Papeles 174

Se cumplen quince años del 15M, manifestación en el territorio español de una ola más amplia de rebelión popular que recorrió el mundo, desde las Primaveras Árabes a Occupy, pasando por Syntagma y Gezi Park.

La respuesta institucional a la crisis económica y financiera de 2008 fueron los recortes y las medidas de austeridad, lo que suscitó una oleada de indignación mundial.

La gente salió a la calle y ocupó las plazas, y con la experiencia aportada por la sociedad civil organizada, resistió durante semanas. Se plantearon demandas y propuestas de carácter social, económico y político que permitieron nombrar problemas hasta entonces obviados.

La movilización de las plazas constituyó, además, un hermoso ejemplo de alegría y concienciación política popular.

A quince años del estallido del 15M y en un momento de enorme complejidad, el número 174 de Papeles de relaciones ecosociales y cambio global explora los motivos que originaron la movilización popular y las posibles herencias que pueden iluminar los siguientes pasos.

El número se abre con la Introducción de Santiago Álvarez CantalapiedraA fondo se abre con el artículo marco «La democracia por conseguir: vigencia del 15M a sus 15 años», de Jordi Mir, que ha acompañado de cerca la confección de este número.  Joao França reflexiona en su artículo sobre las semillas y los frutos del 15M, que aportó tanto espontaneidad como la construcción de organización. Hibai Arbide ofrece una perspectiva mundial de las movilizaciones en «2011, el año del manifestante». La sección se cierra con una entrevista coral sobre el 15M a Montserrat Galcerán, Jaime Pastor, Rafael Díaz-Salazar y Yayo Herrero.

Actualidad trae una entrevista a Ulrich Brand y Markus Wissen por Mario Candeia, de la revista LuXemburg.

Ensayo recoge dos textos, uno sobre la memoria biocultural mapuche, por Antonia Calcagni, y una reflexión en torno a la economía del desarrollo, por Pablo Álvarez-Aragón.

El número se cierra con la sección Lecturas.

A continuación, ofrecemos el texto de la Introducción al número de Santiago Álvarez Cantalapiedra, titulado: «El legado del 15M: Lo común, base de la democracia.»

En la Puerta del Sol de Madrid hay una placa que recuerda la acampada que hace quince años pobló las portadas de los principales rotativos nacionales e internacionales. La inscripción, colocada por el gobierno municipal de Manuela Carmena en la fachada del número 10, reza así: «El pueblo de Madrid, en reconocimiento al movimiento 15M que tuvo su origen en esta Puerta del Sol. “Dormíamos, despertamos”». Refleja uno de tantos lemas surgidos de una movilización social que supo recoger y canalizar la indignación derivada de las consecuencias sociales de la Gran Recesión y de cómo los poderes públicos y económicos la afrontaron.

En el año 2011 muchas eran las brechas que se habían ensanchado. A la quiebra social y territorial se añadía una crisis de representación y legitimidad de los principales partidos que habían protagonizado y monopolizado buena parte de la vida democrática reciente del país. Se despertaba de la «larga noche neoliberal»,1 como se llamó al orden social inaugurado en los ochenta del siglo pasado y que empezó a desmoronarse precisamente con la Gran Recesión. Pero la movilización del 15M no solo despertaba a una ciudadanía adormilada tras tres décadas de apuesta por una globalización y una financiarización que había perjudicado a amplios sectores de las clases trabajadoras y que ahora amenazaba con implosionar por la competencia creciente de países emergentes y las recurrentes crisis financieras que venía encadenando. También nos sacó del sueño de vivir bajo una democracia real.

Lo llaman democracia y no lo es

El domingo 15 de mayo de 2011, festividad de San Isidro, patrón de Madrid, la plataforma ciudadana Democracia Real Ya y otros colectivos como la PAH o Juventud sin Futuro, convocaron a «toda la ciudadanía descontenta con el sistema» a manifestarse desde la plaza de Cibeles hasta la Puerta del Sol. Aunque el llamamiento venía presidido por el lema «No somos mercancías en manos de políticos y banqueros», el grito expresaba no tanto el rechazo a la mercantilización total a la que conduce el capitalismo como la indignación que provocaba la forma en que se estaba gestionando la salida de la crisis. Mientras se rescataba al sistema financiero y a los bancos, buena parte de la ciudadanía se sentía abandonada a su suerte y huérfana de representación. Se suponía que la democracia debía servir para garantizar el gobierno del pueblo y los únicos intereses que se veían representados y defendidos, a costa de grandes sacrificios sociales, fueron los de aquellos que, por su codicia, habían creado una burbuja que terminó estallando en la cara de todos.

