pueden llegar a alterar significativamente la estructura demográfica, socioeconómica y cultural de todo un país. Si bien las políticas migratorias efectivamente desplegadas difieren de un país a otro, suelen articularse siguiendo dos variables básicas: el número de inmigrantes que cada Estado está dispuesto a admitir, por un lado, y el estatus legal y la gama de derechos que reconoce a las personas extranjeras, por otro.3 Con fortuna bastante dispar, ciertamente, y movidos por la peculiar perspectiva que ofrece el llamado nacionalismo metodológico, los gobiernos tratan no solo de controlar la entrada sino también la permanencia de inmigrantes y refugiados, como si tales procesos dependieran de la voluntad soberana y omnímoda de cada Estado nacional.4
La migración en sí no es un problema: ni es algo que haya que solucionar, ni tampoco es la solución de ningún problema
Con independencia de la envergadura que hayan podido alcanzar, la actual relevancia del tema migratorio se ve acentuada por la circunstancia nada casual de que la llamada era de las migraciones coincide temporalmente con la era de la globalización.5 Aunque resulta bastante plausible concebirlas como parte integrante del fenómeno de la globalización, la supresión de barreras y la liberalización de flujos, que son consustanciales a los procesos globalizadores, no se han extendido en realidad a las migraciones internacionales. Esta flagrante contradicción de una globalización crecientemente fronterizada6 y que tienen su reflejo en las condiciones de irregularidad, discriminación y vulnerabilidad que en nuestros días padecen con harta frecuencia las personas migrantes.
Hechos
Hoy en día todos los países participan de los procesos migratorios de un modo o de otro, bien sea como países emisores, receptores o de tránsito. Un 3,6% de la población mundial vive en un país del que formalmente no son ciudadanos, sumando un total de 281 millones de personas.7 Dicho de otro modo, tan solo una de cada 30 personas no vive en el país de donde es nacional. Para aportar otro dato que sirva de referencia comparativa: el volumen total de inmigrantes internacionales conformaría una población algo superior a la de Indonesia, el cuarto país del mundo con mayor número de habitantes.
Pese a la intensidad de los procesos de globalización experimentados en el período transcurrido desde el final de la Guerra Fría hasta el momento actual, las migraciones internacionales se mantienen en unas magnitudes relativamente moderadas. En todo caso, las cifras actuales no se encuentran en un máximo histórico ni suponen ningún récord en términos relativos.8 Vivir en el país donde uno ha nacido sigue siendo la regla general. Las migraciones de finales del siglo XIX y principios del XX fueron, en proporción a la población de la época, casi el doble que las actuales: el 6% de los habitantes del planeta. Estas cifras relativamente exiguas dan pie a caracterizar nuestro mundo como un planeta inmóvil o, más bien, al género humano como protagonista de una inmovilidad involuntaria, pues detrás de esas cifras es difícil ocultar el hecho de que no es suficiente con tener voluntad de emigrar, sino que hace falta tener mucha capacidad para emprender este tipo de empresa vital, además de encontrar condiciones idóneas.
La relevancia de los actuales procesos migratorios va, no obstante, mucho más allá de lo que reflejan las mencionadas cifras: en ellos se condensan gran parte de los desafíos y desgarros de un mundo interconectado e interdependiente. Tales procesos, probablemente más que cualquier otro fenómeno, son capaces de revelarnos la constitución profunda de nuestras sociedades. Se trata de un ámbito de lo real que permite testar los límites normativos del orden institucional, de sus contradicciones y tensiones internas, un terreno donde contrastar también el grado de compromiso real de los Estados con los derechos humanos y la justicia social.9
Imagen 1. Cifras clave sobre la migración en el mundo
Fuente: OIM, 2024, p. 4.
