Yihadismo internacional, Daesh y la respuesta de Occidente

Entrevista a Jesús Núñez
Nuria del Viso

 

 

  "El orden global actual está absolutamente desajustado. Tenemos unos problemas y unos desafíos que, por definición, exigen respuestas multidimensionales y multilaterales, y sin embargo no contamos con los instrumentos o con los órganos adecuados para hacerles frente."

 

 

 

 

 

Jesús Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH), profesor de la Universidad Pontificia Comillas. Economista y militar (retirado) de formación, es especialista en temas de seguridad, construcción de la paz y prevención de conflictos, con especial atención al mundo árabo-musulmán, y analista de reconocido prestigio sobre estas cuestiones en diferentes medios de comunicación. En esta entrevista, realizada antes de los atentados de Bruselas, Núñez reflexiona sobre el yihadismo internacional, Daesh y el papel de los países occidentales.

Por Nuria del Viso, Investigadora de FUHEM Ecosocial

 

Nuria del Viso (NdV): Aunque el nombre del ISIS o Daesh sea novedoso, el origen del grupo tiene ya cierto recorrido. ¿Cuáles son las raíces de este grupo?

Jesús Núñez (JN): Tenemos que recordar que Daesh es cualquier cosa menos una novedad. Hace diez años lo conocíamos como Al Qaeda en Irak, una de las franquicias de la red terrorista Al Qaeda, que actuaba fundamentalmente en el escenario creado a partir de la invasión de Irak en marzo de 2003 por parte de tropas estadounidenses y occidentales. Desde aquel momento lo que vemos es un movimiento a la deriva que ha intentado aprovechar los vacíos de poder que se han producido en Siria, con el estallido del conflicto desde marzo de 2011, y en Irak, en el contexto de un proceso electoral en la primera mitad de 2014, para terminar finalmente proclamando ese delirante califato en junio de ese mismo año. Por lo tanto, es, por decirlo así, el mismo perro con el mismo collar.

NdV: La invasión de Afganistán en 2001, la ocupación de Irak en 2003, el dislocamiento de Siria en los últimos años… ¿Qué papel desempeña en el ascenso de Daesh la política occidental en Oriente Medio históricamente y especialmente en los últimos lustros?

JN: Básicamente habría que destacar la corresponsabilidad que tienen los gobiernos occidentales en lo que ocurre actualmente en la región. Corresponsabilidad inicial en el nacimiento de esos nuevos Estados, creados a partir de una colonización fundamentalmente europea, que da como resultado países artificiales donde son obligados a vivir juntos quienes no tienen ningún deseo de vivir en común. Corresponsabilidad también a la ahora de situar al frente de los gobiernos de esos nuevos estados a individuos que no se distinguen precisamente por su carácter democrático o por su respeto a los derechos humanos, sino, más bien, por aprovechar los privilegios que les otorga su posición para beneficiarse de la explotación de las riquezas nacionales, al margen de las necesidades y las demandas de la población. En eso, Occidente es claramente corresponsable, primero bajo la batuta de Londres y después, desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo, de Washington como hegemón mundial. Y corresponsabilidad hoy, puesto que en muchas ocasiones se ha jugado con fuego al promover la creación de “pequeños monstruos” que se pensaba que se podían controlar, como Al Qaeda en el Afganistán invadido por los soviéticos en los años ochenta o el propio Daesh, cuya emergencia y financiación se han permitido pensando que servía para debilitar a Al Qaeda. Occidente es corresponsable de todo ello, y, sin embargo, hoy seguimos sin querer atender a las consecuencias de lo que hemos ayudado a crear.

NdV: Existe cierta diversidad en cuanto a la denominación de este grupo, Daesh, Estado Islámico, ISIS… ¿Qué denominación consideras más adecuada?