El profundo deterioro social provocado por la crisis hizo que se empezara a hablar de crímenes económicos contra la humanidad. Lourdes Benería y Carmen Sarasúa, en fechas previas a la gran movilización que daría lugar a las acampadas, abogaban desde las páginas del diario El PAÍS por incorporar esa noción al discurso ciudadano para que «se entienda su importancia para construir la democracia económica y política. Como mínimo nos hará ver la necesidad de regular los mercados para que, como dice Polanyi, estén al servicio de la sociedad, y no viceversa».2 No nos encontrábamos ante un «homicidio social involuntario», sino ante unas políticas ̶y, por tanto, ante unas acciones deliberadas orientadas a crear las condiciones para socializar el miedo entre la población y, a partir de ahí, hacer aceptables las reformas necesarias que irían redefiniendo por completo el modelo de sociedad. Un nuevo orden social que se iba construyendo con políticas que eliminaban derechos sociales y que se aplicaban sin el consentimiento popular.  Un nuevo orden global que daba sus primeros pasos y que ahora, ya consolidado, podemos calificar de orden autoritario nacional nativista.3

El movimiento del 15M intuyó que la cuestión se dirimiría en el ámbito de la democracia: frente a la amenaza de una salida reaccionaria a la crisis en clave autoritaria, había que salir a defenderla y eso empezaba por desenmascarar que, aquello a lo que se llamaba con aquel nombre, en realidad no lo era, porque si lo fuera no estaría impidiendo como lo hacía la y la defensa de los derechos de la ciudadanía. Lo que había ocurrido en Grecia e Islandia, y lo que estaba ocurriendo con la Primavera Árabe, así lo mostraba y España no tenía por qué ser la excepción.

¿Dónde está la izquierda? Al fondo a la derecha

Una parte de la ciudadanía empezó a mirar a su derecha e izquierda y se le hizo difícil percibir algo distinto. Ante las dos caras de una misma moneda se señaló que lo que se deseaba era otra cosa: «Ni cara A, ni cara B, queremos cambiar de disco». La orfandad política condujo al grito del «no nos representan» y a la constatación de que «entre capullos y gaviotas nos han tomado por idiotas».

El sistema político se situó en el centro de la diana. El bipartidismo imperfecto había reducido la democracia a partitocracia y eso, lejos de reforzar la soberanía popular, únicamente estaba sirviendo para reforzar a unos poderes económicos y financieros a los que se hacía responsables de una precarización («me sobra mes a final de sueldo») que robaba el futuro a mucha gente («Juventud sin futuro: sin casa, sin curro, sin pensión»). Tampoco los sindicatos estaban, ni se les esperaba, por lo que tocaba cambiar el guion proclamando aquello de «esto no es cuestión de izquierdas contra derechas, es una cuestión de los de abajo contra los de arriba». El «We are the 99%» sirvió para recabar el apoyo social mayoritario que reflejaron todas las encuestas y sondeos de opinión.

Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir

No se trataba solo de despertar, sino también de volver a soñar en estado de vigilia, de ofrecer una oportunidad a las ilusiones naturales que dan forma a las utopías. Y, como «nuestros sueños no caben en vuestras urnas», aquí nos plantamos, en medio de la plaza, para que cuando se apaguen las farolas brille Sol. La creatividad social y el sentido del humor («si viene la policía, sacad las uvas y disimulad») exhalaban el aliento utópico que suele estar presente en aquellos movimientos que se hacen conscientes de que lo son: acampados, pero en marcha. Puede que no fuera todo el rato, ni lo mayoritario, pero el horizonte utópico estuvo presente en la poética que surge siempre entre quienes se sienten, por fin, sujetos del cambio: «Ya tenemos Sol. Ahora ¡La luna!». Un ánimo que se contagiaba y se compartía, como ocurría cuando se hacían circular viejas consignas ̶«Vamos despacio porque vamos lejos»̶ procedentes de otras geografías.

A few years later…

¿Se llegó lejos? No lo sabemos. Lo que sí conocemos es lo que vino después. El funcionamiento de la política en las instituciones españolas cambió y abrió paso a una serie de hechos inéditos: se asistió al surgimiento de nuevas formaciones que pusieron en suspenso el bipartidismo, a una moción de censura que fue la primera en prosperar en la historia reciente, a la primera repetición electoral, al primer gobierno de coalición de la joven democracia. Han sido cambios relevantes, pero claramente insuficientes para concluir que la democracia saliera fortalecida o mejorada.

Lo que también sabemos es que la corrupción política, el problema del acceso a la vivienda y la precariedad laboral siguen presentes, y que han surgido nuevas amenazas a la democracia y a la convivencia social como consecuencia del ascenso de la ultraderecha, de manera que ya no está tan claro que una amplia mayoría de la población piense que a través de una democracia mejor se puedan corregir los problemas de la gente.