Habida cuenta de los múltiples factores de empuje y atracción que, en un mundo globalizado, definen el contexto cotidiano de cientos de millones de personas, tendría que prevalecer la movilidad sobre la inmovilidad. En un mundo interconectado e interdependiente las migraciones tendrían que alcanzar, en principio, un volumen bastante mayor. La movilidad opera, sin embargo, de manera relativamente selectiva y los flujos migratorios −incluyendo los protagonizados por los refugiados que huyen de zonas de conflicto− se concentran no solo hacia los países económicamente más prósperos y seguros sino también, y con igual o mayor intensidad, hacia países limítrofes no necesariamente desarrollados que les dan acogida. Se observa también una notable aceleración de los movimientos migratorios: desde el inicio del tercer milenio, el número de migrantes internacionales se han incrementado en más de un 50%, unos 108 millones en términos absolutos: pasando desde los 173 millones en 2000, los 191 millones en 2005, los 220 millones en 2010, los 248 millones en 2015, hasta los ya mencionados 281 millones en 2020. En promedio, en estas dos últimas décadas, la población de migrantes internacionales aumentó un 2,4% anual.10
En la era de las migraciones, se da la flagrante contradicción de una globalización crecientemente fronterizada
De todas formas, lo novedoso de los últimos procesos migratorios no son los números alcanzados, sino el fuerte cambio de dirección experimentado por los flujos internacionales de población. Si durante la primera globalización (1865-1914), Europa era el continente de procedencia de la mayoría de los emigrantes de todo el mundo y se desplazaban fundamentalmente hacia las colonias y excolonias ultramarinas, ahora se ha convertido en la primera región de destino, seguida de América del Norte, la parte norte del continente africano y la parte occidental de Asia.11 Lo insólito, pues, no es tanto el volumen como el grado de mundialización del sistema migratorio, al menos en un doble sentido: aumento de la diversidad de las regiones receptoras e incremento de las áreas de origen. Como consecuencia, los inmigrantes presentan una variedad demográfica, social, cultural y económica cada vez mayor y prácticamente inédita en el pasado.12
Si nos atenemos a estos datos, no es difícil percibir una paradoja en la distancia que media entre la enorme relevancia concedida a la inmigración en el debate social y político y el volumen real de personas inmigrantes existentes en el mundo. La paradoja se acrecienta si se tiene en cuenta que, frente al número de inmigrantes internacionales, que parece ser que es el único objeto de preocupación, alrededor de 800 millones de personas, un 10% de la población mundial, migra dentro de las fronteras de su propio Estado. En este sentido, se ha de mencionar el caso de China, el país que experimenta una mayor migración interna: unos 150 millones de personas, un proceso que no tiene visos de haber concluido.13 La movilidad humana tiene muchas más facetas que aquellas que se derivan del cruce de fronteras. La inmensa mayoría de desplazamientos de población son movimientos internos en el mismo país y este rasgo no suele tomarse en consideración, de modo que los debates sobre la inmigración se centran en la migración transfronteriza.
Imagen 2. Migrantes internacionales a mediados de 2020 por regiones

Fuente: División de Población, Dept. Asuntos Económicos y Sociales, ONU, 2020
La distribución de la migración no es territorialmente homogénea. La población migrante no se reparte de manera uniforme a lo largo del planeta y, en ciertas regiones, ciudades e incluso barrios la densidad de población extranjera puede resultar significativamente mayor que las de sus vecinos. No obstante, y teniendo en cuenta simplemente los datos, no acaba de explicarse la centralidad que el hecho migratorio ha adquirido en las agendas políticas de gran parte de las sociedades receptoras.
Imagen 3. Población nacida en otro país (en %)

Fuente: El Orden Mundial/Pew Research Center, 2017
Dejando aparte aquellos tradicionales países receptores de inmigración, en los que este fenómeno constituye la base de su propia génesis histórica, tales como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, en donde el 20% de la población ha nacido en el extranjero, en numerosos países occidentales, como es el caso de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania o Francia la cifra alcanza entre el 10 y el 15% de la población. El caso de los países europeos es sintomático del drástico cambio de tendencia experimentado por los flujos migratorios globales: si a finales del siglo XIX y comienzos del siguiente era la principal fuente de colonos y emigrantes del mundo, desde finales del siglo no solo ha perdido protagonismo como centro emisor, sino que se ha convertido en uno de los principales lugares de destino para migrantes. De hecho, en numerosos países europeos la población inmigrante está porcentualmente en máximos históricos. Este cambio de centro emisor a centro receptor todavía no ha sido cabalmente procesado −esto es, valorado en lo que supone de aportación en términos demográficos, económicos y socioculturales− ni por los gobiernos ni por la opinión pública de muchos de esos países. Como se verá a continuación, la visión de las migraciones está marcada, en no poca medida, por datos erróneos y relatos catastróficos.
