Comentarios y aportaciones a la meta del decrecimiento

Comentarios y aportaciones a la meta del decrecimiento, a la sombra de los diccionarios del Posdesarrollo y del Decrecimiento1

José Manuel Naredo

Artículo publicado en la sección de ACTUALIDAD del número 150 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global.

La realidad ha venido erosionando la fe en el progreso asociada a la promesa de generalizar la opulencia consumista de la mano del desarrollo económico. Como es bien sabido, a la crisis ecológica de fondo se han venido añadiendo pandemias y crisis económicas con múltiples “recortes” de ingresos y derechos que hacen que buena parte de los jóvenes, en vez de mejorar, vivan situaciones más precarias que las de sus padres.

Se produce así una doble paradoja. Por una parte, que el mismo sistema que prometía múltiples parabienes asociados al crecimiento económico, nos viene ofreciendo con largueza el decrecimiento del empleo, de los salarios, de las ayudas sociales, de los derechos… y de los bienes y servicios públicos. Por otra, que cuando el sistema nos impone, de hecho, el decrecimiento, evidenciado su agotamiento y crisis, el movimiento ecologista abraza la palabra decrecimiento como propuesta. Y es que la bandera del decrecimiento que se viene enarbolando desde el movimiento ecologista surgió en pleno auge consumista como crítica a los excesos de la “sociedad de consumo”.2  Pero sorprende que se siga enarbolando a piñón fijo esa bandera haciendo abstracción de depresiones y pandemias. Así lo atestigua la reciente publicación de los diccionarios del Posdesarrollo y del Decrecimiento3  que tratan de consolidar la propuesta decrecentista tras lustros de recesión.

Como había comentado en ocasiones, creo que enarbolar el decrecimiento como titular rompedor de revista o libro para coger a contrapié a la dogmática del crecimiento económico puede resultar adecuado.4  Pero considero que tomar en serio ese término como meta y/o bandera del movimiento ecologista es, en primer lugar, un gesto tributario del reduccionismo propio del enfoque del crecimiento económico dominante y, en segundo lugar, un objetivo genérico poco atractivo, sobre todo cuando el decrecimiento nos lo viene ofreciendo el propio sistema.

El decrecimiento no suscita por sí mismo ninguna idea de cambio de modelo o de sistema

Desde hace tiempo he venido apreciando la falta de coherencia, y de oportunidad política, que alberga el discurso del decrecimiento que mantiene parte del movimiento ecologista.5 Y veremos que, lamentablemente, ambos diccionarios, lejos de corregir, contribuyen a dejar más claras estas incoherencias.

Por una parte, el objetivo del decrecimiento es tributario del reduccionismo del enfoque económico ordinario, porque el término no suscita por sí mismo ninguna idea de cambio de modelo o de sistema, sino que surge como el negativo del discurso del crecimiento económico. Pues, al igual que crecimiento, decrecimiento refleja un verbo sin sujeto ni predicado y para que tengan sentido ambos han de referirse a la evolución unidireccional de algo a definir. La ideología económica dominante le dio sentido al término crecimiento tras un arduo y prolongado trabajo de más de un siglo.6 Pues para llenar de contenido económico al término crecimiento tuvieron que inventarse primero y asumirse después la metáfora absoluta de la producción7  y la idea usual de sistema económico para construir, por último, sobre estas ideas los sistemas de Cuentas Nacionales y cifrar el famoso PIB, que por fin otorga realidad monetaria domesticada a esa producción metafórica que se presupone que debe crecer para colmar de “bienes y servicios” a la población. Es este largo trabajo ideológico el que ha otorgado tal peso y valor positivo al término crecimiento (económico) o a su análogo desarrollo, que ha llegado a eclipsar los otros posibles significados, permitiendo su utilización sin necesidad de adjetivarlo, ni de precisar ya que se refiere al agregado de renta o producto nacional. Para que tenga sentido el objetivo del decrecimiento, este se ha de referir también a alguna variable y el problema es que esa variable ha de ser distinta de la producción, ya que su decrecimiento tiene nombre propio, se llama depresión y no puede resultar atractivo para la mayoría de la gente, que tendría que sufrir sus consecuencias. Por lo tanto, llenar de sentido el objetivo del decrecimiento exige referirlo a alguna variable igualmente cuantitativa8 que resulte tan altamente significativa y deseable que pueda movilizar a la población. Volveremos después sobre este tema para revisar los intentos de dar contenido al objetivo del decrecimiento.