JN: Daesh, sin duda, porque ni es Estado ni es islámico. Manejar este último concepto para lo único que sirve es para continuar alimentando irrealidades y nutriendo la visión de que el islam sería algo parecido a lo que ahora mismo está haciendo Daesh, cuando de ningún modo debemos entenderlo así. Por lo tanto, Daesh, que es el acrónimo en árabe de ese grupo, es como creo que deberíamos denominarlo.

NdV: Una reciente viñeta de Peter Brookes en The Times equiparaba la barbarie de Daesh con la de Arabia Saudí en la ejecución de condenados a muerte y dejaba en evidencia el doble rasero de los países occidentales a la hora de denostar las acciones de unos –los calificados como enemigos− y disculpar las de otros, como los Estados amigos del Golfo Pérsico. Por su yihadismo radical de corte wahabita, Daesh se alinea ideológicamente con Arabia Saudí. ¿Cuál es el papel de Arabia Saudí en el ascenso de este grupo?

JN: La doble vara de medir es una evidencia que llevamos arrastrando mucho tiempo. Basta con dar un ejemplo relacionado con el conflicto árabe-israelí para entender además las violaciones del Derecho Internacional que se producen. Mientras que la invasión de Kuwait por parte de Irak –el Irak de Saddam Hussein− dio lugar a unas resoluciones de la ONU que desembocaron en la Operación Tormenta del Desierto; sin embargo, Israel ha invadido territorio soberano de algunos de sus vecinos y eso no ha tenido ninguna consecuencia, en la medida en que EEUU sigue avalando a Israel y le permite un margen de maniobra que ningún otro Estado tiene en el planeta. Esa misma doble vara de medir se pone de manifiesto ahora cuando el régimen saudí decapita y ejecuta, saltándose cualquier estándar internacional, de manera demasiado frecuente, sin ninguna consecuencia para un régimen que controla el 25% de las reservas mundiales de petróleo, mientras que cuando hace eso mismo Daesh, evidentemente, nos alarmamos y condenamos sin reservas este comportamiento. Arabia Saudí es el ejemplo más claro, entre los muchos que hay, de la incoherencia occidental entre los valores y principios que decimos defender y la política internacional que realmente llevamos a cabo. Se trata de una política internacional dominada por la idea de la seguridad energética, que nos lleva a pensar que inevitablemente dependemos de Arabia Saudí y de su petróleo y, por lo tanto, hemos de mirar hacia otro lado cada vez que ese país contradice los estándares internacionales y nuestros propios presupuestos ideológicos. Es algo que sirve también para alimentar el antioccidentalismo presente en muchos países árabes desde hace mucho tiempo, ya que entienden que Occidente está apoyando a gobiernos que son impresentables en cualquier sentido de la palabra. El antioccidentalismo es un rasgo más de lo que esas sociedades en términos generales sienten hacia nosotros.

NdV: ¿En qué medida las actividades de Daesh refuerzan las ambiciones de liderazgo de Arabia Saudí en la región frente a Irán?

JN: Uno de los elementos que conviene tener claro para entender cómo Daesh está adquiriendo su poder es su papel como instrumento en la competencia por el liderazgo regional que se viene dirimiendo desde hace tiempo. Por un lado, Irán ha vuelto a la escena internacional, una vez liberado de las sanciones, con lo que deja de ser un paria internacional y va a poder seguir desarrollando la estrategia de exportar su modelo revolucionario al resto de la región. Por otro, Arabia Saudí, como líder del mundo musulmán suní, pretende evitar como sea que esto llegue a ocurrir, y está jugando con fuego. Siria, por ejemplo, es un escenario fundamental en el que se percibe que hay una confrontación de intereses: Irán está apoyando al régimen de Bashar al Asad (alauí y, por lo tanto, adscrito a la familia chií), mientras que Arabia Saudí está alimentando y financiando a grupos rebeldes contra ese régimen. Uno de los principales elementos con los que juega es precisamente Daesh, un grupo que es evidentemente problemático, pero que el régimen saudí entiende que le sirve para crear problemas a su rival sin entender, de nuevo, que jugar con fuego tiene el riesgo de que te puedes quemar. Y Daesh, tras haber recibido esos apoyos y haber aumentado, con ellos, su capacidad de acción, puede efectivamente volverse contra quienes lo han financiado inicialmente o contra sus propios aliados. Daesh, en cualquier caso, no es un producto del régimen saudí, sino un actor que Arabia Saudí ha intentado manejar. Recordemos también que Daesh se funda a raíz de la liberación de muchos yihadistas que habían sido encarcelados por el régimen de Bashar al Asad y que es un grupo donde podemos encontrar la huella occidental. Su líder, Abu Bakr Al Bagdadi, fue detenido en 2004 por EEUU durante la invasión de Irak y fue liberado unos meses después. En este apoyo a grupos como Daesh podemos entender que hay un propósito de generar fragmentación dentro del movimiento yihadista para que, matándose entre ellos, acaben siendo más débiles y, por tanto, menos amenazantes. De nuevo vemos que son muchos los que han jugado con fuego y ahora son muchos los que se están quemando en ese mismo fuego.