Percepciones
Incluso teniendo en cuenta las previsiones de crecimiento a corto y medio plazo, se puede afirmar que no se están produciendo mutaciones radicales en los procesos migratorios, sino únicamente cambios graduales, por ejemplo, en relación con su escala global y en la multiplicación y diversificación de las rutas de desplazamiento y los perfiles de los migrantes. En cambio, se observan cambios considerables en la forma en que se percibe y se representa la migración, así como un aumento significativo de su instrumentalización política. Se ha ido extendiendo una percepción social manifiestamente distorsionada.
La visión de las migraciones está marcada, en no poca medida, por datos erróneos y relatos catastróficos
Los estudios de opinión pública llevan tiempo señalando que, en la calle, las actitudes hacia la inmigración varían mucho en función de dos elementos: 1) las representaciones sobre el número de inmigrantes que llegan (flujos) y se establecen (stocks) en el país de referencia; y 2) el grado de amenaza económica, cultural y de competencia por los recursos escasos (como los servicios públicos) que se percibe en relación con los inmigrantes en el país y que se conceptualiza frecuentemente como «invasión» (o eufemismos equivalentes). Como señala la politóloga francesa Béatrice Hibou,14 cuando se analiza el fenómeno migratorio en los países más ricos a nivel mundial y, en particular, en los europeos, tres enigmáticas paradojas nos chocan por su persistente presencia en la opinión pública y, especialmente, en la arena política:
- La centralidad que el tema migratorio ha alcanzado en la esfera pública sin que exista, en la mayoría de los casos, una presencia tan masiva de población inmigrante. Las cifras de inmigrantes son significativamente menores a las que la gente da cuando se le pregunta por el tema. En prácticamente todos los países, los ciudadanos sobreestiman la proporción de migrantes.15
- Una inexplicable falta de penetración de los discursos sobre los beneficios de la migración pese a las evidencias acumuladas. Ello acontece pese al hecho de que la gran mayoría de las investigaciones empíricas concuerdan en señalar que, para los países receptores, las personas migrantes son, en términos socioeconómicos, más una bendición que una carga.16
- El predominio de la lógica represiva en la definición e implementación de las políticas públicas sobre migración, pese a su demostrada ineficacia. Ni la construcción de muros, ni el internamiento de migrantes irregulares en centros de detención convertido en auténticos pozos del olvido, ni las devoluciones en frontera ni las deportaciones masivas frenan el incremento del número de migrantes.17 Es más, pese a la proliferación de estas medidas represivas, cada vez son más las personas que desean instalarse en los países del Norte global y que no son interceptadas.
Es bien sabido que las percepciones apuntadas y las respuestas más o menos sesgadas sobre el tema migratorio influyen cada vez más en los resultados electorales. Una tendencia que se ve no solo excitada por un ruidoso acompañamiento mediático, sino también intensificada por la explotación política que se hace de las emociones.[18] Las democracias actuales son cada vez más emocracias y no hay emoción más contagiosa que el miedo y este factor desestabilizante ya ha sido inoculado en la esfera pública. El tema migratorio funciona como una suerte de «paraguas discursivo» bajo el que se articulan diversos miedos, ya sea de índole económica, identitaria o securitaria. Sin necesidad de aportar datos, y a menudo con los datos en contra, los partidos nacionalpopulistas han logrado asociar imaginariamente la entrada y la permanencia de personas migrantes con graves problemas como el desempleo, la precariedad laboral, la inseguridad en las calles o la pérdida de servicios públicos. Pese a que la realidad no suela avalar su discurso, han conseguido definir las coordenadas del debate público, de tal modo que medidas políticas impensables hace apenas una década, como pueden ser la externalización de las fronteras o los centros de detención en terceros países, hoy forman parte ya del mainstream. El discurso antimigratorio fraguado en cocinas nacionalpopulistas tiene una enorme capacidad de propagación y acaba afectando incluso a fuerzas políticas situadas en el lado opuesto del espectro ideológico. Sin calcar la literalidad de su beligerancia xenófoba, formaciones centristas y también de izquierda hacen suyo ese discurso y les compra el marco de la inmigración como problema de seguridad y la necesidad de una respuesta centrada en el control de las fronteras y, en última instancia, en la expulsión.