Por otra, decimos que es poco atractivo, porque decrecimiento rema a contracorriente de las metáforas que comunican sensaciones positivas (se habla, por ejemplo, de crecimiento personal, de las cosechas… o de los niños, que se ven con buenos ojos), como en mayor medida ocurre con la palabra desarrollo (pues se habla del desarrollo del conocimiento, de los organismos, o de un plan o de una carrera profesional; lo mismo que alto se considera, en general, mejor que bajo y se habla, por ejemplo, de alto standing, de alta gama, como de sentimientos elevados, frente a las bajas pasiones y los sentimientos rastreros, etc.). Precisamente la valoración metafórica positiva que impregna a las nociones de crecimiento y desarrollo es lo que permite que autores, como Amartya Sen, empleen acepciones más amplias de estos términos asociadas al desarrollo de capacidades y libertades humanas. Pero con independencia de que juegue a favor o en contra de las valoraciones metafóricas habituales, hay que adjetivar o poner atributos al decrecimiento para que tenga algún significado concreto, en suma, hay que aclarar ¿qué es lo que se piensa y se propone que deba decrecer? Veamos cómo responden a esta pregunta los diccionarios del Posdesarrollo y del Decrecimiento, para ver en qué medida se solapa con el decrecimiento que nos viene ofreciendo el propio sistema.

 

Decrecimiento ¿de qué?

La voz «Decrecimiento» del Diccionario del posdesarrollo (pp. 204-207) llamada a aclarar el tema, dice en su primer párrafo que «el decrecimiento […] reclama una  reducción  equitativa  de  la  producción  y  del  consumo  en  los  países industrializados» (p. 204).  Y, por si hubiera dudas, el mismo Diccionario del decrecimiento en su principal entrada sobre el tema, en la rúbrica «El decrecimiento hoy», insiste pontificando que «los economistas ecológicos definen el decrecimiento como una reducción equitativa de la producción y del consumo» (p. 39). Es decir que los principales teóricos del decrecimiento, no sólo usan de forma acrítica las categorías de producción y de consumo, sino que proponen que decrezcan, lo que como hemos dicho, por muy “equitativamente” que lo hagan, tiene nombre propio: se llama depresión y no puede ser una propuesta atractiva ni ilusionante para la mayoría.

Los principales teóricos del decrecimiento usan de forma acrítica las categorías de producción y de consumo

Sorprende así sobremanera que gente bienintencionada e inteligente del movimiento ecologista dedique sus esfuerzos a defender y definir el decrecimiento de esta manera. De ahí que en los textos de los propios diccionarios se trate de quitar hierro al asunto añadiendo matizaciones y puntos de vista que, o bien, resultan contradictorios con esa definición, o bien aderezan la voz decrecimiento con atributos benéficos totalmente ajenos a la misma, generando un panorama confuso. Por ejemplo, resulta contradictorio con lo anterior que en la misma voz decrecimiento del Diccionario del posdesarrollo, se diga una página más atrás que «el decrecimiento no equivale a una recesión o a un crecimiento negativo». O que «la frase [supongo que quiere decir “la palabra” decrecimiento] no es originalmente un concepto (al menos a la manera del desarrollo económico) sino más bien una desafiante consigna política…» (como si las consignas no tuvieran que apoyarse en conceptos para ser eficaces). Y entre los múltiples atributos ajenos que se le atribuyen al decrecimiento para dulcificarlo figura, en la misma página, que «el decrecimiento implica una redistribución equitativa de la riqueza» (cuando bien puede implicar lo contrario: reforzar el clientelismo político-empresarial y desatar una mayor polarización social). O para encubrir la imagen de penuria que puede asociarse al decrecimiento, se afirma que «el proyecto del decrecimiento aspira a la construcción de otra sociedad, de una sociedad de abundancia frugal» (bonito oxímoron). Para soslayar el reduccionismo que hereda del enfoque del crecimiento económico se postula que «el atractivo del decrecimiento surge de su poder para incluir y articular diferentes fuentes o corrientes de pensamiento (incluidas la justicia, la democracia y la ecología) y formular estrategias a diferentes niveles» (vaya, no veo ese gran poder de inclusión de la palabra decrecimiento que presuntamente hace su atractivo).