Mientras que en otros países la ultraderecha no dejaba de establecerse y de crecer, los primeros años posteriores al 15M parecieron haber inmunizado a la sociedad española de esa deriva. En cualquier caso no duró mucho y, a pesar de que la respuesta a la pandemia fuera distinta (y, esta vez, el escudo social protegió a gran cantidad de personas de un acontecimiento global cuyo impacto no tuvo procedentes), a pesar de que la diplomacia española se desmarcó tempranamente del cerco de silencio creado sobre el genocidio en Gaza y a pesar de que el Gobierno de Sánchez se atrevió a aparentar ser la voz díscola ante la actual administración norteamericana (empeñada en empujar el gasto militar a cotas inimaginables y manejar las relaciones internacionales según la ley del más fuerte), o quién sabe si debido a todo ello (y a la inestimable ayuda del Procés), lo cierto es que la ola reaccionaria que estaba recorriendo medio mundo ha terminado también por asentarse con fuerza en España.

¿Tiene sentido revisitar el 15M quince años después?

Ahora que asistimos a la definición de un orden social cada vez más autoritario y violento con rasgos nacional nativistas, ¿para qué podría servir recordar y reflexionar acerca de lo que aconteció hace tres lustros? Habrá quien piense que de poco o nada, y no porque cuestione la relevancia que entonces tuvo, sino porque considere que quince años después los cambios se han acelerado y cualquier parecido con aquel momento es pura coincidencia. Aun así, sin embargo, la pregunta seguiría siendo oportuna.

Hay, por ejemplo, una cuestión que tal merezca la pena resaltar por el especial interés que tiene para el momento que vivimos y para la que el recuerdo de lo que representó el 15M puede ayudar a extraer alguna enseñanza. Es la siguiente:  la convivencia democrática se vuelve imposible cuando desaparece el suelo común que la sostiene ante el intento de unos de anular la ciudadanía de otros y de redefinir quién es el pueblo auténtico.

En EEUU ̶desde donde soplan los vientos que agitan la política europea̶ hace tiempo que la polarización partidista no se articula simplemente en términos de derecha e izquierda, ni siquiera sobre la tradicional tensión entre valores conservadores y progresistas, sino sobre cuestiones migratorias y de seguridad. Asuntos que hasta hace no mucho la sociedad hubiera rechazado de plano sin mediar debate alguno se han convertido ahora en el centro de la identidad partidista. Es el caso de la reinterpretación restrictiva del trumpismo de la Decimocuarta Enmienda de la Constitución norteamericana (que aborda los derechos de ciudadanía y la igualdad de protección ante la ley) o de la lectura de la prioridad nacional en clave de arraigo a la cultura y las costumbres. Ha tenido que ser el Tribunal Supremo de los EEUU el que reafirme el derecho a tener derechos que reconoce su Constitución a cualquier ciudadano nacido en territorio estadounidense, con independencia de la situación en la que se encuentren los progenitores, la religión que profesen o la cultura a la que pertenezcan. Que el origen geográfico, la etnia, la religión, el idioma o la cultura se hayan convertido en ejes polarizadores de la política emocional de una sociedad es algo sobre lo que no se puede pasar por alto. Como tampoco se puede dejar de lado el hecho de que, ante la abrumadora evidencia proporcionada por la ciencia acerca de las amenazas de la crisis ecológica, el grado de atención y consideración hacia dichas amenazas se haya convertido en una de las principales señales predictivas de las preferencias partidistas de un votante.

Hay aspectos que no deberían ser objeto de discusión partidaria por ser el terreno común sobre el que pisa la ciudadanía. El movimiento del 15M percibió que la democracia podía ser uno de ellos. Sobre ese común construyó una protesta que cosechó la simpatía de amplias mayorías. Tal vez ese siga siendo su mejor y más necesario legado.

Santiago Álvarez Cantalapiedra es director de FUHEM Ecosocial y de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global.

Puedes desccarga el artículo en formato pdf: El legado del 15M: Lo común, base de la democracia de Santiago Álvarez Cantalapiedra en:   https://www.fuhem.es/papeles_articulo/el-legado-del-15m-lo-comun-base-de-la-democracia/

NOTAS:

1 A principios de los noventa desde el Instituto Sindical de Estudios se promovió un libro coral que, titulado La larga noche neoliberal, discutía las principales políticas económicas de la contrarrevolución neoclásica (Véase: Jesús Albarracín, David Anisi, Fernando Esteve, Josep González Calvet, Juan Francisco Martín Seco, Pedro Montes, Rafael Muñoz de Bustillo, Jordi Roca y Gregorio Rodríguez Cabrero: La larga noche neoliberal, Icaria, Barcelona, 1993).

2 Lourdes Benería y Carmen Sarasúa, «Crímenes económicos contra la humanidad», EL PAÍS, 29 de marzo de 2011.

3 Me he referido a los rasgos de este nuevo orden global en la introducción del número anterior: «Autoritarismo nacionalnativista y orden mundial», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 173, primavera 2026, pp. 5-10, disponible en:  https://www.fuhem.es/papeles_articulo/autoritarismo-nacionalnativista-y-orden-mundial/