Medidas políticas impensables hace una década como la externalización de las fronteras o los centros de detención en terceros países hoy forman parte del mainstream
En efecto, en lo referente a las migraciones, en los últimos años se ha ido consolidando un marco discursivo con un sesgo muy marcado: «La premisa de las políticas migratorias actuales es que allí donde hay personas moviéndose entre países hay “un problema de seguridad».19 El discurso hegemónico insiste en presentar a las personas inmigrantes como invasores que desbordan las fronteras, amenazan la seguridad de la sociedad anfitriona, socavan homogeneidad de la nación y, por ende, su identidad colectiva, además de erosionar su bienestar tan afanosamente alcanzado. En visto de ello se ha despertado entre mucho una suerte emoción que podríamos denominar pánico migratorio: «un temor extendido entre un gran número de personas que tienen la sensación de que un mal amenaza el bienestar de la sociedad», un mal que conduciría al «desmoronamiento y desaparición del modo de vida que conocemos».20
De la consideración del inmigrante como objeto potencialmente hostil del que mejor es protegerse, al igual que del terrorismo y del crimen organizado, procede la justificación preventiva de cualquier medida de autoprotección sin reparar en su moralidad. Lo llamativo de esta forma de proceder es que todo esto acontece no en países autoritarios sino en países constitucionalmente comprometidos con los derechos humanos. Cada vez más, las políticas numerosos Estados democráticos están condicionadas por los discursos xenófobos hacia los migrantes y por la consiguiente proliferación de partidos y gobiernos de extrema derecha o en coalición con ella. El endurecimiento de las políticas hacia los migrantes está generando además una jerarquía de categorías sociales que socava un principio básico de las democracias −la igualdad de todos en derechos y obligaciones−, con lo que la cohesión social y la convivencia se ven seriamente amenazadas.
Especialmente después de los atentados del 11-S de 2001, y en Europa de forma aún más acentuada tras la llamada «crisis de los refugiados» de 2015, las migraciones internacionales son percibidas por la opinión pública de muchos países occidentales −y esto es un hecho que hay que tener en cuenta− como una «crisis migratoria» de magnitud inmanejable. La opinión pública apenas tiene en cuenta que, a escala mundial, los flujos Sur-Sur, tanto de refugiados como de migrantes económicos, son mayores que los flujos Sur-Norte.21 Al amparo de los temores y las inquietudes generados por los flujos migratorios actuales, muchos discursos políticos utilizan el comprensible deseo de proteger a la población para promover un estado de prevención general frente a la inmigración −especialmente frente a la inmigración irregular, que no deja de multiplicarse por la falta de canales legales y seguros− y endurecer las políticas migratorias.
Construir un nuevo discurso, la tarea pendiente
A escala mundial, el discurso político dominante sobre la inmigración en la última década ha sido el discurso de las restricciones y del control, basado en supuestos umbrales de tolerancia o, a veces, como ya se ha señalado, en la amenaza de invasión (con la consiguiente adopción de un lenguaje bélico de miedo y hostilidad, como si se tratara literalmente de defender el país por tierra, mar y aire contra un enemigo externo que quiere asaltar el territorio y dominarlo). Invertir este discurso y sus efectos para dar paso a un nuevo enfoque que permita, de manera real, una gestión mucho más flexible y liberal de los flujos migratorios requerirá recursos para amortiguar los efectos indeseables y una enorme inversión en pedagogía, comunicación y difusión para reorientar las percepciones negativas. Cambiar ese discurso es, sin duda, uno de los mayores desafíos con el que las sociedades democráticas receptoras de inmigración se confrontan en nuestros días. No se trata solo de una cuestión de datos, ni todo se enmarca como un problema demográfico, sino también de valores y categorías.
Si se ha logrado construir un clima social dominado por una representación negativa de la inmigración, pocas tareas en las ciencias humanas y sociales son más urgentes −aunque no sea una tarea fácil hacedera y pueda resultar insuficiente− que poner los datos sobre la mesa e intentar arrojar claridad sobre una realidad multifacética, nublada por percepciones subjetivas e historias intersubjetivas de dudosa base, pero dotadas de un indudable poder persuasivo. Estos atajos cognitivos deben desmantelarse para que puedan abrirse camino nuevos discursos más inclusivos. Por lo tanto, en primer lugar, se requieren, entre otras medidas, acciones de pedagogía política que también tengan en cuenta los riesgos asociados al fenómeno migratorio en un contexto de hiperpolarización y noticias falsas. El papel de los medios de comunicación y las redes sociales digitales debe ser objeto no solo de un análisis cuidadoso, sino también de crítica. En segundo lugar, integrar la migración en los planes de estudios en los diferentes niveles educativos y en la formación de los empleados de la administración pública.