NdV: Daesh recuerda en ciertos aspectos a otros grupos terroristas, por ejemplo, los talibanes en Afganistán en los años ochenta y noventa, en su forma de expansión territorial, en investir a sus respectivos líderes de autoridad política y religiosa ante todos los musulmanes… ¿Qué similitudes y diferencias aprecias con ese o con otros grupos?

JN: Si los comparamos con los talibanes, y partiendo de que ambos optan por la violencia, la principal diferencia es que los talibanes en ningún caso han ido más allá de intentar controlar territorio afgano. Ellos, de identidad pastún fundamentalmente, entienden que son el grupo llamado a liderar Afganistán, pero nunca han pretendido nada que suene a internacionalismo terrorista. Daesh, por el contrario, no solamente trata de derribar regímenes locales, sino que también entiende en su estrategia la necesidad de atacar objetivos en países occidentales. Eso no ha ocurrido con los talibanes. Por tanto, ambos son grupos que optan por la violencia, unos la utilizan para conquistar el poder en un solo país, en Afganistán, con el fin de organizar ese país a su modo y manera; y otros pretenden, en el delirio en el que están imbuidos, crear incluso un califato a escala mundial. Daesh responde evidentemente a lo que es, una franquicia de Al Qaeda, y, por tanto, comparte los mismos modos de actuar en determinados momentos de la ya larga historia de Al Qaeda, que se remonta a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Por un lado, se plantean como objetivo el derribo de los regímenes de los países árabo-musulmanes para crear en ellos sociedades reguladas por la ley islámica y, por otro, atacan al llamado “enemigo lejano”, es decir, a Occidente, en la medida en que es Occidente el principal apoyo de los regímenes políticos que hay en la zona. Es así como se explica el hecho de que intenten atacar objetivos también en Occidente. Una de las diferencias que cabe hacer hoy entre Al Qaeda y Daesh es que Al Qaeda ha renunciado al control físico de un territorio, mientras que Daesh -y esto ya se ha repetido anteriormente con otros grupos como Boko Haram (en Nigeria) o Al Shabaab (en Somalia)- ha optado por el control de un territorio que le sirva como feudo principal a partir del cual intentar crear un califato global. Al Qaeda renunció a ese objetivo hace tiempo, entendiendo que implicaba un esfuerzo que iba a ser inmediatamente anulado por fuerzas enemigas –básicamente occidentales y gobiernos locales− y, sin embargo, vemos cómo Daesh está intentando replicar otra vez ese mismo modelo, un modelo que cabe pronosticar que no será sostenible en el tiempo.

NdV: Siguiendo con las relaciones que mantiene con otros grupos, Al Qaeda fue matriz de Daesh en un primer momento, aunque se ha desentendido del grupo recientemente. ¿Cómo se interpreta este alejamiento? Por otro lado, Daesh también genera un polo de atracción para otros grupos, como Boko Haram en Nigeria. ¿En qué medida Daesh está llenando el espacio que hasta hace poco ocupaba Al Qaeda como paraguas del terrorismo internacional?