Al resultar poco atractivo este término convertido en fetiche que suplanta al todo, genera sectarismo

En suma, se afirma a la vez de forma gratuita y grandilocuente que «de hecho el decrecimiento no es una alternativa, sino más bien una matriz de alternativas, que reabre la aventura humana a la pluralidad de destinos y al espacio de la creatividad, eliminando la cubierta de plomo del totalitarismo económico»…o se añaden otras bondades también atribuidas al decrecimiento en   el   diccionario   del   mismo   nombre:   «una transición al decrecimiento no equivale a una permanente trayectoria de descenso, sino una transición a sociedades convivenciales que viven simplemente, en común y con menos» (p. 51). En términos psicológicos semejante proceder trata de reforzar el atractivo del decrecimiento como término fetiche que suplanta al todo –es decir, al cambio socioeconómico deseado– volcando sobre el mismo el contenido emocional asociado a ese todo deseado. Con el agravante de que el término fetiche, al resultar en este caso poco atractivo, genera sectarismo.

Frente al mar de confusión que siembran ambos diccionarios sobre el objetivo del decrecimiento, creo que la polémica que mantuvieron Ernest García y Juan Torres en el Consejo de ATTAC y mis posteriores comentarios9  resultaron mucho más clarificadores al acabar respondiendo con precisión y consenso a la pregunta clave ¿qué es lo que se piensa y se propone que debe decrecer?

Las respuestas que dio Ernest García a las preguntas planteadas por Juan Torres, ayudan a aclarar lo que creemos que debe decrecer en términos agregados, pero también consideré que se podían añadir nuevas precisiones. Respondiendo a la pregunta: «¿qué debe decrecer?», Ernest afirma que «la sociomasa, (el término es de Kenneth Boulding, y significa todo lo que tiene masa en el sentido físico en la sociedad; es decir, las poblaciones, los organismos, los artefactos) y el flujo metabólico de energía y materiales que mantiene la sociomasa (el throughput de Herman Daly)». Y a la de «¿cuánto debe decrecer ese indicador o lo que sea el objeto del decrecimiento?», responde que «hasta que las dos magnitudes (sociomasa y flujo metabólico) estén por debajo de la capacidad de carga del planeta…». Y a la tercera pregunta, relacionada con los efectos del decrecimiento propuesto sobre la vida y el bienestar de la gente, propone que la reducción demográfica sea «benigna y voluntaria», que la reducción de artefactos se haga «sobre todo en equipos y consumos superfluos (o dañinos)…», que «la reducción del flujo metabólico se haga incrementando la eficiencia energética y material…».

Tras un nuevo intercambio concluyeron ambos que: «no hay un indicador sintético adecuado para combinar los objetivos de decrecimiento, de bienestar social y de igualdad o justicia social» […] «En teoría –concluye Ernest– supongo que se trataría de fijar un objetivo de decrecimiento “en grueso” para llegar a una escala física sostenible y añadir entonces un sistema de medidas más analítico para tratar de orientar políticamente el camino, poniendo más acento en el decrecimiento de los males y tratando de evitar el de los bienes».

Justo hasta aquí he visto que llegan las precisiones que proponen los defensores más solventes del decrecimiento como propuesta y ese objetivo agregado de decrecimiento “en grueso” es demasiado ambiguo (a continuación, subrayaré mi propuesta para precisarlo). Pero también hay que reconocer que es difícil hacerlo operativo sin concretar lo que se quiere que decrezca y lo que se quiere que no lo haga, restando universalidad al objetivo generalizado del decrecimiento, al complementarlo con otros de mantenimiento o incluso de crecimiento.