En gran parte de las sociedades demoliberales se ha pasado de emplear el lenguaje universalista y hospitalario del ius migrandi a enmarcar el fenómeno migratorio como una cuestión de seguridad nacional, desatendiendo las necesidades de quienes migran y sus derechos y bienestar. La reivindicación del derecho a migrar queda subordinada a las exigencias instrumentales de los países de destino. Las sociedades democráticas deben enfrentarse al desafío de elaborar nuevas conceptualizaciones para abordar la situación de las personas migrantes y desarrollar categorías teóricas y jurídicas capaces de proteger y garantizar el «derecho a tener derechos» de todo ser humano (del que hablaba la refugiada Hannah Arendt), con independencia de su nacionalidad y/o lugar de nacimiento.
Juan Carlos Velasco es Profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC. Actualmente es el Investigador Principal del proyecto «Desigualdades, privilegios y justicia global – PRIVILEGIA» (PID2022-136448OB-I00), en cuyo marco se ha elaborado este artículo. Su último libro se titula Anatomía de la frontera (Tecnos, Madrid, 2025).
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NOTAS:
1 Hein De Haas, Los mitos de la inmigración. 22 falsos mantras sobre el tema que más nos divide, Península, Barcelona, 2024.
2 Douglas S. Massey, Comprender las migraciones internacionales, Bellaterra, Barcelona, 2017.
3Joaquín Arango, «Números y derechos: los cuatro mundos de la inmigración», Revista de Occidente, nº 504, 2023, pp. 18-34.
4 Alex Sager, «Methodological Nationalism, Migration and Political Theory», Political Studies, nº 64, 1, 2016, pp. 42–59.
5 Stephen Castles y Mark J. Miller, The Age of Migration, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2009.
6 Juan Carlos Velasco, Anatomía de la frontera, Tecnos, Madrid, 2025, pp. 141-144.
7 Marie McAuliffe y Linda Adhiambo Oucho (eds.), Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2024. Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Ginebra, 2024.
8 Hein De Haas, 2024, op.cit., pp. 35-55.
9 Juan Carlos Velasco, El azar de las fronteras, FCE, México, 2016, pp. 29-97.
10 UN DESA. 2020, International Migrant Stock 2020, ONU, Nueva York, 2020.
11 Massimo Livi Bacci, Breve historia de las migraciones, Alianza, Madrid, 2012.
12 Stephen Castles y Mark J. Miller, 2009, op. cit.
13 Carmen Norambuena Carrasco y Byron Duhalde Valenzuela, «Hukou, registro de hogares en China: desafíos de la migración interna (1958-2018)», Si Somos Americanos, nº 21, 1, 2021, pp. 152-179.
14 Béatrice Hibou, «Migración y conflictos de soberanía», Bajo Palabra, nº 36, 2024, pp. 25–27.
15 IPSOS, The Perils of Perception 2024. https://www.ipsos.com/en/perils/perils-perception-2024
16 Hein De Haas, 2024, , op.cit.
17 Guillermo Carazo Diez-Aja, «Seguridad, deslocalización y gobierno de la movilidad humana en los dispositivos fronterizos contemporáneos», Bajo Palabra, nº 36, 2024, pp. 249-266.
18 Juan Carlos Velasco, Anatomía de la frontera, op. cit., pp. 81-106.
19 Ana-Paula Penchaszadeh y Senda Sferco, «Reflexiones filosófico-políticas en torno a la criminalización de las prácticas de solidaridad hacia migrantes y refugiados en la actualidad. El caso de Carola Rackete», Historia y Sociedad, nº 39, 2019, pp. 213-240.
20 Zygmunt Bauman, Extraños llamando a la puerta, Paidós, Barcelona, 2016, p. 9.
21 UN-DESA, United Nation Department of Economic and Social Affairs, International Migration Report 2017, Naciones Unidad, Nueva York, 2017.
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