JN: El rasgo fundamental, desde mi punto de vista, es que existe una competencia por el liderazgo del yihadismo global actualmente entre Al Qaeda, con Ayman al Zawahiri a la cabeza, y Daesh, con Abu Bakr al Bagdadi al frente, en contra de lo que algunos quieren dar a entender, acerca de que Al Qaeda estaría poco menos que desaparecida, cosa que no responde a la realidad. Al Qaeda sigue activa, con capacidad y con voluntad para matar, lo que sucede es que Daesh, que ha nacido dentro de la red Al Qaeda −ya he dicho antes que fue en su día conocida como Al Qaeda en Irak−, en un momento determinado empieza no solo a no obedecer las órdenes recibidas desde el núcleo central de Al Qaeda, sino a pretender sustituir a esa Al Qaeda que ve como alicaída, con lo que entra una dinámica que les lleva a una competencia cada vez más clara. El escenario en el que eso se ha vivido de manera más directa es Siria, puesto que allí Jabhat al Nusra, la franquicia de Al Qaeda, se ha encontrado frente a Daesh, lo que evidencia esa fragmentación del movimiento yihadista y la competencia por el liderazgo del yihadismo global, algo que sigue a día de hoy. Referente a la otra cuestión, Daesh es en la actualidad una marca que, digámoslo así, “vende” mejor dentro de ese mundo, y eso ha generado que reciba declaraciones de lealtad de algunos grupos que anteriormente habían expresado su fidelidad a Al Qaeda. Boko Haram ha cambiado de nombre para llamarse ahora Wilayat al Sudan al Gharbi, pero también el grupo egipcio Beit Al Mahdis, muy activo en la península del Sinaí, ahora ha derivado en Wilayat Sinaí (leal a Daesh) y eso mismo ha ocurrido en otros lugares donde, como digo, grupos que habían mostrado su lealtad a Al Qaeda ahora cambian de bandera, entendiendo que obtienen mejores resultados asociándose a esa marca.

NdV: Después de los atentados de París existe la preocupación entre los líderes occidentales de que Europa se consolide como centro de reclutamiento y se acabe convirtiendo en polo de atracción de jóvenes desencantados y sin futuro. ¿Qué riesgos hay en este sentido? ¿En qué medida ese peligro ilustra el fracaso de las políticas europeas que debían fomentar la cohesión social?

JN: El riesgo es obvio y real, puesto que ya vemos cifras de reclutamiento en diferentes países que van desde apenas poco más de cien personas en España hasta los aproximadamente 2.000 en Alemania o Francia. Por tanto, claro que hay jóvenes que se están incorporando a las filas del yihadismo global, no solo de Daesh, sino también de Al Qaeda y otros grupos. En ese sentido, lo que tenemos que entender es el fracaso de las políticas de integración de las sociedades occidentales que llevan a determinados individuos a pensar que la violencia terrorista es el único modo mediante el cual van a resolver sus problemas, entrando en una ensoñación que les hace verse, poco menos, como líderes y salvadores de la humanidad. En cualquier caso, no deberíamos caer en el error de pensar que el terrorismo yihadista es la principal amenaza que pende sobre nuestras cabezas como sociedades occidentales. Hay un sobredimensionamiento, una magnificación de la amenaza que es, sin ninguna duda, una amenaza real, pero que no es del nivel que se nos quieres presentar en ocasiones. Pensemos que, con datos de 2014, en todo el planeta se produjeron algo más de 32.000 muertes por atentado terrorista, de las cuales el 80% se registraron en Pakistán, Afganistán, Siria, Libia y Nigeria, no en Alemania, España o EE UU. Por lo tanto, ¿somos parte de la amenaza? Sí, sin ninguna duda. ¿Somos el objetivo fundamental del yihadismo? No, en ningún caso. La inmensa mayoría de las muertes son de ciudadanos de identidad musulmana localizados en esos países. Por supuesto, tenemos que preocuparnos de esa amenaza, que es una amenaza real, y tenemos que procurar que no haya individuos de nuestras sociedades que se incorporen a esos grupos; pero, desde luego, sin caer en el error de considerarla la única amenaza o pensando que puede resolverse por métodos militares.