La ambigüedad que conlleva proponer que decrezca la “sociomasa”, que alberga tanto a los artefactos (buenos y malos) como a la propia especie humana, es tal que se prestaría a humoradas del tipo de precisar que el objetivo generalizado del decrecimiento no incluye propuestas de pigmeización y/o jibarización del propio ser humano. Lo mismo ocurre con el flujo metabólico de energía y materiales, habida cuenta que alberga energías renovables y no renovables, materiales abundantes y escasos…y que su uso puede cerrar o dejar abiertos los ciclos de materiales o generar residuos tóxicos o peligrosos u otros que no lo son. Por ejemplo, puede haber casos de arquitectura vernácula que requieran mover más tonelaje en materiales que el consabido estilo universal, como sería la arquitectura de adobe (que usa tierra, en vez de hierro y cemento). En cualquier caso, comparaciones de este tipo exigirían análisis más complejos que distinguieran entre la naturaleza y los requerimientos directos e indirectos de los distintos materiales y energías, estimando las mochilas y huellas de deterioro ecológico de los distintos modelos constructivos a comparar. Además, cuando las energías y los diversos materiales pueden sustituirse, tendríamos que tener algún criterio menos burdo que el requerimiento total de energía y materiales o que el llamado throughput para agregarlas. Para resolver estos problemas y ofrecer un contenido más preciso a la propuesta del decrecimiento, retomo la propuesta que sintetiza el siguiente párrafo de mi artículo antes citado.

 

Una propuesta razonable

«Como ya he apuntado antes […] Antonio Valero y yo hemos desarrollado y aplicado una metodología que permite cuantificar, en unidades de energía, el coste de reposición del deterioro que el proceso económico inflige a la base de recursos planetaria, posibilitando establecer el seguimiento agregado de la misma. Esta metodología es de utilidad para llenar de contenido preciso la propuesta del decrecimiento: todo el mundo podría estar de acuerdo en el objetivo de reducir o hacer que decrezca el deterioro de la base de recursos planetaria, asociada a lo que se conoce como deterioro ambiental, por extracción de recursos y emisión de residuos. Creo que esta meta sustituye con ventaja a otros intentos de llenar de contenido físico la propuesta del decrecimiento, proponiendo asociarlo a variables menos básicas o más parciales, ambiguas o imprecisas, como son las de reducir el requerimiento total de materiales, de energía…o la apropiación de biomasa neta». 10

 

La propuesta antes indicada, permitiría agregar el deterioro ecológico de los procesos trascendiendo la disociación entre energía y materiales y, dentro de estos, entre los distintos tipos de energía y materiales. Pues aporta información cuantitativa para saber si, desde el punto de vista ecológico, es mejor usar cierta cantidad de agua, de energía o de otros materiales. Incluso permite cuantificar el daño o coste ecológico asociado a los distintos usos de que puede ser objeto un mismo material o tipo de energía, pudiendo concluir si uno es “mejor” o menos dañino que otro.

Cuantificar el deterioro ecológico del proceso económico puede aportar precisión a la propuesta del decrecimiento

Nuestra propuesta se ha ido afinando tras la realización de numerosos trabajos que van desde el libro Desarrollo económico y deterioro ecológico (1999)11 hasta culminar, tras varias tesis doctorales, en el libro Thanatia (2014),12 que entre otras cosas precisa la composición del estado de máxima entropía hacia el que a civilización industrial va empujando a la Tierra, respecto al cual podemos ver en qué medida nos vamos acercando. Como ejemplo más concreto y aplicado al agua, el lector interesado puede consultar mi trabajo «Retos de la economía del agua en España. Costes y cuentas del agua»,13 en el que se define y aplica la metodología que permite cuantificar en unidades de energía el daño o coste ecológico asociado a los distintos usos del agua, con criterios homogéneos generalmente aplicables.

Pero el mismo empeño de dar solidez teórica y empírica al objetivo del decrecimiento requiere de propuestas y procesos que escapan a la simple palabra decrecimiento, al exigir reconversiones con aumentos y disminuciones. La reducción del deterioro de la base de recursos y el ambiente planetarios, exigiría cambiar las reglas del juego económico en el sentido antes indicado, para promover (y aumentar) el uso de las energías renovables y la conservación y el reciclaje de materiales, para desactivar (y reducir) el uso de aquellos no renovables y para desinflar los afanes adquisitivos y/o consuntivos extendidos por todo el cuerpo social. Afanes que hacen que hasta los más pobres se esfuercen en trabajar para los ricos con el ilusorio empeño de emular los patrones de vida de estos recurriendo a los sucedáneos de la llamada sociedad de consumo. En este sentido de cambiar las reglas del juego y los afanes adquisitivo-consuntivos apuntan, tanto el “programa bioeconómico mínimo” que propone Georgescu-Roegen (incluido en el libro editado por Grinevald y Rens antes citado) que empieza proponiendo prohibir las guerras y la fabricación de armamento…, como las “orientaciones” que nos da Lewis Mumford –por citar a otro de mis autores de cabecera– en el último capítulo de su libro Técnica y civilización (1934), con apartados con títulos como «¡Aumenten la conversión!, ¡Economicen la producción! ¡Normalicen el consumo! ¡Socialicen la creación! …».14 Pero ninguno de ambos autores habla de decrecimiento como propuesta, como en algún caso se ha dado a entender.