NdV: La amenaza terrorista magnificada funciona entonces como una cortina de humo…

JN: Sí, es cada vez más claro, y esto es una dinámica que viene de atrás, que trata de generar un sentimiento de temor permanente en nuestras sociedades porque de ese modo, en ese delicado equilibrio entre seguridad y libertad, los gobernantes tienen la posibilidad de lograr la aceptación, en esas sociedades atemorizadas, de recortes en derechos y libertades, en aquello que nos define como sociedades democráticas y abiertas con la promesa, en todo caso falsa por imposible, de garantizar nuestra propia seguridad. Esto es un elemento fundamental que explica por qué existe esa machacona insistencia en hacer ver que el terrorismo yihadista es la principal amenaza que tenemos ante nuestros ojos. Creo que no es así. Creo que existe una amenaza real y hay que ponderar qué respuesta se le da, evitando caer en el error de que, por temor a sufrir un atentado, estemos dispuestos a ceder en lo que nos define como sociedades abiertas y democráticas, y esto, desgraciadamente, es lo que está ocurriendo. Ahí está la Ley Mordaza en el caso de España o las medidas que ha tomado el gobierno francés después de los atentados de Charlie Hebdo de enero de 2015, y esto es una dinámica muy preocupante.

NdV: De nuevo Occidente está respondiendo a los actos terroristas del yihadismo en Europa a través de la fuerza. ¿Qué opinión te merece?

JN: Sí, parece mentira, pero estamos cayendo otra vez en el mismo error. Quiero decir que más allá de las posturas que cada uno pueda tener, si a día de hoy, después de catorce años de invasión militar de Afganistán y después de más de doce años de la invasión militar de Irak, ambos países fueran Estados funcionales y, además, los talibanes hubieran sido derrotados y Al Qaeda no existiera, tendríamos que admitir que los instrumentos militares son adecuados para eliminar la amenaza del terrorismo yihadista. Pero es que nada de eso ha ocurrido. Lo mínimo que deberíamos aprender es que la maquinaria militar no está instruida, ni equipada, ni motivada para hacer frente eficazmente al tipo de amenaza que representa el terrorismo. Desde mi punto de vista, no hay ninguna duda de que en la respuesta debe de haber un componente militar, pero debe estar integrado en una estrategia global que incorpore principalmente elementos políticos, sociales y económicos, aquí, en nuestros propios territorios, para evitar la radicalización de algunos individuos, y allí, en nuestras relaciones con los países de Magreb, Oriente Próximo, Oriente Medio y el Sahel. En la medida en que, como estamos viendo después de los atentados del 13 de noviembre en París, lo único que se hace es activar, una vez más, respuestas únicamente militares, podemos dar por hecho que se va a producir un nuevo error y que no se va a resolver en ningún caso el problema.

NdV: El conflicto en Siria está generando además la salida masiva de sus ciudadanos, a lo que se responde con medidas de securitización y cierre de fronteras. ¿Qué opinión te merece la gestión europea de la crisis de los refugiados?