Dar solidez teórica y empírica al decrecimiento requiere propuestas y procesos que exigen reconversiones con aumentos y disminuciones

Georgescu-Roegen incluye en ese mismo libro críticas muy duras a la propuesta de crecimiento cero entonces de moda, que serían hoy aplicables a la del decrecimiento. Además, con su peculiar sentido del humor, ridiculiza las críticas a la sociedad de consumo que proponen una idílica vuelta a la naturaleza, cuando afirma que «bien lerdo será aquel que proponga renunciar totalmente al confort industrial de la evolución exosomática. La humanidad no volverá a vivir en las cavernas y, menos aún, sobre los árboles». Consideración que bien cabría extender a nivel cultural. Y la propuesta de reconversión social de Mumford supone aumentos y disminuciones, crecimientos y decrecimientos: «la actividad saludable –dice– exige restricción, monotonía, repetición, así como cambio, variedad, expansión».

Por último, quiero subrayar que la metodología propuesta, si bien aporta información precisa sobre el coste ecológico de los procesos y las mochilas de deterioro ecológico de los productos a disminuir, no permite decir nada sobre su utilidad, individual o colectiva, ni menos aún sobre los aspectos redistributivos, que habría que tener en cuenta a la hora de enjuiciar y priorizar procesos y políticas. En lo que concierne al afán de hacer operativa la meta de conseguir que decrezca el deterioro ecológico que la especie humana inflige a la Tierra, a sus distintos niveles de agregación, quiero subrayar lo siguiente: que actualmente es el reduccionismo monetario, guiado por meros afanes de lucro, lo que mueve el comercio y arrastra los flujos físicos, que evolucionan con el pulso de la coyuntura económica. Por lo tanto, el objetivo de hacer que decrezcan ciertos flujos físicos no puede abordarse directamente, es decir, sin cambiar las reglas del juego económico que los mueven y que hacen que el crecimiento de los agregados monetarios de renta, producción o consumo acentúe el deterioro ecológico. Porque la evolución de los flujos físicos no es una variable independiente en el actual modelo de gestión, sino que depende de los flujos monetarios y de los beneficios y plusvalías que los mueven y orientan. Hay que visibilizar las actividades y lucros tan variopintos que alberga ese cajón de sastre de valor monetario que es el PIB, para enjuiciar lo que hay dentro y lo que queda fuera, lo que debería crecer o decrecer. Precisamente, en mi libro Taxonomía del lucro (2019)15 he emprendido esta tarea de identificar y jerarquizar las actividades fuente de lucro con el ánimo de generar una conciencia social y un marco institucional que desanime o impida aquellas que arrojan lucro sin contrapartida o con contrapartida corrupta o que resultan ecológica y socialmente dañinas.

Para aclarar mi punto de vista a este respecto voy a poner un ejemplo. Con el pinchazo de la burbuja inmobiliaria el consumo de cemento se ha desplomado en España a la cuarta parte de lo que era y apenas repunta… o el input total de materiales e la conurbación madrileña ha decrecido en más de un 30%. En esta situación de claros decrecimientos, más que seguir proponiendo el decrecimiento como si nada hubiera pasado, habría que proponer el cambio del modelo inmobiliario, para defender la vivienda como bien de uso y no como objeto de inversión y evitar que las finalidades especulativas sigan gobernando los flujos físicos y los usos del territorio en un sistema que tiende a encadenar burbujas especulativas. Es el cambio de mo- delo, de enfoques, de políticas y de instrumentos, lo que permitiría reducir en el futuro el deterioro ecológico y no al revés. Es lo que debería de exigir el movimiento ecologista, ya que exigir decrecimiento, antes que reconversión del sistema, viene a ser como poner el carro delante de los bueyes: no resulta eficaz. Hacer hincapié en la meta del decrecimiento puede oscurecer la verdadera meta de la reconversión hacia los escenarios ecológica y socialmente más saludables hacia los que el movimiento ecologista debería liderar la actual crisis de civilización

 

José Manuel Naredo es estadístico, doctor en Economía y miembro del consejo de redacción de esta revista.