JN: Creo que la primera cuestión en referencia a esa crisis es volver a destacar la corresponsabilidad desde su arranque. Somos corresponsables del origen del problema, en la medida en que no se reaccionó frente a la movilización de la ciudadanía siria cuando se levantó pacíficamente en 2011 contra el dictador, contra Bashar Al Asad. Llegados ya a la crisis de los refugiados, la primera consideración es entender de una forma clara que esto no va de altruismo, que no va de caridad; esto va de obligación. Por tanto, la Unión Europea está haciendo dejación de sus compromisos adquiridos jurídicamente a nivel internacional, que determinan que toda persona que huye para poner a salvo su vida de una situación de conflicto violento debe ser asistida y protegida obligatoriamente, y la Unión Europea no está cumpliendo con esa obligación. Además, si ponemos cifras a esta cuestión, cuando hablamos de la UE y de lo que algunos presentan como “incapacidad para absorber más personas”, “no cabe nadie más”, “estamos saturados”, recordemos que las 40.000 personas a las que se ha concedido estatuto de refugiado en la UE en 2015, más las 120.000 que se han añadido después de una vergonzosa subasta en la UE, es decir, 160.000 personas, suponen el 0,024% de toda la población de la UE, mientras que una de cada cuatro personas que viven hoy en Líbano es refugiada; en un país como Jordania, con seis millones de habitantes, hay un millón de refugiados; Turquía tiene más de dos millones de refugiados para una población de 78 millones de personas, y ni Líbano, ni Jordania, ni tampoco Turquía tienen el nivel de desarrollo económico que tenemos nosotros. Por tanto, ellos han soportado la carga y la UE, una vez más, pretende crear filtros y barreras que impiden que esas personas lleguen a nuestro territorio.

NdV: ¿Qué rasgos destacarías del orden global que se viene configurando desde el 11-S? En tu opinión, ¿cuáles son las principales amenazas –reales− para las próximas décadas y qué tipo de orden global necesitaríamos para hacerles frente?

JN: El orden global actual está absolutamente desajustado. Tenemos unos problemas y unos desafíos que, por definición, exigen respuestas multidimensionales y multilaterales, y sin embargo no contamos con los instrumentos o con los órganos adecuados para hacerles frente; esos órganos –básicamente la ONU− responden a una relación de fuerzas del final de la II Guerra Mundial. Aunque hay unanimidad para reformar la institución y convertirla en un “policía mundial efectivo”, no hay acuerdo sobre qué tipo de cambios tienen que hacerse, y mientras tanto la ONU se ha convertido en un actor absolutamente marginal. Por tanto, no contamos con el principal instrumento multidimensional y multilateral, que es la ONU, para hacer frente a ese tipo de problemas. Lo que se produce es, por un lado, un intento por parte de algunos países como EEUU de cubrir ese puesto, digamos, de policía mundial, de pretender actuar en nombre de la comunidad internacional, cuando evidentemente eso es imposible, y, por otro, la aplicación de un mecanismo de respuesta que siempre es cortoplacista y de puro parcheo de situaciones. Dicho en términos muy generales, lo que estamos es gestionando problemas, no resolviendo problemas. Gestionar un problema es intentar que no estalle delante de nosotros, mientras que resolverlo es ir a las causas estructurales que lo han provocado, intentar modificar la situación de partida para eliminar el caldo de cultivo, por ejemplo, que alimenta el terrorismo; evitar las dobles varas de medida que hay a nivel internacional; o luchar contra la exclusión, sea económica o de otro tipo. Mientras no se haga esto, nos limitaremnos a ir ganando algo de tiempo hasta que vuelva a estallar la misma crisis u otra similar. Si pensamos en un nuevo orden internacional, eso ya está identificado en términos analíticos; lo que hace falta es que se traduzca en un cambio real. Me refiero al largo informe presentado el 21 de marzo de 2005 por el entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, con ocasión del 60º aniversario de la ONU, informe de título también largo, Un concepto más amplio de libertad: desarrollo, seguridad y derechos humanos para todos. En él se identificaban los tres pilares fundamentales de un nuevo orden internacional, entendiendo que no puede haber desarrollo sin seguridad, no puede haber seguridad sin desarrollo, y no puede haber desarrollo ni seguridad si no hay respeto de derechos humanos. Ahí ya está sintetizado el núcleo de la tarea pendiente; otra cosa es si existe o no voluntad política para aplicarlo, y está claro que a día de hoy no ha existido esa voluntad política.

Acceso a la entrevista a Jesús Núñez (pdf)

 

 

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