Acceso al texto completo del artículo en formato pdf: Comentarios y aportaciones a la meta del decrecimiento, a la sombra de los diccionarios del Posdesarrollo y del Decrecimiento.

 

NOTAS:

1  El presente texto retoma y reelabora ideas y párrafos de un trabajo más amplio: José Manuel Naredo, «Sobre las preocupaciones y metas del movimiento ecologista. Comentarios y aportaciones a los diccionarios del desarrollo (1992) y del posdesarrollo (2019)», Biblio3W Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales,

5 de junio, núm. 1.297, 2020.

2  Hay que recordar que las críticas a la “sociedad de consumo” venían desde mucho antes de que se empezara a utilizar el eslogan del decrecimiento. Estas críticas alcanzan, al menos, desde la formulación pionera de Veblen, en su Teoría de la clase ociosa (1899) (edición en castellano del FCE, México, 1995) y las múltiples elaboraciones que culminaron a raíz del mayo 68, hasta las que sintetizan más recientemente el panorama del “consumo”, como son, por ejemplo, los libros de Jorge Riechmann (coord..), Necesitar, desear, vivir, Catarata, Madrid, 1998 o de Luís Enrique Alonso, La era del consumo, Siglo XXI, Madrid, 2005.

3  Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta (coords.) Pluriverso. Un diccionario del posdesarrollo, Icaria, Barcelona, 2019 y Giacomo D’Allisa, Federico Demaria, Giorgos Kallis (eds.) Decrecimiento. Vocabulario para una nueva era, Icaria, Barcelona, 2015, 2ª ed. Ampliada 2018.

4  Es el caso, por ejemplo, del libro editado en francés por Jacques Grinevald e Ivo Rens con textos de Nicholas Georgescu-Roegen, cuya primera edición llevó por título Demain la décroissance (Eds. Pierre-Marcel Favre, Paris-Lausanne, 1979), que presentaba el decrecimiento como algo que nos acabaría ofreciendo el sistema, no como una propuesta de los autores.

5  Véase José Manuel Naredo, «Reflexiones sobre la bandera del decrecimiento», Viento Sur, núm. 118, septiembre, 2011.

6  Para un análisis detallado de la génesis histórica de la noción de producción y del afán de promover su crecimiento, como elementos constitutivos de la noción usual de sistema económico, véase: José Manuel Naredo, La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, Siglo XXI, Madrid, 2015.

7  Según la metaforología, una metáfora absoluta es aquella que permite transferir ideología y juicios de valor sobre temas socialmente relevantes sin contar con apoyo racional ni empírico alguno. Su función expresiva no puede, así, racionalizarse, ni el concepto sustituirse, ocupando un lugar esencial en la historia del pensamiento, en este caso, económico.

8  El término así lo exige, pues tanto el crecimiento como el decrecimiento ha de referirse a algo que cuyo aumento o disminución pueda constatarse.

9  Véase José Manuel Naredo, «Ideas a raíz de la polémica del decrecimiento. A propósito de un debate en el Consejo de ATTAC», Viento Sur, núm. 120, enero, 2012.

10  José Manuel Naredo, op. cit., 2011, pp. 33-35.

11   José Manuel Naredo, y Antonio Valero (dirs.), Desarrollo económico y deterioro ecológico, Fundación Argentaria y Visor Distrib., Col. Economía y Naturaleza (accesible en la sección de publicaciones de la web de la Fundación César Manrique junto con los otros libros de la Colección Economía y Naturaleza), Madrid, 1999.

12  Alicia Valero y Antonio Valero, Thanatia. The Destiny of the Earth’s Mineral Resources. A Thermodynamic Cradle-to-Cradle Assessment, World Scientific, Londres, 2014.

13  José Manuel Naredo, «Retos de la economía del agua en España. Costes y cuentas del agua», Universidad de Almería (accesible en la sección de Publicaciones de mi página Web El rincón de Naredo), 2017.

14  Lewis Mumford, Técnica y civilización, Alianza, Madrid, 1971 [1934]

15  José Manuel Naredo, Taxonomía del lucro, Siglo XXI, Madrid, 2019.